PostHeaderIcon HISTORIAS DE VIDA Y MUERTE

Abrí los ojos para ver el mundo,
más me hace daño confesar mi decepción,
es el hombre solo que corre desamparado,
tratando en vano de ocultar su miedo y dolor.

Miré al cielo de color azul pintado y de nubes lleno,
ese sempiterno estar para nosotros desconocido,
el enigma que ampara al tiempo el mañana y la esperanza,
refugiado a buen seguro en los pliegues del alma.

Sí, es verdad que miro con la imaginación el infinito,
y busco alguna explicación que me satisfaga,
que confundido clamo en los pasos que ando y doy,
en vano tratando de encontrar la luz que no se apague.

Se por convicción lógica y natural que existe,
el que busco en la claridad que me ciega,
quien me explique la razón del ser desconocido,
que conmigo cabalga en el silencio que me anega.

Sin palabras manda y su silencio llena,
quiero conocer la eternidad que siento,
deseo saber de dónde es que vengo y donde voy,
no me hizo ciego y mudo para que calle el descontento.

Clamo pues por ello como si infante fuera,
niño que llora su inmensa desolación,
no saber quién soy,
como secreto arcano guardado en un cajón.

Tantas mentiras a lo largo de la existencia,
las que tengo en el alma archivadas,
no hacen que en mi interior me complazca,
que quiero dilucidar de una vez las encrucijadas.

Es por eso que no temo a la inmensidad que me rodea,
el lugar de donde dicen que me espera,
la resurrección de la carne y el saber,
de qué materia se compone la vida que me aguarda.

Tan difícil es saber, que nadie sabe,
de la inopia que nos causa el precipicio que espera,
ese otro lugar donde se guarda,
el eterno bajel, timonel  que nos lleva.

No digo adiós como despedida,
sé que puedo y volveré,
que no quiero que nadie viva,
en la incertidumbre que yo me encontré.

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PostHeaderIcon A la muerte de su padre

Llegó hasta la puerta,
allí se arrodilló,
por la verja de hierro veía,
tétrico todo el interior.

Allí crecían los cipreses,
que era una bendición de Dios,
allí las tumbas estaban,
esperando la mano del Salvador.

Rezó las preces que sabía,
con toda la contrición,
que exhalaba su alma,
arrepentida en oración.

La pala del enterrador brillaba,
puesta como estaba al sol,
la piedra del monumento se alzaba,
para descubrir al traidor.

Tarde llegó el hijo,
para despedir a su creador,
muerto al caer la noche,
a manos de un triste ladrón.

No hay venganza,
hay pasión,
ahora que le falta,
sabrá cuanto perdió.

Un padre es la mano,
donde me apoyo yo,
así lo manifiesta en la carta,
última que le escribió.

Le besó en el aire,
en la nube donde le dibujó,
allí plasmó su rostro,
con los pinceles de la imaginación.

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PostHeaderIcon Liviandades de un fontanero adulto

Argimiro Rosbit  de Peña Prieta es un manitas en el arte de recomponer desaguisados, propios de su profesión de fontanero. Lo mismo da vida a un grifo pasado de rosca o de moda, como con él, con sus tripas, arregla la ducha por la que había dejado de manar agua.

El bueno de Argimiro no estaba  precisamente orgulloso de cuanto le reportaba su oficio, que también, sobre manera cuando algunos de aquellos enjundiosos guisos, como llamaba a sus composturas, que parecían a primeras luces imposibles, el arreglo suponía todo un éxito y su comportamiento posterior en nada difería de cuando nuevos.

De esta manera lo dejaba traslucir entre sus compañeros de profesión que admiraban en él, junto a su entrega y dedicación y una migajita de arte. Que no se puede olvidar que, cuantos utensilios le sobraban de tales arreglos, eran dedicados íntegramente a las composiciones escultóricas que creaba. Era un ejemplo a seguir, decían de este fontanero cuantos le conocían  y todos cuantos habían tenido la oportunidad de favorecerse de su técnica y sus vastos conocimientos en la materia.

Allí estaba él cuando se trataba de un imposible, allí sus manos hacían el milagro de dar continuidad a lo que se pensaba era ya un imposible, es por todo ello por lo que gozaba de tal prestigio y consideración, no solo en su pueblo de Coscojal de los Desamparados, también en los de alrededor, al tanto de su magia componedora.

El siguiente orgullo de Argimiro eran sus siete hijos, cosa lógica y natural, de los que hablaba sin parar de las satisfacciones que le reportaban. Como última pasión, junto o del bracete del arte de escultor que tan peregrinamente se le daba, estaba la pintura y sus bellas cuando no enigmáticas composiciones que a nadie dejaban indiferentes por más que tampoco nadie alcanzaba a desentrañar aquello que venían a reflejar sus cuadros.

Por ellos habían pasado sus siete retoños, tantas veces como el pintor los había encontrado quietos. Los plasmó al natural, tal cuales, solo que les recolocó la nariz, la boca y las orejas en lo que llamaba abstracto subido y si bien por cuantos tenían el gusto de admirar su obra no distinguían los unos de los otros, el padre y artista, el fontanero-escultor y pintor, les llamaba por su nombres sin equivocarse nunca.

En el bar de don Sebas, una tarde, durante una partida de tute, con don Laurencio el cura, don Segis Pardo de la Hoz el maestro y Toribio el herrero, se suscitó la siguiente controversia, Más antes de decir cual, debemos precisar que, tanto Toribio como Laureano, aunque casados, no tenían hijos.

Le preguntó Toribio a Argimiro:

 

- Tú, compadre, ¿de qué te sientes más orgulloso?, ¿de haber traído siete hijos a este mundo o de la labor diaria que desempeñas por estos lares arreglando todo cuanto se descompone en las casas y de la que eres tan alabado?

 

Argimiro le miró sorprendido, con cara incrédula que no se esperaba del herrero la pregunta que no venía primero a cuento y segundo y principal que era de orden interno, no obstante le respondió:

 

- Como es natural, de mis siete hijos. Uno a uno, por sus nombres, por sus hechos, por sus cualidades y lindezas y por las bendiciones que sus miradas hacen recaer sobre mi persona. Ahora bien, le añado porque pareces, por las trazas y los hechos neófito en tal materia, que esto no quita a lo otro, es decir que mis logros particulares nada tienen que ver con el milagro de mis hijos, que yo solo soy un instrumento del que la naturaleza se vale para perpetuarse y continuar, útil al fin necesario y sin que pueda yo asegurar taxativamente lo que he tenido que ver con sus distintos caracteres. Ellos son el resultado del portento expresado, el amor de un hombre y una mujer que se ha traducido, después del misterio por ahora nunca revelado, en una realidad tan grande y específica como a la vista está. Mejor que yo lo podría explicar el padre, que al fin y a la postre es cosa de Dios. No obstante o precisamente por eso, poner en la balanza lo humano y lo divino es lógica inalcanzable, por ello diré que, por muy orgulloso que me sienta de los arreglos que hago de los cachivaches rotos o viejos, que al fin es la vida que los humanos podemos infundir a los materiales con los que la naturaleza nos adorna y ayuda, en otro orden de cosas está y así debemos considerarlo, quienes tienen la responsabilidad de habernos creado.

 

Tal fue la alocución de Argimiro que si bien en sus comienzos habían continuado con la partida emprendida, la intensidad puesta en la respuesta hizo que alrededor de la mesa, todos cuantos en aquellos momentos llenaban el bar, se reunieron alrededor para escuchar tan sabias palabras. Al menos así lo aseguró, el tabernero don Sebas, quien decía a cuantos le querían oír:

 

-  Argimiro, lanza en ristre, como yo nunca había vistió cosa igual, atacó la pregunta y su falta de delicadeza con tal ímpetu, con tal denuedo que dejando atrás sus logros como fontanero y olvidando sus papachuras de escultor y mediocre pintor, se reveló como orador nato, elevando su obra espiritual, ya sabéis, sus siete hijos, por encima de la física, la de chamarilero.

 

Fue tanta la admiración suscitada, tan hondo el razonamiento, del que muchos de los asistentes se quedaron in albis, que el mismo sacerdote, don Laurencio,  mirando las caras pasmadas del mismo don Pardo de la Hoz el maestro y Toribio el herrero, intervino para decir:

 

- He de confesar, querido Argimiro Rosbit de Peña Prieta que si bien era mucha mi admiración por tu obra terrenal, la material de la que hablas, tengo que confesar que la otra, la que baja de los cielos, esa que también has sabido expresar, me ha llenado de emoción y de alegría. Haber engendrado siete hijos habla del amor que has sabido inspirar, de la confianza en el futuro tanto próximo como es el mañana como de aquel lejano y desconocido que solo verán tus descendientes. Debo asimismo de confesar que si algunos de los aspectos por ti descritos no he sabido comprender enteramente, la culpa habrá que buscarla en mi  insuficiencia, porque la pasión que has puesto en tu exposición te inhibe de cualquier error. Por todo lo demás, debo de decir que en conjunto me ha parecido tu disertación propia y solo permitida, cuando no exigida, a un filósofo tocado por el ala de un ángel.

 

Hasta la mesa donde jugaban se habían aproximado cuantos parroquianos en aquella hora llenaban el bar. Curiosos, sin duda por la enjundia que desparramaban los oyentes próximos, los más alejados inquirían detalles, acaso por eso retomó la palabra el fontanero para sentenciar:

 

- En puridad, como diría el padre aquí presente, alto, claro y terminante, que en la obra de la creación del ser humano, el hombre, como la mujer, aquel, seamos terminantes, en menor proporción, poco han puesto de su parte para el milagro reseñado. Somos meros instrumentos de los que se vale el Creador para perpetuar la vida en la Tierra. Es por eso que la alegría la llevo dentro, en el corazón que llena por igual todo mi ser, allí donde los milagros alcanzan su plenitud, pero no dejamos por ello de ser el instrumento manejado por el verdadero Ser, éste con mayúsculas, el que infunde el aliento necesario. Por todo ello y no sustrayéndome a todo lo anterior, no dejo de demostrar mi alegría cuando ante la dificultad de algo que parece desvencijado e inútil, inservible al fin de cuentas, a través de mis manos, con la sapiencia adquirida con los años de aprendizaje, somos dioses menores, puedo hacer que de nuevo vuelvan a ser útil lo que parecía muerto. En parecidos términos podría expresarme sobre mis otras dos ocupaciones festivas, la de escultor y la de pintor.

 

Don  Segis Pardo de la Hoz, el maestro, sin hijos, por más que llevara algo más de una década casado, tras las palabras escuchadas, de allí en adelante, dicen quienes de sus lecciones disfrutaban, que tomó mayor interés por su labor docente, cosa que agradecieron sus alumnos aunque ignorantes de los porqués de tal cambio sucedido. El bueno del señor Pardo de la Hoz entendió que en tal faceta de la vida, despreciar toda complacencia de ella era de personas indoctas y sin sentido, carentes en definitiva de alma, la materia sobre la que se construye el ser.

Otro tanto dijo Toribio el herrero, pues desde aquel mismo momento, en el bar de don Sebas, los golpes que con el martillo daba sobre el hierro incandescente se hicieron con mayor contundencia a fin de lograr sus objetivos, así al menos lo expresaba su mujer cuando le preguntaban sobre el particular, es decir, la reacción experimentada por su marido al escuchar la perorata de su vecino Argimiro.

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PostHeaderIcon Ana y el Gangoso

Bajo la higuera comí,
higos hasta reventar,
estabas tan cerca de mí,
que no me pude aguantar.

Así resumía Gangoso,
sus años de joven mozo,
los que se inventa gracioso,
mil mentiras por solo un gozo.

A gritos reclama a Ana,
que se asome a la ventana,
por la que tantas veces la vio asomar,
más la chica ya le ha dicho,
que no le puede amar.

Es testarudo el muchacho,
que se las da de hombre y de macho,
cuando apenas del suelo alza,
poco más que la circunferencia de su panza.

Con el paso de los años,
las cosas cambian y entonces,
Gansoso y Ana se casan,
el uno entonando albricias,
la otra clamando al cielo,
y poniendo por motivo,
la desgracia de su fuero.

De otra forma no me uno,
al enano enamorado,
ese que para darle un beso,
un abrazo o la triste mano,
he de arrodillarme en el suelo
como si no estuviera bien pagado,
tenerle día y noche a mi lado.

Tarde se arrepintió mi madre,
ahora que en el cielo está,
mi padre quedose mudo,
sin palabras, que no quiere pronunciar.

Todos nos arrepentimos,
de la decisión tomada,
aquella que al altar llevó,
a esta pareja desafortunada.

Y es que el amor hace y deshace,
los encajes de bolillos,
y hasta la cama nos lleva,
si antes no demandamos auxilio.

¡Ay, Señor! cuan confundido,
me encontraba yo,
todo por no llevar la contraria,
y rechazar los suspiros,
en los que no se basa el amor.

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PostHeaderIcon NADIE, un alma en pena

Yo duermo con el teléfono encima de la mesilla de noche. Es la costumbre. Aún ahora, por más que también me lleve el teléfono móvil. Me ha gustado siempre contestar las llamadas raudo, sin hacer esperar al que tiene la delicadeza de llamarme.
Anoche, pasadas las doce, la hora que dicen del silencio y llaman de conticinio, sonó el aparato con estridencia inaudita que nunca, hasta el momento, había sentido o había creído sentir. No, no es habitual que me llamen a tales horas por más que si así ocurre, dentro de mí las turbulencias de algo malo e inesperado claman y revolucionan mí ser. Pensé en alguien próximo, en una noticia no deseada, pues de otra forma, me repetí, lo pueden dejar para el día siguiente.
Me equivoqué, de medio a medio. No era nadie, al menos ninguno de mis conocidos o familiares próximos, pero acerté de pleno en el mal augurio, el que nació con el chirrido del primer timbrazo.
Levanté el teléfono y como es habitual pregunté:

- ¡Quién va!

Me contestó una voz de hombre, me dijo:

- Soy yo.
- ¿Y quién eres tú? si se puede saber.
- Nadie, un alma en pena

Un gracioso pensé de inmediato que se encontraba al otro lado de la línea telefónica. No obstante le seguí la corriente, que al fin me había despertado y no tenía ninguna gana de contrariarme, pues me ocurre que, con tal peso en el ánima, me cuesta conciliar el sueño y caer en las alas de Morfeo, más que en sus brazos.

- No tiene usted otro motivo de conversación – le pregunté.
- No es broma, señor, si así lo ha creído. Me encuentro en verdad en las últimas.
- Su voz, si no me equivoco, es la de un hombre todavía joven.
- Pues no lo soy, tengo mil años, aunque en mi carnet de identidad diga todo lo contrario. Pero si que estoy cansado, harto de vivir.
- Ya será menos, ¡hombre!, -le dije entonces algo preocupado, pues no en vano el tono de su voz se diluía como el azucarillo en el agua y el tono de su voz se iba apagando hasta hacerme notar la angustia en ella.
- Si usted pasara por mi situación no me diría tales palabras –dijo.
- ¿Qué le preocupa, que problema o problemas tiene?
- Ninguno que se pueda notar desde el exterior. Soy, contra lo que pueda haber creído, un hombre pudiente, de los que llaman hacendados, tengo mis propios negocios y todos ellos marchan bien, cuanto me ocurre hay que buscarlo dentro de mí.
- Pero, ¿qué puede ser eso? ¿Se lo ha preguntado?
- Si yo lo supiera pondría remedio inmediato. Es una angustia interior que no sé explicar, que carcome todas y cada una de mis defensas, sin dejarme apenas respirar. Llevó así, aunque le cueste creerlo, diez años, los últimos de mi vida y ya no puedo resistir más. Ha llegado el momento de suicidarme

Ante tamaña locura le corté. Tales palabras me chirriaron dentro como si fuera a mí a quien le estuvieran vaticinando la muerte próxima. Le dije que eso, lo que estaba proponiendo, no era de seres humanos sino de mentes enfermas.

- ¿Y qué cree usted que soy yo, si no eso mismo?
- Ha ido al médico, mejor, al psiquiatra.
- Si, a varios de estos últimos. Todos ellos me han dado la misma respuesta. Enfermedad neuronal que dicen que tengo y donde se me ha enquistado la angustia que le hablé y que me hace temblar durante muchas horas del día y todas las de la noche.
- Pero eso no es un diagnostico médico.
- Es la traducción que yo hago de lo que dicen que tengo.
- ¿Qué puedo yo hacer por usted?
- Nada, sino es escucharme estos minutos postreros, antes de que lleve a cabo mi determinación.
- ¿Y cuál es esa?
- Ya se lo he dicho. El suicidio.
- Por Dios, deje de una vez esa maldita cantinela. Es de locos, tarados mentales, usted no puede reaccionar igual.
- Y qué cree que soy, ¿un hombre cuerdo? No, soy alguien que ansia la muerte como liberación a la vida que tengo, mejor, que arrastro.
- Pero usted, me ha dicho, que tiene posibles y la cura a su mal, al menos así lo creo yo, es factible. Busque, no se acobarde.
- No, me llegó la hora.
- Si no es una broma que me anda gastando a estas altas horas de la noche, me gustaría saber su nombre y su domicilio, me dispongo a ir con usted para infundirle las fuerzas necesarias para arrojar de si todo cuanto le hace daño y enturbia su alma.
- Créame que se lo agradezco, pero me encuentro en el último capítulo, a solo unos pocos renglones de poner fin a la escritura de mi vida. No, no quiero molestarle, no quiero que venga hasta aquí y si pudiera, que la voluntad tampoco me llega para dar nada positivo, se lo agradecería de veras. Mi nombre si se lo daré, es, prácticamente ha sido, Fernando de los Ripios de Abajo.

Y en este punto acabó toda la conversación. Un instante después de colgar, instintivamente me echaba a reír, sin duda me acababan de tomar el pelo. Soy crédulo por naturaleza y no concibo al ser humano llevando a la práctica un suicidio y mucho menos que dé cuenta de él, al que descuelgue el teléfono marcado al azar y a la buena de Dios. Pero también, un instante después, de nuevo, he recordando la angustia de su voz la que me traspasó el alma, y supe que la amenaza era verídica y que la barbaridad que se proponía llevar a cabo sería un hecho, so pena que estuviera escuchando a un consumado actor, que no lo creí.
Toda la noche, rumiando aquella conversación, la pasé sin pegar ojo, si acaso, el cansancio me transportaba de cuando en vez a algo próximo a lo que quería ser un sueño, una duermevela sin sentido.
En la mañana, cansado, sin saber muy bien donde me encontraba, pues había madurado la conversación tantas veces hasta emborrachare de ella y confundirla como si estuviera resolviendo un complicado puzle, me levanté de la cama. Me decía, una y mil veces, que era la ingenuidad quien me asaltaba, la que me hacía creer en mi debilidad de humano no avezado a las complicaciones de la vida, tanto fue así que por un momento me responsabilicé del suicidio que no pude, pensé, evitar.
Más ¿fue suicidio, fue una guasa, una charada de mal gusto? Nunca, me dije entonces, nunca lo sabría. Este era mi pensamiento mientras me arreglaba para asistir al trabajo, culpándome de no saber cómo aventar de mí aquella nefasta conversación mantenida con un demente. Bajé andando las escaleras, desde un séptimo piso, sin que ni un ápice de la situación creada se fuera de mi cabeza, que en ella se revolvían mil augurios y ninguna terminaba bien, ni aún medio bien.
Abrí el portal, ya antes, en el rellano del segundo piso, oí gritos, una gran algarabía y confusión que parecía proceder de la misma puerta de entrada, un barullo nunca escuchado a aquellas tempranas horas del día. Salí, insólitamente había un centenar de personas reunidas, pregunté los motivos de la concentración al portero del edificio. Se asombró de que no me hubiera enterado de nada. Me respondió:

- ¡Cómo es posible que me haga tal pregunta! Es el dueño de la finca, quien ocupaba el ático entero, el mismo que se ha arrojado a la calle y acaban de llevársele en una ambulancia.

Y ante mi mirada de sorpresa que a buen seguro vio en mi cara continuó:

- Muerto, claro, pero nadie sabe las circunstancias que han concurrido para que se haya suicidado, si es que no le han arrojado desde esa altura y en vez de suicidio es un asesinato.
- ¿Sabe usted como se llamaba?
- Sí, como no, porque además de inquilino, ya le he dicho, era el dueño del inmueble. Como no. Respondía al nombre de don Fernando de los Ripios de Arriba. Yo fui el primero que se acercó a él, pues sentí el choque del cuerpo sobre el asfalto de la calle como si en verdad se hubiera desprendido la luna del cielo y hubiera impactado con tan fuerza sobre el suelo.

Me dijo también, respondiendo a mi pregunta al respecto que las últimas palabras que pronunció antes de expirar fueron algo así como:

- Nadie en esta vida supo ayudarme. He perdido toda esperanza.

Llegue tarde al trabajo y debo decir que por primera vez en el tiempo que llevo como auxiliar de farmacia he estado distraído, fuera de mis tareas de las que estoy encargado, pensando y murmurando tan extrañamente que, viéndome así, me han dado permiso para que vuelva a casa y en mi. He contado a mi jefa lo del Arriba y Abajo, que no he pegado ojo, ni un solo minuto seguido, durante todas y cada una de las horas de la noche.
No, en casa no estoy mejor que en el trabajo. No dejo de pensar en el hombre al que no supe ayudar y me remuerde la conciencia de no haber sabido darle una solución positiva para que continuara viviendo.

De tales hechos que acabo de escribir han pasado ya diez años, durante ellos no ha existido un solo instante, un momento de descanso para no pensar en mi desgraciada actuación con aquel hombre desesperado que llamó a mi teléfono en busca de ayuda, y al que no supe, ni tuve el valor suficiente para enfrentármele, hacer frente a su voluntad suicida hasta vencerle y hacerle desistir de su desafuero.
Ahora, diez años después, atosigado por todos aquellos hechos que viví hasta que literalmente me rompieron el alma, en modo alguno puedo con la carga de las remembranzas mal avenidas de aquel maldito teléfono que en mala hora sonó y le cogí.
He de confesar que a pesar de mis esfuerzos, tengo lapsus mentales, como si mi cerebro, las neuronas que allí existen, salieran de paseo y se olvidaran el deber de permanecer dentro de mí. Sin embargo, en este tiempo, es el tiempo feliz pues de nada me doy cuenta y las horas me pasan volando, en un suspiro. Cuando regresan, que se anuncian como las pistolas que apuntan a los que van a morir en el paredón, mi voluntad, si es que aún algo de ella existe, se resquebraja del todo y abro entonces la ventana de aquel sexto piso donde sigo viviendo solo, sin nadie a mi lado y miro obsesionado la profundidad hasta el suelo de la calle y no descarto que, en un futuro próximo, yo, como hace diez años hizo don Fernando de los Ripios de Abajo, como dijo o como me aseguró el portero, de los de Arriba, vuele hasta estrellarme en la misma acera donde él perdió la vida.
Acaban de dar las doce y sin darme cuenta, como si la voluntad que en mi radica fuera dispuesta por otro, he tomado el teléfono y he marcado un número al buen tun tun, a la buena de Dios. Ha sonado el timbre una vez, dos, hasta diez, después han descolgado y una voz lejana me han preguntado.

- ¿Quién llama a tales horas?
- Nadie, un alma en pena –he respondido.
- ¿Quién es, cual es su nombre?

Durante unos segundos que han parecido eternos, he dudado en dar mi nombre, he guardado un hermético silencio mientras oía nítidamente la respiración de quien mal me escuchaba al otro lado de la línea telefónica. No, no me he atrevido a dar mi nombre y he colgado con una sensación indescriptible de miedo. Apresuradamente he colgado el auricular pues me quemaba la mano como si fuera una tea ardiendo. Después, inmediatamente después, no sé muy bien por qué, me he sentido vencedor.
Claro que, ha sido la primera vez.

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PostHeaderIcon Añoranzas y resquemores

Me miro en el espejo de la vida,
en su reloj de horas y minutos,
tiempos sin fin a veces disolutos,
buscando siempre la felicidad querida.

Por todos los caminos fui corriendo,
que ave era en áptero y cansino vuelo,
intentando alcanzar las nubes del cielo,
que esquivas pasaban en silencioso estruendo.

Ya he llegado al fin que me aguarda,
carcomido del deseo insatisfecho,
que soy triste la mecha que acobarda.

Para ver el milagro que espero insatisfecho,
la esperanza que al corazón apunta la espingarda,
como maltrecho final de mi dolorido pecho.

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PostHeaderIcon Amor mío. Amor

Porque ves estrellas en el cielo,
cuando es de día,
ríos desbordados de agua,
cuando hay sequía.

Por todo ello,
cabalga mi amor sobre una nube,
aunque en el suelo descansa cuando la miro,
que eternamente anda perdida,
en el limbo cruel de un suspiro,
el que la trae y la lleva,
por el mundo fiero y todos sus caminos.

Es “quijote” de quimeras,
de océanos donde se baña,
que todo la parece poco,
y nada a su vida extraña.

Si por mí fuera,
con ella volara,
y hasta su reino,
yo la acompañara,
que su risa contagia
y sus relatos encantan,
si yo me perdiera,
para encontrarme,
habría que buscarme,
más allá, donde las quimeras.

Ay amor del alma,
cuanto te quiero,
por ti daría,
el mundo entero.

Heredaste la felicidad,
metida en un cuenco,
de la que a diario sacas,
pájaros volando, un ciento.

Así la vida pasa,
de azul risueño,
que vivir comporta,
risas y ensueños.

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PostHeaderIcon Pajarito volandero

Golondrina era una niña,
que volaba como un pájaro,
al menos eso decía,
mientras piaba en los charcos.

Es la niña un milagro,
que a un hombre le salvó,
con una mentira  y un nardo,
el que no robó, que lo encontró,
la joya perdida sobre el asfalto.

Es la risa en su cara,
el mismo amanecer bendito,
ese que con ansia se espera,
cuando al recorrer el camino,
adviertes que poco falta,
para que acabe tu sino.

¡Ay!, golondrina del alma,
pajarito madrugador,
¡ay!, si yo te pudiera tener,
sobre la almohada,
allí donde duermo yo.

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PostHeaderIcon SUEÑOS REALES

Mi sueño es realidad,
porque yo lo quise así,
de otra forma usted dirá,
como volando voy,
cuando volando vengo.

Lo mismo monto en la barca,
que me lleva al infinito,
que descanso en una nube,
para releer lo escrito.

Porque tu cara aparece,
al rayar el mediodía,
cuando más lucen tus azules ojos,
tu risa loca, tu boca de malvasía.

Siempre que quiero te sueño,
por más que lejos estés,
yo solo duermo contigo,
recordando radiante el ayer.

Recorreré aquellos caminos,
para ver las estrellar crecer,
esas que tanto acaricio,
porque me vieron nacer.

Es el recuerdo un don,
que mi alma más aprecia,
junto a él atesoro yo,
lo que el mundo necio olvida.

Rompí el mar con mis brazos,
rutas hice de los ríos,
otro tanto logré del aire,
ahora lo intento contigo.

Es la lucha desigual,
querer cambiar el destino,
grabado está a buril,
éste debe ser nuestro sino.

Los sueños son reales,
o así quiero que sean,
es la forma de vivir,
para olvidar todos los males.

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PostHeaderIcon Llorando errores y desmayos

Ayer yo cometí,
al tiempo que paseaba,
un hecho que es un delito,
porque quise subirme solito,
hasta aquella cumbre sin ti.

La soberbia mal aconseja,
al tiempo desleal y deslumbrada,
que las cosas pueden hacerse,
con solo el deseo de alcanzarlas.

Es por ello que te pido,
desde el azar donde me ahogo,
que si quieres me devuelvas,
el cielo por mi ansiado.

Pensarás errada que me río,
porque furtivas son las lágrimas,
que se esconden a tu mirada,
esas que saltan del ojo,
las del alma que tanto claman.

Divaga mi mente pensando,
en montañas blancas y azules cupidos,
es por ello que no la pongo freno,
que la libertad es un tesoro,
que el hombre lleva escondido.

No, no soy ajeno a la belleza,
de ella tengo el corazón lleno,
por ella rezo en la noche,
pues me debato angustiado,
cuando a escondidas separo,
el barro humano del inmundo cieno.

Me despido cantando,
que no quise apesadumbrarte,
con mis sortilegios vanos,
esos que cría el cerebro,
para ensombrecernos el ánimo.

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