GALGO DEL RAMAL PRENDIDO

Pídeme el mundo,
y yo te lo alcanzaré,
pídeme la vida,
y yo te la regalaré.

Mas nunca de tu boca salga,
aquello que no puedo hacer,
por encima de mi alma,
ninguna cosa puede valer.

De aquí para allá corro,
cual galgo del ramal prendido,
can soy de tus deseos rendido,
cosa que te produce placer.

Cúlpame de todos tus males,
Florinda, buena mujer,
porque tú nunca sabes,
cuanto alcanza mi querer.

Es por eso que me arrepiento,
del día en el que te conocí,
tú advertiste solo la sombra,
del hombre que quise ser.

OXÍMORON: EL ATRONADOR SILENCIO

Nadie creyó a Cristino, al fin, no dejaba de ser un joven soñador cuyas apreciaciones de la realidad podrían variar tanto que se distanciaran, cuando no se apartaran, completamente de ella.
El muchacho, a cuantos le preguntaban, como previamente había declarado ante la autoridad, se afirmaba en el suicidio que había presenciado, de cómo aquel hombre, ya anciano, se había lanzado al vacio con el propósito, sin duda premeditado, de matarse.

- Si no, ¿me quieren decir ustedes que le impulsó para saltar los cientos de metros de desnivel que tiene el acantilado? Ni que se creyera un pájaro. Yo no puedo decir otra cosa que aquello que vi. Un hombre sentado en una piedra, al borde del precipicio, mirando el mar o eso al menos creí yo que hacía cuando le vi, que se levanta de repente y corre y se lanza al vacio como si la misma locura le hubiera confundido la vida en aquel crítico instante.
- Dijo algo que pudiera escuchar –preguntó uno de los curiosos que le inquirían.
- Absolutamente nada. Hizo mutis y creo que tampoco me miró, posiblemente no se diera cuenta en ningún momento de mi presencia.
- ¿Qué hiciste entonces?
- Baje el talud, muy despacio, para ver si en algo le podía ayudar. Estaba cabeza abajo, como clavado en la húmeda arena de la playa. Sin moverle, le tomé el pulso de su mano derecha con la intranquilidad que produce, como bien pueden suponer, caso tan trágico y funesto, y nada note que pudiera confundirse con un latido. Entonces, fui corriendo, no sin antes destaparle la boca y la nariz de la arena que le cubría, ciertamente asustado, a denunciar el caso.

Don Baldomero de la Calle, el muerto por suicidio, como tajantemente afirmaba Cristino y no había razón de peso para no creerle, era hombre muy considerado por todos cuantos allí en su pueblo le conocían, que estaban al tanto de sus ecuanimidades como persona, de hombre de bien y en todo momento honrado y tan cercano al prójimo que más parecía un padre que un vecino, de ahí que se les hiciera difícil creer que de esta forma tan irracional se hubiera quitado la vida.
Tampoco el médico que reconoció su cadáver y atestiguó su muerte se atrevió a diagnosticar como la causa de ella el duro como incomprensible suicidio y si, afirmó, como consecuencia de una caída fortuita con resultado de muerte.
Los hijos y la mujer de don Baldomero, maestro titulado y tan querido por la población de Coscojal de los Desamparados, donde se había producido el suceso, confundidos, pues ninguno de ellos esperaba de su progenitor y marido una reacción tan negativa, calificaron al testigo de embustero y tornadizo, basándose en algunas actuaciones anteriores no precisamente serias del vidente cuando niño. Ellos, estos familiares directos, más que ninguno de cuantos afirmaban lo contrario, parece lógico y es del todo natural, conociendo la debilidad humana, desacreditaron las conclusiones a las que había llegado el muchacho loco, como le calificaron, un chiflado que ignoraban lo que pretendía con semejante denuncia o acusación, si no era vengarse en la persona que fuera su maestro y no precisamente él, discípulo amado.
Pues de este modo, entre el estupor de Cristino que no alcanzaba a comprender que no fuera creído y la tristeza general, se dio sepultura al cuerpo del maestro jubilado. Tristeza que se hacía más patente en el hogar de don Baldomero, como era natural, sin que los días que pasaban, en modo alguno vinieran a mitigar las lacerantes muestras de dolor que les embargaban.
La mujer, doña Florinda, a sus hijos sin embargo les consolaba manteniéndose ella firme y temiendo grandemente por la debilidad que flagelaba la resistencia anímica de los muchachos.

- Hay que afrontar la situación con mejor ánimo. Él ya no está aquí para ello –les decía- todo ha sucedido y ya no tiene remedio. Debemos, también él nos lo pediría, que seamos fuertes, que afrontemos con entereza la nueva situación, esta adversidad que el destino nos ha deparado cuando estábamos muy lejos de pensar en ella o en cosa semejante.

Así, con la firmeza de carácter demostrado por doña Florinda, iban pasando los días. En este tiempo, tal como la madre les había pedido, los muchachos, sacando fuerzas de flaqueza, se opusieron a la adversidad con tan determinación que fueron alabados por cuantas personas eran conocidos. Sin embargo, su madre, incomprensiblemente, de manera anormal, haciendo trizas su discurso, fue invadida por el más cruel del desaliento y así una y otra vez era sorprendida, por todos y cada uno de los rincones de la casa, llorando con el silencio más doloroso, lagrimas que la resbalaban hasta la comisura de los labios marchitos.
El mayor de los hijos, la preguntó consternado:

- ¡Madre! ¿Cómo es posible que nosotros hayamos cumplido con lo que tan insistentemente nos pedias durante todos estos dolorosos días, para ser ahora tú quien ha mudado y se ha convertido en la persona que más necesita de ayuda.

Quiso doña Florinda negar la evidencia con palabras entrecortadas y sin mayor sentido o fundamento, que más le delataban que la justificaban, que sus llantos desmentían cuanto ella venía a decir para justificar que la hubieran cogido en aquella situación.
Pasaron algunos meses más y pillada una y otra vez con la pupila encendida y las lágrimas resbalándola por la cara, no pudiendo más con el secreto que la corroía les vino a confesar tan dolorosa como incomprensible noticia:

- Hijos míos, debo de advertir, sea ello lo primero y en arrepentimiento por mi silencio que ha producido un daño no esperado…, que lo dicho por el muchacho que vio a vuestro padre antes de precipitarse por el talud de muerte responde enteramente a la verdad. Pero ello, lejos de ser un agravante debo de deciros que para mí es todo lo contrario. Espero, una vez leída la carta que me ha dejado, que vosotros penséis igual que yo. Vuestro padre, siempre generoso, nos deja, con su desaparición de la faz de este mundo, la respuesta que se espera de un espíritu valiente.
- ¡Por favor, mama, podrías explicarte mejor, no entendemos nada! – y en diciendo esto miraba el muchacho a su hermana igualmente confundida, sentada a su lado.
- Si, por supuesto –respondió esta. Hace unos días, más de los que quisiera recordar, y de ahí mi pena y mis llantos, he encontrado la carta previamente escrita por vuestro padre, en ella, aquí está y la podéis leer, por más que expresamente me dice que no os haga participes de ella. Más creo que así comprenderéis mejor su decisión, pues es, en definitiva, una manifestación de todo el amor que nos guarda, tanto a vosotros como a mí.
- Lee pues sin mayores preámbulos.

La carta era apenas la cara de una cuartilla. Estaba escrita a mano, con renglones torcidos, con letra que se adivinaba aquella que fuera de su padre y marido y que ahora se notaba un punto de nerviosismo e inseguridad. Iba dirigida a su mujer y decía así:

Leyó doña Florinda:

- “Amada Flor: Justifica mi muerte como una mera desgracia ante nuestros queridos hijos. Créeme que no alcanzó a saber de otra mejor y más certera resolución. A ti te digo que voluntariamente me voy de este mundo, exclusivamente por el miedo cerval que me produce lo que paso a contarte y que he sentido en varias ocasiones, sin venir a cuento y sin justificación alguna. Debe ser locura, esta enajenación ronda mi cabeza, el demonio sin duda ha intentado prevalecer sobre mi voluntad cuando con saña me dictaba, cada vez que en la mesa, mientras comíamos, en el momento de tomar el cuchillo para partir el pan o la carne, un deseo irresistible que me hacía mirar las gargantas, tanto la tuya como la de nuestros queridos hijos, para clavaros tan cruel utensilio.
Si como creo la locura al fin pudiera del todo invadirme y cometer esta atrocidad, cuando cuerdo tan lejos de mí está acto tan atroz, voluntariamente, antes de cometer un crimen tan nefando, horripilante, tamaña monstruosidad, voluntariamente me voy de este mundo.
Esta misma mañana, con todo el dolor de mi corazón por el dañó que sé que os voy a infligir, pero sabiendo que debo de hacer tal cosa para salvaguardar vuestra existencia, me dejaré caer por el acantilado y de esta forma poder poner fin a la situación que me abruma.
Vuelvo a decirte que es la única forma que se me ocurre para enfrentarme al mal que me atosiga y sin que ninguno de vosotros lo reciba.
Guárdame el secreto, quiero que me recuerden como fui, Esta es la primitiva resolución que tengo para resolver el dilema, me hubiera gustado cualquier otra que no os hiciera sufrir.
Te quiero. Baldomero”.

No guardó el secreto la afligida mujer. Pesaba enormemente cuanto decía y encerraba la misiva. Es por ello que, aquellos renglones quedaron para siempre en su memoria y la materialidad de la carta, aquella del hombre que tanto la amó, machacado por su vejez, muriera igualmente pegada al corazón de doña Florinda, pues nunca se separó de ella y del silencio de sus hijos, a los que miraba con ansía de que hubieran comprendido, el hondo sacrificio que se impuso su padre para no herirlos.

COSCOJAL DE LOS DESAMPARADOS

 

Prendido de dos estrellas,

un nacimiento del cielo,

iluminado de noche,

por el fuego de luceros.

Este es mi pueblo,

en la ladera de un monte,

bañado al sur por un río,

entre pinos y matojos,

al socaire y su albedrio.

Unos le llaman despacio,

los más a gritos,

como si despertarle temprano,

cuando la siesta se echa,

para que se levante ufano.

A mi pueblo voy,

para saludar a sus gentes,

aquellos que en el recuerdo,

siempre tengo en la mente.

Pues con ellos crecí,

con los más jugué,

y con todos, tengo que decir,

siempre lo pasé muy bien.

Yo le llamo Coscojal,

cuando no se llama así,

por tímido le busqué pseudónimo,

todo por no descubrir donde nací.

Desde la cresta del monte,

en los días que sale el sol,

mi pueblo chico se ilumina,

como metal fundido en el crisol.

Es Coscojal un deseo,

mi fuente de inspiración,

donde nacieron mis sueños,

con ellos crecí yo.

Allí conduzco mis huesos,

ahora que ya soy mayor,

que hasta allí me llevan,

ya cansinos aunque llenos de amor,

pues nunca olvido,

ahora que soy mayor,

las vicisitudes que hasta aquí me traen,

ahora que me llaman señor.

Coscojal de los Desamparados,

te escribo desde este rincón,

desde donde se guarda el alma,

el niño que no perdió el candor,

ese que me regalaste,

paseando por tus calles,

que nada me diste mejor.

20 AÑOS DESPUÉS, EL MILAGRO

La primera vez que Isigonga vio el mar, exclamó llena de entusiasmo, bajo la atenta mirada de su marido, que no la dejaba de contemplar admirado y enamorado:

- Nada puede haber en la naturaleza que pueda compararse. El rítmico sonar de las olas, con su eterno vaivén que ahora al fin puedo contemplar, solo es comparable con el sístole y el diástole del corazón que permite la vida en la Tierra. Posiblemente –dijo, dirigiéndose ahora a su marido Biliban- nada explica tanto y tan a la perfección cuanto estamos contemplando, la vida y la necesidad de un Creador para que tal maravilla exista junto con la inmensidad del cielo.

Isigonga era todo espíritu y cualquier cosa que admiraba lo guardaba entre las entretelas de su corazón sensible, todo para hacer maravillas con sus recuerdos y diletantes pensamientos.

Por esto y por mil cosas más, Biliban, su marido, la guardaba como si tesoro fuera, que lo era, y sus palabras como verdaderas joyas de un engranaje infinito. Este celo para que a su mujer nada le pasara, que era atrevida cual adolescente traviesa, fue el motivo de advertirla, cuando la vio decidida a romper la mansa armonía de la superficie del agua, cuando está cejó en su oleaje bravío:

- Guárdate Isigonga de sus olas, al fin no sabes nadar y la quietud del mar, en esta orilla, no es más que una extraña apariencia. En cualquier momento su tibieza puede romperse para arrastrarte hasta el fondo.

Biliban, en diciendo esto se recostó contra las rocas mientras al tiempo contemplaba el paisaje y su mujer que, primero tímidamente y después con marcada decisión, se metía en el mar, sin haber escuchado una sola palabra de las pronunciadas por su marido. Nadaba Isigonga sin saber, sin despegar los pies de la arena, haciendo movimientos que la alejaban de la orilla. Su marido, que no la había perdido un segundo de vista la llamó algo asustado, la hizo señas para que volviera.

Las olas, mínimas aún le impedían, no obstante, verla por interminables segundos, al menos así a él le parecía. Estos tiempos, entre ola y ola, sí, se le hicieron eternos, hasta el instante que, mirando, nada veía, la superficie era un espejo en el mar de la tranquilidad y la cabeza de Isidonga no rompía el terso y sereno mar. Se levantó desesperado, se subió a la piedra donde había estado apoyado y preso de pánico, pues había contado hasta tres reflujos de las olas sin divisarla, grito:

- ¡Mi mujer! ¡Mi mujer se ahoga!

A los gritos del marido salen cuantos bañistas le oyen. Estos, que nada habían visto, confundidos, en pos de donde se supone se ha hundido Isigonga, allí donde les indica la mano de Biliban, que sin tampoco saber nadar se ha arrojado al agua sin dejar de proferir palabras sin sentido, sino articular la angustia que ha borbotones le sale del alma.

Al fin, nada pudo hacerse, el socorro inmediato, ni siquiera los expertos submarinistas encontraron rastro de la mujer ahogada, tanto fue así que, algunos de los allí presentes, pensaron que se trataba de una broma macabra de un bañista indolente o chistoso. Solo la angustia imposible de fingir, como la expresada por Biliban, les reconvino a la verdad. Pues nadie, se dijeron, puede de tal manera manifestar su dolor ni aún que este, el dolor, estuviera basado en el guión para representar una tragedia.

Sin embargo, dentro de tanta desventura, Biliban se alegraba de haber dejado a sus hijos, de cinco y seis años, en el hotel, al cuidado de la joven que les enseñaba otra lengua, mientras recorrían las tiendas de juguetes próximas a los que tan aficionados eran.

Al día siguiente, el ya viudo, sin nada que hacer, se compró todos y cada uno de los periódicos que se editaban en la isla buscando la desaparición de su mujer en las procelosas aguas del mar. Extrañamente, ni en primeras páginas y menos en las de sucesos, encontró una sola línea sobre lo ocurrido. Si se hacían eco de cómo un delfín había peleado contra un tiburón en su intento de acercarse a los bañistas de la playa que, al estrépito, salieron huyendo hacía la arena de la playa.

Vivió Biliban 20 años sin Isigonga. En macabros recuerdos, en invenciones que elucubraban mentiras sin cuento. Durante ellos, bien puede decirse que nada supo de su vida. Ni aún que sus hijos le hicieron abuelo. Una nube templada de tristeza surcó su existencia para hacer de ella un olvido intangible. Tampoco supo que, ese día, el mismo que 20 años atrás, en la misma playa que ocurrió la tragedia, sus nietos pequeños jugaban con él construyendo, con la arena mojada, castillos con altas almenas y ciudades infinitas.

Isigonga, sin embargo, no les perdía de vista. Miraba más a su marido, pues una vez más había de repente vislumbrado en sus ojos el reconocimiento que perdió hace 20 años, que a sus nietos. Desde entonces, desde que se consumó la tragedia, ésta en la que Biliban se hallaba sumido desde aquel trágico día, han pasado exactamente 20 tristes años. Él no vio, roto para siempre en su angustia, como los bañistas de la playa, a los desesperados gritos del hombre, resquebrajado por el dolor que advirtió por igual en todos y cada uno de los poros de su cuerpo, recuperaban a la bañista intrépida que, sin saber nadar, se había arriesgado temeraria en las aguas de aquella mínima playa.

Hoy, 20 años después, se produce el milagro. Biliban, tras coronar con un puñado de arena, la torre que construía en la playa para sus nietos, se acerca a la roca, aquella desde donde vio perderse a Isigonga, este mismo día de tantos años atrás y como, a sus gritos, los que ahora apenas sin fuerza vuelve a articular, ve complacido como los arriesgados bañistas, desafiando las enfurecidas olas del mar, recuperan a su mujer que, andando, con dos preciosos niños agarrados a sus manos, viene alegre y sonriente a abrazarle.

TÚ, ESTABAS CONMIGO

Cuando desoíste mis pequeñas súplicas,
al romper con la blancura total mis sueños,
desgarrando las cien túnicas del alma,
al desposeerme de lo que creí siempre mío.

¡Señor!, ¿estás aquí?

Cuando dejaste de ser bello en el sol,
poniendo nubes en mis sombras,
al sentir desgajado mi espíritu del cuerpo,
dejando la mirada en el silencio.

¡Señor!, ¿estás ahí?

Cuando perdiste mi voz en mis manos,
por tener desacuerdo en la conciencia,
igual que hilos que se juntan y rompen,
después de haber formado espigas amargas.

¡Señor!, ¿estás aquí?

Cuando dejaste morir toda la sed,
derramada en la entraña,
seca por el fuego y el camino,
como hubo de recorrer hasta Tú mirada.

¡Señor!, ¿estás ahí?

Cuando se quedaron las nubes sin agua,
y la Tierra sin un solo fruto,
el aire pasaba sin murmullo alguno,
frescor que llevarse siquiera a los labios.

¡Señor!, ¿estás aquí?

Cuando sabias de mis amargas indecisiones,
lucha con la luz que me engañaba,
estrella falsa,
porque estaba cerca y aparecía lejana.

¡Señor!, Tú estabas conmigo

Peno yo por ti

Te acuerdas, cristiana mía,
la noche que juntos pasamos,
tú y yo entre lirios y lunas,
de envidia se deleitaron con nuestro amor.

Era la sombra oscura locura,
aún más brillante que el sol,
que el canto de las flores nace,
la risa delirio, goce y candor.

Vuela el pájaro de la imaginación prendido,
se posa orgulloso en la rama del árbol florido,
y en todo momento recita y baila,
como consumado actor haciendo de Cupido.

A él le imploro y le clamo,
para que nunca te puedas ir,
que soy comida de lobos,
y no puedo solo vivir.

Cristiana mía, lo que yo pené por ti,
sabes acaso mi vida, las vueltas que yo di,
buscando en tu mirada, la caricia que perdí,
cuando clamabas al cielo implorándole por mí.

Soy aquél que te espera desde los tiempos,
aquellos que se fundieron en el infinito,
hartos de esperar y de esperar hartos,
tal como se apaga y se enciende la llama de un candil.

AUNQUE TARDE, NO FUE, NUNCA

 

Jonatán Tobías de la Bella Cuerda no deja una sola noche de visitar a su padre. Allí llega al poco de dejar el trabajo y con él comienza la charla y con él fuma un cigarrillo.

Es cierto, que pese a todo lo dicho, Jonatán, cuando joven, tuvo sus diferencias con don Jonás, porque éste le exigía, como padre, una conducta intachable, ejemplar y un estricto cumplimiento con todo aquello que estaba obligado a hacer.

No, no era Jonatán un buen estudiante, que no había semana que no se saltara alguna clases con el consiguiente apercibimiento de los profesores que estaban cansados de él y de sus travesuras. Otro tanto podría decirse de su comportamiento fuera de las aulas, saltándose todas las reglas conocidas de la buena convivencia, dentro de la sociedad donde habitaba.

Por ser meticulosos y no dejar nada en el tintero, diremos que tampoco guardaba el respeto que debía a sus mayores y si bien este menoscabo no lo exhibía delante de don Jonás, su padre, era por temor a una reprimenda inmediata, que era el hombre ligero en la advertencia y raudo en el castigo.

El tiempo, ese que dicen que lo cura todo, pasó deprisa, incuestionable verdad, por más que en él, Jonatán terminara su carrera, sin brillantez alguna, haciéndose, sin embargo, con una seriedad hasta el momento desconocida, no exenta de un mayor respeto. Pero no acababa nunca de ser generoso en su obligación de querer y respetar, que es deber este que está por encima de todos cuantos existen en la Tierra, más aún cuando se trata de la consideración debida a sus progenitores.

Es decir, que la reprimenda por parte de su padre no desapareció ni aún después de encontrado el trabajo que le daba la independencia y el poder vivir lejos de los suyos. Pero fue en esta libertad recién adquirida cuando sopesó la bonhomía de sus padres y como, de la noche a la mañana, casi de forma incomprensible, confesó él, les comenzó a echar de menos.

Las gentes del lugar, aquellos que se enteraron de la solicitud recién nacida del muchacho, que muy en secreto se llevaban a cabo las visitas, las que todas las noches, sin faltar una, hacia a su padre, se extrañaban muy mucho, teniendo en cuenta los desencuentros pasados.

Charlaba con don Jonás en voz baja, mientras al unísono saboreaban los pitillos que encendía Jonatán. También, al unísono, soltaban las humaredas, bocanadas de sus bocas, humo al cielo, como si estas se hubieran convertido en los primeros indicios de un volcán.

Los pocos que sabían de tales visitan no dejaban de comentarlas y algunos, con aviesa intención, dijeron aquello tan socorrido de: “a buenas horas mangas verdes”.

No, Jonatán no estaba enterado de tales pormenores, porque en verdad estaba más interesado en dar a su padre la satisfacción de todos los días, aquella que durante tantos años, debido a su indudable inconsciencia, le había faltado. En modo alguno sintió interés en comentar cuanto de él, bueno o malo, se pudiera decir.

Cuando se terminaban los pitillos, Jonatán, cuidadosamente apagaba cada uno de ellos, cuidadosamente recogía las colillas en un cucurucho de papel hecho expresamente para tal diligencia, igualmente limpiaba con esmero la tumba de su padre, el lugar de la lápida donde había permanecido sentado y dando las buenas noches a su progenitor, abandonaba el camposanto por una rendija de la puerta de entrada.

- ¡Adiós, papi, hasta mañana, que descanses bien!

Las estrellas brillaban en el firmamento, un cielo hecho de acuarela azul pintaba de Paraíso Terrenal la Tierra. Jonatán, sin dejar de andar, silbaba una canción, de este modo quería actualizar la memoria de su padre que, durante toda su vida, le había repetido:

- La felicidad, hijo, está dentro de nosotros, de nuestro pensamientos positivos. De ti depende, en gran modo, poder alcanzarla.

Nada es verdad, todo es mentira

Así que todo es mentira,
así que nada es verdad,
¿estamos pues en un mundo,
en el que todo nos da igual?

Es por eso que Matilde,
su sobrina y don Pascual,
echan de menos las risas,
y suspiran por un zagal.

No, no me he equivocado,
que don Pascual es igual,
tiene los mismos gustos,
todo en él es suspiro angelical.

Van los tres en compañía,
juntos sin saber qué hacer,
que lo mismo suben que bajas,
que retroceden sin saber qué.

Tienen los campos indefinidos,
en mil amores y un compromiso,
más todos les dan fallidos,
por antinaturales,
y lo que es peor, narcisos.

MI NIÑA BONITA

 

Mi niña bonita se quiere vestir,
de oro y de plata,
de risas y versos,
de camisa blanca,
como una sonata.

Suena el agua en la garganta,
camina y canta,
corre y choca,
contra las piedras más altas.

Mi niña bonita,
de flores se quiere vestir,
de oro y de plata,
de lirios sin fin.

Se alumbra preciosa con un candil,
recita las letras,
escritas por un poeta,
y siempre alegre las guarda,
en una maleta, como un celemín.

Es mi niña bonita,
hecha de oro y jazmín,
compuesta de musas,
que inspiran canciones,
versos con mil entonaciones,
y unos pocos sones.

Ayer se marchó,
por cinco minutos,
solo me dejó,
yo la reprendo,
para que no haga igual,
que los días pasan,
y nunca volverán.

Mi niña bonita,
lo cerca que está,
para darse cuenta,
que sin ella,
ni hablar,
que todo es tristeza,
que todo da igual,
sin ella presente,
mi ruina total.

Mi niña bonita,
de oro y marfil,
de colores hecha
de miel y de añil.

v

HASTA LA MUERTE USA DE IRONÍAS

Cuando Irineo Telicuento paseaba admirado por las maravillas que contemplaba, portentos que se le ofrecían en aquel espacio majestuoso a sus ojos admirados, en modo alguno sabía qué le reservaba el futuro en este mismo lugar. Lejos estaba Irineo de conocer la ciencia que dicen y llaman prognosis, el conocimiento exacto del futuro que nos aguarda, de otra forma no hubiera vuelto nunca por allí.

Era el sitio nombrado Cuajaron, sin que nadie supiera por qué, pues si bien el lugar no era otra cosa que un río, al que nadie nunca conoció helado, tampoco nunca se secó. Mas no era éste el centro de interés de Irineo, sino un puente romano de tan solo un ojo, sin embargo tan bello, tan grato, que muertas le pasaban las horas mientras paseaba de un lado a otro por él, sin que nunca su curiosidad se desvaneciera un instante.

Desde este puente se podía ver, unos cientos de metros más arriba, el muro de un pantano igualmente soberbio, con sus aceradas compuertas brillando al sol y alguna vez, raras veces, el agua estancada brillando en el borde de su pared de piedra y cemento.

Con el tiempo, Irineo, que primero se extasiaba mirando la construcción romana y evocando su historia, el puente que ahora pisa, volcó igualmente su admiración por el inmenso murallón, construcción moderna, que era aquella barrera que detenía el agua tan escasa por años y que almacenaba avara cual rico oro en una interminable mina.

En medio de este puente, aprovechando un, a buen seguro, antiguo mirador, alguien, con muy poco gusto y peor disposición, edificó una caseta con cuatro paredes de ladrillos mal puestos, un destartalado tejado de latón, una entrada sin puerta y una ventana por la que mirar al horizonte, sin tampoco nada con qué cerrarla.

Este intríngulis, que nadie tampoco podía explicarse qué era lo que con él se había pretendido, mal construido, sin deleite alguno, en medio de tanta maravilla, ocupaba la mente de Irineo pues era incapaz de quitarse de la cabeza tan negros pensamientos como le asaltaban, por más que esfuerzos hiciera para erradicarlos de la cabeza.

Pasaron en esto los años e Irineo no había semana que no visitaba tan exquisito retiro. Tanto era así que poco le importara el tiempo que hiciera, que lo mismo asistía con sol que con el cielo nublado, que nada se imponía a su devoción y a la contemplación de aquellos lugares que llevaba grabados tanto en su corazón como en su retina.

En tales pasatiempos algunos años se sucedieron, algunos más de veinte que llevaba en tales excursiones, el bueno de Irineo Telicuento, hasta aquel inesperado como maldito aciago día. Era crudo invierno, diciembre por más señas, el frío y el viento enfurecido amenazaban con volar el orbe entero, que a los árboles ya les dejaba huérfanos de hojas cuando no les quebraba muchas de sus ramas, partidas por el feroz ímpetu con el que barría todo el contorno del Cuajarón.

Fue entonces cuando, no encontrando mejor lugar para guarecerse que la escuálida construcción de ladrillo, entró en ella Irineo corriendo, en el umbroso refugio, tan ruin y poco apto para permanecer en él, pues el viento entraba por la desprotegida ventana, por la puerta desaparecida y aún la lluvia, que había comenzado a caer sin templanza alguna, le mojaba más si cabe que a la misma intemperie.
Así aguardó unos pocos minutos, hasta que no pudiendo mas, pues apenas si la ventolera allí dentro le permitía respirar, cuando se aventuró a marcharse, no sin antes mirar por la ventana y ver que, el muro de contención de las aguas del pantano, inmenso, sólido como coraza de guerrero medieval, era empero desbordado por sus filos y un segundo después se quebraba en grietas que, como heridas sangrantes, fueron apareciendo por toda la superficie del paredón.

Toda aquella circunstancia adversa le determinó a salir raudo. Lo hizo en el mismo instante que la desvencijada caseta volaba, primero la chapa de su tejado, después las débiles paredes donde se sustentaba. En un lapso de tiempo ínfimo se derrumbó, llevándose dentro a Irineo y arrastrándole en su caída hasta el río, desdoblado ahora y desbordado en su cauce por las aguas crecidas y en feroz desbandada.
Tuvo Irineo la suerte, así lo debió pensar, que ninguno de los ladrillos, lluvia de ellos, pues se prodigaron al igual que las inclementes gotas de agua, ninguno de tales adobes le golpearan la cabeza, de otra forma, dado su volumen, le hubieran ocasionado la muerte.

De tal suceso pasaron tres días, Irineo fue encontrado en la orilla de aquel río, agarrado a la columna que sostenía el puente romano, cuando los albañiles, que reparaban las grietas por donde se había escapado la mitad de las aguas del pantano, le divisaron.

Irineo se libro del ladrillo que rozó mil veces su descubierta cabeza, más su suerte fue relativa, pues casi seguidamente a la caída, murió ahogado entre las turbulentas aguas y el furor de aquel día tenebroso y aciago.

El amigo de Irineo, éste Tarsicio de la Reguera que en alguna ocasión le había acompañado hasta el lugar, delante de su cuerpo muerto y tendido ahora sobre la hierba de la orilla, ante el silencio de cuantos allí estaban, con palabras cripticas sentenció:

- Parece mentira, que este hombre haya encontrado la muerte aquí, con todo lo que él sabía del lugar. A buen seguro no le mató el hundimiento, se dejó morir con lo que más quería.

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