2010 Febrero | Poemas y fábulas

Viagra

ENCUENTRO CON EL FIN

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 26 Febrero 2010 17:32

Cuando el tiempo te haga comprender las cosas,
recuerda el momento que yo te las dije.
Más no sufras, llores o desesperes,
a veces, la vida, la nuestra, ladina nos engaña,
mientras, parece divertirse aullante y sosa,
para acusarnos luego, en la nube que nos regala,
la vengativa incomprensión que nos humilla.

Cuando este momento llegue, recuerda,
recuerda mi ansia y mi pena, escondida dentro como telaraña,
clavada en la oscura entraña del recuerdo,
que desesperado fuera, sin saber por qué,
y donde clavar el cuchillo de tú incomprensión.

Si la sombra que pertinaz te impide ver,
logras entonces de golpe rajarla,
mira que aún los días son largos,
ve que las horas y los minutos se extienden
y al tiempo conceden grandes cosas para este momento,
magullado y ya roto el alma,
que penando quisieras alargar hasta el infinito.

Siéntate y entonces, sedante aprende a caminar.
Para ser feliz, a una vida le basta,
haber entendido en el tramo final,
la misma respuesta que perdida,
encontrarás seguro en la eternidad.

“MERECIÓ LA PENA”

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 25 Febrero 2010 16:19

Cuando al fin lograron llegar hasta él, apenas si Bimbolín fue capaz de articular la frase, la única que salió de su boca antes de expirar.

El sanitario que vio sus ojos mirando la roja flor que apretaba su mano, se opuso cuando de ella se la iban a quitar para subirle a la camilla.

Había ocurrido que Bimbolín, tratando de bajar a donde aquella exótica roja flor crecía, perdió el equilibrio y rodó hasta el fondo del abismo.

Nadie sabría nunca que aquella misma tarde, el joven tenía pensado entregar, como presente, excusa para una relación soñada, la flor a su prima Bety.

FUGAZ DESTINO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 24 Febrero 2010 16:40

Si escalando subiera al cielo
y a ti en la tierra te dejara,
debes saber, sombra amada,
que no es mi voluntad,
ni yo, quien te deja abandonada.

Será el sino, ¿quién lo sabe?
fugaz destino,
hasta las puertas de mi morada
noche cerrada a mi casa venida,
que al hombre viene a inmolar con la quijada.

Búscame en el lugar,
allí donde dos estrellas hablan,
en la nada del desierto,
acaso en el paraíso sin nada,
que vengo de la soledad cubierto.

Me encontrarás justo en el límite,
en la raya que separa,
el ayer y el mañana,
el que fui y el que soy,
la noche, y el alba temprana.

CORTÍSIMOS

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 23 Febrero 2010 15:04

Escribió un cuento tan corto que le dio tiempo a hacer este más largo.

Escribió un cuento tan corto que para rellenar el tiempo que le sobraba, lo repitió noventa 90 veces, veces, veces…

En un soneto caben 14 cuentos y tres más en el estrambote.

Un cuento corto es la mitad de un epitafio. Una novela es la inscripción completa.

Era un cuento tan corto que me faltó tiempo para entenderlo.

APAGAD MI SED, QUE VENGO DEL CAMINO HERIDO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 22 Febrero 2010 15:40

Por cada pétalo sangraba,
margarita que deshoja el viento
y el viento mudaba mi ser,
sombra que al viento lloraba.

Hoy imbele contemplo la guerra,
tan sólo en mi cabeza fraguada.
Tibia memoria del recuerdo,
sueño fugaz de la alborada.

Ya la lluvia ha cesado,
ya el volcán no ruge
ni siquiera trina el jilguero,
triste está el gallo callado.

Detenido ha sido el río, como la vida,
la desbocada sangre en su camino,
aciaga vejez precipitada,
la desdentada quimera de mi fatal sino.

Desbordados los bordes, roto el destino
secas las esperanzas y sus metas,
cuando todo es desconsolada mohína,
en la misma negra vereda del desatino.

Arrojó el cielo el castigo ciego,
plaga estéril de langosta enana,
arrasando el trigo de los campos hueros,
muerta la cosecha bajo el voraz fuego.

Triste es y afligido, el final del guerrero,
escasa recompensa para quien lucho fiero
pues que fue a traición como derrotado caí,
por las desleales, alevosas armas del artero.

Venid y apagad mi sed,
abrid el río de mi vida muerto,
que vengo del camino herido,
que traigo por igual, frío en el alma y el corazón yerto.

EL SEMÁFORO EN ROJO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 19 Febrero 2010 17:45

Un vientecillo burlón levanta los cuatro últimos pelos de la coronilla de Narciso Jacinto, cuando camino del concesionario de coches, va calle adelante.

- Narciso, cariño, ¿cómo te engalanas tanto para ir a la oficina?- le había preguntado su mujer minutos antes, viéndole como se emperifollaba delante del espejo del vestíbulo.
- ¡Ay, Bobita!. Acaso olvidas que hoy recogemos el coche nuevo - le respondió Narciso, sacando pecho, hecho todo él un clavel reventón.
- Pensaba, veo que sin motivo alguno, que iríamos la familia al completo. Los niños tenían gran ilusión y de mí puedo decir otro tanto.
- Quita, quita, ni que fuera nuestro primer coche. No, Bobita, yo lo recojo, vengo raudo y los cuatro juntos nos damos la vuelta del estreno.
- Si es así, me parece bien. Ve entonces, mi amor y que lo disfrutes, aunque deja algo para cuando estemos en familia - le dijo su mujer, Margarita, que Bobita era apelativo cariñoso dentro del matrimonio.

Narciso Jacinto avistó pronto el concesionario que iba a la carrera. Con tal emoción lo hizo que aún le molestaba el mundo cuando el mundo le pasaba rozando.

- Aquí tiene usted, don Narciso – le dijo el director satisfecho: todo llega en la vida, solo hay que saber esperar.

Ponerse al volante y volar, fue todo uno. “Era, - pensó Narciso - como haber descabalgado de un jamelgo y haber cogido un purasangre”. La prudencia se le olvidó, el ego se le ensanchó y todo él narciso, apretaba el acelerador de aquella máquina perfecta. Tantas fueron las emociones que se le pasaron por el ánima, tantas las que le rondaron la cabeza y tales los humos que albergó en ella que, cuando aquel inoportuno semáforo se le interpuso en su camino le maldijo despreciativo.

Aquel antipático artilugio que le hacía frenar cobró, repentinamente una importancia nunca hasta entonces presentida. Le había tolerado sin apenas darse cuenta como algo necesario cuando conducía el rocín viejo, ni siquiera había cuestionado su utilidad. Ahora, cuando desbocado llegaba al color rojo, se encabritaba de orgullo y poniéndole en duda le decía:

- ¡ Cómo a mí, estrafalaria chatarra, herrumbroso orín de colores puedes detenerme! ¿Acaso ignoras el noble material del que está hecho mi coche, frente a la humildad de tu vieja hojalata?

Narciso Jacinto, al percatarse de lo inapropiado del discurso, de la incoherencia de sus palabras, por quitar hierro al orate que acababa de descubrir y que llevaba dentro, se echo a reír con carcajada nerviosa diciéndose:

- ¡Joder!, Como nos dejamos influir por manifestaciones externas. Si me lo cuentan no me lo hubiera creído.

Con su mujer y sus dos hijos se comportó Jacinto en la forma acostumbrada. No aceleró ni hizo nada que antes no hubiera hecho. Sólo, cada dos o tres minutos preguntaba:

- ¡Qué!, ¿Os gusta?

Al ir y al venir del trabajo- hacía el trayecto cuatro veces al día – se encontraba con el inoportuno y hasta descarado semáforo. Estaba allí, enhiesto, a la vista de todos, dictando en tres colores, cuanto debía hacerse.

- Bueno, he de tranquilizarme – se confesó igualmente bajito, para no oír la recién descubierta paranoia interior que le dictaba tales soberbias manifestaciones. Al cabo – continuó – es frenar, a lo sumo cuatro veces, cuando tantas me obligan a realizar los continuos atascos de la gran ciudad.
Una tarde, cuando ya el sol se había metido en el horizonte y las primeras sombras de finales de otoño, dibujaban de oscuridad el día, Narciso Jacinto, que iba bólido en su coche, no paró ante el semáforo en rojo.

- Total, no había nadie.

Así un día y otro, se saltaba el disco con una satisfacción vesánica. Sin duda, con su acción, trataba de demostrar la inutilidad del artilugio al tiempo de mostrar la utilidad de su pragmatismo. Cuando coincidía, pocas veces, esa es la verdad, el disco rojo de prohibido con la casualidad del peatón cruzando, a Narciso Jacinto la gatera del estómago se le revolvía tanto y con tanta saña, que por igual maldecía al hombre y al semáforo.

- ¿Cómo era posible que aquel desgraciado sobre la suela de sus zapatos tuviera prioridad sobre él, que calzaba un coche tan potente como el suyo?

Fue primero un razonamiento especulativo del subconsciente que le causó alguna ironía. Siempre fue una fuerza incontrolada que le arredró consciente. Nunca llegaría a saber que su falta de carácter, dejándose dominar por el espejismo de la velocidad, le anularía la vida.
Amaneció radiante aquel 14 de noviembre, día de su cumpleaños. Iba a doblar – decía Narciso a quien quisiera oírle – el cabo de las tormentas de los 30 años. Un hito sin duda de plenitud en la existencia de todo mortal. La tarta, con sus velas encendidas, le esperaba radiante sobre la mesa. Pero antes, tres kilómetros antes, se le interponía aquel semáforo estúpido. Aquel enhiesto mecanismo de colores simples y de simples y deslavazadas ordenes. El día de su treinta cumpleaños hubiera sido espléndido de no haber sido por aquel imprudente peatón, soñador del cansancio, que de forma fatigosa se le ocurrió en tal mala hora cruzar.
El bólido de Narciso Jacinto fue tan extraordinario que apenas si dejaba notar que había tenido un accidente. El semáforo en tierra, pobre hojalata abollada, yacía como muerto, que no le latían los colores; el peatón asustado miraba estupefacto y Narciso, despanzurrado en el suelo, que tuvo la mala fortuna de salirse del habitáculo indeformable de su automóvil. Eran los únicos, patéticos indicios que descubrían la tragedia

CON TUS MANOS EN MI PECHO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 18 Febrero 2010 18:06

Con un beso me robaste mi alma, y sin ella,
soy ciega rapaz que vuela sin rumbo y sin destino.
En mi pecho, con tus manos de cuajo me arrancaste,
cruel las alas al halcón por desatino.

De mi amor hiciste mofa, de la ilusión escarnio,
de la alegría risa irónica que desaira y entristece,
pues pagas con ciego desprecio el ánimo,
de quien manso y rendido ante ti se ofrece.

Ahora soy la triste sombra que anda,
apenas nada en tu voraz camino,
una pluma apenas en el aire del olvido,
un gélido viento de rodar cansino.

Deseo de amor mis besos consumidos,
leve carga que depositar sobre tu piel,
que quiero sentir en mis labios el latido,
y el dulce, cálido murmullo de tu sien.

Ansío con mis manos escudriñar en tus secretos,
encender el corazón que esquivo me rehuye,
pues quiero buscar el desdén para extirparlo,
y al desamor que muriendo, me destruye.

Arderemos en el mismo fuego desgastados,
al tiempo mi llama con la tuya juntaremos,
que quiero volar igual como aquel día,
cuando de júbilo inesperado nos besemos.

EL SINO.

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 17 Febrero 2010 15:36

A mi lado, junto a mi cuerpo que se debatía entre el sueño y el ansia de estar despierto, algo muy próximo dejaba un hedor nauseabundo. Lo toqué con la mano, en el sopor, distinguí mi pecho. Era la muerte.

AMOR, DOLOR

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 16 Febrero 2010 16:14

Sobre los muslos de su amada,
amor, dolor,
escribió el sátiro la poesía.

Con la sangre de su alma,
ay dolor, amor,
estampó el punto final.

Anabeta miraba su pubis,
amarillo y verde,
de color de rosa y estambres,
ay dolor, ay amor.
Y todo le parecía prosa.

El sátiro escribió la vida
y la rubricó de llanto.
Anabeta se reía,
ay, amor,
mientras de lágrimas sus ojos,
cuencos de latón, cegados.

La sangre tachó la letra,
borrados fueron los muslos,
como errantes cometas.
Solo en el pecho la crecen,
dos manantiales de arena,

DE LAS DISTINTAS ALEGRÍAS.

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 15 Febrero 2010 16:03

Contento, lo que se dice contento, nunca lo estuvo Calixto Gerundio. Su vida, por no haber sido un paradigma de felicidad, se le condensó en un gesto hosco y perdurable, nacido de contemplar la vida con desespero. Era, por demás, saturnino y propenso a la melancolía.

- Hasta el día, mire usted, que se produjo el milagro en sus propias carnes. El instante en el cual, la diosa Fortuna le sedujo con la varíta mágica de la suerte.
- ¿Le tocó la lotería?
- Mucho más, señor. Mucho más que el vil dinero.
- Le acertó un milagro.
- Tibio, tibio, aunque la aproximación es real. Le amparó un sueño que pronto se le hizo realidad,
- ¡Coño, quiere usted decirnos que fue de una puñetera vez, que nos tiene en ascuas!
- Escuchen. Una noche, en sueños, aunque creyó estar despierto, y en la cresta de una montaña, a Calixto Gerundio se le apareció el signo del Crismón dibujado entre dos estrellas.
- ¡Oiga!, ¿se puede saber que signo es ese?
- El signo de los vencedores. El mismo que al gran Constantino, el emperador romano vio antes de vencer a Majencio en la batalla que después iban a disputar sobre el puente de Milvio.
- ¿Nos vamos a quedar sin saber cual era el signo?
- Las letras XP.
- Y Calixto, después de semejante visión, ¿Cuál fue la batalla en la que termino vencedor?
- No, no señor, no hubo batalla, le paso a explicar.

Y el intérprete de recónditos sueños narró, a cuantos tuvieron la paciencia de escucharle, que este atribulado hombre, a la mañana siguiente, cuando levantado se pasó por la farmacia de Rico para comprar diez pastillas iguales para diez dolores diferentes que en el cuerpo llevaba, se vio premiado por unos laboratorios que, gratificaban su fidelidad con una participación el Proyecto Genoma, un estudio pormenorizado de cuantas enfermedades tendría en el futuro o bien una segunda opción…

- ¿Prácticamente le aseguraban la inmortalidad? –le interrumpió uno de los escuchantes.
- Si, así es.
- ¿Cuál era la segunda opción?
- Una sepultura perpetua en el cementerio por el escogido.
- No parece que haya duda en la elección. ¿Cuál fue la respuesta del hombre.
- Escogió la sepultura perpetua, para ello dijo, mientras daba los primeros martillazos sobre las tablas que conformarían su ataúd y con una sonrisa que le llenaba la cara de oreja a oreja: “más vale vivir descansado por toda la eternidad que cuatro días más aquí intranquilo”.

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