2010 Febrero | Poemas y fábulas - Part 2

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ENAMORADA DEL VIENTO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Domingo 14 Febrero 2010 17:17

Si corriendo vienes de amor henchida,
como flecha disparada por el arco del albur.
Dime,¿por qué te sorprendes, alma perdida,
por mi herida que llora de desamor?.

Porque de hielo estás hecha y cincelada,
frío que a la mente llega aterido,
ruina que a los ojos ciega muerto,
se al menos pasión ardiente, beso yerto.

Cuando brillando de aire vestida vengas,
como ave rapaz por el cielo volando
y hasta el umbral de mi puerta llegues,
despierta a quien dentro espera la suerte.

Sino imborrable, triste mácula impredecible,
¿quién eres tú que mi sueño disturbas?
aire huracanado que sopla inclemente, acaso solo ruido.

DESPEDIDA DE DOÑA FULGERINA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 12 Febrero 2010 16:03

Con 83 años reciben cumplidos, doña Fulgerina Tobayba apretó el botón de bajada del ascensor con la intención de pararse en el piso 17.

Años atrás, esta mujer había tenido un sueño que ella misma calificó de esplendoroso. En él, un ángel vestido de inocencia la había anunciado que, llegando a la edad referida, podría regresar a los años que ella considerara habían sido los más felices de su vida. Tan sólo, la dijo, tendría que subir al piso 83, pulsar el botón e ir descendiendo hasta restar, por cada piso, un año.

En esta hora, llegada la fecha que le había predicho el ángel, emprendió el viaje que había de dejarla en los años más felices, en aquellos que cumplió los 17.

Aún considerando la velocidad del descenso, a doña Fulgerina le dio tiempo para desgranar los años vividos. Sus alegrías, algunas salpicaduras de penas, sus viajes, todos de grácil recuerdo pues en ellos, llegó a conocer a los dos hombres que después serían sus maridos.

Tuvo tiempo de reír, de alegrarse y también de enjugar una lágrima que, escapada sin querer, le cruza de arriba abajo la cara hasta perderse por la comisura de sus arrugados labios.

Al fin se acercaba al piso deseado, su año más feliz, en el que conoció a su gran amor. Aquel que no supo retener, sino en la memoria, por inexperiencia, aquel que recordó toda su vida.

Sintió entonces el estrépito del ascensor cuando al frenar en seco, porque todo su cuerpo, de forma tan milagrosa vuelto a su juventud, se estremeció de placer por entero.

* * *

Don Sisenando, el doctor de cabecera, mirando al hijo de doña Fulgerina, asintió con la cabeza a la pregunta que le hacían sin palabras. Los dos hombres, de pie, al uno y al otro lado de la cama, la vieron partir con una sonrisa en la cara y un levísimo movimiento como si bien hubiera querido ser una despedida.

SOBRE LAS OLAS AMAR.

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 11 Febrero 2010 16:16

Vestida de azul y aire,
bailarina de la mar,
sirena bajo las aguas,
sobre las olas amar.

Horizontes de arreboles,
colores con que pintar,
cinceles de los artistas,
para tu cara labrar.

Amapolas de verano,
margaritas a imitar,
que al menor soplo mueren,
las dos bellezas sin par.

Desnuda de rojo y viento,
a los ojos alegrar,
que solo a los ciegos hace,
sobre las mejillas llorar.

Historias de dos amores,
en la imaginación volar,
corazones que supieron,
en el tiempo perdurar.

Otoño ya florecido,
rescoldos sin olvidar,
brotes del tiempo crecido,
tras mil recuerdos sembrar.

INOCENCIA PERDURABLE

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 10 Febrero 2010 14:48

Por dos segundos, Liberto Troncho no fue padre casado. Cuando el señor cura le iba a preguntar si quería hasta la eternidad a Exuberancia Privada, la novia que le acompañaba en el altar, esta, de forma inesperada se derrumbó como nube de granizo sobre las losas de la iglesia.
La joven Exuberancia había roto aguas.
Liberto, por segundos, dos acaso, no fue padre casado. Más su responsabilidad, el sí acordado con su novia modelo XL, hizo que se recuperara de su sorpresa y aceptara a Tintín Troncho Privado. Se hizo padre voluntariamente, hasta responder por derecho y sin vergüenza alguna a las preguntas formuladas con intenciones torcidas.

- Y tú, ¿Troncho, no te enteraste de que aquella gordura era la respuesta a su embarazo?

Y Tronchito respondía que Exuberancia había concebido por el mero hecho de haberle conocido.

- Y tú, Exu, ¿qué viste en Liber para enamorarte?

Y la mujer respondía desde su opulencia de bella modelo XL

-Su ligereza.

Aunque casados y con hijos, felices en suma, Exuberancia y Liberto nunca se conocieron, tan sólo se amaron.

EL SENTIMIENTO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 9 Febrero 2010 15:30

Escondo del mundo el sentimiento,
asustado por su desdén irónico,
como si lacra o pecado fuera,
dolerse tanto del calvario ajeno.

Duéleme el llanto, tan dentro,
que explota en lagrimas, sin miramiento.
Y tanto me confunde su alegría,
como desazón me causa su descontento.

Está el hombre de ignorancia hecho
payaso de burlas y desencuentros,
pobre fantasma de soberbia lleno,
errante sin fin busca lo que lleva dentro.

Apéname el infortunio del prójimo,
su resbalón en la carrera,
y tengo, por tan blando el corazón,
que todos sus hechos sin amor me laceran.

LA CIUDAD PERDIDA.

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Lunes 8 Febrero 2010 19:06

El hambre que sufría Naana Maama sólo era comparable a la que pasaban los perros famélicos que rondaban los alrededores de su tribu. Como no se producían desperdicios, los unos -los hombres- y los otros -los perros- se disputaban sus propias vidas. Así, un buen día Naana mató de una pedrada al mejor amigo del hombre. Aquella noche se lo comieron, de una sentada, su mujer y sus dos hijos.
Cuando la sequía esquilmaba la tierra, que era como termino medio, -este año si y este otro también- escaseaban los socorridos frutos de los árboles. Entonces, los pocos que llegaban a madurar había que disputarlos-compartirlos con un grupo de monos catirrinos. Si la falta de lluvia persistía, que era este año si y este otro también, dejaban de encontrarse las tiernas, socorridas raíces comestibles. Ahora se hacía necesario salir al campo y enfrentarse a los buitres, cuando no a los leones, por la carroña que devoraban. Cuando estas fieras conocieron la ferocidad de Naana, ante su presencia huían raudas, temerosas de enfrentársele.
Frente a tanta escasez, Naana, que ya rondaba una edad avanzada con sus 22 años, tomó una decisión. Iría a la ciudad en busca de trabajo. Por la mañana emprendió los cien kilómetros de duro camino a pie; sin dolor, que sólo la gualdrapa de su tripa se quejaba del trajín. Cuándo al fin llegó, ¡oh, admiración!, descubrió, dentro del escaparate de una tienda, aquel milagro encendido llamado televisión. Naana preguntó sorprendido y encandilado: ¿qué es esto? Como nadie le respondiera volvió a preguntar: ¿qué es lo que dicen?

- Nada –le contestaron. Son cosas de los blancos majaretas que ociosos, inventan entretenimientos sin mayores fundamentos para la vida.

Se acercó más Naana Maama, para poder contar a su familia lo que había visto y oído de primera mano. La pantalla vomitaba imágenes sin parar un instante. Se llenaba de tales, hermosos ofrecimientos, que Naana no podía enumerarlos porque desconocía sus nombres. De súbito irrumpieron locos, ágiles bailarines vestidos de oro y plata, con sus gorros de estrellas recortadas mirando al cielo. En medio de la danza, sin dejar de vociferar vio como se tiraban, los unos a los otros, unas redondas nubes blancas con las que se embadurnaban sus caras y sus vestidos bellos.

- ¿Qué se arrojan que tanto les hace reír? –preguntó otra vez.
- De donde sales tú, negro descolorido –le respondió otro negro de tez acharolada– acaso no ves que son tartas de nata y chocolate. Acaso no ves como se relamen de gusto.

El negro desvaído, aunque le dolía la tripa de llevarla durante tantas horas vacía, se pegaba al cristal del escaparate, sin acordarse del hambre, en aras de no perder ripio de cuanto ocurría en la pantalla del televisor.
El negro acharolado, que comía ávido pan con cebolla cruda le adivinó el hambre y sin pronunciar palabra alguna, compartió con él el pan y la cebolla que quedaba. Le mitigó una parte de la necesidad reciente y le regaló, ahora con sentidas palabras, el 0,7 por ciento que no comprendió y una patera esperándole, frágil, mortal, no sin antes advertirle del peligro de cruzar las aguas. “Porque los indigentes, -le dijo- los desfavorecidos por la latitud donde han nacido, cuando llegan vivos, besan de miedo a sus salvadores y se conforman con su hambre, sin descontarla una sola migaja y con volver medio enteros al mismo lugar de donde han salido”.
Aquella noche, Naana no pudo dormir. Tenía retortijones en la tripa donde el pan y la cebolla, a su libre albedrío, campaban sin misericordia golpeando las bóvedas de sus intestinos vacíos. Más con ser, no era este el dolor más lacerante, que le dolía por encima de todo las recién descubiertas pateras, el 0,7 por ciento que no entiende y el derroche de tartas que había visto confundido en el televisor. Pensando en su mujer y en sus hijos, a los que había prometido traer a la ciudad muy pronto, se confesaba sin palabras:

- Es el hambre igual y allí me conforma y aquí me rebela. Es el hambre igual y allí se confunde en risas y aquí, entre extraños, se convierte en cólera. ¿Cómo explicarles el espectáculo lamentable de derrochar el pan mientras se tira? ¿Cómo decirles la indiferencia de sus tripas llenas?

Tras la reflexión, un sueño tenido durante la duermevela donde el cansancio se amortigua en oleadas de ira y templanza, se levantó del suelo y con solo el pan y la cebolla en la barriga hinchada, tomó el camino de vuelta. Buscaba andando las palabras precisas que justificasen su regreso. Ninguna idea llegó a satisfacerle. Por eso, cuando les encontró, rebuscando famélicos entre las cenizas de la sequía, tan solo alcanzó a murmurar:

- Por más que escudriñe no pude encontrar la ciudad. Posiblemente, la tierra hambrienta se la tragó.

Hizo una breve pausa, tomó un poco de aire, que el camino de regreso le había cansado el doble que el de ida y terminó:

- A cuantos pregunté, a tantos como me encontré en el camino, todos sin excepción me aconsejaron que cesara en la búsqueda, que no merecía la pena encontrarla.

NUEVO CAPITULO

Posteado por José Luis Martín | General | Sábado 6 Febrero 2010 16:39

Cuando al decimotercer conde de Alarma Real, don Juan de la Cruz y Gutiérrez del Amo, su administrador le mostró la pistola, el último y fatal signo de que su fortuna había tocado fondo, en vez de coger el arma y llevarse el cañón a la sien, tal como tiempos atrás aseguró que haría si llegaba el momento, pidió trabajo en el recién inaugurado Parador Nacional, su antiguo castillo.

Quienes saben de sus pasadas grandezas le señalan con el dedo y le tachan de indigno, arrojándole a la cara el hecho de no haber cumplido con su palabra.

El ex conde de Alarma Real, hoy el solícito camarero Juan Cruz, lejos de enfadarse con los agravios, intenta hacérselos perdonar diciéndoles: “La vida está por encima de cualquier capricho de juventud. No podemos ser reos de nuestras palabras, más si cabe cuando estas fueron pronunciadas en momentos de clara ofuscación y sin tener en cuenta que la existencia cambia y con ella el modo de pensar. El sentido común nace con el hombre y le vence en su arrogancia”.

Y el camarero terminaba diciendo que “todos los minutos de la vida, ahora lo se, me enseñaron a vivir, de aquí mi rectificación”

TÚ PERFIL EN MI MEMORIA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 5 Febrero 2010 15:34

Al fin, el recuerdo cesó por un momento,
terminó también el latido que a mi pulso daba,
los segundos que marcaba el reloj de la vida.
Pararon los vientos y en la cima del monte,
el silencio prieto hizo estallar el ánima.

Dime, ¿me amaste?
Repite conmigo tú amor,
canta con tú voz las ansias,
confiesa que acaricias mi piel,
y dentro encuentras mi alma.

Yo soy vagabundo en la tierra de nadie,
hombre sin horizonte, sin ayer y sin mañana,
espero tan sólo la sombra, ese rayo,
la luz que resplandor confiere a tus ojos,
sueños y ensoñaciones soñadas.

Ámame y no te vayas,
meceré el tiempo para que tan corto se haga,
que reirás de contento y en él me hagas,
creer en los milagros, canciones sin palabras,
ríos turbulentos, aunque vacíos bajen sin agua.

Dibujé tú perfil en mi memoria,
con el pincel del recuerdo pinté tu cara,
rubios los cabellos, cuando no de plata,
tú boca roja, abierta como granada,
tus ojos al fin, fijos en mi mirada.

HOLOGRAMAS IGUALES QUE PARECEN DIFERENTES

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Jueves 4 Febrero 2010 18:03

“Ni siquiera YO puedo cambiar la visión de tus ojos sin inmiscuirme en tu libertad”

Siempre fue Pepito un niño grande y sonriente con el mundo. Hoy, a la salida del trabajo ha querido ir andando hasta su casa para así poder contemplar, a la luz del sol que se esconde, la alegría de ver las maravillas que muestra la ciudad. Se sonríe Pepito con el balón cansino que se le escapa al niño ahíto de jugar. Con el destello del color de las flores en los tiestos colgados de las terrazas de los pisos bajos. De la primavera en suma que brilla. Del verano que nos alivia del frío. Del invierno que nos tapa con las nevadas esperadas. Del otoño que convierte en oro viejo a las hojas. Pepito ríe con todo y de todo hace una fiesta en su alma.
La mujer de Pepito se llama Dolores. Nadie la llama Lola. Hoy ha ido a la compra, que tiene la nevera vacía. El marco de referencia por el que anda es el mismo de su marido, sin embargo, los ojos de Dolores no encuentran las estaciones del año distintas sino iguales. Tiene los ojos llenos de lágrimas, por más que se los veamos de color cielo por las mañanas y de color azul de mar embravecido a la caída de la tarde. La soledad sin explicación le asedia y le golpea y la pena que no se ve le circunda por todos los poros de su ser. Cuando sale a la calle, la misma de su marido Pepito, sólo ve el día después, asolado día porque han pasado los bombarderos de la aviación enemiga. Las aceras, tras el bombardeo, están llenas de cristales rotos. Las ventanas, como ojos ciegos, dejan colgar astrosos harapos de lo que fueron cortinas. Por entre ellas pasa el humo negro del fuego que dentro se extingue. Todo cuanto ve es un cementerio desolado, una caverna de la que cuelgan del techo las tristes telas de araña.
Dolores cuenta cuanto ve en humores críticos, en voces de dolor que son incomprendidas peticiones de auxilio. Ella construye dentro el mundo que quiere ver fuera y cuando abre los ojos todo el complejo andamiaje de la vida se le cae hasta formar el caos real que sólo ella alcanza a ver.
Esta noche Pepito contento abraza a Dolores angustiada. El hombre ve exclusivamente lo que quiere ver y no se da cuenta, cuando la hace girar en sus brazos buscando un paso de baile, del hastío de su compañera. Dolores, porque dentro la negrura invade su caverna, busca en el balcón la luz irreal que entra de la calle y allí se van los dos, confundidos, abrazados, a chocar con el destino hecho de cemento sucio de la acera.

EL SILENCIO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 3 Febrero 2010 18:12

¿Por qué el silencio?.
veinte siglos mudo,
años y años sin luz,
días y días de sombra.

¿Dónde estás?.
Escondido,
guardado acaso,
espiando mi soledad.

Nadie ama a tanto
que a nadie no espere.
Nadie es capaz de aguantar tanto,
sin que tú aparezcas.

El ansia de verte,
la espera por mirarte.
Todo es un juego,
¿todo puede ser una mentira?.

Permites al hombre que ciego
ignore tu causa,
que mudo no cante alabanzas,
que triste se encierre en su casa.

Perdido en la niebla,
estas en el horizonte.
En el oscuro, latente deseo,
donde se refugia el alma.

Ya tú casa no es la mía,
tú casa la llevo a cuestas,
yo sólo no la decoro
yo sólo en ella paso frío.

¿Qué es lo que me has dado?.
la esperanza que en un segundo se desvanece,
poco más.
Tan sólo mi voluntad quebrada .

No es cierto que te haya visto,
en los círculos del agua,
en el arco de colores.
Tampoco en los suspiros del habla.

¿Dónde te escondes?
aliento del aire.
Se llora por conocerte, se ríe por escucharte.
¿Dónde?. Sombra y silencio sin encontrarte.

Me iré desnudo,
huérfano,
sin nadie.
Mordido en el sueño de la tarde..

Ya no es tú cielo,
ya no es mi gloria,
todo está deshecho,
borrado de la memoria.

¿Qué hago aquí?. Te pregunto.
¿Qué es lo que hacemos tantos?.
Hundirnos en el suelo,
En el abismo de nuestro espanto.
Es mi miedo dolor colectivo,
infierno sin esperanzas,
mirar sin objeto fijo.
Tristes la evocaciones del alma.

Ya el agua me ahoga,
ya el viento me asfixia,
clamo perdido en el desierto,
buscando al tiempo la sed y la risa.

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