2010 Marzo | Poemas y fábulas


ADIVINA EL PERRO QUE LADRA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Miércoles 31 Marzo 2010 15:23

 

Tiene Tupamí el pelo rubio y tan denso, que cuando le acaricias la cabeza, para no sentir que mimas a un erizo, no debes confundirte y hacerlo a contrapelo. Es también ágil como un tigre salvaje y dice las cosas, que nadie le entiende, con ojos tan grandes que irradian por igual verdad y calor para así convencer a todos cuantos a él se acercan, de sus bondades, virtudes e intenciones varias.

Pamitú, por el contrario, es morena, pequeña y bonita, como el cálido sol que entra en la mañana en la habitación donde dormimos. Nadie hay que la mire y al instante, de ella no se enamore. Habla también con los ojos y con los ojos convenció a Tupamí al primer vistazo. Allí encontró este su amor, además de paz, sosiego y comprensión tanta, que bien pareciera que desde siempre se habían conocido.

En tales pláticas, sin palabras, pasaron los años. Muchos, a decir verdad. Siempre juntos, queriéndose cada día más, si es que esto hubiera sido posible. Uno de estos días, Tupamí explicó a Pamitú el porqué él, tanto recelaba de los seres humanos. La dijo:

 

- Aunque sólo uno de ellos merezca no ser reconocido como tal, y tengas la desgracia de toparte con él, arrastrarás por siempre su desprecio y acaso más, una patada sin intención de hacerte daño, como un desdén, será un desaire hiriente.

 

Después añadió:

 

- Cree el hombre en su sola existencia. Todo lo demás no existe, si no es en razón de complementar su soberbia, su codicia. Dicen de nosotros que nos aman, que les somos fieles y yo digo que en la misma proporción que ellos nos son ingratos. Son tan altaneros, Pamitú, tan endiosados son, que apenas esta condición les permite mirar más allá del futuro próximo. Es tan soberbio que se cree único, solo a él le espera la eternidad en compañía de su Dios.

- Pero –respondió Pamitú- acaso todo eso nos importa a nosotros, o son problemas de ellos que tendrán que resolver con el tiempo.

 

          Se la quedó mirando y sin palabras le adelantó el fin de los hombres:

 

- Al igual que los dinosaurios, aquellos enormes reptiles desaparecidos, estos igualmente periclitarán. De aquí que surjan otros y desaparezcan estos. No es la primera vez ni será la última

- ¿Y cuando sucederá esto que me anuncias?

- Aún deberán pasar algunos miles de años más.

- ¿Y quienes serán los llamados para después de los humanos?

- Nosotros, sin duda –y guiñándola un ojo, Pamitú añadió: aunque es obvio que ni tú ni yo lo veremos.

 

 

                                                                 

RETRATO EN GRIS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 30 Marzo 2010 16:56

 

 

 

Sobre la pared pinté,

los ojos con que me miras,

los labios con los que hablas,

la risa con que me mimas.

 

El cuadro, para que el mundo lo viera,

lo arranqué con sus colores,

lo puse sobre una nube,

para que recorriera el orbe.

 

Dime si esto es querer,

que todas las noches enciendo,

como si me vinieras a ver,

las luces que alumbren el desmayo de mi fe.

 

Tanto hace que uso los pinceles,

que con sólo imaginarlos,

cumplen con sus cometidos,

sin intervención de nadie.

 

El sol alumbra a los cirros,

a donde viajas de balde,

las estrellas de los cielos,

dibujan tu miriñaque.

 

Dicen que en noches oscuras,

sin bombillas ni alamares,

sales sola de paseo,

en compañía del aire.

 

Desde la tronera del mundo,

mirando como amanece,

contemplo como reluce,

extasiado estoy de verte.

 

Sueño contigo de siempre,

te llevo dentro de mi,

como si fueras la fuente,

el manantial del que bebo,

el adalid de mi suerte.

 

LA MUJER SIN NOMBRE

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 29 Marzo 2010 15:13

 

 

          Buscando en el contenedor asió la mano de ella. Fadrique de la Bella Casa, levantó entonces los ojos y dejó por un instante de escudriñar el hambre que le roía las tripas. En aquel momento mágico, donde el sol se escondía entre arreboles de oro por el poniente de la vida, divisó, como una llamarada en un campo de trigo. Eras los ojos de ella.

Ardían sus pupilas tanto como su mano enfebrecida. Fadrique soltó entonces, sobre la palma de la mano vacía de aquella  mujer de frío y de fuego, el pan duro recién encontrado.

Aquella noche, recostados los dos en el contenedor vacío, ella acurrucó su cuerpo aterido sobre el pecho del hombre.

Fue, recuerda Fadrique cuando lo cuenta a otros mendigos, de todas las noches del año, la única velada que duró un suspiro, el único tiempo que le reconfortó el ánimo, el instante único donde sintió su coraje espoleado, haciéndole ver el futuro con la alegría del presente.

Más nunca Fadrique llegó a saber el nombre de ella. Acaso por eso la llamó Silencio, porque en él pudo escuchar en adelante su corazón olvidado. La llamó Vida, porque aún despidiéndose, le dejó su aliento. La llamó Amor, porque habiendo podido besar su cabeza, esta cayó, al fin exhausta, sobre su pecho.

Tantas veces la siguió llamando en la mañana, que de no haber volado la noche anterior rauda hacia las estrellas, hacia aquella que más lucia y que creyó escucharla llamar madre, sin duda se hubiera despertado.

 

 

PENA NEGRA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 26 Marzo 2010 17:11

 

 

En esta existencia nuestra,

en esta hiriente tierra,

queda mi pecho tan seco

que envidio la humedad de la piedra.

 

No, no estoy cansado, ¿por qué?

¿acaso el sudor empaña mis sienes?

Tengo, sí, pereza en las fuerzas,

lleno estoy de un no se que me embarga,

un no se que me envenena,

aplanando lánguida la conciencia.

 

Por todo me rindo,

por esto me venzo,

aquí la derrota infinita,

allá la pena más negra.

 

Y esto que cruel conmueve

y al alma dejan maltrecha,

heridas son de cuchillos,

filos que rajan con fuerza,

hienden sus hojas de sierra,

para que todo perezca.

 

Mis dedos, mujer, que toman la pluma,

con la que tú nombre escribo,

muestran la piel descubierta,

como si de escarcha fuera,

para que la palabra nazca yerta.

 

Recojo cuartillas y folios,

el memorando de hiedra,

y en un arrebato de orgullo,

desde el balcón de la soberbia,

al aire las precipito,

para su volar de mariposas muertas.

 

 

                                           

                                             

LA DECEPCIÓN.

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 25 Marzo 2010 16:51

                                                                      

 

          Para aliviar a sus hijos del dolor  terebrante por la muerte de su progenitor, doña Melisandra Rancajo, mujer de variadas virtudes y acendradas costumbres, les reveló que, el hombre por el que tantas lágrimas vertían, no era su padre.

 

          Los compungidos muchachos, sin duda por mitigarla de tan severo trance, la exoneraron de las exequias de su marido y nunca más  volvieron a verla. Ninguno de los nueve. 

DE SOMBRAS Y DE SOLES

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 24 Marzo 2010 16:32

         

          Hecho de sombras y de sal de lágrimas,

jirones de tinieblas de la noche helada

como Juno bifronte la mirada,

que nadie se explica su melancólico pasar.

 

De mármol resplandece su cara,

y es severo su orgullo, sol pulido,

como Júpiter en su Olimpo perdido,

que hace altanero su andar de alazán,

 

Es cabeza humilde de gorrión volando,

pleamar de piélago, gris de temporal,

sino marcado de lluvia con sabor a sal.

estatua fallida de Lot en su verdad.

 

Contradicción es su signo y su mentira,

enrevesado jeroglífico el habla y el pensar,

todo es confuso, variopinto el caminar,

todo, en el ser humano, así es de fatal.

 

 

INFORMACIÓN DEFICIENTE

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 23 Marzo 2010 16:48

 

                                                 

          Jacinta atisbó por el ojo de la cerradura para ver a su novio dormido en la cama. La pobre curiosa se llevó tal susto, ante lo que creyó deformidad y que tan bien destacaba, que sin pensárselo más, rompió la relación.

          Días después, explicaba a Veraluz, su hermana pequeña, los motivos que la llevaron a la ruptura. Veraluz, después de oírla la llamó mema y algunos epítetos más de difícil reproducción.

Con el tiempo, la hermana pequeña, Veraluz, tuvo tres hijos, tres infantes altos, rubios y guapos que a Jacinta tanto la recordaban a su novio deforme… por lo altos, por lo rubios y por lo guapos.

EL TIEMPO SE ACORTA, LAS HORAS SE APAGAN

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 22 Marzo 2010 17:12

 

 

Mi casa está llena de recuerdos encantados,

amadas añoranzas que me cuesta identificar,

la delicada sombra que me arropa,

sazón es del tiempo y de las horas,

descarnada patina que empaña,

la difuminada existencia del lugar.

 

Se deslizan los años como fluye el agua,

el calendario se enturbia mal borrado,

cansino buscas por doquier sin encontrar,

otra cosa que la abundancia de la nada,

el revuelo producido por evocaciones inconexas,

fruto de ensueños nunca concluidos.

 

Cuando un rayo de sol se abre paso,

y por un instante alumbra el interior,

haciendo nítidas las páginas del libro,

ávido, porque el momento se apaga,

tomas avaro lo brizna de juventud recobrada.

 

Es un juego, un vaivén en la vida,

y ¡ay!, quien de ella se arrepienta,

serás jinete en la cola del caballo a la carrera,

ruin carromato, tartana crujiente y vacía,

despeñada, loca, sin rumbo en la huida.

 

Porque veo el fin en la distancia,

el último camino que nos queda por recorrer,

cogido voy del brazo al que me asio,

allí donde apoyarme puedo seguro,

hasta saber que, una vez más, todo es ficción,

otra despiadada, irónica risa del destino.

 

 

 

ERA UNA CALLE LARGA Y ESTRECHA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 19 Marzo 2010 13:53

                                                                         

Era una calle larga y estrecha. Vieja calle de muros donde el humo había penetrado royendo el descoyuntado cemento de otros tiempos.

 

- ¡Mi primer hermano fue el primer jefe de la última tribu!

 

El Bronx es un grito en el vacío. Un llanto para millones de mortales. Dicen que, algunas noches, se queda desierto. Se le va el alma volando hacia un continente.

 

- ¡Mi último hermano no vendrá! Debe quedarse en el contacto de dos almas juntas. Dios no quiere que engendremos odios.

 

Un perro vagabundo volcó una lata de desperdicios. La negra boca de un portal abierto dio albergue a su miedo.

 

- El primer Dios permitió a los mortales tener otros dioses. El hombre es incapaz de domeñar los límites de la libertad. A lo más que llega es a censurarla.

 

Aquel bidón se llenaba con la lluvia. Todos los niños se parecen, a una prudente distancia. También las estrellas del cielo. Uno de entre aquellos niños le clavó un punzón en el vientre. Días después le perforaron la base. Con la abertura de la boca fue un xilofón de tres sones en tres tiempos. Hace años, alguien, no se sabe quien, le apoyó contra el muro. Una estrella cambió de lugar dejando un rastro efímero.

 

- Cantan con los labios prietos, encajados los dedos en un grueso puño. Dicen del alma cuando se va que construye la más alta empalizada para un feroz tigre. Después se sienta tranquila en el centro. Ha llegado la hora de la meditación.

 

Kin se apoyó, más si cabe, contra el bidón vacío y el muro desconchado de viejo cemento. Hasta allí había llegado resbalando desde hacia treinta años. Traía sangre seca de todas las partes del mundo conocido. Un perro sin dueño vino despacio hasta hocicarle en las consumidas nalgas, mal guardadas por un pantalón roído. Los perros protegen a los hombres de la inseguridad que les causan las sombras.

 

- El mundo huye. La Humanidad es débil y corre de sí misma. Yo, junto con mi sombra, me he sentado en medio del camino, ese que conduce a ninguna parte. Las fuerzas que me impulsan son tan iguales como debería ser la lucha entre hermanos gemelos. Estoy cansado de esconderme.

 

La noche es un hondo camino para el más grande de los olvidos. La sombra tapa la cicatriz más reciente. El dolor no se apaga con agua. Tampoco con el fuego. Si acaso lo mitiga el tiempo y una mirada.

 

La luz y los gritos llegaban por igual hasta esta calle, con andar cansado, como si en verdad hubieran recorrido miles, millones de kilómetros. Kin sabia que a esta hora gritaba el santón venido profeta de un lejano continente. También lo hacían nervudos mortales, seres fornidos de mirada famélica. También la caterva de niños hueros y sin rumbo. Unos y otros gritaban como posesos a la puerta de los burdeles la mercancía blanca, la mercancía roja, la mercancía azul. Aquella que a propósito confunde los colores y las razas cuando acaba en el caos.

 

 Estos chiquillos, a medio vestir, reparten boletos de hospedajes baratos. A ninguno de ellos se le advierten los labios en las boca apretadas. Acaso por eso no puedan sonreír. Un mare mágnum de gentes enloquecidas, cogidos por los codos, discutían la eterna contradicción de los seres humanos.

 

- ¡Son unos años para una vida!

 

Una leve luz hirió a la sombra con un cuchillo abierto.

 

- La luz que se apaga son unos ojos llorosos cuando de golpe les cierra el cerebro.

 

Vino bordeando el mar desde los algodonales del sur. Se tapaba la cabeza con una gorra de tela de alquitrán. Los pies con sandalias de tela, de muchas telas entrelazadas. Kin había nacido con las palmas blancas. Con él se trajo la vieja corneta y un reloj parado de oro, junto con mil folios escritos en el alma desaparecida de su padre.

 

- No quiere preguntarse la razón de estar aquí. No quiere juzgar la codicia de aquellos que, antes que Kin, fueron igualmente esclavos.

 

El calor de los tugurios se vino a la calle donde Kin había optado por sentarse. Sofocaba el humo, cansaba el sudor. La pesadez de años vividos agrietaba la voluntad hasta romper el músculo. Kin relajo la cabeza sobre el hombro maldito. Un perro ladró de soledad en un eco largo para una calle estrecha. Kin, al fin, cansado, sombra de si mismo, harapo humano, había cerrado los ojos en la triste oscuridad de los hombres.

LA VIDA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 18 Marzo 2010 16:44

 

De mi casa un hueco,

encontré en la escalera,

como el cándido Alejo,

de esta manera,

allí me aposenté.

 

 

Desde aquella atalaya,

Cúspide, donde veo las nubes nacer.

por la ventana al patio,

miro los niños jugar y crecer.

 

 

Por la ventana al cielo,

oigo los pájaros cantar,

golondrinas por los aires,

alcotanes y vencejos sin chistar,

alegre marabunta,

todos ellos sin hablar.

 

 

De este lugar nadie me saca,

que nadie envidia mi sitio,

ni gazapo de conejo,

cuanto más, mayor rival.

 

 

Termina aquí mi historia,

el cuento por cerrar,

que toda la vida es gloria

y gloria es la que pienso alcanzar.

 

 

                                            

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