2010 Abril | Poemas y fábulas


LA SOMBRA DEL AHORCADO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 30 Abril 2010 18:34

                                                             

 

          La suavidad con la que le izaron le engañó el trance. Esperaba brusquedades sin cuento, violentos y desagradables empujones y se encontró volando como decapitada ala de gorrión.

          Olvidó los miedos, los pensamientos sombríos, el recrearse sobre los hechos que iban a sucederle y puso toda la atención en la sombra que su cuerpo, en el aire, proyectaba en la pared. Sombra risible, se dijo, que bailaba la dulce danza de un nuevo ritmo. Guiñol pataleante movido por una sola cuerda.

          Un segundo después, ya sin tiempo para arrepentirse, notó como el esparto de la soga le atenazaba cruel la garganta hasta asfixiarle. Sólo entonces se le atragantó la sonrisa, mientras una mueca incrédula le creció en la cara viendo las patéticas contorsiones de su propia sombra.  

 

NIEBLA EN EL ALMA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 29 Abril 2010 18:18

 

 

 

La niebla es el llanto de la montaña,

Es la risa del mar.

 

La niebla es la conciencia,

del hombre.

El frío de su orfandad.

 

Es el cuchillo que hiere la libertad,

el puñal que la desangra,

el bisturí que restaura la falta de humanidad.

 

Eres tú, amor mío,

cuando te niegas a amar.

 

 

EL OLVIDO DE SU NOMBRE

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 28 Abril 2010 18:25

 

Los pájaros que siempre tuvo en la cabeza don Romualdo Lequerica de la Esperanza, prócer del lugar, le hicieron decir primero y escribir después, en un testamento en el que se especificaba, ce por be, sus voluntades, que allí donde le cogiera el repente, sin distinguir lugar, próximo o alejado, cama o descampado, por mucho que no pareciera el sitio apropiado, allí mismo se levantaría su tumba.

Como don Romualdo era complejo de ideas, además de carácter, que todo en su demostrada bondad partía de una voluntad indomable, que era hombre muy suyo, ordenó que sobre el mármol de su tumba se elevara una torre con forma de lanza, que a chicos y grandes, espabilados o no, recordara que su espíritu, al igual que las flecha que dispara el arco celestial, iba en busca de la gloria.

Escribió también que todo en derredor de la tumba se plantara un jardín, que preservase su continuidad de dislocados, esos locos que abundan por el mundo, sin tino ni razón. A ser posible, pedía, que los rosales dieran rosas rojas.

Toda esta parafernalia daría lugar a una plaza y una vez delimitado el círculo, no menor que el ojo de la luna llena, se construirían edificios singulares. Así un ayuntamiento, pues no había ninguna duda que se estaban dando los primeros pasos para lo que sería un pueblo. También un juzgado, una casa de salud y una panadería para cuantas personas que vivieran en él nunca en la vida pudieran pasar hambre.

Don Romualdo puso toda su fortuna al servicio de tales ideas y al frente de ellas colocó, no fiándose del recto proceder de un solo hombre, a una institución formada por el mismo número de hombres y mujeres que, voluntariamente, habían desertado de las miserias de la vida.

Y dicho y hecho. Firmado hoy el testamento por la mañana, salió en la tarde a pasear a caballo. Llevó a cabo el paseo por una explanada árida donde sólo los escorpiones se atrevían a habitarla. Y allí, sin ton ni son, sin venir a cuento, se derrumbó el caballero de la montura y se quedó muerto sobre la arena de aquel desierto en ciernes.

Solo porque el caballo volvió a su cuadra y porque el pobre animal supo traducir los interrogatorios a los que fue sometido encontraron al caído. De bruces, besaba el lugar donde habría de erigirse su túmulo.

Y sin moverle un ápice del sitio donde yacía, las piquetas hundieron sus ferocidades en la tierra hasta excavar un nicho. Y sobre el nicho los mármoles de una tumba y sobre la tumba una torre en forma de flecha y todo alrededor se plantaron rosales de rosas rojas, allí, en este lugar donde parecía imposible que nada pudiera nacer de aquel secarral, surgió un vergel.

Y con el tiempo las muchas casas edificadas convirtieron el lugar en plaza y desde ella se irradiaron las calles y de ellas surgió un pueblo que se llamó…

 

- ¿Cómo se llamó el pueblo?

- Mire usted, es un pueblo sin nombre, que nadie se acordó de llamar a la plaza y menos a sus calles y por ende al pueblo.

 

Así hasta el día en el que don Romualdo, previsor, veinte años después de su muerte, permitió abrir la addenda que había acompañado a su testamento. Allí, los habitantes de este pueblo no bautizado, pudieron oír las últimas de las recriminaciones del prócer. Decía así el agregado:

 

“Conociendo la incuria de los hombres, porque yo también fui uno de ellos, nada me extrañaría que, después de veinte años muerto, no hayáis tenido tiempo de haber tomado la primera e las resoluciones que os caben, poner nombre al lugar. Si así fuera y así loo creo, ha llegado el momento del bautismo. Ponerle de nombre el que yo di a mi caballo: Esperanza”.

 

                                                                  

EL DIBUJO DE UNA ROSA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 27 Abril 2010 18:56

 

Cansado me senté en la piedra,

aquella al borde del camino,

con el hierro que llevaba,

sobre la tierra tracé,

líneas para configurar tu sino.

 

Margaritas puse en tú pelo,

amapolas distribuí por tú falda,

y los lirios y las rosas,

al socaire repartidos,

todo tú cuerpo tapaban.

 

Bella quedaste, doncella,

sobre la grupa alazana,

que ibas montada a caballo,

que daba mil filigranas.

 

Rojos los labios de tierra besé,

sin miedo y sin seguro saber,

que la belleza de los ojos mata,

y en ellos sonora caricia estampé,

como resuenan trompetas de plata.

 

Cuantas líneas tuvo el dibujo,

cuantas idas y venidas,

de mi corazón salieron,

que aún siendo yo el creador,

el cuadro lo pintó un hierro.

 

Cuando al fin me levanté,

un niño que jugaba cerca,

acercándose me dijo:

¡Señor!, ¿no se le olvida nada?

 

El niño me sonreía,

indicándome el pincel,

por eso le regalé,

el color de tu dibujo

que yo sólo lo pinté.

 

Esta es la historia de un hierro,

una piedra y una rosa,

sobre las que sueño yo,

mientras elucubro la glosa.

 

Cuando de noche volví,

pensando que me esperabas,

toda la ilusión se fue,

tras el muchacho que la esperaba.

 

Pese a todo soy feliz,

que los cuentos,

cuando acaban,

se borran los argumentos

y se queda la realidad en nada.

 

 

                                                     

 

 

 

 

LA ROSA AJADA.

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 26 Abril 2010 18:29

                                 

 

 

          Porque arrancó la rosa con violencia, tronchándola, se pinchó en un dedo. La niña, al sentirse herida retrocedió, con tan infausta fortuna que se le enredaron los pies en la grama de la tierra haciéndola caer.

          La mano herida que puso en el suelo para mitigar el golpe rozó levemente a la víbora que entre la hojarasca y la humedad tomaba el sol o se escondía. Rosa, la joven muchacha, por segunda vez sintió su dedo herido.

          Al caer la tarde, los pétalos de la rosa estaban ajados y Rosa parecía reposar en su cama, muerta.

 

FIN

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 23 Abril 2010 17:46

¡Ay!, que en mi alcoba he puesto un tiesto,

bajo el espejo, sobre la mesa de la ropa limpia,

junto a la caja de música, cerrada y en silencio.

Cerca de la jofaina antigua y el jarrón moderno.

Ya no suena el aire, ya no ruge el viento.

Es mi casa una sepultura, todo el cementerio

metido en la cama yo soy el muerto,

cuando deambulo sin rumbo, la sombra del cuerpo.

Todo es mohína, absurdas esperas sin horizontes.

Las figuras que sobre el mármol me miran

yo las envidio orgullosas en su juventud de ocre.

Yo, que pude ser inventor de lunas, constructor de soles.

Mañana cuando despierte, en el amanecer de cobre,

han de mecerme las náyades, los sueños y los albores.

Que todo se acaba como se funden los colores,

roídos por el orín, por las palabras, las horas y los temores.

Cierro el despertar de golpe,

de repente y sorprendido,

como si el resultado no lo esperara

desde el principio de los siglos.

LA SOLEDAD EN COMPAÑÍA

Posteado por José Luis Martín | General | Jueves 22 Abril 2010 16:55

 

Cuando el señor marqués de La Politono, próximo a la vejez, puso en venta su castillo, lo hizo con tal desprendimiento que mil personas se acercaron hasta él para comprárselo.

Viendo el noble tal número de aspirantes como se habían dado cita en la puerta principal de lo que era su casa, pensó, no sin razón, que algo que a él se le había pasado por alto, era visto por los demás de forma diferente, al menos con otra perspectiva y lo que era más preocupante, con intereses que a él, en esta hora, no le constaban.

Merced a esta razón, pues con frecuencia se la repetía ¿qué era aquello tan importante que a él no se le había dado ver? Así preguntó al primero de los compradores:

 

- ¡Señor!, ¿qué ve usted en el castillo para haberle movido la voluntad y arrastrarle hasta aquí para comprarle?

 

El preguntado respondió:

 

- Yo, particularmente nada, yo soy un mandado. Vengo como empleado de mi inmobiliaria para tentar el negocio. Es muy posible que mi empresa quiera desmantelar el castillo, dejando acaso la torre del Homenaje por aquello de atraer a las gentes como reclamo exótico y que construya a su alrededor mil pisos para poderlos vender al mejor postor.

 

Obviamente esta razón tan llana no satisfizo al señor marqués. Por eso siguió preguntando hasta que encontró a don Tarsicio, recién jubilado, con un magnífico piso próximo a donde tuvo siempre el trabajo, en medio de la ciudad, claro, en aquel meollo más poblado que le respondió:

 

- Mire usted, marqués, no es que yo esté a disgusto en mi casa, pero si hecho en falta asomarme por las ventanas, las terrazas o los torreones que usted tiene y poder al tiempo contemplar el río, el bosque y la montaña. Sacar mi mano y tocar la lluvia, el sol, el calor o el frío, ver la puesta del astro rey mientras leo un libro o miro a la lejanía y me pierdo en mil divagaciones. Ver a distancia el pueblo cercano con sus luces en la noche, ver la ciudad con su resplandor en lontananza. La paz, la quietud, el trino de los pájaros, todo el sosiego que emanan estos lugares, esas plumas que al corazón llegan para sutilmente acariciarlo

 

Y observando que el señor marqués, como ido, miraba al cielo o una nube con forma de ángel que por allí pasaba, pasando su mano por delante de los ojos que habían dejado de ver, ensimismados, posiblemente en cuanto estaba escuchando, le añadió:

 

- Si quiere, señor marqués, puedo seguir desgranando los motivos que ve han impulsado en venir hasta aquí para comprarle su casa.

 

Don Luis, que así se llamaba el de Politono, una vez que bajó de la nube donde se había dejado prender, le alabó la idea y aún le exhortó a que continuara. Le dijo:

 

- Continúe usted si es de su agrado.

 

Entonces el recién jubilado le repitió lo mucho que añoraba el canto de los pájaros que se filtraba por la ventana de su dormitorio cuando así lo disfrutó de pequeño, que el aire, el sol, la lluvia pudieran de nuevo ser tocados con sólo extender la mano para que el milagro se produjera. Dijo también que la soledad era el más bello de los entretenimientos cuando te sabes ocupado por el corazón y la cabeza y alguien te espera en la habitación de al lado.

Tantas cosas bellas le contó durante aquella mañana y las muchas siguientes que siguieron durante tantos años a esta, que el señor de Politono quitó el cartel con el anuncio de que se vendía su castillo y desde entonces, los dos hombres, disfrutan en compañía de su propia soledad.

 

                                                           

HERIDA ABIERTA POR TUS MANOS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 21 Abril 2010 17:50

No, que no se marche, la necesito,

es mi sed y es mi agua.

Apaguen las luces,

el sol me molesta,

que termine todo,

calle de una vez la orquesta.

 

¡Gritar!, ¡gritar!, cuando el mundo desaparece,

tragado por la sombra,

tengo el ansia metida en el vacío,

devorada por la soledad sin tiempo.

 

Despacio, amigo, todo se quema y se deshace,

también tú, el ser, la existencia, las cosas,

arde el fuego y la llama encuentra pasto,

desde el mismo tronco de la zarza.

 

¡Oyes!, el cielo se desdobla sin ruido,

la gente se ha marchado cuando el portón se abre,

¿será bueno que entren,

o es mejor que salgan?.

 

Es, si, mejor quedarse de espaldas,

con las palmas de las manos frías,

los dedos agarrotados en los clavos,

mirando hacia arriba, mientras la luz,

forma el cono del miedo en la distancia.

 

Está la noche como muerta, quiero hablar,

pasa el tren imaginario del vacío absoluto,

no me atrevo, si acaso me viera pensaría,

es posible, que me encontrara poco cuerdo.

Al menos desvarío, ¡tengo tanto dentro!,

cargado por las horas y los días,

pasa como los momentos de la nada,

cuando se hace larga la existencia.

 

La necesito, ¡vuelve!, te necesito.

Desclava el espolón satánico de tú olvido,

quiero la herida abierta por tus manos,

en estas mías siempre yertas y extendidas,

mas quiero la sangre que sorbida,

deje el ocre sabor en la garganta,

en el suspiro infinito del viaje.

 

                                                      

ASUNCIÓN QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 20 Abril 2010 17:08

 

En contra de lo que se pueda creer, chocando sí, de bruces contra lo que falsamente conceptuamos moralidad, doña Asunción Candela –nombre y apellido eran ya una premonición- cuando llegó al cielo, en edad avanzada y como consecuencia de cruzar indebidamente una calle por el sitio donde no existía un paso de peatones, nadie la reprochó por su desmedido celo en su labor de satisfacer al sexo contrario, a la vez que lo hacia con el propio.

Ni siquiera fue llamada al orden, ni nadie allí arriba le tuvo en cuenta algunos devaneos, conceptuados duramente de erróneos y contra natura, cuando tales expansiones las mantuvo con personas de su mismo sexo.

Su temor al fin se desvaneció, pues aún no llevando en el corazón la culpa, se veía acusada por la sociedad y sus reglas, las que edificaban pecado cuando exclusivamente se trataba de amar. Temía no ser comprendida en toda su extensión y en su generosidad, pues a nadie se había uncido en la tierra y por tanto a nadie le debía respeto en tales temas.

 

- De haber sabido antes la resolución que se iba a dar a mi vida en el cielo, -dijo-  el talante mantenido en nuestro mundo, aunque para mi siempre fue el idóneo, cuando no bueno y hasta excelente, si cabe lo hubiera vivido con más alegría. La sonrisa que algunos quisieron borrarme de mi boca, -añadió- en ningún instante hubiera desaparecido de ella. La alegría es el primero de los preceptos que estamos obligados a cumplir.

 

El segundo de estos preceptos, diría, ya en compañía de algunos de los santos varones que la precedieron en el óbito y la amaron en vida, es sin duda alguna el amor a todos y cada uno de los seres humanos, a todos y cada uno de los animales que nada oponen a ser queridos, a todas las cosas susceptibles de ser amadas. Amar al prójimo por encima de sus vestiduras, que las únicas diferencias que admitió radicaron  en según y como estuvieran de dispuestos o no, a aquello que por dentro nos mueve, sin nuestra voluntad, para poder escoger.

NEGRO ES EL DÍA Y LA NOCHE NEGRA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 19 Abril 2010 16:57

                                            

Mirar por  la ventana el mundo,

oír de la tormenta su clamor,

el lúgubre rugido del viento,

filtrando cruel y despiadado espantos.

Negros pavores a nuestro amanecer.

 

Es la conjunción fatal del alma y de la mente,

dioses ambos en lucha constante y sin sosiego,

visionarias las dos, donde el sentido,

cuando preso y maniatado, en confuso  desorden,

produce derrotado, guerras, angustias y temores.

 

En rededor se desparrama como mancha de aceite

lo que de susto rebosa el corazón dolido,

un tropel de espadas conducidas por esqueletos

que al herir la carne la rajan y la secan,

hasta hacer polvo el polvo y de la sangre acequia.

 

Cierro ya los caminos inundados,

de amor en odio convertidos.

Hay un adiós que clama presuroso, cruel,

un llanto reprimido,

mi ansia de querer trasformada,

en  cruel decepción incomprendida.

                                                                 

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