2010 Abril | Poemas y fábulas - Part 2

payday loans car Insurance

LA RECOMENDACIÓN

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 16 Abril 2010 15:48

 

          El hijo del pescador Cipristino se ahogó en la Costa de la Muerte. Según testigos, se dejó engañar por los arrecifes, lejanos y agudos como lengua de arpía, por el mar y las olas en calma, todo ello sin haber averiguado la predicción meteorológica y en fin, por la poca envergadura del pez que, al cabo, le arrastró inmisericorde hasta el fondo del mar.

          Su padre le había advertido, siguiendo a su vez las recomendaciones del abuelo, del peligro que suponía perder la concentración, no ya si estaba pescando, que también, sino en cualquiera de los ordenes de la vida. Enmanuel, que así le habían bautizado, cada día de su corta existencia repitió, tantas veces como lo creyó preciso, las palabras del consejo. Pese a ello, en el momento preciso que debía haberlo puesto en práctica, se olvidó por completo de él.

          Cuando la barca quebró contra las rocas, como consecuencia de las olas ciclópeas que durante toda la jornada habían estado amenazando, un instante antes a Enmanuel se le había pasado por la cabeza que, la perspectiva y la oportunidad, el quid de la recomendación que acababa de desentrañar, van siempre juntas y nunca, nunca, pueden olvidarse, so pena de no haber entendido el contenido del mensaje.

 

TRES EN UNA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 15 Abril 2010 16:54

 

 

La vi por la calle,

en la acera de enfrente,

corrí tras de ella,

la di un beso en la frente.

 

Era el fantasma,

que en sueños pinté,

era una niña,

con altura de mujer.

 

Rocé con mis manos,

su cara morena,

me dijo muy bajo:

¡acaso no sientes la pena!

 

Era viva la encarnación,

que llevo en el alma,

la memoria adulta,

de todas mis esperanzas.

 

Aquí se acabó,

pues la vi perderse,

mezclarse en la gente,

al fin esconderse.

 

Clara la puso por nombre,

Lucia fue su apellido,

y de Amor la hice,

brillar en la cumbre.

 

Cuando me despierto,

y los ojos abro,

la veo de pie,

o postrada en mis brazos.

 

Diría que me mira,

sé que me quiere,

por eso sus ojos,

cerrados los tiene.

 

Desde aquel instante,

la gloria que viene,

me acompaña siempre,

pisando la nieve.

 

Todos mis quehaceres,

resumen un logro,

saber que Lucía, Clara o Amor,

las tres me quieren.

 

Suba a la montaña,

o en el río pene,

con ellas me acuesto,

que todas se avienen.

 

Me arropan, me miman,

me llaman tres veces,

y yo las complazco,

para que la canción suene.

 

 

LA GARRAPATA DE FEDERICO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Miércoles 14 Abril 2010 16:02

 

 

El mal a Federico Manso se le alojó, salva sea la parte, ya saben, por aquello que el escrito pudieran ser leído o escuchado por aquellos a los que aún la vida no les ha dejado desarrollar el nervio pudendo.

 Dicho inconveniente curso con tal virulencia, así lo afirmó el interesado, que ya lo podían advertir hasta quienes legos en la materia, estaban muy lejos de saber la génesis del feroz achaque, pues con solo mirarlo, bastaba para advertir su importancia.

Una vez recuperado, que fue visto y no visto, contaba Federico del doctor que le había operado lenguas y no acababa. La operación, realizada de urgencia, fue llevada a cabo sobre la misma camilla donde don Restituto Rostribañez investigaba el parecido mal, en la ingle del perro que a consulta había llevado el joven.

Le dijo, viendo como rascaba el prurito sin guardarse de la enfermera:

 

- Valor, muchacho, que aquí no pasa nada.

 

Y en diciendo esto se puso manos a la obra y diez segundos después estaba el bueno de Federico tumbado donde el perro y quince después radiante y como nuevo.

De aquí que el paciente dijera que fue un médico excelente, siendo como era veterinario, que no solo empleó una depurada técnica en la operación incruenta, si no que también le inoculó tal dosis de fe, que con ella consiguió el milagro de una curación definitiva, cuando bien pensó que le habían llegado las diez de últimas, tal era la quemazón.

Aquí fue cuando intervino la auxiliar ayudante que, para mayor INRI, pertenecía al círculo de amigos de Federico y quien, sin dejar de reír, puntualizaba que, mientras le subían a la camilla, ya habían fumigado al perro, su dueño perdió el conocimiento, no sin antes clamar al cielo y a todos los santos benditos por tener que perder la vida en plena juventud, a dos días escasos de ser un hombre casado.  

Aún continuó narrando la enfermera amiga, atropellada cuando no muerta de risa, que cuando no se doblaba por la cintura, se retorcía las tripas, mientras daba cuenta de puntuales y escabrosos detalles de tal peripecia y aún algún que otro grito desgarrador, como se supone que debe ser el que emita el condenado a muerte, y que era traducción del miedo que embargaba al pobre Federico Manso.

La novia del muchacho, que en este tiempo se incorporaba al jolgorio, preguntó, sin saber de la misa la media, de quien se trataba, el sujeto que tanto les hacia reír y que era en realidad lo que le había ocurrido.

Lejos de aclarar la identidad del afectad respondió la amiga:

 

- Nada, hermana, una garrapata que buscó refugio, todo ello para mitigar su hambre, allí donde la sangre adquiere más calor en los seres humanos y supongo en todos los demás. En ocasiones, si dan con un puritano, uno de esos pirados que ven enfermedades y muerte por doquier, adquieren la categoría de tragedia.

 

 

                                                     

EVOCACIÓN DE LA MEMORIA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 13 Abril 2010 18:46

 

Porque amanecí triste y solo,

vacío.

Más allá de mis manos sin esperanza,

sin alma.

Tan cerca de mis lágrimas,

recogidas en el cuanillo de paja de la vida.

Abrumado de recuerdos.

Donde las caricias habían volado

y estaban ya los susurros yertos.

 

Porque ando sin rumbo,

en la raya del horizonte perdido.

Corriendo descalzo,

cuando no desnudo.

Nublado de cualquier deseo,

harto y empachado.

Como viejo en el ocaso,

desde donde divisara,

la roca roja del camino.

 

Porque de mi memoria amo,

tú recuerdo encendido.

Llama que me alumbra,

fanal escondido.

Porque sólo tú me despiertas,

de la canción el dulce sonido,

que es despropósito el habla,

que es  jerigonza el ruido.

Solo tú.

Mi amor escogido.

 

RACIMOS EN LA VIÑA DEL SEÑOR

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 12 Abril 2010 19:13

 

Cuando Filometa Minarima lloraba su mala suerte, en modo alguno se le pasó por las mientes mirarse dentro. Cuanto de malo le ocurría venía de fuera, que todo lo demás le parecía bien.

Amargamente se quejaba la mujer de no haber tenido la prudencia de mirar cerca, en la viña del Señor aledaña, al racimo brillante y maduro, aquel que estaba tan próximo que con solo estirar el brazo lo hubiera podido alcanzar. Por el contrario, había levantado la vista, hasta más allá, donde se pierde toda perspectiva, para escoger confundida la uva más verde.

Cuando la señora Rosalinda del Montete hablaba de lo mismo, esta, muy al contrario que Filometa, decía que, habiendo una interminable viña plantada por el Señor, donde bien hubiera podido ir y venir y al fin escoger el racimo que más la convenía, aquel que maduro fuera más apetitoso, tomó confundida este mas próximo, sin darse cuenta que el elegido no estaba suficientemente maduro.

 

A UNA MUJER VIEJA Y DESCANZA,RECLINADA EN LA BARRA DE UN BAR DE HOMBRES

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 9 Abril 2010 21:03

A ti, que soñaste con la bebida del sentido,

perdida en el sueño hondo de los vasos.

A ti, con tu gabán de pelo blanco ruinoso,

pies de tierra con olor de acera húmeda.

 

A ti, la mano de cien años, perdida ya,

tras el viento y la marea que borda la frente.

A ti, que trajiste el vino al comienzo de los labios,

percibiendo el aroma caliente de los besos.

 

A ti, ciega y cerrada a los ruidos del mundo,

amada por la distancia y el olvido.

A ti, corriendo siempre abrazada tras la nada,

abrazada al asco de los hombres.

 

A ti, que hiciste miedo con tu miseria,

es a ti, por quien yo, desde dentro,

te amo con el sentido a medio camino,

agarrado a los extremos del tiempo.

 

Por todo esto, mujer, déjate morir,

ni suave ni doliente,

la fuerza del grito y las uñas en la carne,

la voz ronca y la boca de espuma,

la nariz roja y los ojos de sangre.

 

Destruye por ti ese último harapo que es tu cuerpo,

déjalo que descanse con la paz de ceniza,

con el recuerdo de la voz que hablaste,

con la humedad penetrante… del silencio.

                                                                             

LA NUEZ PERFECTA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Jueves 8 Abril 2010 16:01

 

          Cuando les echaron en falta, Navidad de 2009, alguien, por casualidad, advirtió que en la fecha del día cumplían sus bodas de oro. Era, no obstante, una advertencia tardía.

          Durante meses no se extrañaron de que “los viejos”, ¡pobres viejos!, no contestaran al teléfono. Ignoraban que ya era demasiado tarde.

          Al entrar en la casa, tanto tiempo cerrada, olía a polvo picante, a espliego revenido. La oscuridad en el interior la partía un rayo de luz que, como un tiro, entraba por un sutil agujero de la ventana entornada del dormitorio, asesinando a los que desnudos y abrazados, yacían sobre la cama.

          De cómo los cuerpos estaban de confundidos, de cómo era la piel una, toda ella pergamino arrugado sin solución de continuidad, cáscara, bulto redondo con la perfección de una nuez; de cómo era amor encerrado en dos corazones que palpitaron a la vez hasta su último suspiro, nadie allí, de los reunidos, supo decir nada.

          El son de una zambomba lejana entró en la alcoba como un gemido. La paz del villancico sabía a frío y a lágrima. El llanto quedó estrangulado en una garganta ignorada. Sin duda había advertido que todo, todo, era ya demasiado tarde.

MARGARITO, HIJO, A VER SI TE ENTERAS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 7 Abril 2010 17:31

 

Margarito Filomenos no se entera,

¡acaso no adviertes que te miran!

Son unos ojos tan grandes,

verde esmeralda de amor,

que golpean tu espalda con desazón.

 

Mira a quien bien te mira,

vuelve tu cabeza para ver,

son los ojos que cansados

aún brillan como el amanecer.

Si vivieras en este mundo, los verías renacer.

 

Valdeamor, linda mujer,

por qué no le reclamas tú,

puesto que no se decide él.

Recuerda que en el cielo, a los luceros,

se les llama, del amor, mensajeros.

 

Verdes como la mar,

tus ojos son la esperanza,

panal que de miel desgrana,

de la noche a la mañana.

Despierta Margarito, que alumbra el día.

 

Grítale, haz que te escuche,

no dejes que el hombre se esconda,

advierte que llega la primavera,

que gente hay que solas se pierden,

sin acabar el cuento de la lechera.

 

ESPÍRITU VIAJERO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 6 Abril 2010 16:03

 

Cuando Estebambrano se cayó por el acantilado, no lo hizo solo, se llevó con él a su perro Poncio, al no poder desprenderse de la correa que llevaba anudada a la muñeca de forma tan distraída como inconsciente.

Estebambranio sintió el golpe mortal, primero por el perro, pues suelto nunca hubiera tenido tamaño desliz humano, pero inmediatamente después y muy principalmente, por su amigo del alma Salustio, que le acompañaba le la excursión.

No sintió su propia muerte, al fin era consecuencia de un error fatal propio, sin posible alegación de culpa para nadie. De todas formas fue la muerte, aunque violenta, tan inesperada, que apenas si le dio tiempo a que el miedo le hubiera reaccionado dentro.

 Más temió por su amigo, pues sabía que, en el momento que le echara en falta, que desde aquella altura le divisara tendido entre las rocas que regularmente mojaban las olas, sufriría tal dolor que, sobre él se abatiría la más negra de las suertes.

Habían salido, muy de mañana, mirando al sol su amanecer, en busca de la esperada aventura de poder hablar solos, sin otra compañía que el perro Poncio, después del largo curso separados.

Salustio se había sentado en la subida pina, cansado, algunos pocos metros antes de poder contemplar el mar. Estebambrano, acaso más fuerte pero haciendo caso a su perro que tiraba de él, que no se cansaba nunca, culminó solo la ascensión.

Después, minutos si acaso después, se produjo el infortunio, pisó en una piedra sin mayor base que el viento que bajo ella se filtraba, sin apoyo suficiente en el menudeo de pequeños cascotes y se precipitó al vacío arrastrando a Poncio con él.

Consumado el hecho, ya espíritu, sentado sobre la misma roca donde descansaba su cuerpo muerto, temía el momento en que Salustio, un año más joven, le encontrara. Quiso entonces retirar su cuerpo sin saber que toda la fuerza le había abandonado, que ni siquiera tenía energía suficiente para retirar de la escena a Poncio igualmente espachurrado.

Miraba su cuerpo allí tendido, como si espectador fuera del hecho, desde el humo en que se había convertido su ser y no, no lloraba su pena, sino la de Salustio, cuando irremediablemente se encontrará con él.

Oyó al rato sus gritos llamándole.

 

- ¡Estebambrano, amigo!, ¿dónde estás?

 

Aún queriendo, tampoco podía responderle, por más que hizo, por más que lo intentó, de su boca no salía sonido alguno.

Siguió Salustio con sus gritos, tras de ellos la voz se le resquebrajó hasta parecer tristes lamentos. Acusaba a su amigo de la ocurrencia a destiempo, de la chanza sin gracia alguna hasta devenir en llanto, un lloro a veces silente, a veces con fuerza tal que más parecía desgarró presagiando su aciago descubrimiento. Al fin, se asomó por acantilado, allí donde las rocas están cortadas a pico y se divisa el mar en toda su amplitud.

Allí si, los vio. El uno junto al otro, tocándose, de bruces, abrazados a la impía roca que no mitigó su dureza ante la caída mortal.

Nunca hasta entonces le oyó gritar con tanto dolor, loco, corriendo de un lado al otro, sin rumbo, suplicando a Dios que todo fuera mentira, una añagaza de su imaginación calenturienta, una desviación antinatural de cuanto estaba ocurriendo.

No se logró el milagro, si que, tanto corrió de un lado al otro del acantilado sin saber muy bien que hacer que al fin tembló la tierra bajo sus pies y las piedras cascajo y las berroqueñas rocas y con ellas, en tumulto, se precipitó al vacío, por el mismo, exacto lugar por donde se había despeñado su amigo unos pocos minutos antes.

Un instante después le abrazaba riendo y llorando al tiempo, de alegría, de felicidad, que al fin nada era verdad. Salustio acariciaba la cara de Estebambrano y le susurraba que, todo había sido un mal sueño, una exaltación enfermiza de los sentidos, la reacción lógica después de tantos meses de no verse, como respuesta a primaria humana.

Estebambrano, lejos de sacarle del error, pues de sobra conocía su escasa resistencia ante la adversidad, se guardó de decirle, mientras caminaban por el centro de la nube que vino solícita a recogerlos, que los dos estaban muertos, que todo había terminado, que la vida, para ellos, empezaba de nuevo.

Contra lo que se pueda pensar, el perro Poncio, les acompañaba en el viaje.

 

 

                                                             

¡DIOS!, QUÉ OSCURA TU IGLESIA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 5 Abril 2010 13:52

 

Aquella iglesia estaba oscura, Dios qué oscura tu iglesia,

parecía el recinto sagrado del miedo,

cuando encoge el alma por debajo de la lengua

y pone la piel húmeda de frío y de agua.

 

Dios, qué oscura la Iglesia aquella,

con sus paños negros coronando las cabezas,

aquellos bancos que crujían temerosos

y aquel estar y no estar de tu presencia.

 

Caminé por el suelo de losas y rayas,

los ojos clavados y la pupila ancha,

la mortecina luz del fondo me atraía,

igual que imagino atrae la tierra al náufrago.

 

¡Ay, Señor!, que temor ante tanta tristeza,

como duele la soledad de la sombra,

como se queda la sonrisa cortada,

de este ponerme ante tu existencia.

 

Fuera, el aire vence grano a grano tus muros,

fuera, la vida derrota paso a paso,

hay una tremenda fuerza que nos desintegra,

sin siquiera saber lo que queremos.

 

Sentado, con las manos prietas entre las piernas,

voy desgranando, en esta madera que estoy,

(la misma que un día lastimó tu espalda),

ese caminar cansado de tus últimas horas,

esa nube de sudor que empaña hasta Ti la mirada,

ese trueno de romperte como humano

y esa angustia apenas esclarecida del Gólgota.

 

Dios, qué oscura tu iglesia,

Dios, qué olvidadizos los hombres,

los hombres que entierran los recuerdos,

la Humanidad que tiene los ojos bajos

y Tú, que en lo más alto, estás desvencijado.

 

 

Related Posts with Thumbnails
« Página anteriorSiguiente página »
soccerine Wordpress Theme