2010 Junio | Poemas y fábulas


AMANECER ONÍRICO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 30 Junio 2010 18:35

Sólo quiero un libro, un làpiz y una hoja,
después poblaré mi alma de fantasmas,
de seres reales de papel, de hueso y de carne,
de hombres y mujeres que busquen de día,
la luz de la sombra donde amarse.

Deseo, por querer, la soledad encelada,
necesito, por querer, el infinito, embudo vaginal del mundo,
allí donde entrar, lleno y vacio,
hasta hacer florecer las rosas de la vida,
los cálices donde palpitan de amor las almas

A tí te busco, mi papel y mi gruesa lágrima,
te busco a tí, lápiz freudiano de sueño,
enmarañado de temor, prohibido de pecado,
a punto de expandirse en mil pedazos,
mil oníricos dioses, nacidos al socaire de mi locura.

LA PASIÓN ESCÉNICA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 29 Junio 2010 18:39

Celestino Tristón es actor de grandes evoluciones interiores. Pone pasión en su trabajo y se entrega con la dedicación de un converso o un fundamentalista.

Cuando escenificó la figura del Santo Job, no era dificil encontrarle en las colas de los cines, del Auxilio Social y hasta aquella que, en horas punta, se forma en las marquesinas de los autobúses: Todo ello lo hacia para demostrase, a él y al mundo, todo lo dentro que le había calado el papel.

Así había continuado hasta el día que le tocó hacer el papel de vampiro. Vampiro sin veda, se comprende. Tras la primera representación, todo un éxito de público y después de crítica, en el camino de vuelta a su casa atacó a un guardia de la circulación en la Plaza del Callao, al portero de su casa que encontró distraido y por fin, a su mujer que, aunque medio dormida, en modo alguno lo esperaba.

En ninguno de los casos emprendidos, consumó la acción. La falta de experiencia se hacia de notar. Sólo fueron sustos de no te menees que llegan frescas, pero nada mas.

En el psiquiatrico, donde apenas si lleva unas horas, que aún no ha amanecido, representa el papel de ido a las mil maravillas.

CAMINANDO VOY POR LA VIDA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 28 Junio 2010 18:54

Por la vida voy, caminando,
a lomos de pequeños pies.

Llevo los ojos abierto,
mientras recojo la mies.

¡Ay Maritiña del alma!
¡Ay Petronila mi bien!

Navego en la mar en calma
diez veces, diez. Es decir, cien.

Árido siento el paisaje,
los latidos en mi sien.

Suenan los golpes tan claros,
como nítidos retumban también.

¡Ay Maritiña del alma!
¡Ay Petronila mi bien!

Navego en la mar en calma,
a golpes del timonel.

¡ AY¡ LADRÓN DE MIS AMORES

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 25 Junio 2010 17:49

 

 

¡Ay! ladrón, si tú quisieras,

le dijo la Pepa al Lillo,

cuanto bien podrías hacerme,

con diez de estopa y mucho brillo.

 

El Lillo fue complaciente,

y tres veces por semana,

la lleva agua del chorro,

de los grifos donde mana.

 

Pepa le dice al oído,

diez veces ladrón del alma,

y otras tantas el Lillo responde,

con evasivas de calma.

 

Luego le busca en la era.

por andurriales baldíos,

no se le vaya a perder,

entre las aguas del río.

 

La mujer se desespera,

que aunque joven y pudiente,

los años la cara agostan,

y con la cara los hechos,

y con los hechos las causas,

por eso al Lillo le implora,

por si apiadarse quisiera,

de las lágrimas que llora.

 

Cien cirios en los altares,

tiene la Pepa prendidos,

mil más son los prometidos,

que no quiere, de este mundo marcharse,

sin proferir el balido,

ese que las mujeres exhalan,

cuando se escapa el marido.

 

 

 

 

                                          

UN PUEBLO SIN PECADO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Jueves 24 Junio 2010 18:46

 

 

 

Cuando el padre Fulgencio Prebostio, inopinadamente descubrió la existencia de Peralitos de Arriba, quedó enteramente satisfecho, cuando más entusiasmado. Era este pueblo único, nunca imaginado, pues se salía de la realidad cotidiana, rayando sus hechos, procederes y hábitos con el milagro más extraño o surrealista.

Tanto fue la admiración del sacerdote que, habiendo parado su coche por descanso, camino de la capital, recaló allí por un tiempo al saber que, el titular de la parroquia muerto, no había encontrado hasta el momento sustituto. La admiración surgió cuando el primero de sus feligreses, tan súbitamente favorecido, descubrió su ministerio y le rogó que, allí mismo, sin dilación alguna, le confesase.

Tras de él, todos los habitantes del lugar hicieron cola delante de su confesionario y aquí, en tan pesaroso lugar, donde le brotó, con el asombro, el pasmo más inexplicable e increíble. Allí, en la fila de hombres y mujeres esperando, no existían jóvenes. El más joven de los confesados se iba por encima de los cuarenta años y aún si cabe más peculiar, extraño y milagroso, a ninguno de cuantos a él se acercaron pudo ponerle penitencia alguna, todos ellos estaban exentos del menor de los pecados.

Al padre Fulgencio, así admirado, le faltó tiempo para informar del descubrimiento a las jerarquías superiores y cuando creyó que la revelación sorprendería gratamente y raudos los informados vendrían a contemplar el prodigio, se vio igualmente sorprendido por una carta que, en principio creyó confundida, hasta que, llegado al final de ella se percató de la sabiduría de aquellos que miraban las cosas y la vida humana desde el pedestal donde sus importantes poderes les había elevado.

Así pudo enterarse que su misiva había sido tachada de entelequia, producto de paranoia pasajera cuando no risible, siempre llena de incredulidad, ahíta de ensueños, irrealidades de imposible que causaban gracejos cuando no irónicas jocosidades. Los jerarcas capitalinos terminaban afirmando que, ante tanto misterio, ese el que el sacerdote descubría temiendo por la extinción de aquella comunidad recién descubierta, la respuesta que debía de dar, le contestaron, era la frase manida de que siendo todo cuanto ocurre voluntad del Creador, nada podíamos hacer ante lo que creemos esotéricos designios y que en realidad vienen a demostrar nuestra pequeñez ante las cosas grandes.

Desde entonces, el pobre cura se pregunta como era posible que un pueblo exento de todo mal, sin que nadie circulara en sentido contrario frente a la autoridad terrenal y no digamos, frente a su moral y envidiables costumbres, estuviera en trance de desaparecer, sin que nadie pusiera un adarme de voluntad en corregir su deriva.

Se dijo también, entonces elevando los ojos al cielo, en busca de una respuesta que, si todos somos castos y puros, si todos nos conformamos con lo que Dios nos da y pasa lo que ocurre aquí, la progresiva desaparición de unos seres humanos y con ellos la vida, algo sí, misterioso, existía en los designios de del Creador que no estaba a nuestro alcance comprender.

Esta y no otra fue la razón para que el padre Fulgencio Prebostio abandonase Peralitos de Arriba para nunca más volver, al pueblo que llevaba en el interior de las  vidas intachable de sus habitantes, el germen maligno que les condenaba a su desaparición.

 

                                                 

NO VENGAS HOY, QUE HOY NO TE RECIBO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 23 Junio 2010 18:39

 

No vengas hoy, que hoy no te recibo,

tengo ocupado el tiempo tan sombrío,

que me fluye el trabajo por las venas,

como canales entre dos ríos.

 

No vengas hoy, que hoy no te recibo,

tengo el tiempo pequeño y lo araño,

avaro de todos los minutos y las horas.

porque hoy es domingo y descanso.

 

No vengas hoy, que hoy no te recibo,

tengo el tiempo justo con la noche,

y se me está acabando insatisfecho,

acaso para seguir soñando hasta mañana.

 

No vengas hoy, que hoy no te recibo,

tengo el tiempo completo entre las manos,

y me cansa con la pesadez de un cuerpo muerto,

cogido yerto en los umbrales del camino.

 

No vengas hoy, que hoy no te recibo,

me golpea el tiempo los oídos,

golpes que en la infancia fueron,

tercos sonidos en el corazón repetidos.

 

No vengas hoy, que hoy no te recibo,

tengo el tiempo y ya no las cosas,

cuando es mañana el día, te digo,

cuando espero ver de nuevo florecer las rosas.

 

No vengas hoy, que hoy no te recibo,

La distancia se llevó el eco,

eco y distancia, se quedarán prendidos,

cual jirones helados,

que ya no hay excusas, se acabó el olvido.

 

 

                                                      

LAS ALUBIAS PITAGÓRICAS

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 22 Junio 2010 18:31

                      

Cuando la promoción del 94, matemáticos, todos ellos excelsos, contactaron con Sartino de la Centésima para recordarle que aquella noche, celebraban el evento de su graduaciones, entre los considerados como los más conspicuos y adelantados, la primera reacción de este, como había venido sucediendo en todos los años anteriores, fue negarse aduciendo el trabajo y el poco tiempo. No se sabe por qué, pues no llegó nunca a explicárselo, lo aceptó.

A las diez en punto de la noche, hora en que empezaba la celebración, Sartino se encontraba sentado en aquel restaurante especializado en comidas caseras, al lado de sus antiguos y poco recordados compañeros esperando que le sirvieran la cena.

Mas era tanta la confusión, aún no llegando los celebrantes a la docena, que tampoco en este momento recuerda haber encargado al camarero cosa alguna. Si que cenó opíparamente, entre copiosas libaciones de cerveza, alubias al vapor de la noche, comida esta que fue definida por su compañero de mesa inapropiada para el instante por llevar en sus entrañas fuerza, furia y fortaleza, excesivas para el momento.

Sartino no supo, sin embargo, hasta después de haber ingerido el plato lo que en realidad comía. Una vez revelado el nombre, alubias en forma de exquisita crema, le vino a la memoria el místico de Samos, el matemática y filósofo Pitágoras. El hombre que descubrió la música de los números, el alma de las habas, el espíritu en el laurel, los números perfectos, los figurados, los imaginables, los amigables etc. y la trasmigración de las almas, con sus tres fundamentos: mente, sabiduría e ira.

Abandonada la celebración y jurando mientras volvía a casa que nunca más, en el resto de sus días, asistiría a tales acontecimientos de confraternización, carentes entre otras particularidades de todo sentido, de realidad funcional y de futuro, su estómago, poco acostumbrado a tales excesos y menos a tan suculentas cenas, se resintió.

Más achacando la segura indigestión a lo inapropiado de lo ingerido, Sartino recurrió de nuevo a Pitágoras y su afirmación sobre las legumbres y fue entonces, cuando el dolor, que solo lo percibía en su barriga llena, le ocupó por entero todo el cuerpo, para inmediatamente asentársele todo él en el corazón.

Así lo dio en pensar, idealizando lo dicho por el filósofo griego hasta llegar a la conclusión, tal fue su estado de ánimo sin lógica alguna ni razonamiento, que creyendo a pies juntillas que se había comido a un ser vivo, se paró en la acera, se sentó en un banco y comenzó a darse tales golpes en el pecho, mientras con grandes voces exhortaba a su corazón al arrepentimiento que, un transeúnte que por allí pasaba a tan altas horas de la noche, asustado también, creyendo cuanto menos que intentaba suicidarse, llamó a la policía.

Viniendo esta, rauda y a tiempo de ver tan absurdas como impropias manifestaciones, que no cejaba de golpearse el pecho con la furia de un titán, le esposaron camino de la comisaría.

Allí, cuando explicó las razones de su comportamiento insólito, no ducha la autoridad en el devenir de Pitágoras, le envió al psiquiátrico donde, diez años después sigue, invocando al alma de las alubias e implicando al sabio en su perdón por tan grave falta por él cometida

Como tampoco en el psiquiátrico nada sabían o puñetero caso hicieron de las predicas del místico y de las repetidas palabras del paciente cuando con arrebatado sentimiento repetía las palabras del maestro pronunciadas 2.300 años antes: “No hagas de tú cuerpo la tumba de tú alma”.

En este tiempo, Sartino, allí encerrado, descubrió, entre otros muchos hallazgos que irán saliendo a la luz, este del número cinco, el asombroso número cinco que como las alubias, además de la música que como tal encierra, dentro de él guarda también, en los cinco rincones que le confieren su valor, aquellas mágicas esquinas en las cuales nació, su propia alma.

 

                                                    

TÚ… Y YO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 21 Junio 2010 18:15

 

 

Sustentaste mi mundo, el mundo,

mundo este mío pegado a los zapatos,

herido y hasta muerto a hachazos,

sólo porque tú, a veces, decías sí,

a veces, no.

 

Alzaste mi mundo y lo bajaste,

todo igual.

Ahora brilla el sol. Tú, mi dios.

Ahora es sombra, dijiste,

y yo vi sombra, lluvia, viento,

ojos, ojos. Los tuyos.

 

Después no vino nada,

también tú.

Nada, nada, nada,

repetí.

 

Luego dije, tú, tú, tú…

y se me olvidó el nombre…

las cosas y los objetos brillantes

y empecé a decir:

yo, yo, yo…

POR LA PUERTA DE ATRÁS

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 18 Junio 2010 18:11

 

 

                              

          A Josemi, la mujer de su amigo Andrés Pulido, le regaló una llave de plata. Algunos tiempos después, Josemi se extrañó del trato que le dispensaba Anuncia, que así se llamaba y que siempre había sido cariñosa y entrañable.

 

- ¿Me pregunto que puedo haberte hecho, - la preguntó un día – para que tan radicalmente hayas cambiado nuestra relación fraternal?

- Mejor – le respondió ésta – pregúntate qué es lo que no has hecho y llegarás pronto a una conclusión.

- El mal entendimiento parte, me parece a mí, – volvió a insistir Josemi – del día que me regalaste la llave de plata que llevo colgada del cuello.

- ¿Qué llave de plata dices? - respondió Anuncia de mal talante- ¿qué llave de plata?. No es, sino, al menos en tus manos, otra cosa que vil metal, por más que yo te la diera para que con ella comenzaras a desentrañar el arcano, ese que abre la puerta de atrás de mi casa.                          

 

 

                                                                                            

 

 

 

                                                       

REQUIEBROS DE CAMPANA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 17 Junio 2010 17:54

 

 

Porque la luz  de los días se apaga,

porque viene el silencio de la mano,

aquella que nos invita de cansancio,

a sentar del esfuerzo la caminata.

 

Ya no recuerdo cuando paseando por el parque,

llevábamos las manos abrazadas,

los corazones ardientes juntos,

los labios apretados, los tuyos en los míos.

 

Pasó el tiempo de los recuerdos punzantes,

de las sonrisas en cascada,

de las alegrías sin rienda,

tan solo nos rinden ahogadas añoranzas.

 

Miro el entorno y se me funden las bielas,

ejes del alma.

Me arrepiento haberme parado en la carrera

porque la meta estaba en la distancia.

 

Ámame amor, que tengo del cansancio fundido

de tantas nostalgias,

que de poderlas contar,

toda la vida haría falta.

 

Ya estoy de sobra como de existencia restada

aunque por dentro me mire y ¡ay!,

que llevo un niño en el alma.

ese que, de amor, se doblega ante tu mirada..

 

 

                                          

 

 

 

 

 

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