2010 Junio | Poemas y fábulas - Part 2

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LA SONRISA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 16 Junio 2010 17:32

 

                               

 

           Sobre la espalda encorvada cargaba, cirineo, la cruz de un pesado saco. Apenas si Abel había traspasado los 30 años y era ya un viejo roto.

          Cansado y ahíto de fatiga, apoyó, sobre el pretil del puente, el saco lleno. Miró, entre la luz de la tarde fenecida, las aguas brillantes de pez  correr por su cauce profundo y misterioso. Un vahído machacón le vino a torturar el alma y a punto estuvo frágil, en dejarse ir camino de lo desconocido.

          Recordó su casa en lo alto a ninguna parte. Tablas mal pegadas, techo a todos los vientos y en el triste ajuar desparramado de jergones y sillas. Viejos enseres recogidos de mejores tiempos. Vio a su mujer, espátula en el quicio de la puerta, con el puño apretándose los hijares doloridos. El vahído fue un mundo sin equilibrio, un carrusel donde bien podría acomodar su pereza. La tentación constante e infinita.     

 

          Recordó entonces que en el mejor jergón, de la única habitación de su casa de cartón, se abría la sonrisa de su hijo que le esperaba contento.

Abel tomó el hato, se lo cargó en la espalda y aliviado porque de súbito se le había pasado el mareo, reanudó el camino.

 

                                                                      

 

DESIDERÁTUM

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 15 Junio 2010 18:57

             

               

 

Te quiero tanto, Pascuala,

que de ser el amor un río,

los truenos de las tormentas,

me suenan a cantos de grillo,

y es por eso que pido yo al Creador,

que los atributos que llevas,

propios de los de tú rito,

lindos por ser los mostraras,

los exhibieras como cuadro que pintaras

igual que se restaura un vidrio,

tal se come el hambriento una fabada,

por no poner la paella,

en detrimento de la cocina asturiana.

 

Ay Pascuala de mi vida,

ay el tormento de mi alma,

cuando yo esta noche te vea,

te cantaré una romanza,

la única que me sé,

esa que yo me inventara,

para ponerte en las nubes,

para adorarte sin lágrimas.

 

Pascualina, todo mi amor,

enrollado te lo llevas,

que nada hay mejor,

cuando se quiere de veras,

que mirarla disfrutando,

como se cosechan naranjas,

en cestos y canastillos,

donde refugiar el ánima,

igual que se cazan murciélagos,

cegados por la deslumbrante luz del alba.

 

Al igual que los podencos,

compiten por las sabanas,

todo redunda y conforma,

ay Pascualina, mi alma

en grandes risas sin lloros,

en besos y carcajadas,

pues no existe felicidad,

ni corazón que no ría

sino se le lleva embridado,

desde el pesebre a la cama,

pues para ser delicados,

graciosillos con las damas,

basta con tres finuras,

galanteos por las ramas,

pues todo lo que yo te diga,

lo llevo grabado en la palma,

la mano con la que acaricio,

tú piel de nácar,

los ojos de viva luz,

los labios tintos de azul,

de los besos prometidos,

en las noches que volando,

te espero sin dormir,

o dormido y despierto,

me acuesto pensando en ti,

y en la mañana amanezco,

como si fuera la última,

la vez, que contigo fui.

 

                                 

YERRA EL TIEMPO, ACIERTA CUPIDO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 14 Junio 2010 18:06

 

 

En el crítico instante en el que Fulgencio miró en los ojos de Francine, supo que había encontrado el amor. Aquella entelequia puesta en duda tantas veces se había convertido, al fin, en realidad. El prodigio del que solo algunos hablaban, se produjo en la vida de, Fulgencio García de la Reguerilla.

 

- ¿Fue un flechazo, claro?

 

Y el hombre feliz sonrió y negando la pregunta pues no sabia como contestarla, dijo que había sido al tiempo, los ojos que a él le miraban y la sonrisa con la que era recibido.

 

- Si eso es amor, si eso se corresponde con un flechazo –respondió el hombre feliz sin dejar de sonreír - he sido el blanco perfecto de las flechas disparadas por el dios Cupido.

 

Fulgencio y Francine, desde aquel momento, no se separaron nunca más. Cumplidas los deberes a los que estaban obligados se buscaban y se recibían con la misma alegría del primer encuentro.

 

- ¿Eres un hombre feliz? – le preguntó ella.

 

Y Fulgencio respondió:

 

- Como nunca lo he sido en la vida.

- Quería saber –insistió Francine- si constantemente como ahora te sonrió la felicidad. Verte tan contento me hace pensar que fue siempre así.

- Te equivocas, nunca hasta el momento que tus labios y tus ojos me sonrieron había conocido la felicidad.

- Me compunges, pues te miro y te veo con el ánimo de un chiquillo sosteniendo en sus manos el más apreciado de sus juguetes.

 

Aquella noche, saltándose todas las normas habidas en aquella residencia de ancianos, Fulgencio durmió feliz al lado de Francine. Acaso por eso, cuando en la mañana les encontraron juntos, unidos por el vínculo imperfecto de la muerte, sus caras sonreían como si sus ojos abiertos, divisaran lo que había más allá, como si en verdad cada uno de ellos hubieran encontrado su alma gemela camino de la eternidad.

Al doctor que separó sus manos, mientras fuertemente guiñaba los ojos a fin de quitarse las lágrimas que pugnaban por seguir brotando, como si en verdad se estuviera quitando tímido una imperceptible mota, se le oyó decir algo parecido a esto:

 

- Al fin acertó Cupido, sólo se equivocó el tiempo.

 

                                            

SUEÑO PARA LA ETERNIDAD

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 11 Junio 2010 18:40

 

 

 

 

Saliste sueño escondido, eterno,

poblándome la piel con tu aleteo,

ave en el alma, y como un mareo,

de orilla verde, de arrabal moderno.

 

Creces raudo dentro de mi infierno,

aurora que el ruiseñor, con su gorjeo,

levanta sobre la hez en el deseo,

muralla de nieve en mi invierno.

 

Luz que abre la carne de tú nombre,

en un vaivén alegre de ternura.

mientras hila la rueca, ser del hombre.

 

Aquí se dobla el arco mansamente,

tronchado abajo de la cintura,

cual dolor que se solapa hiriente.

 

 

  

CARTA A SU ASESINO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Jueves 10 Junio 2010 18:40

Si, carta de un muerto a su asesino. Es meridianamente claro que la escribió antes del óbito, apenas dos horas antes de recibir en el pecho dos postas disparadas a bocajarro, apenas unos días antes de ser enterrado.

Decía Saturnino en su carta a don Eurispiciano que él, aunque enamorado de su hija, desde cuando recuerda tener conocimiento, no era el padre del hijo que esperaba Manuelita. Que él, ya la había advertido con antelación los malos pasos que estaba dando, los andurriales que frecuentaba. Que pese a todo, a su demostrada falta de interés por su persona seguiría acampándola a su casa, cuando a tales horas, tan intempestivas, volvía a su hogar.

Decía también que su juventud no era óbice para reparar el daño que la habían inflingido, que por encima de todo estaba la posibilidad de reparar la salud mental deteriorada de la muchacha, ahora más que nunca. Al receptor de la carta le decía que si él lo permitía, don Eurispiciano, el padre, “yo soy muy quien para casarme con su hija, hacerme cargo del niño y quererle como propio”.

Hay que decir que el receptor no conocía al escribiente pues tan sólo le había visto cuando miraba tras los visillos de la ventana de su casa, esperando a su hija perdida en la noche. Bien creía que era Saturnino el inductor y artífice del desaguisado, de aquí que en él depositara toda su ira de padre burlado y más si cabe confundido.

La carta venía en resumir que, buscando el bien de Manuelita, sería factible que los dos muchachos, ya unidos por el matrimonio, se marcharan lejos de esta ciudad, lejos de la proximidad de tan perniciosas influencias, donde ella pudiera al fin olvidar sus desviaciones, al tiempo, de la lógica y de la moral.

Terminada la misiva, que apenas era algo más que una página de apretada letra, don Eurispiciano cayó de rodillas, implorando un perdón que nadie en este mundo podría dispensarle. Pocos minutos después se limpió con las manos la cara de lágrimas. Tomó entonces desesperado la misma escopeta con la que había matado a quien ninguna culpa tenía y con los dos cañones apoyados en la barbilla. apretó el gatillo. Durante un segundo, el tiempo en decir amén, su alma quedó en paz.

Había, creyó, emprendido el camino que recorren las almas en pena. Después, al instante siguiente, cuando reconoció el clip del percutor sobre el vacío, comprendió que alguien, con mayúsculas, le daba la segunda oportunidad de su vida.

La de ser abuelo… con un puñal clavado en el corazón.

DE CÓMO ME ARREPENTÍ

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 9 Junio 2010 18:41

 

 

Detrás de un seto,

yo me escondí,

me daba apuro,

que tú me vieras,

llorando estúpido,

lo que perdí.

 

Quiero que vuelvas,

que ya no soy,

el memo aquel,

que sin pensarlo,

fue y te dejó.

 

Ahora soy otro,

que ya no fumo,

y menos bebo,

para que nunca,

lo vuelva a hacer.

 

Arrepentido, yo ya lo estoy,

por eso quiero,

una vez más,

que me perdones,

me des un beso,

y que juntos salgamos,

a pasear.

 

En el camino,

yo te diré,

cuanto gemí,

cuanto lloré,

pensando en ti.

 

De cómo viendo,

a los demás,

quererse tanto,

de envidia sana,

me arrepentí.

 

Por eso guapa,

escucha tranquila,

este cantar,

y si desentono,

que es el caso,

todo lo des,

por buen pasar.

Cierra tú vida,

déjame dentro,

que yo te quiero,

aunque ello sea,

puro aspaviento.

 

Queriéndote así,

tú deberías,

quererme a mi,

y no te canses,

ni me lo digas,

porque el amor,

empieza aquí.

 

 

                                 

LA HIGUERA DE HIGOS DE ORO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 8 Junio 2010 18:19

       Allí, en Coscojoso de Arriba, no confundir con Coscojal de los Desamparados, que era y es villa esta distinta y con otros milagros, digo que allí vivía Pánflius del Llano Estéril, a salto de mata, mirando siempre donde pisaba, no hollara, al tiempo. el lugar y el qué comer.

Así se pasó media vida, hasta que una tarde, jugando con el señor alcalde, al que acompañó formando pareja en el juego de la garrafina, resultaron un dúo letal para los contrarios y este, el alcalde, agradecido, que no le gustaba perder como autoridad máxima que era en el pueblo, le nombró concejal de servicios urbanísticos y otras nimiedades o menudencias.

Desde el día de su nombramiento, el sol se alzó tímido ante tanta prepotencia. Si, tanta, que a los meses, pocos, Pánflius descubrió una higuera que daba higos de oro. Y para ella, para la higuera, tanto la daba estar en temporada que no, de ella brotaban higos como setas en el suelo con las lluvias de noviembre.

Fue el hallazgo milagro y fue la culminación del los coscojosos en pleno que hablaban y no paraban de su paraíso recién descubierto. El que hoy no tenía donde caerse muerto, el edil estratosférico, nadaba ya en la abundancia. Era tanta y su generosidad manifiesta que del milagro encontrado permitió al alcalde participar. Ya no eran sólo compañeros de garrafina, ni funcionarios públicos sin oposición, eran la propia abundancia en un pueblo que había vivido siempre lejos de la mano de un ser superior.

Aquí crecieron las urbanizaciones, allá los edificios públicos, un museo sin entresijos, una biblioteca sin libros y hasta dos hospitales para un solo médico. Coscojoso de Arriba se fundió con el de Abajo para así juntar en sus entrañas tres cajas de ahorro y dos bancos, cinco inmobiliarias y novísimas instalaciones de cultura y saltos para la tercera edad.

El mundo de este pueblo, ahíto de buenaventuras, admiraban por igual al alcalde que supo ver y el nombrado que se las arregló para edificar. Así hasta el mismo día que, reclamado por causas mayores, devino en parecido cargo en la capital del municipio.

Con él, Panflius se llevó la higuera de los higos de oro, dejando a su compañero de garrafina sin solución a los problemas que el día a día le iba presentando y que son naturales porque surgen en toda sociedad en franco desarrollo que se precie.

Por estas causas puntuales podía vérsele de vez en cuando o de cuando en vez, ya nabab y omnipotente en su coche oficial mientras el señor alcalde asentía con la cabeza a todo cuanto le era recomendado.

 

- Pero, ¡oiga! ¿Sabe usted como se come el cuento que nos ha narrado, una higuera que sin solución de continuidad florece en higos de oro y que da para tanto sin pedir nada?

- Yo sólo me atengo, mire usted, a lo que me han contado. No quisiera entrar en mayores profundidades.

- Toda su narración es ridícula, carente de toda lógica y sin sentido alguno. A todas luces es una invención, una trama urdida para engañar a los más crédulos. Bien haría usted en callarse.

 

          Y el pobre narrador cobró su último óbolo, si no de la higuera milagrosa, si del bolsillo de Pánflius, el hoy opulento mandatario, en todo momento  pidiéndole perdón por no continuar en el cargo, vista las diatribas y oposiciones que suscitaban sus palabras y lo que sin duda era más importante, no saber jugar a la garrafina.

 

 

                                                                  

MI BOTIJO Y YO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 7 Junio 2010 18:12

 

        

  

Terroso copo de arcilla,

rota la boca y el asa,

la vergüenza le brilla,

por el cráter del pitón.

 

 

Cráter por el que mana,

la fría brisa del agua,

que dentro se desparrama

y mitiga el calor.

 

 

Más él lo sabe y se envanece,

que al juntarse los dos barros,

se retuercen y se mecen,

los amantes en un beso.

 

 

Frustrado sueño del beso,

rompientes las cascadas, 

madre del alma inocente,

resbala por la garganta,

un sabor fresco y oliente,

que parece de naranjos,

cortados por alfileres. 

 

 

 

                                  

“QUE SEA PARA BIEN”

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 4 Junio 2010 18:17

 

                                 

  

          En el pueblo de Coscojal de los Desamparados crecen juntas las ortigas y las amapolas, por lo que no es de extrañar que, por coger las segundas, te ortigen las primeras. De este hecho y otros similares, han inventado-inferido la socorrida frase: “que sea para bien”. Y así, cuando alguien en el lugar tiene un hijo, le toca la lotería o escribe un libro –aún no se ha dado el caso- le dicen pomposos:“que sea para bien”.

          Romualdo el literato escribió unas coplas al estilo, decía con suficiencia de perito, de don Jorge Manrique, dedicadas a su primo Restituto y éste, no muy de acuerdo, le puso un ojo morado. Restituto se sintió aludido de malas maneras en su paternidad difusa por todo lo cual le propinó un tortazo, poniéndole el ojo reseñado a la virulé. A Romualdo, cuando se estrujaba el magín para parir las coplas, su madre, que era analfabeta inestable – tenía cataratas en los ojos y había días, a capricho, que la dejaban ver y había días que no- le dijo con todo el cariño que sabemos da una madre: “que te sea para bien, hijo”. Es comprobable, por el color del ojo, que le salió mal.

          De los vástagos que vienen a este mundo y que son para bien o para mal, -que de todo debe haber en la viña del Señor - en Coscojal hay ejemplos sin cuento. Eufrasio, por no ir más lejos, sin otros medios que el día y la noche, que en casa de sus padres no había ni para mandar cantar a un ciego, con sólo su esfuerzo llegó a chofer de presidente de Banco con mayúsculas. ¡ Quién lo iba a decir ¡

Por el contrario, el primo segundo del boticario, que era listo como él solo y vago como nadie, en el día de hoy, más grande y alto que una horca, anda por la vida dando tumbos y enfrentándosela, sin ningún bagaje ni otro cualquier miramiento.

          Cosas como las relatadas, en Coscojal de los Desamparados, (villa que fue con castillo y tuvo castellano de prosapia, después cenobio y es hoy apenas una aldea perdida en el calvero que delimitan el río Tietar y los cada vez más pelados montes de Gredos) un ciento; que para eso su historia es añeja y se entierra con profundas raíces en el suelo árido de Castilla. Por no alargarme más y porque el sucedido fue del conocimiento nacional, contaré la historia de Prosulpiano y sus tres hijos.

          Encarnación Taboada, la mujer de Prosulpiano, por salir de la penuria que aquí se caía y allí se levantaba, siempre en pos de un mendrugo de pan, logró ahorrar, no sin esfuerzos ímprobos, para un décimo de lotería de Navidad. El lotero o lo que fuera que le vendió la ilusión le dijo: “que sea para bien “. ¡Oiga, y fue! Nada menos que se vio agraciada con la décima parte del gordo. ¡Fuera penurias, coscorrones y hambrunas! La abundancia se enseñoreó en aquella casa, el cuerno de la exageración vertía sus dones sin tasa ni medida derramándoles sin miramientos a  troche y moche.

          Prosulpiano con sus tres hijos, dejaron de ir al río a mojarse el culo y coger peces y durante meses, acaso años, se dedicaron a la gran vida y en ocasiones, contadas, al desenfreno.  Doña Encarnación – nótese la sutilidad en el cambio drástico experimentado en el nombre-  que era práctica y miraba el futuro aún con miedo, se la llevaban los demonios al ver tanta vaguería.

 

- ¡Venga, levantaos del sillón, que hay que empezar a buscarse algo, que esto no dura toda la vida - les decía recriminándoselo.

 

          Los dineros sobrantes se los gastaron en un barco de remos, porque decían, tanto  el padre como los chicos, que era pescar lo único que sabían hacer. Aunque ahora, ya con posible, miraban al mar que el río Tiétar se les quedaba corto y estrecho. Así los cuatro se compraron el barco, desoyendo sobrados las enseñanzas de don Gumer, el maestro, quien les quiso iniciar en los rudimentos precisos de la meteorología, ciencia esta sin la cual, salir al mar se convierte en una aventura peligrosa cuando no deviene en mortal. Quiso, sí, el buen maestro familiarizarles con aquellas erudiciones necesarias y básicas para ennoblecer su nueva ocupación y fue todo inútil, huyeron del conocimiento  que se sacan de las páginas de los libros, sin el cual nadie puede enfrentarse al mar, cuando el mar, a expensas de ignoradas fuerzas, pierde su calma y se rebela entre olas gigantes y bramidos ensordecedores.

          Desnudos por tanto de todo bagaje, conocimiento o pericia sobre tan complicados asuntos, emprendieron la primera y última singladura. Al segundo envite del mar se fueron por la borda y se perdieron entre las procelosas aguas, devoradoras de hombres, restauradoras de niveles, igualadoras de soberbias y tantas otras muchas cosas que pueden decirse de la mar, como la llaman los que la quieren.

          En Coscojal de los, más que nunca, Desamparados, se quedó su viuda, sola, pobre, desesperada y repitiéndose, como una cantinela sin fin y sin sentido:”que sea para bien”.

 

                                                                                   

YO SOY MANUEL

Posteado por José Luis Martín | Canciones, Cuentos | Jueves 3 Junio 2010 18:21

Ya soy un hombre,
con quince años,
que voy hacer
ya no me dicen,
ni me hace falta,
que nadie diga
de que ejercer.
Pues todo lo se,
que lo aprendí,
corriendo siempre,
de aquí allí,
y el que lo crea,
mejor “pa” él,
que yo no miento,
que soy Manuel.
Yo ya conduzco,
sin el carné,
pago las multas,
el día después,
cuando mi padre,
lo tiene a bien.
Busco trabajo,
sin desespero,
a la medida,
que no me canse,
y no me digan,
menos me obliguen,
a vivir por él.
Busco una novia,
y no una chica,
que nada sepa
y sea mi pija,
le cuente todo,
y sólo piense
en mi acomodo.
A ser posible,
que sea rica,
me busque casa,
donde vivir,
así de gusto,
me da el contento,
solo pensarlo,
me dejo seducir.
Si así no fuera,
no la querría,
que hay mujeres,
en la pampa mía,
hasta hartarme,
y más de mil.
Por eso exijo,
y no me doy,
me pongo precio,
como un convoy,
como un local,
para alquilar.
Respondo yo,
de mi talento,
por mi ternura,
y mis merecimientos,
los parabienes,
y las caricias,
y todo aquello,
que a mi me venga,
que ni pintado,
para mi bien.

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