2010 Julio | Poemas y fábulas

Viagra

MIRADA ABSORTA EN EL PASADO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 20 Julio 2010 18:38

Resumo la vida en el tiempo de un instante,

ese tiempo que se encierra en un segundo,

dibujo apresurado de una sombra austera,

acaso un recuerdo, una borrosa ficción postrera.

 

Es la misma ilusión mil veces repetida,

un arco iris con los colores muertos,

el mar que se desborda en cataratas,

mientras la mirada queda absorta en el pasado.

 

El sueño plácido del niño que despierta,

convertido de súbito en un hombre,

perdido en la selva sin caminos,

ansiando el jardín que no encuentra.

 

Somos la llama de un suspiro,

la luz que camina por delante,

el mismo rayo lleno de esperanza,

que se esfuma tragado en la carrera.

 

Difícil es si el pensamiento se medita,

ser hoy sólo el reflejo del mañana,

mañana de ensoñación deformada,

de cuanto creímos ser en el pasado.

 

No abarques otros límites que te lleven,

más allá del aire que acaricia tu cabeza,

pues navegando en aguas cristalinas del presente,

sólo escucharas los ruidos del silencio ausente.

 

                                     

EL COCODRILO JIBOSO Y EL ÁRBOL CONTRAHECHO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 19 Julio 2010 17:50

Anais Cerezo estuvo llorando toda la noche. Las horas que pasaban no mitigaban el inmenso dolor que sentía. Por el contrario, la insufrible sensación de culpa se le extendía en el alma como mancha de aceite en el lago sereno que hasta entonces había sido su vida.

-¿Por qué lloras Anais, si puede saberse? – le preguntó el recuerdo de su pasada felicidad.
-Porque he dejado crecer al cocodrilo en una pecera y porque otro tanto he hecho con la semilla de un castaño de Indias cuando lo he plantado en una vil maceta – respondió Anais.

Y las gentes, de las lágrimas de la muchacha se reían a mandíbula batiente y los niños hacían burla. Sólo los sabios lloraban con ella al tiempo que, mirando el futuro, se alegraban de que en esta vida hubiera, por si sola, comprendido su frívolo error.
Así, Anais, amargamente se arrepintió de haber encerrado al cocodrilo en la pecera que no le dejó crecer, si exceptuamos una joroba infamante que le creció en el lomo. Otro tanto le ocurrió al pobre castaño de Indias que, constreñidas sus raíces al reducto mínimo de una maceta, tuvo que conformarse con crecer apenas unos pocos palmos, cuando la falta de tierra donde desarrollarse y de espacio donde expandirse, le conformó contrahecho.

VALENTINA EN CUARTETOS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 16 Julio 2010 18:55

Valentina, mi vecina,
se ha comprado un rocinante,
con él pasea por los prados,
como si fuera amazona andante.

Valentina es chiquitina,
regordeta y pizpireta,
sin que la voz le acompañe,
en sus cantos de marioneta.

Valentina, a los garbanzos,
los machaca con tesón,
y los vecinos le piden,
procura que en la siesta no.

Valentina se cansó,
de tanto esperar al Gaitero,
por eso al fin se casó,
sin esperar al herrero.

Valentina se lanzó,
la cuesta por el atajo,
en la mitad se paró,
para no llegar abajo.

LA EXPLOSIÓN MILAGROSA

Posteado por Atala Martín | Ensayos | Jueves 15 Julio 2010 19:00

Guachamino, cuando se proclamaba luchador por la libertad lo hacía con tal énfasis que el pecho se le hinchaba, movía como aspas de molino los brazos y empastaba la voz de por sí ronca sin dejar de gritar. Explicaba sus claros ideales de forma turbia y enrevesada y sus deseos más oscuros de forma clara y meridiana. Guachamino, antiguo seminarista, era en realidad un terrorista de tres al cuarto, sin Dios, sin Patria y sin Rey, temeroso sin embargo y sin explicación, de la sangre que tan impunemente derramaba.

Para no sentir el miedo cerca, ni la sangre derramada alrededor, mataba a distancia, haciendo bombones de dinamita, trenes y coches de trilita y en Navidad, espléndidos belenes de clorita. Allí, sobre su mesa de trabajo impecable creaba sus ideales para destruir las esperanzas del mundo. El antiguo seminarista manejaba los explosivos con extrema facilidad, con avezada maestría, sus manos expertas conjugaban los artilugios del demonio y los convertía en atrayentes golosinas, mil juguetes y un Belén con el Niño Jesús en el regazo de su Madre.
Aquella tarde, cuando tenía el honor de ser visitado por la plana mayor de los idealistas de su banda, les enseñó orgulloso uno de los “Niños Jesús” recién terminado, desnudo y en su cuna, todo él de trinotolueno sonrojado.
La desnudez de la figura sirvió de chanza y sus pobres atributos de “niño” nacido en un portal helado de escarnio, que las risotadas volaban como palomas atrapadas en un tugurio lóbrego lleno de borrachos hediondos.

- ¿ Adónde pusiste la mecha al “niño” que le quiero ver explotar? – preguntó entre risas a Guachamino su jefe natural.
- ¡Adónde puede estar – contesto éste – allí donde se lo imagina, mi querido amigo!
- Pues no por ello deja de ser usted un guarro, pero dígame, ¿cuál es el tiempo que ha dado al temporizador para que explote?
- Aún no está programado.
- ¿ Quiere decir que en este momento es imposible que explote la carga?
- Imposible no, pero tan difícil como que se junte el báculo de San José con los atributos de su hijo. – explicaba Guachamino a los reunidos, al tiempo que su jefe, peligrosamente inclinado sobre el Belén, con el codo desprendiera del barón justo su bastón y al pobre Gauchamino, cogido de espanto, imposible de procesar la hecatombe que se le venía encima, no le diera tiempo a terminar la explicación y mucho menos a impedir que el circulo que produce la deflagración se cierre y con él, el horrísono estallido retumbe como solitario trueno en el silencio de la noche.

El Belén entero, como encendida antorcha, subía por los aires al tiempo de desplomarse el infesto habitáculo y con él, los hombres allí reunidos, pasaron a la triste, negra historia de los terroristas necios. A la historia de la estupidez humana.

RECUERDO A ÁLVAREZ LENCERO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 14 Julio 2010 19:23

 

Abierto en canal, desportillado, con la sangre

de la amistad manando a borbotones,

me abrazaste, Lencero; el pecho desnudo y aterido,

para calentar de hermandad mi alma.

 

Irrumpiste tierno, trayendo de miel los ojos,

trasudando la bondad por tantos poros,

como la muerte, alfileres de lodo, corneaba tu cuerpo,

de basalto roto. Tú cuerpo, Lencero, piedra, tierra y oro.

 

¡Ay Lencero, amigo!, amigo de mi alma, hombre.

Hierro puro retorcido en soneto,

cantor hermano, hermano del mundo,

consumido en la frágil arquitectura de tus hueso.

 

Indago yo el descanso, ahora, en tu voz.

Alimento la carne en el banquete de tu espíritu,

mientras los recuerdos conciben a las lágrimas,

fundiéndolas en un desesperado grito de dolor.

 

Lencero del alma, alma de cristal transparente,

frente donde de amor nacieron las ideas,

sublime manantial, pródigo y derramado,

en el surco fecundo de la vida.

 

Acaricio tus sonetos y pongo tu hierro retorcido en mi sien.

Te amo hermano, claro y próximo, en la misma lejanía de la distancia.

Lloro tu muerte como muerte amiga y fatal,

mientras cierro la herida de mi dolor en el bálsamo de tu recuerdo.

 

                                                          

Biografía de un suicida: ¡VALIENTE GILIPOLLAS!

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 13 Julio 2010 19:00

Constantino nació por casualidad. Su madre, Dorita Inmaculada, un día, a media mañana, se asomó a la puerta de su casa como Dios y doña Anunciación, la trajeron a este mundo.
En aquel preciso momento, pasaba por allí Robertito Engraciao, que viendo a Dorita en paños desnudos, no se atrevió a preguntarla con palabras por lo que, la inquirió con hechos y allí, en el umbral de la casa, se las apañó para con su colaboración, que la hubo, poner a la chica en situación de traer a este mundo a Constantino Engraciao Inmaculado.
Aunque del hecho se podía deducir otra cosa, la verdad era que Robertito era frío como escarpia arrancada del hielo de una nevera o el tirador de cabeza de perro de una puerta de portal regio. No obstante, en aquel instante le dio un rapto, decía, o por ahí, y engendró sin premeditación.
Estas y otras circunstancias hicieron que Constantino el suicida que, a la edad de 32 años, después de andar por el mundo medio perdido, casi sordo y completamente lelo, se hiciera la gran pregunta: ¿Para que coños he venido yo a este mundo?
No es que fuera la interrogación hecha de repente, la primera vez fue durante el concurso oposición a vendedor de seguros. Tras este primer interrogatorio, hecho a si mismo, las preguntas transcendentes le llovieron como verdaderas cataratas caídas del cerebro. De todas ellas habría que destacar, por tener relación con la primera, aquella que formulaba así:

- ¿Verdaderamente me gusta ser vendedor de seguros?

Cada pregunta era un soliloquio, cada afirmación un dilema. Así llegó a la segunda gran pregunta: ¿Qué es la vida y si esta merece ser vivida? Visto que él no cantaba, ni daba patadas a un balón, ni tenía avión privado, ni siquiera yate y mucho menos salía en la televisión, aunque sólo fuera para precisar una ocurrencia o formular un deseo, se preguntó:

- ¿Quién soy yo? ¿Adónde voy?, si es que voy a algún sitio.

Y tras esto, levantó las pestañas, contempló el futuro y se dijo que la vida, ¿la vida?, la suya, era sólo de él. Para nada hizo caso, pues es seguro que no lo recordaba, las palabras de su padre, Robertito, que, el primer día que le vio, cuando ya había cumplido la veintena, le dijo, viéndole confundido, que la vida no era sino, el reflejo de cuanto a bien tienes que dar o restar, tal como se produce el eco. Si a él apelabas con la felicidad te devolverá alegrías sin cuento, si por el contrario gritas tu hastío, te regresará asco y cansancio.
Lejos pues de rememorar las palabras de su padre, Constantino, en los días siguientes vendió todas sus existencias, antes lo había hecho con los artilugios de pesca y, con todo el ahorro en la mano, se subió a la torre de San Severino, se sentó en el lugar que antes lo había ocupado una campana y desde aquella altura, primero tiro el dinero al viento y a continuación, como un pájaro que aprendiera a volar, al grito de: ¡la vida es mía!, se arrojó al vacío.
Había llegado a la conclusión final. ¿Si la vida era suya, sólo suya, no iba a esperar que nadie, ni la misma muerte, se la pudiera arrebatar?

VOLANDO VAN CANCIONES Y AMORES: VOLANDO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 12 Julio 2010 17:03

               

 

Apenas si escribir sabia,

paparruchas y desconsuelos,

cuando cantó lo divino,

tras inspirarse en el cielo.

 

Así lo afirmó muy serio,

ante un público admirado,

el cantante que aplaudía,

para agradecer el halago.

 

Pronto llovieron canciones,

y con ellas, los regalos,

que el mundo, a sus pies rendía,

como si el cantante fuera,

el mismo Gabriel alado.

 

Mas lejos de abandonar,

la humildad que le es grata,

los trinos que tan bien compone,

el mismo, por su pié volvió,

al lugar donde nació.

 

Fue tanta su fama y gloria,

su trascendencia en la vida,

que resulta sorprendente,

que nadie se acuerde ahora,

del día que se despidió.

 

Por eso y no otra causa,

olvidó decir Felisa,

como conoció a Manuel,

cuando huyendo del barullo,

se encontraron en el Edén.

 

Aquí los tengo, en mi casa,

olvidados para siempre,

lejos de la vanidad,

más tan cerca el uno del otro,

que envidia producen,

cuando enamorados esparcen,

a dúo, sus canciones juntos.

 

 

                       

 

 

 

 

 

               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ADOLFINA QUE TE REMECES DE LA RAMA DEL ÁRBOL

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 9 Julio 2010 18:31

Se enamoró Adolfina de la voz de su primo sin conocerle. ¡Pobre Adolfina romántica, pobre niña montada a ahorcajadas en un sueño!
Su primo se llamaba Edulcorato y a azúcar le sabia la palabra y a melaza cuanto decía. ¡Pobre Edulcorato!
Con dieciséis años, la niña se remecía de las ramas del sauce llorón que adornaba su jardín. Mientras iba y venía por los aires hablaba con los pájaros que, en las empingorotadas crestas de los árboles trinaban la alegría de su existencia alada. Cantaba Adolfina al unísono las excelencias que suponía en la persona de su primo Edulcorato, con voz que se le hacía plañidera a veces por sumida y a veces de orgullo se la llenaba altiva. Decía así:

- ¿Dónde escondes tu figura primo Edulcorato? ¿Dónde guardas tu voz que me enajena? Río y canto al tiempo como si loca estuviera cuando sólo estoy enamorada de ti sin conocerte.

El primo se resistía a dejarse ver. En el fondo, porque conociendo la pasión de Adolfina, le gustaba la situación de ser un hombre adorado; más si cabe cuando era su cuerpo apelmazado y corto, sus piernas flacas como palillos que sostuvieran, a la vez, la albóndiga de su cabeza y su blanco y abombado abdomen. Reía y lloraba Edulcorato por la felicidad de la pasión que transmitía y por la desilusión que a ciencia cierta sabía que iba a producir en su prima.

- No será la voz la pena, será mi yo cuando desamparado me muestre ante ti. No abras de tener misericordia y hasta engañada te sentirás al verme.

Así razonaba Edulcorato, sin confianza ninguna de que fuera ciega su prima Adolfina de la que, sin conocerla, se enamoró perdidamente.

- ¡Basta tu amor – clamaba mirando su figura deforme delante de un espejo - para sentir el mío! ¡Basta tu sólo deseo para que me rinda complacido a tu voluntad¡
Desde que se enteró de que su prima venía, los lamentos se trocaron en llanto. Lloraba amargamente como si la vida le fuera a abandonar. Sollozaba de forma queda avergonzado de lo que creía era una debilidad de niño mimado.
Al fin llegó el día que vino Adolfina, la prima enamorada de la voz que escuchara por teléfono. Venía a pasar el verano, a tomar el sol en la playa, a jugar con la arena mojada para hacer corazones de amor. Edulcorato se marchó de casa, la había visto, escondido tras el visillo de la ventana de su habitación y tan bella le había parecido, que todo el llanto se recobró en catarata, pues lloraba el abandono sin haberse producido el encuentro.

- ¿Serás la luz de mis ojos? - Recordaba Edulcorato que le había preguntado Adolfina con un hilo de voz, aquella segunda vez que hablaron por teléfono.

Y recordaba también como Edulcorato le había respondido que sí, ¡ qué para toda la vida!.

Aquella noche se cayó el muchacho por la torrentera de sus lágrimas y se ahogó en el río. Su prima, cuando a la mañana siguiente le trajeron a casa muerto, quiso, porque la voz no la podría escuchar más, saber como era la cara de su primo. En los dedos, con los que palpaba el mundo y el aire, la luz y la oscuridad en donde sus ojos estaban sumidos, las flores, los pétalos y el amor desconocido, se le quedó dibujado el rostro. Aquellas facciones – pensó Adolfina – eran perfectas a sus ojos ciegos, era el retrato en blanco y negro de su dolor terebrante.

LA VISITA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 8 Julio 2010 18:00

Pasad y sentaos, que es vuestra la casa,
acercad la silla a la mesa, si os place la pitanza.
Poned los pies sobre ella, si es vuestra gana,
que todos los días no recibo, a quien a la muerte encarna.

Descanse la hoz con la que se siega de raíz el habla,
deja en suspense la sangre y la guadaña,
permite que aún respire de recuerdos el alma,
del olivo joven donde abracé por igual el ansia y la nada.

De la muerte, ¿quién mejor que tú lo sabe?, nadie se escapa,
ni siquiera el monje que toca la campana,
tampoco el padre que bendice la mañana,
ni aún el hijo que sediento acaricia la luz del alba.

Advertí tú presencia cuando mudo me quedé sin palabras,
cuando de mi boca salían junto a las canciones, las lágrimas,
cuando mis labios quedaron sellados de risas y chanzas,
cuando ni siquiera mis ojos, encontraron luceros de escarcha.

Diluidos fueron los versos que al viento arrojaste,
los que nacen y crecen, sonetos de sangre,
los que te llevaste, estrofas, ripios y lápices,
la tinta y el mismo tintero, la inspiración y el aire

Ya tú esqueleto aterido de frío, como tu presencia blanca
se había filtrado ladrón por todos los resquicios,
por las paredes y las puertas, por las ventanas,
por las junturas que creíamos cerradas del alma

Acaso esperabas ser recibido de chirimías y danza,
de ruidos y tambores, de trompetas y gaitas,
como si no fueras música de infernal zarabanda,
de negros crespones, de triste son, bacanal y holganza.

Mal sorprendes al hombre en su eterno onírico sueño,
pues despiadado le rompes las coordenadas del baile,
mudándole a propósito el paso del ritmo que espera,
los trillados senderos de la imaginación y de la quimera.

Eres la conclusión del hombre en su materia,
ese punto final de las cosas que suponemos sin retorno,
el adiós inesperado de una tarde sin grandezas,
patético suspiro que se escapa de la boca abierta.

Borrarás de mi frente, ¡maldito!, la memoria,
quitarás la risa ruin de mis labios,
el pulso sonoro de mis brazos, lasos
el latido de mi corazón a la carrera.

Hacerme desaparecer como el agua de la noria,
como la sed sumida en el polvo seco del oasis,
como pálida flor ahogada entre brezales,
muerta amapola que deshoja el viento de la tarde.

Serás de mis ojos su postrera visión,
discutible el mérito que te cabe de la hazaña,
pues a pavesas reduces las ansias,
y a ceniza palpitante la respiración cansada.

Tú, que acompañas complacido mi miedo diario,
tú, que desgarras mis entrañas con uñas de orate,
convirtiendo mi corazón en cuerdas de guitarra,
mientras suena siniestra la postrera canción.

Atiza la lumbre y calienta los huesos,
esos blancos y mondos que enseñas bajo la saya.
Debes de tener frío por lo que tiritas,
acaso tiemblas evocando tú próxima infamia.

Vienes furtiva y callada a matar los recuerdos,
toda la riqueza que atesora el alma,
mensajero sin honra de fétido aliento,
triste vampiro sediento de la sangre helada.

Escogiste ladina entre la noche y el alba,
la raya que separa la luz de la sombra,
la línea sutil donde el hombre se encalla.
Acaso porque a esa hora, maldita la hora,
el hombre tiene dormida la guardia.

CONSTANTÍN DE LA BARBERÍ

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 7 Julio 2010 18:05

 

En 1878, el sabio Constantín de la Barberí, formuló una teoría que el mismo vino a calificar de trascendente. Esta, la teoría, venía a decir, tras enredar números y letras, un galimatías imposible para los iniciados, que si todos los humanos, ayudados por los animales de cuatro patas –hacía la distinción mencionando leones, leopardos, rinocerontes, tigres y elefantes-  al tiempo desahogaran sus vejigas, es decir, miccionaran con ganas, se podría poner en grave peligros la supervivencia de un pueblo tan querido como el pigmeo.

Cien años después, la teoría, hasta entonces vigente, fue rebatida. Aún desde el supuesto que la población mundial se había, al menos triplicado, mientras los pigmeos, habían menguado, lo que hacía más factible la hipótesis, ni remotamente, tal disminución podría achacarse a una toma de decisión mundial consensuada del tema referido.

Desde aquel momento, es decir, casi en los albores del presente siglo, el pueblo africano, aunque capitidisminuido, y posiblemente lejos de conocer tal hipótesis, vive al fin en paz y sin temor.

La contra teoría, sarcasmos de la vida, fue formulada por el cuarto descendiente de aquel Constantín de la Barberí, desde su puesto de vendedor de verduras muy cerca de la prisión de La Santé.

 

                                        

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