2010 Agosto | Poemas y fábulas

Viagra

ARDIENTE CURIOSIDAD

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Domingo 22 Agosto 2010 17:29

 

Adornado, decían de Pancracio, que estaba de virtudes lleno, cuando no rebosante. Y no debía de ser la afirmación mentira ni aún exageración cuando nadie, que se sepa, al menos la Humanidad por él reconocida, podía decir algo malo de él, cuanto más avieso de su persona.

Era pues paradigma, tanto del buen pasar como del buen hacer, así como de verse florido y hermoso, como espiga en campo de trigo dorado, que era el mancebo espigado y de buen ver, cuando no de bonita estampa.

Así, hasta que un día le dejó de funcionar la chaveta, esto al menos decían los más, que los menos afirmaban que no todo en el mecanismo perfecto le funcionaba ya, que su cuerpo había pasado de nota excelente a sobresaliente raspado.

Esta y no otra debió ser la razón por la que Pancracio olvidó vivir y clamando por una curiosidad hasta entonces no observada, llamó a la muerte con tal ímpetu, que se dejó morir.

Hoy, más que ayer, después de lo sucedido, puede comprobarse que hay curiosidades en la vida que matan.

No obstante, no le debió ir mal en el más allá, que al menos en el tiempo del velatorio nada dijo y aún menos desde que está enterrado.

De ser lo contrario, pundonoroso que el era, ya lo hubiera hecho notar.

                

                                                  

UN SUEÑO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 16 Agosto 2010 18:19

Porque soy sombra,
aire y silencio,
nube sin forma,
en el horizonte varada.

Porque soy camino,
de otros caminos anclada.
Manantial sin agua,
sediento de lágrimas.

Porque soy túnel,
subterráneo de la distancia.
Caverna gigante,
en la sima del alma.

Porque soy mariposa
en la zarza posada,
libélula de colores,
en el azul dibujada.

Porque soy lluvia,
viento y escarcha.
Frío de la noche
que encoge el ánima.

Porque soy boca de risa
alegre y confiada.
Porque quiero ser de todas tus cosas,
ave que picotee con su canto el habla.

Porque quiero ser gozoso navegante,
aquel que mil rutas trace sobre tu piel tronante.
Que quiero ser yo un sueño, el sueño,
aquel que la alborada despierta al caminante.

LA VUELTA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 10 Agosto 2010 18:57

Dejó Abbadaba atrás la selva, las veredas interminables, los caminos angostos, las riberas impenetrables, la oscuridad y la tiniebla así como el tétrico canto que sale de garganta desconocida. Anduvo el camino recto del retorno dándose golpes de pecho y culpándose a sí mismo de la tragedia y de cuán tonto había sido queriendo a su pueblo imponer un folklore trasnochado, unas pautas no definidas, cuando él, lo que verdaderamente pretendía, pues estaba en su pensamiento, era la de abrirles horizontes de libertad.

- Y con la libertad –dijo tan recio el muchacho que aún pudieron oírle los que a empellones le habían echado- los cimientos de la nueva filosofía, los nuevos modos y maneras, el pensamiento, la cultura y la desaparición y purgado del oscurantismo perpetuo que tan pródigamente había arraigado por aquellas tierras.

Con estas y otras retahílas vino Abbadaba en busca de la luz perdida. Hasta este momento no había apreciado en su justa medida la claridad de Lanzarote. Añoraba su luminosidad como el náufrago la tierra, como el sediento el agua, como el golpeado la justicia.

No le fue fácil el camino. Huérfano de todo cuanto había traído, pobre como una rata del desierto, caminó sin tregua ni descanso y bebió del agua de las fuentes y del fango de los caminos y en todo momento pasó tanta hambre que, sobre el cielo juró levantando el puño que nunca mas saldría de su bolsillo la última moneda.

Por peligros inusitados, por barrancos recorridos, por gentes que le socorrieron llegó al fin a la orilla del mar, donde las olas sin descanso baten las playas amarillas.

Sobre esta arena descansó treinta días. Por arte de birlibirloque allí le brotaron los nuevos sueños. Las ilusiones que creía perdidas y una vez más soñaba con la patria suya y cómo podría él levantarla en mejores tiempos, en otros momentos, en aquellos propicios para que su gente creyera en sus palabras que en esta ocasión no le dejaron pronunciar.

Al cumplirse el día treinta y uno, por casualidad, que no encontraron a nadie mejor, le contrataron en un barco de pesca como pinche de cocina. Nunca Abbadaba Guayco se había visto en situación parecida, pues nada o muy poco sabía del arte de cocinar, mas siendo la necesidad resorte del ingenio, hace avivar éste y a la semana de estar navegando ya era experto en aderezar todo cuanto el mar producía y permitía subir a bordo.

Sin embargo, no era éste el camino ideal de retorno que había pensado, más, teniendo en cuenta la primera vez, cuando voló de Berna al aeropuerto de Arrecife, como turista distinguido. Abbadaba lo sabía, pero tenía muy claro que nunca podría embarcarse en una patera maldita y trabajar, al menos durante cinco años, para pagar el pasaje a un perverso y desnaturalizado patrón sin conciencia.

Y como Dios ayuda al que resiste y no sucumbe por los embates y retos que nos plantea la vida, al mes de estar navegando, cuando tantas veces había divisado furtivamente desde estribor la proa de las islas, el barco, sin saber muy bien por qué, sin ninguna razón aparente, comenzó a soltar espeso humo de la sala de máquinas.

Del miedo a que el fuego se propagara, algunos de aquellos avezados marineros se lanzaron al mar y otros, aquellos que incomprensiblemente no sabían nadar, entre los que se encontraba Abbadaba, se reían nerviosos de sus esfuerzos y piruetas.

Tras el susto que al cabo nada fue sino una falsa alarma, aunque suficiente para que el patrón mandara mudar la derrota y dirigirse, por precaución, dijo, hasta la isla más próxima.

De cómo llegó Abbadaba a Costa Teguise nadie hay que lo sepa, que si bien se supone que sólo él lo sabe, dice que aquellos kilómetros desde donde el barco ancló y que le separaban de su punto de partida, de su trabajo, de sus gentes, de la añorada Armada Invencible los hizo corriendo y en el mismo instante de unas pocas horas.

Lo que es un hecho constatado es que cuando al fin llegó a La Cuchara Chica, después de tres meses por esos mundos de Dios, aquella playa de arena caliente y piedras removidas, allí donde hacen vereda los maricas para no lastimarse los dedos de los pies, allí se arrodilló Abbadaba hundiendo la frente en la arena añorada.

Hincó sus negras rodillas en la arena y como había visto hacer a otros navegantes, con sus labios aplastó con complacencia la tierra como si besase a la amada por tanto tiempo separado de ella. Sintió así el aprendiz de cocinero, el hamaquero de Costa Teguise, lo que no podía creer que fueran sus sentimientos tan fuertes, pues besos y lágrimas se fundieron con la arena y así también lo pudieron contemplar, en silencio respetuoso, la Armada Invencible que había venido a darle la bienvenida.

Del Libro “Lanzarote:cuento a cuento”

SILENCIO. ES MI MADRE

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 9 Agosto 2010 14:56

El milagro de mis días,
la primera risa de mis horas,
el iris ensueño de un infante,
la alegría de un adolescente.

Silencio. Es mi madre.

La que acuna entre sus manos
mi cabeza atormentada,
la que mece entre sus brazos,
mi roto corazón angustiado.

Silencio. Es mi madre.

Calle el ruido. Venza el amor,
la dulce esperanza de mis sueños
la fuerza irresistible que repara la inquietud,
el alborotado trino de mis noches.

Silencio. Es mi madre.

El recuerdo que acaricia mi cabeza,
que me besa los dedos uno a uno,
la que arroja de mi la tristeza,
la que disipa el miedo de mis sombras.

Silencio. Es mi madre.

De añorarla tanto me duele el alma,
y mis sienes palpitan con sus besos,
remembranza evocada y no perdida,
del espejo donde feliz guardo su memoria.

Silencio, es mi madre.

Un recodo me falta para verla,
un segundo en la memoria del tiempo,
la eternidad de un reencuentro,
la realidad de lo desconocido.

Silencio. Es mi madre.

Y la veo y se me acerca.
A besarme la frente,
como ayer, como siempre,
como el hoy presente.

Silencio. Estoy con mi madre.

A mi madre, Elisa

CON SED Y SIN ALIENTO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Sábado 7 Agosto 2010 14:11

              

Tejiendo ando y espero,

ya sin tiempo y sin la mente,

que todo es lamento y rabia,

volver sin esperanzas muero

 

Castigo me dio el cielo, la vida,

de estrellas en la noche sembrada,

porque sin alcanzarlas puedo,

de desolación el alma ocupada.

 

Si llorando a gritos no escuchan,

quienes de loco demente me tachan,

todos ignoran sin conocerme,

el dolor del silencio que traspasa.

 

Levántame, enflaquecido el ánimo,

sube mi liviana carga,

viajarás con la sombra del hombre

cosida a tu espalda.

 

Se despiden las gentes y se van,

con los gestos de las manos, sin palabras,

aves que ligeras cruzan el aire,

haciendo tumba de los cielos su morada.

 

Con sed y sin aliento,

perdida en la maraña la existencia,

así me encuentro. Dormido.

Letargo, la noche callada en su desván me tiende.

 

                                                                      

CONTICINIO: LA HORA DEL SILENCIO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 5 Agosto 2010 12:14

No me empujéis contra las breñas,
dejadme recorrer el camino que pisar puedo.
Soy de este tierra calma y tranquila
y quiero vivir en la paz de mi alma.

Rosario ¡ven aquí!, alumbra a tu padre.
levanta de una vez el farol para que vea.
Vamos, no te hagas de rogar, criatura,
sube un poco más arriba el brazo que mis ojos,
en la distancia o en el futuro, se disparan.

Huele a matojos el sendero, y las ranas,
¡hay las ranas del demonio!, croan como locas.
Las abubillas se callan y en silencio se quedan,
asustadas por el temor natural a lo desconocido.

¡Madre mía!. Ven a untarme el alma de amor,
que a borbotones me sangra la herida inexistente.
Aún ahora y siempre, echaré tus manos en falta,
aquellos dedos con los que ensortijabas mi pelo,
aquella sonrisa que de alegría inundaba tu cara.

Ayer soñé despierto y tuve tanto miedo,
miedo, sí, a quedarme para siempre en vela,
que llorando mi propia incomprensión me tendí,
cuan largo era, sobre el suelo duro de la realidad.

Llamo desesperadamente a mis hijos, ¡mis hijos!,
todos los hijos del mundo se han ido volando.
Raudos, amparados en su eterna juventud.
Me quedo tan cerca de ti, oliendo tu falda,
donde refugiaba mis frustraciones, que muchas veces,
cada vez más niño, sueño con tenerla y abrazarla.

Baja la lámpara, Rosario, ciega de una vez el fanal,
que para lo que yo lo quiero me bastan mis ojos ciegos.
Te tomo de la mano, para no tropezarme ni caerme,
y gustar así del calor de tu sangre que me hurtas insistentemente.

Al mirarme tan profundamente se me fueron los dolores,
debe ser el milagro de la imaginación desbordada
u otra cualquier cosa, a la que no hemos puesto nombre todavía.
Tú piel es el aliento de mi vida y tú existencia,
el pan del que, pedazo a pedazo, me alimento.

Madre, hija, mujer. Faros de día, luciérnagas de la noche.
Dedos y palmas con los que acariciar a todos los sentidos.
Mujeres las tres orientándome en la fatal encrucijada.
Mirad que me pierdo y ando a la deriva,
como aquel barco que, por ignorar la derrota,
perdió su navegar tragado por las aguas embravecidas

Abrirme el descanso en vuestros pechos diferentes,
quiero construir un refugio y esconderme,
cobijo en este trance, donde encontrar mi destino,
en el postrero trance de la vida confundido

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