2010 Septiembre | Poemas y fábulas

Viagra

IRONIAS Y SUTILEZAS

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Jueves 30 Septiembre 2010 18:55

                                       

 

          Quien haga de la carrera de la vida un circuito sin curvas se equivoca de mala manera. La existencia, es un hecho, tiene tantos matices como a la capacidad del individuo le sea dado contemplar, Sabemos que nacer y morir son las causas invariables que traemos escritas en nuestros genes, con ellas nacemos y con ellas disfrutamos y con ellas padecemos, todo lo demás son guindas que cuelgan del techo del mundo al que nos han traído, sin permiso y sin libro de ruta.    

  

          De la ironía apuntada explico un ejemplo. Vivo, real,  en el que, el sujeto, aún hoy, todavía no ha salido de su asombro. Este es:

          Mi amigo Donato Pinguín, si bien no era rico, ni cosa que se le pareciera, si era un hombre con alma sensible y el menudillo tierno que le gusta, porque también los medios le dan para ello, ayudar al prójimo sin dejar de veranear en la costa cántabra.

No es natural de allí, pero el encanto de las gentes de esa tierra le llenó el alma por lo que no deja de pasar un solo verano sin disfrutar del chalet que se hizo en el término de Castro Urdiales.

Donato lleva diez años de goce y disfrute, un mes al año cuanto menos y algunas excursiones en fiestas de guardar cuando se lo permiten, que es empleado bancario.

Un buen día, paseando a la orilla del mar, divisó, en una colina asomada al Cantábrico, una casita, especie de mirador estrecho y alargado lleno de ventanas con grandes cristaleras, como una galería sin otras pretensiones que divisar desde ella el esplendido paisaje.

La curiosidad le hizo subir la pina cuesta y entrar en el destartalado almacén, garita o como se quisiera llamar aquella aprendiz de casa. Allí pudo conocer al hombre que la habitaba, un viejo y greñudo pintor sin duda, a la vista de los caballetes desperdigados por el suelo de la sala, cuadros pintados apoyados en las paredes, los más a medio terminar, los menos indescriptibles, amén de paletas desperdigadas por los más insólitos lugares y pinceles variados por doquier.

Le saludó mi amigo y obtuvo el silencio por respuesta. Pensó que debía ser sordo además de abstraído como estaba dando brochazos sobre el lienzo que pintaba.

A pesar del parco saludo volvió a los pocos días, lo hacía acompañado de su mujer, María Columbres. En aquella ocasión se añadía al cuadro, al destartalado  habitáculo, restos de comida por el suelo, papeles de envolturas varias, lo que hizo suponer a la pareja que la situación monetaria del pintor no era precisamente muy boyante.

El matrimonio, de mutuo acuerdo, extendieron un cheque al portador de 200 euros, lo pusieron un sillón existente y para que la dadiva no pareciera limosna, tomaron de la pared donde estaba apoyado uno de los cuadros terminados y volvieron sobre sus pasos.

El cuadro así adquirido no traspasó los límites del garaje de Donato. Quedó allí, pegado a la pared, en el mismo lugar que, durante los siguientes años, se fueron acumulando los cuadros así adquiridos.

Se dio la nota curiosa, cuanto más extravagante y singular, que nunca intercambiaron una sola palabra con el pintor, aunque éste, pensó mi amigo, agradecido por los continuos detalles, les saludaba con un rictus que parecía sonrisa a media asta y con una ligera, casi imperceptible inclinación de hombros.

Los cuadros, con el pasar de los veranos, se fueron acumulando en el garaje, tanto que debió buscarles otro más amplio acomodo, que le subió la dádiva hasta los 500 euros lo que le llevó a tomar hasta tres cuadros de una vez.

La mujer de Doroteo no cabía en sí de gozo de ver a su marido llevar a cabo tales buenas acciones, pues convencida estaba que sin ellas, el buen viejo se hubiera muerto de inanición, mirando el mar y a las puestas de sol en el bello lugar de Castro Urdiales.

Así pasaron los años hasta el día que, abriendo Doroteo el periódico se topó, en la sección de sociedad, con el retrato del pintor y el triste anuncio de su muerte. Tal era la parafernalia empleada para describir sus logros, tales vítores a su impoluta trayectoria le daban, halagos finales a una magnifica labor de excelso pintor, que mi amigo no podía salir de su asombro causado por tan inesperado acontecimiento, como insospechada resolución.

A medida que leía la información, donde se desgranaban todas las metas alcanzadas por el pintor muerto, Doroteo se pudo enterar de que era un hombre tan importante como poderoso. Rico, sí, pues cada uno de sus cuadros, en vida, fueron todos ellos valorados en cantidades estratosféricas.

Mi confundido amigo, leyendo todo aquello, las personalidades de la cultura que habían asistido a sus exequias, no sabia si llorar o reír, hasta que, abrazado a su mujer, María Columbres, determinó, como fiel respuesta merecida a la ironía con la que la vida le había enfrentado, hacer las dos cosas al mismo tiempo: reír y llorar.

 

                                 

                                                  

 

MOMENTOS POSTREROS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 29 Septiembre 2010 18:23

¿Te importa que no te escuche?

Tengo el cerebro en la distancia,

sólo mis ojos están en tus palabras,

buscando acaso los caminos,

donde encontrarte luego,

cuando te hayas ido.

¿No te importa, verdad?

Yo estoy contigo entre los pinos,

ayudándome con las ramas,

torciendo la mirada en tú mirada,

viendo el resplandor de la noche,

cubrir de nubes nuestras almas.

Estoy aquí, con el espacio exacto que nos separa,

con la montaña y la brisa,

con el camino y el agua.

Quién a conocernos,

entre el ruido y el silencio hasta tú casa.

Con el viento me vine, con la mañana,

frío y calor me llenan la entraña,

viniendo por los aires la música de las pisadas,

que se van perdiendo a lo lejos,

por los trigos, por el alba,

entre los miedos, con las guadañas.

EL ROBOT DEL SABIO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 28 Septiembre 2010 17:20

           

El sabio Predrusquiño de los Peñascales, desde su más lejana juventud, estuvo imbuido por el saber y la ciencia. Tuvo tiempo para hacer descubrimientos tan solemnes y beneficiosos para la Humanidad, con mayúsculas, que cualquier hombre o mujer se hubiera podido envanecer. Sin embargo, esta dedicación exclusivista no le permitió saber que en el mundo existían otras muchas cosas capaces de hacerle feliz.

Una tarde, de las contadas que el docto lumbrera se distraía en los jardines de Sabatini, se topó con la jovencísima Eduvigis de los Ganzules. Era la mujer bella y espigada como rubia espiga de trigo, adornada con las virtudes del descaro y las resoluciones directas, de aquí que, admirada sin duda del saber infinito de Pedrusquito, de su mansedumbre y modestia infinita, acaso por otras cualidades aquí ignoradas, encontrándole asequible a sus deseos, presto le llevó al altar.

Para el sabio, el hecho no solo fue un alto en el camino de la ciencia, un descubrimiento tal que, Eduvigis, cada vez con mayor ímpetu, le mandaba cerrar la boca cuando el maxilar inferior se le caía, que mirándola de placer se quedaba arrebolado.

Fue para el genio una parada en el rellano de la sutil escalera que le conducía a la gloria. Aparcados quedaron los más queridos de sus inventos, para descubrir de Eduvigis de los Ganzules sus ojos, su enigmático contoneo, su espléndido cabello rubio y aquella su voz que felizmente venía a disturbarle todo pensamiento creador.

Quedaron para mejor ocasión demostrar al orbe que el valor de los ángulos del triángulo equilátero cambiaban cuando la figura se dibujaba en la redondez del cielo; la comenzada investigación encaminada a la destrucción de los plásticos para que no llegando al mar salvaran de la muerte a las tortugas que las comían… y así mil ideas más, fruto de su feraz imaginación, aquella virtud que le resolvía de forma inmediata cualquier problema que se le presentara en sus prolíferas investigaciones científicas.

Más si el sabio creyó que el resto de su existencia transcurriría por los mismos cauces estaba equivocado. Pues de extraviado tachaba Eduvigis cualquier decisión que no era comprendida por ella. Y fue tanta la discordia y el desacuerdo, que seis meses después, sin haberse apagado la llama que consume a los enamorados, se separaron.

En esta triste circunstancia, sabiendo ya Pedrusquito que la felicidad, apenas advertida debía pasar inexorablemente por la presencia de una mujer en su vida, el sabio toma la decisión de construirla a su medida.

Edificó un monumento, con cara de Eduvigis, con espuma conformó la forma de una mujer con cara de Eduvigis. Cuantas mujeres oso construir le significaron un fracaso, con cara de Eduvigis. Así hasta llegar al robot como reflejo de la mujer ideal, pues consiguió que hablara con voz de Eduvigis, y fue toda ella bosquejada con materiales flexibles y dúctiles, relleno de la estructura de hierro.

Por unos instantes se sintió satisfecho. Hasta que se cansó de oírla decir siempre lo mismo, con la palabra mansa e imperfecta que en modo alguno se parecía a la de su mujer perdida. Por eso, cada mañana, cada tarde, a todas las horas del día, el sabio inventor, el de la imaginación desaprovechada, comenzó a echar de menos la verdadera voz de su querida mujer, aquella Eduvigis de los Ganzules, la de los ojos azules, la misma que escondida le seguía viendo cuando el pobre Pedrusquito de los Peñascales, ignorándolo, paseaba ahora con mayor frecuencia por los jardines de Sabatini.

 

                                                       

POR ÉL SE CONSTRUYERA EL CIELO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 27 Septiembre 2010 19:23

 

Homenaje del pueblo de

Periana a

JOSÉ BARROSO

en el primer aniversario

de su muerte

(27 - IV - 1930 /  7 - I - 2000)

A un sacerdote llamado José Barroso

 

 

Aunque sólo un hombre hubiera existido
que con amor por el cielo preguntara
y en su zurrón trajera
aún los trozos del corazón
que no ha repartido,
por él, si no existiese,
Dios se inventara;
si no hubiera cielo, se construyera;
si no, la gloria se fundara.

¿Puede la nada negarse,
puede la existencia no reconocerse,
podría defraudar tanto el alma humana?

Dios es lo próximo, lo cercano,
aquello que tengo al alcance de la mano;
que puedo tocar, sin darme cuenta,
que puedo ver, sin yo saberlo.
Dios me acurruca con el viento que sopla,
con la caricia de la brisa.
Me moja con el agua de lluvia,
me tiñe con los copos blancos de la nieve.
Dios es cuanto sé,
lo poco,
y cuanto no sé,
lo mucho.

Es mi piel, mi aliento,
mi corazón, mi alma.
Lo siento, lo lloro,
lo río, me alegro,
me entristece;
es el color, es la luz.
Dios no aparece y desaparece,
no es un sueño inconsciente,
no es el miedo que nos desampara,
es la realidad viva;
llama que calienta el alma,
sopor que mitiga la herida,
camino que nos muestra el fin,
la vida cuando termina.

Dios no me confunde, que yo soy el caos;
soy el turbio cristal ciego, el instinto sin medida.
Es mi Dios el compendio
donde espero la riqueza de su Amor,
la dulzura de su paternidad,
la sonrisa de su alegría que por igual
inunde todos los poros de mi alma.

¿Quién soy yo sin mi Padre?
¿Podría, huérfano, encontrar el cielo?
¿Qué es el cielo?
¿Dónde está, Padre, el cielo?
El cielo es la herida profunda
donde se pierde el dolor
y se recupera el dulce letargo
de la felicidad completa.

Para hacer tabla rasa con tu vida,
que se escapa por la espita de mil enfermedades
(no mueres de una, sino de la suma de todas),
repartes generoso tu mundo,
espiga que al fuego consume.

Unos pocos libros,
un misal sobado,
una butaca añosa,
un cáliz de plata gastado
y tanto dinero,
que con él no pudo comprarse
la sábana con la que te amortajaron.

Regalaste tu vida paso a paso,
así hasta el postrer suspiro
donde, consumido y esperanzado,
miraste de ansia el firmamento,
la infinita entelequia,
el don que ampara generoso
la utopía del hombre convencido.

Se abrió el cielo al fin,
cánticos de Gloria
catarata de Amor.
La Luz, saludó
tu memoria.

POR LA GRACIA DE DIOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Viernes 24 Septiembre 2010 18:18

                                              

                                                                           

Cuando Felipe Nono, llamado el Apóstata, abjuró de la religión de sus mayores, alegó tres motivos para justificar decisión tan drástica: haber nacido rey, haberse criado rey y estar dispuesto a morir siendo rey por muchas vicisitudes adversas por las que tenga que pasar.

Felipe Nono, sin embargo, no llevó su apostasía al reino. Se conformó con haberla repudiado él solo, que no hizo extensiva su voluntad, ni siquiera a  la reina y aún menos a los príncipes, entonces de muy temprana edad.

El arzobispo don Manuel, legado Apostólico de Su Santidad Serenísima Vaticana, acuciado por los hechos reconvino con furor apostólico  al rey con la siguiente perorata:

 

- ¡Señor!. ¿cómo es posible que vos, rey, abjuréis de la religión de vuestros padres y que baséis vuestro descreimiento en naderías, como si fuerais uno de vuestros vulgares súbditos?.

 

El rey apóstata callaba la invectiva del purpurado sin mover uno solo de los músculos de su cara. El rey, mientas hablaba la autoridad de la Iglesia, convertía sus pensamientos en calderilla y se decía:

 

- ¿De qué forma es posible aunar mi autoridad con mi falta de fe y cómo es posible que el último de mis gobernados, que no súbditos, la fe le salve cuando a mi no me sirve ni siquiera para este poco tiempo en la tierra?.

 

El Nuncio don Manuel seguía hablando, viendo el silencio permisivo del rey y creyendo que sus palabras hacían mella en el duro pedernal que era el corazón de Felipe Nono.

 

- Ya no pensando –dijo- en la trascendencia que para vos supone la salvación de vuestra alma, también y más importante, el ejemplo que dais a vuestros súbditos y como estos, por mimetismo o imitación de su persona, pueden en vuestra estela perder el don más preciado que nos ha dado el Señor, la fe y por ende la felicidad en esta vida y la salvación eterna.

 

El rey, taciturno, callaba. Con la cabeza apoyada en el puño y el codo descansando en su rodilla, pensaba, como lo hizo antes, como ayer y también como hoy, algunos de los principios de la Iglesia de los que, la misma Iglesia, hacían mofa y ludibrio, cuando con sus actos ponían en solfa todas y cada una de las cosas que enseñaban.

Mientras, el Monseñor  le amenazaba con los males del infierno que se extenderían como mancha de aceite, no sólo a los miembros de su familia, “felizmente aún en el seno de la Madre Iglesia”, también a cuantos le rodeaban hasta convertir el reino,  en el reino de Satán.

 

- Si quien escribe en la pizarra –rumiaba el soberano- es más pecador que el que se sienta a escucharle en el pupitre, ¡cómo las enseñanzas de aquel pueden dirigir los pasos de éste!. ¿No es la moral única, no son sus cometidos iguales?. Si convenimos en la certeza del aserto, entonces, la afirmación tanto obliga al rey como al gobernado, al que enseña como al que es enseñado.

 

Y el rey continuaba, ahora confundido, diciendo: “tanto al zote como al genio, tanto al idiota como al listo….”

RECUERDO DE LA VIDA BELLA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 23 Septiembre 2010 18:51

         

 

Y un día,

cuando las flores hayan crecido más de diez veces,

tú pensarás:

el agua es clara,

el caracol perdió su concha,

y los árboles florecen y dan fruto.

 

Un día,

cuando el mundo se haya muerto más de diez veces,

tú pensarás:

la luna es redonda,

los caminos son igual de retorcidos,

y las noches acarician mientras pasan.

 

Un día,

cuando el sol haya perdido más de diez veces su fuerza,

tú pensarás:

la montaña es alta,

las estrellas se pierden en el firmamento,

mientras el aullido del lobo va de una a otra, como perdido.

 

Un día, el último,

cuando tus manos las hayas visto envejecer mas de mil veces,

tú pensarás:

la risa es bella,

si encontré su belleza,

antes que se perdiera confundida.

 

                                                  

 

 

GUMERSINDO DE OTRANTO Y GERARDA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Miércoles 22 Septiembre 2010 18:19

 

Con decisión, hasta entonces nunca demostrada, Gerarda Inusita llamó a Gumer de Otranto hasta el baño donde se encontraba.

Gumersindo, que acababa de entrar en la habitación de la joven impedida, sin palabras que suplía con una sonrisa de oreja a oreja se acercó hasta la muchacha. Esta, cuando le tuvo a su lado, al tiempo que le tomaba de la mano le dijo:

 

- Cierra la puerta con pestillo y vuelve hasta mí.

 

Hizo el muchacho lo que le pedían con diligencia y con idéntica prisa se volvió a aproximar a la silla de ruedas de su amiga Gerarda.

 

- La princesa está servida – le dijo, sin cejar en su sonrisa cada minuto más expectante.

- Sí, todo deberá desarrollarse según lo previsto. Para ello de aquí en adelante, al menos en los próximos 15 minutos, deberás acatar con complacencia cuanto me dispongo a hacer.

 

Y mirando la cara de perplejidad de Gumersindo, le añadió:

 

- Es al tiempo mi venganza y mi perdón. No obstante, antes de dar el primer paso debes de jurarme que seré la dueña de todos los actos que me dispongo a hacer. Por más que te parezcan extraños, por más que creas que no vienen a cuento. Tú guardarás en todo momento silencio o cuanto más continuarás con esta sonrisa de incredulidad que adorna tu cara. ¡Ah!, y no temas, no está en mi ánimo hacerte daño. Por el contrario, con lo que me propongo hacer busco que nunca más en la vida puedas olvidarme, ni siquiera por las horas que tiene un día.

 

Asintió sin palabras Gumersindo y se dejó hacer.

Gerarda entonces le atrajo más si cabe hasta su silla de ruedas, pegándole, de pie como estaba, contra uno de sus costados. Gumersindo, que sintió la fuerza con que era atraído le dijo:

 

- Me tiras, Gerarda.

- Prometiste guardar silencio. Cierra lo ojos. Todo pasará en unos pocos minutos.

 

Con ellos cerrados, notó Gumer que le revolvía la camisa a la altura del  pantalón. Cuando las manos de Gerarda le hurgaban en busca de no se sabe muy bien qué, pensó el muchacho en una broma, en una salida de tono inédita y comenzó a reírse con espasmos nerviosos.

 

- Calla, hombre, calla, no seas tiquismiquis.

 

Se prometió Gumer muy dentro de si no volver a exhalar ni el más pequeño ruido. “Así, se dijo, se hunda el mundo”. Claro es que no sabia entonces que, una vez desabrochado el cinto y el botón de los pantalones, bajada la cremallera de estos y los calzones, debería de ¿soportar?, “no, en modo alguno esta es la palabra exacta”. Mejor sería decir que algo irreal le ocurría. No es, en modo alguno, repito, que no supiera que es lo que le estaba haciendo Gerarda, pues otras muchas veces el sexo oral lo había tenido con su novia, pero la sensación placentea que comenzaba a correrle por las venas, algo no experimentado hasta el momento, sin duda era la primera vez que lo experimentaba.

Fueron pocos minutos, menos que aquellos en que el tiempo se dilata y se encuentra la otra dimensión, aquella que nos permite encerrar en un sueño, mil años. Si, mil y un años para no quedarme corto. Un instante para vivir toda la vida.

 

                                             

 

 

VEREDA FINAL DEL CAMINO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 21 Septiembre 2010 18:20

Se llama mi amor

y es apenas una niña.

La llamo y es mí ser,

por ella es por la que vivo.

Vivo sí en ella,

ajeno a cuanto pasa,

habito en su risa,

y es su pesar mi tristeza.

La llamo y me mira,

la beso y me huye,

el juego eterno,

del niño y el viejo.

La oigo cantar,

por más que en silencio esté,

que todo es risueño,

el sueño del despertar.

Hoy viene a su casa,

para llenarla, vacía como está.

Hoy entrará, como si hubiera salido,

la ensoñación interminable de la imaginación.

Volveré a mirar en sus ojos,

y en ellos como si el mar fuera,

nadaré mecido por la felicidad,

la gloria que regala conmigo.

¿Sabes?- Sólo una cosa me llena de pena,

la certidumbre de perderte,

y más, mucho más,

que sea yo la causa de tus lágrimas.

No soy un loco, sino un cuerdo,

que en la última vereda del camino,

siente como propia tu existencia

y no poderla disfrutar entera.

Quiero tu recuerdo ahíto,

de aquellas canciones y aquellas sonrisas,

que en la marcha las oiga

y en ellas cante yo,

como si gloria fuera,

compartido dúo contigo.

EL MONO Y EL HIGO

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 20 Septiembre 2010 18:24

 

Poco más de 35 años vivió un mono arisco, escapado de un zoo, en la higuera perdida de un huerto lejano.

Durante todo este tiempo, el pobre animal se alimentó de los brotes tiernos de la higuera, de sus hojas más delicadas y de las posturas de los cuervos que, ignorando el peligro, construían sus nidos en las más empingorotadas ramas, depositando sus huevos en ellos y creyendo que alli estaban a salvo de cualquier contingencia.

Los higos, cuando llegaba su tiempo de maduración, eran despreciados por el simio que vio en ellos, aquello que su madre le dijo un día siendo él, aún un mono de pocos meses:

 

- ¡Hijo!, cuidado con tales engendros, son ventosidades del demonio o aún peor, veneno plantado por los hombres, nuestros descendientes más crueles y desconocidos.

 

Y para demostrárselo, pisó uno de estos higos de suelo, quien reventó en humo y en malos olores. Nunca llegaría a saber, el todavía joven orangután, que tales higos eran en realidad cuescos de lobo secos, hongos que crecían sobre la tierra y que por parecerse a los higos, habiéndolos probado su madre, de forma tan rotundamente despreciaba.

Así se sucedieron los años en aquella rígida y estricta dieta. Todo ellos huyendo de su proximidad, que nunca se atrevió a tocarlos, hasta aquel día que, sintiéndose enfermo y a punto de morir, muerto igualmente de inanición, y puesto que la defunción era cierta, se dijo que nada peor podrían traerle aquellos higos que también olían en su casa de la higuera.

Con tal determinación tomó el fruto más próximo a su mano y con el miedo en la boca, esperando que al triturarlo salieran los humores descritos por su madre, tímidamente y no sin asombro, compuso sus ojos de asombro y su cara en rictus de satisfacción cuando mordió, ávido, descubriendo su tan delicioso sabor como suave caricia para el paladar.

Por eso, por todo ello, en sus postreros momentos, el mono anciano se decía confundido, compendiando en un pensamiento su vida, lo lejos que había estado siempre de la verdad y cuan dulce podría haber sido ésta.

 

                                             

 

 

UMBRÍO SE HACE EL ATARDECER

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 17 Septiembre 2010 18:14

 

 

 

Se hizo opaca la luz en tu mirada,

fueron tus vestidos sombras de colores,

cuando perdió el brillo tu cabello,

al dejar de ser espejo de tu alma.

 

Intenta la luna romper entre estrellas,

mordaza celeste de su cautiverio,

queriendo a tu frente ponerla marfil,

quitarla la sombra, caricia redonda.

 

Misterio que veda, misterio del árbol,

nube de rectángulo por la carretera,

agujero desgarrado por nuestras miradas,

cansados los ojos en la oscuridad de la noche.

 

Noche que se funde en la carne,

latido que de rebelión palpita en tus entrañas,

la grieta que se abre finita en la mente,

en el espíritu que se revela tras la nada.  

 

 

                                           

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