2010 Octubre | Poemas y fábulas

Viagra

SE MUERE RUPERTO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 29 Octubre 2010 18:33

Se muere de amor.
dice:
Déjame llorar,
vengo de pena transido,
déjame llorar,
roto traigo el corazón herido.

Esto dijo Ruperto a Lucía,
mientras suspiraba recio,
por ver si en las entrañas le hacía,
pagar con dolor su desprecio.

Por necio Ruperto tenido,
luciérnaga le engaña astuta,
como si directora fuera,
manejando la batuta.

A todo el muchacho implora,
cual si fuera magdalena,
que no encuentra otro sitio,
donde quitarse las penas.

Al fin el hombre se marcha,
no sin exclamar primero,
que todo cuanto le ocurre,
la culpa es de un te quiero.

LECTURA Y MUSICA DEBEN DE IR DE LA MANO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 28 Octubre 2010 18:05

Durante muchos años, tantos que se pierden en el abismo de la memoria, Coscojal de los Desamparados, pueblo serrano situado en la cara sur de Gredos, al norte del río Tietar, fue considerado por sus gentes como una de las cunas del castellano. En tales consideraciones tenían su lengua y a fe que era mucho y muy bueno lo que se hablaba en el lugar. Por supuesto que esta afirmación para nada desmerece a San Millán de la Cogolla ni al monasterio de Silos.

Pero como casi nunca la felicidad es completa, en el último, postrero tercio del siglo pasado, Coscojal dejó de ser lo que fue y de su cultura, aprendida en los libros y ejercitada por sus gentes en el juego de las palabras, se ha pasado a la cultura de la música… ruidosa. Es decir, se abandonó la lectura, por nociva para la salud -según ha alertado uno de los ediles del Ayuntamiento, las grandes posaderas de los coscojos eran consecuencia directa de sus muchas horas dedicadas al arte de desentrañar las letras- para instalarnos, de hoz y coz, en el “rokódromo” del chillido, del ruido feroz por estruendo y de la zarabanda sin sentido.

Porque lejos está de nosotros zaherir la música y muy próximo está del alma el acorde, suspiro de la belleza, declaramos, aquí y ahora, nuestro amor por esta disciplina, tanto en cuanto reaviva el espíritu como que a la carne infunde pasión. Estamos, sólo y nada menos que en contra de la estridencia y del alarido insutil que produce la sordera, estamos a favor de cuanta música mece al ser humano haciendo brotar de él lo mejor y más caro de sus sentimientos, lo mejor y más caro de cuanto acuna dentro.
La juventud - pues fue en este estamento social donde el virus arraigó con más fuerza, en las mentes más propicias de Coscojal- comenzó a comunicarse mediante ruidos tan sobrepasados de decibelios que muy pronto, a los ojos de los mayores del lugar, estos muchachos se convirtieron en gentes extrañas.

La consecuencia inmediata fue que, la biblioteca, honor y lustre nunca bien ponderada, la sustituyeron por la fonoteca y sus mesas de lectura desaparecieron dajando en su lugar un vano suficiente para “poder mover el esqueleto” al son del desequilibrio acústico. Allí murió Mozart, se extinguió Falla, desapareció Beethoven y erradicaron a Albéniz. Por todos los rincones triunfaron los berridos foráneos, los aullidos autóctonos y los feroces rugidos indígenas.

En olor de multitud surgieron Langostino de Jerez, Pepe de la Costra –el apelativo se lo ganó a pulso y en base al poco apego que demostraba al aseo, tanto en sus conciertos como en su vida diaria- Lechuguino de Getafe y, no de los menos importantes, El Desaparecido de Coscojo.

Era de verse cómo el silencio sucedía a la noche donde el ruido había tenido su morada, cómo las buenas gentes del lugar se cruzaban los unos con los otros sin hablarse, que tenían sordos los tímpanos por maltratados y el miedo al cambio metido en el cuerpo.

Aquella juventud ruidosa y dicharachera se apoderaba del silencio con las primeras sombras y hacían de él el mayor de los divertimentos. Con el tiempo, esta misma generación, sin dejar paso a la siguiente que igualmente se habían olvidado de la sucesión natural de la vida, se les trabucó el habla hasta tener dificultad en expresarse, si no era mediante ruidos y silbidos. Así, no era extraño verles saludarse mediante volteos de brazos acompañados de sonoras estridencias que a borbotones les salían de la boca.
Tales hechos causaron tanta conmoción que, denunciados por el alcalde, el único que al parecer se había dado cuanta de la catástrofe –él mismo que, por pereza mental, había permitido cambiar la biblioteca por la fonoteca- sin quitar ésta, habilitó aquella, mandando al infierno de las llamas a los discos compactos de la Costra, Lechuguino y cuantos zahirientes cantantes, beodos de la vida, se le pusieron por delante. A los chicos y no tan chicos, les exhortó con estas palabras:

- ¡Leed, lechuguinos, capullos ignorantes, lelos modorros, leed! El hombre, para poder pensar - les siguió exhortando-, para desarrollarse intelectualmente necesita del silencio que produce la lectura y el pensamiento. Necesita del silencio y de la paz que emana de la música, necesita imperativamente de su voluntad amplia y férrea que hace que un niño se convierta en un hombre verdadero.

Y se le fue la fuerza, y apenas si le quedó voz, porque contra su costumbre, sin duda por el mucho tiempo que había guardado silencio, se había puesto, poseso, a gritar.

HUNDIDAS CUANDO NO MUERTAS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 27 Octubre 2010 18:15

Cerrado está mi pecho a la esperanza,
borrado quiero de mi corazón tu recuerdo,
sólo una leve herida, un dolor quedo,
ateridas mantiene las venas de mi vida.

Fue mi mano a tu puerta llamando,
mi corazón a tu corazón siguiendo,
y un muro y mil piedras se opusieron,
para hacer, dijiste, la esperanza vana.

Hoy, como el ayer, ya es pasado,
más aún vivos me quedan tus presencias,
aunque ya hundidas y yertas,
como el camino andado de tierra fenecido.

Porque te marchaste, en la ansiedad perdido,
se hizo el silencio y la armonía del viento,
en ese vuelo que es música de soledad,
vine en ser místico y contradictorio al tiempo.

Volveré raudo a trocar mi vida,
quiero en ella crear si puedo,
aún cuando seco el alma y el corazón ciego,
en vano intente seguir queriendo.

DON SALUS, O DE CÓMO LA LECTURA MAL DIGERIDA PRODUCE CAOS CEREBRALES

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 26 Octubre 2010 18:12

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Salustiano García de Peñagrande vio la luz debajo de la primera arcada del puente que, sobre el río Tajo, han construido a su paso por Talavera de la Reina. Salus duró, debajo del puente referido diez años. Ni uno más ni uno menos. A esta edad tomó el hato y no se le ha vuelto a ver por Toledo ni por sus alrededores.

- ¿Sabía usted que a esta edad temprana ya le habían salvado de las aguas treinta y dos veces?
- Pues mire, no. Es un dato que sin duda redondea sus inquietudes incipientes.

De buena mañana, un día apenas reseñado, se enganchó a la trasera del camión de un circo y se marchó a ver mundos. Por tan variados caminos se fue haciendo un hombre, imponiéndose en los rudimentos del oficio de saltimbanqui. Así aprendió a echar de comer a los animales, a barrer la pista, una y otra vez hasta la extenuación, a bruñir las anillas y el trapecio, a enjaretar las sillas desportilladas, y a otras muchas artesanías prolijas de enumerar.
Una noche, tras el arqueo ruinoso de la última sesión, le pusieron en la calle. Dos billetes de cien euros y un saco de libros por toda indemnización sacó de la experiencia, además de añadírsele quince años más al talego de la vida y un gran conocimiento de la vida circense. Salus, en la calle, se comió las doscientos euros en un decir amén, que era mucho estirar la necesidad. Al tercer día de gazuza se empleó en una tienda de electrodomésticos y como el saco de libros le pesaba y de poco le servía, que nunca había hecho nada por acercárseles, con cada cachivache vendido regalaba un libro.

- Si, señora, ha oído usted bien. Una compra, un volumen y de la cuantía de lo adquirido habla el mayor o menor número de páginas. A mayor cantidad le corresponde volumen más grueso y Santas Pascuas, que a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

Y entre tales latiguillos de Pascuas y Pedros, percatándose de las grandes posibilidades que tenía la venta ambulante se independizó y puso tienda itinerante. Por la compra de una cafetera exprés regalaba un Quijote ilustrado y por un juego de mantas zamoranas, el antepenúltimo del Planeta. Elevado un peldaño en la escala social, que sabía don Salustio complacer a su clientela, subieron sus recursos monetarios y con ellos el tiempo y la molicie. Así, un buen día, cansado se paró en medio de la nada y se puso a leer, cosa por demás insólita, uno de los libros. Y aquí fue Troya. Desde aquel momento, la mula torda guiaba sola el carromato y por aquí iba y por allí tropezaba, siempre en traqueteante abandono, que el dueño y señor iba enfrascado en la lectura que acababa de descubrir.
Tal fue el hallazgo y el asombro que recibió que, en los feriales de aquellos días y días sucesivos, al regalar el libro con la porcelana fina que comerciaba sufría tal disgusto que hasta en el rictus de la cara se le notaba, dándoles siempre de mala gana como si se desprendiera de un amigo.
En tales asuntos y cometidos, recorriendo mitad y cuarto de la península, se lo pasó don Salustiano sin enterarse. Ya no hubo otra cosa que la lectura, borrando de sí los bellos paisajes en los que tanto se complacía, olvidándose de los hielos del invierno y de los calores tórridos del verano. En estas abstracciones subió y bajó, fue y vino e hizo tanto dinero por la venta de sartenes con tapadera que, bajándose un día del carromato, sin premeditación alguna exclamó:

- Hasta aquí hemos llegado. Ni un paso más en la vida que he dejado de ser peonzo y quiero convertirme en persona de provecho.

Y en aquel mismo lugar, Coscojal de los Desamparados, fundó la casa matriz de lo que suponía iba a ser un gran emporio.

* * *

- Benitín, hijo, acércame el glosario de términos políticos que me hallo inmerso en la lectura provechosa por la que se aprende a gobernar un país – pidió don Salustiano a uno de los dependientes, dándole grandes voces al muchacho, que se encontraba al otro lado del mostrador de la tienda.
- Voy don Salus, en cuanto envuelva al cliente su compra.

En este punto comenzó la tragedia. Tanto le dio don Salus a los libros de la política y de tal manera le empacharon el cerebro que, sin encomendarse a nadie y menos al sentido común, salió un día al ágora del pueblo y allí, dirigiéndose a sus convecinos les explicó primero el arte que acababa de aprender y después les sermoneó para que aceptaran su ideal de vida o se dispusieran a recibir la nueva ideología que acababa de inventar.

- ¿No irá contra la iglesia instituida?, que bastante tenemos ya con don Evodio - preguntó Silbato Gerundio Pozas.
- Dios me libre, Gerundio, hermano. Pero, como la Iglesia, crearemos un mundo nuevo para este municipio de Coscojal de los Desamparados. Para ello dejaremos de ser los olvidados, recordándonos, los unos a los otros, que somos únicos e irremplazables.

Cada jueves al mediodía y cada sábado y domingo antes o después de la siesta, el tendero explicaba a los del lugar la importancia de los “istmos” en política y así, habiendo empezado con el caciquismo, había continuado por el pacifismo, el neutralismo, pasando, -después de dejar atrás al belicismo- a los extremismos, al terrorismo, al autonomismo, los nacionalismos, encontrándose en estos momentos imbuido en el federalismo como antesala natural del separatismo.
La lectura diaria de los periódicos, donde todas y cada una de estas palabras salían con frecuencia a relucir le exaltaban tanto, como le habían complacido sus estudios en los libros. Posiblemente, a resultas de tal apasionamiento fue radicalizando sus ansias y de enseñar pasó a poner en práctica sus ideas.

- Si una parte de España quiere su autonomía como antesala de la independencia, nosotros, por no ser menos, – explicaba a cuantos le quisieran escuchar – huérfanos de tapujos, pedimos la inmediata emancipación de Coscojal de los Desamparados.

La mayor parte de las gentes criticaban el oportunismo de don Salustiano, la salida de tono y la intemperancia cerebral del sujeto. Y otras gentes, porque se apuntaban al carro que podría remediar sus necesidades, alababan sus ideas y al ostentoso grito de ¡basta!, se apresuraban a proclamar el estado soberano de Coscojal, ya sin apéndice humillante que dervirtua el rotundo y redondo nombre.
“Por un Coscojal libre” – gritaban los reunidos, más de veinte de los ciudadanos más influyentes y vociferantes, puesto que sus actividades últimas les habían sacado del anonimato ancestral. Mientras, don Salus se mostraba arrogante y hacia frente a la jerarquía, galleando y dando ultimátum sin cuento, “porque el poder, – decía - caerá en mis manos como fruto maduro”.
A don Salustiano, el caos producido por la lectura sin tasa y sin orden, hizo que, las fuerzas vivas, cansadas de sus locuras e impertinencias, delegaran en las otras sanitarias y éstas, a la vista de obsesión tan perniciosa, le encerraran de por vida en un sanatorio psiquiátrico.
Mas la locura, contra lo que se pueda pensar, no terminó aquí, el germen estaba echado y sus seguidores, ahora ya legión, se apresuraron a ensalzar y hasta publicaron en un libro-folleto, la recopilación de los pasajes más interesantes del iluminado, recogiendo en sus páginas el conjunto de sus enseñanzas.
Las autoridades, una vez más, no tomaron el hecho en consideración. Por el contrario, se rieron de los despropósitos vertidos en el panfleto, no creyendo necesario su extinción en la hoguera purificadora donde se quema por igual la cizaña y los radicalismos.
Algunos años después, cuando don Salustiano García de Peñagrande, el orate, había pasado a mejor vida, los seguidores se contaban por un ciento. Poco menos de la mitad de los habitantes del pueblo. Estos, reunidos en la explanada del Ayuntamiento, pidieron solemnemente la autodeterminación para Coscojal. La manifestación, para befa y escarnio de las autoridades condescendientes, iba encabezada por las jerarquías actuales, sin duda sabedoras del empuje tremendo de las corrientes en boga.

DESPERTAR DESESPERANZADO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 25 Octubre 2010 18:32

 

Regáñame Señor porque estoy,
en esta vida sin sombra.
Mándame la hora suprema,
esa que existe sin mancilla.

Gime la carne de dolor herida,
llora de cansancio el alma,
desespera el corazón latiendo,
la sangre en torrente huída.

La risa tengo de envidia olvidada,
sólo es tristeza el camino,
donde los árboles de luces apagadas
enturbian el hondo abismo, mi sino.

Nadie hay quien acariciando mi sien,
pronuncie palabras que en el alma vivan,
nadie hay que estrechándome entre sus brazos,
vivifique de pasión la vida.

Ando a la carrera y descanso sin parar,
la impaciencia grita dentro carcomiendo el habla,
y tengo, de tan cerradas las ventanas,
ciego los ojos y sin luces el ánima.

Tu mano en mi frente pon,
tu aliento en mi pecho sea,
y veras que la alegría retorna,
cuando a la desazón derrota.

ANDAMIAJE EN TIERRA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 22 Octubre 2010 18:42

Cuando ocurren las cosas y éstas no han sido en profundidad pensadas, dejan un regusto salobre, como el que experimentó Evaristo Encisto cuando descubrió, a tan temprana edad, que aquello más sagrado, como es el amor, ya experimentado y fracasado, no se correspondía con lo escuchado, que todo, se decía serio el muchacho, quedaba reducido a una bonita metáfora que, si bien facilitaban mejor la comprensión, en realidad, como las burbujas de jabón, se deshacían prestas en el aire.

Visto el tema con despegue, a cierta distancia en el tiempo de los hechos acaecidos, parecía lógico y natural que así hubieran ocurrido. Desentrañado desde dentro de su corazón, componía el descubrimiento una feroz desilusión. Cierto se le hacía que lo fundamental existía, que destruido el andamiaje, como había ocurrido, sin embargo había quedado el palacio en pie, una construcción bellísima donde los ojos quedaban prendidos y admirados. Su queja era otra, culpaba a quienes jugaban, posiblemente sin proponérselo, con la imaginación de un niño, es decir, sembraban sin límites ni fronteras en campos sin labrar. A través de ella, aquella queja, sin par y sin fin, se había venido abajo dentro de su corazón.

El hombre, lo sabia ahora, no era tampoco como le habían explicado, la feliz réplica de su Creador, era si acaso la turbia sombra en la que se amparaban todos aquellos que por soberbia aspiraban a ser Dios.

Toda su juventud, aún no abandonada, había estado llena de mentiras, de aquí la frustración que sentía, la de creer en milagros, cuando los milagros nunca llegan a plasmarse, sino en la mente de un soñador.
Así vivía Evaristo, con la esperanza recóndita y no expresada de encontrar aquello que tanto sus padres como sus maestros le habían asegurado que existía, pero hasta el momento, sólo había encontrado mentiras y falsedad, también en los seres próximos, igualmente en aquellos que por su posición social tenían la obligación de dar ejemplo.

Desengañado pues de cuanto en la Tierra le ofrecían se consagró, en la inocencia, en el candor de su amigo Timbre, un espécimen tan opuesto a él que, cuando hablaba, a media voz, pues no sabía articular ninguna palabra, mirándole de frente a los ojos, el muchacho reconocía en ellos su amor.

Toda su vida, la de Timbre, la pasó Evaristo a su lado, sin despegarse apenas, porque nunca, nunca, Timbre le falló. De haber sabido hablar, de haber sabido comprender a la especie humana representada en su amigo, aquel perro llamado Timbre, sin duda le hubiera declarado su amor.

AL VIENTO, LA PRIMERA MUECA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 21 Octubre 2010 18:47

Desperté con la noche,
luz para mí del día,
donde quedan los muertos de la nada,
tendidas sus manos con porfía.

Sentí mi cuerpo,
descoyuntado a la carrera,
sentí la frente,
torturada en vano,
y mi corazón marchando aprisa,
por el lóbrego sendero de la apatía .

Más, por qué te cuento a ti esto,
base donde la columna asienta,
entre nubes barrocas de alegría,
donde grita el acero de tu habla,
donde los bordes se derraman en agonía.

Deja pues que tu sonrisa,
expanda al viento la primera mueca,
que ya las ausencias están sonando,
como corales en la mar umbría.

LA ESPATULOMAGA O LOS LIBROS DE DOÑA LEOPOLDA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 20 Octubre 2010 18:59

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Leopolda Soledad o doña Leopol, que de las dos maneras se la conoce en el vasto mundo de los Grandes Poderes, es mujer muy versada en espatulomancia y otras zarandajas de igual jaez, ciencias todas ellas dadas a la adivinación y a la magia, en cuanto estudian y hacen observancia de los huesos y su estricta lectura, sujeto activo, o pasivo, según se mire, del exacto vaticinio.

A doña Leopol, desde tiempo inmemorial, aunque aun se conserva joven y de muy buen ver y pasar, la enseñó su marido, don Teodorito Rito To - en los carteles - un fenómeno en la materia, (que en paz descanse con las malas pulgas que se gastaba en vida ) y a este su padre, y a su padre su abuelo, y así hasta llegar a la Prehistoria, o antes, que era larga la saga. Tan sólo, aseguraba la mujer en “petite comité”, se dejaron de usar, artes tan sutiles durante el período infertil y oscurantista de la Edad Media, y ello para no poner en peligro la continuidad y la tradición, pues por aquellos remotos tiempos, ya es algo requetesabido, te ponían una tea al pie por mucho menos de quítame de ahí esas pajas y póngamelas allá, que están mejor y mas aparentes.

La espatulomaga - nombre este inventado por su Teodorito Rito To, a punto de entrar en el DRAE - día si, y noche también, ! qué mas tiene !, tendía su parva de huesos y ! hala !, a dejarse el párpado en ellos. Doña Leopol sabia del sacrificio que cuestan las cosas.

Los tenía de gallina, gallo y pollo, previa degustación de sus carnes adquiridas honradamente con lo que había ganado interpretando otro tuétanos. Los tenía de liebres finas, conejos gordos y gazapos recientes. Los tenía de recentales de oveja y cabra, aunque menos, debido a su volúmenes en los dos casos. Y en fin, de gato y de perro, aunque a estos los habían desollado otros, limpiado otros, y puestos al oreo otros, que a doña Leopol no le gustaba lo que no se iba a comer.

Una vez secos y amarillos - los huesos tienden en un primer momento a ajarse con un color pajizo, para luego devenir en blanco que es como decir a ningún color - la espatulomaga los pintaba con los colores del abejaruco y de las oropéndolas, que son estos pájaros ricos en tonos y de grande atracción para doña Leopolda Soledad. Una vez coloreados, en ranchos, trazos desiguales o iguales, manchones abstractos etc., ya se encontraban dispuestos para ser echados. Y aquí viene el intríngulis y del por qué, unas personas son clarividentes y otras no. Del por qué tantos son los que lo intentan y tan pocos son los que se licencian en la materia. No hay duda de que todo se debe al desconocimiento de las dificultades ocultas y que son desconocidas, aunque obvias, para la mayor parte del género humano. Estas son:

1º.- Hay que esparcir los huesos sobre una superficie accidentada y de un solo color, sin que ninguna de las piezas que forman el esqueleto se haya perdido, porque todas deben formar parte del dibujo esotérico final.

2º.- Los huesos, todos, deben de estar ordenados desde la cabeza al calcáneo, siguiendo la cadencia de los números, su orden. Así, respetándose el lugar donde hayan caído, se unen por un trazo sutil, tan sólo percibido por el iniciado, dando lugar cada vez a un dibujo diferente y complejo que desentrañará el futuro.

Alterar cualquiera de estos ordenes supondría desvirtuar de forma grave el mensaje dado al interpretador o clarividente y por tanto al sujeto que podría pasar de agraciado a desgraciado o viceversa. ” Son cuestiones estas - decía la espatulomaga - resueltas de antemano, que no admiten controversia alguna. Así han sido siempre y así lo seguirán siendo ”

Los mismos huesos, a más del dibujo que forman en sus diferentes uniones, indican, tanto por la posición y el lugar que han caído, circunstancias precisas tales como el Poder: los huesos donde residen estas facultades son las falanges, los falangines y las falangetas o el cubito y el radio, de acuerdo con el esqueleto estudiado; la Sexualidad: los huesos pélvicos primordialmente, y algunas costillas las más cercanas a las mamas; los Accidentes: rotulas, tibias y peronés; o la Muerte o la Sabiduría: los propios de la calavera.

- Pero, doña Leopolda Soledad, todas estas especulaciones, ¿de donde las saca?, porque tengo entendido que es usted analfabeta - le objetó don Rufiniano, su vecino, pasante de abogado y muy metido en la ciencia experimental.

- Ay, Señor - exclamó la espatulomaga - la ignorancia de la gente traspasa los confines de lo irracional.

E indicando con el dedo índice de su mano siniestra el acervo de huesos que tenía recogidos en el guruño de su falda dijo:

- Estos son mis poderes, estos las páginas de mis libros que me apresto a escribir, quien quiera entenderlo que lo entienda y el que no, que le den morcilla.

Y aún añadió.

- Yo escribo los libros así, con letras distintas en un alfabeto por escribir; en el abecedario de los sueños, donde todos cuantos componemos la Humanidad estamos abocados.

DELIRIO ZOANTRÓPICO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 19 Octubre 2010 18:45

Oscura perra soy, cruce de zorra y lobo tengo.
Tres veces tres, animal feroz sediento,
Triste basilisco que mata con el aliento,
hidra de brazos retorcidos en mi cabeza sostengo.

Soy bífida, serpenteante culebra de mordisco letal,
tigre sanguinario de sed nunca apagada.
Expuesta al sol lagartija infeliz de cola cortada.
Mugiente toro hispano de cornada fatal.

Mono soy entre las ramas escondido.
Orangután en el árbol de la selva intrincada.
Pequeño ratón de hambre confundido.

LOS PREMIOS LITERARIOS

Posteado por José Luis Martín | General | Lunes 18 Octubre 2010 18:20

Cualquier premio distingue a quien los recibe, si es con esta intención con la que se concede, aclarado queda. Cuando el premio es literario, singulariza a la persona por sus méritos como escritor, ya sea de poesía, novela o teatro, sin olvidarnos del periodismo que es materia esta igualmente literaria, aunque rápida, servida en caliente o al menos y casi la mayor parte de las veces con menos tiempo de reflexión que las otras expresiones nombradas.

Hasta hace poco tiempo, estos premios brillaban por su ausencia, salvo honrosas excepciones hay que convenir que eran pocos y ruinosos. Los mecenas del país pensarían, no sin razón que los escribidores indígenas bien podían mantenerse como dicen que lo hacen los meteorólogos, del aire.

En aquel entonces, es decir en tiempos pasados nunca remotos, la obtención de la prebenda era un don del cielo, pues como maná bajaba de él, y como tal era considerado por todos, incluidos los lectores que se beneficiaban de un crítica verdadera, fácil y al alcance de cualquiera, pues la distinción en un tanto por ciento de las veces muy elevado, estaba irreprochablemente concedida.

En los tiempos que corren, el número de los premios se ha multiplicado por el infinito. Los hay, como es el decir coloquial; grandes, pequeños y de medio pelo, sin que con tal enumeración se atreva uno a distinguir muy bien las diferencias que deben ser fundamentales entre ellos, cuando es que todos deberían estar cortados por el rasero del fin prístino. Con esta abundancia - cuerno de la fortuna para tanto desheredado que encuentra en el momio la fanfarria de la popularidad y del ir tirando como Dios - nos ha sobrevenido algo por demás esperado, la falta de calidad en lo que se presupone hito. El genio premiado en demasiadas ocasiones lo es por amiguismo, vano circunloquio debido al “marketing” como razón, al regalado ditirambo, mal empleado y peor soportado, cuando no a infamantes causas por todos conocidas y ya en demasiadas bocas comentadas. La calidad ha dejado de ser el baremo por el que se mide el premio; vale ahora mucho mas la salida de pata de banco, el trabajo a salto de mata, el exabrupto unido a la puerilidad, por más que esta se peine en cabeza canosa, monda y falta de arquitectura interior, que la estricta regla, la imaginación y el trabajo llevado hasta la extenuación. Se hace caridad sobre caridad -por la repetición al premiado - y así, como no puede ser de otra manera, se llega a que el infrascrito se crea un genio, cuando por todo motivo tiene una sandez ensartada en la mas parvularia y necia de las expresiones.

El buen gusto ha sido asesinado con nocturnidad alevosa, que es en estos cenáculos en donde con mas asiduidad se reparten degradantes sinecuras en voz baja, sin que, no sin vergüenza ajena, -liporía-, nos atrevamos a preguntar a los críticos donde esta su sindéresis, o lo que es lo mismo, su capacidad para juzgar con rigor y acierto el trabajo de los demás.
Es decir, cada uno de los escritos que caen en sus manos y que, mediante el debido análisis de sus páginas avisan al lector de su contenido, para que a la vista de él, estos, aflojen los dineros que les cuesta o puedan retraerse de la compra. Hacer de esta función básica dejación, no es otra cosa que, o falta de preparación, que también de esta fruta tenemos en abundancia en la viña del Señor, o lo que es mas grave, el infamante plato de lentejas por el cual nos vendemos. (Las lentejas, en estos tiempos, son viandas servidas sobre mejores y mas valiosos cubiertos que aquellos que fueron utilizados para comprar la primogenitura de Esaú, devorado por el hambre y su voluntad quebradiza).

No estamos, en modo alguno en contra de los premios. Las distinciones sirven, entre otras muchas razones y posiblemente las primeras, para encontrar valores jóvenes que sin esta causa les sería muy difícil de aflorar. Ahora bien, de aquí a hacer de ellas patio de Monipodio, donde todo valga con tal de que el engendro envuelto en miseria sea el nivel mas alto que se tenga que saltar, va un trecho demasiadas veces permitido, cuando no jaleado por editores poco escrupulosos y público cada vez mas amplio, malformado.

Esperemos el milagrito del deseado cambio.

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