2010 Octubre | Poemas y fábulas - Part 2

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CALLAD. ERA MÍ PADRE

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 15 Octubre 2010 18:29

 

¿Sabes? Han vuelto aquello miedos,
fantasmas que yo iba a refugiar en tus rodillas.
Han vuelto y están vivos y ahora,
ya no te tengo.

Callad. Es mi padre.

Han vuelto tantas cosas.
Volvió la soledad de no tenerte,
tu ausencia que es como un estilete,
que brutal ahondara, cada vez más,
un poquito más en la carne.

Callad. Que es mi padre.

Allí estabas tú. Ya viejo,
casi sin darnos cuenta,
casi sin ver,
como dolor terebrante en nuestras almas.
Pero estabas…

Callad. No despertéis a mi padre.

Mirarte y recordarte es una queja feliz,
un aullido de humanidad lastimada,
un lloro de recuerdos.
Mirarte era quererte, era tenerte,
era acariciar la carne de un niño,
en la piel arrugada de un anciano.

Callad. Me duele mi padre.

Un día, ni bueno ni malo,
vino la muerte y se lo llevó con ella.
No hubo extrañeza, lo sabíamos,
sabíamos que tenía que venir y pronto.
Más ocurre que, a pesar de todo,
nos cogió de sorpresa.

Callad. Era mi padre.

CUÉNTELE UN CUENTO

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 14 Octubre 2010 18:02

- ¡ Cuéntele un cuento ! Si quiere usted que su hijo Leopoldito se recupere de las malditas paperas, ¡ cuéntele un cuento ! - le dijo don Bernabé a su amigo Sisenando, al tiempo que dejaba caer, a lo largo de su caballuna cara, una amplia sonrisa llena a la vez de ironía y un punto de satisfacción. ¡Me ha entendido!

Ante la expresión cándida de don Sisenando, cándida y sorprendida se apresuró a añadirle:

- Desarrugue el ceño contrariado y deje de mirarme con tan compungida cara. No ve, ¡alma de Dios!, que se lo estoy diciendo con toda la seriedad y el rigor que hace al caso. Créame, don Sisenando, es formula comprobada y de efectos terapéuticos inmediatos. No hay nada mejor que regalar a la juventud la consabida cataplasma de optimismo; allí donde mas duela, allí se aplica.

Y don Sisenando, el hombre aludido y no menos confundido, le miro con benevolencia y un pellizco de desprecio, para a renglón seguido contestarle:

- No diga simplezas, don Bernabé, ¡ no ve que la cosa es seria, que la enfermedad de mi hijo no me mueve precisamente a risa !

- Por eso misma razón se lo digo. A los graves trances de la vida hay que oponerse con la fuerza mayor que tiene el hombre: su desbordante fantasía. ¡ Y usted me dirá si, en la mínima estructura de un cuento no se encuentra la ilusión, la quimera que el ser humano ha ido almacenando a lo largo de todas las existencias que le precedieron !

El bueno y pragmático de don Sisenando no le hizo caso. Estaría bueno. ¿Cómo ? ¡ de qué forma iba él ha acercarse a la cabecera de la cama donde a trancas y barrancas se debatía su hijo, enfebrecido siempre cuando no delirante y, sin costumbre, que mal recordaba haberle contado en su vida la brevedad de un chascarrillo, iba a desgranarle de golpe la explosión de un cuento !. Pero, ¡ hay milagro ! Cuando todo parecía perdido y la vida al cabo del niño paperoso a punto estaba de extinguirse, el padre, perdido en su impotencia, se sacó una mínima narración de debajo de no se cuantas memorias, recuerdos y tiempos que la vida le había echado encima. Su acatamiento empero, no se incardinaba en los remedios singulares de don Bernabé, pues no le daba la menor credibilidad, procedía de su desazón, de la terebrante angustia que le hacia transitar por caminos tortuosos.

Leopoldito, ¡al fin!, se recupero de las paperas sin secuela aparente. Más en un tris estuvieron en mandarle a marabalde, como decía su padre refiriéndose a la otra vida. Don Sisenando, no obstante, había quedado profundamente agradecido a su amigo Bernabé y se hacia lenguas de la conseja que a la postre y por milagro inexplicable había detenido el trance fatal.

- Bien es cierto - aseguraba satisfecho el progenitor de Leopoldito - que lo tomé a chacota, ¡ díganme, con la mano en el corazón, si no es esta la reacción mas lógica ante la chanza de una persona a la que estamos acostumbrados a ver prodigándose en tales divertimentos ! Si les aseguro, sin embargo, que gracias, Don Bernabé, me tiene hechas un ciento, aunque nunca estas gracias entre comillas se habían parecido al despropósito que les narro. Pero, hete aquí que Leopoldito empeora y heme yo confundido, desorientado y sin otros recursos ni opiniones, que desgraciadamente los de la ciencia parecían agotados, estrujándome los recuerdos lejanos de la niñez para ver si, a las mientes me venían, como a Scheherezade, las más entretenidas ocurrencias.

En aquel camino - quienes para su mal lo hayan recorrido tendrán aún la herida en el alma, que tal mortal angustia no logra cerrarse, por mucho tiempo que sobre ella pase - que largo fue y sinuoso de recorrer en tres interminables jornadas, al buen hombre le vinieron al caletre mil cuentos. Los unos en recuerdos hilvanados con los tiempos que corren, los más inventados y algunos, los menos, a él que los imaginaba, le pusieron la piel de gallina.

- Créame usted, don Filidoro, aquel ya lejano “cuéntele un cuento, hombre” que me recomendara mi amigo don Bernabé, me ha cambiado la vida. Tengo yo, mire por donde, un recuerdo nuevo para vivirla, un ansia renovada para no aburrirme de ella, y una ilusión para llenarlo de sueños, quimeras olvidadas en el devenir de la existencia.

Y don Filidoro, con el ánimo incrédulo, la voz pastosa y cavernaria, consecuencia de sus muchos años, preguntó

- Y dice usted que su vida le cambió radicalmente por el mero hecho de contar un cuento a su hijo Leopoldito.

- Contándole un cuento, si, pero, también escribiendo un libro, un libro donde se resumen mil vidas; aquellas que yo vivía en los limites de mi memoria y esta otra, mas llena donde doy cabida a todas las imaginaciones, a todos los sueños que inventan los personajes de mis cuentos.

PD.-Los cuentos de don Sisenando, al menos hasta estas fechas, no han visto la luz. Su narración va de boca en boca como los evangelios en su tiempo, por eso no es de extrañar que cualquier día se escriban con el nombre de otro y su contenido, con el contenido de la realidad, sea totalmente ficción o como se dice ahora, nada tenga que ver. O así, que la historia se escribe con muchas plumas o con una sola pluma con diferentes tintas.

MALETILLAS DE PLATA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 12 Octubre 2010 14:20

 

Cordones de escarcha pura,
por los bordes de la capa.
Finos alambres de cobre.
le ciñen a la garganta,
ilusiones por la noche,
que no la verdad amarga.

Cicatrices por los muslos,
en figuras de guadaña,
se están muriendo los hombres,
en los eriales de paja,
soñando con las estrellas,
con las estrellas de plata.

Hatillos que por los hombros,
van galopando la espalda,
pesando como maromas,
sobre los juncos del alba,
entre caminos de espuma,
igual que el color del agua.

Está la noche cayendo,
con sonrisas y con lágrimas,
incitando a los capotes,
a cruzar por las estacas,
brillantes picos de luna,
con aceros de mortaja.

Nubes que tocan la tierra,
dificultaban la danza,
llevándose entre vellones,
los pitones y la espada.
Los toros vomitan fuego,
clarines en la distancia.

Caminos secos, verano,
con olores de abundancia,
poniendo sobre la piel,
placas de sangre cuajada,
lirios, que al amanecer,
son estandartes de nácar.

DOÑA SOLEDAD Y EL AMOR

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 8 Octubre 2010 18:36

Doña Soledad Cienfuegos, por primera en su vida, se ha enamorado. Nada de extraño tiene la noticia, todo el mundo se enamora, al menos una vez en el curso de la existencia. Y el que así no lo hace, peor para él.

Lo extraño de tal situación viene dada por la edad de la enamorada. Doña Soledad, el próximo mes de noviembre, va a cumplir setenta y seis años.

-Bonita edad, no cree usted don Nicéforo para emprender una relación –dijo Eudoxio con manifiesta ironía.
-Bonita, sí, -le contestó el interpelado- y también envidiable. No olvide usted que el amor, a cualquier edad, conlleva juventud y de esta, es la vida.

Desde el día que doña Soledad se sintió tan profundamente enamorada, cuando estaba en el borde del precipicio, allí donde las esperanzas sucumben, recobró la energía. Y fue entonces cuando, llena de esa vitalidad, comenzó amargamente a quejarse de los muchos años frustrados, del tiempo perdido sin conocer el amor.

A todos cuantos curiosos preguntaron, pues extrañados del súbito cambio se acercaban a ella inquiriendo pormenores, les respondía con la felicidad que emanaba de su persona. Estos, admirados de la fuerza que doña Soledad ponía en su relación amorosa, hablaban de un milagro. Que maravilla es contemplar a una mujer, en el tiempo en el que el amor se olvida, para dejar paso a otros sentimientos más acordes con la edad, descubrir dentro de su corazón, la juventud postrera embargada de amor.

-Pues don Nicéforo, usted dirá lo que quiera, pero yo no he visto a la buena señora del brazo de su novio.
-Don Eudoxio, hermoso cafre, ¿acaso es el amor una pancarta portada por un energúmeno que advierta a los demás de nuestras satisfactorias situaciones?

- Yo por mi Felisa, créame, no diré eso tan manido que ahora, en tiempos de molicie intelectual, gritan los “juansintierra”, que por ella mato. Pero no me ponga usted en tan extrema situación.

Don Nicéforo y don Eudoxio, pese a sus dispares pareceres, miraban a doña Soledad con una simpatía recién despertada, tras su anuncio de su inesperado como oportuno enamoramiento..
Pasaron los años y la buena señora, hasta entonces retraída y muy lejos de las gentes, aún de sus vecinos, mudó tanto enteramente su carácter así como su comportamiento. La risa era su saludo, la rosa en el pecho su gracia, la gracia era un don regalado y en todos los momentos la alegría era su tarjeta de visita.

Sobre el enamorado fiel, del que hablaba sin parar, concediéndole todas y cada una de las virtudes que en la tierra se podrían encontrar, que un hombre al fin puede tener, un buen día, cuando ya habían pasado ocho años del levantamiento del secreto, a doña Soledad se le escaparon palabras incomprensibles para los oyentes. Dijo:

-Cuando me creo enamorada hasta el último de los sentimientos de mi alma, paso al siguiente y experimento sensaciones iguales que me producen idéntico placer junto a otras nuevas. Así me viene ocurriendo con cada cambio. Hoy pienso que éste es el culmen, el pináculo de lo esperado y el siguiente me eleva hasta la misma plataforma de la gloria.

Los rostros de los escuchantes, sin excepción, se ensombrecieron hasta hacerles pensar que una ruin nube les había borrado a ellos el cielo. La misma oscuridad se opuso a sus ojos, para hacer invisible a la heroína, que hasta entonces había sido doña Soledad. La virtud perdida. El logro mayor alcanzado cayó con la fuerza de un peso muerto desde los corazones de quienes la escuchaban.
Advirtió de inmediato la mujer el cambio y no supo, sin embargo, que decir, tampoco la dieron tiempo de explicar aquel absurdo en el que se había convertido su vida, huyeron como bandada de pájaros asustados por la presencia del cazador. Sólo resplandecía la mentira, la gran mentira en labios de la misma protagonista, -decían- mientras no dejaban de abjurar de aquella quimera astuta, de la mujer a la que todo un pueblo había rendido su admiración.

Por eso, don Nicéforo y don Eudoxio, que no habían asistido al deplorable evento, incrédulos los dos de cuanto oían y viendo que doña Soledad de nuevo se refugiaba en el fondo de su nombre, convinieron en llegar hasta su casa y preguntarla.

Así lo hicieron. Juntos llegaron hasta la puerta, quitándose materialmente el uno al otro la palabra, intentando explicar a la mujer el repudio causado por sus palabras al haber mantenido amores tantos, que el mismo don Juan Tenorio hubiera producido envidia.

Doña Soledad, adusta en el semblante, relajó este al comprender, al fin, el mal entendido y así, volvió a saltar de su boca la risa y sus labios se abrieron radiantes y sus ojos se llenaron de vida. Chispearon cuando, venciendo la confusión aclaró los hechos.

-Queridos Eudoxio y Nicéforo –les dijo- amigos míos, al cabo entiendo vuestro enfado y el de todas las demás buenas gentes. Todo se debe a una imprecisa explicación por mi parte, pues desde el mismo principio debí de ilustrar mejor cuanto me pasaba. Todo es, sí, culpa mía, pues cuando hablé de mis enamorados, exentos de pecado, olvidé describir que hacía referencia no a un hombre, no a mil hombres, sí a mil libros. Aquí radica el mal entendido, mi absurda explicación cuando yo creí que bastaba mi edad para saber que el mundo entero entendería que no era la carne la atracción terrenal de la que hablé. Los libros, amigos, a los que nunca hice caso y del pecado de su olvido del que tanto me he arrepentido. Ellos, arrinconados durante la mayor parte de mi vida, sin embargo, no han tenido el menor atisbo de prejuicio para, al final de ella, concederme el placer de su lectura.

¡DIOS!, QUÉ OSCURA TU IGLESIA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 7 Octubre 2010 18:30

Aquella iglesia estaba oscura, Dios qué oscura tu iglesia,

parecía el recinto sagrado del miedo,

cuando encoge el alma por debajo de la lengua

y pone la piel húmeda de frío y de agua.

Dios, qué oscura la iglesia aquella,

con sus paños negros coronando las cabezas,

aquellos bancos que crujían temerosos

y aquel estar y no estar de tu presencia.

Caminé por el suelo de losas y rayas,

los ojos clavados y la pupila ancha,

la mortecina luz del fondo me atraía,

igual que imagino atrae la tierra al náufrago.

¡Ay, Señor!, que temor ante tanta tristeza,

como duele la soledad de la sombra,

como se queda la sonrisa cortada,

de este ponerme ante tu existencia.

Fuera, el aire vence grano a grano tus muros,

fuera, la vida derrota paso a paso,

hay una tremenda fuerza que nos desintegra,

sin siquiera saber lo que queremos.

Sentado, con las manos prietas entre las piernas,

voy desgranando, en esta madera que estoy,

(la misma que un día lastimó tu espalda),

ese caminar cansado de tus últimas horas,

esa nube de sudor que empaña hasta Ti la mirada,

ese trueno de romperte como humano

y esa angustia apenas esclarecida del Gólgota.

Dios, qué oscura tu iglesia,

Dios, qué olvidadizos los hombres,

los hombres que entierran los recuerdos,

la Humanidad que tiene los ojos bajos

y Tú, que en lo más alto, estás desvencijado.

MALSANA CURIOSIDAD

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 6 Octubre 2010 18:12

 

 

 

          Cuando leyeron la carta que Angustio Biendicho, investigador de la física trascendente, había escrito, carta que dejó sobre la mesa de su despacho, terminada de redactar, parece ser, pocos minutos antes de descerrajarse un tiro en la sien, nadie podía pensar que en ella, en unos pocos renglones, poco más de un folio, a modo de testamento, excusara su ausencia de este mundo, así como la rapidez de la despedida, alegando que, abstraído en el más allá, más que pensando en él, fue tanta la curiosidad que le invadió por conocerlo que no pudo esperar un minuto más, los pocos que le llevaron a cargar el revolver con el que se suicidó.

          En la carta manuscrita explicaba someramente que aquel hecho que iba a llevar a cabo, era consecuencia directa de la ansiedad que le asaltaba, del firme propósito de conocer lo que había más allá. La angustia, explicaba, le venía dada hacia algunos meses atrás, desde el mismo momento que descubrió que tenía una facultad llamada percepción ultra sensorial, responsable en definitiva de las prisas que le habían entrado para conocer el lugar de donde el hombre procedía y su Dios le había creado.

          Dijo el juez que levantaba el cadáver de Angustio, que de no haber leído la carta, en la que Biendicho daba cuenta de sus propósitos y aún así le quedaba la duda de que el muerto estuviera en su sano juicio cuando se atrevió a tan bárbara locura, que sugirió a la policía que le acompañaba, investigara el caso.

 

- No fuera a ser un asesinato, ese del que hablan y que aún no se ha llegado a producir y que llaman perfecto.

 

Sentenció también que:

 

- La curiosidad, en definitiva, mató al imprudente investigador.

 

Desde entonces, desde aquel hecho extraño e increíble, este juez, somos testigos directos de ello, reza todas las noches al Creador para alejar de sí toda malsana curiosidad.

 

                                                 

CUARTETOS, CUARTETAS Y UN QUINTETO (II)

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 5 Octubre 2010 18:11

         

 

Cuando voy por la vida,

corriendo detrás de ti,

debes creer que soy un galgo,

un ratón, acaso un gato o algo así.

              -               -          -

Porque me canso suspiro,

de tanto pensar en ti,

dime, hermosa dama,

¿qué es lo que esperas de mí?

             -           -             -

A la cama voy,

de la cama vengo,

dime si no soy rápido,

en relatarte mi sueño.

           -           -             -

Se abrió el cielo,

yo lo vi,

era un bello sueño,

era un lindo ángel,

quien me miraba a mi.

        -        -       -

Cuando la luz se hizo,

ya el cielo resplandecía,

que el sol estaba en lo alto,

y la penumbra se abría.

 

 

                                

CUARTETOS, CUARTETAS Y ALGÚN QUINTETO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 4 Octubre 2010 18:45

 

Me besa el sol en la frente,

con fruición angelical,

que tendrán las mujeres, madre,

las féminas, que tan bien los dan.

             -          -          -

Ayer miré tu ventana,

por ver si estaba allí,

que me admira que me jures,

que sólo piensas en mí.

           -        -     -

Por el rabillo del ojo te vi

toda mar y todo río,

al menos corriente de agua eras,

la sed que anhela el corazón mío.

              -      -     -

Oyendo tú voz cantar,

en el sueño de mi vida,

llorabas por los que tristes

caminamos, cansados de tanto andar.

            -            -         -

Violeta te puso tu madre,

el nombre de aquella flor,

con ella vas por la vida,

por eso te envidio yo.

        -        -            -

Si supieras que te aguardo,

desde el infinito, amor,

no demorarías tu paso,

jugando con las estrellas,

las luces y su fulgor.

                                                        

LOS VIENTOS EMBARAZOSOS

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 1 Octubre 2010 18:26

                                                                                                             Don Pristiliano Rua de la Reguera es un todavía joven científico obsesionado con su trabajo.

Desde su infancia, que no es la inquietud reciente, está resueltamente empeñado en resolver el intríngulis de la vida.

Se cree que esta manía, en la que se enfanga de la mañana a la noche, le sobrevino, aún con más virulencia si cabe, en el último tercio de su carrera científica, cuando por casualidad cayó en sus manos una revista sesuda en la que pudo leer el viejo mito de como las yeguas lusas eran preñadas por los impúdicos vientos que vienen del mar.

Desde este instante buscó incansable el milagro en la probeta –don Pristiliano lo llamaba corolario mutable- el cómo y el por qué de tales fecundaciones y el cómo y el por qué de llevarse a efecto en los seres humanos. Con tanto ahínco lo tomó que llegó a formular versiones distintas de las archiconocidas concepción natural y de la misma partenogénesis, sin resultados apreciables que no fueran ya conocidos.

Sin embargo, el mundo entero, sin excepción, autorizada o al menos conocida, estaba pendiente de la investigación de tan reputado científico y al tanto de tan esperado descubrimiento.

          En sus averiguaciones, exhaustivos escudriñamientos, de tanto como rizó el rizo, logró lo que parecía imposible, su mujer, doña Romualdiña de Todos Los Santos, estéril aunque esperanzada,  llegó a concebir, al igual que las yeguas lusas, por intervención del rijoso viento que don Pristiliano tan sólo puso la ciencia infusa, incapaz, por el momento de cualquier otra heroicidad. ¡Fue un verdadero prodigio!.

Al milagro de su hija, -pues milagro supuso creer las explicaciones dadas y la palabra empeñada por su mujer y los vientos que denominó “saudades”- le llamó Adivina y fue la niña rubia y bella y como era de esperar siempre supo  sonreír a todos los vientos.

Sus labios, abiertos por una sonrisa, fueron una onza de oro recién acuñada.

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