2010 Noviembre | Poemas y fábulas

Viagra

EL PERRO ANALFABETO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 30 Noviembre 2010 18:42

 

¡ Se acuerdan ustedes de la fobia de don Castor Trijuénico de la Molienda a la letra impresa! Si, hombre, ¡por los clavos de Cristo! ¿Cómo que no? Aquel bamboche que confundía las letras de los libros con las patas apestosas de las moscas y mosquitos. Vamos, con diferencias sutiles cuando no mínimas sobre los actuales reales académicos de la lengua, RAE, que no sabiendo en que entretener sus ocios, se sacan de la manga futilidades y extrapecios. (Esta palabra no existe, pecios sin valor, pero por no desentonar la creo) Bueno, pues, si el problema era arduo, (para él claro está) no es menos éste que se me ha presentado a mi en los últimos tiempos.

He sacado a colación a don Castor, por no despedirme de repente de él, pues también a los personajes se les toma cariño y porque, el problema que les voy a relatar se parece al que tenía el ínclito, como un huevo a una castaña. ¡Qué digo! Total y absolutamente diametrales. El uno está bajo nuestros pies y el otro bajo los pies de los neozelandeses, es decir, en las antípodas.

Es el caso que, los vecinos de arriba se han comprado un perro con la estatura de un gato, blanco, con los ojos llorosos y tiernos que se te mete, sin querer, por entre las entretelas del alma. Dicen que es un caniche sin malicia y así debe de ser por su bondad y porque, la primera vez que lo conocí se puso, candoroso, a mearme la pernera del pantalón. Yo, lejos de enfadarme, por no conocer la lógica perruna, no solo le perdoné, también le di ligeros y cariñosos toques sobre la pelambre del cráneo.

¡Hasta aquí, todo bien, el matrimonio tiene sus cosas, quien esté libre de ellas que tire la primera piedra, lo malo son sus tres hijos en edad de merecer. El uno ronda, sin mayor sentido, la treintena; el tercero divide la razón por la mitad y el del medio está, como parece lógico suponer, en edad equidistante de sus hermanos, por mas que en el reparto del seso, tampoco éste se ha llevado mejor parte, sino con mucho la peor.

Los tres, al unísono y de aquí mi sentido recuerdo por don Castor, se han empeñado, los muy brutos, en enseñar al caniche el alfabeto. Con la de disgustos que les había supuesto a ellos sin mayor aprovechamiento. Y, así, muy de mañana, de tarde o de mediodía, que las horas eran lo de menos, cuando no era uno era otro, comenzaban con las lecciones del catón. O eso era lo que yo suponía.

Al principio, aquellos ladridos, sin los decibelios suficientes, pues aun no eran histéricos, ni coléricos, ni angustiosos, podría decirse que se encontraban dentro de la norma o al límite de lo tolerable. Los ruidos venían difuminados, por el espacio de casa a casa, y por la separación de los techos, sin duda a prueba de aquellos patanes de ciudad, que se las ingeniaban para producir más alboroto que el propio perro.
En las primeras lecciones, los oyentes, al menos yo, creíamos que el caniche solo aprendía la u, por ser ésta letra la que con mayor nitidez se distinguía: “uuuuu”. Poco a poco encontrábamos, por la variedad de sonidos, los indudables adelantos que iba haciendo el pobre chucho.

Como venía junio, mes de los exámenes, aunque estábamos en diciembre, las clases se intensificaban y ya los ladridos se escuchaban en medio de la noche, que el caniche, sin duda desvelado por la responsabilidad en la hora del conticinio, el tiempo donde la memoria graba mejor lo aprendido durante el día, hacía prácticas de las lecciones estudiadas. A estas alturas del curso, ya no eran sólo las vocales, bien podría decirse, mas por la intensidad del ladrido y por su duración, que se sabía el alfabeto entero.

Así fuimos aprendiendo, los vecinos, que tener un perro en casa próxima es disfrutar de insomnio y recordar todas aquellas sutiles palabrotas que aprendimos cuando arreglamos la puerta del armario, con el mismo martillo que sirvió para meter un clavo y para amolarnos el dedo gordo, este mismo que cada tiempo, sin saber muy bien porqué, cambia la uña negra por otra que comienza nítida y termina en turbia.

Cuando vinieron las quejas de los vecinos incordiados, éstos que no aguantan nada y mucho menos que les despierten en la noche, se descubrió que el caniche estaba sobrado de letras y falta de psicólogo. Vamos, que estaba el pobre para la silla del siquiatra. Porque los ladridos extemporáneos se producían por la angustia que sentía el chucho ante la responsabilidad de aprender y sus miedos, pánicos mejor, aquellos que despertaban a la Humanidad durante horas, eran producto de una reflexión madura nunca esperada en la especie canina.

Y pasó que, el tierno caniche, en manos de aquellos docentes, se convirtió en un monstruo al que los ojos, ante la sola presencia de uno de sus torturadores, se le inyectaban en sangre. También, una mañana, cuando el ladrido que había empezado a media noche se convirtió en un farfullo sin sentido, porque nadie podría adivinar la letra que ladraba, se lo llevaron al siquiatra. Y allí sigue, bendito él, fuera de las ocurrencias de sus educadores, a las que, para nuestra desgracia, sus convecinos no nos podemos sustraer.

El facultativo consultado pronto advirtió lo que arcano era para la comunidad de vecinos. El perro, alma cándida, si es que la tienen, era sometido a practicas aberrantes, de aquí que, el ulular fuera de desesperación antinatural, cuando el sexo se ponía en manos de desgalichados mentales.

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SOBERBIO CANTO DEL GRILLO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 29 Noviembre 2010 18:07

Creyéndome dueño y señor de la hacienda,
perenne soberano del orbe que me rodea,
de los rayos plateados de la luna,
del arroyo que cruza mis tierras,
de los cantos de los gorriones,
que me llegan desde la parra aquella.

Creyéndome dueño y señor de la vida,
de las sombras y de las tinieblas,
de la luz del sol que irradian,
tristes los ojos con los que me observas.

Creí yo que a fuerza era,
vana efigie, torpe estatua de piedra,
soberbia crin,
rocinante a la carrera.

Vino el mundo a demostrarme la inocencia,
con la que vestido iba, mudo y ciego,
cual roto juguete echado en la ladera,
ideal soñado, nunca despierto,
hasta hacerme juntar el cielo con la tierra.

Cuando del trance el sentido recobre,
real entonces entonaré el aleluya,
alegres epinicios a la dulce primavera.

Desde este lugar donde elucubro,
humilde el perdón demando,
enjugues todas mis ansias hueras,
lágrimas muertas,
del negro túnel donde la Humanidad se atasca,
sin dirección el hombre,
y sin camino, falaz se estampa.

LA CATARSIS DE DON CASTOR

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 26 Noviembre 2010 18:27

Don Castor, contra lo que se crea, tiene cuerda para rato. Si se despide ahora es, simple y llanamente, porque los ciclos se terminan y los derroteros por los que transcurre la vida, igualmente. Quien comenzó abjurando de la letra impresa -a la que comparó con las desagradables, interminables patas de los mosquitos- quiere decir adiós desde las páginas de un libro. El libro que tiene en el magín y que lleva dando tantas vueltas como castaña pilonga en boca de viejo. Don Castor entiende que el símil no es, precisamente, apropiado, pero también sabe que la agresividad es la primera de las virtudes de un escritor, y en ocasiones la única, y por eso no se anda con pampiroladas, ni con “tío páseme usted el río”.

Para llegar a la catarsis, aborrecer los pasados tiempos, arrepentirse de cuanto malo se hizo y con testarudez se razonó, hasta llegar a un cambio total de chaqueta, han pasado tantas cosas -algunas, pocas, se han contado en los capítulos aquí publicados- que piensa con lógica que reuniéndolas todas pasarían a engrosar, (no sin virtud, y sí en contra de lo mucho y malo publicado) los atrayentes, sugestivos estantes de las bibliotecas de este país de escritores.

Tratando de explicar cumplidamente esta transformación radical en su forma de pensar, Trijuenico de la Molienda echa mano de la Biblia y así da cuenta y se compara a Tobias, el patriarca que se quedo ciego a resultas de la malhadada deposición de un pájaro. La ceguera de don Castor era motivada por sus malos principios, y porque no le supieron encauzar como Dios manda. Y es que los buenos principios, se quiera o no, son primordiales e ineludibles, y de ellos depende la óptima o pésima salud intelectual del sujeto.

Tobias, seguía especulando el escritor en ciernes, recuperó la visión merced a la intervención del arcángel San Gabriel? que prestamente y con profunda sabiduría indicó al hijo del patriarca la formula mágica - de las agallas del pez se hizo el ungüento milagroso - que puesto sobre los párpados quemados hiciera recuperar la vista al ciego. Trijuenico, invidente asimismo, no llego a ser intervenido por el arcángel, tan solo y por milagro mayor, se le cayó la venda de los ojos y pudo, igual que Tobias, contemplar el mundo, la admiración del mundo, con los ojos que si saben apreciar, con los colores, los olores sutiles y la alegría ignorada por su propio pecado. Pues pecado era al fin, no distinguir la faramalla del verbo, que es, a la postre, la sabiduría misma que nos permite la diferenciación.

Se le llenó el espíritu del júbilo de ver y le rebosaron los dedos, las sensitivas puntas de sus dedos, de cosas que contar. Así comenzó por narrar de dentro afuera, desde las vísceras al papel y a componer arpegios con las palabras, tal como las escuchaba dentro de su cabeza.

Fue la poesía, el arte mayor, a la que se sintió más inclinado, también por razón mas alta de sus aptitudes, que eran con mucho idóneas a los vates.

Comenzó con el verso libre, por no pararse en cuitas y barreras que impedían como prohibiciones la necesaria inspiración. Después domeñó algún verso con terminaciones parejas y por último, ya adquirido el orden y el concierto necesario, arribó al soneto que, una vez bien cumplido, le dejaba exhausto y dolorido, como naufrago que avistaba las blancas arenas de la costa.

Es cierto que hubo ignaros que se rieron de sus asonancias, pero no le fue menos cumplido saber que, todos aquellos, llenos sus almas de sensibilidad, le alabaron sus rimas.

Ya no era Trijuenico el ignorado vecino, el triste caminante del Parque del Oeste, el visitante asiduo de la Ermita del Santo, el hombre que se recorría Madrid de cabo a rabo, era el exultante personaje a quien se le señalaba con el dedo índice apostrofándole de excelso poeta, culmen de las letras y otras mas definiciones laudatorias.

Pudo decirse que don Castor, cuando volvió al redil, de donde nunca debió de salir, fue fecunda oveja, feraz carnero, de quien los pastores se sintieron, en todo momento, orgullosos.

FELIZ EN EL TIEMPO Y EN LA VIDA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 25 Noviembre 2010 18:32

Ayer me fui,
hoy he vuelto.

Son cosas de la edad.
Durante tantos años,
los días se sucedían,
uno a uno, semana a semana
y los meses daban lugar a los años.

Los años se acumularon,
tantos, que ahora campan,
como las aves en el cielo,
los reptiles en el suelo,
a sus anchas.
Como los animales en el cercado,
encerrados.

Me rebelé, me hice crítico,
cuando todo caía como lluvia torrencial,
tal como el rayo raja al árbol,
como los rayos del sol hienden el aire,
tal se gruñe en el instante del destiempo,
y a tiempo se concibe la laxitud que nos enerva.

Así, hasta que quise volver atrás,
a través de mi memoria,
atravesando los deseos más deseados.

Ahora estoy aquí,
de nuevo,
aunque las arrugas,
dibujen mi rostro,
y alguien piense erróneamente,
que con ellas,
se fue mi juventud.

Todo ello por más que los indiferentes,
nada les diga, nada sea,
para los ciegos una voz,
para el resto del mundo,
una experiencia.

Porque quise volver,
estoy aquí,
quiero, sin cambiar,
vivir.

Quiero lo que yo quiero,
por encima de las horas,
aquellas que supe parar a tiempo,
como aquel deseo,
ese que me hizo ser feliz.

¡BENDITO SEA DIOS, DON CASTOR!

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Miércoles 24 Noviembre 2010 18:08

Don Castor Trijuenico de la Molienda vino, después de un mes cumplido de vacaciones, el lunes pasado. ¡Ole ahí!. Se conoce, por como le ha tomado de bien la color, que siendo tan pequeñito y orondo, el sol le cogió de lleno y no le ha dejado un adarme libre.
La vecina de don Castor, doña Petrocinica -no confundir con doña Patronila, la hermana del talabartero don Filomeno del Amor, que nada tiene que ver- al verle tan colorado, al tiempo que le alababa el gusto le ha dicho:

- Bien le ha dado el lebeche, don Castor.

Doña Patrocinica sabe, por un antiguo veraneo, del viento que sopla del mar Mediterráneo a las playas de Alicante y de lo mucho que tuesta y encarece la piel.

- Bach, bach

Ha contestado don Castor bajando las escaleras con inusitado cuidado.

- Ha visto usted, señora Santa -le ha dicho doña Patrocinica a la señora que tiene a pupilo -ha visto, lo grosero que ha venido don Castor de su veraneo.
- Hay gentes que no merecen la suerte que tienen en esta vida. Mira que venir con el mismo genio que se ha ido.

Si baja las escaleras con tiento, no se debe a reciente finura ni que haya adquirido don Castor modales más finos. No. Si lo hace de tal guisa es porque, como la calor la tiene reciente y la quemazón prieta, si se remece mucho en la bajada, que es fácil por su volumen que le desborda el cinto, le duelen no solo los cueros escondidos, hasta el tuétano le hace daño.

- Felices vacaciones tuvo usted que no puede disimularlas -le dijo a don Castor el dueño de los Girasoles, el tascón de la esquina.

El señor Trijuenico ni le miró. Menudo iba para contestar.

- Oiga, doña Virtudes, ¿no es ese caballero, tan fino y delicado, don Castor?
- ¡ Que fino y delicado!, es que se ha quedado usted ciego.
- No, si yo lo digo por los andares que antes de que la color le tomara tan uniforme, parecía algo desgarbado.
- La necesidad, doña Florinda hace milagros en las viudas. ¡Bendito sea Dios!, ver al panzudo ese, fino y delicado.

A su compadre Crispulo, don Castor le ha contado la verdad. Se conoce que debía desahogarse con alguien, que no era amigo de confidencias. Crispulo lo contó a su vez y a los pocos días, y lo que son las cosas, todo el barrio se reía con las desgracias del pobre don Castor.

- Que no lo sabe usted … pues escuche, escuche:

Y desgranaba la mala fortuna de aquel veraneante que odiaba al sol y las paginas impresas por igual, y que un mal día, cuando terminaba el asueto, tuvo la infeliz ocurrencia de quedarse dormido muy cerca del mar, en una playa solitaria, en el refugio de un talud que, a aquella hora temprana, le resguardaba de los rayos solares.

- Don Castor se despertó a la una post meridiam, porque las hormigas le campaban por la tripa camino del hormiguero. De no haber sido por ellas y por un papel de periódico -parece ironía por cuanto lo dice odiar a la letra impresa- que le tapo el hígado y le preservo de los rayos solares sobre tan delicada zona, a estas horas estaba criando malvas.

Acaso por eso, doña Petrocinica -no confundir- dice haber visto en el salón de don Castor algo así como un ara votiva donde a duras penas podía apreciar el rebujo de un papel

LUZ EN TUS OJOS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 23 Noviembre 2010 18:06

Rubio, cual si la plata brilla,
que nunca del sol la envidia,
fue más tierno desposorio,
el cendal de tus pálidas mejillas.

El misterio de tu boca me fascina,
esa risa que exhalas y atesoras,
cual fanal que se ilumina,
con la luz de los tímidos resplandores.

Crujen las tinieblas en la frente,
el eco de tú voz todo lo invade,
que morada es el pensamiento,
mi cuerpo cerradura y llave.

Yerma la tierra deshecha,
arena amarga, quemante,
amor, voluble, incipiente,
quiero quererte hasta la misma muerte.

Me despierto y te miro,
duermo, te sueño y suspiro,
que quiero volar contigo,
allí, donde se acaba el olvido.

Resumo el loco querer,
que atesoro dentro de mi,
aunque te extrañe el saber,
que todo lo hice por ti.

EFLUVIOS DEL MÁS ALLÁ

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 22 Noviembre 2010 18:13

Antes de salir a la calle, don Castor Trijuénico de la Molienda, se lava, se afeita y se mira y remira en el espejo. Si por circunstancias que no vienen al caso, diez veces se debe de ausentar de su domicilio, donde es reacio a permanecer que es hombre de aires libérrimos, diez veces se lava, se afeita y se mira en el espejo a ver como ha quedado.

Aunque parezca mentira, a Trijuénico le crece la barba que da gusto. Se conoce que no es igual que el resto de los mortales, que con un rasurado van que se matan o chutan. Este no deja una cerda a su albedrío, y aún, si hace mucho tiempo que se acicala solo, pasa por la barbería de un amigo “Anima mea” cuando se encuentra en Coscojal de los Desamparados o por la más próxima a su domicilio cuando está en su domicilio de Madrid.

Tales manías, como con alguna razón las definió su vecina Petrocínica, le vienen de un viaje que Trujuénico de la Molienda hizo a Centro Europa, en agosto del pasado ejercicio.

- ¡Olía mal el mundo!
- No, señor, ni el mundo ni Europa, vaya imaginación que le echa usted a la cosa. Que lo explique, que lo explique el narrador que para eso esta.

Dos Cosme ya es tradición en su vida, suele hacer una excursión anual a un país del mundo. Los cinco continentes, a esta altura de su vida, se los conoce al dedillo, que, previamente, antes de pateárselos, se los ha aprendido en su casa con un mapa y un puntero, donde se deja, a mas del ojo -léase la vista- lo mas florido de su intelecto curioso.

- Aquí América, aquí Asia y aquí África, que Oceanía queda como más alejada y difusa. Europa es, desde que no termina en los Pirineos, tras la ampliación del Mercado Común con España dentro, el objetivo inmediato. El resto se contemplará en su día, si es que da tiempo.

Y así, hora a hora sobre los mapas y año tras año, sobre el terreno, se fue conociendo el orbe, hasta aprender a soñar en todos los idiomas conocidos, por mas que en el único que se defendía y mal, era en el suyo propio pues apenas si en el caletre se le quedó dar las gracias en inglés, italiano, ruso y francés, que fueron los que, fonéticamente, mejor se le quedaron.

En la plaza de los Héroes de Budapest, mirando las banderas tremolar al viento, don Cosme, que distraído estaba de las explicaciones que a los turistas daba el cicerone de turno, sintió en la pituitaria sensible un extraño hedor. Pensó que el viento, que por el frío parecía fuera del ártico, traía efluvios de alguna ballena muerta. Como la explicación no le parecía del todo convincente, miraba al resto de compañeros como pidiendo confundido una explicación. Uno de ellos, acercándosele, le dijo:

- Alerón alegre señor, no busques mas, esa es la explicación.

Nunca supo como se llamaba aquel turista que, durante unas semanas apenas si dejo respirar a los húngaros que era tal el hedor que emanaba de su persona que, don Cosme, de aquel viaje, tan solo se acordaba de aquel hombre, siempre enfangado en la lectura, que cuando se movía, lanzaba en forma de malditos efluvios, mil bombas atómicas o en el caso que nos ocupa fétidas.

- Oiga, don Cosme no cree usted que mejor que alerón alegre, le vendría mejor alerón triste.
- Bueno -contestó este- cada uno es muy libre de escoger.

Y esto es, lectores, la explicación mas cercana a la limpieza que de su persona hacia don Cosme Trijuénico de la Molienda en estos últimos días de su vida, que fueron los mas limpios.

JUVENTUD EN EL RECUERDO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 19 Noviembre 2010 18:30

No me juzgues por el traje,
tampoco por mi forma de andar,
pregúntate a ti mismo, ya viejo,
si solo sirves para llorar.

Fui niño y fui infante,
atrás quedó la pubertad,
los años ya no los cuento,
ni siquiera me importa la edad.

Soy viejo y lo repito,
que todo me hace dudar,
más aquello que tu tienes,
solo tú me lo puedes dar.

Angelina te llamara,
a gritos por los trigales,
que aún todavía recuerdo,
tu disfraz de carnavales.

Soy de la casta del gallo,
ese que en la torre está,
orgulloso de sus alas,
soberbio por no fallar.

Ya lejos de ti me encuentro,
te escribo por no llorar,
que dentro de mi aún tengo,
los besos que me hiciste guardar.

LA INVOLUCIÓN DEL HOMBRE

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 18 Noviembre 2010 18:21

Durante gran parte de su existencia, Aristóbulo Niño trató de sumergirse en el pasado hasta sus últimas consecuencias. Para ello había desarrollado un método introspectivo que le permitía dejar la mente en blanco y que ella, la mente, así liberada, buceara infatigable hasta alcanzar los albores de la Humanidad.
Aristóbulo era pues un pensador, un hombre capaz que, en ocasiones, muchas, sentía verdadero miedo al contemplar hasta donde le conducían sus, llamadas investigaciones.

“El miedo, -dejó escrito- surgía cuanto más me acercaba al Creador, El es el principio, era y estaba mucho antes de que el hombre inventara la física”. A través de tales palabras es obvio deducir que Aristóbulo nunca puso en duda su existencia ni tampoco tuvo la más ligera duda de su presencia en todos los órdenes de nuestras vidas. Lo que no llegaba del todo a comprender era el pánico que le brotaba, cuando se suponía que el sentimiento aflorado debería de ser todo lo contrario, el principio verdadero de toda felicidad, pues no en vano estaba, con sus introspecciones, muy cerca de saber o al menos comprender el origen de todas las cosas.

Este sentimiento de miedo llegó a ser tan grande que conscientemente le impedía dejar la mente en blanco y que ella, con el libre albedrío que se le supone, le condujera por caminos ignotos para terminar, como era su esperanza, al lado del Padre Celestial.

Las dudas metódicas del Paraíso Terrenal, de la creación metafórica del hombre y de cuanto nos han relatado, fueron admitidas con la certeza que imponía el miedo referido. Por eso, en vez de ser dirigido por su impulso vital, se propuso marcar las pautas para no incurrir, su mente, en pasajes o paisajes prohibidos.

En una de estas incursiones, Aristóbulo Niño se encontró delante de los ojos de un orangután. Nunca supo como pudo producirse la remembranza, tan solo supo que aquellos ojos que le miraban eran ya conocidos. Se trataba, pensó, del mismo mono que había contemplado en la jaula de un circo cuando, en su calidad de veterinario, había sido llamado para certificar su accidentada defunción.

Siguiendo aquella mirada rebasó todos los límites conocidos, pudo, pues le fue dado contemplar el verdadero principio de la Creación, siempre siguiendo el recorrido que hacían aquellos esclarecedores fanales.

La experiencia era prácticamente la misma que leer en un libro donde los misterios se sucedían a cual más inverosímiles, con cada página que pasaba, con cada miraba donde el orangután posaba sus ojos.

Años y años continuó Aristóbulo siguiendo el rastro de aquella mirada. Descubrió, cree él, la verdad de cómo la Humanidad fue creada, de cómo el Universo apareció a lo largo de un segundo, de un tiempo sin duración, de miles de siglos. ”Era verdad que habíamos evolucionado –lo ponía entrecomillado- desde la propia existencia del orangután y también, que estos, los monos, los que se consideraban puros, cambiaron el rumbo que inexorablemente les conducía a convertirse en hombres”.

Estos por su parte, los hombres descendientes –continuaba- vendrían a poblar los mundos conocidos, pero ellos, en su irracionalidad y ansias de poder, darían lugar a la destrucción de su hábitat. De aquí que, una gran parte de los orangutanes no quisieran seguir la evolución marcada y hubieran preferido vivir fuera de la norma dictada.

Después de estas revelaciones, Aristóbulo fue considerado un loco, más, mucho más, cuando consiguió liberar, de su estrecha y lóbrega jaula, de otro desconocido circo ambulante, a otro orangután y llevarle, ya libre, a un Zoo de hombres, la selva de la vida.

Allí, aquel hombre y este mono se miraban por horas a los ojos, entre el desconcierto y la incredulidad de cuantos espectadores visitantes accedían a contemplar el espectáculo. Espectadores que de ningún modo llegaban a entender que estuvieran manteniendo un intercambio de opiniones, cuando no otras deducciones más trascendentales y complejas.

CLAMANDO VOY TU AUSENCIA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 17 Noviembre 2010 18:52

Por los caminos clamando voy tu ausencia,
rincones para siempre perdidos del alma,
que quiero reír con tú presencia.
en el océano iracundo de tú humor en calma.

Rosa fuiste de papel en el tiempo de la historia
que jugara conmigo cruel a envanecerte.
Juguete descarnado de tu memoria,
gorrión cándido que muere y canta sin conocerte.

Fuiste libón, fuente de agua pura y tan clara,
como hiciste de mi alma en ella zozobrada.
Te tengo en el rincón de la memoria aún sin tara,
allí, donde el recuerdo desfallece en la encrucijada.

Ayer, como todos los días, busqué en los desiertos,
por todos los caminos que juntos transitamos,
por doquier quedan los restos, lágrimas y reclamos,
esparcidos y desnudos, cuando no en los páramos yertos.

Cumplida la esperanza en vano cerré mi aliento,
así hice con los revueltos sentidos las maletas,
que no quiero que nadie ya se entrometa,
en esto que brutal supone la pena y el abatimiento.

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