2010 Noviembre | Poemas y fábulas - Part 2

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ANDREA LLORA LÁGRIMAS DE FELICIDAD

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 16 Noviembre 2010 18:32

 

A mí, que Andrea Beatriz Crisóloga hipara de aquella manera, me puso en un puño el corazón. Por un momento pensé que era yo el culpable de aquel torrente de lágrimas, el reo memo e inclemente de sus roncos suspiros. Tanto dolor me hizo dudar, por un momento, que la hubiera invitado a la fiesta literaria donde se recitaban versos y se leían poesías, se tocaba música y se cantaba y todo ello no era el duelo de un ser querido, era la constatación de que, aún los seres que vemos, payasos hacen de su desgracias, mínimos de su defectos, gigantes de sus almas en cuerpos maltrechos. Acaso, cavilé, ella había creído que tanta parafernalia correspondía a un funeral, allí donde tenía lugar el enterramiento de la misma alegría de la vida.

- ¿Qué tienes Andrea, ¡mujer! qué tienes?

Hipo de nuevo, un largo suspiro en una cara donde los ojos brillaban y se perdían en sueños y quimeras.

- Lloro –me dijo al fin a modo de explicación – porque en verdad estoy haciendo un acto de desagravio íntimo, como si con estas lágrimas fuera capaz de lavar los olvidos a los que yo, al menos yo, he sometido a estos hombres, a estos seres estropeados y que ahora, en su fiesta, en su ambiente, con sus risas, con su mundo feliz, me están enseñando la zafiedad de mi indiferencia y lo quisquillosa que puede ser un alma, la mía, cuando ante su presencia tan poco estética, me hacían volver la cabeza para no verles.

Fue su perorata larga y llena de sentimientos como si en vez de estar hablando conmigo, con su amigo del alma, lo estuviera haciendo delante de un confesionario, donde se acusara de su culpa, de su indiferencia cuando no desprecio hacia aquellos seres que tuvieron la desgracia de nacer errados. Era la culpa que despertaba al fin, con la violencia que lo hace un témpano de hielo cuando rompe la superficie del agua después de milenios sumergido en el inmenso glacial del polo.

Sobre el escenario, en lo alto de un taburete, hay un hombre mínimo sentado. Rasga las cuerdas de una guitarra y canta a su tierra letras de su recuerdo. Para subirse a la enorme jirafa que es el taburete le ha costado Dios y ayuda, ayuda que también ha recibido de las risas de cuantos espectadores aplaudían sus esfuerzos para subir. El también reía, de las mismas risas que emocionado daba lugar, porque con sus contorsiones circenses, arriesgadísimas, exageradas sin duda, permitía las risas que embriagan el alma. Una vez sentado, consumado el esfuerzo dijo:

- No olvides ustedes, señores todos, que reírse de uno mismo es la mejor terapia para combatir las sombras donde anidan los fantasmas, es la mejor manera de confundir los malos momentos, es siempre algo saludable, asombroso y raro.

Sus palabras recibieron encendidos aplausos. El estropeado de… de que importa el lugar, ¡qué más da! Era un hombre de un mundo capaz, generoso y epatante. Un mundo donde la sonrisa surge de la misma herida y donde quien se redime en ella vive y aquel que no es capaz de superar los bordes abiertos y sangrantes, muere de angustia y soledad.

Hay también otro hombre vestido de colorines, el corazón desbordante en unas piernas tullidas, enroscada en un pantalón negro que descansan, ¿descansan? sobre una silla de ruedas. Por un momento, mientras ha gemido quedo Andrea, yo me he imaginado a este hombre solo, intentando en vano enderezar la carente musculatura de sus miembros inferiores y le he visto llorar de rabia, más no de impotencia. A este hombre, que tiene una inmensa chaqueta de colores en la misma disposición que se plasman en el arco iris, esta, la chaqueta, le tapa las piernas pero le deja libre el corazón. El hombre incompleto, avezado su espíritu en la desgracia, expande, sobre el escenario, como una riada, mil chascarrillos, agudezas, bromas y picardías clarividentes hasta edificar un mar plácido, sosegado, acostándose manso en las playas que construye las risas que el levanta.

Cien más salieron como ellos. Nadie hubiera supuesto, en tanto jolgorio, que hubiera nada trascendente. Andrea si lo sabe. Aquella mujer va a cumplir 30 años. En 30 años, Andrea Beatriz Crisóloga ha asistido a dos fiestas. Aquella primera, la que tanto tiempo soñó que viniera, le ha desaparecido de la memoria, como si en realidad nunca hubiera existido. Esta última, sabe Andrea que nunca la olvidará, así pasen 30 años, así viva hasta la misma consumación de los siglos.

UN SUEÑO ME REGALÓ

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 15 Noviembre 2010 18:18

Tuve yo un caballo alado,
que en las noches paseaba,
cuando al prado lo sacaba,
del ramal muy bien atado.

Fue un regalo de mi ex,
que viéndole, lo bien trotar,
a su amado quiso dar,
un presente por probar.

Con él los cielos crucé,
con él la gloria alcancé,
y tuve la dicha de ver,
como el orbe a mis pies,
pequeño se hizo al pasar.

Montado en él yo me fui,
camino arriba hasta llegar,
a la cima y coronar,
las cúspides que recorrí.

Nunca bastante agradecí,
el regalo que me hizo,
alguien que obligación no tenía,
de dejarme en este mundo,
con la cabeza vacía.

Por eso y no otra cosa,
agradezco el presente,
y le doy gracias a ella,
ahora que se encuentra ausente.

LA DUDA IRRACIONAL

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 12 Noviembre 2010 18:29

 

El Superior de la Orden de los Hermanos de la Fe, Venancio Bene, tomó la depresión por los pies y la arrojó, sin miramiento alguno, al cubo de la basura. Que así era de expeditivo don Venancio.

Era la respuesta dada por quien, arrepentido por cuanto había pasado y nunca advertido por él, respondía así a la enfermedad que, sibilina y misteriosamente, había amenazado con apoderarse del cerebro de todos y cada uno de los hermanos que conformaban aquella comunidad.

Venancio Bene, en el refectorio, aquel mediodía sacó a colación la muerte súbita e inesperada del hermano Pancosto. El hombre cuya sonrisa, de la que hacia permanente ostentación sus labios, llenando de alegría los corazones de cuantos formaban aquella familia, al que se suponía carente de todo problema terrenal, había volado con su incertidumbre a cuestas para hundirse en el oscuro pozo del desánimo.

Tras el sentido panegírico, habló de las otras hipotéticas muertes que, planeando sobre sus cabezas, amenazaban ya con dejarles en cuadro. Y de esta manera vino a tomar el problema por las hojas, al igual que se pelan los rábanos, tal cual siempre lo había hecho hasta el presente, bisturí en mano abriendo el “maeltrön” donde se escondía el mal. O lo que era lo mismo, el lugar o sitio donde se fraguan todas y cada una de las disyuntivas del hombre en el mundo.

Hizo entonces mención de su pecado, el suyo si, de la falta de rigor a la que llamó indolencia por no haber sopesado, en su justa medida, las cuitas con las que, muchos de los hermanos llamaban a la puerta de su celda.
Dijo:

- De todo corazón me arrepiento. Con todas mis fuerza debería haber luchado contra las dudas a las que nunca di su verdadera importancia, cuando no trascendencia. Bien pensé que cuantos estábamos aquí, enclaustrados, lo hacíamos llevados por una sola idea, con un mismo fin. Confieso mi error. Ahora se que la duda existe y está alojada dentro de vuestro corazón, perturbando nuestras almas, aquellas vacilaciones que ponen en un brete las razones que os han traído hasta aquí. Para solventar el peligro estamos reunidos, este refectorio nos servirá como confesionario público para exponer cualquier interrogante que tengamos y tan mal sepamos respondernos. Todo aquello que nos preocupe pasará por el análisis de cuantos formamos la hermandad.

Desde aquel día, nadie más ha muerto en el cenobio que no fuera de muerte natural. El diálogo había servido para borrar toda incógnita cuando se pensaba en la existencia del Creador, en las razones por las cuales, aquellos hombres, voluntariamente allí reunidos se habían apartado del mundo para tan solo adorar su existencia.

- La duda, hermanos, es el peor de los pecados albergados en el alma del que se dice creyente –concluyó el Superior de los Hermanos, ahora si, reunidos en la Fe.

SALIR DEL CENOBIO PARA ESO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 11 Noviembre 2010 19:03

 

Iba Martín de camino,
cuando se le apareció el demonio,
para que después diga su suegra,
que no debió salir del cenobio.

El demonio era Purita,
un volcán que se incendiaba,
con una sola palabra,
si creía que no le agradaba.

Bien el muchacho quisiera,
volver de donde se había ido,
más el que se va no vuelve,
es la regla, es lo sabido.

Los jóvenes viven juntos,
ayudados por sus madres,
ellas son las que ponen orden,
en los desacuerdos las paces.

Ayer se fueron solitos,
al fin adultos ya son,
ya se apagó el volcán hirviente,
y hasta el demonio se fue,
buscando por esos mundos,
suegras que propicien los ambientes.

EL CONFUSO AMANTE DE LOS LIBROS

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 10 Noviembre 2010 18:49

 

Cibeles arriba, en Madrid, es decir, Recoletos adelante, hasta casi llegar a la estatua del esperpéntico don Ramón María del Valle Inclán, al que Dios no le haya tenido en cuenta alguna de sus extravagancias cometidas en vida, los libreros, como todos los años, han expuesto su mercancía de viejo. Los libros, en pos del comprador, buscan cobijo en los ojos de los lectores, como hubiera dicho cualquiera de los escritores allí expuestos, si a tiempo se le hubiera ocurrido la frase.

- ¡Los libros de viejo, dice usted!

Como si los libros pudieran envejecer y llegar a la ancianidad aún no remediada, como si los libros pudieran ser, como el hombre, limitados, finitos, No.

- Los libros, para que lo sepa usted, tienen, como el alma, principio, pero nunca fin. El alma, como los libros, es eviterna en consecuencia, por más que en los últimos tiempos se hable de su agonía.

El librero les cuida como a la niña de sus ojos, ¡ay de él si no lo hiciera así! como el cojo su pata de palo, como la soberbia al rico envanecido y así un largo etc. que no continuo por no aburrir.

- Cuantas cosas le cuenten en su nombre, créaselas. La vida y el libro van de la mano, igual que los niños a la salida del colegio.

Una de las cosas inverosímiles que me contaron y que si bien creí, no sin cierta incredulidad, lo confieso, pude observarlo en la última Feria del Libro Antiguo. Esto es lo que vi y ahí están tantos libreros conocedores del tema para no dejarme por mentiroso.
Don Honorato Marcuende es ya hombre mayor y como tal, se supone por sus haceres, un tanto ido, por lo que poco extraña que no se separe, ni en verano ni en invierno, de su chaquetón de pana y de su paraguas telescópico. Don Honorato, se supone a priori, es hombre precavido y sabe, seguramente amparado en sus años, por donde va a soplar el cierzo.

- ¿Conoce usted a don Honorato?
- No señor, no tengo el gusto.
- Es ese señor, el que destaca por su vestimenta de invierno en estos claros días del preludio del verano.
- Vamos, el que va a contracorriente. Clientes para arriba, él para abajo. El caso es estorbar. Si, es una forma de ser peculiar.
- Tiene cosas peores.
- Usted me dirá.
- Observe, observe y después me cuenta.

El tal don Honorato es hombre de posible, aunque ya digo que dado a la rareza y a la extravagancia. Produce curiosidad y casi nadie se explica su vestimenta. Uno, a fuerza de mirar, encontró la explicación que, aún leyéndola en los libros, me costaría creer.
Cuando termina el día, el asueto de Recoletos arriba y abajo, este hombre, por arte de birlibirloque, nunca mejor dicho, se ha metido, entre tanto refajo como le calienta la tripa, más de treinta libros. Vamos, que los ha sustraído empleando malas mañas. Para ello tiende el paraguas de plumón de cuervo –ya digo, su “modus vivendi”- y bajo de él, la mano arrambla con un libro o con un lote, que tanto le da. La manía, las neuronas desvencijadas, como le ha dicho eufemísticamente su psiquiatra al tratar el tema, son las responsables de tales vicisitudes, lapsus sin duda.

- ¿Y nadie se da cuenta de la sustracción?
- Claro que sí, pero nadie quiere meterse en líos y prefieren callar.
- Hemos perdido el civismo del que tanto presumían las generaciones pasadas. - Serían las suyas, que las mías se quedaron tan ricamente en casa.

P.D.- La historia de don Honorato el rico no se acaba sin decir que, tras de él, como el ángel de la guardia intentando redimir al Ángel Caído, el criado Bonerico pagaba religiosamente lo robado y así, los libreros, conociendo tales rarezas, le soportaban gustosamente las manías y le dejaban hacer. Amén.

MI PUEBLO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 8 Noviembre 2010 18:36

Colgado de dos estrellas,
un nacimiento del cielo,
iluminado de noche,
por el fuego de luceros.

Este es mi pueblo,
así me lo quiso decir mi madre,
aquí nació un conde,
aquí murió mi padre.

Vine al mundo en el cenobio,
a las cuatro de la tarde,
aquel mismo día fue,
cuando falleció mi madre,

Díganme, ustedes, padres,
si quieren aconsejarme,
si es tan bueno tener,
por vecinos a los ángeles,
o la misma gloria al alcance.

Ya el cenobio se cayó,
sin matar al cura dentro,
que hubo fortuna al caer,
solo la parte del centro.

Por todo lo que antecede,
hallarán explicación,
de que queriendo a mi pueblo,
volver me causa aflicción.

LA MOSCA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 5 Noviembre 2010 18:45

Va Bienvenido por la acera solo, cuando una mosca, no más grande que… que una mosca, le revolotea delante de la cara. El mozo, con las manos y con los brazos, como aspas de molino, trata en vano de quitársela de delante, de espantarla en suma. Por unos instantes lo ha conseguido.

Más no ha andado tres pasos adelante cuando de nuevo le revolotea delante de los ojos. Vuelve a quitársela de encima a zarpazo limpio, con ira contenida o no tan contenida. Al cabo de diez manotazos y dos mandobles lo logra. La maldita mosca se ha marchado, no más de veinte segundos, porque después vuelve a la carga y Bienvenido, algo más calmado, la escucha, primero cerca de la oreja izquierda, no, de la derecha. Va y viene y le roza levemente el cogote cuando no le pasa por debajo de la barbilla. Le vuelve la irritación como si el sonido que produce el aleteo de la mosca fuera en realidad la erupción de un volcán.

Pierde la calma tratando de ahuyentarla. La ira, renace como nunca la había sentido hasta ahora, con tal intensidad le invade, que le hace revolverse sobre si mismo buscando el sujeto que causa su desesperación. Vuela una mancha mínima y oscura alrededor de su cabeza. Por un instante la ha visto pasar delante de sus ojos. La ha visto y espera, como si agazapado aguardara el paso de la presa. De repente se ha hecho el silencio. Es la calma que precede a la tormenta. Y al fin la siente, le ha rozado con sus alas el hueco de la nariz. Como el cazador que aprieta justo el gatillo cuando pasa la liebre, Bienvenido ha palmeado sus manos sobre la nariz. El aplauso ha resonado con la violencia de un escopetazo, algunos de los transeúntes que en aquel momento pasaban por la otra acera se han vuelto extrañados, cuando no temerosos.

Ahora se ríe Bienvenido. Separa las palmas de las manos para ver la muerte en directo, solo que allí no hay nada. En el último momento fue más rápida que la misma ira.

Reanuda el paso, con ligereza, para al menos, si no la puede matar dejarla atrás. Pasa un minuto, dos, no llegan a tres cuando el imperceptible zumbido llega. No, no es la mosca, son las alas de un gorrión que se ha posado en la acera, cerca de un pequeño charco de agua delante de él. Respira aliviado. Sigue andando y se olvida, lo intenta al menos. Se sienta en el velador del bar donde ha quedado con un amigo. Cuando éste llega, Braulio se llama, hablan de negocios, de la infancia apenas traspasada.

Bienvenido, ni siquiera le escucha, no deja de pensar en la mosca, apenas una mancha en la uña del dedo meñique le ha podido de tal modo sacar de sus casillas. Se arrepiente. No se da golpes en el pecho por no asustar a su amigo Braulio, allí delante, no quiere hacerle pensar que ha perdido las entendederas o se ha vuelto completamente loco.

¿Loco?, se pregunta. Acaso no lo estuve cuando disparé toda la artillería contra el díptero. Se arrepiente tanto que, por un momento, piensa encontrarla de nuevo y disculparse. Tan enajenado está, que apenas si advierte la presencia de su amigo.

Con un imaginario pisotón en el suelo se dice para sí:

- Malditos demonios alados, queréis de una vez dejarme en paz. Nadie y menos una mosca, por mucho que haya perseguido al hombre desde el principio de los tiempos, no puede tener poder suficiente para sacarme los nervios de quicio. Si por unos momentos en esta ocasión lo ha conseguido, tan solo ha sido mi culpa, una enajenación transitoria. Nunca más pensaré en tal suceso.

Braulio, sin duda extrañado por la confusión de su amigo alega prisa para levantar el campo. No sin antes, del hombro de su amigo Bienvenido quitar una mota, posiblemente el cadáver de una mosca destripada, incomprensiblemente hallada en tan insólito cementerio.

- Debes cuidar los lugares por donde transitas, no parece, a la vista de tales desperdicios como portas, pasear por donde tú caminas -le dijo Braulio a modo de despedida al confundido Bienvenido.

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UN DESIERTO EN EL ALMA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 4 Noviembre 2010 18:59

Necesito verte,
hablarte,
escucharte,
abrazarte
y amarte.

Si esto no es amor,
que venga el mismo Dios y los desmienta.

Deseo el aire que tú respiras,
el agua que tú bebes,
los rayos de sol que recibes,
y el latido de tú corazón para hacerle mío.

Es verdad que en el aire voy,
como el naúfrago en la mar navego,
mas siempre contigo estoy,
el mismo pensamiento ciego.

Imploro de la cansera de la vida,
cuan paciente estatua construida,
que me despiertes del mármol socorrido,
para jugar al sueño de tenerte.

Hundido en las llamas purgaré,
la culpa del pecado cometido,
mas limpio de yerros clamaré,
por el diáfano cielo prometido.

VIRTUDES TERAPÉUTICAS DE LA POESÍA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Miércoles 3 Noviembre 2010 18:27

 

Bernardo G. del Carpio goza de una salud precaria. Posiblemente, consecuencia directa de pasar todo el día de pie, detrás del mostrador de su tienda de libros, se le ha entumecido los centros de actividad y el ansia de una vida sana. Parece mentira que un hombre, con su altura de gigante, sus anchas espaldas como grupa de mulo y su cara sonrojada, vaya por el mundo doliéndose de la mitad de los males que nos invaden, inundan y atosigan. Sin duda es un perfecto exponente del enfermo imaginario que con sapiencia infinita sobre el ser humano trazara el dramaturgo francés, Jean-Baptiste Poquelin, el bien llamado Molière, padre de la Comedia Francesa.

- A ti, Bernardo, como a un 27% de la población de este país, le influyen negativamente los logros conseguidos y por ende, no ser lo suficientemente despierto para inventar metas a las que seguir subiendo o domeñar. Si a la vida no se le pone un señuelo lo suficientemente importante, se quiebran las ansias. ! Ay, amigo, si sabré yo sobre enfermedades inventadas! – le dijo un librero amigo, en el entreacto de la venta de un Nobel encuadernado en piel de cabritilla.

Un día, Bernardo leyó, en una revista de divulgación científica, la íntima relación existente entre la salud y las lecturas poéticas. Bien es verdad que, llevado por su hipocondría y en alas de sus sueños frustrados, que había probado de la farmacopea al uso una amplia variedad de sus productos, sólo a medias creyó en tales lecturas. Se dijo, no obstante, que por probar nada perdía y así, a bote pronto, abrió el libro del hoy académico de la lengua, letra Ñ mayúscula, Luis María Anson, recién estrenado entonces, “Antología de las mejores poesías de amor en lengua castellana” y fue tanto el impacto recibido por su alma y de tal forma se le desparramó el sentimiento por los sentidos dormidos, que se le olvidaron de golpe la mitad y un poco de sus extensos males.

Tanto fue el bálsamo, que el mismo lenitivo de Fierabrás se quedaría corto para sus heridas, pues que hablaba y no paraba de sus terapéuticas virtudes. Decía:

- De no haber leído yo aquellas sesudas recomendaciones, donde para curar mis enfermedades me incitaban a leer poesía, seguiría ahora en la zozobra de mis achaques. Razón tenían cuando afirmaban que de los muchos males que me aquejaban se infería el reblandecimiento de mi cerebro y por ende se inhabilitaba a mi alma eviterna para la vida de este mundo. Razón era desconocida y tan próxima, que la lectura - toda ella indiscriminada, que al tiempo que nos hace pensar nos distrae - sobremanera el ripio, la rima, la prosa lírica etc., todo cuanto de ardor nos inunda los recónditos escondrijos de nuestro cuerpo.

Bernardino, a pesar de su profesión, no es un hombre culto, pues apenas si en las baldas de la biblioteca de su casa guarda un Quijote impoluto y una Biblia siempre empezada y nunca terminada. No obstante y siguiendo las recomendaciones del sabio para curar sus males incontables no lee, que devora, cuanto libro de poesía pasa por su manos y lo que es mejor, paulatinamente se olvida de todos sus males, verdaderos o infundados.

Tal fue el milagro y tal la admiración por cura tan barata y efectiva que él mismo comenzó a rimar. El librero que no había abierto un libro, aunque por su oficio se sabía de la A a la Z el catálogo de poetas que en el mundo han sido, ( aún aquellos menores y compatriotas que pasaron con más pena que gloria por el parnaso español ) arrancó su primera poesía, larga y profusa como parece de ley que corresponda a todo principiante, con el pomposo titulo de: “Desde el interior de la rosa nadie advierte su perfume” y cuya estrofa final, por ser la más representativa, y porque guarda un amor apenas vislumbrado, de ahí su intrincada intención, reproducimos para reconocimiento de tan notable cambio:

Si el alma se escapa en un gemido,
llanto suave del corazón lastimado,
es el alma que quiere, en un suspiro,
escapar volando en alas del amado.

TRINOS DE AMOR

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 2 Noviembre 2010 18:17

Sí de mi voluntad dependiera,
yo te subiría,
a la cumbre del mundo,
para que tú me amaras.

A la cumbre del mundo,
para que tú me amaras,
yo me subiría,
para que tú me vieras.

Como puedo subo a tú ventana,
por ella te envío mis versos sentidos,
envueltos en líricos temblores,
escritos con el dolor de mis lágrimas.

Porque te quiero sueño,
porque te amo canto,
y cuando despierto,
envuelto estoy en tu manto.
en él me arropo,
por él me alegro,
y cuando te marchas, lloro.

Soy alegre, el trino del pájaro,
desconsolado aullido del lobo,
el mismo canto del cárabo,
y todos juntos por ti suspirando.

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