2010 Diciembre | Poemas y fábulas

Viagra

RISAS Y UNAS POCAS LÁGRIMAS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 23 Diciembre 2010 10:25

                     

Edelmiro Cualicuatri tiene una librería en un barrio apartado del centro de Madrid. Se accede a ella mediante unos cortos peldaños  desde la acera y así, el hipotético cliente se encuentra, de sopetón, dentro sin apenas haberse dado cuenta. Edel, para que nadie que pase cerca se pueda hurtar a la curiosidad, hace y deshace el escaparate, al menos tres veces por semana, cuando no más, pues experto y avezado, sabe muy bien el significado de tales puntuales cambios.

Allí, en aquel rincón, pone la muñeca de la abuela que es una cosa lánguida, pálida y bella, decimonónica y tan espacialmente hermosa, pintada de níveos polvos, suave pavesa que blanquean la piel de la cara, en la que resaltan los pómulos encarnados como foco de luces rojas, sobre sus vestidos brillantes, todos ellos negros, relucientes botones de fuego que parten la pasamanería que ennoblecen la núbil pechera de la muñeca. Cuida por tanto con minuciosidad el detalle y aviva la curiosidad del transeúnte, curiosidad necesaria para invitarle a entrar en su establecimiento de letras, oraciones y demás hilvanadas frases.

Cualicuatri, para llegar a tener una tienda de literatura ha tenido que trabajar muy duro, pasar las noches, muchas, pegándole, como decía él, al párpado y soñar, y soñar con los cientos de miles de clientes que enamorados de las páginas impresas le iban a comprar libros. Ya se sabe, decía, que sin los sueños, o lo que era igual, las ilusiones, poco es el hombre y a muy pocos metros puede pretender alzarse. Edelmiro era pues un soñador, casi al completo, por más que al tiempo no dejaba de ser práctico, con los pies que apenas los despegaba del suelo en cuanto de negocios se trataba, Por eso, a los sueños, unía una miríada de amigos que estaban dispuestos, desde el primer día que abriera la librería, a dejarle los anaqueles vacíos. Los amigos, más los conocidos, que eran también legión, porque Edel, otra cosa no tendría, pero don de gentes le sobraba, por lo que, aseguraba con total convicción, nunca le iban a dejar en la estacada.

Y así ocurrió, tal como lo había soñado el sueño se plasmó en la realidad. En la inauguración, de tantos futuros clientes como tomaban refrescos y ricos canapés de pan y queso y caviar pobre, no podían verse a los amigos. Aquella tarde noche fue inenarrable. ¡Tantos en tan poco espacio! Acaso por ello, cuando a la mañana siguiente, una vez aseado el local del cúmulo de desperdicios dejados por los futuros clientes, abrió al fin la puerta de su librería, aquella quimera de la ilusión, siempre amparado tras una sonrisa de felicidad, presto a emprender una veloz carrera de marchante en letras, de ninguna manera podía suponer a cuantos desencantos se disponía a enfrentarse, cuantas desilusiones a las que afrontar su ya delicado corazón.

A las diez de la noche, cuando a deshora cerró porque se le fue el hilo del mucho meditar y del infinito tiempo de estar solo, hizo apresurado resumen de la jornada, se encontró que por todo arqueo, exclusivamente había vendido un cuaderno de espiral, un sacapuntas de plástico y dos bellas tarjetas de Madrid. También le habían preguntado, tres veces, tres, por el precio de uno de los libros que se exhibía en el escaparate.

Pasados quince días, ¡cómo pasa el tiempo, Señor! Cuando solamente algún amigo perdido se había dejado caer por la recién inaugurada librería, acuciado siempre por las prisas, y que a ciencia cierta pueda recordar nítidamente si le había comprado al fin algo, de cuantos libros que con amoroso cuidado guardaba en los anaqueles, decidió tomarse un descanso y volver al mismo bar donde, antes de la aventura o evento narrado, solía encontrarse con aquellos amigos y conocidos a tomar alguna cerveza y algún que otro carajillo. Y fue allí, donde contando las cuitas que le ocurrían, donde pudo darse cuenta que las cosas no eran al modo de antes, a  aquellas que él siempre soñaba. Que los libros, aunque baratos, eran caros y que la literatura estaba por las nubes y las disposiciones de compra por los suelos.

 

- Edelmiro –le dijo uno de aquellos compadres reunidos- desengáñate, a los 10 ó 12 euros unidad de letra encuadernada no podrás vender una escoba. En este país todo lo basamos en la necesidad y sin tales adminículos podemos pasar divinamente.

 

Edelmiro, sin contestar, ¡para qué!, con la tremenda carga que supone la mayor de las desilusiones, pagó su ronda, 17 euros, unas cervezas y unas gambas con gabardina y volvió a su tienda, cabizbajo, con el corazón en un puño, a punto de estallarle en mil encontrados sentimientos. En el camino acertó a divisar un panel muy grande donde se anunciaba un edificio entero para la venta de libros. Edel se puso a llorar de alegría porque esta realidad venía a ser, desde el silencio, el grito muido que contestaba al compadre cicatero cuando él, por cansancio mortal que producen los sueños hueros, no se atrevió a responderle.

Levemente, mientras seguía andando, las lágrimas resbalaban por sus mejillas como la feraz lluvia que mansa cae a la tierra para, de golpe, como una revelación, mudar la dirección de los sueños y confesarse que los tiempos nuevos, que machaconamente se venían anunciando, estaban ya aquí. Era pues una realidad el cambio. Las nuevas tecnologías se imponían de tal forma, que condenaban al ostracismo a aquel que no supiera ponerse al día. De improvisó se encontró riendo, primero mansamente, tímido acaso, después a gritos, desaforadamente, como si la locura de la felicidad le hubiera invadido todos los poros del cuerpo, después de su repentino descubrimiento.

 

                                                                         

TIEMPO DE RENOVACIÓN

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 20 Diciembre 2010 18:26

Si alcanzara a ser solo silencio,
donde refugiar la fatiga del ánima,
si al fin consiguiera alzarme,
para encontrar lo que fue mi morada,
todo se lo debería a ella,
mi alado ángel del alma.

Confundido sin embargo me hallo,
de tanto andar sobre sus pasos.
en ellos mismos continuo,
que aún enojado me siento,
sabiendo que siempre encuentro,
el ruin polvo del desaliento.

De la levedad de sus caricias,
hablan los besos de estiércol,
los abrazos por fingidos,
sombras del viento se han ido,
que todo nuestro atardecer,
como si mentira fuera,
en el mármol fue esculpido.

Espanto producen sus gestos y su habla,
mirando hoy su piel del tiempo marchitada,
que engañar quiere, la juventud añorada,
aquella luz que ayer adornara su cara,
aquel relámpago, rayo sutil que su piel alumbrara.

EL PRIMER LOTE DE DOÑA ROMUALDIÑA

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Viernes 17 Diciembre 2010 15:24

 

Cuando doña Romualdiña, que iba distraída, quiso mirar atrás, don Bienvenido Rafe, su marido, se había producido en espíritu.
Le pilló el tránsito sin mayor cuenta y a traición, mirando el ilustrado retrato de una señora que le alegraba el ojo, en coritas, en un libro de historias livianas.

- ¿Cómo sabe usted tantos detalles, si apenas la esquela recuadra un octavo del ABC?
- De oídas, mire; de oídas. ¡No te digo con la preguntita!
- Perdone, de saber que se iba a poner así, no se me hubiera ocurrido interpelarlo.

Se desplomó don Bienvenido, como talego en tierra, higo madura en higuera ubérrima, como gustaba decir a su viuda, cuando le daba por la retórica. Se desplomó sin ruido. Al dejar atrás la caseta postrera de la Cuesta Moyano, donde acababa de adquirir –que era consumado lector, impenitente y tenaz- junto al Avellaneda impío a la sombra penitente del Quijote, una vida, autobiografía, jocunda y jaranera, de Estebanillo González.

- La gente se muere en cualquier momento y sin mayor reparar en el lugar. Se conoce que las parcas buscan encontrarles descuidados o bien atareados en otras cosas que les empaña el sentido.

Doña Romualdiña enterró con lágrimas y como Dios manda, al difunto de su marido, cerrando capítulo, al tiempo que el ataúd. Y abriendo, igualmente al tiempo, el libro de una nueva vida.

- ¿Venganza al cabo?
- Quite usted. Le pasó que, al despreocuparse, que don Bienvenido era muy suyo y la sometía a continuos tragos, al fin encontró tiempo para ella. Y miré usted por donde, empleó este en singular ocupación.
- ¿Y fue?
- Leer. Tomó a pecho la vida y la obra escrita de Estebanillo y se la echó con deleite al coleto. Desde entonces no hace otra cosa que hacer que ir y venir a la Cuesta Moyano, visitar con curiosidad renovada las casetas de libros y encontrar en ellas, mil oportunidades para llenar la semana de ilusiones.
- Todo, empero, se lo debe al bueno de su marido, que bien pudo morirse en el mercado de pescado de La Latina o el de la carne de Pozuelo de Alarcón, por poner ejemplos próximos. Hacerlo en la Cuesta Moyano fue sin duda un detalle para agradecer al muerto.
- En Pozuelo, para que usted lo sepa, no hay un mercado específico de venta de carne. Ni mercado que se le parezca.
-¡Peor para ellos!
-Vamos, que doña Romualdiña se hizo una experta, dejando la disquisición anterior y que a ninguna parte conduce.
- Tampoco es eso. Doña Romualdiña nunca fue una experta bibliófila, para que lo sepa. La buena señora, libro que pillaba, texto que se leía, desde la cruz a la raya, ¡oiga! Y aún desollaba el rabo en acotaciones precisas de los pasajes que más las gustaban, de las palabras que no comprendía, por si en el repaso, la daba la gana saltarse algún párrafo o alguna línea, que ya se había aprendido de memoria.
- ¿Le dio por los libros de caballería o por la literatura heroica?
- Ni lo uno ni lo otro. Por más que los géneros mencionados vayan imbricados, como las hojas de las piñas. Por igual abrazaba el pícaro hacer del Lazarillo que era, como ha quedado reseñado, de su apetito literario, como escabrosidades sin cuento, dibujos y pinturas muy del gusto de su marido muerto. Le tiró, ¡mire usted a qué altura de la vida! Por lo erótico. Y en tales páginas y libros se dejaba todo los posibles que le dejara el difunto.

Cuando en los años 80, doña Romualdiña dejó este mundo, sin prisas, por más que lo hiciera lozana, ya que por ella no parecían pasar los años, todo el caudal literario comentado y acumulado en su casa devino en la Cuesta nombrada. Allí, por lotes, salió a la venta, siendo adquiridos, los erótico-festivos, en su totalidad, por un fabricante de automóviles que pagó por ellos la friolera de 950.000 pesetas.

DESDE EL BALCÓN DEL CUERVO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 15 Diciembre 2010 19:07

En viendo la Mancha,
grande y hermosa,
para mi coleto me dije:
esto no es, sino la Mota.

No me equivoqué.
Tras el borrón,
cuenta nueva y,
al fondo, la Iglesia de San Miguel.

Después del monumento,
el pórtico de Cerro Mingote
y alineados, siete molinos,
con sus aspas en imaginario movimiento

Entre medias La Cantarera,
la comida y Santa Rita,
y a los postres más de Cuenca.
Desde el florido balcón, miramos la Mancha, toda alrededor.

RASTRO ARRIBA, RASTRO ABAJO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 13 Diciembre 2010 18:14

Los domingos de guardar, el Rastro se ha puesto imposible. Don Castor, que no se perdía la visita dominical, ya estuviera lloviendo a cántaros, hiciera un sol de justicia o el viento amenazara con volar las lonas de los tenderetes, la mucha gente le ha echado. Y es que la Ribera de Curtidores y sus calles aledañas, que la aspiración es mucha y los expositores cientos, los matutinos domingos concitan a la más variada fauna del planeta. Allí hay extranjeros de los de fuera, los de allende de nuestras fronteras y estos indígenas que vienen a ver el evento por primera vez. Y siempre, siempre, sin perderse uno, allí estaba Trijuénico de la Molienda, con la mirada en ristre, cuando no abrazando a la cartera, aspiración subyugante de los rateros presentes.

Los indígenas lo mismo provienen de Albacete, ex profeso venidos para no irse al otro mundo sin haber visto la mayor parte de este, aunque sea en tan reducido espacio; los hay igualmente paisanos de Ávila, del valle del Tiétar, de Coscojal de los Desamparados, para ser exactos, de Cáceres, de las márgenes del Darro, del Pisuerga etc. todos los que vienen, en definitiva, buscan el candil de la curiosidad infinita, por aquello de, al tiempo, encontrarse a sí mismos, haciéndole alumbrar en la pared de sus casas; los hay que encuentran el objeto-chisme o cosa impensada rebuscado entre el intrincado y el más negro de los intersticios de las chamarilerías desparramadas sobre los mostradores de las aceras. Hay listos y hay truhanes, negociantes e incautos, chorizos y guardias y a la postre, todos curiosos en amalgama bien avenida, es la antesala, –decía empero don Castor- el vestíbulo del purgatorio camino de la gloria.
De la otra fauna se pueden encontrar, entre multitud de otros enseres y atarguillos y cachivaches, perros alanos, arderos, de agua, de engarro, dogos…perros de toda clase y condición, con pedigrí escrito en papiro o en papel de barba con sellos perrunos y sin antecedentes, que vienen sin padrinos conocidos, golfos al cabo o golfillos por la edad.

También hay gatos, una inmensa e inacabable variedad de gatos. Primordialmente los hay de Angora, romanos a rayas o listas, los siameses… y monos en jaulas y cocodrilos con ramal y pitones aletargadas entre ratón y ratón y lagartos ocelados y …

- ¡Oiga! ¿No sabe usted que están prohibidas las ventas de estas postreras especies?

Hay pájaros autóctonos con cante jondo o a lo Julio Iglesias y también mudos y aterciopelados. Hay canarios amarillos con el plumón bello como el pecho de una mezzosoprano. Hay Sietecolores en jaulas y loros amaestrados que vuelven cándidos y asustados por la bulla a la mano de sus dueños. Hay pájaros de pluma y guacamayos…

- Pero, escúcheme, dentro de un maremágnum tal que, al menor descuido, cualquier desaprensivo, escudado en la muchedumbre, lo mismo te deja los riñones macerados que la cartera vacía.

Por tanta algarabía como se forma don Castor ya se marcha en el momento de mayor esplendor. Menudo es don Castor Trijuénico de la Molienda para aguantar tantas tarascadas en pleno solomillo.
Desde hace unos pocos meses, Trijuénico se descuelga al Rastro los domingos a muy temprana hora. Baja la calle Mesón de Paredes, algunas veces la de Embajadores, frenándose y cuando llega a la altura de La Corrala, tuerce a la derecha para llegar al corazón de la feria que él sitúa, sin mayores razones, en la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo.
Como llega tan temprano, ayuda a los vendedores a montar sus tenderetes. Tanto y tan bien lo hace que cuando le ven de manos le buscan rápidamente empleo.

-¡Mal me cuadra verle echar una mano a todos!
- Con la sola excepción de los libreros de viejo. Que es conocida la máxima de don Castor. “los males del mundo proceden de la lectura de los libros”. Ha saber el por qué dice eso, aunque es una verdad demostrable que no pasa un día por los pobres libreros sin que les aceche un desaguisado.
- Hay quien dice que tiene gafe y que desde que ha venido Trijuénico, cuando no se le ha caído al suelo el tinglado se les ha hundido el empedrado y una sola vez, que se sepa, el último, el que ocupa la esquina de arriba, a poco si sale ardiendo.
- Verdad usted, don Hipólito, que el bueno de don Castor, aunque yo le debería apear el don por maleducado y por grosero, tiene un pronto muy malo.
- Ni que lo diga. Ya es sabido que el carácter va en los genes y yo, que conocí a su padre, puedo dar fe de ello. Porque es un hecho que contra la cadena, no hay quien vaya.
-¿Qué cadena?
-¡Cuál va a ser! O es que usted no ha oído hablar de la escritura genética, es decir, la historia anticipada de la vida de cada individuo.
- Y podría decir, ¿donde puede comprar ese libro?
- En ningún sitio ni lugar, de momento al menos, porque es un hecho que cualquier día la ciencia encuentra la etopeya de cada uno y nos la hace comprar.
- No podría usted hablar algo más asequible, don Hipólito.
- Qué más quisiera yo, hijo, pero esto también viene en los genes.

SEXO ES CONFUSO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 10 Diciembre 2010 18:18

Es Miralinda mujer,
sin pelo en pecho a pesar,
de haber mudado al crecer,
de género sin abjurar.

Al menudo Aldearico,
terapeuta del lugar,
gracias debe a Federico,
ayudándole sin abdicar.

Rico hacen al bajito,
por mor de su paternidad,
el oro, que dice importarle un pito,
que más le incumbe la soledad.

Estas y otras cuestiones,
desorientan al pensar,
que de todos los lugares surgen,
margaritas sin marchitar.

Hombres y mujeres son,
que deshojando la vida,
como rateros sin fe,
como ladrones sin alma
truncan los géneros en la batalla.

Es por ello que confunden,
al mundo ya iniciado,
los clamores de los cielos,
con tormentas en los infiernos.
Al fin lo suyo es ensayo,
es maraña,
es la corriente de un río,
el mar en una bañera,
el finiquito del trueno,
de algo mal avenido.

EL VAHIDO DE DON CASTOR

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 9 Diciembre 2010 18:45

Despuntaba febrerillo loco con unos rayos de sol tiernos como plumón de oca o lana de cordero lechal que, al ser contemplados desde la cobertura de la ventana expandían el alma contrita y constreñida por un invierno largo, húmedo y feroz para don Castor Trijuénico de la Molienda. Si en noviembre y diciembre lo había pasado mal, que le sobrevinieron los fríos al cuero con muy mal sentir, le amaneció enero rancio y recio, todo ello sin salir de casa y condurando los males en ella, la maldita ruinera que el mismo don Castor decía con sentir hondo, pues estaba para pocas y sin dejar de hacer planes para cuando le cambiase, con el tiempo, las deficiencias del cuerpo.

Aquellos primeros soles, que por la ventana entraban, lamían como perritos mansos los pies, le llenaron el ánima de alegría hasta hacerle ver situaciones positivas mas irreales que significativas. El sol, templado aún pero real, seguía siendo tímido y su calor, apenas si era la fuerza de la llama de una cerilla encerrada en el hueco de las manos.

Trijuénico, empero, tomó el gabán, se alzó la piel del cuello para taparse el pescuezo tan sensible y sin encomendarse a nadie, hecho en niño travieso (cuando en verdad era un hombro mayor, gordinflón y algo melifluo) irrumpió en la calle con toda la fuerza que le daban aquellos menudillos de su cuerpo que iban recobrándose con el buen resoplar. En modo alguno contaba con el recio aire, feroz gubia que corta todos los resuellos cuando los resuellos se ajinan y desfallecen.

- ¿Cómo le fue el recencio, don Castor? - le preguntó su vecino, extrañado de los muchos tiempos sin verle.
- Mal, hijo, mal - contestó Trijuénico. Estuve en un tris de entregarme con todos los arreos. A cierta edad, -se explayó el hombre- cualquier contratiempo te deja baldao.
- Pues a abrigarse, que el frío aún no se ha marchado.

Y era verdad. El febrerillo loco traía, por entre los rayos del sol mañanero con los que alumbra al alma, unas corrientes de aire tan sigilosas y ateridas, que espabilaban el paso. Don Castor comenzó a andar y sintiendo a media que avanzaba que el frío le encogía los tendones de las rodillas, acelero el paso, para activar la circulación sanguínea.

Don Castor no debería de haber salido y menos creer que con la fuerza del cuerpo, un cuerpo apenas estirado del invierno, podía con la fuerza del loco mes de las nieves.

Se cayó en la acera, como un saco lleno de patatas y judías frescas. Sin fuerza, como si se le fueran quitando las cuerdas que por dentro le hacían ir derecho. Alguien, sin duda un transeúnte inexperto lo tomó de las axilas y lo apoyo contra la pared de aquel edificio. El bueno de Trijuénico, mientras, comenzó a soñar, soñar con los verdes campos de su pueblo, con la luna que tenía los tejados en Coscojal de los Desamparados, con los gamos que corrían en los cotos de su pueblo, con la juventud perdida tan solo ayer.

Las clavellinas, pétalos de oro, con la sangre derramada de sus pistilos, crecían en medio de la nieve de las cumbres de Coscojal de los Desamparados. Allí, soñaba Don Castor dentro de otro sueño, este que le llenaba hasta las puertas de una nueva vida.

Despertó a las horas, arropado de sábanas blancas y azules del hospital, tiritando aún, pero nuevo al fin. Le habían inyectado la vida a raudales, le habían hecho comprender que, después de la enfermedad, como si el fuera el barco que elude la tempestad, llega la calma.

Don Castor Trijuénico de la Molienda recobrada la alegría, expulsada la ruinera, sentado en su recuperación del vahído, leía por primera vez las páginas de un libro que podría haber sido inspirado por él y que llevaba por titulo “Anima mea”.

DIFICIL TRÁNSITO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 6 Diciembre 2010 18:44

Resumo la vida en un instante,
el tiempo que se encierra en un segundo,
apresurado dibujo de la sombra,
recuerdo a la carrera de la vida.

Es la misma ilusión, mil veces repetida,
arco iris de colores desvaídos,
el mismo mar que se desborda en catarata,
con la mirada absorta en el pasado.

El sueño plácido del niño que despierta,
convertido de súbito en el hombre,
aquel que perdido en la selva sin caminos,
ansiado va buscando el jardín que no encuentra.

Somos efímeras llamas del relámpago,
la luz que camina por delante,
ese rayo lleno de esperanza,
que presto se apaga sin advertirnos.

Difícil se hace si de verdad se piensa,
ser hoy sólo reflejo del mañana,
ese futuro de hecho de ensoñación deformada,
barro del que fuimos, ser inspiración en el pasado.

No abarques otros límites que te lleven,
más allá del aire que acaricia tú cabeza,
navegarás en las aguas cristalinas del océano,
para escuchar tan sólo los ruidos de la nada.

Silencio es al fin el término alcanzado,
todo lo demás, hermano, es faramalla,
engendrada ilusión llena de humo,
en la que arden las cabezas deshabitadas.

El “PAPARAZZI”

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 3 Diciembre 2010 18:12

A un fotógrafo sin tiempo o corriendo en pos de él, a quien colgado de sus máquinas o ahogado bajo ellas, trota y se desboca tras una foto única; a quien tantas veces nadie le cobija sino otra cosa que la paciencia y el mal tiempo, al que tiene habituadas sus carnes de trotamundos, se ha dado en llamar “paparazzi”; palabra ésta fonéticamente hermosa, luminosa y grande y redonda, sacada sin duda del cacumen del mejor Fellini, igualmente grande en su “dolce vita”.

Es posible que, con un ajetreo por aquí, un olvido por allá, “paparazzi” comience su evolución hacia el diccionario de la R. A. E y aquí paz y allí gloria; más pasemos a lo que estamos. “Paparazzi” comienza siendo una necesidad y termina convirtiéndose en un estorbo, en el mejor de los casos. Y me explico:

El que emprende carrera de famoso -por más que en estos postreros tiempos cualquiera vale sin ningún bagaje o condición- comienza apoyándose en el socorrido y bienamado fotógrafo. Obviamente estoy hablando de famosos de pacotilla, los de papel couché, estos que resplandecen en los lugares comunes, donde el mundo se da cita entre estruendos de ruidos y destierros de soledades donde el cacumen, esta vez negativamente, se ve enterrado bajo la pesada losa del inmenso griterío.

Pues bien, en este floreciente negocio hay que compartir liviandades sin cuento, bocadillos de madrugada, amores al fin de tres al cuarto, con quien te tiene en la punta de su cámara -léase objetivo- y puede llevarte al papelín semanal del cuore. Así nos ha sido dado contemplar, que uno mal que le pese no se sale del gremio, grandes amistades llenas de negros arcanos que han germinado en lustrosos frutos por el simple hecho del reparto no siempre equitativo de intereses. Y así, de casi nada por parte de casi todos, se llegó a la luna llena por el arte inexplicable del birlibirloque pues todo el mundo sabe que una fotografía a tiempo vale más que mil palabras a destiempo y realiza el milagro inverosímil, al que harto más difícil llega el plumilla, por muy afilada que éste sea y bien entintada en el Real del mundillo al que nos referimos.

Ahora bien, encumbrado neófito, de poco se quiere a un objetivo que graba inmisericorde nuestros más recónditos secretos, descubriéndonos debilidades escondidas y subterfugios encerrados.

Va de retro, Satanás, ¿Quién quiere a un “paparazzi” en su vida si su vida, a costa de Juan Pandero, la hemos resuelto? Testigos de vista cuantos más lejos mejor y si te he visto no me acuerdo, que los amigos cambian y aquella instantánea me ha permitido ponerme en el lugar que me corresponde que naturalmente, está muy por encima del estatus social que se le asigna al pobre fotógrafo.

En cuanto se ahorran tres euros, tristes pesetas de la fama, uno se compra unas verjas hasta el cielo y preserva la intimidad de moscardones indeseados, cuando no, así nos lo han demostrado en los últimos tiempos las paredes pintarrajeadas por brochas infamantes, verdaderos asesinos que no se paran en barras para obtener una exclusiva.

Quienes estuvimos en el antes y en el después, algo separados y escépticos sin duda, la condición humana nos produce alguna risa, aunque esta, tenemos que reconocerlo, sea a media esta. Por supuesto que estamos a favor de la intimidad, de la privacidad, pero no nos hagan comulgar con ruedas de molino condenando a unos profesionales de la fotografía, las mismas que tomamos todos los días, todas las semanas con el desayuno, que lo único que hacen es cumplir con su obligación, el deber y el derecho de fotografiar a personas públicas, en lugares comunes, como consecuencia de una notoriedad que ellos, y sólo ellos, se fraguaron con sus desmedidos deseos de notoriedad, sin mayores fundamentos.

Quien huye de la soledad de crear es muy dueño de toparse con el ruido que hace el mundo, de aquí en adelante sólo hay que aguantarse con la elección equivocada.

DAME UN POQUITO DE SED

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 2 Diciembre 2010 14:45

Dame un poquito de sed,
¡ ay, Niño Jesús del alma!.
Dame un poquito de sed,
que me estoy muriendo de agua.

Nudos en el corazón,
y nudos en la garganta,
con veinte cables de acero,
me tienen anclada el ánima,
en arenas de otros mares,
playas que no son tus playas.
Dame un poquito de sed,
que me estoy muriendo de agua.

¿Cuándo llegará la luz,
para soltar las amarras?.
El barquito cabecea,
con sueño de muchas albas.
El pobre barquito inquieto,
sueña con la mar en calma.
¡Ay!. Dame un poquito de sed,
que me estoy muriendo de agua.

Soles y lunas me ciegan,
de luz para no ver nada,
colinas de sal hirviente,
la lengua ponen amarga.
Ya no hay demora, tan sólo memoria,
que ya tengo tu palabra.
Dame un poquito de sed,
que me estoy muriendo de agua.

Estoy, Señor, en el camino y espero,
que remolques este barco,
hasta los confines del mundo,
allí donde yo te aguardo.

Muero cada hora un poco,
por navegar en tus aguas,
ya que las mías se anegan,
y sólo consigo achicarlas.
Dame un poquito de sed,
que me estoy muriendo de agua.

Ya se, no me digas nada,
Niño me llevo tu sed,
en el corazón clavada.
Tu sed, la sed que pedía,
que el agua yo iré a buscarla.
Torrentes que se desbordan,
entre la carne y el alma.

Más sed, ¡Niño!, mucha sed…
que me estoy muriendo de agua.

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