2011 Enero | Poemas y fábulas

Viagra

LA PRIMERA LÁGRIMA DE SISENANDO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Lunes 31 Enero 2011 12:49

Sisenando, contra lo que se pudiera creer, es un tipo duro. Está hecho, le gusta decir, de energía y reciedumbre y todo él, adornado de gimnasio caro, donde se pule la técnica, se depura el nervio y se platea el músculo.

Hace algún tiempo. No se sabe muy bien que es lo que le ha podido pasar, la moderación, de la que siempre había hecho gala, se le agrió. Fue como, si de repente, el zumo de la naranja mañanera lo hubiera trocado por otro de limón, vista las excelencias de este.

El mal humor, a pesar de todo, no era el rasgo visible en sus convivencias, tanto vecinales como con sus conocidos. Principalmente tenía lugar en su casa, allí donde más le es exigible la moderación. Siempre contra su mujer y sus dos hijas.

- Sisenando es un hombre con mucho temple, por eso sorprende lo que usted me está contando –le contestó la autoridad del lugar a su mujer, que cansada de sus malos humores había ido, más que a denunciar una causa, a pedir ayuda para ver si el carácter le cambiaba tras alguna recomendación puntual y a tiempo de la autoridad.

No hubo caso, siguió el hombre en sus despropósitos hasta conseguir que, sus dos hijas, María Patricia y Sonsolines, en edad temprana para los tiempos que corren, abandonaran la casa paterna.

- ¡Sabéis –le reconvino la madre, viéndolas marchar, desde la puerta misma de su casa- que me dejáis sola con él y que, tal cual se está comportando últimamente, mal espero, para mi desgracia, alguna salida de tono de vuestro padre que sea noticia de periódico!

Las hijas comprendieron la súplica, más a pesar de ello alegaron que, de otra forma, lo que su madre alejaba en el tiempo para convertirlo en una realidad futura, si se quedaban, a buen seguro que se iba a plasmar en alguno de aquellos mismos momentos.

Se fueron con gran sentimiento de sus corazones, sin mirar una sola vez para atrás, no se fueran a arrepentir, pues se decían la una a la otra que tal dejación sería cobardía.

Pocos años habían pasado del hecho, cuando la mayor, habiendo adquirido por sus propios medios casa, invitó a su madre a venirse a vivir con ellas.

Esta se volvió a negar aduciendo que su puesto estaba con su marido, que por encima de sus propios deseos estaba la obligación contraída. Y se quedó.

En este tiempo, habían pasado diez años de la marcha de María Patricia y Sonsolines, hoy ya mujeres, su padre, Sisenando, se había comprado un perro.

Era éste pequeño, sin raza definida, un chucho sin pedigrí ni nada ni nadie que le pudiera ennoblecer. Sin embargo, era un perro simpático, dicharachero en sus continuas idas y venidas, plural en distraer a su dueño en todos y cada uno de los instantes del día.

No, no, pese a todo no le cambió el carácter la circunstancia relatada. Se comportaba tal mal o peor, aunque la deferencias advertidas y sin duda sorprendentes, las guardaba para aquel perro, al que había bautizado con el nombre de Manolo.

Y Manolo para acá y Manolo para allá, se pasaba los días llevándole atado al ramal, como él llamaba a la correa.

Se admiraban los que viéndole se mostrara tan complaciente con cualquiera de las travesuras cometidas por Manolo. Y en verdad era que, el chucho, como de ninguna manera quería que así se le llamara, era propenso a toda clase de diversiones.

No le suavizó el carácter al dueño sino cuando él se encontraba presente, parecía más bien Sisenando un niño en presencia de su educador, que otra cualquier cosa. Doña Eufemia, su mujer, tal mal tratada, tuvo, casi todos los días, mil tentaciones para huir de su lado. Todas ellas las reprimía diciéndose, aquello que podría ser de él, de su marido, sin su presencia moderadora.

Así pasaron diez o doce años, que la cuenta, por larga, se pierde en la noche de los tiempos. Hasta el fatídico, malhadado día, en el cual, la tragedia se consumó.

Extrañado Sisenando de que su perro Manolo no le despertara al alba, como tenía por costumbre, se levantó a las siete en punto de la mañana. Fue sigiloso hasta el rincón de la casa, en la cocina, donde tenía plantados sus reales, su cama y allí le encontró. Acurrucado, hecho un ovillo, acariciando con su hocico menudo su muñeco de trapo con figura de gato. Allí estaba, sin moverse, quieto, había expirado en la noche porque le llego la hora y porque la edad se cumplió en su corazón, un corazón sin duda divertido, pero anciano al fin.

Lo tomó Sisenando en sus brazos y con cuidado sumo, como si aún pudiera inferirle algún daño, lo deposito tierno sobre la mesa de la cocina.

Allí le encontró su mujer ya con la luz del día, sentado en una silla, con la cabeza reclinada sobre la cabeza de Manolo, llorando cual magdalena, como si el mundo, se fuera a terminar en horas.
Desde aquel día, este hombre de agrio, de acerbo carácter, no tuvo tiempo de poner mala cara a nadie. De repente, parece un milagro, se había percatado que hay cosas mucho más importantes que trasladar al mundo entero sus malos humores.

NIÑA, MEMORIA, MADRE…

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 27 Enero 2011 16:24

Se te quedan las pecados a la altura del hombro,
con el cansancio justo, con el que se mueven las penas,
para darle a la luna el tributo soñado,
tu luz de ceniza, torbellino tu alma agorera.

Te llevas, en el junco nervioso del talle,
el equilibrio perfecto de la armonía en marcha,
y largos los lazos que ciñen tiernamente,
al fruto moreno de tu vientre chiquito.

¡Ay, niña!, niña, casi negra y dulce, hecha de alambre,
en la pupila verde de tus claras ventanas,
se funde la honda negrura de tu carne.
Por las oscuras rejas de tu espeso cabello,
se mete la noche corriendo tras la sangre.
Y la fuente cercana,
de tu mirar ausente,
extiende el surtidor,
hasta la altura misma,
de tu sonrisa amarga.

¡Niña! !Niña! gitana, casi siempre madre,
tú no jugaste nunca,
se te quedaron todos las muñecas,
colgados de las ramas de los árboles,
o mejor dicho: toda la vida tuya,
es un juego constante,
libre volar de alondra,
o de viento rasgado entre mimbrales.

Te conoces de memoria los caminos
y Memoria es tu nombre,
como un rito.
Gitanos y gitanas se juntaron,
para deliberarte.
Memoria, se te van los luceros,
volando entre la piel y la carne.

En esa vía láctea,
de tu cuerpo salvaje,
acumuladas tienes a todas las estrellas,
que el verano contaste,
alegremente corriendo por la cumbre,
de tus sueños gigantes,
simples sueños de libertad absoluta,
engorados sobre el oro de la tarde.

Niña, Memoria, madre…
sangrante de misterio y de ternura,
dime: ¿por donde andaste?
sabedora de todos los caminos,
fiel caminante.

Sin descanso te lleva tu destino,
con tú pequeña y el regazo al aire,
espacio te falta en todos los senderos
y sobra espuela en tu sosiego amable,
que debajo del puente,
la corriente del sol y la del aire,
le traen y le llevan a tu niño,
la canción que buscaste para amarle.
Le duermen las acacias con su vibrar rutilante,
la canción de los jilgueros en los arrabales,
mientras secas la noche de tus ojos,
para que sueñe un poco con su madre,
mientras crece moreno en la memoria,
igual que tú, ligero y caminante.

Marchareis los dos cogidos por la espalda,
carretera adelante,
y nada importa que aún no te ande solo,
el hijo de tus carnes.
Lo que importa es tenerle a todas horas,
en sueños cogido por el talle,
tejiendo mimbre
y viril, con el látigo y la espuela,
en busca siempre de su madre.

TITULO IMPOSIBLE O EL IRACUNDO LIBRERO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 24 Enero 2011 17:38

A don Bienvenido Trijueque le ha venido el júbilo a ver. Hasta ayer, -¡lo que puede cambiar la vida de un día para otro!- tenía las horas, todas, ocupadas.

A esta primera de la mañana, tales cosas, a estas últimas de la tarde, tales otras. Con la alegría de la jubilación le han desordenado el tiempo…y las entrañas. ¡Oiga, como suena! Desde hoy lo mismo le da comer a las dos que a las tres, levantarse a las seis, según costumbre, que a las doce, la hora mágica donde dicen que se levantan los padres de la patria y donde se cierran los grandes negocios y el I+D+i.

Con todos estos cambios, los intestinos, los menudillos de dentro de la panza, no le rulan. Antes era un reloj, hoy la maquinaria la tiene descompuesta, no le funciona con la precisión de ayer. Claro que lo mismo no se acuerda que hacia visitas sin cuento al excusado. ¡Vaya lo uno por lo otro!

Doña Virtudes, su mujer, le ha dicho que hay que llenar el tiempo, que haraganear está muy bien para los sandios, los memos o para aquellos que sólo tienen pájaros en la mollera.

- Tú, Bienve, mira de ocupar las horas o te volverás majareta. El ocio, siempre se ha dicho, es muy mal consejero.

El señor Trijueque la escucha pero no la hace caso, que la cosa no es tan fácil.

- ¡Coño!, Bienvenido, ¿quieres marcharte de casa y darte una vuelta? No ves que todo el día en la cocina estás estorbando. Yo creo que, o te buscas ocupación válida o te mueres de aburrimiento y de inanición.

Lo de la guadaña a don Bienvenido no le movió un pelo, don Bienvenido se había tirado, durante cuarenta años de su vida, día por día, que se cuentan pronto en su montante, no en su transcurrir horario, maquillando cadáveres. No, no era sepulturero, pero casi, era estilista del más allá o para el más allá, que son matices y ganas de complicar el asunto. Lo que verdaderamente le llegó al alma fue aquello de ser un estorbo, en cero o dos, a la izquierda. Fue como si, en lo más recóndito de su existencia, le asentaran de repente una puñalada trapera, con cuchillo mangorrero para más INRI.

Desde entonces, el ex estilista se ha afanado, en todo su tiempo libre, es decir, de la mañana a la noche, en coleccionar sellos, vitolas de puros, postales, cajas de cerillas, sogas de ahorcado –de estas sólo tiene una que compró a un chamarilero en el Rastro y que le juro por todos sus muertos, que con ella ahorcaron a su tatarabuelo y que ahora, le ha entrado la duda razonable de que no sea verdadera y sí falsa, como Judas Iscariote- separadores de páginas de libros, billetes de la República, monedas de la dictadura de Franco, el de por la gracia de Dios etc. El bueno de don Bienve, se ha metido en tal berenjenal que no sabe como salir de él. Un buen día le ayudó su mujer, doña Virtudes, cuando le dijo:

- Por qué no coges tanta mierda y la pones en el cubo de la basura. No crees, Bienvenido, mi amor, que mejor harías matando el tiempo leyendo, que dando el coñazo a cuantas visitas vienen a casa, enseñándoles tan variados como inútiles pasatiempos. Cuando te digo que hay que ocupar las horas, hay que traducirlo por, le recalcó muy lentamente: “hay que llenar la cabeza”. En una palabra, leer, leer en definitiva, ¡alma de cántaro! leer. Vete a la feria del Libro Antiguo, a Recoletos, a la Cuesta Moyano y verás como llenas la cosecha, tu cabeza y tu alma, todo al mismo tiempo.

En la Feria de Viejo y en la de Nuevo, que también la hay, lo primero que le hizo aquel librero de bien, es venderle una enciclopedia sobre literatura y sus alrededores, la que tenía olvidada. Allí aprendió el maquillador de tránsitos lo que está en los libros, lo mucho que está por entrar en la historia. A doña Virtudes, el hombre eufórico la dijo:

- En verdad que, de no haberme abierto los ojos, bien me hubiera perdido, en esta última curva, la más peligrosa, lo más grande que tiene la vida, el placer de la lectura, la imaginación y los sueños del futuro a punto de cerrarse para toda la eternidad.

La buena mujer ni le contestó. A doña Virtudes, entre otras muchas cosas, le gustaban las novelas donde el protagonista era el demonio o se asemejaba, también las de aparecidos, muertos andantes o vivientes y todo aquello que la hiciera zozobrar el alma, tan apegada siempre a lo cotidiano. Se conoce que todo se pega. Le gustaba Lovecraft, Henry James, Edgar Allan Poe y August Derleth, por ese orden. Nunca aparecían autores de la tierra, a estos decía, sabía siempre del pie que cojeaban. Del Necronomicon, su obsesión más frecuentada, le hablaba a don Bienvenido un día si y otro también.

- Tú ya sabes que yo no soy muy crédula, que si peco en esta vida es en lo contrario –le dijo una tarde a su marido, cuando este comenzaba a afanarse por aquella literatura fantástica recién descubierta. Pero créeme, cuanto más leo estos libros más me entra en la cabeza que deberíamos encontrar nosotros el Necronomicon.
- ¿Quién es el autor? –la preguntó.
- Un árabe, pero eso no importa, lo que importa es encontrar el libro, al que, según he podido leer, le faltan la primera de las páginas y algunas del final.
- ¿Y cómo lo he de reconocer si lo encuentro?
- Porque está escrito sobre la piel de un cabrito.

Desde aquel mismo instante lo pasó don Bienvenido lo mismo que aquel otro que se le secó el cerebro de tanto leer libros de caballería. Don Bienve, cuando no anda tras la pista de este incunable, está recogido en casa, inflamándose de ciencia con la última adquisición. Una mañana, cuando ya la afición le recorría el alma, fue a dar, en una calle estrecha del viejo Madrid, contra el cristal, sucio cristal de una librería apenas si abierta al público. A través de él, del cristal, más que ver adivinó grandes rimeros de libros. Y allí, coronando tan ilustrado carromato, quiso ver las páginas de Necronomicon en piel de cabrito.

- ¡Oiga! –dice don Bienvenido que le dijo, una vez dentro de la lóbrega librería- ¿no es ese el libro donde están resumidas todas las soluciones a los infinitos problemas que afligen el alma y donde se encuentran las distintas panaceas para curar todas ellas?
Canijo era el librero y aunque verano, se tapaba el enjuto cuerpo con albornoz de paño y gorra de fieltro, para advertírsele apenas los ojos. Le respondió iracundo el interpelado:

- ¡Qué tonterías está usted diciendo! ¿Qué libro? ¿A qué libro se refiere?
- Ese de piel de cabrito, el que corona el rimero –le dijo don Bienvenido, sin querer advertir los malos modos, sin escuchar la perorata del bilioso, indicándosele con el dedo índice.

                                                *                                *                               *

Algunos días tardó don Bienvenido en contar a su mujer, como aquel hombre, mezquino sin duda, aquel energúmeno sin fundamento, le expulsó, entre apocalípticos insultos y soeces improperios, de su tienducha maloliente y como, casi en el mismo momento donde se daba en él, la misma cúspide del Everet, la de su nacida afición por la letra impresa, un malhadado librero le arrancaba de cuajo su recién estrenada vocación.
¡Dios no se lo tenga en cuenta!

GOLONDRINA QUE VUELA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 18 Enero 2011 10:51

Golondrina que vuela,
ven a mi mano,
yo te haré un nido,
de pétalos blancos.

Envidia te tengo,
¡ay! golondrina,
porque surcas los aires,
sin gasolina.

Ser como tú sería,
todo un milagro,
nadar en el aire,
como los pájaros.

Dios no te hizo,
sino sutil,
para que el mundo,
grosero y vil,
advierta que tienes,
como los ángeles,
el pecho de amapola,
el pico de nardo
y todo a la vez,
cuando te alejas
o te dejas ver.

Ven golondrina,
ven a mis manos,
blanquearé tus plumas,
de ajo blanco.

Si así lo quieres,
yo iré contigo,
en la nube nos perderemos,
los dos juntitos.

Unidos iremos,
al mismo cielo,
allí donde se pierden,
los mil luceros.

Tocar la gloria,
para mi sería,
el anhelo soñado,
todos los días.

Tú trino oigo,
por las mañanas,
cuando me despiertas,
al rayar el alba.

Así risueño,
me enfrento al día,
riendo la suerte,
de tú compañía.

Aquí termina,
el canto tuyo,
que lo aprendí,
mientras te escucho.

Te quiero ave,
del buen trinar,
de todos los pájaros,
de ti, me fui a enamorar.

EGO TE ABSOLVO A PECATIS TUIS

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 14 Enero 2011 13:54

Según consta en el informe escrito por el funcionario designado para transcribir la declaración realizada por doña Cristinet Latareta, la madame de Isla Tropical, la muerte de su pupila, una joven rubia, de no más de 25 años, inesperada de todo punto, pues nunca había demostrado dolencia alguna en los exámenes médicos periódicos a ella realizados, dejó tanto a ésta como a sus compañeras y visitantes, enteramente de piedra.

El ahogo sufrido, dijo la madame, fue de tales proporciones que nada se pudo hacer por ella, si no lo realizado. Tan súbita fue la situación presentada y tan trágica y rápida como se resolvió, fue la circunstancia determinante para acercarse a una de las ventanas del lupanar que daban a la calle y por ella pedir auxilio a gritos. Volvía los ojos –dijo también- con tanta rapidez como si de verdad se quisieran salir de sus cuencas y siendo el caso aciago, aún imponía más, primero por el volcán que anunciaban eran sus pulmones y después, estos mismos, cuando dejaron de inflar el pecho desnudo, el espeso silencio que se produjo como presagio de lo que iba a suceder. El fuelle del pecho, lastrado al fin por el cansancio mortal que se le adivinaba en la cara, se apagó como el pabilo de la vela azotada por el implacable viento.

Preguntada madame por la posibilidad de que el sucedido fuera consecuencia de una ocupación, negó saberlo a ciencia cierta, pues si bien el óbito ocurrió a las doce y media de la mañana, hora y media después de abrir sus puertas Isla Tropical, el primero, y último cliente, había preguntado por ella pocos minutos después de la apertura. Así al menos constaba en las notas que tomaba al respecto para todas y cada una de las trabajadoras y nadie, que ella supiera, se había saltado la norma. De todas formas indicó que el mucho tiempo dedicado si la extrañó, aunque acostumbrada como estaba a extravagantes gustos, todo se lo esperaba de sus clientes.

Sobre la oportunidad del médico igualmente negó que este hiciera acto de presencia desde la fila de los clientes y menos en calzones, acuciado por la prisa, aunque tampoco negaba que muchos de los que allí las visitaban, pasaban previamente por esta otra consulta.

Aseguró madame Cristinet que lo mismo que el médico vino desde la calle, igualmente pudo hacerlo el sacerdote. Cada uno, en sus respectivos cometidos, trataron por todos los medios de salvarla. El primero el cuerpo, el segundo el alma. Con los cuidados del primero la chica pareció tener una reacción positiva y momentánea, eso fue todo. El segundo dispuso su alma para su postrer cometido. Mientras la hacía la señal de la cruz sobre su frente nacarada la susurró palabras de alivio y el milagro de el “ego te absolvo a pecatis tuis”

Ninguno de ellos mostró el menor reparo en atenderla, desnuda como estaba, el médico la tomó por los hombros hasta casi lograr incorporarla, el sacerdote, igualmente, la absolvió sobre las blancas sábanas exonerándola de todo pecado cometido en esta vida y rubricando el aval al que dejó impoluto y con el que poder entrar en la otra existencia.

Al insistir el funcionario en la posibilidad de que tanto uno como otro experto la asistieran desnudos y convictos, está negó toda importancia en el hecho, por baladí y poco esclarecedor, que allí, lo trascendente era haber visto como una vida joven se truncaba sin remisión y volaba hacia lugares ignorados por el hombre. Era del todo punto inocuo el que la muerta se presentara desnuda o vestida, que quien la auxiliara nada importaba sino saber con la diligencia y la profesionalidad que era atendida en su postrer trance.

Comprendió el escribiente las razones expuestas y fue entonces, sólo entonces, cuando levantó el campo de batalla para calmar los ruidos del viento, los bramidos de la mar, la faramalla con la que le habían cargado y que se escondían en la punta de su bolígrafo.

A UN TENAZ TRABAJADOR

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 12 Enero 2011 8:48

 

Es mi amigo,
queda dicho,
de cuanto de él diga,
nada quede en entredicho.

Trabaja de sol a sol,
de la mañana a la noche,
y aún se le pierden las horas,
buscando otros resquicios.

Es su vida el trabajo,
su amor la pala y el pico,
aunque intelectual sea,
la fatiga de hacerse rico.

Yo no revelo su nombre,
ni siquiera su apellido,
aunque tenaz le pondría,
por no bajarme del dicho.

Ya saben, ese que dice,
que quien trabaja sin mirarse,
lo más fácil que le ocurre,
es cerrar la puerta e irse.

Por eso le digo yo,
compungido como estoy,
deja de trabajar un día,
imita al mismo Rajoy.

Sería llegado el momento,
de tomar café conmigo,
no olvidar los buenos tiempos,
esos que ya se han perdido.

Si mi palabras al alma te llegan,
edulcoradas de hiel,
es para que crear que por dentro estoy,
como rico panal de miel.

Tengo para mi que pierdes,
los últimos días de la vida,
esa que tan corta es,
y enseguida se termina.

Reflexiona de una vez,
levanta el pie que te lleva,
por caminos pedregosos,
como si reales autopistas fueran.

Aquí yo acabo el discurso,
envasado, removido y en botella,
para que lo puedas sorber,
mientras te alumbra tú estrella.

ESCUCHANDO AL AIRE

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 10 Enero 2011 10:00

Una mañana de domingo, Rogelio Andolfo, en la edad límite de sólo joven para empezar a ser señor, se refugió en el jardín de su casa, debajo de un nogal centenario cuyas ramas le tapaban de toda curiosidad ajena.

Allí fue, dolido por la vida, en busca de una soledad real, auténtica, esa que sabe apartarte de los sinsabores inexplicables del espíritu, esa que sabe tranquilizar el alma de los hombres.

No, no era la primera vez que venía hasta este banco de piedra y cemento sin obtener resultado alguno. Al menos el milagro soñado, aquel que, había leído, se producía en algunas personas, aquellas que sabían de las bienaventuranzas de los retiros matutinos.

Iba Andolfo con sus complejos ahítos, sus tristezas sin sentido, todo él lleno de pesares producidos por la existencia. Problemas sin fin a los que no encontraba fácil solución.

Ya sentado, el silencio le recogió el alma como nunca hasta entonces había sentido. La trascendencia de sus pensamientos, la paz interior advertida, vasta como bálsamo que se extendiera hasta el infinito, allí, sí, donde sólo él habitaba.

De esta manera pasó, acaso algo más de un segundo, nunca más de tres, cuando dos impertinentes como indiscretos pajarillos, dos ínfimos gorriones, se pusieron a parlotear en la rama más flaca del nogal, la que estaba justo encima de su cabeza, frustrando así el momento mágico que estaba viviendo. La primera reacción de Rogelio Andolfo fue la de levantarse airado y con grandes aspavientos espantarles de su proximidad hasta que se perdieran a lo lejos, donde no pudieran disturbarle de sus pensamientos.

Esto fue lo que quiso hacer cuando el pío-pío, incomprensiblemente, fue traducido en palabras coherentes, tan audibles como entendibles, palabras al cabo a sus oídos confusos. Decía el uno al otro, posiblemente su último descendiente, dando lecciones al hijo con las que enfrentarse al mundo:

- Ves –dijo el gorrión – ese hombre que asienta sus posaderas sobre el duro cemento es el rey de la creación. Eso cree al menos, cuando la verdad no es sino, uno más de cuantos animales y plantas formamos el Universo. Las cuitas que aquí viene a redimir, son faltas creadas sólo por él, defectos que no sabe suplir por situaciones tangibles al alcance de sus manos. En realidad, es el ser menos afortunados de cuantos poblamos este mundo. Ha creado una falsa circunstancias donde no encaja, un devenir incierto, una incomprensión absoluta con el resto de lo creado. Desconoce por igual la libertad, desconoce el amor, ignora el perdón, la amistad, todas aquellas cosas necesarias para atravesar el necesario transito impuesto y que nos conduce a la gloria de los cielos. Ten cuidado con él, hijo. Sus reacciones son impredecibles, pueden costarte la vida. Quien ignora lo próximo, lo fundamental, recuérdalo, anda errado, queriendo abarcar iluso el mundo. ¡Así le va!

Rogelio Andolfo escuchaba con suma atención, sin que una sola de las palabras salidas de aquellos pequeños y amarillos picos se le escapara, más incrédulo por la imposibilidad, pensaba, que fuera verdad cuanto estaba escuchando, miraba una y otra vez de reojo para cerciorarse que ninguno de sus sentidos le estaba traicionando. Quieto, no queriendo espantar a los gorriones allí posados, guardaba un riguroso silencio. En él, comprensiblemente, en ese mismo instante, se fraguaron las recomendaciones proclamadas por los pequeños pájaros.

Cuando volvió a mirar a la rama donde estaban posados les vio partir volando. Andolfo, igualmente se levantó de su asiento e imitando a los gorriones, sintió por primera vez que volaba, que era liviano y sutil a la medida de sus deseos, que todos aquellos irresolubles problemas con los que había venido hasta aquí, habían quedado marchitos, como sombras alumbradas por el sol.
Quienes le habían conocido apenas si podían explicarse el cambio, Andolfo contemplaba ahora la vida desde el milagro de mirar las cosas en toda su alegría.

Sin duda, este Rogelio Andolfo había aprendido a volar, después de un prolongado sueño en el jardín de su casa, a la vera de un nogal centenario.

VEREDAS EN LOS CAMINOS DEL MUNDO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 3 Enero 2011 10:34

Suena el río con trinos de nácar,
corren limpias sus aguas y lavan las piedras,
las mismas con las que mañana edificaré mi casa,
el sueño que a bien tiene regalarme el Señor.

Alzaré una torre en el centro del bosque,
allí donde los ojos de los cárabos taladran la noche,
en la espesura donde el ruiseñor canta,
al pié de la vereda que sube a la montaña.

En ella refugiaré, mientras me quito la venda,
la que me impide ver los miedos después de haberte conocido.
aquel día que por primera vez cantaron en mis oídos,
los badajos todos de las campanas perdidas en el mundo.

Soñaré despierto en la duermevela que al fin vienes,
que no es mentira la promesa que de tú boca me hiciste,
que verdad es la luz que irradiando de tú mirada advertí,
el relámpago con el que la tormenta acaba y surge el arco iris.

Desde el fanal de la torre que construyo miro,
el regato que se pierde en la ladera buscando el río,
hasta aquí llega el olor de las acículas de los pinos,
la soledad preñada de esperanzas rancias.

Cerraré la puerta para siempre con candado,
viviré por siempre en mi conciencia,
como dicen que los santos esperan,
el suspiro final tan esperado.

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