2011 Febrero | Poemas y fábulas

Viagra

¿QUIÉN ES ESE SEÑOR QUE ME MIRA?

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 24 Febrero 2011 15:28

De entrada debo confesar que lo mío, desde siempre, al menos desde que me conozco, no ha sido mirarme en el espejo. Ahora bien, de aquí, a no reconocerme en él, como me acaba de ocurrir, va un trecho tan grande como la distancia que recorre, en un segundo, la mirada de un hombre enamorado en el trasunto de su enamoramiento. Vamos, lo que se dice un abismo infinito en mitad de un dulce sueño.

Pues algo de eso fue lo que ayer me ocurrió. Entré raudo, y solo, debo de confesarlo, en el ascensor de mi casa, ese que tiene un espejo ocupando por entero el frontal del cubículo y por consiguiente no tuve otro remedio que fijarme en la figura que reflejaba. Ya sé que lo podría haber hecho antes, miles de veces sin duda, pero es el caso que lo obvié o se me olvidó, no me di cuenta o simplemente me distraje en otros quehaceres. La diferencia con las anteriores ocasiones es que en ésta, me pregunté sesudo y trascendente. ¿el por qué?

Miré con los míos los ojos que reflejaba el espejo. Me dije entonces, imbuído en la realidad creada, ¡quien miraba a quien! Un segundo después me hice la misma pregunta desde otro enfoque diferente ¿quién podría ser aquel tío que tan fijo me miraba? Como aún sigo cuerdo me respondí sin palabras, mas debo de decir que me asusté, algo confuso si estaba, sin duda por haber echado sobre mí, un puñado de años sin apenas haberme dado cuenta.

Me vino entonces a la memoria aquel lacerante chascarrillo de pizpireta alumna que encuentra a su profesor sentado en un banco del Retiro, mientras toma el sol del mediodía. El hombre, envejecido, anciano ya, responde, cuando es preguntado por la mujer por su pasada condición de tal, como previo reconocimiento a su identidad, y trata a la discípula como antigua compañera, y la eleva así a su mismo rango, a la vejez que observa y que ella sólo proyectaba en los demás, puesto aún se creía joven.

Yo soy, debo de decirlo con todo el sentimiento que embarga a una situación no deseada, la alumna que se mira con tan benevolentes ojos. Será por ello que, de forma súbita, encuentro en mí las arrugas que sólo veo en los demás. Sí, he llegado a viejo de golpe, sin pretenderlo y lo que aún es peor, muchísimo peor, sin darme cuenta. Es una situación que ocurre con tanta frecuencia, que casi nadie llega a comentarla.

Cuando yo me miro, al menos hasta hoy, sin que el espejo esté presente, me recuerdo en el de ayer; mis emociones en consecuencia son anteriores y en todo momento, aún impedido por algunos repentinos achaques, me encuentro dentro de tanta vitalidad que siempre parece que el nuevo día me ha conseguido, junto a la prórroga real de su divino amanecer, el agua de la eterna juventud.

¿Qué cuanto digo y añado es irreal? ¡Quién lo duda! Ahora bien, quien así no lo haga, se confunde y pone en serio peligro su existencia, esa que se prolonga en el tiempo de la juventud y se acorta con los años. Principalmente cuando la suma de ellos, cumplidamente rebasan los que se encierran en los dedos de una mano cuando, éstos, los dedos, erróneamente jugamos a multiplicarlos por diez.

Sé el desconcierto que produciré en muchos de cuantos se atreven a leer esta página. Sé de la incomprensión que suscitará lo escrito. En realidad, sólo será comprensible para quienes, en los momentos actuales, transiten por los mismo derroteros por lo que yo camino.

El motivo de escribirlo y no prohibir su lectura a la juventud, no ha sido otro que recordar aquella sentencia que asegura que, de la experiencia ajena se aprende el porvenir que nos aguarda. Otra cosa bien distinta es que, quienes aún no han llegado, sean capaces de ponerse en situación parecida.

EL HOMBRE EN SOLEDAD ES UNA CRUZ SOBRE SU TUMBA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 22 Febrero 2011 10:16

La soledad es el comienzo del infierno,
es el águila que vuela soberbia en el espacio,
dueña y señora de sus alas,
con las que amaga acercarse al sol,
acariciar la luna redonda en la noche,
mientras sus ojos, clavados en la tierra,
buscan desesperadamente su pitanza,
que ignora la fuerza que transpira,
mientras se alza altiva,
con la misma fuerza que lo hace el amanecer.

La soledad es un cuarto mínimo y revuelto,
una intensa mirada a la nada que te rodea,
la finitud de una vida tarada
después de haber alcanzado la saciedad de la angustia,
ese sutil vacío que te destruye inclemente cuanto encuentra.

Se anda en soledad y se llega a ella,
como el condenado cumple su condena,
día a día, hora, a hora, segundo a segundo,
sin que el tiempo aplaque el castigo,
cual si la sentencia hubiera sido de agua en catarata,
y nunca dejase de caer sobre su víctima.

La soledad acaricia la cara,
igual que un cuchillo la garganta,
aún cuando el mundo entero lo ignore,
o precisamente por eso, soledad,
es la música que se escucha por un único oído,
el cruel silencio con el cual se acalla el alma.

TARDIO FUE EL ARREPENTIMIENTO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 18 Febrero 2011 16:01

 

No fue pequeña la herencia recibida por Estiquiro Quieto a la muerte de sus padres. Ni pequeña ni fácil, que le obligó, desde la mañana a la noche y aún en sueños parecía modular aquello que al día siguiente debía hacer, a una ímproba como extenuante tarea. Todo, se decía, por continuar lo emprendido en tiempos de sus abuelos, prolongados con el mismo éxito por sus inmediatos ascendientes y en modo alguno quería ser él quien quebrara la generosa racha de tan lucrativos negocios.

Más siendo el trabajo arduo, nunca lo fue tanto como ocuparse de su hermano. Se quejaba Estiquiro amargamente, aún de su presencia, de tener que soportarle como una maldita carga o maldición, siendo como era el ya único familiar que le quedaba tras el accidente aéreo que segó la vida de sus progenitores, unos pocos años antes.

Renegaba sí, de la hora que prometió a sus padres, precisamente y cual premonición, unos pocos días antes de emprender el último vuelo vacacional que les llevó a la tumba, ocuparse de su hermano, ocho años mayor que él. Panito, como así le habían bautizado estaba aquejado de traumática parálisis cerebral que tanto le impedía discernir, aún el día de la noche, como cualquier otra situación de su existencia. Su impotencia se divisaba en sus ojos erráticos y confundidos, su sonrisa a todos los vientos dibujada perenne en su cara, por más que ello no fuera impedimento que le imposibilitara en mostrar sus profundas inquietudes traducidas y prestas a no parar quieto un solo instante de su vida.

Aquella inquietud perpetua hacían saltar los resortes de la paciencia a su hermano Estiquiro, que le miraba como estorbo o piedra que el destino le había puesto delante para que no todo fuera templanza y compostura.

Poco tiempo después de casarse, Estiquiro confesó a su ya mujer el mal que le aquejaba y todo cuanto por dentro le hacía odiar la presencia de su hermano único y mayor.

- Es –le confesó- como una penitencia que hubiera de pagar por un pecado que desconozco haber cometido. No puedo mirarle como hermano, aunque lo intento viéndole que tan solo es un dibujo inanimado, una silla varada en el camino que hay que apartar para llegar a la habitación siguiente. Se de mi pecado, de la falta de caridad, pero no puedo sufrir su presencia sin rebelarme, cuando me veo obligado, por juramento hecho a mis padres, que nunca, hasta el día de mi muerte o la de él, le podré abandonar.

Gundila, que así era el nombre de la recién casada, bella mujer por dentro aún más que por su belleza exterior, no se explicaba el inexplicable como gratuito rencor exhibido por su marido contra la persona de su cuñado, cuando era, y así lo llevaba demostrado en los años de su existencia, una buena persona, un honorable hombre. Por eso le respondió:

- En verdad Estiquiro que cuesta comprender la situación, siendo como eres persona cabal. Me pregunto si en vez de odio hacía él, en realidad fuera tu enfado dirigido contra la situación desgraciada que padece y que no puedes remedar. Estas molesto contra la enfermedad, tu cólera proviene precisamente de la impotencia al no poderla vencer. Deberías superar la situación puesto que se eleva sobre cuanto es factible hacer para vencerla, así dejarías de penar y al tiempo ponerte de acuerdo con la vida que nos toca vivir. Y que sabes, -añadió con una sonrisa- es divina.

Desde aquel mismo día Gundila exoneró de los trabajos que se había impuesto su marido acerca de su hermano impedido. Así le daba de comer con paciencia infinita y al tiempo se reía cuando Panito, en lugar de abrir su boca para ingerir la sopa que en cuchara le daba, sin mucho venir a cuento reía a carcajadas, a mandíbula batiente, aventando de golpe el condumio que volaba por los aires manchándola la cara, cuando no también la pechera y el vestido.

Gundila le recriminaba con la mano amenazante y Panito se reía más si cabe, para terminar los dos al unísono con tales risotadas que alertaban al servicio de cuanto estaba ocurriendo en el salón de la casa.
Estiquiro, que en alguna ocasión pudo contemplar la escena, lejos de unirse a ella, alejaba su presencia como si apestado fuera, en aquella reunión o comilona, como él, despreciativamente, calificaba la caridad que hacia su señora con su hermano mayor.

En tales cometidos pasaron algunos años, así hasta que un día, manipulando uno de los cajones que se suponían de adorno, de una de las mesas que había en el despacho, sorpresivamente se abrió, cuando todo el mundo suponía su decoración bella y sin utilidad. Gundila, extendió su curiosidad hasta el fondo del cajón, del que extrajo una abultada carta con nítido membrete de una clínica sanitaria.

Durante un tiempo, leído el contenido del voluminoso sobre, la mujer rumió si dárselo a conocer o no a su marido, atareado siempre con el devenir de los negocios en franca expansión. Al fin, consultado el dilema, sopesados los pros y los contras, le entregó el contenido de la carta para su lectura.

Estiquiro, sin duda cansado del día quiso dejarlo para el siguiente, más viendo la insistencia de Gundila, pues se lo pedía con lágrimas en los ojos, accedió a escucharla, pues leer anécdotas, por muy risibles que estas pudieran ser, no tenía, dijo, en aquel momento el cuerpo suficientemente preparado para leerlas.
Gundila, con las lágrimas que no cesaban de fluir de sus ojos, le suplicó que aunque sólo fuera una, leyera al menos aquel mínimo papel que con escritura pueril le daba. Su marido, movido por la insistencia y también por la curiosidad creada se apresuró a leer. Decía el papel: “Por Estiquiro, mi hermano, estoy dispuesto a donarle toda mi sangre para limpiar la suya y que así él no muera. Panito”.
Confundido mira a la mujer y le pregunta:

- ¿Esto es una broma?
- No –le responde ella- es más bien un bello y triste cuento de Navidad, Es la exposición del alma humana cuando no encuentra otra barrera para mostrar su amor que darse por entero, sin esperar generoso ganancia alguna.

Sin dejar de sollozar un instante le cuenta su mujer cuanto ha leído, de cómo durante muchos días ha sopesado la posibilidad de darle cuenta del milagro o no, de cómo al fin ante la dificultad de guardar silencio, pues ello supondría un pecado, se decidió al fin a mostrárselo.
Relata entonces la mujer como, recién nacido su marido, apenas si había cumplido sus primeros cinco días, cuando sin explicación aparente, las esperanzas de que la vida se abriera para él, se esfumaron por ensalmo. Los médicos que le atienden en el hospital resuelven y encuentran, sin duda confundidos y acuciados por una pronta decisión que le salve, como solución más viable una transfusión de sangre, ya que parece ser que es ésta, la que circula por sus venas, la responsable por carecer de la fuerza suficiente como para mantenerle en este mundo. Panito, su hermano mayor, de apenas ocho años, es señalado como posible y mejor donante.

El niño consiente con las palabras leídas, cuando es preguntado por su padre, si se atreve con tal sacrificio. Y Panito accede y las escribe, con una sonrisa real, digna, que quiere conocer a su hermano con el que jugar dentro de unos pocos años.

De inmediato se lleva a cabo la transfusión y ocurre el milagro. Estiquiro, como si un rayo de luz atravesando su alma le irradiara de vida, así mismo la sangre de su hermano le hizo brotar sonrojantes colores en sus mejillas.

Allí mismo, el niño Panito perdió el conocimiento. Nada hacia pensar, sino, en una perdida momentánea de conciencia, asustado sin duda por el trance que acababa de vivir, que así de rauda resolvieron la situación, más si cabe cuando, a los pocos minutos, se recobró del vahído.

La alegría de la recuperación del recién nacido se oponía frontalmente al susto causado por el niño donante, susto que se convirtió en desesperación cuando a la mañana siguiente, Panito, que no se levantaba de la cama donde seguía echado con los ojos desmesuradamente abiertos, presentaba evidentes signos de haber entrado en una espiral equívoca.

Cinco años estuvo Panito recorriendo consultas sin éxito alguno. Nadie, tampoco, podía explicarse como tal hecho narrado había dado lugar a una anormalidad igual. Cómo la degeneración había hallado cobijo en el cerebro de un niño que fue considerado a su edad como muy brillante.

Estiquiro, sin dar lugar a que su mujer terminara cuanto le estaba contando, presuroso se levantó de su asiento, abandonó el despacho y se le oyó sollozar cuando atravesando el salón, gritó, desde la ventana que había abierto al mundo, su arrepentimiento.

MI AMOR POR TI

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 16 Febrero 2011 12:28

Porque quiero amar siendo,
en los curvos surcos de tu vida,
gacela que en el monte corre,
tras el recuerdo por el que suspira.

Viéndote ligera partir pensé,
como si en ello la vida me fuera,
que no hay lágrimas en el mundo,
suficientes para enjugar mi pena.

Nada hay que compararse pudiera,
con todo aquello que yo te di,
que las arcas estaban llenas,
hasta rebosar de amor por ti.

Porque vacía tengo ahora la esperanza,
perdido el anhelo, que me embarga la inquietud.
quiero sin embargo verte,
aventado del alma la soledad que te advertí.

Vivirás tu vida sola,
tal como nunca quisimos vivir,
que nada en el mundo ocurre,
sin amor que compartir.

EL SECRETO DEL SEGUNDO PATIO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 14 Febrero 2011 9:44

Debo de empezar diciendo que yo juré, ante la cadena que imaginariamente forman los dedos índices cuanto se juntas por sus extremos, no revelar nunca el secreto a nadie, más tampoco a nadie juré que no lo pudiera escribir. Por ello, helo aquí:

Todo comenzó cuando Ronzalito Pin de la Pon, en el primer patio del colegio dijo a Laurita Pon de la Pin, que en el segundo patio, en los columpios amarillos y verdes, cuando los dos estuvieran sentados en ellos y el uno al lado del otro, revelaría su secreto.

Laurita, que hasta éste momento, por más que todos los días lectivos viera a Ronzalito, apenas si le había tenido en cuenta, aún sentándose en la misma mesa que ella, más picada ahora por la curiosidad dejó el primero de los patios donde jugaba con su amiga Anita de los Rublos y traspasó el umbral del segundo para montar en el columpio verde y amarillo.

Subida pues estaba en el columpio cuando llegó Ronzalito. Se acercó circunspecto a ella, se subió en el otro libre y tomándola de la mano, en el más puro ejercicio del más riguroso secreto, aproximó los artilugios, se aproximó a su oído y despacio, desgranando las palabras, la dijo:

- Laurita, ¿quieres ser mi novia?

Yo, su abuelo, un tanto asustado, todo hay que decirlo, pregunté entonces a mi nieta:

- ¡Y que le respondiste tú, mi niña!
- Qué le iba a decir, que bueno, que porqué no.

Entonces, yo, reflexivo, sin mucho darme cuenta de la situación en la que me encontraba, insistí en preguntarla:

- ¿Puedes decirme qué es lo que viste en él que tanto te ha llamado la atención?
- Guapo no es, lo que se dice guapo, -me contestó- pero sin embargo es buena persona.
Sin duda, pensé, no está mal el comienzo. Parece cuanto menos la cosa muy meditada. Como veníamos del colegio a casa, andando, que es corto el trayecto, insistí en preguntarla si nada más le había atraído de Ronzalito. Laurita me dijo, siempre bajo el estricto secreto que había jurado mantener y nunca quebrantar.

- Si, claro. Mirándole el corazón en él descubrí que le alumbra una linterna roja, lo que me dice muy a las claras que será un hombre con grandes luces.
- Y él, ¿qué ha visto en ti?
- Posiblemente el amor le surgió de repente, cuando en un recreo se enteró por mi amiga Anita que yo ejerzo de bruja. Pero abuelo, todo esto no tiene importancia, lo importante es que nunca, ya en la vida que nos queda, podremos romper.

Y cortándome cuando iba a seguir preguntándola sobre el futuro casamiento que me anunciaba y de la imposibilidad de ser amantes si antes no estaban casados, de nuevo me reconvino diciéndome:

- Quiero abuelo que me jures una vez más que nunca a nadie revelarás mi secreto. Para ello debes cortar la unión que forman la cadena de mis dos dedos índices unidos por las uñas. También debes trazarte una cruz sobre el pecho, al lado del corazón, al tiempo que vuelves a jurar lo que hemos hablado. ¡Hazlo!

Y yo rompí entonces la unión de los dedos índices que ella exponía a mi consideración y trace sobre mi pecho la cruz, todo ello mientras Laurita exuberante me seguía contando lo bien que se lo había pasado en el colegio, en la clase superior a la de párvulos, con los niños y niñas de poco más de seis años que juegan alegres, divertidos, a ser los hombres y mujeres del futuro cercano.

MAR EN CALMA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 11 Febrero 2011 13:46

Ruge sordo el mar en calma,
para advertirnos inmenso su presencia.
que es desatada y feroz fuerza,
la explosión grandiosa de su alma.

A su orilla inacabada paseo,
al son de su murmullo imperecedero,
pisando alegre la arena de sus playas,
el angélico camino de mis deseos.

Son sus aguas de perfumes hechas,
aromas sutiles sacadas de las algas,
embriagadores aromas de abismos,
infinitos secretos amparados por la ignorancia.

El mar se resiste al hombre,
que de él guarda arcanos recónditos,
cuando ya el cosmos, domeñado en su gravedad,
como globo de la mano de un niño paseara.

Siderales abismos en rincones escogidos,
hurtan avaros su belleza a nuestros ojos,
y con ellos sus espléndidas riquezas,
capaces de sorprender al ruin en su grandeza.

Canta entonces la ola inacabada,
nace de delirios recónditos y escondidos,
hasta derrotar el corazón fenecido,
a tanta gloria, tanta nobleza y poderío.

YO Y EL OTRO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Miércoles 9 Febrero 2011 10:00

Cuanto puedo contar de lo ocurrido, aún pasado el tiempo y reflexionado sobre él, a buen seguro parecerá una mentira, una farsa, y de no profundizar en el tema o de él hacerle algo baladí, estaremos ante una irrealidad y un despropósito. Acaso, y muy posiblemente, también lo he pensado, sea una locura a las cotas donde lo he llevado, una desviación enfermiza del cerebro que invita ladino a saltarse la lógica y las normas y elucubra hasta confundirnos para hacer de la realidad ficción y al revés. Al menos así entiendo el desdoblamiento del yo cuando sin salir de mí, encuentro el fantasma del otro yo que me escribe astuto en las paredes de mi propio cerebro.

Tiempo pasado, años ya, como diría el poeta, por falta de él, del tiempo, por sobra de stress, empecé a comer compulsivamente. Quería ser imprescindible, estar allí donde se me esperara y hasta si hubiera sido posible, disponer del preciado don de la ubicuidad para estar al tiempo en varios lugares a la vez. Nada en mi organismo me advertía, empero y al menos de forma patente, de ningún cambio experimentado en él que pudiera ser peligrosa la tensión del trabajo a la que estaba sometido.

Después de la falta de tiempo por exceso de ocupaciones, ya he dicho que durante años, sucedió la opción contraria, sobra de él, del tiempo. Mas ocurrió, si no igual, si cosa muy parecida, aunque para mi infortunio elevado a una potencia mayor. Había que rellenar las horas que ahora tenía libres y para ello y sin mucho meditarlo, seguía comiendo a mis horas y visitando la nevera en mis ratos libres. Todos.
Aquella imperceptible barriguita, llamada en mi caso falsamente cervecera, puesto que soy abstemio, comenzó a sobresalir del cinturón. Primero de forma imperceptible, después con personalidad suficiente para poder tocar en ella, con las palmas y dedos de las manos, los ritmos musicales del momento o aquellos de moda.

La sobra o el exceso se convirtieron, en meses contados, en una barriga seria y con ella ensanché los hombros y las mismas junturas de la piel se estiraron hasta hacerme pensar que, algún día, ante mi sorpresa y presencia, podrían estallar. Al tiempo se me cayeron los pechos enhiestos y lo que era peor, comenzaron a dolerme las piernas, fundamentalmente las rodillas y los tobillos, con sonidos singulares de huesos que resbalaran los unos sobre los otros. Todo, no se si equivocado o no, lo achaqué a que sobre tales articulaciones descansaba mi desbordante humanidad.

Ya, en la calle, lo narro como cosa curiosa, a la vista de la gente que desconocían mi nombre, siendo para ellos el calvo, -por demás está decir que sobre mí cabeza no brilla un pelo- deja de ser la masa pilosa el indicador con el que me señala la fiscalización ajena, determinante sin duda, para mudar y convertirme en esta otra faceta, la de el gordo que, por si sólo, ocupa más de la mitad de la acera, cuando no toda ella.
Aún así, descubriéndome yo la obesidad sin subterfugio alguno –muchos gordos ignoran el detalle- me decía que no era para tanto, que aún era dueño de algunos de mis movimientos, aunque debo confesar que comenzaban a costarme un poquito más de la cuenta. De todas formas, la mentira lenitiva suavizaba la realidad palpable, nunca mejor dicho.

Dentro de mi casa, a buen seguro que por tal circunstancia, se me hizo el vacío más absoluto. Quiero decir que me guardaban, o ponían a mejor recaudo, aquellas delicateses capaces de tentar al más de los conspicuos varones aquejado de tales debilidades. Se defendían diciéndome que lo hacían por mi bien, mientras se palpaban sus delicadas y casi inexistentes panzas, consiguiendo que, a la par que sus actitudes me sentaban tan rematadamente mal, me producían sus palabras un hambre canina, si es que cabe, en la voracidad feroz demostrada, la comparación perruna.

Todo se sucedió tan mal como lo cuento, así hasta que, una tarde noche, sentado yo en mi sillón preferido, mientras miraba la televisión y comía unos panchitos aderezados con algunas onzas de chocolate almendrado, como tente en pié, mientras venía la cena, al acabárseme estos, pensé ir de nuevo a rebuscar por la cocina, por si la suerte me acompañaba una vez más.

Así me lo dije serio con el último de los panchitos ingerido que, por una vez, ya estaba bien de comer, que había que hacer una pausa, que sería más conveniente ponerse a dieta, mientras llegaba la hora de la cena que ya digo estaba al caer. Creía tener vencido el impulso cuando, una voz dentro me advirtió de la necesidad imperiosa de continuar. Y fue decir esto y saltar mi segundo yo para elevarse sobre mi consciente y sobre el sillón para imperiosamente ordenarme que me levantara, que acababa de acordarse donde estaba guardado-escondido el tarro de la mermelada, junto a otro de miel purísima, que cualquiera de los dos me serviría para echar, sobre una rebanada de pan, una ligera capa de tales dulces.

Tengo que decir que la irrupción me llenó de extrañeza, tanta que llegué a sentir miedo por su imperiosidad. Yo, me dije no sin temor, ya no estoy solo, tenía un jefe que me ordenaba, por encima mismo de mis conveniencias. Y yo, entonces, impelido sin duda por un ignorado como adormecido orgullo, también fue fulminante. Nadie, me dije, a las alturas que nos encontramos de la vida, me va a mandar algo que pueda ir contra mi voluntad, contra mi bienestar o contra mi salud en definitiva.
Entonces, levantándome yo, todo lo rápido que pude, del sillón mullido repetí rotundo, categórico, dirigiéndome a no sabia muy bien quien, a ese fantasma surgido de la noche donde a buen seguro se encierra el alma con su multitud de secretos, arcanos impenetrables, con un aullido de rabia, con una explosión de rebeldía, grité mi negación definitiva:

- ¡No!

La rotundidad expresada no fue óbice para que, quien pretendía suplantarme, no lo intentara una y otra vez. Tantas, que en ocasiones me vi flaquear, sin fuerza y sin nervio, que era atraído por el mal con la insistencia que supongo son las tentaciones que tuvieron que soportar los santos antiguos ante las invitaciones del pecado. Aquel fantasma viviendo a mi lado era la representación de Lucifer, del más cruel de los demonios del averno, mostrándome las excelencias donde estaban depositados mis deseos, los apetitosos frutos donde radicaban los yerros donde, tarde o temprano, habría de caer.

Me dije miles de veces, que aquella voz muda, aquel fantasma en lucha contra mí verdadero yo, nunca, podría conmigo. Tal fue el empeño, la rotundidad de mi voluntad, que vencido una vez tras otra, al fin desapareció, sin que hasta el momento, haya dejado otro rastro que el miedo tangible que supuso para mi integridad física primero y moral después, tenerle tan cerca, dentro de mi.

Y hoy, algunos meses después, tras ponerme a régimen, hacer ejercicio y no tumbarme a la bartola día y noche, pueden verme ahora, he vuelto a donde solía, a mi juventud perdida. Los menudillos que me acompañan dentro, están transformando a la figura de fuera. He vuelto, si no a la juventud mencionada, que los años nunca pasan en balde, si a la apariencia que corresponde a mi edad.

A buen seguro que todo, me digo, ocurrió como consecuencia del miedo advertido al verme duplicado –lo que en kilos no dejaba de ser verdad- y aún lo que era peor, estaba creando un monstruo capaz de ordenarme los deseos que le eran a él propios, sin considerar para nada que era lo más conveniente para mi.

Hoy, por fin, he recobrado parte del aspecto perdido. Al menos, ya no toco “Para Elisa” de Beethoven con las palmas de mis manos sobre la panza exuberante, ésta ha desaparecido y ya los pantalones han vuelto a su caída natural, lo que viene a decir, bien a las claras que he recobrado, al fin, el plácido mundo de la complacencia física.

UN INSTANTE PARA UNA VIDA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 4 Febrero 2011 9:04

Vino el prolapso zumbón,
sin que nadie le llamara,
que sólo se presentó,
a las nueve de la mañana.

Cargado vino el mamón,
con la azada y la guadaña,
bien parece que planea,
prepararme la mortaja.

Será por ello que siento,
como si la muerte soplara,
su fétido olor nauseabundo,
esparciéndomelo por la cara.

Díganme, señores míos,
si la desdicha les alcanza,
cuan agradecido puedo estar yo,
visto lo poco que cunde,
aquella moza abundancia.

No quiero llorar por ello,
más si quisiera advertir,
lo presto que pasa lo bueno,
lo raudo que busca en salir.

La vida, bien es sabido, tan sólo dura un instante,
es soplo ligero en el sentir,
pues aunque parezca a la luz lejana,
nada es sino, un segundo asomado a la ventana.

Related Posts with Thumbnails
soccerine Wordpress Theme