2011 Marzo | Poemas y fábulas

Viagra

PRENDIDO DE UN SOBERBIO BIGOTE

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 29 Marzo 2011 8:51

Se me hace difícil pensar que alguien, quien sea, pueda basar su mundana complacencia en esta vida, en la conservación de un bigote, por más que sea delicado, cuando no magnifico, y aún soberbio, que el nombrado mostacho pueda ser.
Justiniano Preboste, recién cumplidos los 14 años, se dejó bozo. Quiero decir un facsímil de cuanto con el tiempo llegaría a ser. Preboste, por aquellas fechas, decía de él, y de su apéndice piloso, que para ser distinguido en la vida, no bastaba con ser hijo del primer chofer que hizo la ruta desde su pueblo a la capital, no bastaba. “Que quien quiera sobresalir –decía- debe de ser por algo más”. Sin duda estaba lleno de razón.
Con el tiempo, el hijo sustituyó al padre y Justiniano, ya bigotudo, con las guías apuntando al cielo, cual rrecordara que lo hizo el insuperable pintor Dalí, se pasaba no menos de dos horas recién levantado, atusándose la cerda, que no le bastaba el cuidado que le prestaba mal durmiendo en una silla para no estropear su forma y tamaño.
La razón de la pose aristocrática, que de esta forma lo llamaba Justiniano, sin duda era consecuencia, así al menos le fue reconocido por todos los del lugar, como descendiente de un reconocido cocinero del marqués del lugar, su abuelo, hombre éste de gran predicamento en las cocinas que alcanzó a publicar un opúsculo con 27 recetas, variadas todas ellas, para mejor cocinar y desentrañar los intríngulis que presenta, ¡bocato di cardenale!, un par de huevos fritos.
Su nieto, empero, sin una perra, que así fue de austero su abuelo en recordarle en un testamento inexistente, por conocer los tejemanejes de la conducción, que su ascendiente ya bajaba del ducado al pueblo en coche particular, tuvo a bien suceder a su padre en el oficio y profesión de chofer de la línea de autobuses referida. Como era un hecho que de aquel a su padre y a él, habían descendido en la escala social, capidisminuido lo decía así Justiniano, en su soberbia, no tuvo otra cosa que hacer, nada mejor se le ocurrió que dejarse bigote para achantar a todos cuantos se le opusieran de frente.
Así lo expresó en alguna ocasión el mismo, dando pábulo al pregonero, por lo que, los que más cerca tenia, más se reían de él y quienes sólo le conocían de vista, aseguraban contritos que nunca se hubieran esperado de un ser normal, tantas muestras de falso orgullo, cuando no tonterías y bobadas sin par.
Como Justiniano pretendía estar por encima del género humano, del que se veía rodeado, despreciaba a los viajeros usuarios de de su autobús, a cuantos llevados por la necesidad tenían que hacer uso de él. Así pasaron los años hasta que fueron proliferando los turismos, coches particulares y su oficio, digno sin duda, al que él solito maleaba, ya mirando con rencor a aquellos que antes viajaban en su coche y ahora lo hacían en el propio.
Estas fueron algunas de las causas, los detonantes para que Justiniano Preboste, aquella mañana, mientras inopinadamente como absurdamente pretendía continuar con la inveterada costumbre de untar de miel y jabón seco, sus kilométricos mostachos rubios, al no encontrarlos se le incendió el meollo de la sensatez y abdicando de facto de tanta inútil soberbia, rectificó por humildad.
La causa última fue, así lo confesó sentado como estaba en la silla de ruedas de su invalidez recién adquirida, consecuencia de un aciago día en el que sufrió el choque frontal con un desequilibrado en dirección contraria y por tanto prohibida que mal pudo costarle la vida, pues su autobús se despeño barranco abajo hasta alcanzar el freno del río. Lo paradójico de tal circunstancia se dio cuando, quien le salvó la vida, pues aprisionado como estaba hubiera fenecido quemado por las llamas que salían del motor, fue aquella misma persona que, ante tanta dificultad como representaba, era cojo, subir los peldaños del autobús, lejos de ayudarle, le suscitó una sonrisa irónica y algo despreciativa.
Las llamas en tal accidente le abrasaron el bigote y la mitad de su cara, pero el hombre cojo pudo arrastrarle fuera de la cabina y meterle, no sin dificultad, la cabeza en el agua, que toda ella estaba envuelta en llamas.
La secuela final fue una amplia cicatriz cubriendo media cara por lo que, se vio impelido a abjurar del bigote y al tiempo de la soberbia que le había representado y que le había impedido entrar en un mundo hasta entonces desconocido para él y en el que la humanidad, con los pobres y los impedidos, estaba a la orden del día.
P.D.- Cuando Justiniano Preboste leyó lo que antecede, lejos de enfadarse por descubrir alguna de sus más recónditas interioridades, aquellas menos edificantes sin duda, no sólo reconoció el hecho, también pidió perdón-urbi et orbi- por todos los pecados cometidos hasta el momento.

EL PRIMO DE JOSEFINA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 25 Marzo 2011 14:45

Que ya son las diez,
mira a este mundo,
nunca lo veas al revés.

Contempla la realidad,
tal cual es,
nunca confundas,
las témporas con el ayer.

Es mejor vivir feliz,
aunque las circunstancias sean,
complicadas de entender,
u ofensivamente feas.

Josefina se enteró,
en su añoranza supina,
cuanto Felipe la quería,
por más que fuera su prima.

En la aurora la tenía,
cogidita de la mano,
y ella sola se reía,
mientras él, por casquivano,
estaba pensando en otra,
con la seriedad del ufano.

Pobre y feliz Josefina,
tener, como ella tiene,
a su primo amortajado,
que vino la parca luego,
y se le llevó temprano.

Ya Felipe en el talego,
descansa sus amoríos,
ya Josefina se afana,
cantando sus desvaríos.

El hijo que los dos tuvieron,
y al que pusieron Joslipe,
por aquello de tener,
los genes al cien por cien.

Con el tiempo Josefina,
mirando la viva imagen,
del que fuera primo amante,
a este le perdonó,
en el día que conoció,
al que le sustituyó en adelante.

De haber Felipe perdurado,
en la vida y en la muerte,
a buen seguro hubieran llegado,
a las barricadas y a los frentes.

Por eso gracias se dan,
a la divina providencia,
de llegar exacta al minuto,
antes de fraguar contienda

TRAS EL OCASO SE FUE …

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 21 Marzo 2011 13:43

 

QUIEN NO SUPO REPARAR EN EL PRESENTE. Así lo hizo Potorrín Zancajo, se fue con viento fresco y tardó en regresar la friolera de 37 años. Durante ellos, contaría de vuelta en el tugurio Flor de las Acacias, un montón de historias inverosímiles, tanto de dichas como de desgracias que le habían acaecido por esos mundos de Dios, que Pitorrín, nunca, al menos hasta el presente, había sabido distinguir las unas de las otras.

Tantos años no pasan en un sueño, por más que mirándoles desde una cierta altura y distancia, apenas si llegan a extenderse más allá de cerrar y abrir los ojos un puñado de veces. Al menos así lo asegura Pascualón, el hombre más viejo del lugar, que va ha cumplir 105 años el próximo febrero.

De lo que se extrañaba el bueno de Zancajo era que, ni un solo día, de los pasados allende de Coscojal de los Desamparados, había dejado de pensar en su pueblo y en sus gentes.

La distancia, contra lo que pensara, clarificaba los recuerdos y los hacia gratos, cuando in situ, no los había conceptuado de tal manera. La añoranza era un sentimiento ignorado, nuevo hasta ahora, que le convulsionaba el alma y le hacia aflorar a los ojos lágrimas como puños de grandes.

Se preguntaba el porqué de haber salido por la puerta trasera de Coscojal, cuando era un hecho que, con su dictante conducta, él, y nadie más que él, había sido el directo responsable de la indiferencia que le guardaba su pueblo.

Por todo lo cual se apresuró a regresar, más no queriendo que la vuelta significara, lo poco que fue la ida, sin nada dentro de los bolsillos, que los tenía pelados, esperó tantos años para así volver hecho un nabab.
Lo hizo, sí, ufano de cara al respetable, que en verdad la tristeza le invadía por igual el cuerpo y el alma, pues le inquietaba la forma que pudieran tener sus paisanos al recibirle.

La indiferencia fue primero, por más que simpático y dicharachero se mostrara en La Flor de las Acacias florecidas, preguntando por todos y cada uno de los recordados y aún de los ausentes definitivos, con los que se mostró apesadumbrado, alegrándose con la fortuna de aquellos que todavía seguían en el reino de los vivos.

Así siguió la ristra de nombres nombrados hasta que por ella preguntó, por quien fue la causa definitiva e inmediata de su marcha. Por aquella Clavellina en flor, bella como el amanecer de la esperanza, que tan solo hizo mirarle de reojo, cuando todo, todo, lo hubiera dado por ella.

Clavellina no supo esperar y dejó éste mundo con siete hijos en su faz y un marido nunca deseado y siempre ausente, pues fue hombre de quincalla y desaforadas costumbres de titiritero.

Zancajo y Clavellina, Potorrín y Bienpon, nombres y apellidos mezclados, distantes, como indiferentes, cuando a este mundo habían venido juntos, predestinados, él arriba de la calle, ella debajo de la era, que no supieron encontrarse, invadidos por la misma timidez que les separó para siempre, de la poquedad pusilánime de dos almas gemelas volando entre las ramas del mismo árbol, sin nunca divisar el nido que para ellos les había construido la naturaleza caprichosa.

Cuando Zancajo, ahora, 37 años después, supo de los nombres que Clavellina puso a sus hijos, se recluyó en la casa que acababa de comprar, aledaña a la de ella, y allí, entre suspiros y lágrimas se arrepintió de su marcha y de cuan equivocado estuvo al no ser capaz de preguntar a tiempo, por los verdaderos sentimientos que albergaron el corazón de Clavellina Bienpon, la bella enamorada.

Los nombres que recitó, mientras arrodillado pensaba en su amor, en aquel bello sentimiento que por desidia y cortedad no supo exponer, respondían en su primera letra, al apellido de Potorrín. Eran estos: “Zacarías, Antonino, Narciso, Carlos, Andrés, Juan y Onésimo”.

JURÉ QUE AHITO VIVO, CUANDO SECO ME ENCONTRÉ

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 17 Marzo 2011 9:13

 

Si decirte pudiera,
lo que llevó pensado,
tú me extrañarías,
y loco me motejaras,
hasta que los cielos temblaran,
y la luna saliera en el día.

De la calle vengo tan mojado,
que solemne juré no salir nunca más,
cual si el hombre dispusiera,
como si la voluntad mandara,
y no estuviera dirigida,
por el mundo que rueda,
y la vida pasa,
y todo, todo,
en tres letras acaba.

Con el fin se cierra,
la imaginación soñada,
los árboles del bosque,
las luces en la alborada.

Cuando yo pueda,
haré de esta soledad,
mi lugar en la tierra,
al igual que pacen los bueyes,
como juguetean los pájaros,
buscando el resplandor que ilumine,
la vida cuando acabe.

No he de despedirme aquí,
que me aguardan tantos lances,
como estrellas pueblan el cielo,
será por eso que digo,
al revés de cuanto pienso.

Todo es mohína en la existencia,
pesada en la balanza del barro,
con los pies en el aire,
con los brazos de alambre,
que nadie inspira complacencia y sangre.

Vuelvo a la calle,
allí donde juré mojado,
ya nunca más volver,

Es el sino, es la espera,
es cuanto nos queda,
cuando todo se ha perdido,
y tan sólo se alcanza el cielo,
embadurnado de tanta miseria,
que es el pensamiento vano,
y la voluntad terca.

Por todo termina el día,
y así se acaban los años,
aquellos todos que caben,
en la cesta del engaño.

DESPUÉS DE UNA VIDA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 14 Marzo 2011 17:23

Mientras se moría, Palito A. Gusto pensaba que, si Dios aún le concedía el beneficio de vivir, al menos tres vidas más, tendría tiempo suficiente para acabar, la mitad de los trabajos que se había propuesto hacer en la presente, inconscientemente sin duda, dada la gran magnitud de ellos.

Palito, contra lo que se pueda creer, no era un niño de corta edad, era un hombre maduro rayando en el centenar de años, sólo que, a lo largo de su existencia había acumulado tantas cosas que hacer, que ahora, en el instante supremo, en el devolver la vida que le había prestado el Creador, amargamente se arrepentía de aquellos tiempos inútiles gastados en la más estéril de las molicies.

Claro que, después de sopesar un instante los pensamientos, llegó a la conclusión que eran estos divertimentos, precisamente, los asuetos que se había tomados, los culpables de los trabajos que con magnificencia había realizado.

Era su saber que, nunca en esta vida, sin calibrar con exactitud el tiempo que duraba, había adquirido instintivamente, sin responsabilidad alguna y de forma “insopesada”, compromisos que no podría cumplir consigo mismo, Por ejemplo: el número de libros comprados a lo largo de ella, a satisfacción siempre, que si no era hoy mañana los leería. Miles se podían ver en las estanterías de las bibliotecas de su casa y también miles eran los que no habían sentido el enorme placer de haberse abierto para unos ojos ávidos.
Cuando igualmente iba a llorar por la circunstancia expresada, añadió a la derrota un pensamiento inédito y evidente. Aquel día que compró los libros y con fuerza se veía para leerlos, ignoraban que los ojos también envejeces, aún más, que las concepciones cambian y las prioridades se yuxtaponen, por más que el sol salga por el mismo lugar y se ponga por poniente.

Llegó por tanto a la siguiente conclusión: la juventud, cuando planifica el futuro desconoce éste y de la forma que va a influir sobre su mente, sobre su físico, sobre todas aquellas potencias que van definiendo al hombre, a la misma Humanidad, a lo largo de los días que componen sus existencias.

Es cierto que se puso en manos del optimo especialista para arrojar de si los inconvenientes de unas cataratas que apenas si le dejaban ver, más recobrada una gran parte de su vista, no por ello se encontró con ganas suficientes para dejar lo que en aquel momento era más de su apetencia. La misma escritura realizada con sus manos traduciendo sus pensamientos en cascada.

Al cabo, se confesó, había leído tanto que muy poco de lo antiguo y clásico le faltaba por degustar, al menos de sus escritores favoritos. Ahora era el tiempo, preciso y precioso, para arrojar, por medio de su propia escritura – por tanto tiempo sistematizada con las páginas escritas por los otros escritores vivos- parte de cuanto llevaba en su interior, aquellos pensamientos engorados en las múltiples lecturas que de ellos hizo, tanto de los extraídos de las páginas de la vida como recogidas de las hojas de los libros.

Soñó con su biblioteca a rebosar cerrando los ojos y comenzó el repaso de sus trabajos imitando a quienes, mayores que él, le habían iluminado en tales canonjías. En ocasiones, tanta era la dependencia adquirida que tuvo que arrojar al fuego lo escrito, pues era copia literal de aquellos legajos leídos, aquellas historias, aquellos sentimientos que le traspasaron el alma. Había, se dijo, que ser original y único, para poder llegar de esta forma a los nuevos lectores, a la legión de ellos que todos los días se incorporan ávidos de saber y de conocer cuanto nos ofrece, el mundo y nuestra, posiblemente, mayor aportación, que viene a ser la traducción que de ellos hace nuestro corazón.

A Palito A. Gusto no le fue dado el milagro de extender su vida actual a tres más en el Universo. De otra forma hubiera cumplido al pie de la letra lo prometido, que para eso, la experiencia se imponía sobre cualquier otra circunstancias que le pudiera venir a disturbar.

Murió en gracia de Dios y aunque no recordado por su lectores, al menos dejó los libros inéditos suficientes, para que los suyos, hasta el momento actual y ya han pasado cinco años, tengan en qué entretenerse.

EL VIEJO PUENTE

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 10 Marzo 2011 12:51

 

Piedra a piedra fue construido,
de sudores lleno,
todo él revestido de esfuerzo,
aquel que llevó a la extenuación,
a mil hombres y mujeres.

Sobre él brilla el sol como si fuera fuego,
de orgullo henchido,
como canto de gloria,
como fanal de miel,
la misma estrofa final de un bello ripio.

Desde sus muros se divisa el agua,
la que bajo él corre,
sedienta y serpenteante,
una mancha líquida,
un mar en ciernes.

La luna le alumbra en la noche estrellada,
los mismos luceros le guardan envidia,
sobre él el caballero juró amor eterno,
allí se arrodilló vencido y humilde,
en sus entrañas guarda mil recónditos secretos.

Le sopla el aire y le limpia cual patena,
la lluvia hecha caridad le lava y le pule,
y todos le admiran desde la distancia,
cuando bajo su círculo perfecto,
componen versos en la madrugada.

Su vida la esconde en el principio,
allí donde la creación le erigió,
desde el mismo suelo hasta alcanzar,
la caricia con que le atusan las nubes,
el beso que le regala la brisa cuando sopla.

Por él han pasado tantos hombres,
con ellos sus caballos y sus carros,
cargados lo han hecho de victorias,
borrachos de gloria han transitado,
o han llorado sobre sus muros las derrotas.

Es un bello, esplendoroso sueño,
hecho de imágenes de colores,
los trazos con lo que se hace un cuadro,
los mismos pinceles ahítos,
de matices con los que pinta el artista.

Sobre sus losas hinqué mis rodillas,
en sus muros humillé mi cabeza,
allí donde encuentra el reposo,
el caminante que te atraviesa,
en busca de tú misma gloria.

Puente mío, puente viejo,
bajo tus piedras un río transita hermoso,
aquel que te cruza cantando,
alegre tus excelencias,
hasta convertirlas de pena en añoranzas quiméricas.

SE CASÓ CON UNA BRUJA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Miércoles 9 Marzo 2011 10:53

Fue en el Metro de Madrid, para ser exactos, en la salida de Moncloa, que me esperaban en un bar cercano dos amigos de la infancia y hasta allí iba a verles.

Subiendo las escaleras, en el último tramo, la joven que iba delante de mí, enseñaba, si bien de forma artera, debajo de su cinturón rojo que tanto la marcaba las caderas, un billete de cinco euros. Yo, caballeroso, me puse a su altura y le advertí de la posibilidad de quedarse sin el dinero a manos de un descuidero.

La mujer, que dijo llamarse Casandra y que en realidad, con el tiempo me enteraría que había crecido como María de los Dolores Antonia de los Columpios, me dijo, como contestación rauda e inmediata a cuanto la estaba diciendo yo, que ella, era en realidad una bruja y que nadie que advirtiera, en lo más mínimo, tal posibilidad, se atrevería a realizar lo que yo la estaba anunciando.

Por mi parte la respondí que, lo mismo que yo, en un principio, me había percatado del hecho, justo hasta el momento que ella me lo descubrió, otro tanto podía pasarle al ratero, y hacerse, con toda la tranquilidad del mundo, con los cinco pavos.

Así, hablando, llegamos hasta el bar donde me esperaban Afederico Pico y Aeduardino Tico, por lo que de alguna forma, para no dejar de ser correcto con el prójimo, tuve a bien presentársela. Así al menos lo iba a hacer cuando ella misma, con todo el desparpajo del mundo, se auto presentó como Casandra la bruja.
Tico, que era hombre directo y nada dúctil en materia social, la preguntó de sopetón:

- ¿De hornada reciente o de lejos?

La mujer, en modo enfadada por la pregunta indiscreta, le contestó categórica:

- De lejos.

Y la lejanía, contó, venía del tiempo de la creación del mundo conocido, pues era ella bruja eterna, sin principio ni fin, a diferencia de las brujas eviternas, con principio y sin fin.
La aclaración dio lugar a la siguiente pregunta igualmente hecha por mi amigo Tico:

- ¿Cómo se explica entonces las condenas en la hoguera, si dices que ninguna de vosotras tenéis fin?
- Fácil, querido Tico, que si bien fueron pasto de las llamas y para los presentes murieron en ellas, no es menos verdad que su resurrección, en otro lugar, cuando no en otra dimensión, para los humanos siempre desconocida, donde volvían a la vida con diferente existencia como es plausible comprender y nunca comprobar.

Tico, que la miraba cada minuto más embelesado, como si en ella hubiera descubierto el principio y el devenir de su propia vida, pues estaba observándola cada vez más interesado lo que podía se el final con ella al lado, empero, aún cuando nada o casi nada comprendía, sino era la exuberante belleza de Casandra, que le enajenaba los sentidos hasta dispararle al tiempo los pensamientos y los sentimientos, por ahora ocultos.

A ninguno de los reunidos nos extrañó las buenas migas hechas por la recién llegada y nuestro compañero Tico. Si que, a la semana o poco más días, los excluidos de la relación, Pico y yo, recibiéramos la inesperada invitación para su boda. Al mes siguiente eran ya marido y mujer o mejor brujo y bruja, que Tico igualmente se había hecho nigromante consorte, con tal orgullo que le rebasaba la ecuanimidad.
Esta nueva faceta no implicaba al desposado otra condición que la de asistir a los milagros, que día sí y noches todas se producían en su salón de la casa matrimonial en la que, Casandra, con los artilugios propios de su condición a cuestas, abría la ventana y por ella, en repetidas veces, nos contó nuestro amigo, se iba volando a recorrer el mundo y en él celebrar los ritos a los que previamente estaba asignada.

- ¿Y que hace fuera, por esos mundos de Dios, acaso lleva la escoba en la que trasladarse, tal como nos lo recuerdan las pinturas a tales temas adscritos? - me aventuré a preguntarle yo en esta ocasión.
- No lo sé. Y es más, ni siquiera puedo preguntárselo, no olvidéis que yo me encuentro en los prolegómenos de lo que en un futuro también será mi profesión. No la pregunto porque me tiene advertido que ello podría suponer la pena de muerte para un novicio, cuanto más para un novato en la materia y lo que es aún peor, su propia degradación en el escalafón al no haber sabido con el rigor debido, guardar el secreto que a ellos les es obligado.

De todas formas he de decir que nada malo ocurría en la vida y en el trabajo de Tico, muy al contrario, allí donde el ponía sus intereses estos crecían como la espuma.

Ejemplo: su casa de modas, actividad de la que nunca había sabido –así al menos lo creí yo- que es lo que se traían entre manos, cuanto más que era una aguja o un dedal, triunfó en todas y cada una de las pasarelas donde se exhibían sus trabajos. No hubo sarao en la capital que se preciara o fuera importante, donde las damas que a ellos acudían no portaron e hicieran gala sus más bellas creaciones.

No obstante, en todos los campos donde determinó poner una parte de sus inteligentes a producir, crecieron las ideas como campos bien abonados y con ellas las más revolucionarios y variados de los inventos. Debo decir, y en ello incluyo a mi amigo Pico, que Tico no nos tenía nada acostumbrado a tales alardes.

Acaso por ello pregunte a Afederico Pico, puesto que yo nada o muy poco entendía de cuanto estaba sucediendo, sobre la situación del todo inesperada, que se me iba de las manos, si cuanto demostraba Aeduardino Tico, respondía una verdad no prevista por nosotros por el contrario, era la respuesta al milagro del que nos habló en alguna ocasión Casandra, que iba a tener lugar en la vida de su esposo. Sin duda, la inteligencia que no nos había dejado ver, se manifestaba ahora en toda su pujanza. De otra manera había que pensar en actos de brujería u otras cualquier cosa, siempre paranormal o supranormal.
Pico tuve a bien aclararme:

- No Clemencio, Tico sigue siendo aquella buena persona que conocimos, ahora aupado desde el pedestal que habla, que hasta allí, no tengo la menor duda, fue elevado por su mujer, que diciendo ser bruja en realidad es…
- ¿Qué es, qué es? – le interrumpí yo sin dejarle terminar.
- No lo sé. Al menos a ciencia cierta, por más que haya que dar pábulo a la imaginación, aún cuando suene a irrealidad todo cuanto nos ha contado. Debo de confesarte que en ocasiones, tal era la fuerza con la que nos contaba sus historias que he llegado a creer que fueran ciertas o mejor, me hubieran gustado que fueran verdaderas. Aunque es obvio, que más me inclino porque sea una mujer inteligente, que respondiendo a esta premisa, enmascara esa clarividencia, su intelecto sutil, ante la visión estereotipada que de ellas tenemos los hombres.

DE ESPERANZAS LLENO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 8 Marzo 2011 9:23

No has nacido y estás en mi pensamiento,
como estrellas en la imaginación del día,
y tengo tú lecho en mis brazos de sarmiento,
aderezado de plumas, jazmines y pedrería.

Se puede decir que estoy huérfano de hijo,
o eres tú huérfano en mi mundo de tinieblas,
déjamelo Dios que se cargue a la espalda el alijo,
y que venga despacio de entre las estrellas.

Tengo el traje de oro de mis caricias,
con que vestirte luego de amor y primicias,
adornado con fuego de luces y candor.

De mis brazos te irás a la blanda cuna,
donde redonda, jugosa y blanca la luna,
te dará el amor del cielo y tierno calor.

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