2011 Abril | Poemas y fábulas

Viagra

SANDINO Y BELÉN

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 29 Abril 2011 10:19

Vino Sandino a mi casa,
por ver si tenía a bien,
llevarle conmigo a la era,
donde dice que le esperaba Belén.

Allí se vino tan chulo,
sin preguntar mi parecer,
que por encima de todo,
estaba su novia Belén.

Cinco días le acerqué,
hasta la era que tenía,
el trigo recién trillado,
en la parva de Belén.

Con el tiempo se casaron,
y a la boda me invité,
con ellos cené y bailé,
con ellos bailé y cené,
hasta que se armó el belén.

La historia termina aquí,
justo al tiempo de empezar,
seguro que de no haber estado,
de los pormenores no me habría de enterar.

Sandino el pobre suspira,
por la mujer que se fue,
más le hubiera valido,
no haber llorado por Belén.

La era quedó tranquila,
más los restos de la parva,
por doquier la paja cubre,
el lugar donde charlaban.

A quienes cuento la historia,
de los raros enamorados,
unos apuestan por Sandino,
porque le creen el engañado.

Las mujeres por Belén,
como parece normal,
al cabo Sandino era,
un poquito mas informal.

Un muñidor de entuertos,
quiso a la pareja juntar,
y tan sólo consiguió,
que le echaran al corral.

Por eso, en esta hora,
ni Sandino ni Belén,
les he vuelto a llevar a la era,
ni siquiera a la parva, todo, por su bien.

LLEGÓ A TANTO PARA QUEDARSE EN TAN POCO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 26 Abril 2011 9:46

Isidora Carrasclas, cuando anda, lo hace de lujo. Ella no concibe unos zapatos que no destaquen por su altura, por eso es una delicia verla volar, de tan etérea, al tiempo que canta cuando desfila al son de sus admiradores que la ven y la escuchan. Porque hace resonar sus tacones sobre el cemento de la calle como el tambor percutido de un malabarista de la música sacada de una zambomba.

Y si eso sabe hacer con los tacones de sus zapatos, no digamos lo que consigue desde su 1,80 de estatura. Sus ojos de grana y oro se desparraman, junto a su sonrisa partida, para hacer las complacencias de cuantos en su figura tienen la suerte de reparar.

Quienes a ella llegan, los menos por no atrevidos, dicen y no paran. Los más suspiran en la distancia, cual si hubieran visto en su camino, pasar un ángel que les dijo adiós con la mano.

Obdulico que se atrevió irrespetuoso, recibió de Isidora el desprecio de una bofetada dada con el rictus de su boca. A Andresito Poco, con iguales maneras e idénticos propósitos, el apellido se lo dejó en menos y así hasta cien, ¡qué digo cien!, mil acaso. Todos y cada uno que la miraban de sus maneras y belleza extasiados.

Pero Isidora tenía una falla casi imperceptible, un perno mal ajustado en su estructura perfecta. Era zamba, de aquí, gran parte del ritmo exotérico y abstracto que improvisaba, cuando andando, brotaban de sus tacones la música que enamoraba.

No obstante, vista sin pasión alguna, como si ello fuera posible, aquella anomalía mínima, como inclinación real, más parecía gracia que defecto que la afeara. Andolfo Sinergia, que apenas si llegó a percibir la cojera, describiéndola se olvidó de la falla y la atinó en el cerebro. Así dijo:

- Si, señor, tonta del culo.

Y no era verdad, que este, el antifonario, lo tenía conforme a los cánones más exigentes del siglo.
- Querrás decir, Andolfo, poco aplicada –añadió un tercer condiscípulo.
- Erráis –se aplicó en decir un cuarto – ella está muy por encima de nosotros y aún me atrevería a decir de la materia que no escucha en clase. Mas solo el tiempo vendrá para demostrar la veracidad de las palabras que ahora pronuncio.

De Isidora la coja se hacían lenguas a favor y en contra, que así había dividido su mundo, los que estaban a favor y la otra mitad en contra. Los más por verla tan alta y que tan poco se la notara la desigualdad, los otros tratando de ponerse a su altura, que tanta envidia suscitaba que el mundo entero la quería a sus pies.

Así, fueron pasando los años y aquel núcleo de seres humanos se desperdigó por la geografía terráquea y los menos se vieron de cuando en vez y los más no se tenían ni en la memoria, cuanto más presentes.
Isidora Rosalinda, como pasó a llamarse, después de su primer descubrimiento científico, concatenó sus pasos folclóricos, a los que tan aficionada era en llevar su practica a las calles por donde transitaba, con sus saberes, dentro de la más exigente de las ciencias por ella escogida para su posterior desarrollo, la genética humana.

Y, en tan intrincado campo llegó a destacar en revolucionarios escritos cuando aseguró que la ciencia en general, aquella que daba lugar a los grandes descubrimientos, pese a todo cuanto se había dicho que prácticamente y tan solo quedaban por descubrir rudimentos sin mayor trascendencia, ella aseguraba que estábamos de verdad en el principio de todas las cosas.

Razón tenía, que el tiempo vino a demostrar su teoría cierta y cuan cerca se encontraba ella de tocar con la palma de sus manos aquellos intríngulis que con tanta capacidad imaginaba su cerebro. Pronto hizo patente cuanto anunciaba, pues vino en descubrir el lugar donde se alojaba la envidia humana, en el parietal derecho del cerebro, por encima mismo de la oreja, dicho así, grosso modo, para trazar un mapa del lugar que todo el mundo pueda localizar. Demostró que el ser humano no nacía con ella, con la envidia, que ésta se venía a desarrollar con los años en los que se expandía como ser que se integraba en una sociedad regida por el socorrido dicho del “quítate tú que me pongo yo”.

Determinó con escrupulosidad la parte del cerebro que acogía tan lamentable pecado y aún especificó más, pues si bien en el hombre la envidia, revestida de rivalidad, estaba situada por encima de la oreja derecha, en la mujer, tal hecho se producía en la izquierda y por debajo. De aquí que en ellas la desazón, el prurito ciego, se tardaba más en ser reconocido, pues era siempre algo más sutil cuando no inteligente.
Añadió, para rizar el rizo, que el hombre público, el político por excelencia, el ser por antonomasia, pues supo dominar a sus semejantes dándose la irónica paradoja de presentarse como su servidor, que en éste, la envidia, era la mejor de sus virtudes. No estando aposentada ni arriba ni abajo de la oreja izquierda o derecha, sino en la lengua, de ahí que, algunos de los nombrados, no duchos en la materia, se trabuquen y confundan y lleguen a decir hoy lo que negaron ayer o viceversa.

No fue este el logro más conseguido, por más que sí, el más vitoreado. Hizo también hincapié en la intolerancia, como un pendiente que se ajustara al extremo inferior de la envidia y con las mismas características de izquierda o derecha en hombre que en mujer dicho. En aquellos momentos estudió también la posibilidad de que todos los niños que accedieran a este mundo, a él lo hicieran con el consabido pan debajo del brazo, así como una plaza asegurada en la contemplación del horizonte de la vida, cuando el sol se escapa por el cielo infinito y relajados pueden contemplarlo.

Y hubiera seguido aportando su innegable materia gris en la consecución de tan positivos logros, resolviendo los enigmas que se plantean en el vivir diario, si no se hubiera cruzado, delante de ella, cuando ya el canto de sus zapatos era una entelequia guardada en el recuerdo, aquel Andolfo Sinergia, que de nada pasó a relumbrón, llevado por la autoridad que le confería, haberle nombrado sus convecinos, el primero de sus presentes.

Aquella unión que se supuso perfecta frustró empero lo que pudo ser una vida plena, dedicada por entero a la investigación.

FUE CLAMOR SU SILENCIO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 14 Abril 2011 14:00

 

Lento, sin prisa,
el silencio se abatió sobre él,
como la nube que oscurece el horizonte,
nada se oía,
todo era la extensión de un desierto,
yermo y estéril el mundo,
aquel que dejó mi padre,
en su triste despedida.

Por ensalmo cesaron los cantos de los pájaros,
el aleteo de la mariposa,
el chirrido de la bicicleta,
nada resplandecía,
con él se fue la luz de mis ojos,
con él se iba la risa,
brotaba el llanto,
se aparcaba el ruido,
y los oídos dolían de soledad infinita.

Miro la silla que fue suya,
vacía e inútil,
sin nadie que la ocupe,
desvencijada e inerme,
como recuerdo amado,
que deja brotar lágrimas incansables,
triste el llanto de su marcha.

Su cama vacía,
su ropa colgada,
vacante la funda de sus gafas,
todo él en falta,
que todos lo vimos
y nadie creyó su marcha.

Le dibujo en el cielo,
en las noches sin luna,
le abrazo y le beso,
y le echo tan en falta,
que si gritar pudiera,
al mundo asolara,
y a quien me rodea,
sordo le dejara.

Reconocí en sus ojos el dolor ajeno,
la templanza,
la herida que sangra,
en el cuerpo vecino,
la pena y el ansia.

Así fue él,
de tan fuerte se deshilachaba,
por tanto vigor como aparentaba,
era un alma bendita,
un hombre sin traba,
un ser sin malicia,
que el mundo añoraba.

Vinieron después,
los que más le conocían,
aquellos que en silencio le amaban,
y todos a coro,
como si rezaran,
hablaban de él,
y todos a una le alababan.

En las noches, cuando las estrellas,
aquellas que alumbran en la madrugada,
le oigo su voz,
le siento en la piel,
en las manos,
en la cara le siento,
cuando me acariciaba.

Distante se fue,
un ogro de miel,
un hombre,
el ser humano que cerca,
miraba tus ojos y en ellos ponía,
junto a la vida,
la razón de mi alegría.

De bondad tejido, mirándome,
me dijo aquel día,
cuando con los suyos ya no veía,
que marchaba con la vida llena,
que allí me esperaba,
entre un millón de velas,
que él encendería,
para que alumbrando,
mitigaran la espera, de la vida mía.

¡VAYA RUINA DE VACACIONES¡

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 12 Abril 2011 8:44

Con tal ansia esperaba Federico las vacaciones de verano que, el mismo santo paciente, Job, le hubiera severamente recriminado tan poca paciencia como mínima resignación.
Mas como todo en la vida llega, que tan solo basta sentarse y estoico esperar, Frederik, como él quería que le llamaran cuando de incógnito se pronunciaba, alcanzó su sueño dorado, aquel que con tanta intensidad le atraía hacia la arena de la playa.
Dejó pues la oficina como quien huye del mundanal ruido o como quien deja un lugar, después de haber cometido sobre él una acción imperdonable, el odiado despacho, el sitio donde se ha perpetrado un crimen, el letal coche testigo de interminables atascos y en un decir amén, tomó el hato y el portante, una maleta escuálida hecha de días de desespero, noches de ensueño y como mejor se lame uno, solo, se perdió del ruido de la gran ciudad camino a las olas del mar.
Muy temprano, al día siguiente de llegar, cuando aún chirriaban los cierres de los comercios cuando eran abiertos, Frederik, entró en la peluquería de Pablico Stantom, un reputado estilista, escultor de cráneos, trencista de cueros y confesor amable de conciencias varias o variopintas.
En ella, sobre el suelo la peluquería se dejó la barba y el escaso pelo, la poblada barba y la totalidad del cabello. Con tanta diligencia y tal tonsura, que de haberle rondado por la cabeza una sola idea aprovechable, bien la hubiera podido desentrañar el peluquero.
No fue así. Mas ya limpio de todo estorbo superfluo, sin mácula, con unos pantalones a media pierna y una camisa que no le llegaba a tapar el ombligo, moderno él, muy en consonancia con el pueblo llano con el que decía venir a confundirse, se subió al autobús, caminos abiertos a todos los mundos conocidos.
Pero las cosas, ya está dicho, suceden unas veces sin premeditación y otras, las más, son debidas a la malas intenciones de algunos. De aquí que Frederik nunca habría de saber que, sobre su misma cabeza, aquel peluquero ladino y atrabiliario, abierto a todos los gustos, había dibujado-tallado arcanos imposibles sólo para iniciados, donde se daba cuenta, mortal confusión pues arrancaba de una mentira, que quien así llevaba la cabeza atusada del dibujo reseñado, una serpiente retorcida sobre el cráneo, respondía a gustos muy, pero muy particulares.
En el asiento inmediato posterior a donde Frederik se sentó en el autobús, allí donde se aposentó ufano y distendido, el ya paciente veraneante, fue ocupado por un negro opulento, grande, como hecho a propósito, beodo, mamado y cuba, que masticaba los despropósitos al tiempo que palabras ininteligibles, oraciones sin sentido, salidos por entre unos labios carnosos y rojos como gajos de naranja.
Frederik no hizo caso, apenas si se percató de la situación, tan abstraído iba y aún menos le hizo aprecio. Acaso se dijo que son cosas que pasan en la vida. Y se repitió que queriendo ser uno más y mezclarse con el pueblo llano, debes perderte en sus mismas debilidades y dar por sabidas que el prójimo, sin rubor alguno, pues ignora sus faltas, se estira satisfecho, levanta los brazos por encima de la cabeza al tiempo que, abriendo la boca de par en par, bosteza y trata de imitar, por su grandeza, a la puerta de la cueva de Ali Baba.
Y en tales disquisiciones iba cuando sobre la cabeza recién pelada notó el calor que emana de la boca, en este caso del negro descomunal, cuando sobre la piel notó la humedad ardiente de aquellos labios gruesos como plátanos encendidos.
Nadie puede poner en tela de juicio el noble aguante de Frederik, pues durante al menos diez segundos, tragó la suficiente saliva para soportar estoico el ósculo en el cráneo, sin duda desconcertado por la insólita situación, sin saber que era en verdad aquello que le estaba ocurriendo a él. Por un instante pensó que alguien, un ser sobrenatural le estaba absorbiendo, literalmente succionando, las neuronas, pues no se veía con fuerzas para expresar su horror y su extrañeza.
Al sentir de nuevo la caricia, aquello que cada vez más se aproximaba a agresión sobre la calva piel de la cabeza prácticamente rapada, se dijo en un instante súbito de exaltación, cuando impremeditadamente se le irritó el ego, que todo hasta aquí estaba bien, mas no había lugar para un segundo después.
Y mientras, aquel negro grande como un cíclope, con grandes aptitudes para llegar a coloso, le volvía a estampar un sonoro beso al tiempo que, con palabras entrecortadas, mientras con el dedo índice apuntaba lo que escrito llevaba sobre el cráneo pelado, sin duda por la emoción del momento, como por la feroz borrachera, cogorza al cabo, le declaraba su rendido amor, fulminante amor, nacido de una sola mirada, sobre la inscripción que partiendo desde la nuca le dibujaba todo el occipucio.
Frederik, entonces rojo como granada abierta por madura, herido por tan inhábil cocinero, muñidor de ordinarias manifestaciones, se levantó del asiento con ánimo jupiterino, con la misma hiel de la irritación que se le desbordaba por la lengua hasta salírsele por los labios, pues se disponía a lanzar sobre el negro, el tan descomunal como impropio hombre civilizado, una jauría de sapos y culebras, además de los perros de presa. Mas lejos de ello estuvo, que se atragantó, se ruborizó al cabo, al darse cuenta que concitaba todas las miradas de los pasajeros del autobús que seguía su curso camino de la arena de la playa próxima.
En la primera parada se lanzó fuera de él, del maldito coche de viajeros, mientras las risas le acompañaban como mariposas que revolotearan por encima de sus hombros para acariciarle la cabeza pelada. Aquellas malévolas risotadas que le acompañaron en el camino de regreso, malévolas sí y frustrantes también.
Corrió Frederik hasta esconderse del susto en la habitación del hotel donde se había aposentado y por mucho que se repetía que aquello que le acababa de ocurrir tan solo suponía un contratiempo sin mayor importancia, no era sino una patraña que añadir, a las muchas mentiras que iba interponiendo en su camino de integración dentro de una sociedad hasta entonces desconocida para él. Una añagaza más, se repitió, de la vida, porque por mayores intentos que hacía para levantarse del sillón donde se había sentado, en modo alguno lo conseguía, cuando pasadas las horas y creyéndose algo más calmado, intentó salir de nuevo a la calle.
Allí, en aquel refugio, sin salir, sino mirando por la claridad de la ventana al infinito, aguantó quince días, hasta que acabadas las vacaciones determinó volver al trabajo, a la rutina diaria.
Esperanzado, con el ánimo sereno, por encima, se dijo, del bien y del mal, erradicado este último, entró en su despacho, en su calle, en su coche, en la oficina, donde los compañeros celebraron su radical corte de pelo. Nada de aquello le resultó ingrato, cuando lo había abandonado ahíto de pensamientos negativos, muy al contrario, se reintegró a la práctica diaria con la benevolencia de quien ha recorrido el mundo y ha encontrado en este lugar, su sitio en la Tierra.

LA DISTANCIA Y EL AIRE

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 8 Abril 2011 12:05

Pasé por tu calle,
miré a la ventana,
aquella de arriba,
esa tan grande,
la que deja ver tu talle.

Distraída jugabas entonces con el aire.

Tu risa la oí,
tus ojos soñé,
pues nunca perdí,
el recuerdo amargo del ayer.

Niña mía,
porque en la distancia te pierdes,
y en el futuro te amparas,
de nadie mañana serás amada.

Distraída entonces jugabas con el aire.

Déjame que sueñe,
los sueños en rosa,
color de tus ojos,
alas de mariposa,

Jugabas entonces distraída con el aire.

En la soledad de mis días,
en el viento de la tarde,
cabalga jinete perdido,
en la hondura de tu carne.

Jugabas, niña, entonces, con la distancia y con el aire.

SUEÑOS Y ESPERPENTOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 5 Abril 2011 9:03

Hoy, mire usted por donde, me he levantado con un susto de muerte, creí que me obligaban a llevar en la cartera el retrato de un esperpento. Cuando del todo desperté y vi con horror a donde te puede conducir un mal sueño, me tranquilicé, los pulsos volvieron por donde solían y el ritmo de mi corazón sonó de nuevo a normalidad.

¿Cómo era posible –me pregunté- que un sueño así se hubiera podido colar por las entretelas de las neuronas hasta convertirse en realidad y darme un susto tremendo? Desgrané entonces las circunstancias, los porqués de tales pesadillas y llegué a principios, hechos inamovibles que propiciaron estos.

Así vine a recordar que la noche antes o el día, a saber, pues tanto da, la reina de los ingleses, su graciosa majestad Isabel II, concedía el título de sir al hasta entonces ciudadano Morritos algo, sin duda en justa respuesta a sus trabajos, sus desvelos encima de las tablas de un escenario para molicie y divertimento del mundo entregado a tales gustos.

La noticia, no por esperada, me produjo menos envidia, sana, no vayan a creer, que es como se dice hoy en día. Me dije que, de haber yo nacido, con un chorro de voz, es decir, con las cuerdas bucales en su sitio, no como ahora, que las tengo todas desparramadas, en el sitio de cantar, me refiero, no esta manía tonta y lela de escribir, que a lo más que puede llevarte es a que, alguno de los admiradores del mencionado que lea esto, me insulte por la calle, que el Nóbel, por no conocer a ninguno de los miembros del jurado, que es quien en definitiva otorga la dadiva, lo llevo crudo, tirando a fresco.

Como cerezas que se extraen de la cesta, tras esta noticia grandiosa me vino a la mente la petición de los habitantes de Murcia, creo que fue allí, donde han pedido para otro cantor inigualable, al menos por los berridos que al aire lanza, a mi entero y particular parecer, que su nombre tenga o mejor haga, el honor de designar y esclarecer una calle.

Por mi parte yo creo que sería mejor, a la vista que los chillidos están empezando, que se le de una casa con vistas al mar. Posiblemente, es más de agradecer. Perdón, me rectifican, ya se ha comprado un chalet con vistas a la puerta principal del Mediterráneo o del Caribe, de lo que se deduce que, en un tiempo record, lo que tarde un opositor administrativo, tres vidas o cuatro, para comprarse algo igual, él lo ha hecho en pocos meses. Pues eso, que le pongan la calle.

Yo, aquí y ahora recuerdo a algunos plumillas, primeros en la city, con las excepciones que marca la regla, se supone, que apenas si el oficio les llegó para el retiro de una casita en Mazarrón, una vez alcanzada la edad del jubileo por doquier y después de toda una vida sobre la máquina de aporrear letras. Por eso, desde aquí animo a todos aquellos que su ánimo se lo permita, a cambiar el lápiz por el traductor acústico, también llamado micrófono y el blanco papel por la partitura revolucionaria.

Por terminar con las cerezas, diré que no hace tanto, un lustro y medio si acaso, pasando por Leganes, a la misma salida o entrada de Madrid, capital de Madrid, -que las demás autonomías se sirven solas- me fue dado contemplar una espléndida avenida, con balcones a la calle o así, dedicada al ruiseñor del “rock and rol” ¡Ahí es nada! Confesada mi impericia adornada de ignorancia, pregunté por el egregio patriarca que con tanto bombo se le reconocía en aquella placa con su nombre en la cuasi ya digo avenida. Salido de la tiniebla, oscurantismo al menos en tales menesteres musicales, por personas doctas en tal materia, me recogí sobre mí y durante la extensión de un segundo pensé, primero en lo baladí de la vida y segundo y principal en la perspicacia de nuestro políticos generosos.

Casi inmediatamente, de la forma relatada, comprendí al fin el sueño y las razones por los cuales, me había asaltado con tales virulencias. Una vez comprendido, fue cuando me apresuré a replegarme a la sucesión de esperpentos con los que la vida nos sorprende y nos divierte.

Entienden ahora el porqué de mi resentimiento con la providencia, vamos, con lo que sea, que me dejó sin las cuerdas vocales idóneas para haber entonado un cantar de gesta, al igual que ese Justin Bieber que hoy viene a cantar a España y que con solo 17 añitos, tiene a la juventud revolucionada, enamorada y loca mientras hacen cola para encontrar una entrada que satisfaga sus incontroladas ansias y desenfrenados apetitos.

POR TODOS LOS OCASOS SE LLEGA A LOS RECUERDOS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Viernes 1 Abril 2011 9:49

 

Se extraen del alma,
se pegan a la piel,
son hogueras en el desierto,
llamas en la arena calcinada.

Sobre la palma de la mano crecen,
como los lirios en el huerto sin fin,
aquellas blancas margaritas,
ciegos designios blancos caídos en tropel.

A veces son hirientes dardos,
clavados en la sien,
sacados del negro pozo,
donde se esconde en la profundidad la hiel.

Mecen la cuna donde duermo,
me despiertan al amanecer,
bálsamo que para mi quisiera,
cuantas veces me pongo a tus pies.

Llegando al pasado,
la muerte te dejará ver,
cuan poco importa,
el presente sin el ayer.

Que cuando el ocaso llega,
los recuerdos se agolpan,
ternes llaman a los cuatro costados,
y reales se hacen por vividos,
como los lirios hablados,
como las margaritas mentadas,
en los campos desolados.
Todos los tiempos se aúnan,
pues se añoran en el presente,
nacen del hombre que escarba,
en la patina del ausente.

Mejor vivirlo, dibujarlos en la frente,
nadie se oponga a ellos,
los recuerdos nunca mueren,
en el ocaso resucitan,
cuando más olvidados los tienes.

Quien de ellos se arrepienta,
sufrirá flagelo de muerte,
quien feliz de ellos haga,
alcanzará el milagro de la suerte.

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