2011 Mayo | Poemas y fábulas

Viagra

TRISTE DESPEDIDA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 30 Mayo 2011 11:38

Bajo la lluvia,
los recuerdos afloran,
como olas de agua sin sal,
lagos que en la memoria,
lloran tristes, memorias del mar.

Sobre la arena de la playa,
allí donde el mar riela,
y alza en honda catarata,
mil gemidos, una lágrima,
y aquel deseo por toda vela.

En el barco yo te dije,
pensando que eras soltera,
si a bien tuvieras quererme,
hasta concluir la vida entera.

Fue el silencio despedida,
sus ojos bellos poemas
negaron sin comentar,
pensando en como la vida,
nos impide desembarcar.

Tristes son pues los adioses,
los que se dan al zarpar,
aquellos que se prodigan,
quienes nunca se volverán a encontrar.

Que aún mirando al mismo lugar,
ninguno de los dos podrá en la vida,
encontrar el lugar para soñar.

UN ÁRBOL Y TRES PÁJAROS

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 24 Mayo 2011 14:39

Una paloma, un gorrión y un cuervo. El primero de los pájaros mirando al segundo le dice:

- Tienes la cara de pito y todo tú estás esmirriado. De dar una patada a la rama donde te posas, a buen seguro que no pararías hasta dar con tus plumas en el suelo.

El gorrión, displicente, al tiempo que se vuelve dándole la espalda, le contesta:

- Será el tío gilipollas.

La paloma, que le ha escuchado, como no tiene muchas ganas de gresca, se hace la longuis. Sin embargo el cuervo, que está en una rama superior, le llama la atención diciéndola:

- Poco pico para tamaño insulto. Tu carácter melifluo hermana se ha vuelto a poner de manifiesto. Por más que hayáis dado pasaporte a las urracas, que las habéis aventado de lo que era su territorio, aunque algunas arriesgadas quedan aún y no se dan por vencidas. Sin embargo, con los gorriones, cuatro o cinco veces más pequeños que las urracas, os ablandáis como si de mantequilla estuvierais hechos. Algo de lo mismo está ocurriendo aquí, en el reino de los ápteros, están siendo invadidos por iguales y terminarán expulsados, si es que antes no se derrumba el edificio del mundo.

- No he querido contestarle –responde la paloma- porque al cabo no lo considero enemigo que me pueda preocupar. Por otro lado, no es tanto el condumio que me quita y si tal ocurriera, lo tengo visto, al primer picotazo lo dejo grogui.

El gorrión, en la rama más baja del pino, mirando a tierra por si alguno de los niños que allí juegan se le cae una miga de pan u otra cualquier migaja que le alivie la necesidad, sonríe escuchándoles, al tiempo que tuerce el pico diciéndose en un susurro:

- Despreciar a alguien por su volumen es cuanto menos de ineptos que es lo que son, tanto la paloma como el negro cuervo. Los dos en franca regresión, el primero por ocupar de forma violenta el sitio de los ápteros y el segundo por su mala cabeza. La fuerza se les escapa por el pico, pues más que zurear el primero y graznar el segundo, hinchan orgullosos e ignorantes sus verdaderas debilidades.

Mientras, el cuervo sigue perorando con la paloma. La dice:

- Si se deja un insulto sin contestar se está propiciando el terreno para que el siguiente sea mayor. Por otro lado, perdonar es de débiles, enfrentarse con fuerza es de valientes.

El gorrión levanta la cabeza y contesta al cuervo:

- De ahí que vosotros, que tan solo hace unos años atrás erais multitud estáis diezmados y en franco retroceso. Evitar el peligro, hermano, nos hace inmunes y nos perpetua en el tiempo. Mirad, si no me creéis lo que ocurre en el mundo de los humanos de ahí abajo. La inteligencia, cuando no prima sobre todo los demás intereses, les lleva al caos.

La paloma, convencida zurea dándole la razón, por el contrario, el cuervo, grazna molesto al ver despreciada su tesis, su punto de vista, por ello responde rotundo:

- También de los ápteros he aprendido que más vale un instante de honra que cien años en busca de ella. O algo así, que tampoco estoy del todo convencido de lo que han querido decir.
- Mal entendiste, sin duda. La honra, que fue referida a los barcos con o sin, no a la duración de ella –aclaró la paloma ilustrada.

El gorrión, que dice estar más cerca de los humanos y respetar a este en cuanto se honra a si mismo, que es la forma de hacerlo con los demás, asegura que, al igual que las urracas, prácticamente expulsadas de lo que fuera su territorio por la constancia y seriedad de las palomas, así el hombre, por su impericia, su desdén y su falta de honradez demostrada a lo largo de los años, siempre coronada por su egoísmo sin límites, nos está conduciendo a todos, pues del hábitat de todos se trata, a nuestra desaparición, no en vano en su inconsciencia destruye la Tierra.

La paloma y el cuervo que nada de esta salida del gorrión esperaban, al unísono miraron para la rama más baja, allí desde donde piaba el pequeño pardal y con las cabezas asintieron, no en vano sabían que, era este pájaro el único que voluntariamente cohabitaba con el hombre, al haber vencido su natural miedo y haberse aprovechado de su tamaño, de su pequeñez para no infundirle temor, ni recibir de él consideración alguna.

Durante de la Peña, un filosofo entrado en años, deshabitado de miedos inmediatos y clarividente de futuros, mirando desde su balcón al pino donde platicaban los tres pájaros se decía, sin mucho entender los arcanos de sus pío-píos, zureos y graznidos, aunque advertía, en el ritmo de sus intervenciones, el diálogo a tres ramas, que bien podrían estar arreglando el mundo, ese que con tanta aceleración y voluntad trataban de llevar al caos el ser humano.

- ¡Ay, hermanos! - les dijo sin dejar de mirarlos- si ustedes supieran que no hay futuro, cesarían en sus trinos, en sus bellos cánticos y volarían sin descanso para perderse en la inmensidad del cielo, en busca de nuevos mundos en los que tranquilos habitar

PÁJAROS AGOREROS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Martes 17 Mayo 2011 7:52

 

Vinieron los afligidos pájaros,
al árbol de la vida a posar,
sus mustios cantos de reproche,
fúnebres coros que expanden al volar.

Escrito en sus alas llevan,
los futuros por llegar,
mientras dibujan las horas,
que faltan por terminar.

Faustino que era robusto,
aunque en la cama del hospital,
levantó la voz diciendo:
“en modo alguno les dejéis pasar”.

Otro tanto hizo Blandino,
porque los vio revolotear,
alrededor de su cara,
como locas aves de corral.

Hacen sus nidos sobre la vida,
con la que quieren acabar,
se pasan el día piando,
cantando los minutos por saldar.

Aurelio que los vio venir,
en un arranque de furor,
les disparó la escopeta,
y se salvó del clamor.

Para aventar a los pájaros,
que hasta tu ventana llegan,
no existe otra solución,
que incendiarles la candela.

Tiburcio, en silla de ruedas,
les cambió de cometido,
les da de comer garbanzos,
y se olvidan porqué han venido.

Rigodeo que supo la historia,
le imitó cuando dijo,
aunque 90 cumplidos,
no hay quien me lleve al nicho.

Que todo es voluntad,
querer aquello que brilla,
ya sea el futuro cercano,
sea ya el cercano futuro,
para prolongar in situ,
la vida con optimismo,
por encima de agoreros,
dolientes pájaros tristes.

SABER VIVIR EN EL PRESENTE

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 13 Mayo 2011 14:30

 

Andrés miraba su vida sin bajarse del pedestal donde se había subido. Tanto el ayer, pasado próximo como el ya remoto, los encontraba, sin embargo, vacíos, como si en vez de haber sido él, quien había vivido dentro de su vida, lo hubiera ocupado un fantasma, un ser irreal que le llenaba de sueños imposibles.

Otro tanto le sucedía mirando el futuro, aún el lejano en la distancia, cuando el inmediato lo encontraba igualmente lastimoso, ese mañana oscura y poco desentrañable.

En estas dos cuestiones, litigaba en puro pesimismo, con algún rayo esporádico de esperanza, que se filtraba candoroso y tímido por lontananza. Acaso por eso se dijo que, si bien, sobre el pasado poco o muy poco podría hacer para remediar el mal sufrido, al menos debía encontrar el modo de vida capaz de que mirando el futuro, bien le pudiera llenar de optimismo lógico y natural.

No había día que en tales hechos no pensara, deteniéndose como parece obvio suponer más en el ayer que en el mañana. Pero, por más vueltas que daba a la cuestión de aquel pozo sombrío y tenebroso no encontraba la maldita forma de salir de él.

Miraba con pesadumbre la risa de los demás, con envidia que le saltaba por los ojos, de aquellos que en tantas ocasiones le rodeaban sin apenas verle, de sus bailes, sus gritos y cánticos y se decía que, si duda, viéndoles la forma de actuar y manifestarse, sin prejuicios, trabas y cualesquiera otro estorbo, en modo alguno se le podría hacer difícil compartir su alegría. Y lo intentaba, a reglón seguido y allí, como petrificado, le quedaba el rictus, la intentona, el esfuerzo que hacía, por mas que apenado y lamentable en su contemplación que no había en él, el menor hálito de convicción.

Lloraba entonces Andrés, sin lágrimas, las que empañaban de pesar su pecho. Lloraba en el alma su dolor terebrante, a veces indefinido, siempre tenaz y persistente, como la nube que ocupa el cielo, en ocasiones lacerante, como el puñal que traspasa la carne.

En uno de aquellos días, posiblemente de todos el más sentido, vino, hasta el pie de la columna donde Andrés ignoraba que estuviera perennemente subido, Lucía, una niña rubia, con el candor y la de sus siete años recién cumplidos quien, acercándose, le preguntó:

- Andrés, hermano, ¿por qué no juegas conmigo? Acaso no sabes o tanto te cuesta bajarte de la torre donde habitas.

Le miró Andrés sin comprender, con una sonrisa que quería ser igual a la de ella y preguntó a su vez:

- De donde, Lucía, debo de bajarme para poder jugar contigo.
- Del pedestal, de la pirámide, donde dice mi padre que no te bajas, Ahí donde siempre te veo.
- ¿Tú me ves tan alto?
- Claro, de otra forma no tendría que levantar los ojos al cielo para verte, para divisar tu cara.

Notó Andrés, cuando se agachó para acariciar la cara de Lucía, que en verdad se había tenido que inclinar más allá que la real diferencia de estatura entre ellos, que al menos había descendido un escalón, acaso los mismos pasos de una escalera donde mirando al cielo conduce al infierno de la soledad, allí donde sólo se alcanza a divisar la indefinición del horizonte.

Y fue de esta manera como alcanzó Andrés del Pío Monte, de la mano de Lucia del Bien Hacer, a comprender, a saber que era verdad que vivía dentro de la irrealidad de una burbuja sin límites, de una pompa sin contorno que le hacía ignorar el presente, enturbiando al tiempo el pasado por inexistente y el futuro por problemático.

Alcanzó a reír con ella y a mirar alrededor con optimismo, así como el futuro con tranquilidad. “El exceso de seriedad mal entendida, -le dijo muy seria- es pura y liviana pedantería”. De súbito comprendió el muchacho el pasado y su pecado, al fin enjugado, en las palabras clarividentes pronunciadas por una niña de siete años.

¡AY! AMIGO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 9 Mayo 2011 8:44

 

Cerraba los años,
como las puertas de los autobuses,
con estrépito.

Todo cuanto él hacía,
lo hacía con ruido.
Un trueno en la lejanía,
que explotaba cercano.

Un buen día,
tomó el tren,
y se fue,
camino dijo al infinito.

Mas vuelve,
cuando cae la tarde,
o de amanecida,
con la resaca.

Con la mano en el aire,
dibuja estrellas,
y eses traza con los pies.
que anda torpe y sin rumbo,
perdido y borroso.

Vino en decir ayer que todo se terminó,
que cuanto acaba,
es porque ha empezado.
Hoy lo ha puesto límite,
mañana,
mañana ya no existe.

Y fue verdad,
para él,
se perdió en el intrincado camino,
de la taberna a su casa.

Una vez más tomó el tren de las tres,
y contó, una, dos y tres,
hasta mil.

Le cogieron de las solapas,
hundido en el agua,
con la que se limpian las calles,
con las que se lava.

Para entonces, nadie ya le esperaba,
el mundo entero había huído,
nadie a su lado quedaba.

Va de flores adornado,
hacia su casa en el campo,
aquel que llaman bendito,
porque sin discriminar ampara.

Las cigüeñas de la torre le lloran,
los gorriones perdidos le piaron,
y hasta los búhos le extrañaron.
En el duelo.
un sol de justicia,
le dio su adiós postrero.

LA PLUMA DE ISIDONGO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 3 Mayo 2011 10:35

 

Vino Isidongo a Madrid a comprar una pluma de plumín de oro, que así de importante y trascendente era lo que pensaba escribir con ella, claro que, llevado por la prisa, no exenta de natural impaciencia debido a su juventud, se precipitó dentro de la tienda, nada mas abrir la puerta y poner un pie en su interior, que estaban las baldosas como las patenas de limpias. Así, de tal guisa, el bueno de Isidongo Domíng irrumpió con estrépito dando con sus huesos en tierra, vamos, sobre las baldosas descritas, recién empercudidas.
Dijo entonces, al tiempo de querer incorporarse sin conseguirlo:

- ¡Caída más tonta, nunca!, ahora bien, creo que me he descascarillado.

La dependienta, joven también, apenas si entendió el palabro, por más que sí la expresión de dolor, que a la vista de los jeribeques que con la cara y los ojos hacia el maltrecho caído, presta se apresuró a ayudarle pues intentó incorporarle, consiguiéndolo a medias que, por la mitad del impulso iba cuando éste volvió a exclamar:

- Me he escogorciado, ¡si, señor! de lo más severo que uno puede sufrir en una caída, que lo mismo te puedes tronchar el espinazo como dislocarte el esternocleidomastoideo, que, por lo que me malicio, y espero confundirme, me espera, de aquí en adelante y durante una larga temporada, una silla de ruedas.

Hay que repetir que era Isidongo joven, de parecida edad de la dependienta por lo que, aún inmerso en el dolor, mirándola de abajo a arriba, cuando trataba de ponerse en pie, vino a decirla un cumplido, sin siquiera mudar la cara compungida que se le había puesto. Dijo:

- De haberlo sabido, que tú, aquí me esperabas, hace tiempo que me hubiera dado la “costalá”

Asolita Abalorio, que era el nombre de la dependienta, alcanzó a decir, sin soltarle de donde le tenía cogido:

- ¡Jesús!, señor, que susto me ha dado.
- ¡Muchacha!, aquí me acabo de dejar media vida, al menos aquella que se vive por encima del ombligo, todo ellos suponiendo que yo, de aquí en adelante, me espera un mundo visto desde la altura de una silla de ruedas ¿y a ti solo se te ocurre eso?

Reclinaba transido Isidongo su cabeza sobre el turgente pecho de la no menos acongojada Asolita, que viéndole como amenazaba con el desmayo en tal posición, que así lo dejaba entrever en los caídos párpados que como losas le cerraban los ojos, no tuvo otra ocurrencia que sopapearle el carrillo con la mano libre, pero viendo que tampoco así reaccionaba, le besó en la boca con tanta fuerza, denuedo y dedicación que, el ahora tullido, reaccionó, aunque errático y confundido diciendo:

- No me quieras tanto, mi amor, que yo ahora solito lloro sin que a ello se me invite.

Asolita, recuperando la respiración, que se había dado como enfermera eficiente, respondió:

- No es castigo, es conveniencia, cuando no necesidad. Que en situaciones iguales o parecidas, perder el conocimiento puede ser mortal para el caído de aquí que yo, más que bofetadas de admonición con la palma de la mano, me viera en la necesidad de hacerle reaccionar con un beso.
- Me dejas, si he de decirte la verdad, con un sabor agridulce en la boca, pues no se si quedarme con las bofetadas primeras o con el beso de después. El desprecio de los sopapos o el aprecio de la caricia. Pero tanto lo uno como lo otro me hacen soñar con el Edén que alcanzaría, poder disfrutar de tus besos, no siendo la piel de mi cara yunque de herrero sino reliquia de santo.

En tales dimes y diretes estaban cuando apareció doña Flor Inda la Ancha, por su apellido que no por sus formas y maneras, que era delgada como bisturí de cirujano “esteticién” y tan buido y cortante como él, que al cabo era la dueña, de aquí que apareciera a media mañana.

- ¿Qué es lo que está pasando aquí?–preguntó. Hasta que punto puedo permitir en mi tienda tales demostraciones de amores impúdicos. ¿Quién de los dos me va a dar una explicación plausible y satisfactoria?

Respondió la joven dependienta diciendo:

- El señor, que ha resbalado sobre las losas recién bruñidas por mi y ha dicho. ¿qué es lo que ha dicho?
- Que me he desvirtuado el cóccix –intervino Isidongo, ahora más calmado y comedido.
- Y por eso la estrechas entre tus brazos hasta hacerme pensar que habéis convertido mi tienda respetable en un lupanar obsceno.
- La culpa –dijo Isidongo- la tienen las pulidas losas y los mejunjes que sobre ellas echan para que resplandezcan. ¡A quién se le ocurre fidelizar al cliente de manera tan torpe como es ponerle en peligro de averiarle una pierna, cuando no el mismo alma!

Y doña Flor Inda la Ancha, de aquellas simples palabras dedujo cuanto se la podía venir encima por el accidente sufrido dentro de su tienda y como al tiempo, sutil, buscando relanzar el negocio en aquel instante estancado, dedujo que, “aquel patán de mierda”, antes que le interpusiera denuncia en juzgado ajeno, lo mejor era alumbrarle el futuro, aparte que no era mal parecido y decía cosas que podrían traducirse en interesantes, por lo que no era descabellado ponerle a la par con Asolita.
Por eso dijo:

- Nada hay en el mundo que no tenga su debida componenda. Al mal inflingido la venda que le cure. Tú, como te llames, jorobado, tienes desde este instante plaza aquí de dependiente y tú, Asolita, pagarás tu culpa con la dedicación que precise hasta su restablecimiento. Y quien sabe si, con el tiempo, tendrás que pagar con un matrimonio de conveniencia tu inadvertencia de bruñir los suelos, sin asumir que podría ser mortal para el cliente inadvertido.

Y sí, se casaron Isidongo y Asolita, con la complacencia de doña Flor Inda, que, durante mucho tiempo después, se jactó de haber matado dos pájaros de un tiro con su determinación florida, como calificó su decisión, de haber unido en matrimonio a dos seres que, sin duda, habían nacido el uno para el otro.
Y allí anda en matrimonio Isidongo, en silla de ruedas, sin nada haberle importado haber salido del trance aliquebrado, con la inestimable ayuda que le prestan en todo momento los amados brazos de Asolita que, por primera vez en su vida, decía haber vencido la soledad que anidaba en el silencio de su corazón.
Por su parte, Isidongo, al fin pudo alcanzar su sueño, ese que le imploraba, desde lo más hondo de su ser, comprar plumín con el que escribir sus aventuras, poder, en todo momento, apartarse del mundo cotidiano y mojar, en la tinta donde se fragua el amor, las más divertidas ocurrencias, las más interesantes versiones de quienes sueñan en la noche con felices resultados que le satisfagan a lo largo, no ya del día siguiente, también en el computo de una vida.
Otro tanto, hay que decirlo, le ocurría a Asolinga, que gustosa se aprestaba a los sueños hechos realidad de su maltrecho marido. Aquel que cayó del cielo, sobre las bruñidas baldosas que acababa de adecentar y que con tanta diligencia le enseñó los sueños penígeros.
Así que, algún beso se robaban, aún en presencia de doña Flor Inda a la que, inconscientemente, se le advertían en sus ojos, la envidia que de ellos se desprendían, por más que la acción fuera calificada por la dueña de la tienda de acto impúdico, sino deleznable y burdo y siempre, a los ojos de todos y cualesquiera espectador inadvertido, sicalípticos.

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