2011 Junio | Poemas y fábulas

Viagra

LA INFINITUD DE LO PEQUEÑO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 29 Junio 2011 9:32

Del dibujo de mi persona,
que plasmé sobre un papel,
vine yo a saber que era,
en mi, lo grande chico,
y al revés.

La estatura no llegaba,
es lo que primero se ve,
al metro treinta empinado,
subido sobre los pies.

Tan grandes cejas tenía,
que la frente me tapaba,
y aún la boca se escondía,
perdida bajo la napia.

Esta era, por el contrario,
nariz tan reseñada,
que muchos que la miraban,
perplejos la confundían,
con eslabón de aldaba.

Los brazos alicortos,
apenas si me llegaban,
para rascarme la calvicie,
siempre que la cabeza agachara.

Tengo por el contrario,
el corazón y sus cábalas,
rodando por todo el cuerpo,
junto al alma desbocada.

Aquí lo pequeño se aúna,
por eso lo grande se apaga,
y queda por todo ser,
un hombre sin mengua y tacha.

Que lo importante será,
si es que las cosas no cambian,
aquello que dentro lleva,
la persona y no su talla.

LA MALDICIÓN DEL ESPEJO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 21 Junio 2011 7:22

Frantuche Frantoche se miraba todas las noches al ir a dormir en el espejo de su alcoba. Delante de él se sonreía, tímidamente, elevaba los ojos al techo, como si los elevase al cielo y dando gracias por el día que se acababa, se metía en la cama.

Así lo hizo el hombre desde la edad de quince años que se le ocurrió, hasta ayer, que cumplió treinta y dos. Hoy, al mirarse en el espejo, tras una duda interminable, no se reconoció. Tanto era así que tocó con las manos desnudas el cristal del espejo, para cerciorarse que en verdad tocaba un vidrio barnizado de azogue. Frantuche, incrédulo, ya que no se podía creer lo que estaba viendo, por más que tardara en reconocerse que era él quien colgaba por el cuello de la rama del árbol del que pendía la soga.

Cerró los ojos una y mil veces, no tenía que estar ocurriendo aquello que reflejaba el espejo, sopena, se dijo, que se estuviera volviendo loco y a su imaginación llegaran fantasmas, espectros imposibles, visiones dantescas, un cúmulo de sombras amparadas por la luces que irradiaba la oscuridad. Para demostrarse a si mismo que todo se debía a una perturbación pasajera comenzó un juego, simple, capaz de retraerle a viejos momentos de la niñez donde entretenía su tiempo reconociendo por sus nombres cuantas cosas estaban a su alrededor. Así enumeró presencias y recuerdos en su casa inmensa y solitaria. Empero, ahora contó: un oso de peluche, que no recordaba y que, milagrosamente recobrada la vida, se ponía en pie sobre sus patas traseras y con las manos golpeaba las suyas que se mecían en el aire, colgado como estaba por el cuello de aquel árbol inmenso. También vio en el espejo un mar proceloso donde un pingüino inquieto tocaba un piano de cola, una sirena rubia cantaba a la luz del amanecer y todos ellos estaban acompañados por una ballena que sacaba de una armónica gigante notas tristes por la ausencia de su compañera muerta.

Frantuche recorrió entonces con su mirada aquel cuadro desconocido, lo mismo intentó hacer con los recuerdos que se le agolpaban por momentos en la frente, aquellos, se repitió, que le harían recobrar la cordura perdida. En vano, se confesaba ya loco, ido al menos, un desconocido que encarnaba su propia persona.

Cerraba los ojos para no divisar el carrusel de extrañas cosas que cruzaban por aquel espejo maldito, para no ver su cuerpo sujeto por el cuello a una soga prendida a un árbol que ahora ocupaba la totalidad del espejo, que inmediatamente después se esfumaba escondiendo su maldad entre el marasmo de cosas absurdas reflejadas, para inmediatamente renacer como el ave fénix de sus cenizas.

Fue entonces cuando Frantuche miró su conciencia, la maldad que su cuerpo podía reflejar sin él saberlo, que era factible albergar dentro desconocidos como malvados pensamientos sí, desconocidos, pues era un hecho que cuanto le estaba pasando se debía a un mal encubierto, al preámbulo de una brujería maldita, sí es que, él mismo no estuviera satanizado hasta el punto de no saberse controlar sino dentro del azogue que guardaba el cristal convertido en espejo.

De repente encontró, rebuscando en lo más hondo de su ser, la soledad no confesada y si sentida en todos y cada uno de los resquicios de su alma. Aquella indefensión del espíritu perdido en el marasmo de la vida, su incapacidad, se dijo una vez más, al fin, haber perdido el amor, la amistad e ignorar el modo adecuado para recobrarlas.

Volvió entonces la luz a su mente ofuscada, el recuerdo de ella, de su amada, la Venus hecha de espuma y de lágrimas derramadas por la huida y su ausencia. Volvió él, el hombre sobre el que su cansancio descansaba, igualmente tragado por la voracidad de la vida y se arrepintió del tiempo desaprovechado.

Notó Frantuche como si alguien, cuando renegaba de su soledad, cuando maldecía al demonio de la ira y de la incomprensión, quisiera volverle a ver y estuviera entonces ocupado en borrar en las esquinas del espejo, como si los fantasmas allí albergados, comenzaran a disiparse, a desaparecer.
Se levantó de la cama donde estaba a medias sentado, a medias echado, allí donde el miedo le tenía recluido, el absurdo y la confusión que le habían arrojado como trapo roto e inservible, se levantó con ímpetu tal, decimos, que, al modo de orangután airado se golpeó el pecho con los puños al tiempo que clamaba por el amor extraviado, por la amistad olvidada y en los mismos gritos condenaba el fuego del infierno donde se hallaba sumido con el mismo agua del mar donde la ballena inútilmente quería tocar la armónica pues desaparecía éste con sus aguas derramadas sobre la hoguera en llamas.

La rama del árbol de la que colgaba, entonces, como si bien fuera un brazo perezoso se desmayó hasta hacer tocar los zapatos del ahorcado sobre la tierra, hasta depositar los pies de Frantuche en el suelo. Él mismo se quitó del cuello el nudo corredizo, la soga con la que intentaron estrangular su vida y arrojándola al infinito, de nuevo se subió a la cama para poder gritar, más fuerte si cabe, el nombre de ella, el nombre de él. De esta forma logró borrar todo vestigio de locura de su mente y del espejo perverso.

En la mañana del día siguiente, muy temprano, alguien llamó a su puerta. Frantuche, desnudo como estaba, salió a recibir a Crantona, la Venus de ojos de hurí y a su amigo Roberson, los dos, dijeron, radiantes, habían tenido el mismo sueño que les había empezado a contar Frantuche entre risas y espasmos.

La soledad era el motivo y la locura sin fin. Por todo ello estaban allí, querían hacerse perdonar sus ausencias, incomprensibles, sus modos, sus maneras, sus malditos olvidos, todo aquel cúmulo de la vida en un soplo, donde el aire juega con los sentimientos de los verdaderos protagonistas.
Crantona vistió la desnudez de Frantuche con sus labios de grana y arropó el frío de su alma con su propia desnudez, al tiempo que pronunciaba palabras tales que, de haberlas escrito sobre papel perfumado, bien hubieran podido completar cien versos de amor, un libro de hondos pensares y remordimientos, una fábula con final feliz.

Por su parte, Roberson le acariciaba con la mirada y con ella y sus lágrimas de felicidad, compusieron un soneto donde podía escucharse nítidamente que los tres renunciaban a la soledad para el resto de sus vidas. Sonaba a canción el estrambote, no en vano estaba compuesto con las letras que conforman los acentos que salen del corazón.

Frantuche, sin dejar el abrazo, que al fin reunió a los tres, les fue hilando en palabras entrecortados como su miedo a haberles perdido para siempre hizo que él se reflejara primero en la faz del espejo, la locura y después en su mente, desde donde transmitió su llamada desesperada.

Desde entonces viven juntos. Amigo y amante, los tres. El primero afirma que sabe tocar la armónica que quitó a la ballena blanca, el segundo el piano al pingüino. En verdad ninguno de ellos sabe arrancar una sola nota de sus instrumentos robados. Frantuche y Cratona, amantes al fin, apenas si juntos respiran cuando separados se ahogan.

La felicidad de aquellas almas juntas borró del espejo la angustia, limpió de su faz la soledad de tres almas reencontradas.

UNA HISTORIA SIN FINAL

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 16 Junio 2011 10:49

De allí me vine corriendo,
de aquí salí en estampida,
y de todo yo me quedo,
un postrer trozo de vida.

Esta la ha consumido,
entre dimes y diretes,
nadie podría pensar,
que todo lo mandé al garete.

Fui culpable y lo sé,
de no pararme a quererte,
momento en el que te dijera,
cuan presto llega la muerte.

Por lo que tú y yo diríamos,
como el filósofo aquel,
que entendiste mal la vida,
!ay!, mi querido Andrés.

Si la euforia hubiera sido,
pan para acabar el día,
el cielo se hubiera abierto
y la luz a raudales vendría.

Que confundido es el ser,
que se apaga en el silencio,
y de él no surge nunca,
agua que sacie al sediento.

Pues si los dos somos uno
y nos separa el destino,
ya me dirás, tú, Lucia,
como yo ando el camino.

Para el resto que me queda,
juro de veras hacer,
todo aquello que olvidado,
en el olvido dejé.

Óptimo quise llamarme,
por responder a ese nombre,
que todos los humanos quieren,
escalar cimas y montes.

Y cierro la historia aquí,
de Lucía y Andresito,
que juntos, como en la vida,
terminaron en el limbo.

DON CASTOR TIENE EL ALMA ENCENDIDA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 9 Junio 2011 14:10

A don Tadeo no le gustan los rábanos. A un vendedor de hortalizas le amenazó con un cuchillo de matar guarros si se atrevía, aunque solo fuera una vez más, a pregonar su mercancía al pasar por su calle. Como le vio tan enrabietado, ni se le ocurrió; para que tentar la suerte, se decía con razón el pobre hombre.

A doña Eduvigis, que tiene una niña preciosa con dieciocho añitos, le causó tanto, repelús –malestar, decía ella- el semen de su marido que nunca más –a excepción del caso reseñado- volvió a conocer hombre alguno. Tampoco a mujer, que doña Eduvigis, en todas las cosas del sexo, era muy mirada.

- Y tanto, que se lo pregunten si no a su marido, que le tiene a la cuarta pregunta desde hace, más o menos, dieciocho años.

Don Canoto, aunque todo el mundo, como era de ley, por aproximación se comprende, le llame don Canuto, la fobia sobrevenida le dio por los pájaros, mayormente urracas y vencejos. De no habérselo prohibido, de forma coercitiva la Guardia Civil, se habría comprado un cañón para erradicar de este mundo a todo aquello que se le ocurriera volar.

- ¿También a los aviones?
- Yo creo que no hacia distingos, que era sobremanera bruto y apenas si distinguía lo uno de lo otro.
- La fobia, por si lo quiere saber, a don Canuto –permítaseme la licencia- le vino como consecuencia de una cagada de un cigoñino. La pobre ave en ciernes sacó el culo de las taramas del nido, tal como la había enseñado a hacer su progenitora e hizo el aguatocho. Y claro, ¡zas!, dejo tuerto y lleno de excrementos al bueno del tío Canuto. Aunque parezca mentira, la casualidad es tan cierta como el sol que brilla en lo alto del cielo. Lo que no tuvo don Canuto fue la suerte de Tobías, que al cabo, este recuperó la vista sin coste aparente alguno. A este otro hombre le costó, entre visitas a la capital y a la consulta de varios oculistas, que no daban con el remedio ideal, la juerga un riñón.
- Si, ¿eso es en verdad cierto?
- Ni lo dude

Eduviana o Eduvigis que cada uno la despacha como mejor le cuadra, la pescadera, la madre Florindita, la que hace rosas de migas de papel ensalivado, odia al mundo entero. Es persona de no quedarse nunca a medias. O todo, dice, o nada, aclara. A quien le rechista en el puesto de mando, le manda a freír puñetas “y el siguiente” de la cola. ¡No es nadie esta mujer despachando!

- Esas, mire usted, son batallas perdidas y sin mayor fundamento, que es lo peor. A la misantropía, como esta demostrada de doña Eduviana, la pescadera, le faltan unos cuantos cursillos acelerados de amor al prójimo. Difícil sin duda esta asignatura, ¡verdad que es así don Claretiano! La misantropía, por volver al principio, no es sino, una enfermedad sin tratamiento conocido hasta el momento.

Don Castor es otra cosa a todo cuanto llevamos contado. Don Castor es un hombre normal, dentro de unos límites, ni alto ni bajo: más bien esto último. Algo grueso, con papada pronunciada y con la fea costumbre de abrocharse el cinturón por debajo del ombligo, a media tripa, porque cree que eso le hace más hombre, sencillo al tiempo y distinguido, próximo y trabajador. Es amador, por más señas, de los animales en general y de las hortalizas en particular, especialmente los rábanos y los pepinos. Como amante, por ser esta materia reservada, se le desconoce la gracia, si es que tiene alguna. De cualquier forma, a primera vista, bien se puede afirmar que en tal tesitura debe de ser medianejo, tirando a bajo rendimiento, como los triciclos de segunda mano. Vamos, como quien dice, ni fu, ni fa.

Donde verdaderamente falla don Castor, parece mentira, es en la lectura. Se conoce que, de pequeño, como a todos les pasó por aquellas generaciones, le obligaron de malas formas y ahora se pone como un basilisco ante la menor insinuación de enseñarle un libro, un periódico, una revista o cualquier otra cosa que tenga una letra de por medio. Se conforma con la radio y en ocasiones hasta con las noticias de la televisión, por más que no se las crea.

- ¿Usted sabe leer, don Castorama?
- Tu padre. Castor y voy que me mato. Pero oiga, ¿con quién se cree usted que está hablando? Claro que sé leer, estaría bueno.
- Lo digo mayormente por los ascos y repulgos que usted demuestra ante la presencia de la letra escrita, de un libro.
- Los libros, ¡botarate!, ¡chiquilicuatri!, !zangolotino!, son el compendio de todos los males que aquejan al mundo. Pero, ¿qué sabrás tú, a edad tan tierna, de tales complicados y complejos asuntos?

Y don Castor, mirándole con desprecio por encima del hombro, se marchó rumbo a su casa que le queda aledaña al lugar. Allí, en la oscuridad de su alcoba, sueña sin embargo con montones de libros, grandes e inmensos carrimotes de libros, librerías y bibliotecas enteras, aunque, invariablemente se despierta sobresaltado en la mitad del ensueño. Después, no se sabe porqué, repasa lo poco que ha aprendido sobre la Inquisición española, “SOBRE LA INTRANSIGENCIA HUMANA”, los poderes fácticos y las mamandurrias y, cuando de los ripios de libros se eleva una gran humareda, llamas por doquier, don Castor, no se sabe tampoco por qué, se queda dormido con un sueño tranquilo y reparador, como un bendito.

SOLEDAD INQUIETA

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 6 Junio 2011 9:47

Tan grande es la cama en la que duermo,
que en ella, solo, me pierdo,
la almohada está vacía,
y el mismo espejo en el que me reflejo.

Ya los sueños perezosos se resisten,
a volar sin bridas, libres,
caballos que al amanecer,
como si pájaros fueran,
en silencio pían, sin ruido callan,
pugnando hueros por nacer al día.

Así es la contradicción mayúscula,
que al tiempo quiero y es deseo,
que cuanto pienso ya sea,
blanco y negro,
verde y azul,
o con el mismo color del cielo.

Lejos lo siento en el corazón,
como brutal puñalada al viento,
que partiera de golpe el raciocinio,
y amasara cruel el sentimiento,
pues es con las lágrimas que produce el amor,
con las que pinto el techo de mi vida.

LA SOLEDAD DEL BRUTO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Jueves 2 Junio 2011 17:59

LA SOLEDAD DEL BRUTO

Bienvenido Pérez Frondoso, alias Su Bajeza –por lo escaso sin duda, relamido y pejiguera- tiene una leche que para él. Un día, por quítame de ahí esas pajas, descalabró a su perro “Jeromín” de un papirotazo dado con el libro “La soledad del justo”. De este hecho y a bote pronto, uno infiere las consecuencias siguientes:

Primera consecuencia: no siempre el lector entiende el mensaje encerrado dentro de las páginas de un libro. Por muy meridiana que parezca su lectura, a ciertos individuos les deja al pairo y sin gobernalle. De aquí se deriva la siguiente consecuencia.

Segunda consecuencia: la soberbia cuasi natural del escritor de libros con fines pedagógicos-terapéuticas debe quedar minimizada a los casos donde la lectura ha sido provechosa. Como escrupulosamente nos indican las estadísticas, estos casos son siempre milagrosos, por lo que hay que alegrarse con la individualidad, para no morir atropellados por el mare mágnum de la multitud.

Pero sigamos: el volumen, cosido a diente de perro por cierto, conectado violentamente contra la cabeza del chucho, estuvo a punto de dejar al inocente en el sitio. Los motivos que tuvo Su Bajeza para dar lugar al hecho reseñado parece ser que fueron la intromisión del can entre sus piernas –desechar toda imaginación peliculera que nos traiga a las mientes el recuerdo de Javier Bardem en su envidiable situación con Victoria Abril - cuando buscaba un sitio en la balda media de su abarrotada biblioteca donde depositar “La soledad del justo”, recién leído y nada aprovechada enseñanza. Amén.

Honorino Deus Amor, que precisamente no se distinguía por ser amigo de Bienvenido, creyó que los motivos reales que dieron lugar al hecho lamentable fueron que ( todo cuanto a continuación se afirma se deduce de la observancia atenta de la suave pelambrera-plumón del chucho, nube del cielo, y que por su delicada suavidad no debe de ser reo de barrabasada de humano, ni siquiera pillería de astuto ), en llegando a la cruz del libro, de él, tan sólo se quedó con una soledad, con minúsculas, estrecha y lúgubre, como el pasillo de la vida del desamparado, áspera y oscura, negra como dicen que es la boca de lobo, que habla de desconciertos, de fracasos, crisis de identidad, pobreza de espíritu y un etcétera largo como el estéril camino recorrido.

- El apellido “del justo” que redondeaba feliz, la ilusión que vendía –añadió Honorino- se le escabulló dentro de un hondo remordimiento, puesto que todas aquellas páginas de “La soledad…” le habían descubierto su crueldad gratuita, su torcido carácter, sus orgullosas, pueriles e injustificadas formas de bruto irredento.
- A más de misógino –añadió don Ramiro, que le escuchaba pegadito a su oreja, ya que era sordo como enlosada tapia- Yo creo que en realidad era un vulgar subterfugio para esconder la afición principal, que era maricón.
- ¡Qué cosas se le ocurren a usted, buen hombre!
- La verdad de la que no me apeo. Nacida sin duda - y dejando claro que a mi los homo como los heterosexuales me importan un pito, con sus panes se lo coman, los unos y los otros- por su fealdad rayana en la tristeza, que tenía una cara aberrante y repulsiva que daba miedo al mismo miedo. ¡Vamos, que era feo de cojones!
- Una joya Su Bajeza en su consideración, sin duda.
- Que no respeta ni a perros ni a personas, y menos hace caso de lo que exhalan los libros pedagógicos y de los que, puedo dar fe, tiene su biblioteca llena.

Un día, cuando el can “Jeromín” cumplió siete años y Bienvenido acababa de inaugurar la década de los setenta, un terremoto movió la inestable base de su tan abarrotada biblioteca y todos los volúmenes, sin excepción, de todos aquellos anaqueles, como si fueran agua de una catarata recién inaugurada, se precipitaron sobre el sillón de orejas donde se estaba recuperando el dueño misógino y confundido. En aquel lugar se dio el caso más lastimoso en la vida de Su Bajeza. Asfixiado estaba por el torrente de libros, dolorido en sus carnes cuando, una postrera balda, la más alta del entramado arquitectónico de la librería se precipitó sobre la cabeza que trataba de escabullirse de la marea de páginas que le ahogaban.
Fue el final de una vida falsa, la justicia divina que daba fin a la soledad de un hombre injusto y misógino que pasó por esta vida odiando por igual a los hombres y a los perros.
Así, de cuanto antecede se desprenden las dos últimas consecuencias a modo de conclusiones:

Tercera consecuencia: el perro “Jeromín”, con la paciencia del hortelano mirando a las nubes del cielo, limó con sus dientes la madera hasta que produjo el desastre. Una termita sin tiempo que horadó los cimientos del pino derribando lo construido sobre un amo injusto.

Cuarta y última consecuencia: de todo lo dicho se desprende que no siempre tener una biblioteca abarrotada presupone que su dueño haya leído con aprovechamiento los libros que en ella se asientan. Sin duda es más provechoso tener las baldas medio llenas y la cabeza ahíta, que ésta vacía y aquella a rebosar- También tener un perro fiel y confiado que sepa aguantar estoicamente el mal corazón que suelen tener los hombres abollados por una vida ruin.

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