2011 Julio | Poemas y fábulas

Viagra

EPIGRAMAS, EPINICIOS…

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 27 Julio 2011 11:21

Aquel que a tu lado pasa,
y vidente no te viera,
dijo Pepiño orgulloso,
sin que nadie le rebata,
que un mísero candil le alumbra,
en vez de los rayos de plata.

De orgullo se envaneció la calle,
aquella de color azul pintada,
que no todos los días transita,
del tiesto una flor sacada.

A bien dice Maribel que tiene,
asomarse a la ventana,
para ver a los niños jugar,
y a los hombres en la fontana.

Si el podenco ya no caza,
que tan solo come y ladra,
díganme, ustedes, señoras,
para que puñetas lo quiero en casa.

Ayer temprano salí,
a llamar fuera de casa,
es por eso que te canto,
jaculatorias sagradas,
por ver si de las virutas,
hago por fin tabla rasa.

DIÁLOGOS DE UN HOMBRE SOLO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Miércoles 20 Julio 2011 18:12

- Perdimos la capacidad de sufrir el dolor. Sí, aunque no lo creas lo hemos convertido en la nada, en un abismo donde vamos poniendo las mortificaciones que pensamos hacer al día siguiente.
- Pero tú no entiendes esto, no puedes entenderlo con tu alma de perro, nadie lo entiende en realidad, ni siquiera yo, aún cuando intento explicarlo.
- Escucha, pero no olvides que este soliloquio está influido por el orden cronológico, lo demás no importa, si lo miras bien, en realidad es posible que no exista.

Y Sócrates del Estampío, sentado en la pelada roca, miraba absorto al asfalto de la carretera cercana que se perdía en vericuetos allá por el infinito. El hombre, absorto, dentro del diálogo, apenas si se daba cuenta de los miles de automóviles que por ella pasaban. Aquellos meteoritos que se pierden en una ignorada parte de la Tierra. Él, mientras, seguía sentado o caminando despacio, con el tiempo vibrando en la palma de su mano.

- Hace relativamente poco –siguió perorando del Estampío- unos años si acaso, yo era joven, quiero decir que mi frente no se había roto en arrugas y mis pensamientos en recuerdos, la sien plateada estaba entonces cubierta de negro pelo, los mismo ojos de ahora eran mil veces más brillantes, lejos estaban de sufrir vahídos o infundíos de moscas que se pasean necias sus esperpénticas patas por el iris, intentando dejarme ciego. Mis manos gustaban de piel prieta de seda y mármol, no estas sarmentosas sin fuerza y frías. Ni siquiera mi alma de entonces, había practicado las palabras que ahora modula mi lengua en juicios y sentencias.
- No sé hasta que punto ha sido conveniente decirte lo que antecede, mas continuaré: Una tarde de risas, gritos y confusiones, la encontré. Me refiero a mi amada. Era ella, sin duda, pensé yo y sabes, grité también y me confundí entre cuantos reían para ser uno más dentro del aquelarre.
- ¿Entiendes? No es fácil, verdad.
- Fue entonces cuando empecé a sufrir de veras. Así, de forma que estás asfixiado y de pronto alguien te abre las ventanas para que el aire que te falta entre a raudales.
- La ventana estuvo abierta durante algún tiempo; yo, mientras, miraba profundamente a la lejanía como si se encontrara en el mismo infinito. Un día, sin saber muy bien porqué, mis ojos encontraron a ver obstáculos, pero, ¡qué importaban! En modo alguno convine pararse en una idea y aún peor en obsesionarse en ella, en su contemplación. Al cabo me complacía en la parte que de diáfano me mostraba el porvenir.
- ¿Me sigues?
- Un buen día tomé el tren; ella me esperaba. La doble serpiente de plata, aquella que me llevaba junto a ella, se puso tan furiosa que se hicieron interminables las horas hasta que por fin estuve a su lado.
- Al fin, sí, dije, que no quiero pararme en las cosas ni aún en las rosas, llegué, Los músculos de mis piernas y brazos me dolían como si sobre ellos hubiera impactado truenos y relámpagos de mil puños airados; el cerebro era plomo derretido hasta los pies, era, llegué a comprenderlo, el esfuerzo de mi espíritu espoleando imaginariamente a la máquina torda y torva que se empeñaba en no darse la prisa suficiente para poder estar presto con mi amada. Más aún debí esperar, ya en el andén, con la espalda pegada a .la pared, los pies más lejanos como trípode circunstancial actuando de sostén en un edificio que amenazaba con caerse, que así de deteriorado estaba el lugar, donde nunca vendría.
- No, no puedes reírte de la imagen, lo harás después, si acaso cuando te siga contando.
- La adiviné más que verla. Un minuto, dos, acaso tres y volví a la estación. De nuevo al tren, ya no me importa su lentitud, cuando llevó el tiempo exacto de conocerla muerto sobre mi, a modo de lápida con mi nombre grabado. En el departamento del tren toqué mis muslos, creía por un momento que estaban sangrando, me enfadó que no fuera cierto.
- Ya en mi casa, tendido cuan largo soy en mi cama pensaba todo lo lerdo que puede ser el ser humano, pues me alegraba en el fuero interno, ese que habla a escondidas, sin raciocinio, a salto de mata, como escondido, el remoto placer que se siente cuando se sufre. No, no pienses nada extraño, reía al cabo de la inconsistencia humana. No lo sé muy bien, de la esperanza, sabes. La esperanza es una sonrisa guardada en una caja de cristal, es un rictus escondido en una mente angustiada.
- Luego, el dolor lo sentí romperse con saña sin igual, como pueden hacerlo las olas en los obstáculos que el mar encuentra en su camino. Fue un dolor terebrante, a veces sutil, capaz de estrujar la fuerza física y convertirla en gavilla de hierba seca.
- ¿Comprendes, hermano?
- Las gentes, como si de mi dolor supieran más, me decían: dejado pasar, el tiempo… el tiempo… veras como el tiempo… y el tiempo pasó sin cicatrizar ninguna de mis heridas sangrantes.
- Yo te digo que el tiempo sirvió para dolerme, si cabe, más cada día. Para darme cuenta de que algo inexplicable me estaba ocurriendo, que algo incomprensible se había quebrado dentro, de que así como el olor pasa y las narices lo buscan durante un instante, así yo, mi cuerpo, buscaba incansable tras su marcha, el sostén donde seguir cobijando mi mundo de hombre confundido.
- No obstante, la vida continuó, nadie hubiera podido pensar, por mi actitud exterior, las circunstancias en las cuales me encontraba preso. Tan solo penaba sin conceder mi secreto a nadie. De todo ello aprendí, debajo de este árbol donde ahora me encuentro sentado, en la piedra que cobija su sombra, teniendo próxima la carretera donde veloces se pierden los coches, los autos y sus entes conductores, el amplio sentido de la soledad sin límites, el divino placer del anonimato, el no ser observado por nadie, la vena lírica que sin embargo emana del recuerdo grato.
- En ocasiones, en las horas que no circulaban los coches, pasee arriba y abajo la vía, fueron trayectos cortos que se fueron acortando hasta sentarme en la roca a la que hablo, cerca del perro que me escucha. Todo sin darme cuenta que nada había cambiado, que todo se deslizaba con la naturalidad que no predice el deseo vano, que todo fue exacto y a la medida esperado. Los eslabones de mi mundo, al mundo de los demás, se debilitaron de tal suerte que muchos de ellos se deterioraron tanto que al fin se rompieron, como me ocurrió con ella. La carne fue yunque y el espíritu se templo con la luz del fuego.
- El tiempo aquel tan repetido, pasó sin que la tristeza interior remitiera, sino en las ocasiones que miraba las ramas del pino que nos protege de la lluvia o de los rayos de sol. La esperanza, ese don de los privilegiados, cuando estaba igualmente a punto de fenecer, volvió ella. ¡Al fin volvió!
- También yo había aprendido que las cosas vuelven cuando los milagros se producen, basta esperarlas, me mentía en ratos de optimismo ciego. Pero ocurrió. En aquel entonces pensaba que lo mejor de la vida era que se acababa y hoy pienso justo lo contrario.
- ¡Amigo!, ¿me escuchas? Otro día se fue, de nuevo, el camino estaba fresco, el sol de julio en el umbral. Y se fue, mejor, volvió de nuevo a marcharse.
- Aunque no lo creas, aguante bien, amigo, por más que se revolvía en la cabeza un pensamiento de que el mundo entero explotaría dentro, en el magín. Que las estrellas chocarían en mi mente unas con otras hasta su desintegración absoluta y sabes, todo fue muy simple, no ocurrió.
- ¡Dios mío!, no ocurrió. Corriendo vine hasta este piedra. En la noche, el acharolado asfalto de la carretera guiñaba en un juego de luces interminable, el brillo cambiante del rayo blanco de la luna clara.
.- Y yo, ¡amigo!, seguí el juego, distraje mi pesar como si no me importara. Amigo mío, me llamé idiota, insensible, inseguro, no sé todas las cosas que se me ocurrieron, así hasta exclamar: ¡Dios mío! ¡Dios mío!, que fácil se me hace el olvidar.

Y el noble perro de ojos fijos y la piedra fría y la carretera de negro asfalto, vio marchar a Sócrates del Estampío sin dirección fija. Mientras, la pezuña del perro se alzó en la tarde noche y unas hojas verdes que acariciaban la roca, quedaron lacias, como muertas.

ROSITA Y AMBROSIO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Miércoles 13 Julio 2011 14:14

Mira Ambrosio, que te miran,
la mujer de tus sueños es,
procura ser diligente,
y no dormirte, como ayer.

No, no es Ambrosio ciego,
que es de los que pueden ver,
por eso cuando ella se acerca,
de miedo esconde su ser.

¡Ay!, Ambrosio de mi vida,
de mi alma ten caridad,
aquella que te abra los ojos,
y te infunda de amor claridad.

Nadie te ignora, mancebo,
ni se vuelven con desdén,
que todas las mujeres quisieran,
¡ay!, que tú las mirases también.

Necesitas lazarillo,
un can,
un perro,
la calle para correr,
mas no fijándote nunca,
en la existencia de esa mujer,
la misma que te ignora,
o cae rendida a tus pies.

Así me lo ha confesado,
de esta manera me ha dicho,
“que así te pudras, mal bicho,
pues pasando a tu lado,
a muerto hueles y a nicho”.

Y es la existencia maldita,
si el libro que se abre,
por la página de Ambrosio,
se cierra en la misma cara,
al ignorar a Rosita.

Llora la dama su pena,
de haberle visto tan cerca,
que agarrarle por la mano,
de haberse empeñado terca.

Más si bien tuvo miedo,
al desconocer donde tenía,
aquel confundido corazón,
rabiosa por la borda lo arrojó,
a las simas que en el mar,
guardan secretos de amor.

Ambrosio, mi alma,
le dijo en sueños Rosita,
de no poderlo parar,
la pasión que me consume,
te juro que sin temor abriré,
el olvido con el cual,
al fin recobraré la calma.

Si aquella serenidad perdida,
la que siempre me acompañó,
hasta este aciago día,
que un suspiro desterró,
tristes las lágrimas que crueles,
empañaban mi corazón.

Miré tu cara, vi tus ojos,
y por todo querer bien supe,
cuan ajena estabas tú,
a cuanto de querer se trata.

¡Ay!, Ambrosio que te fuiste,
volando en alas de plata,
eso al menos ignaro lo creíste,
por el ruido que exhalaban.

Rosita soy y te quiero,
Ambrosio dijo lo mismo.
dos almas que se encontraron.
cuando se les acabó la risa.
Juntas irán al olvido,
allí donde se entierran las vidas.

Por separado lloran ahora,
los amantes confundidos,
todo por no haber comprendido,
que la existencia se extingue,
cual se apaga la brisa,
siempre un segundo después,
de la contrición bendita.

MANDÓ LA VIDA A LA MIERDA…. Y ÉSTA, NO SE LO TOMÓ EN CUENTA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 5 Julio 2011 14:16

Aniceto, ¡quién lo iba a decir! se aburrió de la vida de un día para otro. Parece ser que llegó a tan drástica como trágica decisión en el mismo instante y hora que hizo recuento de ella. Hasta entonces, hay que decirlo, no había pensado en nada absolutamente y menos en que puñetas hacia él en este mundo traidor.
Siempre había creído Aniceto Pocometo Gañán que era nocivo pensar, pues así se lo había advertido su padre y el padre de su padre, al que tenía en mucha estima y consideración, pues aún sin salir de casa, sabia a ciencia cierta el tiempo que hacia fuera, sin tener por ello que reparar en los hombres del tiempo, pues decía, con razón que le sobraba, que todos ellos los tenía él repartido en los intríngulis de sus piernas.

El abuelo le dijo en tono genérico, dando al tiempo con su brazo derecho un giro general a la situación mientras afirmaba que, “todo esto, no merece la pena”. La expresión, no la echó Aniceto en saco roto, ¡estaría bueno! Aunque por tener en aquel entonces mucho que hacer, no pudo profundizar en la honda filosofía escuchada.

Pasado un tiempo relativo, sin que nada en su vivir cambiase, que así de imprevisible era el hombre, hizo de la rutina pecado diciéndose, como le había enseñado su abuelo y este a buen precisar el suyo: “a buen seguro que nada en esta vida merece la pena”.

Como el bueno de Aniceto no estaba casado, que permanecía célibe por voluntad y porque en su pueblo de Coscojal de los Desamparados no había en aquellos años con quién, ni quien le mirara, no tuvo en consecuencia descendencia y no pudo testar en ellos la herencia recibida de sus mayores, de aquí que a voces se repitiera para si y para cuantos le quisieran oír, que iba por la calles cantando la letanía aprendida: “nada, de cuanto llevo conocido, merece la pena vivirse”.

Una mañana, sin otra cosa que hacer que desempeñar la rutina diaria, se quedó ex profeso en casa y pensó, en profundidad, largo y tendido, que le dio pena levantarse de la cama, que era mejor hacerse, mientras pudiera, su propia sepultura. Nadie mejor que él – se dijo- para poner cariño en lo que iba a ser, o al menos debería ser así, una mansión para toda la eternidad, la morada definitiva.

Empero, aquel día, por encontrarse algo cansado, que se le habían echado las campanadas de la media noche encima, lo dejó todo para el siguiente y así también para el siguiente, porque era mayormente domingo y fiesta de guardar el lunes y así, de esta sutil manera, continuó 54 años y medio más.

En este rato, como quien dice, no obstante, no se le iba de la imaginación lo aprendido, la frase de su abuelo que había esculpido a buril dentro de su cabeza y en el dorso del corazón, así como en cada uno de los poros de su cuerpo, por eso, en el día de su santo del año que cumplía los 82, tomó pico y pala y dispuesto, se dispuso a hacer lo que había demorado durante tantos años.

La edad sin duda, pues ya se ha especificado que solo días le faltaba para cumplir los 82, le hizo ir despacio en la conquista de su cometido, muy despacio para conseguir el fin planteado. Pero los años, también lo supo entonces, no se cumplen en balde y, acabada la jornada, pues le entró hambre en la mitad de ella, apenas si, fijándose mucho se podía apreciar que había arañado la tierra con el pico, que la pala no llegó a emplearla para excavar la sepultura que se había propuesto horadar en el suelo.

Previamente se había dibujado un croquis minucioso de lo que debía hacer en cada jornada, al cabo se había ilustrado en los planos egipcios para levantar sus pirámides y lo que era más importante, lo que ellas contenían. Así trazó un rectángulo generoso de dos metros y medio de largo por metro y medio de ancho y aún a él le pareció en la anchura angosto, dado que era un hombre, Aniceto Pocometo, de una gran humanidad y corpulencia, adquirida con los años y el buen yantar, del que no se privaba, dado el escaso tiempo, decía no sin razón, que se vive.

En consecuencia, el dibujo lo trasladó hasta el huerto de su propiedad, aledaño de su casa, exploró el terreno y lo encontró idóneo debajo de un achaparrado granado de dimensiones colosales y de sombra fructífera y refrescante en verano, cuando el calor apretaba ¡y de que manera!, en Coscojal de los Desamparados.

Pronto se dijo que continuaría al día siguiente, que había más longanizas que días, además que, para menester tan delicado, pues así al menos se le hacía a él, que los apresuramientos nunca habían sido buenos para nada y mucho menos para el fin que se proponía llevar a cabo. No obstante, se juró que a la mañana siguiente, con la fresca y aún con el recencio continuaría la tarea y que nada y menos nadie, le harían desistir de ella. Además, se dijo también aunque sin palabras, tampoco era tiempo de esperar otros cincuenta o más años.

De esta forma, al día siguiente, muy de mañana, tal como había prometido, con su pala y su pico a cuestas y la cartera con los planos debajo del brazo, se encontraba sobre el rectángulo marcado y apenas si mancillado del trabajo en él realizado el día anterior. Picó entonces con denuedo, tanto fue así que casi levantó un palmo de tierra en toda la extensión de la figura geométrica nombrada. Mas cuando le llegó el momento de usar la pala, para vaciar de tierra lo excavado, le faltaron las fuerzas, se encontró tan exhausto y extenuado que se dijo mirando, entre las ramas del granado al cielo:

- Para mañana el resto y nadie me hará desistir. ¡Lo juro por lo más sagrado que hay en el mundo!

Y ya sin palabras, sin dejar de mirar a lo más alto, repitió la exclamación oída a sus ancestros más allegados, padre y abuelo: “nada importa cuando no hay nada que verdaderamente valga la pena”.

Descansando en casa, sopesando lo poco que le faltaba para la despedida final, comenzó diciendo adiós a todas las cosas que le habían sido próximas, el aparador, la mesa del comedor, la garrota que fuera del que levantó la casa con sus manos, la cama, un cristal que separaba la casa del cielo por donde lo mismo se filtraba el sol que entraban las estrellas de la noche y un ventanuco, aquel desde el cual, se pasaba las horas muertas contemplando el ir y el venir, sin ton ni son, se decía sin mucho pararse a sopesar sus palabras, de las gentes del lugar. También se despidió de la escudilla donde se servia la comida del puchero donde cocinaba y recordó entonces, con desconchón dentro del alma y dolor difuso por no saber donde depositarlo, a su tía abuela, Aldearica de los Gañanes y de los Gandules, con la que se crió al haber perdido a su madre en un parto difícil y poco socorrido, ya que había muerto la partera del lugar justo el día antes.

- Parece mentira –dijo- pero ahí. -se repitió señalado tanto al plato como al puchero- estás tú, como si nada, y aquí estoy yo, casi en la nada o camino de ella. No sé si me expreso.

Aniceto Pocometo Gañán, quería decir que siendo el plato, que no el puchero, decorado con gracia y gusto y donde en su fondo se adivinaban unas flores desvaídas por el uso, además de algunos coscorrones inflingidos al aluminio por el tiempo y las muchas veces que se le cayó al suelo –demostración fehaciente de su vulnerabilidad que no fragilidad- con amor le puso sobre la alacena, entre dos jícaras de cobre reluciente como el oro, porque se dijo, bien podría durar dos o tres generaciones más, ello calculando por lo bajo.

Era el caso, se repitió, que viviendo en aquellas casa, a la que en parte reconstruyó con sus manos, tal como había visto hacer a su padre, y éste al suyo, ella seguía en pie, con ligeros retoques, era verdad, mientras él, estos mismos años que apenas se notaban sobre la construcción, le pasaban por encima atropellándole la piel y el alma.

Para no pensar en cosas tan desagradables, Aniceto se dijo que, al tiempo de hacerse la sepultura, al fin la cama en donde reposar lo que llamaban eternidad, debería igualmente dar comienzo a la cruz que era, a la postre, aunque no practicante, por los malos ejemplos recibidos por aquellos que tenían la obligación de darles óptimos, copartícipe de la doctrina, cristiano y creyente remoto aunque convencido.

Pensó hacerla primero de madera, por la facilidad de la materia a emplear, después de mármol, como los más pudientes del lugar y por fin y último, de hierro forjado, por más que para ello debería trasladarse al pueblo colindante donde existía una herrería gobernada por un santo, pues santo era cuando para herrar a los caballos, rezaba con marcada devoción y en la misma actitud forjaba a los santos que iban luego a ocupar las hornacinas de la iglesia.

De cualquiera de las formas cinco años pasaron desde que le encargó al herrero la manda, cinco años en los cuales y con notable sentido, dejó de cavar la sepultura, pues pensaba con mejor criterio que hubiera corrido el riesgo de que el mal tiempo y sobre manera las lluvias, hundieran las paredes del nicho y su trabajo al completo.

El herrero, ya se ha especificado, era un santo, un venerable orfebre que hizo méritos en estos años de dura entrega a sus actividades para haberle elevado a los mismos altares, en poco más de un mes tuvo el encargo a medio terminar. Aniceto, cuando vio con sus propios ojos que el trabajo tocaba a su fin, tanto en esta primera ocasión como en las siguientes, siempre encontraba un registro tal para que el forjador tuviera que introducir una variación en su trabajo, dando así al traste con la finalización de la manda.

Acabada al fin la cruz, que hizo más beatífico, si es que fuera posible, la paciencia del herrero, cuando Aniceto rayaba ya los 90 por cumplir, se sentó en la cocina, puso los brazos sobre la mesa y mirando fijo al vasar, donde se exhibían platos y jarras, a la derecha de la nombrada escudilla de filigranas de flores, aquella que le recordaba a su tía abuela Aldearica, vio entonces los anteojos de larga vista, aquellos que durante muchos tiempos le acompañaron y fueron deleite su proximidad, mañana y noche, que eran asimismo de visión nocturna, y que a propósito fueron olvidados.

Evocó entonces con deleite la memoria de ellos, los ratos que a sus ojos los ojos pegados vieron, vislumbraron los pormenores felices que el universo ofrece y también recordó que detrás de ellos, la soledad hasta entonces desconocida se hacia forma y tomaba cuerpo en su cuerpo, todo, recordaba, consecuencia directa de cuanto alumbraron sus ojos por aquellos otros de metal y cristal.

Volvió Sancrita la Muda, volvió Pantoto el Melón. Padre e hija que vivían en la casa de enfrente, volvió a verlos bailar y contra lo que en Coscojal de los Desamparados se dijera, no eran familia, sino marido y mujer. El con edad de la piedra pulimentada, al menos así le delataba su aspecto encorvado y barbudo, ella apenas si resucitada de la pubertad. Los dos empero danzando en la cumbre de su casa, en la terraza que nunca llegó a terminar. Sancrita cantaba entonces de alegre y contento, Pantoto bufaba dando saltos y cabriolas como si danzarín fuera.

Esta y no otra fue la causa de que el corazón se le partiera en medio de una mazurca. No fue el trabajo, donde las malas lenguas le hacían para satisfacer a su supuesta hija traída de Dios sabe donde o comprada Satanás sabe por qué. Sí que durante los años que duró la vista no hubo hora donde no la viera, minuto en la que no la observara y segundo que no pensara en ella pues también a él, a Aniceto Pocometo, le hubiera gustado haberse convertido en consumado bailarín.

Sin pensar lo que hacia, como reacción súbita y no premeditada, este hombre desentrañado de la vida, sin meditar un solo pensamiento en instante, arrojó de si, como si pecado fuera, aquellos anteojos que le hacían recordar aquellos momentos de debilidad, los únicos que recordaba haber tenido en su existencia. Asimismo se daba con el corazón golpes de pecho por su absurda impotencia al no haber tenido los arrestos suficientes para detener a Sancrita, en lo que erróneamente creyó su huída, cuando la vio partir sin despedirse de nadie, en un sueño perverso que le enturbió la vida.

- Maldito cien veces, maligno Pantoto por haber desertado de este mundo sin tener nada que hacer en el otro. Maldita la mujer que huyó con lo puesto, sin quitarse las zapatillas de bailarina – gritó salido de furor en la misma ventana desde la cual divisó los amores de Sancrita la joven y Pantoto el viejo.

En tales pensamientos, idas y venidas, incomprensiblemente traídos a la memoria, cuando hacia tantos años que llevaban olvidados dentro de él, continuó excavando el nicho, la hoya como mal la llamaba hasta verla terminada. Entonces sentenció:

- Ahora solo cabe plantar la cruz, clavarla sobre el cabezal de mi sepultura.

La labor, ardua sin duda, le llevó todo un año. Pero al fin, la dejó enhiesta, mirando al cielo por entre las ramas del granado, pegada a una piedra de umbral que había traído de una pared cercana y a la que había enterrado para solo dejar ver su cara más pulida. La cruz gótica infundió al entorno de cierta patética majestad, pues al cabo, no dejaba de ser una sepultura en un campo de árboles frutales.

Y esta misma tarde, cuando al fin concluyó tan prolija tarea, se dijo que era tiempo llegado de probarla. Bajó por la escalerilla de pasos de tierra hasta el suelo del nicho. Allí, en el cajón de muerto que a propósito había bajado el día anterior, probó que a satisfacción se echaba cuan largo y ancho era, sin que ninguna de las junturas de madera le molestara.

Desde la profundidad, allí muerto, miró por entre las ramas del granado al cielo en su inmensidad. Y fue entonces, al tiempo de apoyar el brazo sobre el ataúd, tratando de levantarse, cuando vio a Sancrita, junto a la cruz de hierro, mirando confundida, pues sin duda en modo alguno esperaba verle, cuanto más en tan insólita como aterradora posición.

Por su parte, Aniceto Pocometo, que a pies juntillas creía haberla visto partir cuando todo se debió a un mal sueño, creyó su hora llegada y que era el espíritu de su amada invisible la que había tenido la gentil deferencia de venir a recibirle.

En realidad y como había venido sucediendo desde tiempo inmemorial, sin que el nonagenario tuviera idea de ello, Sancrita venía al huerto en el tiempo de maduración de los frutos de los árboles, para tomar de ellos los que más eran de su agrado. Así al menos desde que su marido murió y siempre pensando que era libertad concedida por el dueño a su familia, de aquel que de tal suerte reposaba ahora dentro del ataúd del nicho.

Verle así tendido, fue para la mujer un desconcierto tal que temblorosa, al fallarles las piernas, arrastró tras de si la cruz donde se apoyaba, no sin antes clamar por el desafuero y decir:

- ¡Joder!, con el tío que decía de la vida que no merecía la pena. Si llega a pensar de otra forma se queda aquí para simiente de rábanos.

Pocometo, que la vio venir, inmediatamente antes que la piedra de un antiguo umbral, con la cruz a cuestas, estiró los brazos como para defenderse, sin que hiciera otra cosa que recibir a Sancrita sobre su pecho y el pesado como mortal umbral sobre su cabeza.

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