2011 Diciembre | Poemas y fábulas

Viagra

DESPEDIDA, A-DIOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Domingo 25 Diciembre 2011 12:08

Aquel hombre, por más que rico, era un pobre hombre. Su mujer le tocaba, cuando no le plañía y sus hijos le cantaban, marchas reales para que se despertara, al mediodía.

Todo inútil, se había despedido de la vida, sacando la mano con un pañuelo rojo por la ventanilla del coche fúnebre.

A pesar de todo cuanto antecede era alto y guapo, decían. Sería por eso que se creyó enviado del destino, para modificar hasta entonces nuestra alegre convivencia. Se creyó rey de muertos y de batallas perdidas y olvidadas. Fundó, de un todo aceptado, la nada absoluta y su despedida fue entre vítores furtivos y lágrimas candentes.

Los vítores eran de quienes se alegraban en el silencio de sus bocas cerradas, las lágrimas eran suyas, solo suyas, por más que ellas, las lágrimas, se resistieran a bajar el peldaño que había entre el carrillo y la comisura de sus labios torcidos.

Pobre hombre rico. Va sonámbulo por el jardín de la casa nuestra y aún escucha, ecos lejanos, los empujones que manchaban las páginas escritas de los medios de comunicación, allí donde le pedían a gritos su pronta desaparición. Pobre rico hombre, que no pudo demostrar la fuerza con la que engañó a cuantos esperanzados le esperaban.

Ahora vegeta mirando al Altísimo en el que no cree, y en momentos puntuales, ante su mujer, que le adora, pues aún no le ha abandonado, despotrica contra todos aquellos, todos, los no supieron entender la magia con la que él trazaba el camino empedrado y por donde la vida de todos, decía, debía de transcurrir.

En los días de sol platica, en los días de lluvia calla y mira por la ventana y ve el cielo y a cuantos en silencio le piden cuentas. Los años perdidos le inflaman el pecho y en él construye un infierno de llamas y rencores. El agua de lluvia que cae del cielo, mitiga sus ansias y le impide salir a la puerta de su nueva casa de rico y gritar aquellos años de incomprensión.

Quiso entonces tener un río en el que navegar, con sus sueños de colores. En una barca hecha con las mimbres de la imaginación y donde volaran todos los barcos que en él se aventurara a mecerse en sus aguas, alumbradas siempre por las cataratas del cielo.

Y justamente, de todo esto se quejaba. Nadie, ni siquiera los próximos, los que le habían acompañado en los casi ocho años de aventura pública, se enteraban de la altura que tenían las imaginaciones del profeta alado.

Ahora se esconde del mundo, quien fue primero se refugia entre los cánticos que le arrullan dentro de las paredes de su nueva casa, que el sonido de las guitarras que fuera suenan, no son precisamente cánticos celestiales, que mal invocan su nombre y apellidos, rotos por quienes en él vieron el enviado de la providencia, cuando había que haber descubierto la fatalidad.

Fue primero en aquel país, eso al menos lo creyó él, como si todos los habitantes, por continuar con la farsa emprendida, más parecida a una hecatombe, fueran risibles payasos de circo.

Fue en definitiva un hombre crédulo de manos vacías, ese hombre rico hoy de posición pobre, que vive opíparamente en la casa que entre todos cuantos asistimos a las gradas del espectáculo, le regalamos generosos por los siglos de la siglos. Amén.

OCHO AÑOS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Domingo 18 Diciembre 2011 10:40

Es mi nieta una niña,
en trance de ser mujer,
es una pena que yo,
no pueda verla crecer.

Nunca en la vida sentí,
la enorme felicidad,
que produce solo verla,
su deseada proximidad.

Es un regalo del cielo,
es un ángel querubín,
un diamante en el camino,
en el trayecto sin fin.

Cumple años, ocho lindos,
llenos de risas y flores,
así, cuando me da la mano,
huyen los malos humores.

Su alegría desborda,
pétalos de rosa,
su risa confunde,
mi princesa hermosa.

Por tenerla cerca,
en el alma mía,
vendería mi vida,
todo lo daría.

Despierto dormido,
y sueño con ella,
¿qué sería de mí,
si despertara sin ella?

Su abuelo.

LA INFINITUD DE LO PEQUEÑO

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 15 Diciembre 2011 12:25

Del dibujo de mi persona,
que plasmé sobre un papel,
vine yo a saber que era,
en mi lo grande chico
y al revés.

La estatura no llegaba,
eso que primero se ve,
al metro treinta empinado,
subido sobre los pies.

Tan grandes cejas tenía,
que la frente me tapaban,
y aún la boca se escondía,
perdida bajo la napia.

Esta era, por el contrario,
nariz tan reseñada,
que muchos que la miraban,
perplejos la confundían,
con argolla o eslabón de aldaba.

Los brazos alicortos,
apenas si me llegaban,
para rascarme la calvicie,
siempre que la cabeza agachara.

Tengo por el contrario,
el corazón y sus cábalas,
rodando por todo el cuerpo,
junto al alma desbocada.

Aquí lo pequeño se aúna,
por eso lo grande se apaga,
y queda por todo ser,
un hombre sin mengua y tacha.

Que lo importante será,
si es que las cosas no cambian,
aquello que dentro lleva,
la persona y no su talla.

LEE, CAPULLO, LEE

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 8 Diciembre 2011 11:03

Durante muchos años, tantos que se pierden en el abismo de la memoria, Coscojal de los Desamparados, pueblo serrano situado en la cara sur de Gredos, al norte del río Tietar, fue considerado por sus gentes como una de las cunas del castellano. En tales consideraciones tenían su lengua y a fe que era mucho y muy bueno lo que se hablaba en el lugar. Por supuesto que esta afirmación para nada desmerece a San Millán de la Cogolla ni al monasterio de Silos.

Pero como casi nunca la felicidad es completa, en el último, postrero tercio del siglo pasado, Coscojal dejó de ser lo que fue y de su cultura, aprendida en los libros y ejercitada por sus gentes en el juego de las palabras, se ha pasado a la cultura de la música… ruidosa. Es decir, se abandonó la lectura, por nociva para la salud -según ha alertado uno de los ediles del Ayuntamiento, las grandes posaderas de los coscojos eran consecuencia directa de sus muchas horas dedicadas al arte de desentrañar las letras- para instalarnos, de hoz y coz, en el “rokódromo” del chillido, del ruido feroz por estruendo y de la zarabanda sin sentido.

Porque lejos está de nosotros zaherir la música y muy próximo está del alma el acorde, suspiro de la belleza, declaramos, aquí y ahora, nuestro amor por esta disciplina, tanto en cuanto reaviva el espíritu como que a la carne infunde pasión. Estamos, sólo y nada menos que en contra de la estridencia y del alarido insutil que produce la sordera, estamos a favor de cuanta música mece al ser humano haciendo brotar de él lo mejor y más caro de sus sentimientos, lo mejor y más caro de cuanto acuna dentro.

La juventud - pues fue en este estamento social donde el virus arraigó con más fuerza, en las mentes más propicias de Coscojal- comenzó a comunicarse mediante ruidos tan sobrepasados de decibelios que muy pronto, a los ojos de los mayores del lugar, estos muchachos se convirtieron en gentes extrañas.
La consecuencia inmediata fue que, la biblioteca, honor y lustre nunca bien ponderada, la sustituyeron por la fonoteca y sus mesas de lectura desaparecieron dajando en su lugar un vano suficiente para “poder mover el esqueleto” al son del desequilibrio acústico. Allí murió Mozart, se extinguió Falla, desapareció Beethoven y erradicaron a Albéniz. Por todos los rincones triunfaron los berridos foráneos, los aullidos autóctonos y los feroces rugidos indígenas.

En olor de multitud surgieron Langostino de Jerez, Pepe de la Costra –el apelativo se lo ganó a pulso y en base al poco apego que demostraba al aseo, tanto en sus conciertos como en su vida diaria- Lechuguino de Getafe y, no de los menos importantes, Desaparecido de Coscojo.

Era de verse cómo el silencio sucedía a la noche donde el ruido había tenido su morada, cómo las buenas gentes del lugar se cruzaban los unos con los otros sin hablarse, que tenían sordos los tímpanos por maltratados y el miedo al cambio metido en el cuerpo.

Aquella juventud ruidosa y dicharachera se apoderaba del silencio con las primeras sombras y hacían de él el mayor de los divertimentos. Con el tiempo, esta misma generación, sin dejar paso a la siguiente que igualmente se habían olvidado de la sucesión natural de la vida, se les trabucó el habla hasta tener dificultad en expresarse, si no era mediante ruidos y silbidos. Así, no era extraño verles saludarse mediante volteos de brazos acompañados de sonoras estridencias que a borbotones les salían de la boca.

Tales hechos causaron tanta conmoción que, denunciados por el alcalde, el único que al parecer se había dado cuanta de la catástrofe –él mismo que, por pereza mental, había permitido cambiar la biblioteca por la fonoteca- sin quitar ésta, habilitó aquella, mandando al infierno de las llamas a los discos compactos de la Costra, Lechuguino y cuantos zahirientes cantantes, beodos de la vida, se le pusieron por delante. A los chicos y no tan chicos, les exhortó con estas palabras:

- ¡Leed, lechuguinos, capullos ignorantes, lelos modorros, leed!. El hombre, para poder pensar - les siguió exhortando-, para desarrollarse intelectualmente necesita del silencio que produce la lectura y el pensamiento. Necesita del silencio y de la paz que emana de la música, necesita imperativamente de su voluntad amplia y férrea que hace que un niño se convierta en un hombre verdadero.

Y se le fue la fuerza, y apenas si le quedó voz, porque contra su costumbre, sin duda por el mucho tiempo que había guardado silencio, se había puesto, poseso, a gritar.

ESPERA QUE TE ESPERARÉ

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Jueves 1 Diciembre 2011 9:53

Vuelvo a estar enamorado,
de una bendita ilusión,
la cara que tú ponías,
al verme serio en acción.

Yo soy payaso, señores,
de los de circo y león,
ese de los trapecistas,
bajo las luces de neón.

Me río en sueños,
de oníricos temblores,
lloro en silencio,
secas lágrimas de amores.

Siempre eres tú,
al horizonte elevada,
como las nubes del cielo,
en las noches estrelladas.

Recuerdos son del saltimbanqui,
los que de la piel me hacen,
áspero jubón manchado,
vergel donde las ovejas pacen.

Ya no duermo,
despierto me muevo,
pues sonámbulo soy,
a la espera del sueño,
que nunca ya vendrá.

Es el sino,
es la rabia,
es la sabia,
es la pera,
el destino,
del que espera,
lo que nunca, volverá,

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