2012 Enero | Poemas y fábulas

Viagra

DESVANECIDO EL SUEÑO…LA CRUDA REALIDAD

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 30 Enero 2012 13:29

Iba yo con mi amigo Rico, Ángel que no demonio, camino de la garganta, de una charco emblemático que llamaban, no sé porqué, La Rubia, a bañarnos y a tomar en sus pulidas lanchas el sol de estío para quitábamos de encima el tórrido calor. Era pues verano, agosto y hacia calor asfixiante por los caminos y veredas por los cuales deambulábamos, al tiempo que nos entreteníamos cogiendo grillos y tirando cantos a las lagartijas que de cuando en cuando se dejaban el rabo en el lance, también lagartos que se hurtaban fugaces a la vista, como los relámpagos en el fondo del horizonte en días de tormenta.

Por acortar el camino, trochas y mil veredas, intrincados vericuetos que nunca se acababan, saltábamos las tapias de las fincas y cruzábamos estas, sin pisar lo sembrado, si es que había o se daba tal circunstancia, para llegar a la otra pared y vuelta a empezar.

En la penúltima de ellas, cuando ya se divisaba el puente de la garganta llamado, si no recuerdo mal, La Márgara, tropecé mientras intentaba franquear la tapia, pasando de esta forma, brusca e impremeditada, a la finca desde donde se divisaba cercano el charco nombrado.

Aquí, pese al importuno desliz, me levanté presto, pues no en vano un oso blanco bajaba raudo ladera abajo con torcidas intenciones. Verle yo y emprender frenética carrera fue todo uno. Rugía la fiera tras de mi, sin darme alcance, pues cuando a tiro de garra me tenía e iba la zarpa a zarandearme, tropecé en la pendiente y ya cuesta abajo, rodando como rueda de bicicleta le saqué la distancia suficiente para que el miedo, si no del todo, por un instante me abandonara.

Cuando me aproximé a la garganta me metí en ella, sin mucho pensar, vestido como estaba, en la corriente del agua y nadé frenético hasta la otra orilla. Claro que el oso, grande como la torre de la iglesia de San Genovino, nadaba igualmente y con mayor rapidez que lo estaba haciendo yo, que en tales divertimentos solo en contadas ocasiones he sido un hacha.

Nunca pensé que podía llegar a la otra orilla. Cuando lo logré me volví a mirar a la bestia que extrañamente se había detenido en medio de la corriente y miraba como confundido, desvariando en el propósito o eso me pareció a mi. Me extrañó, sí, su actitud, pues es sabido que con hambre nadie desprecia a la presa tan desprotegida y cercana.

Miré entonces alrededor y fue en ese instante cuando en la cima de la ladera, vi, ¡lo juro!, a un par de leones que curiosos parecían observarnos. He aquí la causa, el origen me dije, que justificaba el pánico que el oso demostraba. Yo entonces también pensé, seguro que algo a destiempo, que tales acontecimientos en modo alguno podían estar sucediendo. No hay osos polares en Coscojal de los Desamparados, aún menos leones de la sabana africana, pero la vista no podía engañarme, veía a los tres animales prácticamente juntos. Me dije que no cabía otra explicación lógica que se hubieran escapado del zoo próximo, todo lo demás era tan improbable como imposible.

Los leones, un instante quietos, apenas si se fijaron en mi, poca cosa, debieron pensar, por lo que arrancaron soberbios tras el oso que, saliendo de la garganta, corrió hasta perderse por el horizonte. Tras su carrera se fueron los dos leones, rugiendo, hambrientos como estaban, saltando como malabaristas de circo cuantos obstáculos se oponían a su desenfrenada persecución.

Yo seguía agazapado tras la piedra que había derribado de la pared y que apenas su era tan grande como para taparme la cabeza. Fue entonces, lo recuerdo bien, cuando mi amigo Ángel vino en decirme:

- Por fin te despiertas. Cojonudo susto el que me has dado.

Yo le pregunté:

- Los leones, los has visto, han preferido la carne más jugosa del oso.
- ¡Qué oso! –me respondió- ¡qué leones! Joder, despierta de una vez, que tampoco te puedes haber hecho tanto daño como para que desvaríes tanto y con tal profusión de incoherencias.

Era cierto, me debí de golpear en la cabeza con aquella misma piedra que me protegía de los animales salvajes. Pero ya no quise contarle nada más, al confesarme que él no se había movido del lugar donde me había caído y en ningún momento había visto oso o leones, ni siquiera pájaros volando, porque irónico añadió, mientras al fin se le borraba de la cara su preocupación:

- Creo que todos anidaron, por unos momentos al menos, en tu dura cabeza de chorlito.

POR LA PUERTA DE ATRÁS

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 16 Enero 2012 9:21

Subí al monte,
a fin, me dije, de contemplar la vida.
¡Ay!, Abundio, te confundes,
lo que miraste no existe,
lo que viste ya existía,
tan solo es una mínima parte,
un céntimo, un gramo,
de cuanto te dictó la mente.

Supe entonces la hondura,
de la decepción poniente,
un pozo vacío sin agua,
con una sola serpiente.
Lleno está de silencio,
el túnel de colores negros,
al cabo ya me descubre,
ya se cuanto me está ocurriendo.

De la culpa culpo al viento,
como de la locura al cuervo,
ese de mal agüero que grazna,
para derretirme el sueño.
Será por eso que pienso,
por eso acaso me muero,
por no saberme sentar,
por olvidar el lugar donde puse mi asiento.

Triste es la tristeza errante,
pena es la pena que clama,
como el aullido del lobo,
cuando en la cresta del mundo,
de hambre ladra sonoro,
sin divisar la manada,
aquella donde pacen los corderos,
con la que apaciguar sus ansias.

Sentado estoy, mirando,
y ciego sin ver contemplo,
el ruido que dentro late,
las aguas del mar inmenso.

Quién me lo iba a decir,
ahora que me veo muerto,
pues la vida ya no fluye,
con la quemazón de antes,
y los gritos que pronuncio,
en los ritos y en los cantes,
salmos son de funeraria,
lúgubres lienzos de sangre.

La tarde declina y se esconde,
detrás de los pensamientos,
todos ellos teñidos de luto,
de estrellas que relucieron,
en la juventud ausente,
cuando declina la tarde,
y el astro se esconde,
vencido, por poniente.

Es posible que el sol salga mañana,
por entre los riscos del monte,
en las aguas de los ríos,
tras las turbulentas gargantas,
que arrastran preñados sueños,
ensueños e ilusiones, visiones y pesadillas,
mientras yo contemplo indeciso,
como si fuerza mayor me impidiera,
gozar de ellos durmiendo.

Ese sueño, esa vela, ese fin,
ya tan cercano,
que si me atreviera a tocarle,
con mis dedos yo sus manos, l
las encontraría tan frías,
tan heladas, tan cansadas,
como el hielo,
como el témpano,
tal como están las mías.

Abro ya los ojos,
allí, en la distancia,
en el horizonte perdido,
entre cirros preñados y cúmulos henchidos,
por entre la luz extraña,
la diáfana sonrisa de una infanta,
una niña,
sus ojos, su estampa,
mudos me viene a ahogar,
cuando bien quisiera yo,
en sus cristalinas aguas,
para siempre navegar.

EL PERRO QUE HABLA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 9 Enero 2012 11:21

Doña Visitación Valeriana de Todas las Anunciaciones y Santos de Guardar habla largo y tendido con su perro. Bueno, eso al menos dice ella a quienes tienen la paciencia suficiente de escucharla.

Desde su más tierna edad, que lo trajo a su casa de días si no de horas, lo cuida, le mima, le mece y le saca a paseo en todo momento y lugar y le habla y le dice y le aconseja y le previene contra el mundo y sus maledicencias. Es, enteramente, su hijo del alma.

Doña le ha bautizado con el nombre de Dino y de esta manera le llama y el perro le mira y le ladra y si no le sonríe es porque es gesto éste que todavía no ha aprendido y está en que lo alcanza. Dino es un caniche de retorcida labia, de buenas maneras y caricias sin tino y halagos sin tacha, así de ufana lo dice ella, cuando afirma que le habla, que le cuenta y la dice y en todo momento escucha, del ama, las floridas cosas con que le apoda y le llama.

Le enseñó los palotes, en su más tierna infancia, junto con las primeras letras, las cuentas y las artimañas, para que no fuera un perro, sin carné y sin nada. Es por eso que dice que ladra y también recita en tres idiomas y más porque no le da la gana, que es un cachorro fiel y con ardides y con mucha retórica y palabra.
Las enseñanzas fraguaron en Dino por la mañana, en la tarde y en la noche y también de madrugada. Es un perro este perro sabio, se harta de decir su ama, sin que ello le procure empacho alguno y tanto es que se repite, que hasta los periódicos de él hablan, párrafos floridos y versos que claman, por educaciones varias, sin por ello mirar, el árbol del cual se desgajó tamaña la rama.

Caso insólito, allí donde se cuenta la historia, extraña, el tesoro que atesora, doña Visitación del alma. Sorpresas por doquier produce, este Dino del que se habla, más cuando la gente se entera, que es un perro quien les platica sobre los acontecimientos, desarma. Que sisea cuando ladra es un hecho palmario y más que ladrar canta, lo dice de esta manera la dama, que es ya comidilla del mundo, en las tierras varias, hasta en las televisiones más cautas declama.

Va a cumplir veinte años, este Dino que acaudala sapiencias y gracias para regalarlas, que hasta a mi me ha convencido, cuando le escuché con calma y sin tino. Veinte años son muchos años, para un perro que se precie como éste, más con la Doña del alma que no para de decirle lindezas como si de su hijo se tratara. Ya sus narices fenecen, ya sus patas no arrancan, que oler no huele una y sus zancas, tímidas y medio lelas, apenas si anda. Tres pasos seguidos y busca refugio, en la halda de su dama, esta misteriosa mujer que le infundió milagrosamente el habla.

Y tras este milagro del habla, cierto día vinieron, un ciento de reporteros para verificar la hazaña. Allí fue Troya, catacumbas de Roma, a Dino le preguntaron por su ama y el perro les respondió, sin alterársele el habla, pues hacia ella miró y con el hocico apuntó, más no pronunció palabra, que era ella, su ama, el pecho donde su cabeza reposaba, el regazo donde ya descansaba. Su dueña alegó entonces, tratando de dispensarle, el porqué reacio a comentar callaba, que era tímido el can faldero, por mucho que lenguas parlara y el rabo en aquella ocasión guardara.

Los reporteros no escucharon las últimas postreras palabra que las tradujo Doña Visitación, un instante antes de que expirara. Pensaron en burla, en ironías sin tasa, chanzas y zumbas, pues sin merecerlo, al perro aquel le engalanan:

Y dijo ella que dijo Dino en su postrera oración, aquella que le salía enteramente del alma:

“No, no hablaré, que no quiero ser yo, un pecado más que juntar a los diez conocidos, pues no quiero romper el ritmo de un mundo, donde solo saben hablar los hombres y los loros, con permiso de las damas”.

MIRAR UN ÁRBOL

Posteado por José Luis Martín | Poesías | Lunes 2 Enero 2012 14:40

Copa que acaricia las nubes del cielo,
y es tanta su solemne airosa majestad,
que lo mismo gallardo se exhibe en el aire,
que clava sus raíces profundas en el suelo.

Adorna el mundo,
alegra el alma,
y en todo momento,
al corazón calma.

Eres perfume,
de ramas hecho,
de verdes hojas,
tu infinito techo.

Casa de pájaros,
aroma del campo,
lugar en donde,
reposo y canto.

Tú conoces la verdad del mundo,
pues la experiencia se acumula en tu ramaje,
hecha de madera y savia, allí,
en lo más profundo, donde se encierra el alma.

Fruto eres dorado,
de la luz de la luna,
rayo de sol,
en el corazón clavado.

Mirarte es un placer,
pues tu silencio embriaga,
y en la costa del amanecer,
se borra la noche aciaga,

Airoso respiro de tu fronda alada,
paz derramas, lluvia de agua templada,
cobijo del ansias, hotel sin paga,
allí donde encuentro refugio,
a mi suerte echada.

Abrazo tu cuerpo de tallo florido,
de verdes brazos que son tus ramas,
contigo canto y en tu entraña escucho,
el mundo diverso en el que vivo,
la caricia templada de tus susurros.

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