Despuntaba febrerillo loco con unos rayos de sol tiernos como plumón de oca o lana de cordero lechal que, al ser contemplados desde la cobertura de la ventana expandían el alma contrita y constreñida por un invierno largo, húmedo y feroz para don Castor Trijuénico de la Molienda. Si en noviembre y diciembre lo había pasado mal, que le sobrevinieron los fríos al cuero con muy mal sentir, le amaneció enero rancio y recio, todo ello sin salir de casa y condurando los males en ella, la maldita ruinera que el mismo don Castor decía con sentir hondo, pues estaba para pocas y sin dejar de hacer planes para cuando le cambiase, con el tiempo, las deficiencias del cuerpo.

Aquellos primeros soles, que por la ventana entraban, lamían como perritos mansos los pies, le llenaron el ánima de alegría hasta hacerle ver situaciones positivas mas irreales que significativas. El sol, templado aún pero real, seguía siendo tímido y su calor, apenas si era la fuerza de la llama de una cerilla encerrada en el hueco de las manos.

Trijuénico, empero, tomó el gabán, se alzó la piel del cuello para taparse el pescuezo tan sensible y sin encomendarse a nadie, hecho en niño travieso (cuando en verdad era un hombro mayor, gordinflón y algo melifluo) irrumpió en la calle con toda la fuerza que le daban aquellos menudillos de su cuerpo que iban recobrándose con el buen resoplar. En modo alguno contaba con el recio aire, feroz gubia que corta todos los resuellos cuando los resuellos se ajinan y desfallecen.

– ¿Cómo le fue el recencio, don Castor? – le preguntó su vecino, extrañado de los muchos tiempos sin verle.
– Mal, hijo, mal – contestó Trijuénico. Estuve en un tris de entregarme con todos los arreos. A cierta edad, -se explayó el hombre- cualquier contratiempo te deja baldao.
– Pues a abrigarse, que el frío aún no se ha marchado.

Y era verdad. El febrerillo loco traía, por entre los rayos del sol mañanero con los que alumbra al alma, unas corrientes de aire tan sigilosas y ateridas, que espabilaban el paso. Don Castor comenzó a andar y sintiendo a media que avanzaba que el frío le encogía los tendones de las rodillas, acelero el paso, para activar la circulación sanguínea.

Don Castor no debería de haber salido y menos creer que con la fuerza del cuerpo, un cuerpo apenas estirado del invierno, podía con la fuerza del loco mes de las nieves.

Se cayó en la acera, como un saco lleno de patatas y judías frescas. Sin fuerza, como si se le fueran quitando las cuerdas que por dentro le hacían ir derecho. Alguien, sin duda un transeúnte inexperto lo tomó de las axilas y lo apoyo contra la pared de aquel edificio. El bueno de Trijuénico, mientras, comenzó a soñar, soñar con los verdes campos de su pueblo, con la luna que tenía los tejados en Coscojal de los Desamparados, con los gamos que corrían en los cotos de su pueblo, con la juventud perdida tan solo ayer.

Las clavellinas, pétalos de oro, con la sangre derramada de sus pistilos, crecían en medio de la nieve de las cumbres de Coscojal de los Desamparados. Allí, soñaba Don Castor dentro de otro sueño, este que le llenaba hasta las puertas de una nueva vida.

Despertó a las horas, arropado de sábanas blancas y azules del hospital, tiritando aún, pero nuevo al fin. Le habían inyectado la vida a raudales, le habían hecho comprender que, después de la enfermedad, como si el fuera el barco que elude la tempestad, llega la calma.

Don Castor Trijuénico de la Molienda recobrada la alegría, expulsada la ruinera, sentado en su recuperación del vahído, leía por primera vez las páginas de un libro que podría haber sido inspirado por él y que llevaba por titulo “Anima mea”.

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