Aquel sabio había descubierto tantos secretos recónditos en el cuerpo humano que, tras de ellos, encontró la victoria y en ellos, la gloria; en la admiración que causaron todos aquellos hallazgos significativos para la salud de la Humanidad.

Revalidado por sus hazañas como investigador, por su extrema facilidad para llegar a conclusiones ciertas, fraguadas primero en su imaginación y después encontradas en el cuerpo de sus pacientes, que era médico de necesitados sin causa. Con facilidad inaudita localizaba las soluciones a los complejos planteamientos que se imponía en pos de la curación, reparando todos y cada uno de los planteamientos que su curiosidad le asignaba. Por todo ello se creyó capaz, cuando no sobrado, en buscar nuevos desafíos, aquellos donde el alma de las gentes se encontrara implicada.

Así, con tal disposición y sabiendo de la complejidad donde iba a investigar la emprendió diligente con los ininteligibles entramados que encierra el espíritu de los hombres. Buscaba, aseguró campante y un poco iluso, entre los intersticios del alma, el origen del bien, al tiempo que la tierra infértil donde se fragua el mal. Desde el comienzo supo del inmenso desafío, tamaño y complicado viaje del que, en esta vida, siempre dedicado a su resolución, esperaba salir una vez más victorioso.

Don Frantucho y Fran y Fran, que este era su nombre y los apellidos de tal emérito personaje, los mismos con los que se encumbró en la ciencia médica para hacer más fácil la vida a los habitantes del mundo, tomó el primero de los postulados que le asaltaron la cabeza, aquel que venía a decir que el alma de todos los hombres, tenían al menos tres dimensiones: la tenacidad que impulsaba a la fuerza, la virtud que nos hace inmortales y surge de la inteligencia, la bondad que nos eleva y enseña la inmensidad que nos aguarda y la belleza, patrimonio este último mayormente de las mujeres, por más que estas, tantas veces claudiquen en hacer de ello una ficción exclusivamente pasajera, pues con demasiada frecuencia confunde la fuerza de la carne con la del espíritu y se pliega sin saberlo a debilidades manifiestas.

Don Fran y Fran, como le llamaban sus amigos y allegados, serio en la ciencia, formal y concienzudo en todos sus actos, creyendo siempre lo por él formulado como ecuación inapelable, pronto pudo saber que, todas ellas, sin excepción de ninguna clase, eran siempre apelables, que las soluciones eran infinitas y que dentro de ellas admitían parámetros sin tasa ni medida. Había, sí, formulaciones laterales cuando no colaterales que irremediablemente le conducían al fracaso en materia esta del alma, tan dúctil, tan liviana, tan lejana en la aspiración del hombre descreído.

La certeza de sus aseveraciones invariablemente chocaba con la más cruda de las realidades, ni uno solo de tantos asertos como predijo duraron el tiempo suficiente para asentarse en ellos, solo le duraban el tiempo de encontrar un espíritu que contradecía con razones soberanas todo cuanto por él era asegurado.
Obsesionado con el reto que le vencía, observó miles de aquellas almas, mujeres, hombres, niños y ancianos, con tal ingente número pensó llegar al convencimiento del axioma que se proponía exponer, previamente y a propósito había dejado fuera, como si ello fuera posible, a quienes con él no compartían su fe en el más allá.

En letras góticas, en la antesala de su consulta, en un panel grande y a la vista escribió con pretensión no exenta de vanidad aquello de: “La salvación viene del Padre Eterno, pero aún Él, no puede hacer que una cosa y la contraria sean al mismo tiempo la misma”. Sin embargo, pensó más adelante, no sin la decepción correspondiente, que el hombre, merced a su levedad, irracionalidad evidente, es único para llevar a cabo lo que al mismo Dios le está vedado, hacer esto y lo contrario sin que se le altere las coordenadas de su vida.

Don Fran y Fran, sin darse cuenta, metía la alquimia del alma en el oscuro matraz para a través del opaco cristal poder observar su composición. Era obvio que no podría así encontrar la luz interior, era un hecho que el hombre y la divinidad no pueden unirse a través de la omnipotencia sino a través de los sentimientos que demanda en amor. Por eso, algunos meses después, en el mismo cartel añadió la frase: “Solo a través del cuerpo se libera el alma, solo a través del espíritu se llega a Dios”

Era, dijeron algunos mal pensados, aquellos que habían asistido al antes y al después de las disquisiciones llevadas a cabo por tan excelso investigador, que el doctor Fran estaba empezando a experimentar en su persona, el sutil aliento de la vida cuando esta se le escapaba por todos y cada uno de los poros del cuerpo.

Empezó a desesperar de los axiomas, de la formulación de nuevas teorías que siempre resultaba estériles y en ocasiones contradictorias cuando no seguidas de un inmediato fracaso. Cada idea obtenida nacida del estudio y la observación siempre era negada por un espécimen del género que él ponía bajo el microscopio de sus pensamientos, de sus ideas. Mudar de parecer, se dijo, eran supuestos que nacían dominando y perecían sin solución de continuidad. Desde el punto y hora que tuvo la idea de descubrir los parámetros en los que se mueve el alma humana, empezó de verdad a experimentar las rancias amarguras de mieles amargas.

Por todo ello llegó a la conclusión, al pleno convencimiento de que, allí donde el espíritu reina, será siempre mejor explicarlo como excepción. La generalidad, como bien habían demostrado hasta el momento sus investigaciones, nunca se cumplían. Al contrario pasaba con las referidas al cuerpo, a la carne, por muy complejas que parecieran, por muy intrincadas a los ojos mismos del entendimiento, sus postulados siempre se mantenían invariables en tantos por cientos imperantes y si bien pueden cambiar en su generalidad, queda su esencia inmutable.

El alma no es sino, la voluntad de Dios puesta en el hombre a su libre albedrío, así impuesta para llegar a ÉL a través del amor. Así terminó el sabio reconociendo que su intento postrero era un imposible, tal cual como si se hubiera empeñado en adivinar le dirección que iba a seguir el vuelo de una mariposa en el aire.

El alma posee secretos tales que ni siquiera conoce su poseedor. Es libre, es un argumento que eleva al hombre por encima de su sustancia, es un pájaro que ignora la resistencia de sus alas por lo que, acaso por miedo, no toma el camino donde se aloja la gloria, aquí, en la Tierra, perdura hasta la desaparición del cuerpo donde se aloja y emprende veloz carrera, en el camino que solo ella sabe.
Don Fran, una vez sabida y constatada su impotencia, vuelto al redil de la humildad, pudo, parece un milagro, ver, por primera vez el alma. Sí, en el transparente espíritu cuando éste abandonaba el cuerpo que acababa de expirar.

Calló el hombre, el médico, el investigador, era tal la revelación, tan grande lo por el observado, que tuvo comprensible temor de revelarlo al resto del mundo.

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