En contra de lo que se pueda creer, chocando sí, de bruces contra lo que falsamente conceptuamos moralidad, doña Asunción Candela –nombre y apellido eran ya una premonición- cuando llegó al cielo, en edad avanzada y como consecuencia de cruzar indebidamente una calle por el sitio donde no existía un paso de peatones, nadie la reprochó por su desmedido celo en su labor de satisfacer al sexo contrario, a la vez que lo hacia con el propio.

Ni siquiera fue llamada al orden, ni nadie allí arriba le tuvo en cuenta algunos devaneos, conceptuados duramente de erróneos y contra natura, cuando tales expansiones las mantuvo con personas de su mismo sexo.

Su temor al fin se desvaneció, pues aún no llevando en el corazón la culpa, se veía acusada por la sociedad y sus reglas, las que edificaban pecado cuando exclusivamente se trataba de amar. Temía no ser comprendida en toda su extensión y en su generosidad, pues a nadie se había uncido en la tierra y por tanto a nadie le debía respeto en tales temas.

 

- De haber sabido antes la resolución que se iba a dar a mi vida en el cielo, -dijo-  el talante mantenido en nuestro mundo, aunque para mi siempre fue el idóneo, cuando no bueno y hasta excelente, si cabe lo hubiera vivido con más alegría. La sonrisa que algunos quisieron borrarme de mi boca, -añadió- en ningún instante hubiera desaparecido de ella. La alegría es el primero de los preceptos que estamos obligados a cumplir.

 

El segundo de estos preceptos, diría, ya en compañía de algunos de los santos varones que la precedieron en el óbito y la amaron en vida, es sin duda alguna el amor a todos y cada uno de los seres humanos, a todos y cada uno de los animales que nada oponen a ser queridos, a todas las cosas susceptibles de ser amadas. Amar al prójimo por encima de sus vestiduras, que las únicas diferencias que admitió radicaron  en según y como estuvieran de dispuestos o no, a aquello que por dentro nos mueve, sin nuestra voluntad, para poder escoger.

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