De golpe, doña Ascensión hubiera bajado a los infiernos de la desesperación de no haber dispuesto de una voluntad férrea o un buen cuajo. Sin previa patología, sin nadie esperar nada o cosa parecida, el 12 de junio del presente año, su médico de cabecera, don Salvador Repulido y Garzón, que fue llamado de urgencia, viendo las muecas que la mujer no dejaba de hacer, sus espasmos que no terminaba de moverse y sus constantes giros de cabeza, dijo que sufría de ansiedad espasmódica, lo que traducido al román paladino, a los familiares presentes les vino a decir que con tales primeros síntomas o mejor estertores, estaba próxima su muerte.

– ¿Pero, -logró articular el vástago mayor de la indispuesta con cara de sorpresa- así, sin más, sin tocarla, sin auscultar el pulso, por simple y llana mirada, por un golpe de ojo?
– Si, señor. La experiencia es un grado y así es la que me hace hablar con tal desenvoltura. Casos como el de su madre no se han salvado, hasta la fecha, ninguno, eso si, no podremos cifrar el tiempo que dure la enfermedad, pero la pena de muerte no se la quita nadie.

Ferdinando Mantuso, que así se llamaba el vástago, nada respondió, aunque, para no disgustarse en demasía vino en pensar que todos, en este mundo, tenemos, antes o después, fecha de caducidad. Además de la imprecisión con la que se había expresado el galeno –el mismo que a doña Tomasita respondió, cuando en la calle le preguntó sobre que es lo que tenía que hacer con su hijo recién nacido, que devolvía el pezón insistentemente: “echarle en el cocido” fue la respuesta airada y malévola del interrogado- bien era posible que, antes que su madre, podría irse el mismo.
Doña Ascensión Bilbana, de aquí que en ocasiones los mal intencionados la motejaran como la “vil ana”, cuando se recuperó del sopitipando y fue informada del escaso futuro que le esperaba, en vez de amilanarse, avinagrando el semblante, de arrugar el entrecejo hasta extenuarse, como hubiera sido por otro lado lo lógico, se rebeló y en levantándose de la cama hizo de la capa un sayo. Vamos, lo que quiso.
Así tomó el portante y puso rumbo a la calle y en llegando a la primer peluquería se tiño el pelo, que le blanqueaba por la coronilla, se hizo una permanente africana y con las mismas, al pasar por el dispensario de la Cruz Roja dejó un óvolo al pedigüeño de la puerta quien, muy serio la aseguró un día de buena suerte. De ahí que, pasando por una tienda de todo a cien comprara una varita mágica con la que acarició el boleto de la quiniela que, al buen tuntún hizo. Como deben hacerse todas aquellas cosas que se dejan a la suerte.
Con tales bagajes llegó a su casa donde encontró a la familia entre asustada por la tardanza y apesadumbrada por el porvenir. Ella, mientras se quitaba un rizo que sobre la frente la había caído, les dijo:

– Si en verdad tuviera que morirme, lo mejor que puedo hacer en estos momentos es pasármelo lo mejor posible, en los días al menos que me queden.

A la semana siguiente, lejos de morirse, con la nueva vida que había emprendido, no sólo no se murió, es que, las horas del día no le eran suficientes para lo mucho y bueno que tenía que hacer. Así decía:

– Si hubiera yo descubierto antes esta bonita forma de vivir, a buenas horas estaba yo contemplando esta pandilla de gaznápiros que Dios me ha dado. Todos ellos obsesionados con la muerte y el pasado sin descubrir, ni por un solo agujero, el magnífico presente.

El sábado de gloria, porque al tiempo la tocó un pellizco de la lotería y la quiniela al tuntún, que había olvidado, tomó cita con el especialista de ansiedades espasmódicas y otras virulencias fatales contra la salud.
Doña Ascensión, ahora si, millonaria ella por la gracia de unos ramplones euros tirados al azar de una quiniela de la que nada entendía, fue pasando de mano en mano, de especialista en especialista y máquinas variopintas, hasta que, ¡vaya por Dios! descubrieron:

– Señora, tiene usted una salud de hierro. Ni un maldito constipado que la disturbe. Nosotros desde aquí, tendremos desde ahora en tenerla de cliente.
– Y entonces, el falso diagnostico de don Anselmo, en que quedó -preguntó:
– Tan sólo su médico confundió el baile de San Vito por un espasmo mortal. No es usual, pero suele ocurrir en doctores poco versados.

Al día siguiente de estas palabras, doña Ascensión Bilbana amaneció muerta. Tal había sido la satisfacción recibida que su corazón, aunque de hierro, no pudo soportar tan insuperable noticia.
Fue entonces, en este mismo día, cuando el vástago mayor, Ferdinando Mantuso, pronunció la primera de sus sentencias de las que después, con el tiempo, engrandecerían su vida. Dijo:

– Si la lógica de la naturaleza se quebranta, a cualquiera le dejan con el culo al aire.

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