Ay dolor, que se me seca el habla,
ay amor, que se me ahoga el alma.

Sobre la cama de la vida donde estoy,
oyendo de la lejanía el ruido por la ventana,
trae la noche, voces de lobos famélicos,
miedos que encogen mi corazón en calma.

Ay dolor, que se me seca el habla,
ay amor, que se me ahoga el alma.

Entra la oscuridad por el cristal de la memoria,
negros cuervos en el ocaso de alas tenebrosas,
en el latir frenético de mis sienes rotas,
en el pulso olvidado de tu palabra loca.

Ay dolor, que se me seca el habla,
ay amor, que se me ahoga el alma.

El tren de la distancia, sutil me golpea
como un recuerdo sobre la carne blanda,
igual que el trueno en su chirriar de asma,
como cruje el árbol, mortalmente herido bajo el hacha.

Ay dolor, que se me seca el habla,
ay amor, que se me ahoga el alma.

Ya no siento tus besos como amanecer de alba,
ni tus manos, sobre mi piel de ámbar,
sólo el frío sudor de un mal recuerdo,
en la misma separación donde te hallas.

Ay dolor, que se me seca el habla,
ay amor, que se me ahoga el alma.

Sobre el pecho, donde grabaste mi nombre,
bajo el tatuaje del sol en llamas,
tan sólo queda un triste borrón de ascuas,
que se apagarán consumidas por la distancia.

Ay dolor, que se me seca el habla,
ay amor, que se me ahoga el alma.

Cuando mañana amanezca y esté el bordón de plata,
clavado sobre el recuerdo añoso de mi casa,
ya no te echaré de menos, olvido,
ya no lloraré tu marcha.

Ay amor, que se me ahoga el alma,
ay dolor, que se me seca el habla.

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