Doña Constanza me contó que Manuel, su marido, murió porque no tuvo arrestos para enfrentarse a una, creyó, insuperable desgracia. Después, ironías de la vida, el tiempo contradijo lo creído y convirtió lo insufrible, primero en sólo adversidad relativa y después, en una forma incomprensible de felicidad humana. “Nunca,- me confesó tan valiente mujer- sabría que de él, de nuestro hijo singular, he recibido en este mundo la mayor y la más intensa de las compensaciones.

- Si mi marido –añadió- hubiera perseverado, en vez de venirse abajo como árbol seco que cae al suelo, abatido por la inclemencias del tiempo, hubiera luchado en pos de superar el sino adverso de nuestro hijo con síndrome de Down, también él hubiera podido sentir sobre su corazón la paz que emanaba de su presencia.

Para explicarlo, lo que no entendió su marido, le escribió una carta de la que me he atrevido a sacar el siguiente párrafo:

Dice así: “Cierto es que la mayor parte de las veces sus palabras carecen de sentido, la luz no se hace en su cerebro, pero no siendo ciego, basta mirar sus ojos para saber lo que está tratando de decirte. De ellos aprendí a saber que, nada hay en la vida más importante que sembrar amor en los corazones del prójimo, cuanto mas das, más cantidad recibes. Por eso, nadie que le conoce ha dejado de quererle”.

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