Fue en el Metro de Madrid, para ser exactos, en la salida de Moncloa, que me esperaban en un bar cercano dos amigos de la infancia y hasta allí iba a verles.

Subiendo las escaleras, en el último tramo, la joven que iba delante de mí, enseñaba, si bien de forma artera, debajo de su cinturón rojo que tanto la marcaba las caderas, un billete de cinco euros. Yo, caballeroso, me puse a su altura y le advertí de la posibilidad de quedarse sin el dinero a manos de un descuidero.

La mujer, que dijo llamarse Casandra y que en realidad, con el tiempo me enteraría que había crecido como María de los Dolores Antonia de los Columpios, me dijo, como contestación rauda e inmediata a cuanto la estaba diciendo yo, que ella, era en realidad una bruja y que nadie que advirtiera, en lo más mínimo, tal posibilidad, se atrevería a realizar lo que yo la estaba anunciando.

Por mi parte la respondí que, lo mismo que yo, en un principio, me había percatado del hecho, justo hasta el momento que ella me lo descubrió, otro tanto podía pasarle al ratero, y hacerse, con toda la tranquilidad del mundo, con los cinco pavos.

Así, hablando, llegamos hasta el bar donde me esperaban Afederico Pico y Aeduardino Tico, por lo que de alguna forma, para no dejar de ser correcto con el prójimo, tuve a bien presentársela. Así al menos lo iba a hacer cuando ella misma, con todo el desparpajo del mundo, se auto presentó como Casandra la bruja.
Tico, que era hombre directo y nada dúctil en materia social, la preguntó de sopetón:

– ¿De hornada reciente o de lejos?

La mujer, en modo enfadada por la pregunta indiscreta, le contestó categórica:

– De lejos.

Y la lejanía, contó, venía del tiempo de la creación del mundo conocido, pues era ella bruja eterna, sin principio ni fin, a diferencia de las brujas eviternas, con principio y sin fin.
La aclaración dio lugar a la siguiente pregunta igualmente hecha por mi amigo Tico:

– ¿Cómo se explica entonces las condenas en la hoguera, si dices que ninguna de vosotras tenéis fin?
– Fácil, querido Tico, que si bien fueron pasto de las llamas y para los presentes murieron en ellas, no es menos verdad que su resurrección, en otro lugar, cuando no en otra dimensión, para los humanos siempre desconocida, donde volvían a la vida con diferente existencia como es plausible comprender y nunca comprobar.

Tico, que la miraba cada minuto más embelesado, como si en ella hubiera descubierto el principio y el devenir de su propia vida, pues estaba observándola cada vez más interesado lo que podía se el final con ella al lado, empero, aún cuando nada o casi nada comprendía, sino era la exuberante belleza de Casandra, que le enajenaba los sentidos hasta dispararle al tiempo los pensamientos y los sentimientos, por ahora ocultos.

A ninguno de los reunidos nos extrañó las buenas migas hechas por la recién llegada y nuestro compañero Tico. Si que, a la semana o poco más días, los excluidos de la relación, Pico y yo, recibiéramos la inesperada invitación para su boda. Al mes siguiente eran ya marido y mujer o mejor brujo y bruja, que Tico igualmente se había hecho nigromante consorte, con tal orgullo que le rebasaba la ecuanimidad.
Esta nueva faceta no implicaba al desposado otra condición que la de asistir a los milagros, que día sí y noches todas se producían en su salón de la casa matrimonial en la que, Casandra, con los artilugios propios de su condición a cuestas, abría la ventana y por ella, en repetidas veces, nos contó nuestro amigo, se iba volando a recorrer el mundo y en él celebrar los ritos a los que previamente estaba asignada.

– ¿Y que hace fuera, por esos mundos de Dios, acaso lleva la escoba en la que trasladarse, tal como nos lo recuerdan las pinturas a tales temas adscritos? – me aventuré a preguntarle yo en esta ocasión.
– No lo sé. Y es más, ni siquiera puedo preguntárselo, no olvidéis que yo me encuentro en los prolegómenos de lo que en un futuro también será mi profesión. No la pregunto porque me tiene advertido que ello podría suponer la pena de muerte para un novicio, cuanto más para un novato en la materia y lo que es aún peor, su propia degradación en el escalafón al no haber sabido con el rigor debido, guardar el secreto que a ellos les es obligado.

De todas formas he de decir que nada malo ocurría en la vida y en el trabajo de Tico, muy al contrario, allí donde el ponía sus intereses estos crecían como la espuma.

Ejemplo: su casa de modas, actividad de la que nunca había sabido –así al menos lo creí yo- que es lo que se traían entre manos, cuanto más que era una aguja o un dedal, triunfó en todas y cada una de las pasarelas donde se exhibían sus trabajos. No hubo sarao en la capital que se preciara o fuera importante, donde las damas que a ellos acudían no portaron e hicieran gala sus más bellas creaciones.

No obstante, en todos los campos donde determinó poner una parte de sus inteligentes a producir, crecieron las ideas como campos bien abonados y con ellas las más revolucionarios y variados de los inventos. Debo decir, y en ello incluyo a mi amigo Pico, que Tico no nos tenía nada acostumbrado a tales alardes.

Acaso por ello pregunte a Afederico Pico, puesto que yo nada o muy poco entendía de cuanto estaba sucediendo, sobre la situación del todo inesperada, que se me iba de las manos, si cuanto demostraba Aeduardino Tico, respondía una verdad no prevista por nosotros por el contrario, era la respuesta al milagro del que nos habló en alguna ocasión Casandra, que iba a tener lugar en la vida de su esposo. Sin duda, la inteligencia que no nos había dejado ver, se manifestaba ahora en toda su pujanza. De otra manera había que pensar en actos de brujería u otras cualquier cosa, siempre paranormal o supranormal.
Pico tuve a bien aclararme:

– No Clemencio, Tico sigue siendo aquella buena persona que conocimos, ahora aupado desde el pedestal que habla, que hasta allí, no tengo la menor duda, fue elevado por su mujer, que diciendo ser bruja en realidad es…
– ¿Qué es, qué es? – le interrumpí yo sin dejarle terminar.
– No lo sé. Al menos a ciencia cierta, por más que haya que dar pábulo a la imaginación, aún cuando suene a irrealidad todo cuanto nos ha contado. Debo de confesarte que en ocasiones, tal era la fuerza con la que nos contaba sus historias que he llegado a creer que fueran ciertas o mejor, me hubieran gustado que fueran verdaderas. Aunque es obvio, que más me inclino porque sea una mujer inteligente, que respondiendo a esta premisa, enmascara esa clarividencia, su intelecto sutil, ante la visión estereotipada que de ellas tenemos los hombres.

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