Don Castor, contra lo que se crea, tiene cuerda para rato. Si se despide ahora es, simple y llanamente, porque los ciclos se terminan y los derroteros por los que transcurre la vida, igualmente. Quien comenzó abjurando de la letra impresa -a la que comparó con las desagradables, interminables patas de los mosquitos- quiere decir adiós desde las páginas de un libro. El libro que tiene en el magín y que lleva dando tantas vueltas como castaña pilonga en boca de viejo. Don Castor entiende que el símil no es, precisamente, apropiado, pero también sabe que la agresividad es la primera de las virtudes de un escritor, y en ocasiones la única, y por eso no se anda con pampiroladas, ni con “tío páseme usted el río”.

Para llegar a la catarsis, aborrecer los pasados tiempos, arrepentirse de cuanto malo se hizo y con testarudez se razonó, hasta llegar a un cambio total de chaqueta, han pasado tantas cosas -algunas, pocas, se han contado en los capítulos aquí publicados- que piensa con lógica que reuniéndolas todas pasarían a engrosar, (no sin virtud, y sí en contra de lo mucho y malo publicado) los atrayentes, sugestivos estantes de las bibliotecas de este país de escritores.

Tratando de explicar cumplidamente esta transformación radical en su forma de pensar, Trijuenico de la Molienda echa mano de la Biblia y así da cuenta y se compara a Tobias, el patriarca que se quedo ciego a resultas de la malhadada deposición de un pájaro. La ceguera de don Castor era motivada por sus malos principios, y porque no le supieron encauzar como Dios manda. Y es que los buenos principios, se quiera o no, son primordiales e ineludibles, y de ellos depende la óptima o pésima salud intelectual del sujeto.

Tobias, seguía especulando el escritor en ciernes, recuperó la visión merced a la intervención del arcángel San Gabriel? que prestamente y con profunda sabiduría indicó al hijo del patriarca la formula mágica – de las agallas del pez se hizo el ungüento milagroso – que puesto sobre los párpados quemados hiciera recuperar la vista al ciego. Trijuenico, invidente asimismo, no llego a ser intervenido por el arcángel, tan solo y por milagro mayor, se le cayó la venda de los ojos y pudo, igual que Tobias, contemplar el mundo, la admiración del mundo, con los ojos que si saben apreciar, con los colores, los olores sutiles y la alegría ignorada por su propio pecado. Pues pecado era al fin, no distinguir la faramalla del verbo, que es, a la postre, la sabiduría misma que nos permite la diferenciación.

Se le llenó el espíritu del júbilo de ver y le rebosaron los dedos, las sensitivas puntas de sus dedos, de cosas que contar. Así comenzó por narrar de dentro afuera, desde las vísceras al papel y a componer arpegios con las palabras, tal como las escuchaba dentro de su cabeza.

Fue la poesía, el arte mayor, a la que se sintió más inclinado, también por razón mas alta de sus aptitudes, que eran con mucho idóneas a los vates.

Comenzó con el verso libre, por no pararse en cuitas y barreras que impedían como prohibiciones la necesaria inspiración. Después domeñó algún verso con terminaciones parejas y por último, ya adquirido el orden y el concierto necesario, arribó al soneto que, una vez bien cumplido, le dejaba exhausto y dolorido, como naufrago que avistaba las blancas arenas de la costa.

Es cierto que hubo ignaros que se rieron de sus asonancias, pero no le fue menos cumplido saber que, todos aquellos, llenos sus almas de sensibilidad, le alabaron sus rimas.

Ya no era Trijuenico el ignorado vecino, el triste caminante del Parque del Oeste, el visitante asiduo de la Ermita del Santo, el hombre que se recorría Madrid de cabo a rabo, era el exultante personaje a quien se le señalaba con el dedo índice apostrofándole de excelso poeta, culmen de las letras y otras mas definiciones laudatorias.

Pudo decirse que don Castor, cuando volvió al redil, de donde nunca debió de salir, fue fecunda oveja, feraz carnero, de quien los pastores se sintieron, en todo momento, orgullosos.

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