Cuentos | Poemas y fábulas

Viagra

EL NIÑO, LA SERPIENTE Y EL ÁRBOL

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Jueves 10 Noviembre 2011 12:37

Se solaza la serpiente, tendida cuan larga es, sobre el tronco del árbol, y aún su enorme cabeza, grande como concha de galápago, se pierde entre la hojarasca de la rama más alta. Acostada sobre la formidable corpulencia del tilo, que de inclinado como está parece que todo él reposara sobre las rodillas amantísimas de una madre imaginaria, dormita desprevenida su digestión de ofidio satisfecho.

Empero, es tan colosal el árbol que la serpiente, aunque formidable también, apenas si se la distingue algo más que se ve la vena frontal en la cabeza de un infante.

Descansa o dormita y en su mimetismo, la mirada la confunde, que es la corteza y la piel la misma cosa y aún la cabeza, como el triángulo de la Trinidad, se diluye entre las hojas del tilo

***** ***** *****

Cogidos de la mano un hombre y su hijo pasean por el bosque. El niño se admira del entorno nunca visto, de los árboles imponentes que le atraen con magnetismo hasta ahora nunca sentido y más se asombra de la espesura con su impenetrable secreto, celosía que tapando el misterio nos descubre el miedo.

El padre, con abundancia de detalles, explica a su hijo la importancia y la trascendencia que aquel bosque tiene sobre la vida de los hombres, sobre la vida del planeta. Y así le dice que debe estimarlo como si de un igual se tratara. “Al fin son la misma vida, son el mismo aliento que mueve nuestra sangre”

**** *** ****

El niño deja la mano de su padre y corre embriagado por la floresta. Llega al tilo, donde dormita la serpiente. Corteza y piel se confunden y apenas si resalta algo más que la vena frontal en la cabeza de un niño. El árbol inmenso reposa inclinado sobre las rodillas amantísimas del aire.

De improviso, un rayo jupiterino, manejado por los hercúleos brazos de un leñador, cae inmisericorde sobre el tilo. Los golpes resuenan por el bosque como los aullidos lastimeros del lobo solitario.
A media tarde, miles de veces ha caído la afilada cuchilla sobre la indefensa madera. Con la última fibra-vena que corta se rompe el músculo lastimado y un estruendo horrísono invade el bosque asustando a todas las criaturas que pululan por él. Sobre la savia blanca cae la sangre derramada de la serpiente sorprendida.

**** ***** ***

Con los primeros golpes, el niño que admirando el tilo ha bajado hasta ponerse debajo de su inclinación, levanta sus brazos al cielo intentando patético detener la caída que presiente. Sus gritos, advirtiendo las palabras de su padre, se han perdido en el silencio del corazón del leñador que sordo a todo cuanto no sea su cometido, una y otra vez descarga su hacha sobre la madera inerme del árbol, cuna de una serpiente.
El niño, cumpliéndose lo que su padre le había dicho, muere aplastado bajo la copa inmensa del tilo. Los arboles, dice mientras sus ojos abiertos miran al cielo, que en verdad matar a un árbol, destruir a una serpiente, es sinónimo de la destrucción de una vida. La suya, que se pierde entre las ramas que en el suelo le tapan y no le cobijan.

DIÁLOGOS DE UN HOMBRE SOLO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Miércoles 20 Julio 2011 18:12

- Perdimos la capacidad de sufrir el dolor. Sí, aunque no lo creas lo hemos convertido en la nada, en un abismo donde vamos poniendo las mortificaciones que pensamos hacer al día siguiente.
- Pero tú no entiendes esto, no puedes entenderlo con tu alma de perro, nadie lo entiende en realidad, ni siquiera yo, aún cuando intento explicarlo.
- Escucha, pero no olvides que este soliloquio está influido por el orden cronológico, lo demás no importa, si lo miras bien, en realidad es posible que no exista.

Y Sócrates del Estampío, sentado en la pelada roca, miraba absorto al asfalto de la carretera cercana que se perdía en vericuetos allá por el infinito. El hombre, absorto, dentro del diálogo, apenas si se daba cuenta de los miles de automóviles que por ella pasaban. Aquellos meteoritos que se pierden en una ignorada parte de la Tierra. Él, mientras, seguía sentado o caminando despacio, con el tiempo vibrando en la palma de su mano.

- Hace relativamente poco –siguió perorando del Estampío- unos años si acaso, yo era joven, quiero decir que mi frente no se había roto en arrugas y mis pensamientos en recuerdos, la sien plateada estaba entonces cubierta de negro pelo, los mismo ojos de ahora eran mil veces más brillantes, lejos estaban de sufrir vahídos o infundíos de moscas que se pasean necias sus esperpénticas patas por el iris, intentando dejarme ciego. Mis manos gustaban de piel prieta de seda y mármol, no estas sarmentosas sin fuerza y frías. Ni siquiera mi alma de entonces, había practicado las palabras que ahora modula mi lengua en juicios y sentencias.
- No sé hasta que punto ha sido conveniente decirte lo que antecede, mas continuaré: Una tarde de risas, gritos y confusiones, la encontré. Me refiero a mi amada. Era ella, sin duda, pensé yo y sabes, grité también y me confundí entre cuantos reían para ser uno más dentro del aquelarre.
- ¿Entiendes? No es fácil, verdad.
- Fue entonces cuando empecé a sufrir de veras. Así, de forma que estás asfixiado y de pronto alguien te abre las ventanas para que el aire que te falta entre a raudales.
- La ventana estuvo abierta durante algún tiempo; yo, mientras, miraba profundamente a la lejanía como si se encontrara en el mismo infinito. Un día, sin saber muy bien porqué, mis ojos encontraron a ver obstáculos, pero, ¡qué importaban! En modo alguno convine pararse en una idea y aún peor en obsesionarse en ella, en su contemplación. Al cabo me complacía en la parte que de diáfano me mostraba el porvenir.
- ¿Me sigues?
- Un buen día tomé el tren; ella me esperaba. La doble serpiente de plata, aquella que me llevaba junto a ella, se puso tan furiosa que se hicieron interminables las horas hasta que por fin estuve a su lado.
- Al fin, sí, dije, que no quiero pararme en las cosas ni aún en las rosas, llegué, Los músculos de mis piernas y brazos me dolían como si sobre ellos hubiera impactado truenos y relámpagos de mil puños airados; el cerebro era plomo derretido hasta los pies, era, llegué a comprenderlo, el esfuerzo de mi espíritu espoleando imaginariamente a la máquina torda y torva que se empeñaba en no darse la prisa suficiente para poder estar presto con mi amada. Más aún debí esperar, ya en el andén, con la espalda pegada a .la pared, los pies más lejanos como trípode circunstancial actuando de sostén en un edificio que amenazaba con caerse, que así de deteriorado estaba el lugar, donde nunca vendría.
- No, no puedes reírte de la imagen, lo harás después, si acaso cuando te siga contando.
- La adiviné más que verla. Un minuto, dos, acaso tres y volví a la estación. De nuevo al tren, ya no me importa su lentitud, cuando llevó el tiempo exacto de conocerla muerto sobre mi, a modo de lápida con mi nombre grabado. En el departamento del tren toqué mis muslos, creía por un momento que estaban sangrando, me enfadó que no fuera cierto.
- Ya en mi casa, tendido cuan largo soy en mi cama pensaba todo lo lerdo que puede ser el ser humano, pues me alegraba en el fuero interno, ese que habla a escondidas, sin raciocinio, a salto de mata, como escondido, el remoto placer que se siente cuando se sufre. No, no pienses nada extraño, reía al cabo de la inconsistencia humana. No lo sé muy bien, de la esperanza, sabes. La esperanza es una sonrisa guardada en una caja de cristal, es un rictus escondido en una mente angustiada.
- Luego, el dolor lo sentí romperse con saña sin igual, como pueden hacerlo las olas en los obstáculos que el mar encuentra en su camino. Fue un dolor terebrante, a veces sutil, capaz de estrujar la fuerza física y convertirla en gavilla de hierba seca.
- ¿Comprendes, hermano?
- Las gentes, como si de mi dolor supieran más, me decían: dejado pasar, el tiempo… el tiempo… veras como el tiempo… y el tiempo pasó sin cicatrizar ninguna de mis heridas sangrantes.
- Yo te digo que el tiempo sirvió para dolerme, si cabe, más cada día. Para darme cuenta de que algo inexplicable me estaba ocurriendo, que algo incomprensible se había quebrado dentro, de que así como el olor pasa y las narices lo buscan durante un instante, así yo, mi cuerpo, buscaba incansable tras su marcha, el sostén donde seguir cobijando mi mundo de hombre confundido.
- No obstante, la vida continuó, nadie hubiera podido pensar, por mi actitud exterior, las circunstancias en las cuales me encontraba preso. Tan solo penaba sin conceder mi secreto a nadie. De todo ello aprendí, debajo de este árbol donde ahora me encuentro sentado, en la piedra que cobija su sombra, teniendo próxima la carretera donde veloces se pierden los coches, los autos y sus entes conductores, el amplio sentido de la soledad sin límites, el divino placer del anonimato, el no ser observado por nadie, la vena lírica que sin embargo emana del recuerdo grato.
- En ocasiones, en las horas que no circulaban los coches, pasee arriba y abajo la vía, fueron trayectos cortos que se fueron acortando hasta sentarme en la roca a la que hablo, cerca del perro que me escucha. Todo sin darme cuenta que nada había cambiado, que todo se deslizaba con la naturalidad que no predice el deseo vano, que todo fue exacto y a la medida esperado. Los eslabones de mi mundo, al mundo de los demás, se debilitaron de tal suerte que muchos de ellos se deterioraron tanto que al fin se rompieron, como me ocurrió con ella. La carne fue yunque y el espíritu se templo con la luz del fuego.
- El tiempo aquel tan repetido, pasó sin que la tristeza interior remitiera, sino en las ocasiones que miraba las ramas del pino que nos protege de la lluvia o de los rayos de sol. La esperanza, ese don de los privilegiados, cuando estaba igualmente a punto de fenecer, volvió ella. ¡Al fin volvió!
- También yo había aprendido que las cosas vuelven cuando los milagros se producen, basta esperarlas, me mentía en ratos de optimismo ciego. Pero ocurrió. En aquel entonces pensaba que lo mejor de la vida era que se acababa y hoy pienso justo lo contrario.
- ¡Amigo!, ¿me escuchas? Otro día se fue, de nuevo, el camino estaba fresco, el sol de julio en el umbral. Y se fue, mejor, volvió de nuevo a marcharse.
- Aunque no lo creas, aguante bien, amigo, por más que se revolvía en la cabeza un pensamiento de que el mundo entero explotaría dentro, en el magín. Que las estrellas chocarían en mi mente unas con otras hasta su desintegración absoluta y sabes, todo fue muy simple, no ocurrió.
- ¡Dios mío!, no ocurrió. Corriendo vine hasta este piedra. En la noche, el acharolado asfalto de la carretera guiñaba en un juego de luces interminable, el brillo cambiante del rayo blanco de la luna clara.
.- Y yo, ¡amigo!, seguí el juego, distraje mi pesar como si no me importara. Amigo mío, me llamé idiota, insensible, inseguro, no sé todas las cosas que se me ocurrieron, así hasta exclamar: ¡Dios mío! ¡Dios mío!, que fácil se me hace el olvidar.

Y el noble perro de ojos fijos y la piedra fría y la carretera de negro asfalto, vio marchar a Sócrates del Estampío sin dirección fija. Mientras, la pezuña del perro se alzó en la tarde noche y unas hojas verdes que acariciaban la roca, quedaron lacias, como muertas.

MANDÓ LA VIDA A LA MIERDA…. Y ÉSTA, NO SE LO TOMÓ EN CUENTA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 5 Julio 2011 14:16

Aniceto, ¡quién lo iba a decir! se aburrió de la vida de un día para otro. Parece ser que llegó a tan drástica como trágica decisión en el mismo instante y hora que hizo recuento de ella. Hasta entonces, hay que decirlo, no había pensado en nada absolutamente y menos en que puñetas hacia él en este mundo traidor.
Siempre había creído Aniceto Pocometo Gañán que era nocivo pensar, pues así se lo había advertido su padre y el padre de su padre, al que tenía en mucha estima y consideración, pues aún sin salir de casa, sabia a ciencia cierta el tiempo que hacia fuera, sin tener por ello que reparar en los hombres del tiempo, pues decía, con razón que le sobraba, que todos ellos los tenía él repartido en los intríngulis de sus piernas.

El abuelo le dijo en tono genérico, dando al tiempo con su brazo derecho un giro general a la situación mientras afirmaba que, “todo esto, no merece la pena”. La expresión, no la echó Aniceto en saco roto, ¡estaría bueno! Aunque por tener en aquel entonces mucho que hacer, no pudo profundizar en la honda filosofía escuchada.

Pasado un tiempo relativo, sin que nada en su vivir cambiase, que así de imprevisible era el hombre, hizo de la rutina pecado diciéndose, como le había enseñado su abuelo y este a buen precisar el suyo: “a buen seguro que nada en esta vida merece la pena”.

Como el bueno de Aniceto no estaba casado, que permanecía célibe por voluntad y porque en su pueblo de Coscojal de los Desamparados no había en aquellos años con quién, ni quien le mirara, no tuvo en consecuencia descendencia y no pudo testar en ellos la herencia recibida de sus mayores, de aquí que a voces se repitiera para si y para cuantos le quisieran oír, que iba por la calles cantando la letanía aprendida: “nada, de cuanto llevo conocido, merece la pena vivirse”.

Una mañana, sin otra cosa que hacer que desempeñar la rutina diaria, se quedó ex profeso en casa y pensó, en profundidad, largo y tendido, que le dio pena levantarse de la cama, que era mejor hacerse, mientras pudiera, su propia sepultura. Nadie mejor que él – se dijo- para poner cariño en lo que iba a ser, o al menos debería ser así, una mansión para toda la eternidad, la morada definitiva.

Empero, aquel día, por encontrarse algo cansado, que se le habían echado las campanadas de la media noche encima, lo dejó todo para el siguiente y así también para el siguiente, porque era mayormente domingo y fiesta de guardar el lunes y así, de esta sutil manera, continuó 54 años y medio más.

En este rato, como quien dice, no obstante, no se le iba de la imaginación lo aprendido, la frase de su abuelo que había esculpido a buril dentro de su cabeza y en el dorso del corazón, así como en cada uno de los poros de su cuerpo, por eso, en el día de su santo del año que cumplía los 82, tomó pico y pala y dispuesto, se dispuso a hacer lo que había demorado durante tantos años.

La edad sin duda, pues ya se ha especificado que solo días le faltaba para cumplir los 82, le hizo ir despacio en la conquista de su cometido, muy despacio para conseguir el fin planteado. Pero los años, también lo supo entonces, no se cumplen en balde y, acabada la jornada, pues le entró hambre en la mitad de ella, apenas si, fijándose mucho se podía apreciar que había arañado la tierra con el pico, que la pala no llegó a emplearla para excavar la sepultura que se había propuesto horadar en el suelo.

Previamente se había dibujado un croquis minucioso de lo que debía hacer en cada jornada, al cabo se había ilustrado en los planos egipcios para levantar sus pirámides y lo que era más importante, lo que ellas contenían. Así trazó un rectángulo generoso de dos metros y medio de largo por metro y medio de ancho y aún a él le pareció en la anchura angosto, dado que era un hombre, Aniceto Pocometo, de una gran humanidad y corpulencia, adquirida con los años y el buen yantar, del que no se privaba, dado el escaso tiempo, decía no sin razón, que se vive.

En consecuencia, el dibujo lo trasladó hasta el huerto de su propiedad, aledaño de su casa, exploró el terreno y lo encontró idóneo debajo de un achaparrado granado de dimensiones colosales y de sombra fructífera y refrescante en verano, cuando el calor apretaba ¡y de que manera!, en Coscojal de los Desamparados.

Pronto se dijo que continuaría al día siguiente, que había más longanizas que días, además que, para menester tan delicado, pues así al menos se le hacía a él, que los apresuramientos nunca habían sido buenos para nada y mucho menos para el fin que se proponía llevar a cabo. No obstante, se juró que a la mañana siguiente, con la fresca y aún con el recencio continuaría la tarea y que nada y menos nadie, le harían desistir de ella. Además, se dijo también aunque sin palabras, tampoco era tiempo de esperar otros cincuenta o más años.

De esta forma, al día siguiente, muy de mañana, tal como había prometido, con su pala y su pico a cuestas y la cartera con los planos debajo del brazo, se encontraba sobre el rectángulo marcado y apenas si mancillado del trabajo en él realizado el día anterior. Picó entonces con denuedo, tanto fue así que casi levantó un palmo de tierra en toda la extensión de la figura geométrica nombrada. Mas cuando le llegó el momento de usar la pala, para vaciar de tierra lo excavado, le faltaron las fuerzas, se encontró tan exhausto y extenuado que se dijo mirando, entre las ramas del granado al cielo:

- Para mañana el resto y nadie me hará desistir. ¡Lo juro por lo más sagrado que hay en el mundo!

Y ya sin palabras, sin dejar de mirar a lo más alto, repitió la exclamación oída a sus ancestros más allegados, padre y abuelo: “nada importa cuando no hay nada que verdaderamente valga la pena”.

Descansando en casa, sopesando lo poco que le faltaba para la despedida final, comenzó diciendo adiós a todas las cosas que le habían sido próximas, el aparador, la mesa del comedor, la garrota que fuera del que levantó la casa con sus manos, la cama, un cristal que separaba la casa del cielo por donde lo mismo se filtraba el sol que entraban las estrellas de la noche y un ventanuco, aquel desde el cual, se pasaba las horas muertas contemplando el ir y el venir, sin ton ni son, se decía sin mucho pararse a sopesar sus palabras, de las gentes del lugar. También se despidió de la escudilla donde se servia la comida del puchero donde cocinaba y recordó entonces, con desconchón dentro del alma y dolor difuso por no saber donde depositarlo, a su tía abuela, Aldearica de los Gañanes y de los Gandules, con la que se crió al haber perdido a su madre en un parto difícil y poco socorrido, ya que había muerto la partera del lugar justo el día antes.

- Parece mentira –dijo- pero ahí. -se repitió señalado tanto al plato como al puchero- estás tú, como si nada, y aquí estoy yo, casi en la nada o camino de ella. No sé si me expreso.

Aniceto Pocometo Gañán, quería decir que siendo el plato, que no el puchero, decorado con gracia y gusto y donde en su fondo se adivinaban unas flores desvaídas por el uso, además de algunos coscorrones inflingidos al aluminio por el tiempo y las muchas veces que se le cayó al suelo –demostración fehaciente de su vulnerabilidad que no fragilidad- con amor le puso sobre la alacena, entre dos jícaras de cobre reluciente como el oro, porque se dijo, bien podría durar dos o tres generaciones más, ello calculando por lo bajo.

Era el caso, se repitió, que viviendo en aquellas casa, a la que en parte reconstruyó con sus manos, tal como había visto hacer a su padre, y éste al suyo, ella seguía en pie, con ligeros retoques, era verdad, mientras él, estos mismos años que apenas se notaban sobre la construcción, le pasaban por encima atropellándole la piel y el alma.

Para no pensar en cosas tan desagradables, Aniceto se dijo que, al tiempo de hacerse la sepultura, al fin la cama en donde reposar lo que llamaban eternidad, debería igualmente dar comienzo a la cruz que era, a la postre, aunque no practicante, por los malos ejemplos recibidos por aquellos que tenían la obligación de darles óptimos, copartícipe de la doctrina, cristiano y creyente remoto aunque convencido.

Pensó hacerla primero de madera, por la facilidad de la materia a emplear, después de mármol, como los más pudientes del lugar y por fin y último, de hierro forjado, por más que para ello debería trasladarse al pueblo colindante donde existía una herrería gobernada por un santo, pues santo era cuando para herrar a los caballos, rezaba con marcada devoción y en la misma actitud forjaba a los santos que iban luego a ocupar las hornacinas de la iglesia.

De cualquiera de las formas cinco años pasaron desde que le encargó al herrero la manda, cinco años en los cuales y con notable sentido, dejó de cavar la sepultura, pues pensaba con mejor criterio que hubiera corrido el riesgo de que el mal tiempo y sobre manera las lluvias, hundieran las paredes del nicho y su trabajo al completo.

El herrero, ya se ha especificado, era un santo, un venerable orfebre que hizo méritos en estos años de dura entrega a sus actividades para haberle elevado a los mismos altares, en poco más de un mes tuvo el encargo a medio terminar. Aniceto, cuando vio con sus propios ojos que el trabajo tocaba a su fin, tanto en esta primera ocasión como en las siguientes, siempre encontraba un registro tal para que el forjador tuviera que introducir una variación en su trabajo, dando así al traste con la finalización de la manda.

Acabada al fin la cruz, que hizo más beatífico, si es que fuera posible, la paciencia del herrero, cuando Aniceto rayaba ya los 90 por cumplir, se sentó en la cocina, puso los brazos sobre la mesa y mirando fijo al vasar, donde se exhibían platos y jarras, a la derecha de la nombrada escudilla de filigranas de flores, aquella que le recordaba a su tía abuela Aldearica, vio entonces los anteojos de larga vista, aquellos que durante muchos tiempos le acompañaron y fueron deleite su proximidad, mañana y noche, que eran asimismo de visión nocturna, y que a propósito fueron olvidados.

Evocó entonces con deleite la memoria de ellos, los ratos que a sus ojos los ojos pegados vieron, vislumbraron los pormenores felices que el universo ofrece y también recordó que detrás de ellos, la soledad hasta entonces desconocida se hacia forma y tomaba cuerpo en su cuerpo, todo, recordaba, consecuencia directa de cuanto alumbraron sus ojos por aquellos otros de metal y cristal.

Volvió Sancrita la Muda, volvió Pantoto el Melón. Padre e hija que vivían en la casa de enfrente, volvió a verlos bailar y contra lo que en Coscojal de los Desamparados se dijera, no eran familia, sino marido y mujer. El con edad de la piedra pulimentada, al menos así le delataba su aspecto encorvado y barbudo, ella apenas si resucitada de la pubertad. Los dos empero danzando en la cumbre de su casa, en la terraza que nunca llegó a terminar. Sancrita cantaba entonces de alegre y contento, Pantoto bufaba dando saltos y cabriolas como si danzarín fuera.

Esta y no otra fue la causa de que el corazón se le partiera en medio de una mazurca. No fue el trabajo, donde las malas lenguas le hacían para satisfacer a su supuesta hija traída de Dios sabe donde o comprada Satanás sabe por qué. Sí que durante los años que duró la vista no hubo hora donde no la viera, minuto en la que no la observara y segundo que no pensara en ella pues también a él, a Aniceto Pocometo, le hubiera gustado haberse convertido en consumado bailarín.

Sin pensar lo que hacia, como reacción súbita y no premeditada, este hombre desentrañado de la vida, sin meditar un solo pensamiento en instante, arrojó de si, como si pecado fuera, aquellos anteojos que le hacían recordar aquellos momentos de debilidad, los únicos que recordaba haber tenido en su existencia. Asimismo se daba con el corazón golpes de pecho por su absurda impotencia al no haber tenido los arrestos suficientes para detener a Sancrita, en lo que erróneamente creyó su huída, cuando la vio partir sin despedirse de nadie, en un sueño perverso que le enturbió la vida.

- Maldito cien veces, maligno Pantoto por haber desertado de este mundo sin tener nada que hacer en el otro. Maldita la mujer que huyó con lo puesto, sin quitarse las zapatillas de bailarina – gritó salido de furor en la misma ventana desde la cual divisó los amores de Sancrita la joven y Pantoto el viejo.

En tales pensamientos, idas y venidas, incomprensiblemente traídos a la memoria, cuando hacia tantos años que llevaban olvidados dentro de él, continuó excavando el nicho, la hoya como mal la llamaba hasta verla terminada. Entonces sentenció:

- Ahora solo cabe plantar la cruz, clavarla sobre el cabezal de mi sepultura.

La labor, ardua sin duda, le llevó todo un año. Pero al fin, la dejó enhiesta, mirando al cielo por entre las ramas del granado, pegada a una piedra de umbral que había traído de una pared cercana y a la que había enterrado para solo dejar ver su cara más pulida. La cruz gótica infundió al entorno de cierta patética majestad, pues al cabo, no dejaba de ser una sepultura en un campo de árboles frutales.

Y esta misma tarde, cuando al fin concluyó tan prolija tarea, se dijo que era tiempo llegado de probarla. Bajó por la escalerilla de pasos de tierra hasta el suelo del nicho. Allí, en el cajón de muerto que a propósito había bajado el día anterior, probó que a satisfacción se echaba cuan largo y ancho era, sin que ninguna de las junturas de madera le molestara.

Desde la profundidad, allí muerto, miró por entre las ramas del granado al cielo en su inmensidad. Y fue entonces, al tiempo de apoyar el brazo sobre el ataúd, tratando de levantarse, cuando vio a Sancrita, junto a la cruz de hierro, mirando confundida, pues sin duda en modo alguno esperaba verle, cuanto más en tan insólita como aterradora posición.

Por su parte, Aniceto Pocometo, que a pies juntillas creía haberla visto partir cuando todo se debió a un mal sueño, creyó su hora llegada y que era el espíritu de su amada invisible la que había tenido la gentil deferencia de venir a recibirle.

En realidad y como había venido sucediendo desde tiempo inmemorial, sin que el nonagenario tuviera idea de ello, Sancrita venía al huerto en el tiempo de maduración de los frutos de los árboles, para tomar de ellos los que más eran de su agrado. Así al menos desde que su marido murió y siempre pensando que era libertad concedida por el dueño a su familia, de aquel que de tal suerte reposaba ahora dentro del ataúd del nicho.

Verle así tendido, fue para la mujer un desconcierto tal que temblorosa, al fallarles las piernas, arrastró tras de si la cruz donde se apoyaba, no sin antes clamar por el desafuero y decir:

- ¡Joder!, con el tío que decía de la vida que no merecía la pena. Si llega a pensar de otra forma se queda aquí para simiente de rábanos.

Pocometo, que la vio venir, inmediatamente antes que la piedra de un antiguo umbral, con la cruz a cuestas, estiró los brazos como para defenderse, sin que hiciera otra cosa que recibir a Sancrita sobre su pecho y el pesado como mortal umbral sobre su cabeza.

LA MALDICIÓN DEL ESPEJO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 21 Junio 2011 7:22

Frantuche Frantoche se miraba todas las noches al ir a dormir en el espejo de su alcoba. Delante de él se sonreía, tímidamente, elevaba los ojos al techo, como si los elevase al cielo y dando gracias por el día que se acababa, se metía en la cama.

Así lo hizo el hombre desde la edad de quince años que se le ocurrió, hasta ayer, que cumplió treinta y dos. Hoy, al mirarse en el espejo, tras una duda interminable, no se reconoció. Tanto era así que tocó con las manos desnudas el cristal del espejo, para cerciorarse que en verdad tocaba un vidrio barnizado de azogue. Frantuche, incrédulo, ya que no se podía creer lo que estaba viendo, por más que tardara en reconocerse que era él quien colgaba por el cuello de la rama del árbol del que pendía la soga.

Cerró los ojos una y mil veces, no tenía que estar ocurriendo aquello que reflejaba el espejo, sopena, se dijo, que se estuviera volviendo loco y a su imaginación llegaran fantasmas, espectros imposibles, visiones dantescas, un cúmulo de sombras amparadas por la luces que irradiaba la oscuridad. Para demostrarse a si mismo que todo se debía a una perturbación pasajera comenzó un juego, simple, capaz de retraerle a viejos momentos de la niñez donde entretenía su tiempo reconociendo por sus nombres cuantas cosas estaban a su alrededor. Así enumeró presencias y recuerdos en su casa inmensa y solitaria. Empero, ahora contó: un oso de peluche, que no recordaba y que, milagrosamente recobrada la vida, se ponía en pie sobre sus patas traseras y con las manos golpeaba las suyas que se mecían en el aire, colgado como estaba por el cuello de aquel árbol inmenso. También vio en el espejo un mar proceloso donde un pingüino inquieto tocaba un piano de cola, una sirena rubia cantaba a la luz del amanecer y todos ellos estaban acompañados por una ballena que sacaba de una armónica gigante notas tristes por la ausencia de su compañera muerta.

Frantuche recorrió entonces con su mirada aquel cuadro desconocido, lo mismo intentó hacer con los recuerdos que se le agolpaban por momentos en la frente, aquellos, se repitió, que le harían recobrar la cordura perdida. En vano, se confesaba ya loco, ido al menos, un desconocido que encarnaba su propia persona.

Cerraba los ojos para no divisar el carrusel de extrañas cosas que cruzaban por aquel espejo maldito, para no ver su cuerpo sujeto por el cuello a una soga prendida a un árbol que ahora ocupaba la totalidad del espejo, que inmediatamente después se esfumaba escondiendo su maldad entre el marasmo de cosas absurdas reflejadas, para inmediatamente renacer como el ave fénix de sus cenizas.

Fue entonces cuando Frantuche miró su conciencia, la maldad que su cuerpo podía reflejar sin él saberlo, que era factible albergar dentro desconocidos como malvados pensamientos sí, desconocidos, pues era un hecho que cuanto le estaba pasando se debía a un mal encubierto, al preámbulo de una brujería maldita, sí es que, él mismo no estuviera satanizado hasta el punto de no saberse controlar sino dentro del azogue que guardaba el cristal convertido en espejo.

De repente encontró, rebuscando en lo más hondo de su ser, la soledad no confesada y si sentida en todos y cada uno de los resquicios de su alma. Aquella indefensión del espíritu perdido en el marasmo de la vida, su incapacidad, se dijo una vez más, al fin, haber perdido el amor, la amistad e ignorar el modo adecuado para recobrarlas.

Volvió entonces la luz a su mente ofuscada, el recuerdo de ella, de su amada, la Venus hecha de espuma y de lágrimas derramadas por la huida y su ausencia. Volvió él, el hombre sobre el que su cansancio descansaba, igualmente tragado por la voracidad de la vida y se arrepintió del tiempo desaprovechado.

Notó Frantuche como si alguien, cuando renegaba de su soledad, cuando maldecía al demonio de la ira y de la incomprensión, quisiera volverle a ver y estuviera entonces ocupado en borrar en las esquinas del espejo, como si los fantasmas allí albergados, comenzaran a disiparse, a desaparecer.
Se levantó de la cama donde estaba a medias sentado, a medias echado, allí donde el miedo le tenía recluido, el absurdo y la confusión que le habían arrojado como trapo roto e inservible, se levantó con ímpetu tal, decimos, que, al modo de orangután airado se golpeó el pecho con los puños al tiempo que clamaba por el amor extraviado, por la amistad olvidada y en los mismos gritos condenaba el fuego del infierno donde se hallaba sumido con el mismo agua del mar donde la ballena inútilmente quería tocar la armónica pues desaparecía éste con sus aguas derramadas sobre la hoguera en llamas.

La rama del árbol de la que colgaba, entonces, como si bien fuera un brazo perezoso se desmayó hasta hacer tocar los zapatos del ahorcado sobre la tierra, hasta depositar los pies de Frantuche en el suelo. Él mismo se quitó del cuello el nudo corredizo, la soga con la que intentaron estrangular su vida y arrojándola al infinito, de nuevo se subió a la cama para poder gritar, más fuerte si cabe, el nombre de ella, el nombre de él. De esta forma logró borrar todo vestigio de locura de su mente y del espejo perverso.

En la mañana del día siguiente, muy temprano, alguien llamó a su puerta. Frantuche, desnudo como estaba, salió a recibir a Crantona, la Venus de ojos de hurí y a su amigo Roberson, los dos, dijeron, radiantes, habían tenido el mismo sueño que les había empezado a contar Frantuche entre risas y espasmos.

La soledad era el motivo y la locura sin fin. Por todo ello estaban allí, querían hacerse perdonar sus ausencias, incomprensibles, sus modos, sus maneras, sus malditos olvidos, todo aquel cúmulo de la vida en un soplo, donde el aire juega con los sentimientos de los verdaderos protagonistas.
Crantona vistió la desnudez de Frantuche con sus labios de grana y arropó el frío de su alma con su propia desnudez, al tiempo que pronunciaba palabras tales que, de haberlas escrito sobre papel perfumado, bien hubieran podido completar cien versos de amor, un libro de hondos pensares y remordimientos, una fábula con final feliz.

Por su parte, Roberson le acariciaba con la mirada y con ella y sus lágrimas de felicidad, compusieron un soneto donde podía escucharse nítidamente que los tres renunciaban a la soledad para el resto de sus vidas. Sonaba a canción el estrambote, no en vano estaba compuesto con las letras que conforman los acentos que salen del corazón.

Frantuche, sin dejar el abrazo, que al fin reunió a los tres, les fue hilando en palabras entrecortados como su miedo a haberles perdido para siempre hizo que él se reflejara primero en la faz del espejo, la locura y después en su mente, desde donde transmitió su llamada desesperada.

Desde entonces viven juntos. Amigo y amante, los tres. El primero afirma que sabe tocar la armónica que quitó a la ballena blanca, el segundo el piano al pingüino. En verdad ninguno de ellos sabe arrancar una sola nota de sus instrumentos robados. Frantuche y Cratona, amantes al fin, apenas si juntos respiran cuando separados se ahogan.

La felicidad de aquellas almas juntas borró del espejo la angustia, limpió de su faz la soledad de tres almas reencontradas.

LA PLUMA DE ISIDONGO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 3 Mayo 2011 10:35

 

Vino Isidongo a Madrid a comprar una pluma de plumín de oro, que así de importante y trascendente era lo que pensaba escribir con ella, claro que, llevado por la prisa, no exenta de natural impaciencia debido a su juventud, se precipitó dentro de la tienda, nada mas abrir la puerta y poner un pie en su interior, que estaban las baldosas como las patenas de limpias. Así, de tal guisa, el bueno de Isidongo Domíng irrumpió con estrépito dando con sus huesos en tierra, vamos, sobre las baldosas descritas, recién empercudidas.
Dijo entonces, al tiempo de querer incorporarse sin conseguirlo:

- ¡Caída más tonta, nunca!, ahora bien, creo que me he descascarillado.

La dependienta, joven también, apenas si entendió el palabro, por más que sí la expresión de dolor, que a la vista de los jeribeques que con la cara y los ojos hacia el maltrecho caído, presta se apresuró a ayudarle pues intentó incorporarle, consiguiéndolo a medias que, por la mitad del impulso iba cuando éste volvió a exclamar:

- Me he escogorciado, ¡si, señor! de lo más severo que uno puede sufrir en una caída, que lo mismo te puedes tronchar el espinazo como dislocarte el esternocleidomastoideo, que, por lo que me malicio, y espero confundirme, me espera, de aquí en adelante y durante una larga temporada, una silla de ruedas.

Hay que repetir que era Isidongo joven, de parecida edad de la dependienta por lo que, aún inmerso en el dolor, mirándola de abajo a arriba, cuando trataba de ponerse en pie, vino a decirla un cumplido, sin siquiera mudar la cara compungida que se le había puesto. Dijo:

- De haberlo sabido, que tú, aquí me esperabas, hace tiempo que me hubiera dado la “costalá”

Asolita Abalorio, que era el nombre de la dependienta, alcanzó a decir, sin soltarle de donde le tenía cogido:

- ¡Jesús!, señor, que susto me ha dado.
- ¡Muchacha!, aquí me acabo de dejar media vida, al menos aquella que se vive por encima del ombligo, todo ellos suponiendo que yo, de aquí en adelante, me espera un mundo visto desde la altura de una silla de ruedas ¿y a ti solo se te ocurre eso?

Reclinaba transido Isidongo su cabeza sobre el turgente pecho de la no menos acongojada Asolita, que viéndole como amenazaba con el desmayo en tal posición, que así lo dejaba entrever en los caídos párpados que como losas le cerraban los ojos, no tuvo otra ocurrencia que sopapearle el carrillo con la mano libre, pero viendo que tampoco así reaccionaba, le besó en la boca con tanta fuerza, denuedo y dedicación que, el ahora tullido, reaccionó, aunque errático y confundido diciendo:

- No me quieras tanto, mi amor, que yo ahora solito lloro sin que a ello se me invite.

Asolita, recuperando la respiración, que se había dado como enfermera eficiente, respondió:

- No es castigo, es conveniencia, cuando no necesidad. Que en situaciones iguales o parecidas, perder el conocimiento puede ser mortal para el caído de aquí que yo, más que bofetadas de admonición con la palma de la mano, me viera en la necesidad de hacerle reaccionar con un beso.
- Me dejas, si he de decirte la verdad, con un sabor agridulce en la boca, pues no se si quedarme con las bofetadas primeras o con el beso de después. El desprecio de los sopapos o el aprecio de la caricia. Pero tanto lo uno como lo otro me hacen soñar con el Edén que alcanzaría, poder disfrutar de tus besos, no siendo la piel de mi cara yunque de herrero sino reliquia de santo.

En tales dimes y diretes estaban cuando apareció doña Flor Inda la Ancha, por su apellido que no por sus formas y maneras, que era delgada como bisturí de cirujano “esteticién” y tan buido y cortante como él, que al cabo era la dueña, de aquí que apareciera a media mañana.

- ¿Qué es lo que está pasando aquí?–preguntó. Hasta que punto puedo permitir en mi tienda tales demostraciones de amores impúdicos. ¿Quién de los dos me va a dar una explicación plausible y satisfactoria?

Respondió la joven dependienta diciendo:

- El señor, que ha resbalado sobre las losas recién bruñidas por mi y ha dicho. ¿qué es lo que ha dicho?
- Que me he desvirtuado el cóccix –intervino Isidongo, ahora más calmado y comedido.
- Y por eso la estrechas entre tus brazos hasta hacerme pensar que habéis convertido mi tienda respetable en un lupanar obsceno.
- La culpa –dijo Isidongo- la tienen las pulidas losas y los mejunjes que sobre ellas echan para que resplandezcan. ¡A quién se le ocurre fidelizar al cliente de manera tan torpe como es ponerle en peligro de averiarle una pierna, cuando no el mismo alma!

Y doña Flor Inda la Ancha, de aquellas simples palabras dedujo cuanto se la podía venir encima por el accidente sufrido dentro de su tienda y como al tiempo, sutil, buscando relanzar el negocio en aquel instante estancado, dedujo que, “aquel patán de mierda”, antes que le interpusiera denuncia en juzgado ajeno, lo mejor era alumbrarle el futuro, aparte que no era mal parecido y decía cosas que podrían traducirse en interesantes, por lo que no era descabellado ponerle a la par con Asolita.
Por eso dijo:

- Nada hay en el mundo que no tenga su debida componenda. Al mal inflingido la venda que le cure. Tú, como te llames, jorobado, tienes desde este instante plaza aquí de dependiente y tú, Asolita, pagarás tu culpa con la dedicación que precise hasta su restablecimiento. Y quien sabe si, con el tiempo, tendrás que pagar con un matrimonio de conveniencia tu inadvertencia de bruñir los suelos, sin asumir que podría ser mortal para el cliente inadvertido.

Y sí, se casaron Isidongo y Asolita, con la complacencia de doña Flor Inda, que, durante mucho tiempo después, se jactó de haber matado dos pájaros de un tiro con su determinación florida, como calificó su decisión, de haber unido en matrimonio a dos seres que, sin duda, habían nacido el uno para el otro.
Y allí anda en matrimonio Isidongo, en silla de ruedas, sin nada haberle importado haber salido del trance aliquebrado, con la inestimable ayuda que le prestan en todo momento los amados brazos de Asolita que, por primera vez en su vida, decía haber vencido la soledad que anidaba en el silencio de su corazón.
Por su parte, Isidongo, al fin pudo alcanzar su sueño, ese que le imploraba, desde lo más hondo de su ser, comprar plumín con el que escribir sus aventuras, poder, en todo momento, apartarse del mundo cotidiano y mojar, en la tinta donde se fragua el amor, las más divertidas ocurrencias, las más interesantes versiones de quienes sueñan en la noche con felices resultados que le satisfagan a lo largo, no ya del día siguiente, también en el computo de una vida.
Otro tanto, hay que decirlo, le ocurría a Asolinga, que gustosa se aprestaba a los sueños hechos realidad de su maltrecho marido. Aquel que cayó del cielo, sobre las bruñidas baldosas que acababa de adecentar y que con tanta diligencia le enseñó los sueños penígeros.
Así que, algún beso se robaban, aún en presencia de doña Flor Inda a la que, inconscientemente, se le advertían en sus ojos, la envidia que de ellos se desprendían, por más que la acción fuera calificada por la dueña de la tienda de acto impúdico, sino deleznable y burdo y siempre, a los ojos de todos y cualesquiera espectador inadvertido, sicalípticos.

TARDIO FUE EL ARREPENTIMIENTO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 18 Febrero 2011 16:01

 

No fue pequeña la herencia recibida por Estiquiro Quieto a la muerte de sus padres. Ni pequeña ni fácil, que le obligó, desde la mañana a la noche y aún en sueños parecía modular aquello que al día siguiente debía hacer, a una ímproba como extenuante tarea. Todo, se decía, por continuar lo emprendido en tiempos de sus abuelos, prolongados con el mismo éxito por sus inmediatos ascendientes y en modo alguno quería ser él quien quebrara la generosa racha de tan lucrativos negocios.

Más siendo el trabajo arduo, nunca lo fue tanto como ocuparse de su hermano. Se quejaba Estiquiro amargamente, aún de su presencia, de tener que soportarle como una maldita carga o maldición, siendo como era el ya único familiar que le quedaba tras el accidente aéreo que segó la vida de sus progenitores, unos pocos años antes.

Renegaba sí, de la hora que prometió a sus padres, precisamente y cual premonición, unos pocos días antes de emprender el último vuelo vacacional que les llevó a la tumba, ocuparse de su hermano, ocho años mayor que él. Panito, como así le habían bautizado estaba aquejado de traumática parálisis cerebral que tanto le impedía discernir, aún el día de la noche, como cualquier otra situación de su existencia. Su impotencia se divisaba en sus ojos erráticos y confundidos, su sonrisa a todos los vientos dibujada perenne en su cara, por más que ello no fuera impedimento que le imposibilitara en mostrar sus profundas inquietudes traducidas y prestas a no parar quieto un solo instante de su vida.

Aquella inquietud perpetua hacían saltar los resortes de la paciencia a su hermano Estiquiro, que le miraba como estorbo o piedra que el destino le había puesto delante para que no todo fuera templanza y compostura.

Poco tiempo después de casarse, Estiquiro confesó a su ya mujer el mal que le aquejaba y todo cuanto por dentro le hacía odiar la presencia de su hermano único y mayor.

- Es –le confesó- como una penitencia que hubiera de pagar por un pecado que desconozco haber cometido. No puedo mirarle como hermano, aunque lo intento viéndole que tan solo es un dibujo inanimado, una silla varada en el camino que hay que apartar para llegar a la habitación siguiente. Se de mi pecado, de la falta de caridad, pero no puedo sufrir su presencia sin rebelarme, cuando me veo obligado, por juramento hecho a mis padres, que nunca, hasta el día de mi muerte o la de él, le podré abandonar.

Gundila, que así era el nombre de la recién casada, bella mujer por dentro aún más que por su belleza exterior, no se explicaba el inexplicable como gratuito rencor exhibido por su marido contra la persona de su cuñado, cuando era, y así lo llevaba demostrado en los años de su existencia, una buena persona, un honorable hombre. Por eso le respondió:

- En verdad Estiquiro que cuesta comprender la situación, siendo como eres persona cabal. Me pregunto si en vez de odio hacía él, en realidad fuera tu enfado dirigido contra la situación desgraciada que padece y que no puedes remedar. Estas molesto contra la enfermedad, tu cólera proviene precisamente de la impotencia al no poderla vencer. Deberías superar la situación puesto que se eleva sobre cuanto es factible hacer para vencerla, así dejarías de penar y al tiempo ponerte de acuerdo con la vida que nos toca vivir. Y que sabes, -añadió con una sonrisa- es divina.

Desde aquel mismo día Gundila exoneró de los trabajos que se había impuesto su marido acerca de su hermano impedido. Así le daba de comer con paciencia infinita y al tiempo se reía cuando Panito, en lugar de abrir su boca para ingerir la sopa que en cuchara le daba, sin mucho venir a cuento reía a carcajadas, a mandíbula batiente, aventando de golpe el condumio que volaba por los aires manchándola la cara, cuando no también la pechera y el vestido.

Gundila le recriminaba con la mano amenazante y Panito se reía más si cabe, para terminar los dos al unísono con tales risotadas que alertaban al servicio de cuanto estaba ocurriendo en el salón de la casa.
Estiquiro, que en alguna ocasión pudo contemplar la escena, lejos de unirse a ella, alejaba su presencia como si apestado fuera, en aquella reunión o comilona, como él, despreciativamente, calificaba la caridad que hacia su señora con su hermano mayor.

En tales cometidos pasaron algunos años, así hasta que un día, manipulando uno de los cajones que se suponían de adorno, de una de las mesas que había en el despacho, sorpresivamente se abrió, cuando todo el mundo suponía su decoración bella y sin utilidad. Gundila, extendió su curiosidad hasta el fondo del cajón, del que extrajo una abultada carta con nítido membrete de una clínica sanitaria.

Durante un tiempo, leído el contenido del voluminoso sobre, la mujer rumió si dárselo a conocer o no a su marido, atareado siempre con el devenir de los negocios en franca expansión. Al fin, consultado el dilema, sopesados los pros y los contras, le entregó el contenido de la carta para su lectura.

Estiquiro, sin duda cansado del día quiso dejarlo para el siguiente, más viendo la insistencia de Gundila, pues se lo pedía con lágrimas en los ojos, accedió a escucharla, pues leer anécdotas, por muy risibles que estas pudieran ser, no tenía, dijo, en aquel momento el cuerpo suficientemente preparado para leerlas.
Gundila, con las lágrimas que no cesaban de fluir de sus ojos, le suplicó que aunque sólo fuera una, leyera al menos aquel mínimo papel que con escritura pueril le daba. Su marido, movido por la insistencia y también por la curiosidad creada se apresuró a leer. Decía el papel: “Por Estiquiro, mi hermano, estoy dispuesto a donarle toda mi sangre para limpiar la suya y que así él no muera. Panito”.
Confundido mira a la mujer y le pregunta:

- ¿Esto es una broma?
- No –le responde ella- es más bien un bello y triste cuento de Navidad, Es la exposición del alma humana cuando no encuentra otra barrera para mostrar su amor que darse por entero, sin esperar generoso ganancia alguna.

Sin dejar de sollozar un instante le cuenta su mujer cuanto ha leído, de cómo durante muchos días ha sopesado la posibilidad de darle cuenta del milagro o no, de cómo al fin ante la dificultad de guardar silencio, pues ello supondría un pecado, se decidió al fin a mostrárselo.
Relata entonces la mujer como, recién nacido su marido, apenas si había cumplido sus primeros cinco días, cuando sin explicación aparente, las esperanzas de que la vida se abriera para él, se esfumaron por ensalmo. Los médicos que le atienden en el hospital resuelven y encuentran, sin duda confundidos y acuciados por una pronta decisión que le salve, como solución más viable una transfusión de sangre, ya que parece ser que es ésta, la que circula por sus venas, la responsable por carecer de la fuerza suficiente como para mantenerle en este mundo. Panito, su hermano mayor, de apenas ocho años, es señalado como posible y mejor donante.

El niño consiente con las palabras leídas, cuando es preguntado por su padre, si se atreve con tal sacrificio. Y Panito accede y las escribe, con una sonrisa real, digna, que quiere conocer a su hermano con el que jugar dentro de unos pocos años.

De inmediato se lleva a cabo la transfusión y ocurre el milagro. Estiquiro, como si un rayo de luz atravesando su alma le irradiara de vida, así mismo la sangre de su hermano le hizo brotar sonrojantes colores en sus mejillas.

Allí mismo, el niño Panito perdió el conocimiento. Nada hacia pensar, sino, en una perdida momentánea de conciencia, asustado sin duda por el trance que acababa de vivir, que así de rauda resolvieron la situación, más si cabe cuando, a los pocos minutos, se recobró del vahído.

La alegría de la recuperación del recién nacido se oponía frontalmente al susto causado por el niño donante, susto que se convirtió en desesperación cuando a la mañana siguiente, Panito, que no se levantaba de la cama donde seguía echado con los ojos desmesuradamente abiertos, presentaba evidentes signos de haber entrado en una espiral equívoca.

Cinco años estuvo Panito recorriendo consultas sin éxito alguno. Nadie, tampoco, podía explicarse como tal hecho narrado había dado lugar a una anormalidad igual. Cómo la degeneración había hallado cobijo en el cerebro de un niño que fue considerado a su edad como muy brillante.

Estiquiro, sin dar lugar a que su mujer terminara cuanto le estaba contando, presuroso se levantó de su asiento, abandonó el despacho y se le oyó sollozar cuando atravesando el salón, gritó, desde la ventana que había abierto al mundo, su arrepentimiento.

YO Y EL OTRO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Miércoles 9 Febrero 2011 10:00

Cuanto puedo contar de lo ocurrido, aún pasado el tiempo y reflexionado sobre él, a buen seguro parecerá una mentira, una farsa, y de no profundizar en el tema o de él hacerle algo baladí, estaremos ante una irrealidad y un despropósito. Acaso, y muy posiblemente, también lo he pensado, sea una locura a las cotas donde lo he llevado, una desviación enfermiza del cerebro que invita ladino a saltarse la lógica y las normas y elucubra hasta confundirnos para hacer de la realidad ficción y al revés. Al menos así entiendo el desdoblamiento del yo cuando sin salir de mí, encuentro el fantasma del otro yo que me escribe astuto en las paredes de mi propio cerebro.

Tiempo pasado, años ya, como diría el poeta, por falta de él, del tiempo, por sobra de stress, empecé a comer compulsivamente. Quería ser imprescindible, estar allí donde se me esperara y hasta si hubiera sido posible, disponer del preciado don de la ubicuidad para estar al tiempo en varios lugares a la vez. Nada en mi organismo me advertía, empero y al menos de forma patente, de ningún cambio experimentado en él que pudiera ser peligrosa la tensión del trabajo a la que estaba sometido.

Después de la falta de tiempo por exceso de ocupaciones, ya he dicho que durante años, sucedió la opción contraria, sobra de él, del tiempo. Mas ocurrió, si no igual, si cosa muy parecida, aunque para mi infortunio elevado a una potencia mayor. Había que rellenar las horas que ahora tenía libres y para ello y sin mucho meditarlo, seguía comiendo a mis horas y visitando la nevera en mis ratos libres. Todos.
Aquella imperceptible barriguita, llamada en mi caso falsamente cervecera, puesto que soy abstemio, comenzó a sobresalir del cinturón. Primero de forma imperceptible, después con personalidad suficiente para poder tocar en ella, con las palmas y dedos de las manos, los ritmos musicales del momento o aquellos de moda.

La sobra o el exceso se convirtieron, en meses contados, en una barriga seria y con ella ensanché los hombros y las mismas junturas de la piel se estiraron hasta hacerme pensar que, algún día, ante mi sorpresa y presencia, podrían estallar. Al tiempo se me cayeron los pechos enhiestos y lo que era peor, comenzaron a dolerme las piernas, fundamentalmente las rodillas y los tobillos, con sonidos singulares de huesos que resbalaran los unos sobre los otros. Todo, no se si equivocado o no, lo achaqué a que sobre tales articulaciones descansaba mi desbordante humanidad.

Ya, en la calle, lo narro como cosa curiosa, a la vista de la gente que desconocían mi nombre, siendo para ellos el calvo, -por demás está decir que sobre mí cabeza no brilla un pelo- deja de ser la masa pilosa el indicador con el que me señala la fiscalización ajena, determinante sin duda, para mudar y convertirme en esta otra faceta, la de el gordo que, por si sólo, ocupa más de la mitad de la acera, cuando no toda ella.
Aún así, descubriéndome yo la obesidad sin subterfugio alguno –muchos gordos ignoran el detalle- me decía que no era para tanto, que aún era dueño de algunos de mis movimientos, aunque debo confesar que comenzaban a costarme un poquito más de la cuenta. De todas formas, la mentira lenitiva suavizaba la realidad palpable, nunca mejor dicho.

Dentro de mi casa, a buen seguro que por tal circunstancia, se me hizo el vacío más absoluto. Quiero decir que me guardaban, o ponían a mejor recaudo, aquellas delicateses capaces de tentar al más de los conspicuos varones aquejado de tales debilidades. Se defendían diciéndome que lo hacían por mi bien, mientras se palpaban sus delicadas y casi inexistentes panzas, consiguiendo que, a la par que sus actitudes me sentaban tan rematadamente mal, me producían sus palabras un hambre canina, si es que cabe, en la voracidad feroz demostrada, la comparación perruna.

Todo se sucedió tan mal como lo cuento, así hasta que, una tarde noche, sentado yo en mi sillón preferido, mientras miraba la televisión y comía unos panchitos aderezados con algunas onzas de chocolate almendrado, como tente en pié, mientras venía la cena, al acabárseme estos, pensé ir de nuevo a rebuscar por la cocina, por si la suerte me acompañaba una vez más.

Así me lo dije serio con el último de los panchitos ingerido que, por una vez, ya estaba bien de comer, que había que hacer una pausa, que sería más conveniente ponerse a dieta, mientras llegaba la hora de la cena que ya digo estaba al caer. Creía tener vencido el impulso cuando, una voz dentro me advirtió de la necesidad imperiosa de continuar. Y fue decir esto y saltar mi segundo yo para elevarse sobre mi consciente y sobre el sillón para imperiosamente ordenarme que me levantara, que acababa de acordarse donde estaba guardado-escondido el tarro de la mermelada, junto a otro de miel purísima, que cualquiera de los dos me serviría para echar, sobre una rebanada de pan, una ligera capa de tales dulces.

Tengo que decir que la irrupción me llenó de extrañeza, tanta que llegué a sentir miedo por su imperiosidad. Yo, me dije no sin temor, ya no estoy solo, tenía un jefe que me ordenaba, por encima mismo de mis conveniencias. Y yo, entonces, impelido sin duda por un ignorado como adormecido orgullo, también fue fulminante. Nadie, me dije, a las alturas que nos encontramos de la vida, me va a mandar algo que pueda ir contra mi voluntad, contra mi bienestar o contra mi salud en definitiva.
Entonces, levantándome yo, todo lo rápido que pude, del sillón mullido repetí rotundo, categórico, dirigiéndome a no sabia muy bien quien, a ese fantasma surgido de la noche donde a buen seguro se encierra el alma con su multitud de secretos, arcanos impenetrables, con un aullido de rabia, con una explosión de rebeldía, grité mi negación definitiva:

- ¡No!

La rotundidad expresada no fue óbice para que, quien pretendía suplantarme, no lo intentara una y otra vez. Tantas, que en ocasiones me vi flaquear, sin fuerza y sin nervio, que era atraído por el mal con la insistencia que supongo son las tentaciones que tuvieron que soportar los santos antiguos ante las invitaciones del pecado. Aquel fantasma viviendo a mi lado era la representación de Lucifer, del más cruel de los demonios del averno, mostrándome las excelencias donde estaban depositados mis deseos, los apetitosos frutos donde radicaban los yerros donde, tarde o temprano, habría de caer.

Me dije miles de veces, que aquella voz muda, aquel fantasma en lucha contra mí verdadero yo, nunca, podría conmigo. Tal fue el empeño, la rotundidad de mi voluntad, que vencido una vez tras otra, al fin desapareció, sin que hasta el momento, haya dejado otro rastro que el miedo tangible que supuso para mi integridad física primero y moral después, tenerle tan cerca, dentro de mi.

Y hoy, algunos meses después, tras ponerme a régimen, hacer ejercicio y no tumbarme a la bartola día y noche, pueden verme ahora, he vuelto a donde solía, a mi juventud perdida. Los menudillos que me acompañan dentro, están transformando a la figura de fuera. He vuelto, si no a la juventud mencionada, que los años nunca pasan en balde, si a la apariencia que corresponde a mi edad.

A buen seguro que todo, me digo, ocurrió como consecuencia del miedo advertido al verme duplicado –lo que en kilos no dejaba de ser verdad- y aún lo que era peor, estaba creando un monstruo capaz de ordenarme los deseos que le eran a él propios, sin considerar para nada que era lo más conveniente para mi.

Hoy, por fin, he recobrado parte del aspecto perdido. Al menos, ya no toco “Para Elisa” de Beethoven con las palmas de mis manos sobre la panza exuberante, ésta ha desaparecido y ya los pantalones han vuelto a su caída natural, lo que viene a decir, bien a las claras que he recobrado, al fin, el plácido mundo de la complacencia física.

LA PRIMERA LÁGRIMA DE SISENANDO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Lunes 31 Enero 2011 12:49

Sisenando, contra lo que se pudiera creer, es un tipo duro. Está hecho, le gusta decir, de energía y reciedumbre y todo él, adornado de gimnasio caro, donde se pule la técnica, se depura el nervio y se platea el músculo.

Hace algún tiempo. No se sabe muy bien que es lo que le ha podido pasar, la moderación, de la que siempre había hecho gala, se le agrió. Fue como, si de repente, el zumo de la naranja mañanera lo hubiera trocado por otro de limón, vista las excelencias de este.

El mal humor, a pesar de todo, no era el rasgo visible en sus convivencias, tanto vecinales como con sus conocidos. Principalmente tenía lugar en su casa, allí donde más le es exigible la moderación. Siempre contra su mujer y sus dos hijas.

- Sisenando es un hombre con mucho temple, por eso sorprende lo que usted me está contando –le contestó la autoridad del lugar a su mujer, que cansada de sus malos humores había ido, más que a denunciar una causa, a pedir ayuda para ver si el carácter le cambiaba tras alguna recomendación puntual y a tiempo de la autoridad.

No hubo caso, siguió el hombre en sus despropósitos hasta conseguir que, sus dos hijas, María Patricia y Sonsolines, en edad temprana para los tiempos que corren, abandonaran la casa paterna.

- ¡Sabéis –le reconvino la madre, viéndolas marchar, desde la puerta misma de su casa- que me dejáis sola con él y que, tal cual se está comportando últimamente, mal espero, para mi desgracia, alguna salida de tono de vuestro padre que sea noticia de periódico!

Las hijas comprendieron la súplica, más a pesar de ello alegaron que, de otra forma, lo que su madre alejaba en el tiempo para convertirlo en una realidad futura, si se quedaban, a buen seguro que se iba a plasmar en alguno de aquellos mismos momentos.

Se fueron con gran sentimiento de sus corazones, sin mirar una sola vez para atrás, no se fueran a arrepentir, pues se decían la una a la otra que tal dejación sería cobardía.

Pocos años habían pasado del hecho, cuando la mayor, habiendo adquirido por sus propios medios casa, invitó a su madre a venirse a vivir con ellas.

Esta se volvió a negar aduciendo que su puesto estaba con su marido, que por encima de sus propios deseos estaba la obligación contraída. Y se quedó.

En este tiempo, habían pasado diez años de la marcha de María Patricia y Sonsolines, hoy ya mujeres, su padre, Sisenando, se había comprado un perro.

Era éste pequeño, sin raza definida, un chucho sin pedigrí ni nada ni nadie que le pudiera ennoblecer. Sin embargo, era un perro simpático, dicharachero en sus continuas idas y venidas, plural en distraer a su dueño en todos y cada uno de los instantes del día.

No, no, pese a todo no le cambió el carácter la circunstancia relatada. Se comportaba tal mal o peor, aunque la deferencias advertidas y sin duda sorprendentes, las guardaba para aquel perro, al que había bautizado con el nombre de Manolo.

Y Manolo para acá y Manolo para allá, se pasaba los días llevándole atado al ramal, como él llamaba a la correa.

Se admiraban los que viéndole se mostrara tan complaciente con cualquiera de las travesuras cometidas por Manolo. Y en verdad era que, el chucho, como de ninguna manera quería que así se le llamara, era propenso a toda clase de diversiones.

No le suavizó el carácter al dueño sino cuando él se encontraba presente, parecía más bien Sisenando un niño en presencia de su educador, que otra cualquier cosa. Doña Eufemia, su mujer, tal mal tratada, tuvo, casi todos los días, mil tentaciones para huir de su lado. Todas ellas las reprimía diciéndose, aquello que podría ser de él, de su marido, sin su presencia moderadora.

Así pasaron diez o doce años, que la cuenta, por larga, se pierde en la noche de los tiempos. Hasta el fatídico, malhadado día, en el cual, la tragedia se consumó.

Extrañado Sisenando de que su perro Manolo no le despertara al alba, como tenía por costumbre, se levantó a las siete en punto de la mañana. Fue sigiloso hasta el rincón de la casa, en la cocina, donde tenía plantados sus reales, su cama y allí le encontró. Acurrucado, hecho un ovillo, acariciando con su hocico menudo su muñeco de trapo con figura de gato. Allí estaba, sin moverse, quieto, había expirado en la noche porque le llego la hora y porque la edad se cumplió en su corazón, un corazón sin duda divertido, pero anciano al fin.

Lo tomó Sisenando en sus brazos y con cuidado sumo, como si aún pudiera inferirle algún daño, lo deposito tierno sobre la mesa de la cocina.

Allí le encontró su mujer ya con la luz del día, sentado en una silla, con la cabeza reclinada sobre la cabeza de Manolo, llorando cual magdalena, como si el mundo, se fuera a terminar en horas.
Desde aquel día, este hombre de agrio, de acerbo carácter, no tuvo tiempo de poner mala cara a nadie. De repente, parece un milagro, se había percatado que hay cosas mucho más importantes que trasladar al mundo entero sus malos humores.

LOS PREMIOS LITERARIOS

Posteado por José Luis Martín | General | Lunes 18 Octubre 2010 18:20

Cualquier premio distingue a quien los recibe, si es con esta intención con la que se concede, aclarado queda. Cuando el premio es literario, singulariza a la persona por sus méritos como escritor, ya sea de poesía, novela o teatro, sin olvidarnos del periodismo que es materia esta igualmente literaria, aunque rápida, servida en caliente o al menos y casi la mayor parte de las veces con menos tiempo de reflexión que las otras expresiones nombradas.

Hasta hace poco tiempo, estos premios brillaban por su ausencia, salvo honrosas excepciones hay que convenir que eran pocos y ruinosos. Los mecenas del país pensarían, no sin razón que los escribidores indígenas bien podían mantenerse como dicen que lo hacen los meteorólogos, del aire.

En aquel entonces, es decir en tiempos pasados nunca remotos, la obtención de la prebenda era un don del cielo, pues como maná bajaba de él, y como tal era considerado por todos, incluidos los lectores que se beneficiaban de un crítica verdadera, fácil y al alcance de cualquiera, pues la distinción en un tanto por ciento de las veces muy elevado, estaba irreprochablemente concedida.

En los tiempos que corren, el número de los premios se ha multiplicado por el infinito. Los hay, como es el decir coloquial; grandes, pequeños y de medio pelo, sin que con tal enumeración se atreva uno a distinguir muy bien las diferencias que deben ser fundamentales entre ellos, cuando es que todos deberían estar cortados por el rasero del fin prístino. Con esta abundancia - cuerno de la fortuna para tanto desheredado que encuentra en el momio la fanfarria de la popularidad y del ir tirando como Dios - nos ha sobrevenido algo por demás esperado, la falta de calidad en lo que se presupone hito. El genio premiado en demasiadas ocasiones lo es por amiguismo, vano circunloquio debido al “marketing” como razón, al regalado ditirambo, mal empleado y peor soportado, cuando no a infamantes causas por todos conocidas y ya en demasiadas bocas comentadas. La calidad ha dejado de ser el baremo por el que se mide el premio; vale ahora mucho mas la salida de pata de banco, el trabajo a salto de mata, el exabrupto unido a la puerilidad, por más que esta se peine en cabeza canosa, monda y falta de arquitectura interior, que la estricta regla, la imaginación y el trabajo llevado hasta la extenuación. Se hace caridad sobre caridad -por la repetición al premiado - y así, como no puede ser de otra manera, se llega a que el infrascrito se crea un genio, cuando por todo motivo tiene una sandez ensartada en la mas parvularia y necia de las expresiones.

El buen gusto ha sido asesinado con nocturnidad alevosa, que es en estos cenáculos en donde con mas asiduidad se reparten degradantes sinecuras en voz baja, sin que, no sin vergüenza ajena, -liporía-, nos atrevamos a preguntar a los críticos donde esta su sindéresis, o lo que es lo mismo, su capacidad para juzgar con rigor y acierto el trabajo de los demás.
Es decir, cada uno de los escritos que caen en sus manos y que, mediante el debido análisis de sus páginas avisan al lector de su contenido, para que a la vista de él, estos, aflojen los dineros que les cuesta o puedan retraerse de la compra. Hacer de esta función básica dejación, no es otra cosa que, o falta de preparación, que también de esta fruta tenemos en abundancia en la viña del Señor, o lo que es mas grave, el infamante plato de lentejas por el cual nos vendemos. (Las lentejas, en estos tiempos, son viandas servidas sobre mejores y mas valiosos cubiertos que aquellos que fueron utilizados para comprar la primogenitura de Esaú, devorado por el hambre y su voluntad quebradiza).

No estamos, en modo alguno en contra de los premios. Las distinciones sirven, entre otras muchas razones y posiblemente las primeras, para encontrar valores jóvenes que sin esta causa les sería muy difícil de aflorar. Ahora bien, de aquí a hacer de ellas patio de Monipodio, donde todo valga con tal de que el engendro envuelto en miseria sea el nivel mas alto que se tenga que saltar, va un trecho demasiadas veces permitido, cuando no jaleado por editores poco escrupulosos y público cada vez mas amplio, malformado.

Esperemos el milagrito del deseado cambio.

DOÑA SOLEDAD Y EL AMOR

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 8 Octubre 2010 18:36

Doña Soledad Cienfuegos, por primera en su vida, se ha enamorado. Nada de extraño tiene la noticia, todo el mundo se enamora, al menos una vez en el curso de la existencia. Y el que así no lo hace, peor para él.

Lo extraño de tal situación viene dada por la edad de la enamorada. Doña Soledad, el próximo mes de noviembre, va a cumplir setenta y seis años.

-Bonita edad, no cree usted don Nicéforo para emprender una relación –dijo Eudoxio con manifiesta ironía.
-Bonita, sí, -le contestó el interpelado- y también envidiable. No olvide usted que el amor, a cualquier edad, conlleva juventud y de esta, es la vida.

Desde el día que doña Soledad se sintió tan profundamente enamorada, cuando estaba en el borde del precipicio, allí donde las esperanzas sucumben, recobró la energía. Y fue entonces cuando, llena de esa vitalidad, comenzó amargamente a quejarse de los muchos años frustrados, del tiempo perdido sin conocer el amor.

A todos cuantos curiosos preguntaron, pues extrañados del súbito cambio se acercaban a ella inquiriendo pormenores, les respondía con la felicidad que emanaba de su persona. Estos, admirados de la fuerza que doña Soledad ponía en su relación amorosa, hablaban de un milagro. Que maravilla es contemplar a una mujer, en el tiempo en el que el amor se olvida, para dejar paso a otros sentimientos más acordes con la edad, descubrir dentro de su corazón, la juventud postrera embargada de amor.

-Pues don Nicéforo, usted dirá lo que quiera, pero yo no he visto a la buena señora del brazo de su novio.
-Don Eudoxio, hermoso cafre, ¿acaso es el amor una pancarta portada por un energúmeno que advierta a los demás de nuestras satisfactorias situaciones?

- Yo por mi Felisa, créame, no diré eso tan manido que ahora, en tiempos de molicie intelectual, gritan los “juansintierra”, que por ella mato. Pero no me ponga usted en tan extrema situación.

Don Nicéforo y don Eudoxio, pese a sus dispares pareceres, miraban a doña Soledad con una simpatía recién despertada, tras su anuncio de su inesperado como oportuno enamoramiento..
Pasaron los años y la buena señora, hasta entonces retraída y muy lejos de las gentes, aún de sus vecinos, mudó tanto enteramente su carácter así como su comportamiento. La risa era su saludo, la rosa en el pecho su gracia, la gracia era un don regalado y en todos los momentos la alegría era su tarjeta de visita.

Sobre el enamorado fiel, del que hablaba sin parar, concediéndole todas y cada una de las virtudes que en la tierra se podrían encontrar, que un hombre al fin puede tener, un buen día, cuando ya habían pasado ocho años del levantamiento del secreto, a doña Soledad se le escaparon palabras incomprensibles para los oyentes. Dijo:

-Cuando me creo enamorada hasta el último de los sentimientos de mi alma, paso al siguiente y experimento sensaciones iguales que me producen idéntico placer junto a otras nuevas. Así me viene ocurriendo con cada cambio. Hoy pienso que éste es el culmen, el pináculo de lo esperado y el siguiente me eleva hasta la misma plataforma de la gloria.

Los rostros de los escuchantes, sin excepción, se ensombrecieron hasta hacerles pensar que una ruin nube les había borrado a ellos el cielo. La misma oscuridad se opuso a sus ojos, para hacer invisible a la heroína, que hasta entonces había sido doña Soledad. La virtud perdida. El logro mayor alcanzado cayó con la fuerza de un peso muerto desde los corazones de quienes la escuchaban.
Advirtió de inmediato la mujer el cambio y no supo, sin embargo, que decir, tampoco la dieron tiempo de explicar aquel absurdo en el que se había convertido su vida, huyeron como bandada de pájaros asustados por la presencia del cazador. Sólo resplandecía la mentira, la gran mentira en labios de la misma protagonista, -decían- mientras no dejaban de abjurar de aquella quimera astuta, de la mujer a la que todo un pueblo había rendido su admiración.

Por eso, don Nicéforo y don Eudoxio, que no habían asistido al deplorable evento, incrédulos los dos de cuanto oían y viendo que doña Soledad de nuevo se refugiaba en el fondo de su nombre, convinieron en llegar hasta su casa y preguntarla.

Así lo hicieron. Juntos llegaron hasta la puerta, quitándose materialmente el uno al otro la palabra, intentando explicar a la mujer el repudio causado por sus palabras al haber mantenido amores tantos, que el mismo don Juan Tenorio hubiera producido envidia.

Doña Soledad, adusta en el semblante, relajó este al comprender, al fin, el mal entendido y así, volvió a saltar de su boca la risa y sus labios se abrieron radiantes y sus ojos se llenaron de vida. Chispearon cuando, venciendo la confusión aclaró los hechos.

-Queridos Eudoxio y Nicéforo –les dijo- amigos míos, al cabo entiendo vuestro enfado y el de todas las demás buenas gentes. Todo se debe a una imprecisa explicación por mi parte, pues desde el mismo principio debí de ilustrar mejor cuanto me pasaba. Todo es, sí, culpa mía, pues cuando hablé de mis enamorados, exentos de pecado, olvidé describir que hacía referencia no a un hombre, no a mil hombres, sí a mil libros. Aquí radica el mal entendido, mi absurda explicación cuando yo creí que bastaba mi edad para saber que el mundo entero entendería que no era la carne la atracción terrenal de la que hablé. Los libros, amigos, a los que nunca hice caso y del pecado de su olvido del que tanto me he arrepentido. Ellos, arrinconados durante la mayor parte de mi vida, sin embargo, no han tenido el menor atisbo de prejuicio para, al final de ella, concederme el placer de su lectura.

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