Cuentos | Poemas y fábulas


LA VUELTA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 10 Agosto 2010 18:57

Dejó Abbadaba atrás la selva, las veredas interminables, los caminos angostos, las riberas impenetrables, la oscuridad y la tiniebla así como el tétrico canto que sale de garganta desconocida. Anduvo el camino recto del retorno dándose golpes de pecho y culpándose a sí mismo de la tragedia y de cuán tonto había sido queriendo a su pueblo imponer un folklore trasnochado, unas pautas no definidas, cuando él, lo que verdaderamente pretendía, pues estaba en su pensamiento, era la de abrirles horizontes de libertad.

- Y con la libertad –dijo tan recio el muchacho que aún pudieron oírle los que a empellones le habían echado- los cimientos de la nueva filosofía, los nuevos modos y maneras, el pensamiento, la cultura y la desaparición y purgado del oscurantismo perpetuo que tan pródigamente había arraigado por aquellas tierras.

Con estas y otras retahílas vino Abbadaba en busca de la luz perdida. Hasta este momento no había apreciado en su justa medida la claridad de Lanzarote. Añoraba su luminosidad como el náufrago la tierra, como el sediento el agua, como el golpeado la justicia.

No le fue fácil el camino. Huérfano de todo cuanto había traído, pobre como una rata del desierto, caminó sin tregua ni descanso y bebió del agua de las fuentes y del fango de los caminos y en todo momento pasó tanta hambre que, sobre el cielo juró levantando el puño que nunca mas saldría de su bolsillo la última moneda.

Por peligros inusitados, por barrancos recorridos, por gentes que le socorrieron llegó al fin a la orilla del mar, donde las olas sin descanso baten las playas amarillas.

Sobre esta arena descansó treinta días. Por arte de birlibirloque allí le brotaron los nuevos sueños. Las ilusiones que creía perdidas y una vez más soñaba con la patria suya y cómo podría él levantarla en mejores tiempos, en otros momentos, en aquellos propicios para que su gente creyera en sus palabras que en esta ocasión no le dejaron pronunciar.

Al cumplirse el día treinta y uno, por casualidad, que no encontraron a nadie mejor, le contrataron en un barco de pesca como pinche de cocina. Nunca Abbadaba Guayco se había visto en situación parecida, pues nada o muy poco sabía del arte de cocinar, mas siendo la necesidad resorte del ingenio, hace avivar éste y a la semana de estar navegando ya era experto en aderezar todo cuanto el mar producía y permitía subir a bordo.

Sin embargo, no era éste el camino ideal de retorno que había pensado, más, teniendo en cuenta la primera vez, cuando voló de Berna al aeropuerto de Arrecife, como turista distinguido. Abbadaba lo sabía, pero tenía muy claro que nunca podría embarcarse en una patera maldita y trabajar, al menos durante cinco años, para pagar el pasaje a un perverso y desnaturalizado patrón sin conciencia.

Y como Dios ayuda al que resiste y no sucumbe por los embates y retos que nos plantea la vida, al mes de estar navegando, cuando tantas veces había divisado furtivamente desde estribor la proa de las islas, el barco, sin saber muy bien por qué, sin ninguna razón aparente, comenzó a soltar espeso humo de la sala de máquinas.

Del miedo a que el fuego se propagara, algunos de aquellos avezados marineros se lanzaron al mar y otros, aquellos que incomprensiblemente no sabían nadar, entre los que se encontraba Abbadaba, se reían nerviosos de sus esfuerzos y piruetas.

Tras el susto que al cabo nada fue sino una falsa alarma, aunque suficiente para que el patrón mandara mudar la derrota y dirigirse, por precaución, dijo, hasta la isla más próxima.

De cómo llegó Abbadaba a Costa Teguise nadie hay que lo sepa, que si bien se supone que sólo él lo sabe, dice que aquellos kilómetros desde donde el barco ancló y que le separaban de su punto de partida, de su trabajo, de sus gentes, de la añorada Armada Invencible los hizo corriendo y en el mismo instante de unas pocas horas.

Lo que es un hecho constatado es que cuando al fin llegó a La Cuchara Chica, después de tres meses por esos mundos de Dios, aquella playa de arena caliente y piedras removidas, allí donde hacen vereda los maricas para no lastimarse los dedos de los pies, allí se arrodilló Abbadaba hundiendo la frente en la arena añorada.

Hincó sus negras rodillas en la arena y como había visto hacer a otros navegantes, con sus labios aplastó con complacencia la tierra como si besase a la amada por tanto tiempo separado de ella. Sintió así el aprendiz de cocinero, el hamaquero de Costa Teguise, lo que no podía creer que fueran sus sentimientos tan fuertes, pues besos y lágrimas se fundieron con la arena y así también lo pudieron contemplar, en silencio respetuoso, la Armada Invencible que había venido a darle la bienvenida.

Del Libro “Lanzarote:cuento a cuento”

ADOLFINA QUE TE REMECES DE LA RAMA DEL ÁRBOL

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 9 Julio 2010 18:31

Se enamoró Adolfina de la voz de su primo sin conocerle. ¡Pobre Adolfina romántica, pobre niña montada a ahorcajadas en un sueño!
Su primo se llamaba Edulcorato y a azúcar le sabia la palabra y a melaza cuanto decía. ¡Pobre Edulcorato!
Con dieciséis años, la niña se remecía de las ramas del sauce llorón que adornaba su jardín. Mientras iba y venía por los aires hablaba con los pájaros que, en las empingorotadas crestas de los árboles trinaban la alegría de su existencia alada. Cantaba Adolfina al unísono las excelencias que suponía en la persona de su primo Edulcorato, con voz que se le hacía plañidera a veces por sumida y a veces de orgullo se la llenaba altiva. Decía así:

- ¿Dónde escondes tu figura primo Edulcorato? ¿Dónde guardas tu voz que me enajena? Río y canto al tiempo como si loca estuviera cuando sólo estoy enamorada de ti sin conocerte.

El primo se resistía a dejarse ver. En el fondo, porque conociendo la pasión de Adolfina, le gustaba la situación de ser un hombre adorado; más si cabe cuando era su cuerpo apelmazado y corto, sus piernas flacas como palillos que sostuvieran, a la vez, la albóndiga de su cabeza y su blanco y abombado abdomen. Reía y lloraba Edulcorato por la felicidad de la pasión que transmitía y por la desilusión que a ciencia cierta sabía que iba a producir en su prima.

- No será la voz la pena, será mi yo cuando desamparado me muestre ante ti. No abras de tener misericordia y hasta engañada te sentirás al verme.

Así razonaba Edulcorato, sin confianza ninguna de que fuera ciega su prima Adolfina de la que, sin conocerla, se enamoró perdidamente.

- ¡Basta tu amor – clamaba mirando su figura deforme delante de un espejo - para sentir el mío! ¡Basta tu sólo deseo para que me rinda complacido a tu voluntad¡
Desde que se enteró de que su prima venía, los lamentos se trocaron en llanto. Lloraba amargamente como si la vida le fuera a abandonar. Sollozaba de forma queda avergonzado de lo que creía era una debilidad de niño mimado.
Al fin llegó el día que vino Adolfina, la prima enamorada de la voz que escuchara por teléfono. Venía a pasar el verano, a tomar el sol en la playa, a jugar con la arena mojada para hacer corazones de amor. Edulcorato se marchó de casa, la había visto, escondido tras el visillo de la ventana de su habitación y tan bella le había parecido, que todo el llanto se recobró en catarata, pues lloraba el abandono sin haberse producido el encuentro.

- ¿Serás la luz de mis ojos? - Recordaba Edulcorato que le había preguntado Adolfina con un hilo de voz, aquella segunda vez que hablaron por teléfono.

Y recordaba también como Edulcorato le había respondido que sí, ¡ qué para toda la vida!.

Aquella noche se cayó el muchacho por la torrentera de sus lágrimas y se ahogó en el río. Su prima, cuando a la mañana siguiente le trajeron a casa muerto, quiso, porque la voz no la podría escuchar más, saber como era la cara de su primo. En los dedos, con los que palpaba el mundo y el aire, la luz y la oscuridad en donde sus ojos estaban sumidos, las flores, los pétalos y el amor desconocido, se le quedó dibujado el rostro. Aquellas facciones – pensó Adolfina – eran perfectas a sus ojos ciegos, era el retrato en blanco y negro de su dolor terebrante.

LA PASIÓN ESCÉNICA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 29 Junio 2010 18:39

Celestino Tristón es actor de grandes evoluciones interiores. Pone pasión en su trabajo y se entrega con la dedicación de un converso o un fundamentalista.

Cuando escenificó la figura del Santo Job, no era dificil encontrarle en las colas de los cines, del Auxilio Social y hasta aquella que, en horas punta, se forma en las marquesinas de los autobúses: Todo ello lo hacia para demostrase, a él y al mundo, todo lo dentro que le había calado el papel.

Así había continuado hasta el día que le tocó hacer el papel de vampiro. Vampiro sin veda, se comprende. Tras la primera representación, todo un éxito de público y después de crítica, en el camino de vuelta a su casa atacó a un guardia de la circulación en la Plaza del Callao, al portero de su casa que encontró distraido y por fin, a su mujer que, aunque medio dormida, en modo alguno lo esperaba.

En ninguno de los casos emprendidos, consumó la acción. La falta de experiencia se hacia de notar. Sólo fueron sustos de no te menees que llegan frescas, pero nada mas.

En el psiquiatrico, donde apenas si lleva unas horas, que aún no ha amanecido, representa el papel de ido a las mil maravillas.

POR LA PUERTA DE ATRÁS

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 18 Junio 2010 18:11

 

 

                              

          A Josemi, la mujer de su amigo Andrés Pulido, le regaló una llave de plata. Algunos tiempos después, Josemi se extrañó del trato que le dispensaba Anuncia, que así se llamaba y que siempre había sido cariñosa y entrañable.

 

- ¿Me pregunto que puedo haberte hecho, - la preguntó un día – para que tan radicalmente hayas cambiado nuestra relación fraternal?

- Mejor – le respondió ésta – pregúntate qué es lo que no has hecho y llegarás pronto a una conclusión.

- El mal entendimiento parte, me parece a mí, – volvió a insistir Josemi – del día que me regalaste la llave de plata que llevo colgada del cuello.

- ¿Qué llave de plata dices? - respondió Anuncia de mal talante- ¿qué llave de plata?. No es, sino, al menos en tus manos, otra cosa que vil metal, por más que yo te la diera para que con ella comenzaras a desentrañar el arcano, ese que abre la puerta de atrás de mi casa.                          

 

 

                                                                                            

 

 

 

                                                       

CARTA A SU ASESINO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Jueves 10 Junio 2010 18:40

         

  

Si, carta de un muerto a su asesino. Es meridianamente claro que la escribió antes del óbito, apenas dos horas antes de recibir en el pecho dos postas disparadas a bocajarro, apenas unos días antes de ser enterrado.

Decía Saturnino en su carta a don Eurispiciano que él, aunque enamorado de su hija, desde cuando recuerda tener conocimiento, no era el padre del hijo que esperaba Manuelita. Que él, ya la había advertido con antelación los malos pasos que estaba dando, los andurriales que frecuentaba. Que pese a todo, a su demostrada falta de interés por su persona seguiría acampándola a su casa, cuando a tales horas, tan intempestivas, volvía a su hogar.

Decía también que su juventud no era óbice para reparar el daño que la habían inflingido, que por encima de todo estaba la posibilidad de reparar la salud mental deteriorada de la muchacha, ahora más que nunca. Al receptor de la carta le decía que si él lo permitía, don Eurispiciano, el padre, “yo soy muy quien para casarme con su hija, hacerme cargo del niño y quererle como propio”.

          Hay que decir que el receptor no conocía al escribiente pues tan sólo le había visto cuando miraba tras los visillos de la ventana de su casa, esperando a su hija perdida en la noche. Bien creía que era Saturnino el inductor y artífice del desaguisado, de aquí que en él depositara toda su ira de padre burlado y más si cabe confundido.

La carta venía en resumir que, buscando el bien de Manuelita, sería factible que los dos muchachos, ya unidos por el matrimonio, se marcharan lejos de esta ciudad, lejos de la proximidad de tan perniciosas influencias, donde ella pudiera al fin olvidar sus desviaciones, al tiempo, de la lógica y de la moral.

Terminada la misiva, que apenas era algo más que una página de apretada letra, don Eurispiciano cayó de rodillas, implorando un perdón que nadie en este mundo podría dispensarle. Pocos minutos después se limpió con las manos la cara de lágrimas. Tomó entonces desesperado la misma escopeta con la que había matado a quien ninguna culpa tenía y con los dos cañones apoyados en la barbilla. apretó el gatillo. Durante un segundo, el tiempo en decir amén, su alma quedó en paz.

Había, creyó, emprendido el camino que recorren las almas en pena. Después, al instante siguiente, cuando reconoció el clip del percutor sobre el vacío, comprendió que alguien, con mayúsculas, le daba la segunda oportunidad de su vida.

La de ser abuelo… con un puñal clavado en el corazón.

 

 

                                                             

LA HIGUERA DE HIGOS DE ORO

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Martes 8 Junio 2010 18:19

       Allí, en Coscojoso de Arriba, no confundir con Coscojal de los Desamparados, que era y es villa esta distinta y con otros milagros, digo que allí vivía Pánflius del Llano Estéril, a salto de mata, mirando siempre donde pisaba, no hollara, al tiempo. el lugar y el qué comer.

Así se pasó media vida, hasta que una tarde, jugando con el señor alcalde, al que acompañó formando pareja en el juego de la garrafina, resultaron un dúo letal para los contrarios y este, el alcalde, agradecido, que no le gustaba perder como autoridad máxima que era en el pueblo, le nombró concejal de servicios urbanísticos y otras nimiedades o menudencias.

Desde el día de su nombramiento, el sol se alzó tímido ante tanta prepotencia. Si, tanta, que a los meses, pocos, Pánflius descubrió una higuera que daba higos de oro. Y para ella, para la higuera, tanto la daba estar en temporada que no, de ella brotaban higos como setas en el suelo con las lluvias de noviembre.

Fue el hallazgo milagro y fue la culminación del los coscojosos en pleno que hablaban y no paraban de su paraíso recién descubierto. El que hoy no tenía donde caerse muerto, el edil estratosférico, nadaba ya en la abundancia. Era tanta y su generosidad manifiesta que del milagro encontrado permitió al alcalde participar. Ya no eran sólo compañeros de garrafina, ni funcionarios públicos sin oposición, eran la propia abundancia en un pueblo que había vivido siempre lejos de la mano de un ser superior.

Aquí crecieron las urbanizaciones, allá los edificios públicos, un museo sin entresijos, una biblioteca sin libros y hasta dos hospitales para un solo médico. Coscojoso de Arriba se fundió con el de Abajo para así juntar en sus entrañas tres cajas de ahorro y dos bancos, cinco inmobiliarias y novísimas instalaciones de cultura y saltos para la tercera edad.

El mundo de este pueblo, ahíto de buenaventuras, admiraban por igual al alcalde que supo ver y el nombrado que se las arregló para edificar. Así hasta el mismo día que, reclamado por causas mayores, devino en parecido cargo en la capital del municipio.

Con él, Panflius se llevó la higuera de los higos de oro, dejando a su compañero de garrafina sin solución a los problemas que el día a día le iba presentando y que son naturales porque surgen en toda sociedad en franco desarrollo que se precie.

Por estas causas puntuales podía vérsele de vez en cuando o de cuando en vez, ya nabab y omnipotente en su coche oficial mientras el señor alcalde asentía con la cabeza a todo cuanto le era recomendado.

 

- Pero, ¡oiga! ¿Sabe usted como se come el cuento que nos ha narrado, una higuera que sin solución de continuidad florece en higos de oro y que da para tanto sin pedir nada?

- Yo sólo me atengo, mire usted, a lo que me han contado. No quisiera entrar en mayores profundidades.

- Toda su narración es ridícula, carente de toda lógica y sin sentido alguno. A todas luces es una invención, una trama urdida para engañar a los más crédulos. Bien haría usted en callarse.

 

          Y el pobre narrador cobró su último óbolo, si no de la higuera milagrosa, si del bolsillo de Pánflius, el hoy opulento mandatario, en todo momento  pidiéndole perdón por no continuar en el cargo, vista las diatribas y oposiciones que suscitaban sus palabras y lo que sin duda era más importante, no saber jugar a la garrafina.

 

 

                                                                  

“QUE SEA PARA BIEN”

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Viernes 4 Junio 2010 18:17

 

                                 

  

          En el pueblo de Coscojal de los Desamparados crecen juntas las ortigas y las amapolas, por lo que no es de extrañar que, por coger las segundas, te ortigen las primeras. De este hecho y otros similares, han inventado-inferido la socorrida frase: “que sea para bien”. Y así, cuando alguien en el lugar tiene un hijo, le toca la lotería o escribe un libro –aún no se ha dado el caso- le dicen pomposos:“que sea para bien”.

          Romualdo el literato escribió unas coplas al estilo, decía con suficiencia de perito, de don Jorge Manrique, dedicadas a su primo Restituto y éste, no muy de acuerdo, le puso un ojo morado. Restituto se sintió aludido de malas maneras en su paternidad difusa por todo lo cual le propinó un tortazo, poniéndole el ojo reseñado a la virulé. A Romualdo, cuando se estrujaba el magín para parir las coplas, su madre, que era analfabeta inestable – tenía cataratas en los ojos y había días, a capricho, que la dejaban ver y había días que no- le dijo con todo el cariño que sabemos da una madre: “que te sea para bien, hijo”. Es comprobable, por el color del ojo, que le salió mal.

          De los vástagos que vienen a este mundo y que son para bien o para mal, -que de todo debe haber en la viña del Señor - en Coscojal hay ejemplos sin cuento. Eufrasio, por no ir más lejos, sin otros medios que el día y la noche, que en casa de sus padres no había ni para mandar cantar a un ciego, con sólo su esfuerzo llegó a chofer de presidente de Banco con mayúsculas. ¡ Quién lo iba a decir ¡

Por el contrario, el primo segundo del boticario, que era listo como él solo y vago como nadie, en el día de hoy, más grande y alto que una horca, anda por la vida dando tumbos y enfrentándosela, sin ningún bagaje ni otro cualquier miramiento.

          Cosas como las relatadas, en Coscojal de los Desamparados, (villa que fue con castillo y tuvo castellano de prosapia, después cenobio y es hoy apenas una aldea perdida en el calvero que delimitan el río Tietar y los cada vez más pelados montes de Gredos) un ciento; que para eso su historia es añeja y se entierra con profundas raíces en el suelo árido de Castilla. Por no alargarme más y porque el sucedido fue del conocimiento nacional, contaré la historia de Prosulpiano y sus tres hijos.

          Encarnación Taboada, la mujer de Prosulpiano, por salir de la penuria que aquí se caía y allí se levantaba, siempre en pos de un mendrugo de pan, logró ahorrar, no sin esfuerzos ímprobos, para un décimo de lotería de Navidad. El lotero o lo que fuera que le vendió la ilusión le dijo: “que sea para bien “. ¡Oiga, y fue! Nada menos que se vio agraciada con la décima parte del gordo. ¡Fuera penurias, coscorrones y hambrunas! La abundancia se enseñoreó en aquella casa, el cuerno de la exageración vertía sus dones sin tasa ni medida derramándoles sin miramientos a  troche y moche.

          Prosulpiano con sus tres hijos, dejaron de ir al río a mojarse el culo y coger peces y durante meses, acaso años, se dedicaron a la gran vida y en ocasiones, contadas, al desenfreno.  Doña Encarnación – nótese la sutilidad en el cambio drástico experimentado en el nombre-  que era práctica y miraba el futuro aún con miedo, se la llevaban los demonios al ver tanta vaguería.

 

- ¡Venga, levantaos del sillón, que hay que empezar a buscarse algo, que esto no dura toda la vida - les decía recriminándoselo.

 

          Los dineros sobrantes se los gastaron en un barco de remos, porque decían, tanto  el padre como los chicos, que era pescar lo único que sabían hacer. Aunque ahora, ya con posible, miraban al mar que el río Tiétar se les quedaba corto y estrecho. Así los cuatro se compraron el barco, desoyendo sobrados las enseñanzas de don Gumer, el maestro, quien les quiso iniciar en los rudimentos precisos de la meteorología, ciencia esta sin la cual, salir al mar se convierte en una aventura peligrosa cuando no deviene en mortal. Quiso, sí, el buen maestro familiarizarles con aquellas erudiciones necesarias y básicas para ennoblecer su nueva ocupación y fue todo inútil, huyeron del conocimiento  que se sacan de las páginas de los libros, sin el cual nadie puede enfrentarse al mar, cuando el mar, a expensas de ignoradas fuerzas, pierde su calma y se rebela entre olas gigantes y bramidos ensordecedores.

          Desnudos por tanto de todo bagaje, conocimiento o pericia sobre tan complicados asuntos, emprendieron la primera y última singladura. Al segundo envite del mar se fueron por la borda y se perdieron entre las procelosas aguas, devoradoras de hombres, restauradoras de niveles, igualadoras de soberbias y tantas otras muchas cosas que pueden decirse de la mar, como la llaman los que la quieren.

          En Coscojal de los, más que nunca, Desamparados, se quedó su viuda, sola, pobre, desesperada y repitiéndose, como una cantinela sin fin y sin sentido:”que sea para bien”.

 

                                                                                   

YO SOY MANUEL

Posteado por José Luis Martín | Canciones, Cuentos | Jueves 3 Junio 2010 18:21

Ya soy un hombre,
con quince años,
que voy hacer
ya no me dicen,
ni me hace falta,
que nadie diga
de que ejercer.
Pues todo lo se,
que lo aprendí,
corriendo siempre,
de aquí allí,
y el que lo crea,
mejor “pa” él,
que yo no miento,
que soy Manuel.
Yo ya conduzco,
sin el carné,
pago las multas,
el día después,
cuando mi padre,
lo tiene a bien.
Busco trabajo,
sin desespero,
a la medida,
que no me canse,
y no me digan,
menos me obliguen,
a vivir por él.
Busco una novia,
y no una chica,
que nada sepa
y sea mi pija,
le cuente todo,
y sólo piense
en mi acomodo.
A ser posible,
que sea rica,
me busque casa,
donde vivir,
así de gusto,
me da el contento,
solo pensarlo,
me dejo seducir.
Si así no fuera,
no la querría,
que hay mujeres,
en la pampa mía,
hasta hartarme,
y más de mil.
Por eso exijo,
y no me doy,
me pongo precio,
como un convoy,
como un local,
para alquilar.
Respondo yo,
de mi talento,
por mi ternura,
y mis merecimientos,
los parabienes,
y las caricias,
y todo aquello,
que a mi me venga,
que ni pintado,
para mi bien.

MATERNIDAD INCONTROLADA

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Lunes 31 Mayo 2010 11:09


Seráfica se compró un loro y le enseñó a decir “mamá”. El loro, que había pasado tres meses licenciándose en el escaparate de una tienda de animales, se empeñaba en repetir “oño” y otras palabras de parecido jaez, mostrándose siempre renuente a las exigencias de su dueña que se empeñaba en cambiarle el léxico. Cuando al fin lo consiguió, Seráfica adquirió un perro al que puso por nombre “mimí”. El loro, al que se le resistían las íes, le llamaba “mamón”. Aunque lo intentó, en esta ocasión Seráfica nada pudo hacer para mejorarle la dicción.

En otro momento de su existencia, de la tienda de animales se trajo un hamster, un conejo, un gato y una tortuga. A todos sus animales Seráfica les protege contra su pecho de soltera y les da calor y amor. A cambio, recibe amor y calor … y maullidos y gritos y ladridos y un largo etc. casi interminable, que la compensa de los sinsabores de la vida y de algunas lagunas importantes de ella.

A todos juntos, llevada de su amor en potencia explosiva, les llama “sus niños” y a cada uno, menos a la tortuga, porque no se deja querer, sus hijos del alma.

Una tarde llamaron a la puerta. Era Jeromín, un antiguo novio que explicó, mejor farfulló pesaroso que había huido de su lado por susto y que volvía arrepentido. Seráfica, viéndole de pie, en el quicio de la puerta, se echó a llorar y le dijo, al tiempo que miraba para el salón donde había instalado maternalmente su guardería:

- Ya es un poquito tarde, Jeromín.

LA CLAVE DE LA LLAVE

Posteado por José Luis Martín | Cuentos | Jueves 27 Mayo 2010 18:16

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

         

La llave que se encontró Roberciño de los Alcatraces, inserta en un collar de cuentas de oro, apenas si tenía valor alguno, cuanto más utilidad. Estaba hecha de metal tan ligero como falto de provecho. Por ello, después de sacarla del anillo que la abrazaba, la arrojó despreciativo por encima de su hombro.

Llevada a cabo la demostración y el desinterés, con la misma mano se guardó en el bolsillo de la camisa el collar de cuentas de oro. Aquí si había sopesado el valor de lo guardado.

Santurcio de los Gazulez, que le acompañaba en el paseo, junto con otros dos amigos igualmente jóvenes, pues apenas si llegaban a los 20 años, viendo volar la llave la agarró en el aire. La puso entonces sobre la palma de su mano, la echó un rápido vistazo y con la misma prontitud que lo había hecho Roberciño  guardándose el oro, este se embolsó el vil metal en la faltriquera del pantalón.

 

- Santurcio, hermano, ¿acaso crees que con la llave agarrada se abren las puertas del cielo? – le preguntó el único de los amigos que se había percatado de su acción.

- Es lógico que no –respondió este. Más me la guardo por si de ella tuviera algún día su menester -y bajando la voz, siguió: y porque me pica la curiosidad y porque respeto grandemente el cometido de las llaves que pueden abrir desde la más simple de las cancelas hasta la puerta más enrevesada. Tú lo has dicho, hasta las puertas del cielo o del mismo infierno.

- Algo debe tener cuando sin valor alguno iba en la cadena que a buen seguro era de oro por la prontitud con que Roberciño se la ha guardado sin hacer comentario alguno.

 

Ya Santurcio, cuando la puso sobre su mano, antes de guardarla, ya había visto, en el corazón de aquel trozo de aluminio que era la llave, una letra y tres números. Esta fue, y no otra, la razón de meterla en su bolsillo.

Algunos días después, tras muchas horas dedicadas a resolver infructuosamente el enigma que parecía presentar la letra y los tres números en el corazón de la llave, por casualidad encontró, sobre la mesa de su profesor de gimnasia, una llave igual. Tan sólo los números y las letras eran diferentes. Todo lo demás se resumió en preguntar al profesor cual era la puerta que abría su llave.

                        +                 +                   +

 

Y tras los días, pasaron los años, diez, para ser exactos. En ellos, Santurcio de los Gazules encontró, mediante los variados y múltiples negocios que fue abriendo, la fortuna jamás soñada. Nadie, con la juventud de este muchacho, podía dar pábulo a su suerte y como esta le había llevado de la nada a una abundancia impensable.

Era ya una persona conocida, no solo por su entorno, que había saltado a las páginas económicas de los periódicos, donde no daban sino cuenta de la admiración que producía su talento, al saber encauzar con tanta maestría  cuantos negocios tocaba. Fue entonces cuando Roberciño de los Alcatraces, por boca del amigo que vio como  Santurcio tomaba del vuelo la llave que él despreció, supo del hecho y alrededor de él, de la llave, montó tal elucubración sobre ella, que el mismo amigo le creyó.

 

- La llave que yo desprecie, guardaba, no sé donde, - le dijo- la riqueza que ahora ostenta nuestro nabab amigo. Con ella, el ahora jefe, ha dado lugar a la creación de tan imponente imperio.

 

Uno y otro, ahora empleados de Saturcio se fueron a él con la embajada descrita. Creyendo a ciegas lo que habían urdido fueron a reclamarle parte de la fortuna que le había regalado la llave y que por haberla encontrado juntos, creían, les correspondía una justa participación.

Saturcio les recibió presto y les escuchó sin pronunciar palabra. Asentía a cada afirmación de ellos y dándoles la razón, tras las muchas explicaciones vino en decirles:

 

- Es verdad que fue la llave quien me descubrió el mayor de los tesoros. Cuando al fin pude abrir la puerta que cerraba, dentro encontré este papel donde podéis leer: “Querido hijo. Todo cuanto tengo te lo doy en la cadena de oro. La llave nada vale, pero guarda la postrera voluntad de tú padre en la carta que te escribió”.

 

La carta, algo abundante por extensa, decía en sus últimos renglones. “Haz siempre cuanto aquí te digo, yo lo descubrí muy tarde, no obstante te lo repito: Mira en todo momento cual es tu deseo, nunca lo pierdas de vista y trabaja con ahínco en él. Lograrás aquellos deseos que te sean propios, nunca te des por vencido de antemano, aunque las dificultades las creas insalvables, siempre hay un momento crucial que nos alerta de que podemos superarlas. Recuerda que los capítulos se escriben de uno en uno y felizmente terminan formando un libro”.

 

- Alguna vez estuve tentado de llamaros para enseñaros este tesoro, al fin quien la firmaba era mi propio padre –les dijo mientras les acompañaba a la puerta de su despacho – más siempre me asaltó el temor de que pudierais reíros de mi, y lo que era peor, de él, cuando entonces nada tenía y la carta, también entonces, no dejaba de ser una entelequia.

 

                          

                                           

 

 

 

 

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