Disquisiciones | Poemas y fábulas

Viagra

DESPEDIDA, A-DIOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Domingo 25 Diciembre 2011 12:08

Aquel hombre, por más que rico, era un pobre hombre. Su mujer le tocaba, cuando no le plañía y sus hijos le cantaban, marchas reales para que se despertara, al mediodía.

Todo inútil, se había despedido de la vida, sacando la mano con un pañuelo rojo por la ventanilla del coche fúnebre.

A pesar de todo cuanto antecede era alto y guapo, decían. Sería por eso que se creyó enviado del destino, para modificar hasta entonces nuestra alegre convivencia. Se creyó rey de muertos y de batallas perdidas y olvidadas. Fundó, de un todo aceptado, la nada absoluta y su despedida fue entre vítores furtivos y lágrimas candentes.

Los vítores eran de quienes se alegraban en el silencio de sus bocas cerradas, las lágrimas eran suyas, solo suyas, por más que ellas, las lágrimas, se resistieran a bajar el peldaño que había entre el carrillo y la comisura de sus labios torcidos.

Pobre hombre rico. Va sonámbulo por el jardín de la casa nuestra y aún escucha, ecos lejanos, los empujones que manchaban las páginas escritas de los medios de comunicación, allí donde le pedían a gritos su pronta desaparición. Pobre rico hombre, que no pudo demostrar la fuerza con la que engañó a cuantos esperanzados le esperaban.

Ahora vegeta mirando al Altísimo en el que no cree, y en momentos puntuales, ante su mujer, que le adora, pues aún no le ha abandonado, despotrica contra todos aquellos, todos, los no supieron entender la magia con la que él trazaba el camino empedrado y por donde la vida de todos, decía, debía de transcurrir.

En los días de sol platica, en los días de lluvia calla y mira por la ventana y ve el cielo y a cuantos en silencio le piden cuentas. Los años perdidos le inflaman el pecho y en él construye un infierno de llamas y rencores. El agua de lluvia que cae del cielo, mitiga sus ansias y le impide salir a la puerta de su nueva casa de rico y gritar aquellos años de incomprensión.

Quiso entonces tener un río en el que navegar, con sus sueños de colores. En una barca hecha con las mimbres de la imaginación y donde volaran todos los barcos que en él se aventurara a mecerse en sus aguas, alumbradas siempre por las cataratas del cielo.

Y justamente, de todo esto se quejaba. Nadie, ni siquiera los próximos, los que le habían acompañado en los casi ocho años de aventura pública, se enteraban de la altura que tenían las imaginaciones del profeta alado.

Ahora se esconde del mundo, quien fue primero se refugia entre los cánticos que le arrullan dentro de las paredes de su nueva casa, que el sonido de las guitarras que fuera suenan, no son precisamente cánticos celestiales, que mal invocan su nombre y apellidos, rotos por quienes en él vieron el enviado de la providencia, cuando había que haber descubierto la fatalidad.

Fue primero en aquel país, eso al menos lo creyó él, como si todos los habitantes, por continuar con la farsa emprendida, más parecida a una hecatombe, fueran risibles payasos de circo.

Fue en definitiva un hombre crédulo de manos vacías, ese hombre rico hoy de posición pobre, que vive opíparamente en la casa que entre todos cuantos asistimos a las gradas del espectáculo, le regalamos generosos por los siglos de la siglos. Amén.

LEE, CAPULLO, LEE

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 8 Diciembre 2011 11:03

Durante muchos años, tantos que se pierden en el abismo de la memoria, Coscojal de los Desamparados, pueblo serrano situado en la cara sur de Gredos, al norte del río Tietar, fue considerado por sus gentes como una de las cunas del castellano. En tales consideraciones tenían su lengua y a fe que era mucho y muy bueno lo que se hablaba en el lugar. Por supuesto que esta afirmación para nada desmerece a San Millán de la Cogolla ni al monasterio de Silos.

Pero como casi nunca la felicidad es completa, en el último, postrero tercio del siglo pasado, Coscojal dejó de ser lo que fue y de su cultura, aprendida en los libros y ejercitada por sus gentes en el juego de las palabras, se ha pasado a la cultura de la música… ruidosa. Es decir, se abandonó la lectura, por nociva para la salud -según ha alertado uno de los ediles del Ayuntamiento, las grandes posaderas de los coscojos eran consecuencia directa de sus muchas horas dedicadas al arte de desentrañar las letras- para instalarnos, de hoz y coz, en el “rokódromo” del chillido, del ruido feroz por estruendo y de la zarabanda sin sentido.

Porque lejos está de nosotros zaherir la música y muy próximo está del alma el acorde, suspiro de la belleza, declaramos, aquí y ahora, nuestro amor por esta disciplina, tanto en cuanto reaviva el espíritu como que a la carne infunde pasión. Estamos, sólo y nada menos que en contra de la estridencia y del alarido insutil que produce la sordera, estamos a favor de cuanta música mece al ser humano haciendo brotar de él lo mejor y más caro de sus sentimientos, lo mejor y más caro de cuanto acuna dentro.

La juventud - pues fue en este estamento social donde el virus arraigó con más fuerza, en las mentes más propicias de Coscojal- comenzó a comunicarse mediante ruidos tan sobrepasados de decibelios que muy pronto, a los ojos de los mayores del lugar, estos muchachos se convirtieron en gentes extrañas.
La consecuencia inmediata fue que, la biblioteca, honor y lustre nunca bien ponderada, la sustituyeron por la fonoteca y sus mesas de lectura desaparecieron dajando en su lugar un vano suficiente para “poder mover el esqueleto” al son del desequilibrio acústico. Allí murió Mozart, se extinguió Falla, desapareció Beethoven y erradicaron a Albéniz. Por todos los rincones triunfaron los berridos foráneos, los aullidos autóctonos y los feroces rugidos indígenas.

En olor de multitud surgieron Langostino de Jerez, Pepe de la Costra –el apelativo se lo ganó a pulso y en base al poco apego que demostraba al aseo, tanto en sus conciertos como en su vida diaria- Lechuguino de Getafe y, no de los menos importantes, Desaparecido de Coscojo.

Era de verse cómo el silencio sucedía a la noche donde el ruido había tenido su morada, cómo las buenas gentes del lugar se cruzaban los unos con los otros sin hablarse, que tenían sordos los tímpanos por maltratados y el miedo al cambio metido en el cuerpo.

Aquella juventud ruidosa y dicharachera se apoderaba del silencio con las primeras sombras y hacían de él el mayor de los divertimentos. Con el tiempo, esta misma generación, sin dejar paso a la siguiente que igualmente se habían olvidado de la sucesión natural de la vida, se les trabucó el habla hasta tener dificultad en expresarse, si no era mediante ruidos y silbidos. Así, no era extraño verles saludarse mediante volteos de brazos acompañados de sonoras estridencias que a borbotones les salían de la boca.

Tales hechos causaron tanta conmoción que, denunciados por el alcalde, el único que al parecer se había dado cuanta de la catástrofe –él mismo que, por pereza mental, había permitido cambiar la biblioteca por la fonoteca- sin quitar ésta, habilitó aquella, mandando al infierno de las llamas a los discos compactos de la Costra, Lechuguino y cuantos zahirientes cantantes, beodos de la vida, se le pusieron por delante. A los chicos y no tan chicos, les exhortó con estas palabras:

- ¡Leed, lechuguinos, capullos ignorantes, lelos modorros, leed!. El hombre, para poder pensar - les siguió exhortando-, para desarrollarse intelectualmente necesita del silencio que produce la lectura y el pensamiento. Necesita del silencio y de la paz que emana de la música, necesita imperativamente de su voluntad amplia y férrea que hace que un niño se convierta en un hombre verdadero.

Y se le fue la fuerza, y apenas si le quedó voz, porque contra su costumbre, sin duda por el mucho tiempo que había guardado silencio, se había puesto, poseso, a gritar.

DON CASTOR Y LOS ÁRBOLES DEL BOSQUE

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Domingo 25 Septiembre 2011 14:58

Don Castor va a la ermita del Santo un día si y otro también. Se conoce que necesita descargar y el acto, le alivia el cuerpo y la conciencia. Como vive al lado del Palacio Real, se coge la calle abajo y anda que andarás, llega hasta los frescos de Goya y allí, ya digo, se da la vuelta al espíritu como si fuera un guanto o un calcetín.

Se arrodilla don Castor sobre la losa e inclina la cabeza humilde que da gusto verlo. No hay ruido que le saque de su abstracción y menos que un rezo próximo le disturbe. A solas con Dios, Castor, como gusta que le llamen en tales momentos, es un alma en pena, capaz de elevarse en el aire como la mismísima Santa Teresa de Jesús. Viéndole así, cualquier es capaz de echale una miaja de mala leche.

- ¿Verdad usted que si, don Nicanor?

- Quite, quite de ahí, déjeme a mí con mis problemas que esta es la hora que no quiero más líos y mucho menos, si como usted pretende, me los vienen a regalar.

- No, si yo no pregunto, es que me ha salido así la expresión, yo lo afirmo. Este don Castor tiene tanto odio almacenado contra el género humano que de pincharse en el globo de su panza, mal podría inundar el mundo de inquina.

La panza de don Castor se le marca, sobre manera, el cinturón. Tiene la fea costumbre de sujetárselo por debajo del ombligo y, sin ser gordo, porque es rellenito tirando a bajo, la correa le embolsa de mala manera la camiseta, la camisa y el jersey, si lo lleva.

Total, que a lo de achaparrado se le une el tipo cachigordo y parece el buen hombre el pedestal de una estatua.

- Hace mucho, los ojos con los que se le mire, ¿no cree usted?

- Sin duda, aunque de ser esbelto y agraciado de facciones, mas estaríamos de acuerdo con sus bondades que con sus defectos.

- De cualquier forma, como yo no soy ni su padre ni su madre y menos su mujer o uno de sus hijos, que son en definitiva quienes tienen la obligación de aguantarle, yo le digo lo que se me viene a las mientes, sin recatarme un adjetivo cuanto más una coma. ¡Estaría bueno, ahora que dicen que tenemos democracia en el país, que no podamos explayarnos a nuestro gusto!

Cuando a don Castor no le miran, en el mucho tiempo que se pasa arrodillado en la ermita del Santo purgando sus yerros, extiende los brazos en penitencia y así se está hasta que rendido de cansancio, se le caen. Otras veces, de acuerdo con el pecado que se confiese, se da unos tremendos golpes en el pecho y repite hasta la extenuación “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”

Estos postreros golpes, cual los del Tenorio que sonaban cada vez más próximos, se los recetaba el mismo por haber bajado la cuesta de Moyano, el domingo por la mañana, cuando más público asiste para ver los libros de ocasión, lanzando a diestro y a siniestro imprecaciones varias por el hecho, gritaba, de arrasar los árboles de nuestros bosques para convertidos en papel.

A cuantos quisieron oírle, el energúmeno de don Castor, que tenía fobia a la letra impresa desde su más tierna edad, se quejaba amargamente de que cada español, se gastaba, al menos, una resma de papel al año.

- Y esto nos condena –vociferaba el arrepentido- al fuego eterno de una Tierra desolada, a un desierto en nuestras almas, en definitiva, a la extinción de la Humanidad.

SUEÑOS Y ESPERPENTOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 5 Abril 2011 9:03

Hoy, mire usted por donde, me he levantado con un susto de muerte, creí que me obligaban a llevar en la cartera el retrato de un esperpento. Cuando del todo desperté y vi con horror a donde te puede conducir un mal sueño, me tranquilicé, los pulsos volvieron por donde solían y el ritmo de mi corazón sonó de nuevo a normalidad.

¿Cómo era posible –me pregunté- que un sueño así se hubiera podido colar por las entretelas de las neuronas hasta convertirse en realidad y darme un susto tremendo? Desgrané entonces las circunstancias, los porqués de tales pesadillas y llegué a principios, hechos inamovibles que propiciaron estos.

Así vine a recordar que la noche antes o el día, a saber, pues tanto da, la reina de los ingleses, su graciosa majestad Isabel II, concedía el título de sir al hasta entonces ciudadano Morritos algo, sin duda en justa respuesta a sus trabajos, sus desvelos encima de las tablas de un escenario para molicie y divertimento del mundo entregado a tales gustos.

La noticia, no por esperada, me produjo menos envidia, sana, no vayan a creer, que es como se dice hoy en día. Me dije que, de haber yo nacido, con un chorro de voz, es decir, con las cuerdas bucales en su sitio, no como ahora, que las tengo todas desparramadas, en el sitio de cantar, me refiero, no esta manía tonta y lela de escribir, que a lo más que puede llevarte es a que, alguno de los admiradores del mencionado que lea esto, me insulte por la calle, que el Nóbel, por no conocer a ninguno de los miembros del jurado, que es quien en definitiva otorga la dadiva, lo llevo crudo, tirando a fresco.

Como cerezas que se extraen de la cesta, tras esta noticia grandiosa me vino a la mente la petición de los habitantes de Murcia, creo que fue allí, donde han pedido para otro cantor inigualable, al menos por los berridos que al aire lanza, a mi entero y particular parecer, que su nombre tenga o mejor haga, el honor de designar y esclarecer una calle.

Por mi parte yo creo que sería mejor, a la vista que los chillidos están empezando, que se le de una casa con vistas al mar. Posiblemente, es más de agradecer. Perdón, me rectifican, ya se ha comprado un chalet con vistas a la puerta principal del Mediterráneo o del Caribe, de lo que se deduce que, en un tiempo record, lo que tarde un opositor administrativo, tres vidas o cuatro, para comprarse algo igual, él lo ha hecho en pocos meses. Pues eso, que le pongan la calle.

Yo, aquí y ahora recuerdo a algunos plumillas, primeros en la city, con las excepciones que marca la regla, se supone, que apenas si el oficio les llegó para el retiro de una casita en Mazarrón, una vez alcanzada la edad del jubileo por doquier y después de toda una vida sobre la máquina de aporrear letras. Por eso, desde aquí animo a todos aquellos que su ánimo se lo permita, a cambiar el lápiz por el traductor acústico, también llamado micrófono y el blanco papel por la partitura revolucionaria.

Por terminar con las cerezas, diré que no hace tanto, un lustro y medio si acaso, pasando por Leganes, a la misma salida o entrada de Madrid, capital de Madrid, -que las demás autonomías se sirven solas- me fue dado contemplar una espléndida avenida, con balcones a la calle o así, dedicada al ruiseñor del “rock and rol” ¡Ahí es nada! Confesada mi impericia adornada de ignorancia, pregunté por el egregio patriarca que con tanto bombo se le reconocía en aquella placa con su nombre en la cuasi ya digo avenida. Salido de la tiniebla, oscurantismo al menos en tales menesteres musicales, por personas doctas en tal materia, me recogí sobre mí y durante la extensión de un segundo pensé, primero en lo baladí de la vida y segundo y principal en la perspicacia de nuestro políticos generosos.

Casi inmediatamente, de la forma relatada, comprendí al fin el sueño y las razones por los cuales, me había asaltado con tales virulencias. Una vez comprendido, fue cuando me apresuré a replegarme a la sucesión de esperpentos con los que la vida nos sorprende y nos divierte.

Entienden ahora el porqué de mi resentimiento con la providencia, vamos, con lo que sea, que me dejó sin las cuerdas vocales idóneas para haber entonado un cantar de gesta, al igual que ese Justin Bieber que hoy viene a cantar a España y que con solo 17 añitos, tiene a la juventud revolucionada, enamorada y loca mientras hacen cola para encontrar una entrada que satisfaga sus incontroladas ansias y desenfrenados apetitos.

PRENDIDO DE UN SOBERBIO BIGOTE

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 29 Marzo 2011 8:51

Se me hace difícil pensar que alguien, quien sea, pueda basar su mundana complacencia en esta vida, en la conservación de un bigote, por más que sea delicado, cuando no magnifico, y aún soberbio, que el nombrado mostacho pueda ser.
Justiniano Preboste, recién cumplidos los 14 años, se dejó bozo. Quiero decir un facsímil de cuanto con el tiempo llegaría a ser. Preboste, por aquellas fechas, decía de él, y de su apéndice piloso, que para ser distinguido en la vida, no bastaba con ser hijo del primer chofer que hizo la ruta desde su pueblo a la capital, no bastaba. “Que quien quiera sobresalir –decía- debe de ser por algo más”. Sin duda estaba lleno de razón.
Con el tiempo, el hijo sustituyó al padre y Justiniano, ya bigotudo, con las guías apuntando al cielo, cual rrecordara que lo hizo el insuperable pintor Dalí, se pasaba no menos de dos horas recién levantado, atusándose la cerda, que no le bastaba el cuidado que le prestaba mal durmiendo en una silla para no estropear su forma y tamaño.
La razón de la pose aristocrática, que de esta forma lo llamaba Justiniano, sin duda era consecuencia, así al menos le fue reconocido por todos los del lugar, como descendiente de un reconocido cocinero del marqués del lugar, su abuelo, hombre éste de gran predicamento en las cocinas que alcanzó a publicar un opúsculo con 27 recetas, variadas todas ellas, para mejor cocinar y desentrañar los intríngulis que presenta, ¡bocato di cardenale!, un par de huevos fritos.
Su nieto, empero, sin una perra, que así fue de austero su abuelo en recordarle en un testamento inexistente, por conocer los tejemanejes de la conducción, que su ascendiente ya bajaba del ducado al pueblo en coche particular, tuvo a bien suceder a su padre en el oficio y profesión de chofer de la línea de autobuses referida. Como era un hecho que de aquel a su padre y a él, habían descendido en la escala social, capidisminuido lo decía así Justiniano, en su soberbia, no tuvo otra cosa que hacer, nada mejor se le ocurrió que dejarse bigote para achantar a todos cuantos se le opusieran de frente.
Así lo expresó en alguna ocasión el mismo, dando pábulo al pregonero, por lo que, los que más cerca tenia, más se reían de él y quienes sólo le conocían de vista, aseguraban contritos que nunca se hubieran esperado de un ser normal, tantas muestras de falso orgullo, cuando no tonterías y bobadas sin par.
Como Justiniano pretendía estar por encima del género humano, del que se veía rodeado, despreciaba a los viajeros usuarios de de su autobús, a cuantos llevados por la necesidad tenían que hacer uso de él. Así pasaron los años hasta que fueron proliferando los turismos, coches particulares y su oficio, digno sin duda, al que él solito maleaba, ya mirando con rencor a aquellos que antes viajaban en su coche y ahora lo hacían en el propio.
Estas fueron algunas de las causas, los detonantes para que Justiniano Preboste, aquella mañana, mientras inopinadamente como absurdamente pretendía continuar con la inveterada costumbre de untar de miel y jabón seco, sus kilométricos mostachos rubios, al no encontrarlos se le incendió el meollo de la sensatez y abdicando de facto de tanta inútil soberbia, rectificó por humildad.
La causa última fue, así lo confesó sentado como estaba en la silla de ruedas de su invalidez recién adquirida, consecuencia de un aciago día en el que sufrió el choque frontal con un desequilibrado en dirección contraria y por tanto prohibida que mal pudo costarle la vida, pues su autobús se despeño barranco abajo hasta alcanzar el freno del río. Lo paradójico de tal circunstancia se dio cuando, quien le salvó la vida, pues aprisionado como estaba hubiera fenecido quemado por las llamas que salían del motor, fue aquella misma persona que, ante tanta dificultad como representaba, era cojo, subir los peldaños del autobús, lejos de ayudarle, le suscitó una sonrisa irónica y algo despreciativa.
Las llamas en tal accidente le abrasaron el bigote y la mitad de su cara, pero el hombre cojo pudo arrastrarle fuera de la cabina y meterle, no sin dificultad, la cabeza en el agua, que toda ella estaba envuelta en llamas.
La secuela final fue una amplia cicatriz cubriendo media cara por lo que, se vio impelido a abjurar del bigote y al tiempo de la soberbia que le había representado y que le había impedido entrar en un mundo hasta entonces desconocido para él y en el que la humanidad, con los pobres y los impedidos, estaba a la orden del día.
P.D.- Cuando Justiniano Preboste leyó lo que antecede, lejos de enfadarse por descubrir alguna de sus más recónditas interioridades, aquellas menos edificantes sin duda, no sólo reconoció el hecho, también pidió perdón-urbi et orbi- por todos los pecados cometidos hasta el momento.

¿QUIÉN ES ESE SEÑOR QUE ME MIRA?

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 24 Febrero 2011 15:28

De entrada debo confesar que lo mío, desde siempre, al menos desde que me conozco, no ha sido mirarme en el espejo. Ahora bien, de aquí, a no reconocerme en él, como me acaba de ocurrir, va un trecho tan grande como la distancia que recorre, en un segundo, la mirada de un hombre enamorado en el trasunto de su enamoramiento. Vamos, lo que se dice un abismo infinito en mitad de un dulce sueño.

Pues algo de eso fue lo que ayer me ocurrió. Entré raudo, y solo, debo de confesarlo, en el ascensor de mi casa, ese que tiene un espejo ocupando por entero el frontal del cubículo y por consiguiente no tuve otro remedio que fijarme en la figura que reflejaba. Ya sé que lo podría haber hecho antes, miles de veces sin duda, pero es el caso que lo obvié o se me olvidó, no me di cuenta o simplemente me distraje en otros quehaceres. La diferencia con las anteriores ocasiones es que en ésta, me pregunté sesudo y trascendente. ¿el por qué?

Miré con los míos los ojos que reflejaba el espejo. Me dije entonces, imbuído en la realidad creada, ¡quien miraba a quien! Un segundo después me hice la misma pregunta desde otro enfoque diferente ¿quién podría ser aquel tío que tan fijo me miraba? Como aún sigo cuerdo me respondí sin palabras, mas debo de decir que me asusté, algo confuso si estaba, sin duda por haber echado sobre mí, un puñado de años sin apenas haberme dado cuenta.

Me vino entonces a la memoria aquel lacerante chascarrillo de pizpireta alumna que encuentra a su profesor sentado en un banco del Retiro, mientras toma el sol del mediodía. El hombre, envejecido, anciano ya, responde, cuando es preguntado por la mujer por su pasada condición de tal, como previo reconocimiento a su identidad, y trata a la discípula como antigua compañera, y la eleva así a su mismo rango, a la vejez que observa y que ella sólo proyectaba en los demás, puesto aún se creía joven.

Yo soy, debo de decirlo con todo el sentimiento que embarga a una situación no deseada, la alumna que se mira con tan benevolentes ojos. Será por ello que, de forma súbita, encuentro en mí las arrugas que sólo veo en los demás. Sí, he llegado a viejo de golpe, sin pretenderlo y lo que aún es peor, muchísimo peor, sin darme cuenta. Es una situación que ocurre con tanta frecuencia, que casi nadie llega a comentarla.

Cuando yo me miro, al menos hasta hoy, sin que el espejo esté presente, me recuerdo en el de ayer; mis emociones en consecuencia son anteriores y en todo momento, aún impedido por algunos repentinos achaques, me encuentro dentro de tanta vitalidad que siempre parece que el nuevo día me ha conseguido, junto a la prórroga real de su divino amanecer, el agua de la eterna juventud.

¿Qué cuanto digo y añado es irreal? ¡Quién lo duda! Ahora bien, quien así no lo haga, se confunde y pone en serio peligro su existencia, esa que se prolonga en el tiempo de la juventud y se acorta con los años. Principalmente cuando la suma de ellos, cumplidamente rebasan los que se encierran en los dedos de una mano cuando, éstos, los dedos, erróneamente jugamos a multiplicarlos por diez.

Sé el desconcierto que produciré en muchos de cuantos se atreven a leer esta página. Sé de la incomprensión que suscitará lo escrito. En realidad, sólo será comprensible para quienes, en los momentos actuales, transiten por los mismo derroteros por lo que yo camino.

El motivo de escribirlo y no prohibir su lectura a la juventud, no ha sido otro que recordar aquella sentencia que asegura que, de la experiencia ajena se aprende el porvenir que nos aguarda. Otra cosa bien distinta es que, quienes aún no han llegado, sean capaces de ponerse en situación parecida.

RISAS Y UNAS POCAS LÁGRIMAS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 23 Diciembre 2010 10:25

                     

Edelmiro Cualicuatri tiene una librería en un barrio apartado del centro de Madrid. Se accede a ella mediante unos cortos peldaños  desde la acera y así, el hipotético cliente se encuentra, de sopetón, dentro sin apenas haberse dado cuenta. Edel, para que nadie que pase cerca se pueda hurtar a la curiosidad, hace y deshace el escaparate, al menos tres veces por semana, cuando no más, pues experto y avezado, sabe muy bien el significado de tales puntuales cambios.

Allí, en aquel rincón, pone la muñeca de la abuela que es una cosa lánguida, pálida y bella, decimonónica y tan espacialmente hermosa, pintada de níveos polvos, suave pavesa que blanquean la piel de la cara, en la que resaltan los pómulos encarnados como foco de luces rojas, sobre sus vestidos brillantes, todos ellos negros, relucientes botones de fuego que parten la pasamanería que ennoblecen la núbil pechera de la muñeca. Cuida por tanto con minuciosidad el detalle y aviva la curiosidad del transeúnte, curiosidad necesaria para invitarle a entrar en su establecimiento de letras, oraciones y demás hilvanadas frases.

Cualicuatri, para llegar a tener una tienda de literatura ha tenido que trabajar muy duro, pasar las noches, muchas, pegándole, como decía él, al párpado y soñar, y soñar con los cientos de miles de clientes que enamorados de las páginas impresas le iban a comprar libros. Ya se sabe, decía, que sin los sueños, o lo que era igual, las ilusiones, poco es el hombre y a muy pocos metros puede pretender alzarse. Edelmiro era pues un soñador, casi al completo, por más que al tiempo no dejaba de ser práctico, con los pies que apenas los despegaba del suelo en cuanto de negocios se trataba, Por eso, a los sueños, unía una miríada de amigos que estaban dispuestos, desde el primer día que abriera la librería, a dejarle los anaqueles vacíos. Los amigos, más los conocidos, que eran también legión, porque Edel, otra cosa no tendría, pero don de gentes le sobraba, por lo que, aseguraba con total convicción, nunca le iban a dejar en la estacada.

Y así ocurrió, tal como lo había soñado el sueño se plasmó en la realidad. En la inauguración, de tantos futuros clientes como tomaban refrescos y ricos canapés de pan y queso y caviar pobre, no podían verse a los amigos. Aquella tarde noche fue inenarrable. ¡Tantos en tan poco espacio! Acaso por ello, cuando a la mañana siguiente, una vez aseado el local del cúmulo de desperdicios dejados por los futuros clientes, abrió al fin la puerta de su librería, aquella quimera de la ilusión, siempre amparado tras una sonrisa de felicidad, presto a emprender una veloz carrera de marchante en letras, de ninguna manera podía suponer a cuantos desencantos se disponía a enfrentarse, cuantas desilusiones a las que afrontar su ya delicado corazón.

A las diez de la noche, cuando a deshora cerró porque se le fue el hilo del mucho meditar y del infinito tiempo de estar solo, hizo apresurado resumen de la jornada, se encontró que por todo arqueo, exclusivamente había vendido un cuaderno de espiral, un sacapuntas de plástico y dos bellas tarjetas de Madrid. También le habían preguntado, tres veces, tres, por el precio de uno de los libros que se exhibía en el escaparate.

Pasados quince días, ¡cómo pasa el tiempo, Señor! Cuando solamente algún amigo perdido se había dejado caer por la recién inaugurada librería, acuciado siempre por las prisas, y que a ciencia cierta pueda recordar nítidamente si le había comprado al fin algo, de cuantos libros que con amoroso cuidado guardaba en los anaqueles, decidió tomarse un descanso y volver al mismo bar donde, antes de la aventura o evento narrado, solía encontrarse con aquellos amigos y conocidos a tomar alguna cerveza y algún que otro carajillo. Y fue allí, donde contando las cuitas que le ocurrían, donde pudo darse cuenta que las cosas no eran al modo de antes, a  aquellas que él siempre soñaba. Que los libros, aunque baratos, eran caros y que la literatura estaba por las nubes y las disposiciones de compra por los suelos.

 

- Edelmiro –le dijo uno de aquellos compadres reunidos- desengáñate, a los 10 ó 12 euros unidad de letra encuadernada no podrás vender una escoba. En este país todo lo basamos en la necesidad y sin tales adminículos podemos pasar divinamente.

 

Edelmiro, sin contestar, ¡para qué!, con la tremenda carga que supone la mayor de las desilusiones, pagó su ronda, 17 euros, unas cervezas y unas gambas con gabardina y volvió a su tienda, cabizbajo, con el corazón en un puño, a punto de estallarle en mil encontrados sentimientos. En el camino acertó a divisar un panel muy grande donde se anunciaba un edificio entero para la venta de libros. Edel se puso a llorar de alegría porque esta realidad venía a ser, desde el silencio, el grito muido que contestaba al compadre cicatero cuando él, por cansancio mortal que producen los sueños hueros, no se atrevió a responderle.

Levemente, mientras seguía andando, las lágrimas resbalaban por sus mejillas como la feraz lluvia que mansa cae a la tierra para, de golpe, como una revelación, mudar la dirección de los sueños y confesarse que los tiempos nuevos, que machaconamente se venían anunciando, estaban ya aquí. Era pues una realidad el cambio. Las nuevas tecnologías se imponían de tal forma, que condenaban al ostracismo a aquel que no supiera ponerse al día. De improvisó se encontró riendo, primero mansamente, tímido acaso, después a gritos, desaforadamente, como si la locura de la felicidad le hubiera invadido todos los poros del cuerpo, después de su repentino descubrimiento.

 

                                                                         

EL PRIMER LOTE DE DOÑA ROMUALDIÑA

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Viernes 17 Diciembre 2010 15:24

 

Cuando doña Romualdiña, que iba distraída, quiso mirar atrás, don Bienvenido Rafe, su marido, se había producido en espíritu.
Le pilló el tránsito sin mayor cuenta y a traición, mirando el ilustrado retrato de una señora que le alegraba el ojo, en coritas, en un libro de historias livianas.

- ¿Cómo sabe usted tantos detalles, si apenas la esquela recuadra un octavo del ABC?
- De oídas, mire; de oídas. ¡No te digo con la preguntita!
- Perdone, de saber que se iba a poner así, no se me hubiera ocurrido interpelarlo.

Se desplomó don Bienvenido, como talego en tierra, higo madura en higuera ubérrima, como gustaba decir a su viuda, cuando le daba por la retórica. Se desplomó sin ruido. Al dejar atrás la caseta postrera de la Cuesta Moyano, donde acababa de adquirir –que era consumado lector, impenitente y tenaz- junto al Avellaneda impío a la sombra penitente del Quijote, una vida, autobiografía, jocunda y jaranera, de Estebanillo González.

- La gente se muere en cualquier momento y sin mayor reparar en el lugar. Se conoce que las parcas buscan encontrarles descuidados o bien atareados en otras cosas que les empaña el sentido.

Doña Romualdiña enterró con lágrimas y como Dios manda, al difunto de su marido, cerrando capítulo, al tiempo que el ataúd. Y abriendo, igualmente al tiempo, el libro de una nueva vida.

- ¿Venganza al cabo?
- Quite usted. Le pasó que, al despreocuparse, que don Bienvenido era muy suyo y la sometía a continuos tragos, al fin encontró tiempo para ella. Y miré usted por donde, empleó este en singular ocupación.
- ¿Y fue?
- Leer. Tomó a pecho la vida y la obra escrita de Estebanillo y se la echó con deleite al coleto. Desde entonces no hace otra cosa que hacer que ir y venir a la Cuesta Moyano, visitar con curiosidad renovada las casetas de libros y encontrar en ellas, mil oportunidades para llenar la semana de ilusiones.
- Todo, empero, se lo debe al bueno de su marido, que bien pudo morirse en el mercado de pescado de La Latina o el de la carne de Pozuelo de Alarcón, por poner ejemplos próximos. Hacerlo en la Cuesta Moyano fue sin duda un detalle para agradecer al muerto.
- En Pozuelo, para que usted lo sepa, no hay un mercado específico de venta de carne. Ni mercado que se le parezca.
-¡Peor para ellos!
-Vamos, que doña Romualdiña se hizo una experta, dejando la disquisición anterior y que a ninguna parte conduce.
- Tampoco es eso. Doña Romualdiña nunca fue una experta bibliófila, para que lo sepa. La buena señora, libro que pillaba, texto que se leía, desde la cruz a la raya, ¡oiga! Y aún desollaba el rabo en acotaciones precisas de los pasajes que más las gustaban, de las palabras que no comprendía, por si en el repaso, la daba la gana saltarse algún párrafo o alguna línea, que ya se había aprendido de memoria.
- ¿Le dio por los libros de caballería o por la literatura heroica?
- Ni lo uno ni lo otro. Por más que los géneros mencionados vayan imbricados, como las hojas de las piñas. Por igual abrazaba el pícaro hacer del Lazarillo que era, como ha quedado reseñado, de su apetito literario, como escabrosidades sin cuento, dibujos y pinturas muy del gusto de su marido muerto. Le tiró, ¡mire usted a qué altura de la vida! Por lo erótico. Y en tales páginas y libros se dejaba todo los posibles que le dejara el difunto.

Cuando en los años 80, doña Romualdiña dejó este mundo, sin prisas, por más que lo hiciera lozana, ya que por ella no parecían pasar los años, todo el caudal literario comentado y acumulado en su casa devino en la Cuesta nombrada. Allí, por lotes, salió a la venta, siendo adquiridos, los erótico-festivos, en su totalidad, por un fabricante de automóviles que pagó por ellos la friolera de 950.000 pesetas.

RASTRO ARRIBA, RASTRO ABAJO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 13 Diciembre 2010 18:14

Los domingos de guardar, el Rastro se ha puesto imposible. Don Castor, que no se perdía la visita dominical, ya estuviera lloviendo a cántaros, hiciera un sol de justicia o el viento amenazara con volar las lonas de los tenderetes, la mucha gente le ha echado. Y es que la Ribera de Curtidores y sus calles aledañas, que la aspiración es mucha y los expositores cientos, los matutinos domingos concitan a la más variada fauna del planeta. Allí hay extranjeros de los de fuera, los de allende de nuestras fronteras y estos indígenas que vienen a ver el evento por primera vez. Y siempre, siempre, sin perderse uno, allí estaba Trijuénico de la Molienda, con la mirada en ristre, cuando no abrazando a la cartera, aspiración subyugante de los rateros presentes.

Los indígenas lo mismo provienen de Albacete, ex profeso venidos para no irse al otro mundo sin haber visto la mayor parte de este, aunque sea en tan reducido espacio; los hay igualmente paisanos de Ávila, del valle del Tiétar, de Coscojal de los Desamparados, para ser exactos, de Cáceres, de las márgenes del Darro, del Pisuerga etc. todos los que vienen, en definitiva, buscan el candil de la curiosidad infinita, por aquello de, al tiempo, encontrarse a sí mismos, haciéndole alumbrar en la pared de sus casas; los hay que encuentran el objeto-chisme o cosa impensada rebuscado entre el intrincado y el más negro de los intersticios de las chamarilerías desparramadas sobre los mostradores de las aceras. Hay listos y hay truhanes, negociantes e incautos, chorizos y guardias y a la postre, todos curiosos en amalgama bien avenida, es la antesala, –decía empero don Castor- el vestíbulo del purgatorio camino de la gloria.
De la otra fauna se pueden encontrar, entre multitud de otros enseres y atarguillos y cachivaches, perros alanos, arderos, de agua, de engarro, dogos…perros de toda clase y condición, con pedigrí escrito en papiro o en papel de barba con sellos perrunos y sin antecedentes, que vienen sin padrinos conocidos, golfos al cabo o golfillos por la edad.

También hay gatos, una inmensa e inacabable variedad de gatos. Primordialmente los hay de Angora, romanos a rayas o listas, los siameses… y monos en jaulas y cocodrilos con ramal y pitones aletargadas entre ratón y ratón y lagartos ocelados y …

- ¡Oiga! ¿No sabe usted que están prohibidas las ventas de estas postreras especies?

Hay pájaros autóctonos con cante jondo o a lo Julio Iglesias y también mudos y aterciopelados. Hay canarios amarillos con el plumón bello como el pecho de una mezzosoprano. Hay Sietecolores en jaulas y loros amaestrados que vuelven cándidos y asustados por la bulla a la mano de sus dueños. Hay pájaros de pluma y guacamayos…

- Pero, escúcheme, dentro de un maremágnum tal que, al menor descuido, cualquier desaprensivo, escudado en la muchedumbre, lo mismo te deja los riñones macerados que la cartera vacía.

Por tanta algarabía como se forma don Castor ya se marcha en el momento de mayor esplendor. Menudo es don Castor Trijuénico de la Molienda para aguantar tantas tarascadas en pleno solomillo.
Desde hace unos pocos meses, Trijuénico se descuelga al Rastro los domingos a muy temprana hora. Baja la calle Mesón de Paredes, algunas veces la de Embajadores, frenándose y cuando llega a la altura de La Corrala, tuerce a la derecha para llegar al corazón de la feria que él sitúa, sin mayores razones, en la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo.
Como llega tan temprano, ayuda a los vendedores a montar sus tenderetes. Tanto y tan bien lo hace que cuando le ven de manos le buscan rápidamente empleo.

-¡Mal me cuadra verle echar una mano a todos!
- Con la sola excepción de los libreros de viejo. Que es conocida la máxima de don Castor. “los males del mundo proceden de la lectura de los libros”. Ha saber el por qué dice eso, aunque es una verdad demostrable que no pasa un día por los pobres libreros sin que les aceche un desaguisado.
- Hay quien dice que tiene gafe y que desde que ha venido Trijuénico, cuando no se le ha caído al suelo el tinglado se les ha hundido el empedrado y una sola vez, que se sepa, el último, el que ocupa la esquina de arriba, a poco si sale ardiendo.
- Verdad usted, don Hipólito, que el bueno de don Castor, aunque yo le debería apear el don por maleducado y por grosero, tiene un pronto muy malo.
- Ni que lo diga. Ya es sabido que el carácter va en los genes y yo, que conocí a su padre, puedo dar fe de ello. Porque es un hecho que contra la cadena, no hay quien vaya.
-¿Qué cadena?
-¡Cuál va a ser! O es que usted no ha oído hablar de la escritura genética, es decir, la historia anticipada de la vida de cada individuo.
- Y podría decir, ¿donde puede comprar ese libro?
- En ningún sitio ni lugar, de momento al menos, porque es un hecho que cualquier día la ciencia encuentra la etopeya de cada uno y nos la hace comprar.
- No podría usted hablar algo más asequible, don Hipólito.
- Qué más quisiera yo, hijo, pero esto también viene en los genes.

EFLUVIOS DEL MÁS ALLÁ

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 22 Noviembre 2010 18:13

Antes de salir a la calle, don Castor Trijuénico de la Molienda, se lava, se afeita y se mira y remira en el espejo. Si por circunstancias que no vienen al caso, diez veces se debe de ausentar de su domicilio, donde es reacio a permanecer que es hombre de aires libérrimos, diez veces se lava, se afeita y se mira en el espejo a ver como ha quedado.

Aunque parezca mentira, a Trijuénico le crece la barba que da gusto. Se conoce que no es igual que el resto de los mortales, que con un rasurado van que se matan o chutan. Este no deja una cerda a su albedrío, y aún, si hace mucho tiempo que se acicala solo, pasa por la barbería de un amigo “Anima mea” cuando se encuentra en Coscojal de los Desamparados o por la más próxima a su domicilio cuando está en su domicilio de Madrid.

Tales manías, como con alguna razón las definió su vecina Petrocínica, le vienen de un viaje que Trujuénico de la Molienda hizo a Centro Europa, en agosto del pasado ejercicio.

- ¡Olía mal el mundo!
- No, señor, ni el mundo ni Europa, vaya imaginación que le echa usted a la cosa. Que lo explique, que lo explique el narrador que para eso esta.

Dos Cosme ya es tradición en su vida, suele hacer una excursión anual a un país del mundo. Los cinco continentes, a esta altura de su vida, se los conoce al dedillo, que, previamente, antes de pateárselos, se los ha aprendido en su casa con un mapa y un puntero, donde se deja, a mas del ojo -léase la vista- lo mas florido de su intelecto curioso.

- Aquí América, aquí Asia y aquí África, que Oceanía queda como más alejada y difusa. Europa es, desde que no termina en los Pirineos, tras la ampliación del Mercado Común con España dentro, el objetivo inmediato. El resto se contemplará en su día, si es que da tiempo.

Y así, hora a hora sobre los mapas y año tras año, sobre el terreno, se fue conociendo el orbe, hasta aprender a soñar en todos los idiomas conocidos, por mas que en el único que se defendía y mal, era en el suyo propio pues apenas si en el caletre se le quedó dar las gracias en inglés, italiano, ruso y francés, que fueron los que, fonéticamente, mejor se le quedaron.

En la plaza de los Héroes de Budapest, mirando las banderas tremolar al viento, don Cosme, que distraído estaba de las explicaciones que a los turistas daba el cicerone de turno, sintió en la pituitaria sensible un extraño hedor. Pensó que el viento, que por el frío parecía fuera del ártico, traía efluvios de alguna ballena muerta. Como la explicación no le parecía del todo convincente, miraba al resto de compañeros como pidiendo confundido una explicación. Uno de ellos, acercándosele, le dijo:

- Alerón alegre señor, no busques mas, esa es la explicación.

Nunca supo como se llamaba aquel turista que, durante unas semanas apenas si dejo respirar a los húngaros que era tal el hedor que emanaba de su persona que, don Cosme, de aquel viaje, tan solo se acordaba de aquel hombre, siempre enfangado en la lectura, que cuando se movía, lanzaba en forma de malditos efluvios, mil bombas atómicas o en el caso que nos ocupa fétidas.

- Oiga, don Cosme no cree usted que mejor que alerón alegre, le vendría mejor alerón triste.
- Bueno -contestó este- cada uno es muy libre de escoger.

Y esto es, lectores, la explicación mas cercana a la limpieza que de su persona hacia don Cosme Trijuénico de la Molienda en estos últimos días de su vida, que fueron los mas limpios.

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