Disquisiciones | Poemas y fábulas - Part 2

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RASTRO ARRIBA, RASTRO ABAJO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 13 Diciembre 2010 18:14

Los domingos de guardar, el Rastro se ha puesto imposible. Don Castor, que no se perdía la visita dominical, ya estuviera lloviendo a cántaros, hiciera un sol de justicia o el viento amenazara con volar las lonas de los tenderetes, la mucha gente le ha echado. Y es que la Ribera de Curtidores y sus calles aledañas, que la aspiración es mucha y los expositores cientos, los matutinos domingos concitan a la más variada fauna del planeta. Allí hay extranjeros de los de fuera, los de allende de nuestras fronteras y estos indígenas que vienen a ver el evento por primera vez. Y siempre, siempre, sin perderse uno, allí estaba Trijuénico de la Molienda, con la mirada en ristre, cuando no abrazando a la cartera, aspiración subyugante de los rateros presentes.

Los indígenas lo mismo provienen de Albacete, ex profeso venidos para no irse al otro mundo sin haber visto la mayor parte de este, aunque sea en tan reducido espacio; los hay igualmente paisanos de Ávila, del valle del Tiétar, de Coscojal de los Desamparados, para ser exactos, de Cáceres, de las márgenes del Darro, del Pisuerga etc. todos los que vienen, en definitiva, buscan el candil de la curiosidad infinita, por aquello de, al tiempo, encontrarse a sí mismos, haciéndole alumbrar en la pared de sus casas; los hay que encuentran el objeto-chisme o cosa impensada rebuscado entre el intrincado y el más negro de los intersticios de las chamarilerías desparramadas sobre los mostradores de las aceras. Hay listos y hay truhanes, negociantes e incautos, chorizos y guardias y a la postre, todos curiosos en amalgama bien avenida, es la antesala, –decía empero don Castor- el vestíbulo del purgatorio camino de la gloria.
De la otra fauna se pueden encontrar, entre multitud de otros enseres y atarguillos y cachivaches, perros alanos, arderos, de agua, de engarro, dogos…perros de toda clase y condición, con pedigrí escrito en papiro o en papel de barba con sellos perrunos y sin antecedentes, que vienen sin padrinos conocidos, golfos al cabo o golfillos por la edad.

También hay gatos, una inmensa e inacabable variedad de gatos. Primordialmente los hay de Angora, romanos a rayas o listas, los siameses… y monos en jaulas y cocodrilos con ramal y pitones aletargadas entre ratón y ratón y lagartos ocelados y …

- ¡Oiga! ¿No sabe usted que están prohibidas las ventas de estas postreras especies?

Hay pájaros autóctonos con cante jondo o a lo Julio Iglesias y también mudos y aterciopelados. Hay canarios amarillos con el plumón bello como el pecho de una mezzosoprano. Hay Sietecolores en jaulas y loros amaestrados que vuelven cándidos y asustados por la bulla a la mano de sus dueños. Hay pájaros de pluma y guacamayos…

- Pero, escúcheme, dentro de un maremágnum tal que, al menor descuido, cualquier desaprensivo, escudado en la muchedumbre, lo mismo te deja los riñones macerados que la cartera vacía.

Por tanta algarabía como se forma don Castor ya se marcha en el momento de mayor esplendor. Menudo es don Castor Trijuénico de la Molienda para aguantar tantas tarascadas en pleno solomillo.
Desde hace unos pocos meses, Trijuénico se descuelga al Rastro los domingos a muy temprana hora. Baja la calle Mesón de Paredes, algunas veces la de Embajadores, frenándose y cuando llega a la altura de La Corrala, tuerce a la derecha para llegar al corazón de la feria que él sitúa, sin mayores razones, en la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo.
Como llega tan temprano, ayuda a los vendedores a montar sus tenderetes. Tanto y tan bien lo hace que cuando le ven de manos le buscan rápidamente empleo.

-¡Mal me cuadra verle echar una mano a todos!
- Con la sola excepción de los libreros de viejo. Que es conocida la máxima de don Castor. “los males del mundo proceden de la lectura de los libros”. Ha saber el por qué dice eso, aunque es una verdad demostrable que no pasa un día por los pobres libreros sin que les aceche un desaguisado.
- Hay quien dice que tiene gafe y que desde que ha venido Trijuénico, cuando no se le ha caído al suelo el tinglado se les ha hundido el empedrado y una sola vez, que se sepa, el último, el que ocupa la esquina de arriba, a poco si sale ardiendo.
- Verdad usted, don Hipólito, que el bueno de don Castor, aunque yo le debería apear el don por maleducado y por grosero, tiene un pronto muy malo.
- Ni que lo diga. Ya es sabido que el carácter va en los genes y yo, que conocí a su padre, puedo dar fe de ello. Porque es un hecho que contra la cadena, no hay quien vaya.
-¿Qué cadena?
-¡Cuál va a ser! O es que usted no ha oído hablar de la escritura genética, es decir, la historia anticipada de la vida de cada individuo.
- Y podría decir, ¿donde puede comprar ese libro?
- En ningún sitio ni lugar, de momento al menos, porque es un hecho que cualquier día la ciencia encuentra la etopeya de cada uno y nos la hace comprar.
- No podría usted hablar algo más asequible, don Hipólito.
- Qué más quisiera yo, hijo, pero esto también viene en los genes.

EFLUVIOS DEL MÁS ALLÁ

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 22 Noviembre 2010 18:13

Antes de salir a la calle, don Castor Trijuénico de la Molienda, se lava, se afeita y se mira y remira en el espejo. Si por circunstancias que no vienen al caso, diez veces se debe de ausentar de su domicilio, donde es reacio a permanecer que es hombre de aires libérrimos, diez veces se lava, se afeita y se mira en el espejo a ver como ha quedado.

Aunque parezca mentira, a Trijuénico le crece la barba que da gusto. Se conoce que no es igual que el resto de los mortales, que con un rasurado van que se matan o chutan. Este no deja una cerda a su albedrío, y aún, si hace mucho tiempo que se acicala solo, pasa por la barbería de un amigo “Anima mea” cuando se encuentra en Coscojal de los Desamparados o por la más próxima a su domicilio cuando está en su domicilio de Madrid.

Tales manías, como con alguna razón las definió su vecina Petrocínica, le vienen de un viaje que Trujuénico de la Molienda hizo a Centro Europa, en agosto del pasado ejercicio.

- ¡Olía mal el mundo!
- No, señor, ni el mundo ni Europa, vaya imaginación que le echa usted a la cosa. Que lo explique, que lo explique el narrador que para eso esta.

Dos Cosme ya es tradición en su vida, suele hacer una excursión anual a un país del mundo. Los cinco continentes, a esta altura de su vida, se los conoce al dedillo, que, previamente, antes de pateárselos, se los ha aprendido en su casa con un mapa y un puntero, donde se deja, a mas del ojo -léase la vista- lo mas florido de su intelecto curioso.

- Aquí América, aquí Asia y aquí África, que Oceanía queda como más alejada y difusa. Europa es, desde que no termina en los Pirineos, tras la ampliación del Mercado Común con España dentro, el objetivo inmediato. El resto se contemplará en su día, si es que da tiempo.

Y así, hora a hora sobre los mapas y año tras año, sobre el terreno, se fue conociendo el orbe, hasta aprender a soñar en todos los idiomas conocidos, por mas que en el único que se defendía y mal, era en el suyo propio pues apenas si en el caletre se le quedó dar las gracias en inglés, italiano, ruso y francés, que fueron los que, fonéticamente, mejor se le quedaron.

En la plaza de los Héroes de Budapest, mirando las banderas tremolar al viento, don Cosme, que distraído estaba de las explicaciones que a los turistas daba el cicerone de turno, sintió en la pituitaria sensible un extraño hedor. Pensó que el viento, que por el frío parecía fuera del ártico, traía efluvios de alguna ballena muerta. Como la explicación no le parecía del todo convincente, miraba al resto de compañeros como pidiendo confundido una explicación. Uno de ellos, acercándosele, le dijo:

- Alerón alegre señor, no busques mas, esa es la explicación.

Nunca supo como se llamaba aquel turista que, durante unas semanas apenas si dejo respirar a los húngaros que era tal el hedor que emanaba de su persona que, don Cosme, de aquel viaje, tan solo se acordaba de aquel hombre, siempre enfangado en la lectura, que cuando se movía, lanzaba en forma de malditos efluvios, mil bombas atómicas o en el caso que nos ocupa fétidas.

- Oiga, don Cosme no cree usted que mejor que alerón alegre, le vendría mejor alerón triste.
- Bueno -contestó este- cada uno es muy libre de escoger.

Y esto es, lectores, la explicación mas cercana a la limpieza que de su persona hacia don Cosme Trijuénico de la Molienda en estos últimos días de su vida, que fueron los mas limpios.

LECTURA Y MUSICA DEBEN DE IR DE LA MANO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 28 Octubre 2010 18:05

Durante muchos años, tantos que se pierden en el abismo de la memoria, Coscojal de los Desamparados, pueblo serrano situado en la cara sur de Gredos, al norte del río Tietar, fue considerado por sus gentes como una de las cunas del castellano. En tales consideraciones tenían su lengua y a fe que era mucho y muy bueno lo que se hablaba en el lugar. Por supuesto que esta afirmación para nada desmerece a San Millán de la Cogolla ni al monasterio de Silos.

Pero como casi nunca la felicidad es completa, en el último, postrero tercio del siglo pasado, Coscojal dejó de ser lo que fue y de su cultura, aprendida en los libros y ejercitada por sus gentes en el juego de las palabras, se ha pasado a la cultura de la música… ruidosa. Es decir, se abandonó la lectura, por nociva para la salud -según ha alertado uno de los ediles del Ayuntamiento, las grandes posaderas de los coscojos eran consecuencia directa de sus muchas horas dedicadas al arte de desentrañar las letras- para instalarnos, de hoz y coz, en el “rokódromo” del chillido, del ruido feroz por estruendo y de la zarabanda sin sentido.

Porque lejos está de nosotros zaherir la música y muy próximo está del alma el acorde, suspiro de la belleza, declaramos, aquí y ahora, nuestro amor por esta disciplina, tanto en cuanto reaviva el espíritu como que a la carne infunde pasión. Estamos, sólo y nada menos que en contra de la estridencia y del alarido insutil que produce la sordera, estamos a favor de cuanta música mece al ser humano haciendo brotar de él lo mejor y más caro de sus sentimientos, lo mejor y más caro de cuanto acuna dentro.
La juventud - pues fue en este estamento social donde el virus arraigó con más fuerza, en las mentes más propicias de Coscojal- comenzó a comunicarse mediante ruidos tan sobrepasados de decibelios que muy pronto, a los ojos de los mayores del lugar, estos muchachos se convirtieron en gentes extrañas.

La consecuencia inmediata fue que, la biblioteca, honor y lustre nunca bien ponderada, la sustituyeron por la fonoteca y sus mesas de lectura desaparecieron dajando en su lugar un vano suficiente para “poder mover el esqueleto” al son del desequilibrio acústico. Allí murió Mozart, se extinguió Falla, desapareció Beethoven y erradicaron a Albéniz. Por todos los rincones triunfaron los berridos foráneos, los aullidos autóctonos y los feroces rugidos indígenas.

En olor de multitud surgieron Langostino de Jerez, Pepe de la Costra –el apelativo se lo ganó a pulso y en base al poco apego que demostraba al aseo, tanto en sus conciertos como en su vida diaria- Lechuguino de Getafe y, no de los menos importantes, El Desaparecido de Coscojo.

Era de verse cómo el silencio sucedía a la noche donde el ruido había tenido su morada, cómo las buenas gentes del lugar se cruzaban los unos con los otros sin hablarse, que tenían sordos los tímpanos por maltratados y el miedo al cambio metido en el cuerpo.

Aquella juventud ruidosa y dicharachera se apoderaba del silencio con las primeras sombras y hacían de él el mayor de los divertimentos. Con el tiempo, esta misma generación, sin dejar paso a la siguiente que igualmente se habían olvidado de la sucesión natural de la vida, se les trabucó el habla hasta tener dificultad en expresarse, si no era mediante ruidos y silbidos. Así, no era extraño verles saludarse mediante volteos de brazos acompañados de sonoras estridencias que a borbotones les salían de la boca.
Tales hechos causaron tanta conmoción que, denunciados por el alcalde, el único que al parecer se había dado cuanta de la catástrofe –él mismo que, por pereza mental, había permitido cambiar la biblioteca por la fonoteca- sin quitar ésta, habilitó aquella, mandando al infierno de las llamas a los discos compactos de la Costra, Lechuguino y cuantos zahirientes cantantes, beodos de la vida, se le pusieron por delante. A los chicos y no tan chicos, les exhortó con estas palabras:

- ¡Leed, lechuguinos, capullos ignorantes, lelos modorros, leed! El hombre, para poder pensar - les siguió exhortando-, para desarrollarse intelectualmente necesita del silencio que produce la lectura y el pensamiento. Necesita del silencio y de la paz que emana de la música, necesita imperativamente de su voluntad amplia y férrea que hace que un niño se convierta en un hombre verdadero.

Y se le fue la fuerza, y apenas si le quedó voz, porque contra su costumbre, sin duda por el mucho tiempo que había guardado silencio, se había puesto, poseso, a gritar.

DON SALUS, O DE CÓMO LA LECTURA MAL DIGERIDA PRODUCE CAOS CEREBRALES

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 26 Octubre 2010 18:12

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Salustiano García de Peñagrande vio la luz debajo de la primera arcada del puente que, sobre el río Tajo, han construido a su paso por Talavera de la Reina. Salus duró, debajo del puente referido diez años. Ni uno más ni uno menos. A esta edad tomó el hato y no se le ha vuelto a ver por Toledo ni por sus alrededores.

- ¿Sabía usted que a esta edad temprana ya le habían salvado de las aguas treinta y dos veces?
- Pues mire, no. Es un dato que sin duda redondea sus inquietudes incipientes.

De buena mañana, un día apenas reseñado, se enganchó a la trasera del camión de un circo y se marchó a ver mundos. Por tan variados caminos se fue haciendo un hombre, imponiéndose en los rudimentos del oficio de saltimbanqui. Así aprendió a echar de comer a los animales, a barrer la pista, una y otra vez hasta la extenuación, a bruñir las anillas y el trapecio, a enjaretar las sillas desportilladas, y a otras muchas artesanías prolijas de enumerar.
Una noche, tras el arqueo ruinoso de la última sesión, le pusieron en la calle. Dos billetes de cien euros y un saco de libros por toda indemnización sacó de la experiencia, además de añadírsele quince años más al talego de la vida y un gran conocimiento de la vida circense. Salus, en la calle, se comió las doscientos euros en un decir amén, que era mucho estirar la necesidad. Al tercer día de gazuza se empleó en una tienda de electrodomésticos y como el saco de libros le pesaba y de poco le servía, que nunca había hecho nada por acercárseles, con cada cachivache vendido regalaba un libro.

- Si, señora, ha oído usted bien. Una compra, un volumen y de la cuantía de lo adquirido habla el mayor o menor número de páginas. A mayor cantidad le corresponde volumen más grueso y Santas Pascuas, que a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

Y entre tales latiguillos de Pascuas y Pedros, percatándose de las grandes posibilidades que tenía la venta ambulante se independizó y puso tienda itinerante. Por la compra de una cafetera exprés regalaba un Quijote ilustrado y por un juego de mantas zamoranas, el antepenúltimo del Planeta. Elevado un peldaño en la escala social, que sabía don Salustio complacer a su clientela, subieron sus recursos monetarios y con ellos el tiempo y la molicie. Así, un buen día, cansado se paró en medio de la nada y se puso a leer, cosa por demás insólita, uno de los libros. Y aquí fue Troya. Desde aquel momento, la mula torda guiaba sola el carromato y por aquí iba y por allí tropezaba, siempre en traqueteante abandono, que el dueño y señor iba enfrascado en la lectura que acababa de descubrir.
Tal fue el hallazgo y el asombro que recibió que, en los feriales de aquellos días y días sucesivos, al regalar el libro con la porcelana fina que comerciaba sufría tal disgusto que hasta en el rictus de la cara se le notaba, dándoles siempre de mala gana como si se desprendiera de un amigo.
En tales asuntos y cometidos, recorriendo mitad y cuarto de la península, se lo pasó don Salustiano sin enterarse. Ya no hubo otra cosa que la lectura, borrando de sí los bellos paisajes en los que tanto se complacía, olvidándose de los hielos del invierno y de los calores tórridos del verano. En estas abstracciones subió y bajó, fue y vino e hizo tanto dinero por la venta de sartenes con tapadera que, bajándose un día del carromato, sin premeditación alguna exclamó:

- Hasta aquí hemos llegado. Ni un paso más en la vida que he dejado de ser peonzo y quiero convertirme en persona de provecho.

Y en aquel mismo lugar, Coscojal de los Desamparados, fundó la casa matriz de lo que suponía iba a ser un gran emporio.

* * *

- Benitín, hijo, acércame el glosario de términos políticos que me hallo inmerso en la lectura provechosa por la que se aprende a gobernar un país – pidió don Salustiano a uno de los dependientes, dándole grandes voces al muchacho, que se encontraba al otro lado del mostrador de la tienda.
- Voy don Salus, en cuanto envuelva al cliente su compra.

En este punto comenzó la tragedia. Tanto le dio don Salus a los libros de la política y de tal manera le empacharon el cerebro que, sin encomendarse a nadie y menos al sentido común, salió un día al ágora del pueblo y allí, dirigiéndose a sus convecinos les explicó primero el arte que acababa de aprender y después les sermoneó para que aceptaran su ideal de vida o se dispusieran a recibir la nueva ideología que acababa de inventar.

- ¿No irá contra la iglesia instituida?, que bastante tenemos ya con don Evodio - preguntó Silbato Gerundio Pozas.
- Dios me libre, Gerundio, hermano. Pero, como la Iglesia, crearemos un mundo nuevo para este municipio de Coscojal de los Desamparados. Para ello dejaremos de ser los olvidados, recordándonos, los unos a los otros, que somos únicos e irremplazables.

Cada jueves al mediodía y cada sábado y domingo antes o después de la siesta, el tendero explicaba a los del lugar la importancia de los “istmos” en política y así, habiendo empezado con el caciquismo, había continuado por el pacifismo, el neutralismo, pasando, -después de dejar atrás al belicismo- a los extremismos, al terrorismo, al autonomismo, los nacionalismos, encontrándose en estos momentos imbuido en el federalismo como antesala natural del separatismo.
La lectura diaria de los periódicos, donde todas y cada una de estas palabras salían con frecuencia a relucir le exaltaban tanto, como le habían complacido sus estudios en los libros. Posiblemente, a resultas de tal apasionamiento fue radicalizando sus ansias y de enseñar pasó a poner en práctica sus ideas.

- Si una parte de España quiere su autonomía como antesala de la independencia, nosotros, por no ser menos, – explicaba a cuantos le quisieran escuchar – huérfanos de tapujos, pedimos la inmediata emancipación de Coscojal de los Desamparados.

La mayor parte de las gentes criticaban el oportunismo de don Salustiano, la salida de tono y la intemperancia cerebral del sujeto. Y otras gentes, porque se apuntaban al carro que podría remediar sus necesidades, alababan sus ideas y al ostentoso grito de ¡basta!, se apresuraban a proclamar el estado soberano de Coscojal, ya sin apéndice humillante que dervirtua el rotundo y redondo nombre.
“Por un Coscojal libre” – gritaban los reunidos, más de veinte de los ciudadanos más influyentes y vociferantes, puesto que sus actividades últimas les habían sacado del anonimato ancestral. Mientras, don Salus se mostraba arrogante y hacia frente a la jerarquía, galleando y dando ultimátum sin cuento, “porque el poder, – decía - caerá en mis manos como fruto maduro”.
A don Salustiano, el caos producido por la lectura sin tasa y sin orden, hizo que, las fuerzas vivas, cansadas de sus locuras e impertinencias, delegaran en las otras sanitarias y éstas, a la vista de obsesión tan perniciosa, le encerraran de por vida en un sanatorio psiquiátrico.
Mas la locura, contra lo que se pueda pensar, no terminó aquí, el germen estaba echado y sus seguidores, ahora ya legión, se apresuraron a ensalzar y hasta publicaron en un libro-folleto, la recopilación de los pasajes más interesantes del iluminado, recogiendo en sus páginas el conjunto de sus enseñanzas.
Las autoridades, una vez más, no tomaron el hecho en consideración. Por el contrario, se rieron de los despropósitos vertidos en el panfleto, no creyendo necesario su extinción en la hoguera purificadora donde se quema por igual la cizaña y los radicalismos.
Algunos años después, cuando don Salustiano García de Peñagrande, el orate, había pasado a mejor vida, los seguidores se contaban por un ciento. Poco menos de la mitad de los habitantes del pueblo. Estos, reunidos en la explanada del Ayuntamiento, pidieron solemnemente la autodeterminación para Coscojal. La manifestación, para befa y escarnio de las autoridades condescendientes, iba encabezada por las jerarquías actuales, sin duda sabedoras del empuje tremendo de las corrientes en boga.

POR LA GRACIA DE DIOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Viernes 24 Septiembre 2010 18:18

                                              

                                                                           

Cuando Felipe Nono, llamado el Apóstata, abjuró de la religión de sus mayores, alegó tres motivos para justificar decisión tan drástica: haber nacido rey, haberse criado rey y estar dispuesto a morir siendo rey por muchas vicisitudes adversas por las que tenga que pasar.

Felipe Nono, sin embargo, no llevó su apostasía al reino. Se conformó con haberla repudiado él solo, que no hizo extensiva su voluntad, ni siquiera a  la reina y aún menos a los príncipes, entonces de muy temprana edad.

El arzobispo don Manuel, legado Apostólico de Su Santidad Serenísima Vaticana, acuciado por los hechos reconvino con furor apostólico  al rey con la siguiente perorata:

 

- ¡Señor!. ¿cómo es posible que vos, rey, abjuréis de la religión de vuestros padres y que baséis vuestro descreimiento en naderías, como si fuerais uno de vuestros vulgares súbditos?.

 

El rey apóstata callaba la invectiva del purpurado sin mover uno solo de los músculos de su cara. El rey, mientas hablaba la autoridad de la Iglesia, convertía sus pensamientos en calderilla y se decía:

 

- ¿De qué forma es posible aunar mi autoridad con mi falta de fe y cómo es posible que el último de mis gobernados, que no súbditos, la fe le salve cuando a mi no me sirve ni siquiera para este poco tiempo en la tierra?.

 

El Nuncio don Manuel seguía hablando, viendo el silencio permisivo del rey y creyendo que sus palabras hacían mella en el duro pedernal que era el corazón de Felipe Nono.

 

- Ya no pensando –dijo- en la trascendencia que para vos supone la salvación de vuestra alma, también y más importante, el ejemplo que dais a vuestros súbditos y como estos, por mimetismo o imitación de su persona, pueden en vuestra estela perder el don más preciado que nos ha dado el Señor, la fe y por ende la felicidad en esta vida y la salvación eterna.

 

El rey, taciturno, callaba. Con la cabeza apoyada en el puño y el codo descansando en su rodilla, pensaba, como lo hizo antes, como ayer y también como hoy, algunos de los principios de la Iglesia de los que, la misma Iglesia, hacían mofa y ludibrio, cuando con sus actos ponían en solfa todas y cada una de las cosas que enseñaban.

Mientras, el Monseñor  le amenazaba con los males del infierno que se extenderían como mancha de aceite, no sólo a los miembros de su familia, “felizmente aún en el seno de la Madre Iglesia”, también a cuantos le rodeaban hasta convertir el reino,  en el reino de Satán.

 

- Si quien escribe en la pizarra –rumiaba el soberano- es más pecador que el que se sienta a escucharle en el pupitre, ¡cómo las enseñanzas de aquel pueden dirigir los pasos de éste!. ¿No es la moral única, no son sus cometidos iguales?. Si convenimos en la certeza del aserto, entonces, la afirmación tanto obliga al rey como al gobernado, al que enseña como al que es enseñado.

 

Y el rey continuaba, ahora confundido, diciendo: “tanto al zote como al genio, tanto al idiota como al listo….”

SIN LUGAR PARA EL ARREPENTIMIENTO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Jueves 16 Septiembre 2010 18:26

 

          Cuando Paulo Pedrus entendió que su vida podía cuantificarla en segundos y que, por muchos que fueran estos, con la rapidez que pasaban, con la aceleración en la que se perdían en el tiempo, su existencia al fin, bien podría ser resumida contando con los dedos de la mano el tiempo pasado y por venir, a punto estuvo de perecer angustiado y confundido.

Igualmente se extrañó, con incomprensible rebeldía, saber que nada podía hacerse para volver atrás de los acontecimientos impropios, dando lugar así a rectificar aquello que fue mal hecho. Esta impotencia que no permitía el arrepentimiento le volvió en contra de todo cuanto le suponía vivir, de todo cuanto le pudiera haber supuesto la felicidad en la tierra que habitaba.

Paulo, joven aún, envejeció en tiempo record. De tanto barajar la duración de la vida acortó esta. No entendía que, una cosa era la existencia y otra bien distinta medir su duración.

Fue infeliz porque nadie, aquello que se aprende por lógica sólo en tramos de sucesión de la vida, le ayudó a comprenderla. Pasaba los días el hombre contando los segundos que tenía un minuto, los minutos contenidos en una hora y así se sucedían las horas para después reducirlas en complicadas multiplicaciones sin fin en segundos-

Reducía la alegría de abrir los ojos, de sentir el agua de lluvia sobre la cabeza, el aire que acaricia mientras nos despeina, la luz y las tinieblas, en suma la verdadera multiplicación de los días en los que los seres humanos encuentran la felicidad sin perderse nunca en vulgares matemáticas de principiante.

La distancia, igualmente, la contó, no en kilómetros, sino en tiempo de segundos desgranados con los dedos. Había, sin él saberlo, emprendido el camino por el que se vuelve al principio.

 

                                                  

ASUNCIÓN QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Martes 20 Abril 2010 17:08

 

En contra de lo que se pueda creer, chocando sí, de bruces contra lo que falsamente conceptuamos moralidad, doña Asunción Candela –nombre y apellido eran ya una premonición- cuando llegó al cielo, en edad avanzada y como consecuencia de cruzar indebidamente una calle por el sitio donde no existía un paso de peatones, nadie la reprochó por su desmedido celo en su labor de satisfacer al sexo contrario, a la vez que lo hacia con el propio.

Ni siquiera fue llamada al orden, ni nadie allí arriba le tuvo en cuenta algunos devaneos, conceptuados duramente de erróneos y contra natura, cuando tales expansiones las mantuvo con personas de su mismo sexo.

Su temor al fin se desvaneció, pues aún no llevando en el corazón la culpa, se veía acusada por la sociedad y sus reglas, las que edificaban pecado cuando exclusivamente se trataba de amar. Temía no ser comprendida en toda su extensión y en su generosidad, pues a nadie se había uncido en la tierra y por tanto a nadie le debía respeto en tales temas.

 

- De haber sabido antes la resolución que se iba a dar a mi vida en el cielo, -dijo-  el talante mantenido en nuestro mundo, aunque para mi siempre fue el idóneo, cuando no bueno y hasta excelente, si cabe lo hubiera vivido con más alegría. La sonrisa que algunos quisieron borrarme de mi boca, -añadió- en ningún instante hubiera desaparecido de ella. La alegría es el primero de los preceptos que estamos obligados a cumplir.

 

El segundo de estos preceptos, diría, ya en compañía de algunos de los santos varones que la precedieron en el óbito y la amaron en vida, es sin duda alguna el amor a todos y cada uno de los seres humanos, a todos y cada uno de los animales que nada oponen a ser queridos, a todas las cosas susceptibles de ser amadas. Amar al prójimo por encima de sus vestiduras, que las únicas diferencias que admitió radicaron  en según y como estuvieran de dispuestos o no, a aquello que por dentro nos mueve, sin nuestra voluntad, para poder escoger.

LA GARRAPATA DE FEDERICO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Miércoles 14 Abril 2010 16:02

 

 

El mal a Federico Manso se le alojó, salva sea la parte, ya saben, por aquello que el escrito pudieran ser leído o escuchado por aquellos a los que aún la vida no les ha dejado desarrollar el nervio pudendo.

 Dicho inconveniente curso con tal virulencia, así lo afirmó el interesado, que ya lo podían advertir hasta quienes legos en la materia, estaban muy lejos de saber la génesis del feroz achaque, pues con solo mirarlo, bastaba para advertir su importancia.

Una vez recuperado, que fue visto y no visto, contaba Federico del doctor que le había operado lenguas y no acababa. La operación, realizada de urgencia, fue llevada a cabo sobre la misma camilla donde don Restituto Rostribañez investigaba el parecido mal, en la ingle del perro que a consulta había llevado el joven.

Le dijo, viendo como rascaba el prurito sin guardarse de la enfermera:

 

- Valor, muchacho, que aquí no pasa nada.

 

Y en diciendo esto se puso manos a la obra y diez segundos después estaba el bueno de Federico tumbado donde el perro y quince después radiante y como nuevo.

De aquí que el paciente dijera que fue un médico excelente, siendo como era veterinario, que no solo empleó una depurada técnica en la operación incruenta, si no que también le inoculó tal dosis de fe, que con ella consiguió el milagro de una curación definitiva, cuando bien pensó que le habían llegado las diez de últimas, tal era la quemazón.

Aquí fue cuando intervino la auxiliar ayudante que, para mayor INRI, pertenecía al círculo de amigos de Federico y quien, sin dejar de reír, puntualizaba que, mientras le subían a la camilla, ya habían fumigado al perro, su dueño perdió el conocimiento, no sin antes clamar al cielo y a todos los santos benditos por tener que perder la vida en plena juventud, a dos días escasos de ser un hombre casado.  

Aún continuó narrando la enfermera amiga, atropellada cuando no muerta de risa, que cuando no se doblaba por la cintura, se retorcía las tripas, mientras daba cuenta de puntuales y escabrosos detalles de tal peripecia y aún algún que otro grito desgarrador, como se supone que debe ser el que emita el condenado a muerte, y que era traducción del miedo que embargaba al pobre Federico Manso.

La novia del muchacho, que en este tiempo se incorporaba al jolgorio, preguntó, sin saber de la misa la media, de quien se trataba, el sujeto que tanto les hacia reír y que era en realidad lo que le había ocurrido.

Lejos de aclarar la identidad del afectad respondió la amiga:

 

- Nada, hermana, una garrapata que buscó refugio, todo ello para mitigar su hambre, allí donde la sangre adquiere más calor en los seres humanos y supongo en todos los demás. En ocasiones, si dan con un puritano, uno de esos pirados que ven enfermedades y muerte por doquier, adquieren la categoría de tragedia.

 

 

                                                     

LA MUJER SIN NOMBRE

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 29 Marzo 2010 15:13

 

 

          Buscando en el contenedor asió la mano de ella. Fadrique de la Bella Casa, levantó entonces los ojos y dejó por un instante de escudriñar el hambre que le roía las tripas. En aquel momento mágico, donde el sol se escondía entre arreboles de oro por el poniente de la vida, divisó, como una llamarada en un campo de trigo. Eras los ojos de ella.

Ardían sus pupilas tanto como su mano enfebrecida. Fadrique soltó entonces, sobre la palma de la mano vacía de aquella  mujer de frío y de fuego, el pan duro recién encontrado.

Aquella noche, recostados los dos en el contenedor vacío, ella acurrucó su cuerpo aterido sobre el pecho del hombre.

Fue, recuerda Fadrique cuando lo cuenta a otros mendigos, de todas las noches del año, la única velada que duró un suspiro, el único tiempo que le reconfortó el ánimo, el instante único donde sintió su coraje espoleado, haciéndole ver el futuro con la alegría del presente.

Más nunca Fadrique llegó a saber el nombre de ella. Acaso por eso la llamó Silencio, porque en él pudo escuchar en adelante su corazón olvidado. La llamó Vida, porque aún despidiéndose, le dejó su aliento. La llamó Amor, porque habiendo podido besar su cabeza, esta cayó, al fin exhausta, sobre su pecho.

Tantas veces la siguió llamando en la mañana, que de no haber volado la noche anterior rauda hacia las estrellas, hacia aquella que más lucia y que creyó escucharla llamar madre, sin duda se hubiera despertado.

 

 

EPILOGO

Posteado por José Luis Martín | Disquisiciones | Lunes 15 Marzo 2010 16:36

                                                                

 

          He cerrado tantos capítulos de la vida de los demás, que nada me extraña se estén escribiendo los últimos renglones del mío.

 

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