Ensayos | Poemas y fábulas

Viagra

DESVANECIDO EL SUEÑO…LA CRUDA REALIDAD

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 30 Enero 2012 13:29

Iba yo con mi amigo Rico, Ángel que no demonio, camino de la garganta, de una charco emblemático que llamaban, no sé porqué, La Rubia, a bañarnos y a tomar en sus pulidas lanchas el sol de estío para quitábamos de encima el tórrido calor. Era pues verano, agosto y hacia calor asfixiante por los caminos y veredas por los cuales deambulábamos, al tiempo que nos entreteníamos cogiendo grillos y tirando cantos a las lagartijas que de cuando en cuando se dejaban el rabo en el lance, también lagartos que se hurtaban fugaces a la vista, como los relámpagos en el fondo del horizonte en días de tormenta.

Por acortar el camino, trochas y mil veredas, intrincados vericuetos que nunca se acababan, saltábamos las tapias de las fincas y cruzábamos estas, sin pisar lo sembrado, si es que había o se daba tal circunstancia, para llegar a la otra pared y vuelta a empezar.

En la penúltima de ellas, cuando ya se divisaba el puente de la garganta llamado, si no recuerdo mal, La Márgara, tropecé mientras intentaba franquear la tapia, pasando de esta forma, brusca e impremeditada, a la finca desde donde se divisaba cercano el charco nombrado.

Aquí, pese al importuno desliz, me levanté presto, pues no en vano un oso blanco bajaba raudo ladera abajo con torcidas intenciones. Verle yo y emprender frenética carrera fue todo uno. Rugía la fiera tras de mi, sin darme alcance, pues cuando a tiro de garra me tenía e iba la zarpa a zarandearme, tropecé en la pendiente y ya cuesta abajo, rodando como rueda de bicicleta le saqué la distancia suficiente para que el miedo, si no del todo, por un instante me abandonara.

Cuando me aproximé a la garganta me metí en ella, sin mucho pensar, vestido como estaba, en la corriente del agua y nadé frenético hasta la otra orilla. Claro que el oso, grande como la torre de la iglesia de San Genovino, nadaba igualmente y con mayor rapidez que lo estaba haciendo yo, que en tales divertimentos solo en contadas ocasiones he sido un hacha.

Nunca pensé que podía llegar a la otra orilla. Cuando lo logré me volví a mirar a la bestia que extrañamente se había detenido en medio de la corriente y miraba como confundido, desvariando en el propósito o eso me pareció a mi. Me extrañó, sí, su actitud, pues es sabido que con hambre nadie desprecia a la presa tan desprotegida y cercana.

Miré entonces alrededor y fue en ese instante cuando en la cima de la ladera, vi, ¡lo juro!, a un par de leones que curiosos parecían observarnos. He aquí la causa, el origen me dije, que justificaba el pánico que el oso demostraba. Yo entonces también pensé, seguro que algo a destiempo, que tales acontecimientos en modo alguno podían estar sucediendo. No hay osos polares en Coscojal de los Desamparados, aún menos leones de la sabana africana, pero la vista no podía engañarme, veía a los tres animales prácticamente juntos. Me dije que no cabía otra explicación lógica que se hubieran escapado del zoo próximo, todo lo demás era tan improbable como imposible.

Los leones, un instante quietos, apenas si se fijaron en mi, poca cosa, debieron pensar, por lo que arrancaron soberbios tras el oso que, saliendo de la garganta, corrió hasta perderse por el horizonte. Tras su carrera se fueron los dos leones, rugiendo, hambrientos como estaban, saltando como malabaristas de circo cuantos obstáculos se oponían a su desenfrenada persecución.

Yo seguía agazapado tras la piedra que había derribado de la pared y que apenas su era tan grande como para taparme la cabeza. Fue entonces, lo recuerdo bien, cuando mi amigo Ángel vino en decirme:

- Por fin te despiertas. Cojonudo susto el que me has dado.

Yo le pregunté:

- Los leones, los has visto, han preferido la carne más jugosa del oso.
- ¡Qué oso! –me respondió- ¡qué leones! Joder, despierta de una vez, que tampoco te puedes haber hecho tanto daño como para que desvaríes tanto y con tal profusión de incoherencias.

Era cierto, me debí de golpear en la cabeza con aquella misma piedra que me protegía de los animales salvajes. Pero ya no quise contarle nada más, al confesarme que él no se había movido del lugar donde me había caído y en ningún momento había visto oso o leones, ni siquiera pájaros volando, porque irónico añadió, mientras al fin se le borraba de la cara su preocupación:

- Creo que todos anidaron, por unos momentos al menos, en tu dura cabeza de chorlito.

EL PERRO QUE HABLA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 9 Enero 2012 11:21

Doña Visitación Valeriana de Todas las Anunciaciones y Santos de Guardar habla largo y tendido con su perro. Bueno, eso al menos dice ella a quienes tienen la paciencia suficiente de escucharla.

Desde su más tierna edad, que lo trajo a su casa de días si no de horas, lo cuida, le mima, le mece y le saca a paseo en todo momento y lugar y le habla y le dice y le aconseja y le previene contra el mundo y sus maledicencias. Es, enteramente, su hijo del alma.

Doña le ha bautizado con el nombre de Dino y de esta manera le llama y el perro le mira y le ladra y si no le sonríe es porque es gesto éste que todavía no ha aprendido y está en que lo alcanza. Dino es un caniche de retorcida labia, de buenas maneras y caricias sin tino y halagos sin tacha, así de ufana lo dice ella, cuando afirma que le habla, que le cuenta y la dice y en todo momento escucha, del ama, las floridas cosas con que le apoda y le llama.

Le enseñó los palotes, en su más tierna infancia, junto con las primeras letras, las cuentas y las artimañas, para que no fuera un perro, sin carné y sin nada. Es por eso que dice que ladra y también recita en tres idiomas y más porque no le da la gana, que es un cachorro fiel y con ardides y con mucha retórica y palabra.
Las enseñanzas fraguaron en Dino por la mañana, en la tarde y en la noche y también de madrugada. Es un perro este perro sabio, se harta de decir su ama, sin que ello le procure empacho alguno y tanto es que se repite, que hasta los periódicos de él hablan, párrafos floridos y versos que claman, por educaciones varias, sin por ello mirar, el árbol del cual se desgajó tamaña la rama.

Caso insólito, allí donde se cuenta la historia, extraña, el tesoro que atesora, doña Visitación del alma. Sorpresas por doquier produce, este Dino del que se habla, más cuando la gente se entera, que es un perro quien les platica sobre los acontecimientos, desarma. Que sisea cuando ladra es un hecho palmario y más que ladrar canta, lo dice de esta manera la dama, que es ya comidilla del mundo, en las tierras varias, hasta en las televisiones más cautas declama.

Va a cumplir veinte años, este Dino que acaudala sapiencias y gracias para regalarlas, que hasta a mi me ha convencido, cuando le escuché con calma y sin tino. Veinte años son muchos años, para un perro que se precie como éste, más con la Doña del alma que no para de decirle lindezas como si de su hijo se tratara. Ya sus narices fenecen, ya sus patas no arrancan, que oler no huele una y sus zancas, tímidas y medio lelas, apenas si anda. Tres pasos seguidos y busca refugio, en la halda de su dama, esta misteriosa mujer que le infundió milagrosamente el habla.

Y tras este milagro del habla, cierto día vinieron, un ciento de reporteros para verificar la hazaña. Allí fue Troya, catacumbas de Roma, a Dino le preguntaron por su ama y el perro les respondió, sin alterársele el habla, pues hacia ella miró y con el hocico apuntó, más no pronunció palabra, que era ella, su ama, el pecho donde su cabeza reposaba, el regazo donde ya descansaba. Su dueña alegó entonces, tratando de dispensarle, el porqué reacio a comentar callaba, que era tímido el can faldero, por mucho que lenguas parlara y el rabo en aquella ocasión guardara.

Los reporteros no escucharon las últimas postreras palabra que las tradujo Doña Visitación, un instante antes de que expirara. Pensaron en burla, en ironías sin tasa, chanzas y zumbas, pues sin merecerlo, al perro aquel le engalanan:

Y dijo ella que dijo Dino en su postrera oración, aquella que le salía enteramente del alma:

“No, no hablaré, que no quiero ser yo, un pecado más que juntar a los diez conocidos, pues no quiero romper el ritmo de un mundo, donde solo saben hablar los hombres y los loros, con permiso de las damas”.

LA ESTULTICIA DEL HOMBRE DISTRAIDO

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 24 Noviembre 2011 8:57

Mi vecino, el honorable Horacio Matute me ha preguntado si yo conozco a alguien que le pague a él, por un posado suyo en puritita pelota, una pasta gansa.

Don Horacio, que está jubilado de camarero de garito de calle perdida por el centro de la ciudad, me dice que ha leído con estupor que, por un desnudo de una tal Kate Moss, que al parecer es modelo de pasarela cara, ha vendido y alguien ha comprado, una foto de la interfecta recatadamente desnuda por la muy estimable cifra de 19.000 euros.

El hombre, es claro y lo reconoce, no tiene tales atributos para enseñar pero que, por una cantidad, si no igual, parecida al menos, estaría dispuesto a una pose donde todo quedara a la intemperie.
Don Horacio, no se crean, empezó de músico, sin suerte, para hacerse pintor después, puntillismos lo llamaba él. Pero se conoce que no dio con el quid y sus cuadros, que voceaba por la calle a pleno pulmón, apenas si se vendían, por lo que se metió a camarero. Oficio este, no lucrativo, pero si más seguro para terminar el mes con algo que llevarse al estómago. De tales actitudes es por lo que me recalca que sabe y mucho, adquirir formas que atraigan primero al fotógrafo artista y después al comprador caprichoso. Que a la postre, “!qué más tiene!”.

Me ha recalcado que, tal como está la situación económica, la pensión que cobra de camarero no le llega ni para darse un vicio, que se ha visto obligado a dejar de fumar, – reconoce que si bien le ha costado erradicar la perversión, está encantado con la decisión tomada – ha reducido la ración de alpiste, como don Horacio llama, con cínica ironía al boborcio, hasta dejarlo mitad y mitad, así como divertimentos que no hacen al caso nombrar y otras zarandajas de menor calibre, importancia y cuantía.

Lo que más al cabo le ha supuesto, pues a la postre es un alma sensible que está demostrado por sus anteriores aficiones, es haberse visto obligado a racionar la comida de su perro, un pastor alemán que ha tenido que poner a rigurosa dieta, pues amagaba con no poder traspasar la puerta de su casa de gordo como se estaba poniendo.

- Yo, mire usted don José, yo me conformo con la mitad de lo que cobra la señorita nombrada. Poso, salgo desnudo o en desaville sexy, que tanto monta, me tiran las fotos, se revelan, se ponen a la venta y hay quien me compra seguro, que cosas más raras y extravagantes se han visto en los tiempos que el hombre vive sobre la faz de la tierra. Y qué añadirle… que aquí gloria y allí paz, digo al revés. ¿No lo cree usted así?

Mi respuesta no ha sido categórica, ni siquiera del todo convincente, aunque para convencerle de sus propósitos descabellados he bajado la voz, como si fuera a decirle una confidencia y le he susurrado:

- Don Horacio, amigo, usted no ha reparado en pequeños detalles, muestras que son hitos, sutilidades que se van perdiendo con la edad y que conste que no le estoy llamando viejo, solo mayor. Retroceda, vuelva usted la espalda al momento y sitúese en su juventud, ahora escoja: la foto insinuante de la modelo o el despelote de un camarero jubilado. Eso y lo añadido, que el fotógrafo, al momento de apretar el percutor de la cámara, algo sobrenatural le invade y se convierte en artista y de ahí, el cuadro conseguido, la instantánea lograda.
- ¡Vamos, don José, que no le hacía yo tan ingenuo! Es decir, para usted, la importancia de la foto estriba y está en el momento que el artista, como llama al fotógrafo, que nunca tal cosa se me había ocurrido en estos menesteres domésticos, aprieta el gatillo o percutor, lo que unido a lo poco que enseña, pero de manera rococó mostrado, la modelo, artista del varieté, completan la cantidad exacta que yo vengo en cobrar cada dos años, después de 35 o más de haberme eslomado en el tajo.
- Así es, que no seré yo quien le discuta tamaña verdad. Más lo que estamos hablando no es sino cosa distinta, una sangrante ironía que se gasta la vida, con las personas que no supieron ser originales en ella, de ahí que la memez se pague a precio de oro y el trabajo se subvalore hasta términos, repito, sangrantes.
- Según usted, enseñar un cuarto de seno es una manera original de ganarse la vida. Porque ir de aquí para allá, con la bandeja a cuestas, tratando de no derramar los contenidos de las botellas y vasos que en ella transporto sobre las espaldas de los clientes que me ignoran si no va con ellos, no es otra cosa que una vulgaridad que está, por otro lado, al alcance de cualquiera. ¿O no es así?

Lejos de quitarle la razón al bueno de Honorio, el camarero jubilado, coincidí en darle al menos un cuarto y mitad de la razón que me demandaba, Así le dije:

- En verdad que se va acercando a usted a las inercias en las cuales y por las cuales se mueve el ser humano. Y es que, para gustos, nada hay escrito y cada uno es muy quien para colgar en sus paredes aquello que le venga en gana, y sea de su complacencia y los pague con arreglo a su peculio personal.

P.D.- Los fotógrafos, aquellos profesionales que buscan ser testigos de su tiempo y plasmar dentro de sus cámaras las vicisitudes por las que pasa y vive la historia, llegan a ser verdaderos artistas, llegan al igual que el músico, como el pintor, el literato, el investigador, etc. a poseer el nonasegundo que les hace inmortales.

De tal inmortalidad tanto hablará su tiempo como se le reconocerá en el futuro. Quien solo sea flor de un día, el que se conforma con la efímera luz de un foco, no conseguirá la gloria que tuvo al alcance de sus manos.

INTRODUCCIÓN A LA SOLEDAD

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Miércoles 26 Octubre 2011 11:14

Durante muchos años he escrito sobre el misterio de la soledad, el estar solo, no aislado; he intentado dar, a cada palabra redactada, el sentido exacto que pudiera con mayor aproximación definir el sentir. Casi puedo asegurar que he plasmado estas páginas cerrando los ojos e ignorando que fuera de ellos nada más existe y que en aquellos momentos pudiera ser de mi incumbencia, está claro.

La soledad viviente, es una licencia, pero también es algo así, como una ligerísima e invisible cortina al gusto de un sol que pudiera abrir el grifo de los rayos, ahora tronantes y jupiterinos, inmensos para atravesarla, ahora suaves como caricia de bebé.

Se está y se vive en soledad, se limita, se amplia y hasta se cuartea, cuando comienza a pesar como un calvario, que todo en la vida llega. La reconozco porque dentro de mí ha alcanzado a representar una vivencia tan perfecta, como autónoma del ser, si es que, como individuo no pudiera supeditar mis fuerzas a las que me impone la soledad para poder yo salir de ella cuando me haga falta.

Vivir la soledad es vivir palpando el meollo de las cosas, es sentir con las potencias infinitas de nuestra humanidad limitada. Es, sí, como el trabajo que mira superando orgulloso el ocaso en el que ha dejado de creer, allí donde nos esperan, allí donde nos aguardan para de una vez, abrir de par en par las puertas de la casa de quien nos metió en este mundo.

Es una realidad, contar el diario de la vida con las sensaciones que la soledad nos ofrece en todos los instantes de ella. Fui, vine, escuché, toqué y narrar como llegan hasta nosotros, hasta la misma alma perdida dentro del ser, aquellas múltiples sensaciones, contactos impensables, es como despellejar hechos y acciones después de despojarlas de la piel grosera, burda capa que las envuelve.

También hasta la soledad llegan las tristeza, en ellas igualmente me he sumergido de tal forma, hasta tal punto han influido en mi, que vuelto a leer lo escrito, he sentido como un miedo interior, al compararme con la magnificencia de las circunstancias donde me encontraba inmerso.

Las circunstancias, esas vicisitudes que me hacían salir derrotado en sus confrontaciones, eventos rendidos al no sopesar la carga que sobre mis hombros echaba, así hasta hacer crecer la estima, superar la soledad no querida Y alcanzar otra que hacía progresar mi espíritu hasta hacerme añorar la victoria.

La soledad es la luz en el desierto del silencio. Es también la luz que alumbra en el desierto de la soledad. Es decir, lo mismo y lo contrario. La soledad no es única, a todos nos sirve e iguala. Ampara y desampara. Irrita y canoniza, más a nadie deja indiferente, que al fin es música que puede tocarse con mil instrumentos distintos.

Nos ofrece la soledad cuanto de ella queremos alcanzar. Aristóteles decía al respecto que “quien se aparta de sus semejantes, o es un degenerado o un ser superior a la especie humana”. Hasta aquí Aristóteles, que encuentra en la soledad consciente el sentido de la vida plena.

CELEMÍN Y MEDIO DE OPTIMISMO PARA DON CASTOR

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 11 Octubre 2011 7:46

Flátulo Maganto, cetrino y enjuto como simio catirrino, listo como ratón colorado y astuto como zorra hambrienta, ¡vaya lo uno por lo otro!, preguntó a su cuñada:

- ¿Dónde irá don Castor a tales horas?

Flátulo y doña Encarnación andaban entretenidos en el Parque del Oeste, aquí en Madrid, dando de comer a las voraces palomas, cuando vieron aparecer en el cotano donde estaban a don Castor.
Era éste cojitranco, pulido y entrado en carnes, “Don Homobono Redondo no es un hombre, es una esfera..”, ya saben, tristón en su tristeza y algo ido en sus idas y venidas.
El maestro contable, en viéndole la catadura, volvió a decir a doña Encarnación:

- A fe que te acierto en lo que viene pensando el orondo don Castor.
- A saber que es lo que pasa por la cabeza de semejante tan estrafalario –respondió la mujer. Más aventurando la hipótesis que creo factible, conociendo como se que este hombre odia los libros y la lectura, acaso no sea tan difícil el acertijo. Sin duda se está recreando en unos pensamientos tan dolientes como constreñidos.
- Lo de constreñidos, Encarnación, no te lo he pillado, si es que había algo que pillar, claro.
- Ni falta que te hace, angosto, limitado, también tú, que yo toco y canto sola. Pero, di de una vez, en que puñetas viene pensando.
- En la falta de libertad mental del hombre, porque él se empecina en buscar la libertad fuera, cuando todo el mundo saber o debería saber, que está dentro, en las profundidades del hombre o en las superficies no advertidas. Por eso no me extraña su continuo mal humor, que este defecto es propio de aquellos, que por no saber mirar, ignoran donde está la meta, el fin o la diana, que todo al fin viene a ser lo mismo.
- Es posible que tengas razón en lo que dices, pero no parece tan fácil llegar a tales conclusiones, por más que tu forma de exponerlo no parezca que entraña dificultad alguna.
- Yo me confirmo en la convicción que es en los libros donde se asientan tales seguridades, a lo largo de los tiempos la experiencia en ellos plasmadas, ha hecho realidades inmutables. En su lectura y posterior reflexión encuentra el hombre respuestas, cuando no su camino.
- Verdaderamente, parece obvio cuanto dices –respondió doña Encarnación, que tratando irónica de llevarle la contraria, buscaba inútilmente razonamientos que así la pudieran convenir.

Dijo entonces Flátulo, el maestro contable, campanudo y lleno de ardor:

- Si hombres y mujeres de este planeta admitiéramos la inseguridad como algo circunstancial al ser humano, llevaríamos como adelanto el reconocimiento de nuestra propia debilidad. Desde este punto, tendríamos a nuestra disposición la vida entera para superar tamaño obstáculo.
- Don Castor es un ser saturnino, hecho de contradicciones y pequeños odios que se enfada hasta con el aire que respira. Vamos, como casi todos o algo más. Pero, de aquí a las conclusiones que te acercas, ¿no crees que hay demasiado trecho?
- A don Castor, Encarnación del alma mía, habría que pedirle valentía en su brusquedad, paciencia extrema en sus desesperados actos, de otra forma ni dentro ni fuera encontrará la seguridad que es en definitiva la tranquilidad de conciencia que no posee y que a buen seguro busca desesperadamente.

En tales divagaciones pasó don Castor delante de Flátulo y doña Encarnación. Iba el hombre anonadado, en la nube donde no se distingue la realidad de la ficción, pero con paso impropio de sus carnes. Solo la obsesión le guiaba.
Flátulo y su cuñada dejaron a las palomas y se fueron detrás de él sin ser vistos. Cuchicheaban el uno con la otra, reían los dos alguna ocurrencia maligna del caletre de Flátulo. Después, cuando cansados de caminar le vieron entrar en la ermita del Santo, el hombre dijo a la mujer:

- No te lo decía. Viene a la capilla a por un celemín y medio de optimismo, que es una de las facetas que la vida no le ha dispensado.
- Si de esta forma adquiere la seguridad que le falta, ¿qué de malo hay?
- Nada mujer –respondió el maestro contable- nada. Pero quien lo iba a decir de este hombre, por más que sepamos que, la condición humana saca pecho olvidando que estamos construidos de barro.

DON CASTOR TIENE EL ALMA ENCENDIDA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 9 Junio 2011 14:10

A don Tadeo no le gustan los rábanos. A un vendedor de hortalizas le amenazó con un cuchillo de matar guarros si se atrevía, aunque solo fuera una vez más, a pregonar su mercancía al pasar por su calle. Como le vio tan enrabietado, ni se le ocurrió; para que tentar la suerte, se decía con razón el pobre hombre.

A doña Eduvigis, que tiene una niña preciosa con dieciocho añitos, le causó tanto, repelús –malestar, decía ella- el semen de su marido que nunca más –a excepción del caso reseñado- volvió a conocer hombre alguno. Tampoco a mujer, que doña Eduvigis, en todas las cosas del sexo, era muy mirada.

- Y tanto, que se lo pregunten si no a su marido, que le tiene a la cuarta pregunta desde hace, más o menos, dieciocho años.

Don Canoto, aunque todo el mundo, como era de ley, por aproximación se comprende, le llame don Canuto, la fobia sobrevenida le dio por los pájaros, mayormente urracas y vencejos. De no habérselo prohibido, de forma coercitiva la Guardia Civil, se habría comprado un cañón para erradicar de este mundo a todo aquello que se le ocurriera volar.

- ¿También a los aviones?
- Yo creo que no hacia distingos, que era sobremanera bruto y apenas si distinguía lo uno de lo otro.
- La fobia, por si lo quiere saber, a don Canuto –permítaseme la licencia- le vino como consecuencia de una cagada de un cigoñino. La pobre ave en ciernes sacó el culo de las taramas del nido, tal como la había enseñado a hacer su progenitora e hizo el aguatocho. Y claro, ¡zas!, dejo tuerto y lleno de excrementos al bueno del tío Canuto. Aunque parezca mentira, la casualidad es tan cierta como el sol que brilla en lo alto del cielo. Lo que no tuvo don Canuto fue la suerte de Tobías, que al cabo, este recuperó la vista sin coste aparente alguno. A este otro hombre le costó, entre visitas a la capital y a la consulta de varios oculistas, que no daban con el remedio ideal, la juerga un riñón.
- Si, ¿eso es en verdad cierto?
- Ni lo dude

Eduviana o Eduvigis que cada uno la despacha como mejor le cuadra, la pescadera, la madre Florindita, la que hace rosas de migas de papel ensalivado, odia al mundo entero. Es persona de no quedarse nunca a medias. O todo, dice, o nada, aclara. A quien le rechista en el puesto de mando, le manda a freír puñetas “y el siguiente” de la cola. ¡No es nadie esta mujer despachando!

- Esas, mire usted, son batallas perdidas y sin mayor fundamento, que es lo peor. A la misantropía, como esta demostrada de doña Eduviana, la pescadera, le faltan unos cuantos cursillos acelerados de amor al prójimo. Difícil sin duda esta asignatura, ¡verdad que es así don Claretiano! La misantropía, por volver al principio, no es sino, una enfermedad sin tratamiento conocido hasta el momento.

Don Castor es otra cosa a todo cuanto llevamos contado. Don Castor es un hombre normal, dentro de unos límites, ni alto ni bajo: más bien esto último. Algo grueso, con papada pronunciada y con la fea costumbre de abrocharse el cinturón por debajo del ombligo, a media tripa, porque cree que eso le hace más hombre, sencillo al tiempo y distinguido, próximo y trabajador. Es amador, por más señas, de los animales en general y de las hortalizas en particular, especialmente los rábanos y los pepinos. Como amante, por ser esta materia reservada, se le desconoce la gracia, si es que tiene alguna. De cualquier forma, a primera vista, bien se puede afirmar que en tal tesitura debe de ser medianejo, tirando a bajo rendimiento, como los triciclos de segunda mano. Vamos, como quien dice, ni fu, ni fa.

Donde verdaderamente falla don Castor, parece mentira, es en la lectura. Se conoce que, de pequeño, como a todos les pasó por aquellas generaciones, le obligaron de malas formas y ahora se pone como un basilisco ante la menor insinuación de enseñarle un libro, un periódico, una revista o cualquier otra cosa que tenga una letra de por medio. Se conforma con la radio y en ocasiones hasta con las noticias de la televisión, por más que no se las crea.

- ¿Usted sabe leer, don Castorama?
- Tu padre. Castor y voy que me mato. Pero oiga, ¿con quién se cree usted que está hablando? Claro que sé leer, estaría bueno.
- Lo digo mayormente por los ascos y repulgos que usted demuestra ante la presencia de la letra escrita, de un libro.
- Los libros, ¡botarate!, ¡chiquilicuatri!, !zangolotino!, son el compendio de todos los males que aquejan al mundo. Pero, ¿qué sabrás tú, a edad tan tierna, de tales complicados y complejos asuntos?

Y don Castor, mirándole con desprecio por encima del hombro, se marchó rumbo a su casa que le queda aledaña al lugar. Allí, en la oscuridad de su alcoba, sueña sin embargo con montones de libros, grandes e inmensos carrimotes de libros, librerías y bibliotecas enteras, aunque, invariablemente se despierta sobresaltado en la mitad del ensueño. Después, no se sabe porqué, repasa lo poco que ha aprendido sobre la Inquisición española, “SOBRE LA INTRANSIGENCIA HUMANA”, los poderes fácticos y las mamandurrias y, cuando de los ripios de libros se eleva una gran humareda, llamas por doquier, don Castor, no se sabe tampoco por qué, se queda dormido con un sueño tranquilo y reparador, como un bendito.

UN ÁRBOL Y TRES PÁJAROS

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 24 Mayo 2011 14:39

Una paloma, un gorrión y un cuervo. El primero de los pájaros mirando al segundo le dice:

- Tienes la cara de pito y todo tú estás esmirriado. De dar una patada a la rama donde te posas, a buen seguro que no pararías hasta dar con tus plumas en el suelo.

El gorrión, displicente, al tiempo que se vuelve dándole la espalda, le contesta:

- Será el tío gilipollas.

La paloma, que le ha escuchado, como no tiene muchas ganas de gresca, se hace la longuis. Sin embargo el cuervo, que está en una rama superior, le llama la atención diciéndola:

- Poco pico para tamaño insulto. Tu carácter melifluo hermana se ha vuelto a poner de manifiesto. Por más que hayáis dado pasaporte a las urracas, que las habéis aventado de lo que era su territorio, aunque algunas arriesgadas quedan aún y no se dan por vencidas. Sin embargo, con los gorriones, cuatro o cinco veces más pequeños que las urracas, os ablandáis como si de mantequilla estuvierais hechos. Algo de lo mismo está ocurriendo aquí, en el reino de los ápteros, están siendo invadidos por iguales y terminarán expulsados, si es que antes no se derrumba el edificio del mundo.

- No he querido contestarle –responde la paloma- porque al cabo no lo considero enemigo que me pueda preocupar. Por otro lado, no es tanto el condumio que me quita y si tal ocurriera, lo tengo visto, al primer picotazo lo dejo grogui.

El gorrión, en la rama más baja del pino, mirando a tierra por si alguno de los niños que allí juegan se le cae una miga de pan u otra cualquier migaja que le alivie la necesidad, sonríe escuchándoles, al tiempo que tuerce el pico diciéndose en un susurro:

- Despreciar a alguien por su volumen es cuanto menos de ineptos que es lo que son, tanto la paloma como el negro cuervo. Los dos en franca regresión, el primero por ocupar de forma violenta el sitio de los ápteros y el segundo por su mala cabeza. La fuerza se les escapa por el pico, pues más que zurear el primero y graznar el segundo, hinchan orgullosos e ignorantes sus verdaderas debilidades.

Mientras, el cuervo sigue perorando con la paloma. La dice:

- Si se deja un insulto sin contestar se está propiciando el terreno para que el siguiente sea mayor. Por otro lado, perdonar es de débiles, enfrentarse con fuerza es de valientes.

El gorrión levanta la cabeza y contesta al cuervo:

- De ahí que vosotros, que tan solo hace unos años atrás erais multitud estáis diezmados y en franco retroceso. Evitar el peligro, hermano, nos hace inmunes y nos perpetua en el tiempo. Mirad, si no me creéis lo que ocurre en el mundo de los humanos de ahí abajo. La inteligencia, cuando no prima sobre todo los demás intereses, les lleva al caos.

La paloma, convencida zurea dándole la razón, por el contrario, el cuervo, grazna molesto al ver despreciada su tesis, su punto de vista, por ello responde rotundo:

- También de los ápteros he aprendido que más vale un instante de honra que cien años en busca de ella. O algo así, que tampoco estoy del todo convencido de lo que han querido decir.
- Mal entendiste, sin duda. La honra, que fue referida a los barcos con o sin, no a la duración de ella –aclaró la paloma ilustrada.

El gorrión, que dice estar más cerca de los humanos y respetar a este en cuanto se honra a si mismo, que es la forma de hacerlo con los demás, asegura que, al igual que las urracas, prácticamente expulsadas de lo que fuera su territorio por la constancia y seriedad de las palomas, así el hombre, por su impericia, su desdén y su falta de honradez demostrada a lo largo de los años, siempre coronada por su egoísmo sin límites, nos está conduciendo a todos, pues del hábitat de todos se trata, a nuestra desaparición, no en vano en su inconsciencia destruye la Tierra.

La paloma y el cuervo que nada de esta salida del gorrión esperaban, al unísono miraron para la rama más baja, allí desde donde piaba el pequeño pardal y con las cabezas asintieron, no en vano sabían que, era este pájaro el único que voluntariamente cohabitaba con el hombre, al haber vencido su natural miedo y haberse aprovechado de su tamaño, de su pequeñez para no infundirle temor, ni recibir de él consideración alguna.

Durante de la Peña, un filosofo entrado en años, deshabitado de miedos inmediatos y clarividente de futuros, mirando desde su balcón al pino donde platicaban los tres pájaros se decía, sin mucho entender los arcanos de sus pío-píos, zureos y graznidos, aunque advertía, en el ritmo de sus intervenciones, el diálogo a tres ramas, que bien podrían estar arreglando el mundo, ese que con tanta aceleración y voluntad trataban de llevar al caos el ser humano.

- ¡Ay, hermanos! - les dijo sin dejar de mirarlos- si ustedes supieran que no hay futuro, cesarían en sus trinos, en sus bellos cánticos y volarían sin descanso para perderse en la inmensidad del cielo, en busca de nuevos mundos en los que tranquilos habitar

SABER VIVIR EN EL PRESENTE

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 13 Mayo 2011 14:30

 

Andrés miraba su vida sin bajarse del pedestal donde se había subido. Tanto el ayer, pasado próximo como el ya remoto, los encontraba, sin embargo, vacíos, como si en vez de haber sido él, quien había vivido dentro de su vida, lo hubiera ocupado un fantasma, un ser irreal que le llenaba de sueños imposibles.

Otro tanto le sucedía mirando el futuro, aún el lejano en la distancia, cuando el inmediato lo encontraba igualmente lastimoso, ese mañana oscura y poco desentrañable.

En estas dos cuestiones, litigaba en puro pesimismo, con algún rayo esporádico de esperanza, que se filtraba candoroso y tímido por lontananza. Acaso por eso se dijo que, si bien, sobre el pasado poco o muy poco podría hacer para remediar el mal sufrido, al menos debía encontrar el modo de vida capaz de que mirando el futuro, bien le pudiera llenar de optimismo lógico y natural.

No había día que en tales hechos no pensara, deteniéndose como parece obvio suponer más en el ayer que en el mañana. Pero, por más vueltas que daba a la cuestión de aquel pozo sombrío y tenebroso no encontraba la maldita forma de salir de él.

Miraba con pesadumbre la risa de los demás, con envidia que le saltaba por los ojos, de aquellos que en tantas ocasiones le rodeaban sin apenas verle, de sus bailes, sus gritos y cánticos y se decía que, si duda, viéndoles la forma de actuar y manifestarse, sin prejuicios, trabas y cualesquiera otro estorbo, en modo alguno se le podría hacer difícil compartir su alegría. Y lo intentaba, a reglón seguido y allí, como petrificado, le quedaba el rictus, la intentona, el esfuerzo que hacía, por mas que apenado y lamentable en su contemplación que no había en él, el menor hálito de convicción.

Lloraba entonces Andrés, sin lágrimas, las que empañaban de pesar su pecho. Lloraba en el alma su dolor terebrante, a veces indefinido, siempre tenaz y persistente, como la nube que ocupa el cielo, en ocasiones lacerante, como el puñal que traspasa la carne.

En uno de aquellos días, posiblemente de todos el más sentido, vino, hasta el pie de la columna donde Andrés ignoraba que estuviera perennemente subido, Lucía, una niña rubia, con el candor y la de sus siete años recién cumplidos quien, acercándose, le preguntó:

- Andrés, hermano, ¿por qué no juegas conmigo? Acaso no sabes o tanto te cuesta bajarte de la torre donde habitas.

Le miró Andrés sin comprender, con una sonrisa que quería ser igual a la de ella y preguntó a su vez:

- De donde, Lucía, debo de bajarme para poder jugar contigo.
- Del pedestal, de la pirámide, donde dice mi padre que no te bajas, Ahí donde siempre te veo.
- ¿Tú me ves tan alto?
- Claro, de otra forma no tendría que levantar los ojos al cielo para verte, para divisar tu cara.

Notó Andrés, cuando se agachó para acariciar la cara de Lucía, que en verdad se había tenido que inclinar más allá que la real diferencia de estatura entre ellos, que al menos había descendido un escalón, acaso los mismos pasos de una escalera donde mirando al cielo conduce al infierno de la soledad, allí donde sólo se alcanza a divisar la indefinición del horizonte.

Y fue de esta manera como alcanzó Andrés del Pío Monte, de la mano de Lucia del Bien Hacer, a comprender, a saber que era verdad que vivía dentro de la irrealidad de una burbuja sin límites, de una pompa sin contorno que le hacía ignorar el presente, enturbiando al tiempo el pasado por inexistente y el futuro por problemático.

Alcanzó a reír con ella y a mirar alrededor con optimismo, así como el futuro con tranquilidad. “El exceso de seriedad mal entendida, -le dijo muy seria- es pura y liviana pedantería”. De súbito comprendió el muchacho el pasado y su pecado, al fin enjugado, en las palabras clarividentes pronunciadas por una niña de siete años.

¡VAYA RUINA DE VACACIONES¡

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 12 Abril 2011 8:44

Con tal ansia esperaba Federico las vacaciones de verano que, el mismo santo paciente, Job, le hubiera severamente recriminado tan poca paciencia como mínima resignación.
Mas como todo en la vida llega, que tan solo basta sentarse y estoico esperar, Frederik, como él quería que le llamaran cuando de incógnito se pronunciaba, alcanzó su sueño dorado, aquel que con tanta intensidad le atraía hacia la arena de la playa.
Dejó pues la oficina como quien huye del mundanal ruido o como quien deja un lugar, después de haber cometido sobre él una acción imperdonable, el odiado despacho, el sitio donde se ha perpetrado un crimen, el letal coche testigo de interminables atascos y en un decir amén, tomó el hato y el portante, una maleta escuálida hecha de días de desespero, noches de ensueño y como mejor se lame uno, solo, se perdió del ruido de la gran ciudad camino a las olas del mar.
Muy temprano, al día siguiente de llegar, cuando aún chirriaban los cierres de los comercios cuando eran abiertos, Frederik, entró en la peluquería de Pablico Stantom, un reputado estilista, escultor de cráneos, trencista de cueros y confesor amable de conciencias varias o variopintas.
En ella, sobre el suelo la peluquería se dejó la barba y el escaso pelo, la poblada barba y la totalidad del cabello. Con tanta diligencia y tal tonsura, que de haberle rondado por la cabeza una sola idea aprovechable, bien la hubiera podido desentrañar el peluquero.
No fue así. Mas ya limpio de todo estorbo superfluo, sin mácula, con unos pantalones a media pierna y una camisa que no le llegaba a tapar el ombligo, moderno él, muy en consonancia con el pueblo llano con el que decía venir a confundirse, se subió al autobús, caminos abiertos a todos los mundos conocidos.
Pero las cosas, ya está dicho, suceden unas veces sin premeditación y otras, las más, son debidas a la malas intenciones de algunos. De aquí que Frederik nunca habría de saber que, sobre su misma cabeza, aquel peluquero ladino y atrabiliario, abierto a todos los gustos, había dibujado-tallado arcanos imposibles sólo para iniciados, donde se daba cuenta, mortal confusión pues arrancaba de una mentira, que quien así llevaba la cabeza atusada del dibujo reseñado, una serpiente retorcida sobre el cráneo, respondía a gustos muy, pero muy particulares.
En el asiento inmediato posterior a donde Frederik se sentó en el autobús, allí donde se aposentó ufano y distendido, el ya paciente veraneante, fue ocupado por un negro opulento, grande, como hecho a propósito, beodo, mamado y cuba, que masticaba los despropósitos al tiempo que palabras ininteligibles, oraciones sin sentido, salidos por entre unos labios carnosos y rojos como gajos de naranja.
Frederik no hizo caso, apenas si se percató de la situación, tan abstraído iba y aún menos le hizo aprecio. Acaso se dijo que son cosas que pasan en la vida. Y se repitió que queriendo ser uno más y mezclarse con el pueblo llano, debes perderte en sus mismas debilidades y dar por sabidas que el prójimo, sin rubor alguno, pues ignora sus faltas, se estira satisfecho, levanta los brazos por encima de la cabeza al tiempo que, abriendo la boca de par en par, bosteza y trata de imitar, por su grandeza, a la puerta de la cueva de Ali Baba.
Y en tales disquisiciones iba cuando sobre la cabeza recién pelada notó el calor que emana de la boca, en este caso del negro descomunal, cuando sobre la piel notó la humedad ardiente de aquellos labios gruesos como plátanos encendidos.
Nadie puede poner en tela de juicio el noble aguante de Frederik, pues durante al menos diez segundos, tragó la suficiente saliva para soportar estoico el ósculo en el cráneo, sin duda desconcertado por la insólita situación, sin saber que era en verdad aquello que le estaba ocurriendo a él. Por un instante pensó que alguien, un ser sobrenatural le estaba absorbiendo, literalmente succionando, las neuronas, pues no se veía con fuerzas para expresar su horror y su extrañeza.
Al sentir de nuevo la caricia, aquello que cada vez más se aproximaba a agresión sobre la calva piel de la cabeza prácticamente rapada, se dijo en un instante súbito de exaltación, cuando impremeditadamente se le irritó el ego, que todo hasta aquí estaba bien, mas no había lugar para un segundo después.
Y mientras, aquel negro grande como un cíclope, con grandes aptitudes para llegar a coloso, le volvía a estampar un sonoro beso al tiempo que, con palabras entrecortadas, mientras con el dedo índice apuntaba lo que escrito llevaba sobre el cráneo pelado, sin duda por la emoción del momento, como por la feroz borrachera, cogorza al cabo, le declaraba su rendido amor, fulminante amor, nacido de una sola mirada, sobre la inscripción que partiendo desde la nuca le dibujaba todo el occipucio.
Frederik, entonces rojo como granada abierta por madura, herido por tan inhábil cocinero, muñidor de ordinarias manifestaciones, se levantó del asiento con ánimo jupiterino, con la misma hiel de la irritación que se le desbordaba por la lengua hasta salírsele por los labios, pues se disponía a lanzar sobre el negro, el tan descomunal como impropio hombre civilizado, una jauría de sapos y culebras, además de los perros de presa. Mas lejos de ello estuvo, que se atragantó, se ruborizó al cabo, al darse cuenta que concitaba todas las miradas de los pasajeros del autobús que seguía su curso camino de la arena de la playa próxima.
En la primera parada se lanzó fuera de él, del maldito coche de viajeros, mientras las risas le acompañaban como mariposas que revolotearan por encima de sus hombros para acariciarle la cabeza pelada. Aquellas malévolas risotadas que le acompañaron en el camino de regreso, malévolas sí y frustrantes también.
Corrió Frederik hasta esconderse del susto en la habitación del hotel donde se había aposentado y por mucho que se repetía que aquello que le acababa de ocurrir tan solo suponía un contratiempo sin mayor importancia, no era sino una patraña que añadir, a las muchas mentiras que iba interponiendo en su camino de integración dentro de una sociedad hasta entonces desconocida para él. Una añagaza más, se repitió, de la vida, porque por mayores intentos que hacía para levantarse del sillón donde se había sentado, en modo alguno lo conseguía, cuando pasadas las horas y creyéndose algo más calmado, intentó salir de nuevo a la calle.
Allí, en aquel refugio, sin salir, sino mirando por la claridad de la ventana al infinito, aguantó quince días, hasta que acabadas las vacaciones determinó volver al trabajo, a la rutina diaria.
Esperanzado, con el ánimo sereno, por encima, se dijo, del bien y del mal, erradicado este último, entró en su despacho, en su calle, en su coche, en la oficina, donde los compañeros celebraron su radical corte de pelo. Nada de aquello le resultó ingrato, cuando lo había abandonado ahíto de pensamientos negativos, muy al contrario, se reintegró a la práctica diaria con la benevolencia de quien ha recorrido el mundo y ha encontrado en este lugar, su sitio en la Tierra.

DESPUÉS DE UNA VIDA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 14 Marzo 2011 17:23

Mientras se moría, Palito A. Gusto pensaba que, si Dios aún le concedía el beneficio de vivir, al menos tres vidas más, tendría tiempo suficiente para acabar, la mitad de los trabajos que se había propuesto hacer en la presente, inconscientemente sin duda, dada la gran magnitud de ellos.

Palito, contra lo que se pueda creer, no era un niño de corta edad, era un hombre maduro rayando en el centenar de años, sólo que, a lo largo de su existencia había acumulado tantas cosas que hacer, que ahora, en el instante supremo, en el devolver la vida que le había prestado el Creador, amargamente se arrepentía de aquellos tiempos inútiles gastados en la más estéril de las molicies.

Claro que, después de sopesar un instante los pensamientos, llegó a la conclusión que eran estos divertimentos, precisamente, los asuetos que se había tomados, los culpables de los trabajos que con magnificencia había realizado.

Era su saber que, nunca en esta vida, sin calibrar con exactitud el tiempo que duraba, había adquirido instintivamente, sin responsabilidad alguna y de forma “insopesada”, compromisos que no podría cumplir consigo mismo, Por ejemplo: el número de libros comprados a lo largo de ella, a satisfacción siempre, que si no era hoy mañana los leería. Miles se podían ver en las estanterías de las bibliotecas de su casa y también miles eran los que no habían sentido el enorme placer de haberse abierto para unos ojos ávidos.
Cuando igualmente iba a llorar por la circunstancia expresada, añadió a la derrota un pensamiento inédito y evidente. Aquel día que compró los libros y con fuerza se veía para leerlos, ignoraban que los ojos también envejeces, aún más, que las concepciones cambian y las prioridades se yuxtaponen, por más que el sol salga por el mismo lugar y se ponga por poniente.

Llegó por tanto a la siguiente conclusión: la juventud, cuando planifica el futuro desconoce éste y de la forma que va a influir sobre su mente, sobre su físico, sobre todas aquellas potencias que van definiendo al hombre, a la misma Humanidad, a lo largo de los días que componen sus existencias.

Es cierto que se puso en manos del optimo especialista para arrojar de si los inconvenientes de unas cataratas que apenas si le dejaban ver, más recobrada una gran parte de su vista, no por ello se encontró con ganas suficientes para dejar lo que en aquel momento era más de su apetencia. La misma escritura realizada con sus manos traduciendo sus pensamientos en cascada.

Al cabo, se confesó, había leído tanto que muy poco de lo antiguo y clásico le faltaba por degustar, al menos de sus escritores favoritos. Ahora era el tiempo, preciso y precioso, para arrojar, por medio de su propia escritura – por tanto tiempo sistematizada con las páginas escritas por los otros escritores vivos- parte de cuanto llevaba en su interior, aquellos pensamientos engorados en las múltiples lecturas que de ellos hizo, tanto de los extraídos de las páginas de la vida como recogidas de las hojas de los libros.

Soñó con su biblioteca a rebosar cerrando los ojos y comenzó el repaso de sus trabajos imitando a quienes, mayores que él, le habían iluminado en tales canonjías. En ocasiones, tanta era la dependencia adquirida que tuvo que arrojar al fuego lo escrito, pues era copia literal de aquellos legajos leídos, aquellas historias, aquellos sentimientos que le traspasaron el alma. Había, se dijo, que ser original y único, para poder llegar de esta forma a los nuevos lectores, a la legión de ellos que todos los días se incorporan ávidos de saber y de conocer cuanto nos ofrece, el mundo y nuestra, posiblemente, mayor aportación, que viene a ser la traducción que de ellos hace nuestro corazón.

A Palito A. Gusto no le fue dado el milagro de extender su vida actual a tres más en el Universo. De otra forma hubiera cumplido al pie de la letra lo prometido, que para eso, la experiencia se imponía sobre cualquier otra circunstancias que le pudiera venir a disturbar.

Murió en gracia de Dios y aunque no recordado por su lectores, al menos dejó los libros inéditos suficientes, para que los suyos, hasta el momento actual y ya han pasado cinco años, tengan en qué entretenerse.

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