Ensayos | Poemas y fábulas - Part 2

payday loans car Insurance

UN ÁRBOL Y TRES PÁJAROS

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 24 Mayo 2011 14:39

Una paloma, un gorrión y un cuervo. El primero de los pájaros mirando al segundo le dice:

- Tienes la cara de pito y todo tú estás esmirriado. De dar una patada a la rama donde te posas, a buen seguro que no pararías hasta dar con tus plumas en el suelo.

El gorrión, displicente, al tiempo que se vuelve dándole la espalda, le contesta:

- Será el tío gilipollas.

La paloma, que le ha escuchado, como no tiene muchas ganas de gresca, se hace la longuis. Sin embargo el cuervo, que está en una rama superior, le llama la atención diciéndola:

- Poco pico para tamaño insulto. Tu carácter melifluo hermana se ha vuelto a poner de manifiesto. Por más que hayáis dado pasaporte a las urracas, que las habéis aventado de lo que era su territorio, aunque algunas arriesgadas quedan aún y no se dan por vencidas. Sin embargo, con los gorriones, cuatro o cinco veces más pequeños que las urracas, os ablandáis como si de mantequilla estuvierais hechos. Algo de lo mismo está ocurriendo aquí, en el reino de los ápteros, están siendo invadidos por iguales y terminarán expulsados, si es que antes no se derrumba el edificio del mundo.

- No he querido contestarle –responde la paloma- porque al cabo no lo considero enemigo que me pueda preocupar. Por otro lado, no es tanto el condumio que me quita y si tal ocurriera, lo tengo visto, al primer picotazo lo dejo grogui.

El gorrión, en la rama más baja del pino, mirando a tierra por si alguno de los niños que allí juegan se le cae una miga de pan u otra cualquier migaja que le alivie la necesidad, sonríe escuchándoles, al tiempo que tuerce el pico diciéndose en un susurro:

- Despreciar a alguien por su volumen es cuanto menos de ineptos que es lo que son, tanto la paloma como el negro cuervo. Los dos en franca regresión, el primero por ocupar de forma violenta el sitio de los ápteros y el segundo por su mala cabeza. La fuerza se les escapa por el pico, pues más que zurear el primero y graznar el segundo, hinchan orgullosos e ignorantes sus verdaderas debilidades.

Mientras, el cuervo sigue perorando con la paloma. La dice:

- Si se deja un insulto sin contestar se está propiciando el terreno para que el siguiente sea mayor. Por otro lado, perdonar es de débiles, enfrentarse con fuerza es de valientes.

El gorrión levanta la cabeza y contesta al cuervo:

- De ahí que vosotros, que tan solo hace unos años atrás erais multitud estáis diezmados y en franco retroceso. Evitar el peligro, hermano, nos hace inmunes y nos perpetua en el tiempo. Mirad, si no me creéis lo que ocurre en el mundo de los humanos de ahí abajo. La inteligencia, cuando no prima sobre todo los demás intereses, les lleva al caos.

La paloma, convencida zurea dándole la razón, por el contrario, el cuervo, grazna molesto al ver despreciada su tesis, su punto de vista, por ello responde rotundo:

- También de los ápteros he aprendido que más vale un instante de honra que cien años en busca de ella. O algo así, que tampoco estoy del todo convencido de lo que han querido decir.
- Mal entendiste, sin duda. La honra, que fue referida a los barcos con o sin, no a la duración de ella –aclaró la paloma ilustrada.

El gorrión, que dice estar más cerca de los humanos y respetar a este en cuanto se honra a si mismo, que es la forma de hacerlo con los demás, asegura que, al igual que las urracas, prácticamente expulsadas de lo que fuera su territorio por la constancia y seriedad de las palomas, así el hombre, por su impericia, su desdén y su falta de honradez demostrada a lo largo de los años, siempre coronada por su egoísmo sin límites, nos está conduciendo a todos, pues del hábitat de todos se trata, a nuestra desaparición, no en vano en su inconsciencia destruye la Tierra.

La paloma y el cuervo que nada de esta salida del gorrión esperaban, al unísono miraron para la rama más baja, allí desde donde piaba el pequeño pardal y con las cabezas asintieron, no en vano sabían que, era este pájaro el único que voluntariamente cohabitaba con el hombre, al haber vencido su natural miedo y haberse aprovechado de su tamaño, de su pequeñez para no infundirle temor, ni recibir de él consideración alguna.

Durante de la Peña, un filosofo entrado en años, deshabitado de miedos inmediatos y clarividente de futuros, mirando desde su balcón al pino donde platicaban los tres pájaros se decía, sin mucho entender los arcanos de sus pío-píos, zureos y graznidos, aunque advertía, en el ritmo de sus intervenciones, el diálogo a tres ramas, que bien podrían estar arreglando el mundo, ese que con tanta aceleración y voluntad trataban de llevar al caos el ser humano.

- ¡Ay, hermanos! - les dijo sin dejar de mirarlos- si ustedes supieran que no hay futuro, cesarían en sus trinos, en sus bellos cánticos y volarían sin descanso para perderse en la inmensidad del cielo, en busca de nuevos mundos en los que tranquilos habitar

SABER VIVIR EN EL PRESENTE

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 13 Mayo 2011 14:30

 

Andrés miraba su vida sin bajarse del pedestal donde se había subido. Tanto el ayer, pasado próximo como el ya remoto, los encontraba, sin embargo, vacíos, como si en vez de haber sido él, quien había vivido dentro de su vida, lo hubiera ocupado un fantasma, un ser irreal que le llenaba de sueños imposibles.

Otro tanto le sucedía mirando el futuro, aún el lejano en la distancia, cuando el inmediato lo encontraba igualmente lastimoso, ese mañana oscura y poco desentrañable.

En estas dos cuestiones, litigaba en puro pesimismo, con algún rayo esporádico de esperanza, que se filtraba candoroso y tímido por lontananza. Acaso por eso se dijo que, si bien, sobre el pasado poco o muy poco podría hacer para remediar el mal sufrido, al menos debía encontrar el modo de vida capaz de que mirando el futuro, bien le pudiera llenar de optimismo lógico y natural.

No había día que en tales hechos no pensara, deteniéndose como parece obvio suponer más en el ayer que en el mañana. Pero, por más vueltas que daba a la cuestión de aquel pozo sombrío y tenebroso no encontraba la maldita forma de salir de él.

Miraba con pesadumbre la risa de los demás, con envidia que le saltaba por los ojos, de aquellos que en tantas ocasiones le rodeaban sin apenas verle, de sus bailes, sus gritos y cánticos y se decía que, si duda, viéndoles la forma de actuar y manifestarse, sin prejuicios, trabas y cualesquiera otro estorbo, en modo alguno se le podría hacer difícil compartir su alegría. Y lo intentaba, a reglón seguido y allí, como petrificado, le quedaba el rictus, la intentona, el esfuerzo que hacía, por mas que apenado y lamentable en su contemplación que no había en él, el menor hálito de convicción.

Lloraba entonces Andrés, sin lágrimas, las que empañaban de pesar su pecho. Lloraba en el alma su dolor terebrante, a veces indefinido, siempre tenaz y persistente, como la nube que ocupa el cielo, en ocasiones lacerante, como el puñal que traspasa la carne.

En uno de aquellos días, posiblemente de todos el más sentido, vino, hasta el pie de la columna donde Andrés ignoraba que estuviera perennemente subido, Lucía, una niña rubia, con el candor y la de sus siete años recién cumplidos quien, acercándose, le preguntó:

- Andrés, hermano, ¿por qué no juegas conmigo? Acaso no sabes o tanto te cuesta bajarte de la torre donde habitas.

Le miró Andrés sin comprender, con una sonrisa que quería ser igual a la de ella y preguntó a su vez:

- De donde, Lucía, debo de bajarme para poder jugar contigo.
- Del pedestal, de la pirámide, donde dice mi padre que no te bajas, Ahí donde siempre te veo.
- ¿Tú me ves tan alto?
- Claro, de otra forma no tendría que levantar los ojos al cielo para verte, para divisar tu cara.

Notó Andrés, cuando se agachó para acariciar la cara de Lucía, que en verdad se había tenido que inclinar más allá que la real diferencia de estatura entre ellos, que al menos había descendido un escalón, acaso los mismos pasos de una escalera donde mirando al cielo conduce al infierno de la soledad, allí donde sólo se alcanza a divisar la indefinición del horizonte.

Y fue de esta manera como alcanzó Andrés del Pío Monte, de la mano de Lucia del Bien Hacer, a comprender, a saber que era verdad que vivía dentro de la irrealidad de una burbuja sin límites, de una pompa sin contorno que le hacía ignorar el presente, enturbiando al tiempo el pasado por inexistente y el futuro por problemático.

Alcanzó a reír con ella y a mirar alrededor con optimismo, así como el futuro con tranquilidad. “El exceso de seriedad mal entendida, -le dijo muy seria- es pura y liviana pedantería”. De súbito comprendió el muchacho el pasado y su pecado, al fin enjugado, en las palabras clarividentes pronunciadas por una niña de siete años.

¡VAYA RUINA DE VACACIONES¡

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Martes 12 Abril 2011 8:44

Con tal ansia esperaba Federico las vacaciones de verano que, el mismo santo paciente, Job, le hubiera severamente recriminado tan poca paciencia como mínima resignación.
Mas como todo en la vida llega, que tan solo basta sentarse y estoico esperar, Frederik, como él quería que le llamaran cuando de incógnito se pronunciaba, alcanzó su sueño dorado, aquel que con tanta intensidad le atraía hacia la arena de la playa.
Dejó pues la oficina como quien huye del mundanal ruido o como quien deja un lugar, después de haber cometido sobre él una acción imperdonable, el odiado despacho, el sitio donde se ha perpetrado un crimen, el letal coche testigo de interminables atascos y en un decir amén, tomó el hato y el portante, una maleta escuálida hecha de días de desespero, noches de ensueño y como mejor se lame uno, solo, se perdió del ruido de la gran ciudad camino a las olas del mar.
Muy temprano, al día siguiente de llegar, cuando aún chirriaban los cierres de los comercios cuando eran abiertos, Frederik, entró en la peluquería de Pablico Stantom, un reputado estilista, escultor de cráneos, trencista de cueros y confesor amable de conciencias varias o variopintas.
En ella, sobre el suelo la peluquería se dejó la barba y el escaso pelo, la poblada barba y la totalidad del cabello. Con tanta diligencia y tal tonsura, que de haberle rondado por la cabeza una sola idea aprovechable, bien la hubiera podido desentrañar el peluquero.
No fue así. Mas ya limpio de todo estorbo superfluo, sin mácula, con unos pantalones a media pierna y una camisa que no le llegaba a tapar el ombligo, moderno él, muy en consonancia con el pueblo llano con el que decía venir a confundirse, se subió al autobús, caminos abiertos a todos los mundos conocidos.
Pero las cosas, ya está dicho, suceden unas veces sin premeditación y otras, las más, son debidas a la malas intenciones de algunos. De aquí que Frederik nunca habría de saber que, sobre su misma cabeza, aquel peluquero ladino y atrabiliario, abierto a todos los gustos, había dibujado-tallado arcanos imposibles sólo para iniciados, donde se daba cuenta, mortal confusión pues arrancaba de una mentira, que quien así llevaba la cabeza atusada del dibujo reseñado, una serpiente retorcida sobre el cráneo, respondía a gustos muy, pero muy particulares.
En el asiento inmediato posterior a donde Frederik se sentó en el autobús, allí donde se aposentó ufano y distendido, el ya paciente veraneante, fue ocupado por un negro opulento, grande, como hecho a propósito, beodo, mamado y cuba, que masticaba los despropósitos al tiempo que palabras ininteligibles, oraciones sin sentido, salidos por entre unos labios carnosos y rojos como gajos de naranja.
Frederik no hizo caso, apenas si se percató de la situación, tan abstraído iba y aún menos le hizo aprecio. Acaso se dijo que son cosas que pasan en la vida. Y se repitió que queriendo ser uno más y mezclarse con el pueblo llano, debes perderte en sus mismas debilidades y dar por sabidas que el prójimo, sin rubor alguno, pues ignora sus faltas, se estira satisfecho, levanta los brazos por encima de la cabeza al tiempo que, abriendo la boca de par en par, bosteza y trata de imitar, por su grandeza, a la puerta de la cueva de Ali Baba.
Y en tales disquisiciones iba cuando sobre la cabeza recién pelada notó el calor que emana de la boca, en este caso del negro descomunal, cuando sobre la piel notó la humedad ardiente de aquellos labios gruesos como plátanos encendidos.
Nadie puede poner en tela de juicio el noble aguante de Frederik, pues durante al menos diez segundos, tragó la suficiente saliva para soportar estoico el ósculo en el cráneo, sin duda desconcertado por la insólita situación, sin saber que era en verdad aquello que le estaba ocurriendo a él. Por un instante pensó que alguien, un ser sobrenatural le estaba absorbiendo, literalmente succionando, las neuronas, pues no se veía con fuerzas para expresar su horror y su extrañeza.
Al sentir de nuevo la caricia, aquello que cada vez más se aproximaba a agresión sobre la calva piel de la cabeza prácticamente rapada, se dijo en un instante súbito de exaltación, cuando impremeditadamente se le irritó el ego, que todo hasta aquí estaba bien, mas no había lugar para un segundo después.
Y mientras, aquel negro grande como un cíclope, con grandes aptitudes para llegar a coloso, le volvía a estampar un sonoro beso al tiempo que, con palabras entrecortadas, mientras con el dedo índice apuntaba lo que escrito llevaba sobre el cráneo pelado, sin duda por la emoción del momento, como por la feroz borrachera, cogorza al cabo, le declaraba su rendido amor, fulminante amor, nacido de una sola mirada, sobre la inscripción que partiendo desde la nuca le dibujaba todo el occipucio.
Frederik, entonces rojo como granada abierta por madura, herido por tan inhábil cocinero, muñidor de ordinarias manifestaciones, se levantó del asiento con ánimo jupiterino, con la misma hiel de la irritación que se le desbordaba por la lengua hasta salírsele por los labios, pues se disponía a lanzar sobre el negro, el tan descomunal como impropio hombre civilizado, una jauría de sapos y culebras, además de los perros de presa. Mas lejos de ello estuvo, que se atragantó, se ruborizó al cabo, al darse cuenta que concitaba todas las miradas de los pasajeros del autobús que seguía su curso camino de la arena de la playa próxima.
En la primera parada se lanzó fuera de él, del maldito coche de viajeros, mientras las risas le acompañaban como mariposas que revolotearan por encima de sus hombros para acariciarle la cabeza pelada. Aquellas malévolas risotadas que le acompañaron en el camino de regreso, malévolas sí y frustrantes también.
Corrió Frederik hasta esconderse del susto en la habitación del hotel donde se había aposentado y por mucho que se repetía que aquello que le acababa de ocurrir tan solo suponía un contratiempo sin mayor importancia, no era sino una patraña que añadir, a las muchas mentiras que iba interponiendo en su camino de integración dentro de una sociedad hasta entonces desconocida para él. Una añagaza más, se repitió, de la vida, porque por mayores intentos que hacía para levantarse del sillón donde se había sentado, en modo alguno lo conseguía, cuando pasadas las horas y creyéndose algo más calmado, intentó salir de nuevo a la calle.
Allí, en aquel refugio, sin salir, sino mirando por la claridad de la ventana al infinito, aguantó quince días, hasta que acabadas las vacaciones determinó volver al trabajo, a la rutina diaria.
Esperanzado, con el ánimo sereno, por encima, se dijo, del bien y del mal, erradicado este último, entró en su despacho, en su calle, en su coche, en la oficina, donde los compañeros celebraron su radical corte de pelo. Nada de aquello le resultó ingrato, cuando lo había abandonado ahíto de pensamientos negativos, muy al contrario, se reintegró a la práctica diaria con la benevolencia de quien ha recorrido el mundo y ha encontrado en este lugar, su sitio en la Tierra.

DESPUÉS DE UNA VIDA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Lunes 14 Marzo 2011 17:23

Mientras se moría, Palito A. Gusto pensaba que, si Dios aún le concedía el beneficio de vivir, al menos tres vidas más, tendría tiempo suficiente para acabar, la mitad de los trabajos que se había propuesto hacer en la presente, inconscientemente sin duda, dada la gran magnitud de ellos.

Palito, contra lo que se pueda creer, no era un niño de corta edad, era un hombre maduro rayando en el centenar de años, sólo que, a lo largo de su existencia había acumulado tantas cosas que hacer, que ahora, en el instante supremo, en el devolver la vida que le había prestado el Creador, amargamente se arrepentía de aquellos tiempos inútiles gastados en la más estéril de las molicies.

Claro que, después de sopesar un instante los pensamientos, llegó a la conclusión que eran estos divertimentos, precisamente, los asuetos que se había tomados, los culpables de los trabajos que con magnificencia había realizado.

Era su saber que, nunca en esta vida, sin calibrar con exactitud el tiempo que duraba, había adquirido instintivamente, sin responsabilidad alguna y de forma “insopesada”, compromisos que no podría cumplir consigo mismo, Por ejemplo: el número de libros comprados a lo largo de ella, a satisfacción siempre, que si no era hoy mañana los leería. Miles se podían ver en las estanterías de las bibliotecas de su casa y también miles eran los que no habían sentido el enorme placer de haberse abierto para unos ojos ávidos.
Cuando igualmente iba a llorar por la circunstancia expresada, añadió a la derrota un pensamiento inédito y evidente. Aquel día que compró los libros y con fuerza se veía para leerlos, ignoraban que los ojos también envejeces, aún más, que las concepciones cambian y las prioridades se yuxtaponen, por más que el sol salga por el mismo lugar y se ponga por poniente.

Llegó por tanto a la siguiente conclusión: la juventud, cuando planifica el futuro desconoce éste y de la forma que va a influir sobre su mente, sobre su físico, sobre todas aquellas potencias que van definiendo al hombre, a la misma Humanidad, a lo largo de los días que componen sus existencias.

Es cierto que se puso en manos del optimo especialista para arrojar de si los inconvenientes de unas cataratas que apenas si le dejaban ver, más recobrada una gran parte de su vista, no por ello se encontró con ganas suficientes para dejar lo que en aquel momento era más de su apetencia. La misma escritura realizada con sus manos traduciendo sus pensamientos en cascada.

Al cabo, se confesó, había leído tanto que muy poco de lo antiguo y clásico le faltaba por degustar, al menos de sus escritores favoritos. Ahora era el tiempo, preciso y precioso, para arrojar, por medio de su propia escritura – por tanto tiempo sistematizada con las páginas escritas por los otros escritores vivos- parte de cuanto llevaba en su interior, aquellos pensamientos engorados en las múltiples lecturas que de ellos hizo, tanto de los extraídos de las páginas de la vida como recogidas de las hojas de los libros.

Soñó con su biblioteca a rebosar cerrando los ojos y comenzó el repaso de sus trabajos imitando a quienes, mayores que él, le habían iluminado en tales canonjías. En ocasiones, tanta era la dependencia adquirida que tuvo que arrojar al fuego lo escrito, pues era copia literal de aquellos legajos leídos, aquellas historias, aquellos sentimientos que le traspasaron el alma. Había, se dijo, que ser original y único, para poder llegar de esta forma a los nuevos lectores, a la legión de ellos que todos los días se incorporan ávidos de saber y de conocer cuanto nos ofrece, el mundo y nuestra, posiblemente, mayor aportación, que viene a ser la traducción que de ellos hace nuestro corazón.

A Palito A. Gusto no le fue dado el milagro de extender su vida actual a tres más en el Universo. De otra forma hubiera cumplido al pie de la letra lo prometido, que para eso, la experiencia se imponía sobre cualquier otra circunstancias que le pudiera venir a disturbar.

Murió en gracia de Dios y aunque no recordado por su lectores, al menos dejó los libros inéditos suficientes, para que los suyos, hasta el momento actual y ya han pasado cinco años, tengan en qué entretenerse.

SE CASÓ CON UNA BRUJA

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Miércoles 9 Marzo 2011 10:53

Fue en el Metro de Madrid, para ser exactos, en la salida de Moncloa, que me esperaban en un bar cercano dos amigos de la infancia y hasta allí iba a verles.

Subiendo las escaleras, en el último tramo, la joven que iba delante de mí, enseñaba, si bien de forma artera, debajo de su cinturón rojo que tanto la marcaba las caderas, un billete de cinco euros. Yo, caballeroso, me puse a su altura y le advertí de la posibilidad de quedarse sin el dinero a manos de un descuidero.

La mujer, que dijo llamarse Casandra y que en realidad, con el tiempo me enteraría que había crecido como María de los Dolores Antonia de los Columpios, me dijo, como contestación rauda e inmediata a cuanto la estaba diciendo yo, que ella, era en realidad una bruja y que nadie que advirtiera, en lo más mínimo, tal posibilidad, se atrevería a realizar lo que yo la estaba anunciando.

Por mi parte la respondí que, lo mismo que yo, en un principio, me había percatado del hecho, justo hasta el momento que ella me lo descubrió, otro tanto podía pasarle al ratero, y hacerse, con toda la tranquilidad del mundo, con los cinco pavos.

Así, hablando, llegamos hasta el bar donde me esperaban Afederico Pico y Aeduardino Tico, por lo que de alguna forma, para no dejar de ser correcto con el prójimo, tuve a bien presentársela. Así al menos lo iba a hacer cuando ella misma, con todo el desparpajo del mundo, se auto presentó como Casandra la bruja.
Tico, que era hombre directo y nada dúctil en materia social, la preguntó de sopetón:

- ¿De hornada reciente o de lejos?

La mujer, en modo enfadada por la pregunta indiscreta, le contestó categórica:

- De lejos.

Y la lejanía, contó, venía del tiempo de la creación del mundo conocido, pues era ella bruja eterna, sin principio ni fin, a diferencia de las brujas eviternas, con principio y sin fin.
La aclaración dio lugar a la siguiente pregunta igualmente hecha por mi amigo Tico:

- ¿Cómo se explica entonces las condenas en la hoguera, si dices que ninguna de vosotras tenéis fin?
- Fácil, querido Tico, que si bien fueron pasto de las llamas y para los presentes murieron en ellas, no es menos verdad que su resurrección, en otro lugar, cuando no en otra dimensión, para los humanos siempre desconocida, donde volvían a la vida con diferente existencia como es plausible comprender y nunca comprobar.

Tico, que la miraba cada minuto más embelesado, como si en ella hubiera descubierto el principio y el devenir de su propia vida, pues estaba observándola cada vez más interesado lo que podía se el final con ella al lado, empero, aún cuando nada o casi nada comprendía, sino era la exuberante belleza de Casandra, que le enajenaba los sentidos hasta dispararle al tiempo los pensamientos y los sentimientos, por ahora ocultos.

A ninguno de los reunidos nos extrañó las buenas migas hechas por la recién llegada y nuestro compañero Tico. Si que, a la semana o poco más días, los excluidos de la relación, Pico y yo, recibiéramos la inesperada invitación para su boda. Al mes siguiente eran ya marido y mujer o mejor brujo y bruja, que Tico igualmente se había hecho nigromante consorte, con tal orgullo que le rebasaba la ecuanimidad.
Esta nueva faceta no implicaba al desposado otra condición que la de asistir a los milagros, que día sí y noches todas se producían en su salón de la casa matrimonial en la que, Casandra, con los artilugios propios de su condición a cuestas, abría la ventana y por ella, en repetidas veces, nos contó nuestro amigo, se iba volando a recorrer el mundo y en él celebrar los ritos a los que previamente estaba asignada.

- ¿Y que hace fuera, por esos mundos de Dios, acaso lleva la escoba en la que trasladarse, tal como nos lo recuerdan las pinturas a tales temas adscritos? - me aventuré a preguntarle yo en esta ocasión.
- No lo sé. Y es más, ni siquiera puedo preguntárselo, no olvidéis que yo me encuentro en los prolegómenos de lo que en un futuro también será mi profesión. No la pregunto porque me tiene advertido que ello podría suponer la pena de muerte para un novicio, cuanto más para un novato en la materia y lo que es aún peor, su propia degradación en el escalafón al no haber sabido con el rigor debido, guardar el secreto que a ellos les es obligado.

De todas formas he de decir que nada malo ocurría en la vida y en el trabajo de Tico, muy al contrario, allí donde el ponía sus intereses estos crecían como la espuma.

Ejemplo: su casa de modas, actividad de la que nunca había sabido –así al menos lo creí yo- que es lo que se traían entre manos, cuanto más que era una aguja o un dedal, triunfó en todas y cada una de las pasarelas donde se exhibían sus trabajos. No hubo sarao en la capital que se preciara o fuera importante, donde las damas que a ellos acudían no portaron e hicieran gala sus más bellas creaciones.

No obstante, en todos los campos donde determinó poner una parte de sus inteligentes a producir, crecieron las ideas como campos bien abonados y con ellas las más revolucionarios y variados de los inventos. Debo decir, y en ello incluyo a mi amigo Pico, que Tico no nos tenía nada acostumbrado a tales alardes.

Acaso por ello pregunte a Afederico Pico, puesto que yo nada o muy poco entendía de cuanto estaba sucediendo, sobre la situación del todo inesperada, que se me iba de las manos, si cuanto demostraba Aeduardino Tico, respondía una verdad no prevista por nosotros por el contrario, era la respuesta al milagro del que nos habló en alguna ocasión Casandra, que iba a tener lugar en la vida de su esposo. Sin duda, la inteligencia que no nos había dejado ver, se manifestaba ahora en toda su pujanza. De otra manera había que pensar en actos de brujería u otras cualquier cosa, siempre paranormal o supranormal.
Pico tuve a bien aclararme:

- No Clemencio, Tico sigue siendo aquella buena persona que conocimos, ahora aupado desde el pedestal que habla, que hasta allí, no tengo la menor duda, fue elevado por su mujer, que diciendo ser bruja en realidad es…
- ¿Qué es, qué es? – le interrumpí yo sin dejarle terminar.
- No lo sé. Al menos a ciencia cierta, por más que haya que dar pábulo a la imaginación, aún cuando suene a irrealidad todo cuanto nos ha contado. Debo de confesarte que en ocasiones, tal era la fuerza con la que nos contaba sus historias que he llegado a creer que fueran ciertas o mejor, me hubieran gustado que fueran verdaderas. Aunque es obvio, que más me inclino porque sea una mujer inteligente, que respondiendo a esta premisa, enmascara esa clarividencia, su intelecto sutil, ante la visión estereotipada que de ellas tenemos los hombres.

EGO TE ABSOLVO A PECATIS TUIS

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 14 Enero 2011 13:54

Según consta en el informe escrito por el funcionario designado para transcribir la declaración realizada por doña Cristinet Latareta, la madame de Isla Tropical, la muerte de su pupila, una joven rubia, de no más de 25 años, inesperada de todo punto, pues nunca había demostrado dolencia alguna en los exámenes médicos periódicos a ella realizados, dejó tanto a ésta como a sus compañeras y visitantes, enteramente de piedra.

El ahogo sufrido, dijo la madame, fue de tales proporciones que nada se pudo hacer por ella, si no lo realizado. Tan súbita fue la situación presentada y tan trágica y rápida como se resolvió, fue la circunstancia determinante para acercarse a una de las ventanas del lupanar que daban a la calle y por ella pedir auxilio a gritos. Volvía los ojos –dijo también- con tanta rapidez como si de verdad se quisieran salir de sus cuencas y siendo el caso aciago, aún imponía más, primero por el volcán que anunciaban eran sus pulmones y después, estos mismos, cuando dejaron de inflar el pecho desnudo, el espeso silencio que se produjo como presagio de lo que iba a suceder. El fuelle del pecho, lastrado al fin por el cansancio mortal que se le adivinaba en la cara, se apagó como el pabilo de la vela azotada por el implacable viento.

Preguntada madame por la posibilidad de que el sucedido fuera consecuencia de una ocupación, negó saberlo a ciencia cierta, pues si bien el óbito ocurrió a las doce y media de la mañana, hora y media después de abrir sus puertas Isla Tropical, el primero, y último cliente, había preguntado por ella pocos minutos después de la apertura. Así al menos constaba en las notas que tomaba al respecto para todas y cada una de las trabajadoras y nadie, que ella supiera, se había saltado la norma. De todas formas indicó que el mucho tiempo dedicado si la extrañó, aunque acostumbrada como estaba a extravagantes gustos, todo se lo esperaba de sus clientes.

Sobre la oportunidad del médico igualmente negó que este hiciera acto de presencia desde la fila de los clientes y menos en calzones, acuciado por la prisa, aunque tampoco negaba que muchos de los que allí las visitaban, pasaban previamente por esta otra consulta.

Aseguró madame Cristinet que lo mismo que el médico vino desde la calle, igualmente pudo hacerlo el sacerdote. Cada uno, en sus respectivos cometidos, trataron por todos los medios de salvarla. El primero el cuerpo, el segundo el alma. Con los cuidados del primero la chica pareció tener una reacción positiva y momentánea, eso fue todo. El segundo dispuso su alma para su postrer cometido. Mientras la hacía la señal de la cruz sobre su frente nacarada la susurró palabras de alivio y el milagro de el “ego te absolvo a pecatis tuis”

Ninguno de ellos mostró el menor reparo en atenderla, desnuda como estaba, el médico la tomó por los hombros hasta casi lograr incorporarla, el sacerdote, igualmente, la absolvió sobre las blancas sábanas exonerándola de todo pecado cometido en esta vida y rubricando el aval al que dejó impoluto y con el que poder entrar en la otra existencia.

Al insistir el funcionario en la posibilidad de que tanto uno como otro experto la asistieran desnudos y convictos, está negó toda importancia en el hecho, por baladí y poco esclarecedor, que allí, lo trascendente era haber visto como una vida joven se truncaba sin remisión y volaba hacia lugares ignorados por el hombre. Era del todo punto inocuo el que la muerta se presentara desnuda o vestida, que quien la auxiliara nada importaba sino saber con la diligencia y la profesionalidad que era atendida en su postrer trance.

Comprendió el escribiente las razones expuestas y fue entonces, sólo entonces, cuando levantó el campo de batalla para calmar los ruidos del viento, los bramidos de la mar, la faramalla con la que le habían cargado y que se escondían en la punta de su bolígrafo.

EL VAHIDO DE DON CASTOR

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Jueves 9 Diciembre 2010 18:45

Despuntaba febrerillo loco con unos rayos de sol tiernos como plumón de oca o lana de cordero lechal que, al ser contemplados desde la cobertura de la ventana expandían el alma contrita y constreñida por un invierno largo, húmedo y feroz para don Castor Trijuénico de la Molienda. Si en noviembre y diciembre lo había pasado mal, que le sobrevinieron los fríos al cuero con muy mal sentir, le amaneció enero rancio y recio, todo ello sin salir de casa y condurando los males en ella, la maldita ruinera que el mismo don Castor decía con sentir hondo, pues estaba para pocas y sin dejar de hacer planes para cuando le cambiase, con el tiempo, las deficiencias del cuerpo.

Aquellos primeros soles, que por la ventana entraban, lamían como perritos mansos los pies, le llenaron el ánima de alegría hasta hacerle ver situaciones positivas mas irreales que significativas. El sol, templado aún pero real, seguía siendo tímido y su calor, apenas si era la fuerza de la llama de una cerilla encerrada en el hueco de las manos.

Trijuénico, empero, tomó el gabán, se alzó la piel del cuello para taparse el pescuezo tan sensible y sin encomendarse a nadie, hecho en niño travieso (cuando en verdad era un hombro mayor, gordinflón y algo melifluo) irrumpió en la calle con toda la fuerza que le daban aquellos menudillos de su cuerpo que iban recobrándose con el buen resoplar. En modo alguno contaba con el recio aire, feroz gubia que corta todos los resuellos cuando los resuellos se ajinan y desfallecen.

- ¿Cómo le fue el recencio, don Castor? - le preguntó su vecino, extrañado de los muchos tiempos sin verle.
- Mal, hijo, mal - contestó Trijuénico. Estuve en un tris de entregarme con todos los arreos. A cierta edad, -se explayó el hombre- cualquier contratiempo te deja baldao.
- Pues a abrigarse, que el frío aún no se ha marchado.

Y era verdad. El febrerillo loco traía, por entre los rayos del sol mañanero con los que alumbra al alma, unas corrientes de aire tan sigilosas y ateridas, que espabilaban el paso. Don Castor comenzó a andar y sintiendo a media que avanzaba que el frío le encogía los tendones de las rodillas, acelero el paso, para activar la circulación sanguínea.

Don Castor no debería de haber salido y menos creer que con la fuerza del cuerpo, un cuerpo apenas estirado del invierno, podía con la fuerza del loco mes de las nieves.

Se cayó en la acera, como un saco lleno de patatas y judías frescas. Sin fuerza, como si se le fueran quitando las cuerdas que por dentro le hacían ir derecho. Alguien, sin duda un transeúnte inexperto lo tomó de las axilas y lo apoyo contra la pared de aquel edificio. El bueno de Trijuénico, mientras, comenzó a soñar, soñar con los verdes campos de su pueblo, con la luna que tenía los tejados en Coscojal de los Desamparados, con los gamos que corrían en los cotos de su pueblo, con la juventud perdida tan solo ayer.

Las clavellinas, pétalos de oro, con la sangre derramada de sus pistilos, crecían en medio de la nieve de las cumbres de Coscojal de los Desamparados. Allí, soñaba Don Castor dentro de otro sueño, este que le llenaba hasta las puertas de una nueva vida.

Despertó a las horas, arropado de sábanas blancas y azules del hospital, tiritando aún, pero nuevo al fin. Le habían inyectado la vida a raudales, le habían hecho comprender que, después de la enfermedad, como si el fuera el barco que elude la tempestad, llega la calma.

Don Castor Trijuénico de la Molienda recobrada la alegría, expulsada la ruinera, sentado en su recuperación del vahído, leía por primera vez las páginas de un libro que podría haber sido inspirado por él y que llevaba por titulo “Anima mea”.

El “PAPARAZZI”

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 3 Diciembre 2010 18:12

A un fotógrafo sin tiempo o corriendo en pos de él, a quien colgado de sus máquinas o ahogado bajo ellas, trota y se desboca tras una foto única; a quien tantas veces nadie le cobija sino otra cosa que la paciencia y el mal tiempo, al que tiene habituadas sus carnes de trotamundos, se ha dado en llamar “paparazzi”; palabra ésta fonéticamente hermosa, luminosa y grande y redonda, sacada sin duda del cacumen del mejor Fellini, igualmente grande en su “dolce vita”.

Es posible que, con un ajetreo por aquí, un olvido por allá, “paparazzi” comience su evolución hacia el diccionario de la R. A. E y aquí paz y allí gloria; más pasemos a lo que estamos. “Paparazzi” comienza siendo una necesidad y termina convirtiéndose en un estorbo, en el mejor de los casos. Y me explico:

El que emprende carrera de famoso -por más que en estos postreros tiempos cualquiera vale sin ningún bagaje o condición- comienza apoyándose en el socorrido y bienamado fotógrafo. Obviamente estoy hablando de famosos de pacotilla, los de papel couché, estos que resplandecen en los lugares comunes, donde el mundo se da cita entre estruendos de ruidos y destierros de soledades donde el cacumen, esta vez negativamente, se ve enterrado bajo la pesada losa del inmenso griterío.

Pues bien, en este floreciente negocio hay que compartir liviandades sin cuento, bocadillos de madrugada, amores al fin de tres al cuarto, con quien te tiene en la punta de su cámara -léase objetivo- y puede llevarte al papelín semanal del cuore. Así nos ha sido dado contemplar, que uno mal que le pese no se sale del gremio, grandes amistades llenas de negros arcanos que han germinado en lustrosos frutos por el simple hecho del reparto no siempre equitativo de intereses. Y así, de casi nada por parte de casi todos, se llegó a la luna llena por el arte inexplicable del birlibirloque pues todo el mundo sabe que una fotografía a tiempo vale más que mil palabras a destiempo y realiza el milagro inverosímil, al que harto más difícil llega el plumilla, por muy afilada que éste sea y bien entintada en el Real del mundillo al que nos referimos.

Ahora bien, encumbrado neófito, de poco se quiere a un objetivo que graba inmisericorde nuestros más recónditos secretos, descubriéndonos debilidades escondidas y subterfugios encerrados.

Va de retro, Satanás, ¿Quién quiere a un “paparazzi” en su vida si su vida, a costa de Juan Pandero, la hemos resuelto? Testigos de vista cuantos más lejos mejor y si te he visto no me acuerdo, que los amigos cambian y aquella instantánea me ha permitido ponerme en el lugar que me corresponde que naturalmente, está muy por encima del estatus social que se le asigna al pobre fotógrafo.

En cuanto se ahorran tres euros, tristes pesetas de la fama, uno se compra unas verjas hasta el cielo y preserva la intimidad de moscardones indeseados, cuando no, así nos lo han demostrado en los últimos tiempos las paredes pintarrajeadas por brochas infamantes, verdaderos asesinos que no se paran en barras para obtener una exclusiva.

Quienes estuvimos en el antes y en el después, algo separados y escépticos sin duda, la condición humana nos produce alguna risa, aunque esta, tenemos que reconocerlo, sea a media esta. Por supuesto que estamos a favor de la intimidad, de la privacidad, pero no nos hagan comulgar con ruedas de molino condenando a unos profesionales de la fotografía, las mismas que tomamos todos los días, todas las semanas con el desayuno, que lo único que hacen es cumplir con su obligación, el deber y el derecho de fotografiar a personas públicas, en lugares comunes, como consecuencia de una notoriedad que ellos, y sólo ellos, se fraguaron con sus desmedidos deseos de notoriedad, sin mayores fundamentos.

Quien huye de la soledad de crear es muy dueño de toparse con el ruido que hace el mundo, de aquí en adelante sólo hay que aguantarse con la elección equivocada.

LA CATARSIS DE DON CASTOR

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Viernes 26 Noviembre 2010 18:27

Don Castor, contra lo que se crea, tiene cuerda para rato. Si se despide ahora es, simple y llanamente, porque los ciclos se terminan y los derroteros por los que transcurre la vida, igualmente. Quien comenzó abjurando de la letra impresa -a la que comparó con las desagradables, interminables patas de los mosquitos- quiere decir adiós desde las páginas de un libro. El libro que tiene en el magín y que lleva dando tantas vueltas como castaña pilonga en boca de viejo. Don Castor entiende que el símil no es, precisamente, apropiado, pero también sabe que la agresividad es la primera de las virtudes de un escritor, y en ocasiones la única, y por eso no se anda con pampiroladas, ni con “tío páseme usted el río”.

Para llegar a la catarsis, aborrecer los pasados tiempos, arrepentirse de cuanto malo se hizo y con testarudez se razonó, hasta llegar a un cambio total de chaqueta, han pasado tantas cosas -algunas, pocas, se han contado en los capítulos aquí publicados- que piensa con lógica que reuniéndolas todas pasarían a engrosar, (no sin virtud, y sí en contra de lo mucho y malo publicado) los atrayentes, sugestivos estantes de las bibliotecas de este país de escritores.

Tratando de explicar cumplidamente esta transformación radical en su forma de pensar, Trijuenico de la Molienda echa mano de la Biblia y así da cuenta y se compara a Tobias, el patriarca que se quedo ciego a resultas de la malhadada deposición de un pájaro. La ceguera de don Castor era motivada por sus malos principios, y porque no le supieron encauzar como Dios manda. Y es que los buenos principios, se quiera o no, son primordiales e ineludibles, y de ellos depende la óptima o pésima salud intelectual del sujeto.

Tobias, seguía especulando el escritor en ciernes, recuperó la visión merced a la intervención del arcángel San Gabriel? que prestamente y con profunda sabiduría indicó al hijo del patriarca la formula mágica - de las agallas del pez se hizo el ungüento milagroso - que puesto sobre los párpados quemados hiciera recuperar la vista al ciego. Trijuenico, invidente asimismo, no llego a ser intervenido por el arcángel, tan solo y por milagro mayor, se le cayó la venda de los ojos y pudo, igual que Tobias, contemplar el mundo, la admiración del mundo, con los ojos que si saben apreciar, con los colores, los olores sutiles y la alegría ignorada por su propio pecado. Pues pecado era al fin, no distinguir la faramalla del verbo, que es, a la postre, la sabiduría misma que nos permite la diferenciación.

Se le llenó el espíritu del júbilo de ver y le rebosaron los dedos, las sensitivas puntas de sus dedos, de cosas que contar. Así comenzó por narrar de dentro afuera, desde las vísceras al papel y a componer arpegios con las palabras, tal como las escuchaba dentro de su cabeza.

Fue la poesía, el arte mayor, a la que se sintió más inclinado, también por razón mas alta de sus aptitudes, que eran con mucho idóneas a los vates.

Comenzó con el verso libre, por no pararse en cuitas y barreras que impedían como prohibiciones la necesaria inspiración. Después domeñó algún verso con terminaciones parejas y por último, ya adquirido el orden y el concierto necesario, arribó al soneto que, una vez bien cumplido, le dejaba exhausto y dolorido, como naufrago que avistaba las blancas arenas de la costa.

Es cierto que hubo ignaros que se rieron de sus asonancias, pero no le fue menos cumplido saber que, todos aquellos, llenos sus almas de sensibilidad, le alabaron sus rimas.

Ya no era Trijuenico el ignorado vecino, el triste caminante del Parque del Oeste, el visitante asiduo de la Ermita del Santo, el hombre que se recorría Madrid de cabo a rabo, era el exultante personaje a quien se le señalaba con el dedo índice apostrofándole de excelso poeta, culmen de las letras y otras mas definiciones laudatorias.

Pudo decirse que don Castor, cuando volvió al redil, de donde nunca debió de salir, fue fecunda oveja, feraz carnero, de quien los pastores se sintieron, en todo momento, orgullosos.

¡BENDITO SEA DIOS, DON CASTOR!

Posteado por José Luis Martín | Ensayos | Miércoles 24 Noviembre 2010 18:08

Don Castor Trijuenico de la Molienda vino, después de un mes cumplido de vacaciones, el lunes pasado. ¡Ole ahí!. Se conoce, por como le ha tomado de bien la color, que siendo tan pequeñito y orondo, el sol le cogió de lleno y no le ha dejado un adarme libre.
La vecina de don Castor, doña Petrocinica -no confundir con doña Patronila, la hermana del talabartero don Filomeno del Amor, que nada tiene que ver- al verle tan colorado, al tiempo que le alababa el gusto le ha dicho:

- Bien le ha dado el lebeche, don Castor.

Doña Patrocinica sabe, por un antiguo veraneo, del viento que sopla del mar Mediterráneo a las playas de Alicante y de lo mucho que tuesta y encarece la piel.

- Bach, bach

Ha contestado don Castor bajando las escaleras con inusitado cuidado.

- Ha visto usted, señora Santa -le ha dicho doña Patrocinica a la señora que tiene a pupilo -ha visto, lo grosero que ha venido don Castor de su veraneo.
- Hay gentes que no merecen la suerte que tienen en esta vida. Mira que venir con el mismo genio que se ha ido.

Si baja las escaleras con tiento, no se debe a reciente finura ni que haya adquirido don Castor modales más finos. No. Si lo hace de tal guisa es porque, como la calor la tiene reciente y la quemazón prieta, si se remece mucho en la bajada, que es fácil por su volumen que le desborda el cinto, le duelen no solo los cueros escondidos, hasta el tuétano le hace daño.

- Felices vacaciones tuvo usted que no puede disimularlas -le dijo a don Castor el dueño de los Girasoles, el tascón de la esquina.

El señor Trijuenico ni le miró. Menudo iba para contestar.

- Oiga, doña Virtudes, ¿no es ese caballero, tan fino y delicado, don Castor?
- ¡ Que fino y delicado!, es que se ha quedado usted ciego.
- No, si yo lo digo por los andares que antes de que la color le tomara tan uniforme, parecía algo desgarbado.
- La necesidad, doña Florinda hace milagros en las viudas. ¡Bendito sea Dios!, ver al panzudo ese, fino y delicado.

A su compadre Crispulo, don Castor le ha contado la verdad. Se conoce que debía desahogarse con alguien, que no era amigo de confidencias. Crispulo lo contó a su vez y a los pocos días, y lo que son las cosas, todo el barrio se reía con las desgracias del pobre don Castor.

- Que no lo sabe usted … pues escuche, escuche:

Y desgranaba la mala fortuna de aquel veraneante que odiaba al sol y las paginas impresas por igual, y que un mal día, cuando terminaba el asueto, tuvo la infeliz ocurrencia de quedarse dormido muy cerca del mar, en una playa solitaria, en el refugio de un talud que, a aquella hora temprana, le resguardaba de los rayos solares.

- Don Castor se despertó a la una post meridiam, porque las hormigas le campaban por la tripa camino del hormiguero. De no haber sido por ellas y por un papel de periódico -parece ironía por cuanto lo dice odiar a la letra impresa- que le tapo el hígado y le preservo de los rayos solares sobre tan delicada zona, a estas horas estaba criando malvas.

Acaso por eso, doña Petrocinica -no confundir- dice haber visto en el salón de don Castor algo así como un ara votiva donde a duras penas podía apreciar el rebujo de un papel

Related Posts with Thumbnails
« Página anteriorSiguiente página »
soccerine Wordpress Theme