Fábulas | Poemas y fábulas


EL COCODRILO JIBOSO Y EL ÁRBOL CONTRAHECHO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 19 Julio 2010 17:50

Anais Cerezo estuvo llorando toda la noche. Las horas que pasaban no mitigaban el inmenso dolor que sentía. Por el contrario, la insufrible sensación de culpa se le extendía en el alma como mancha de aceite en el lago sereno que hasta entonces había sido su vida.

-¿Por qué lloras Anais, si puede saberse? – le preguntó el recuerdo de su pasada felicidad.
-Porque he dejado crecer al cocodrilo en una pecera y porque otro tanto he hecho con la semilla de un castaño de Indias cuando lo he plantado en una vil maceta – respondió Anais.

Y las gentes, de las lágrimas de la muchacha se reían a mandíbula batiente y los niños hacían burla. Sólo los sabios lloraban con ella al tiempo que, mirando el futuro, se alegraban de que en esta vida hubiera, por si sola, comprendido su frívolo error.
Así, Anais, amargamente se arrepintió de haber encerrado al cocodrilo en la pecera que no le dejó crecer, si exceptuamos una joroba infamante que le creció en el lomo. Otro tanto le ocurrió al pobre castaño de Indias que, constreñidas sus raíces al reducto mínimo de una maceta, tuvo que conformarse con crecer apenas unos pocos palmos, cuando la falta de tierra donde desarrollarse y de espacio donde expandirse, le conformó contrahecho.

CONSTANTÍN DE LA BARBERÍ

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 7 Julio 2010 18:05

 

En 1878, el sabio Constantín de la Barberí, formuló una teoría que el mismo vino a calificar de trascendente. Esta, la teoría, venía a decir, tras enredar números y letras, un galimatías imposible para los iniciados, que si todos los humanos, ayudados por los animales de cuatro patas –hacía la distinción mencionando leones, leopardos, rinocerontes, tigres y elefantes-  al tiempo desahogaran sus vejigas, es decir, miccionaran con ganas, se podría poner en grave peligros la supervivencia de un pueblo tan querido como el pigmeo.

Cien años después, la teoría, hasta entonces vigente, fue rebatida. Aún desde el supuesto que la población mundial se había, al menos triplicado, mientras los pigmeos, habían menguado, lo que hacía más factible la hipótesis, ni remotamente, tal disminución podría achacarse a una toma de decisión mundial consensuada del tema referido.

Desde aquel momento, es decir, casi en los albores del presente siglo, el pueblo africano, aunque capitidisminuido, y posiblemente lejos de conocer tal hipótesis, vive al fin en paz y sin temor.

La contra teoría, sarcasmos de la vida, fue formulada por el cuarto descendiente de aquel Constantín de la Barberí, desde su puesto de vendedor de verduras muy cerca de la prisión de La Santé.

 

                                        

UN PUEBLO SIN PECADO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Jueves 24 Junio 2010 18:46

 

 

 

Cuando el padre Fulgencio Prebostio, inopinadamente descubrió la existencia de Peralitos de Arriba, quedó enteramente satisfecho, cuando más entusiasmado. Era este pueblo único, nunca imaginado, pues se salía de la realidad cotidiana, rayando sus hechos, procederes y hábitos con el milagro más extraño o surrealista.

Tanto fue la admiración del sacerdote que, habiendo parado su coche por descanso, camino de la capital, recaló allí por un tiempo al saber que, el titular de la parroquia muerto, no había encontrado hasta el momento sustituto. La admiración surgió cuando el primero de sus feligreses, tan súbitamente favorecido, descubrió su ministerio y le rogó que, allí mismo, sin dilación alguna, le confesase.

Tras de él, todos los habitantes del lugar hicieron cola delante de su confesionario y aquí, en tan pesaroso lugar, donde le brotó, con el asombro, el pasmo más inexplicable e increíble. Allí, en la fila de hombres y mujeres esperando, no existían jóvenes. El más joven de los confesados se iba por encima de los cuarenta años y aún si cabe más peculiar, extraño y milagroso, a ninguno de cuantos a él se acercaron pudo ponerle penitencia alguna, todos ellos estaban exentos del menor de los pecados.

Al padre Fulgencio, así admirado, le faltó tiempo para informar del descubrimiento a las jerarquías superiores y cuando creyó que la revelación sorprendería gratamente y raudos los informados vendrían a contemplar el prodigio, se vio igualmente sorprendido por una carta que, en principio creyó confundida, hasta que, llegado al final de ella se percató de la sabiduría de aquellos que miraban las cosas y la vida humana desde el pedestal donde sus importantes poderes les había elevado.

Así pudo enterarse que su misiva había sido tachada de entelequia, producto de paranoia pasajera cuando no risible, siempre llena de incredulidad, ahíta de ensueños, irrealidades de imposible que causaban gracejos cuando no irónicas jocosidades. Los jerarcas capitalinos terminaban afirmando que, ante tanto misterio, ese el que el sacerdote descubría temiendo por la extinción de aquella comunidad recién descubierta, la respuesta que debía de dar, le contestaron, era la frase manida de que siendo todo cuanto ocurre voluntad del Creador, nada podíamos hacer ante lo que creemos esotéricos designios y que en realidad vienen a demostrar nuestra pequeñez ante las cosas grandes.

Desde entonces, el pobre cura se pregunta como era posible que un pueblo exento de todo mal, sin que nadie circulara en sentido contrario frente a la autoridad terrenal y no digamos, frente a su moral y envidiables costumbres, estuviera en trance de desaparecer, sin que nadie pusiera un adarme de voluntad en corregir su deriva.

Se dijo también, entonces elevando los ojos al cielo, en busca de una respuesta que, si todos somos castos y puros, si todos nos conformamos con lo que Dios nos da y pasa lo que ocurre aquí, la progresiva desaparición de unos seres humanos y con ellos la vida, algo sí, misterioso, existía en los designios de del Creador que no estaba a nuestro alcance comprender.

Esta y no otra fue la razón para que el padre Fulgencio Prebostio abandonase Peralitos de Arriba para nunca más volver, al pueblo que llevaba en el interior de las  vidas intachable de sus habitantes, el germen maligno que les condenaba a su desaparición.

 

                                                 

LAS ALUBIAS PITAGÓRICAS

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 22 Junio 2010 18:31

                      

Cuando la promoción del 94, matemáticos, todos ellos excelsos, contactaron con Sartino de la Centésima para recordarle que aquella noche, celebraban el evento de su graduaciones, entre los considerados como los más conspicuos y adelantados, la primera reacción de este, como había venido sucediendo en todos los años anteriores, fue negarse aduciendo el trabajo y el poco tiempo. No se sabe por qué, pues no llegó nunca a explicárselo, lo aceptó.

A las diez en punto de la noche, hora en que empezaba la celebración, Sartino se encontraba sentado en aquel restaurante especializado en comidas caseras, al lado de sus antiguos y poco recordados compañeros esperando que le sirvieran la cena.

Mas era tanta la confusión, aún no llegando los celebrantes a la docena, que tampoco en este momento recuerda haber encargado al camarero cosa alguna. Si que cenó opíparamente, entre copiosas libaciones de cerveza, alubias al vapor de la noche, comida esta que fue definida por su compañero de mesa inapropiada para el instante por llevar en sus entrañas fuerza, furia y fortaleza, excesivas para el momento.

Sartino no supo, sin embargo, hasta después de haber ingerido el plato lo que en realidad comía. Una vez revelado el nombre, alubias en forma de exquisita crema, le vino a la memoria el místico de Samos, el matemática y filósofo Pitágoras. El hombre que descubrió la música de los números, el alma de las habas, el espíritu en el laurel, los números perfectos, los figurados, los imaginables, los amigables etc. y la trasmigración de las almas, con sus tres fundamentos: mente, sabiduría e ira.

Abandonada la celebración y jurando mientras volvía a casa que nunca más, en el resto de sus días, asistiría a tales acontecimientos de confraternización, carentes entre otras particularidades de todo sentido, de realidad funcional y de futuro, su estómago, poco acostumbrado a tales excesos y menos a tan suculentas cenas, se resintió.

Más achacando la segura indigestión a lo inapropiado de lo ingerido, Sartino recurrió de nuevo a Pitágoras y su afirmación sobre las legumbres y fue entonces, cuando el dolor, que solo lo percibía en su barriga llena, le ocupó por entero todo el cuerpo, para inmediatamente asentársele todo él en el corazón.

Así lo dio en pensar, idealizando lo dicho por el filósofo griego hasta llegar a la conclusión, tal fue su estado de ánimo sin lógica alguna ni razonamiento, que creyendo a pies juntillas que se había comido a un ser vivo, se paró en la acera, se sentó en un banco y comenzó a darse tales golpes en el pecho, mientras con grandes voces exhortaba a su corazón al arrepentimiento que, un transeúnte que por allí pasaba a tan altas horas de la noche, asustado también, creyendo cuanto menos que intentaba suicidarse, llamó a la policía.

Viniendo esta, rauda y a tiempo de ver tan absurdas como impropias manifestaciones, que no cejaba de golpearse el pecho con la furia de un titán, le esposaron camino de la comisaría.

Allí, cuando explicó las razones de su comportamiento insólito, no ducha la autoridad en el devenir de Pitágoras, le envió al psiquiátrico donde, diez años después sigue, invocando al alma de las alubias e implicando al sabio en su perdón por tan grave falta por él cometida

Como tampoco en el psiquiátrico nada sabían o puñetero caso hicieron de las predicas del místico y de las repetidas palabras del paciente cuando con arrebatado sentimiento repetía las palabras del maestro pronunciadas 2.300 años antes: “No hagas de tú cuerpo la tumba de tú alma”.

En este tiempo, Sartino, allí encerrado, descubrió, entre otros muchos hallazgos que irán saliendo a la luz, este del número cinco, el asombroso número cinco que como las alubias, además de la música que como tal encierra, dentro de él guarda también, en los cinco rincones que le confieren su valor, aquellas mágicas esquinas en las cuales nació, su propia alma.

 

                                                    

LA SONRISA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 16 Junio 2010 17:32

 

                               

 

           Sobre la espalda encorvada cargaba, cirineo, la cruz de un pesado saco. Apenas si Abel había traspasado los 30 años y era ya un viejo roto.

          Cansado y ahíto de fatiga, apoyó, sobre el pretil del puente, el saco lleno. Miró, entre la luz de la tarde fenecida, las aguas brillantes de pez  correr por su cauce profundo y misterioso. Un vahído machacón le vino a torturar el alma y a punto estuvo frágil, en dejarse ir camino de lo desconocido.

          Recordó su casa en lo alto a ninguna parte. Tablas mal pegadas, techo a todos los vientos y en el triste ajuar desparramado de jergones y sillas. Viejos enseres recogidos de mejores tiempos. Vio a su mujer, espátula en el quicio de la puerta, con el puño apretándose los hijares doloridos. El vahído fue un mundo sin equilibrio, un carrusel donde bien podría acomodar su pereza. La tentación constante e infinita.     

 

          Recordó entonces que en el mejor jergón, de la única habitación de su casa de cartón, se abría la sonrisa de su hijo que le esperaba contento.

Abel tomó el hato, se lo cargó en la espalda y aliviado porque de súbito se le había pasado el mareo, reanudó el camino.

 

                                                                      

 

YERRA EL TIEMPO, ACIERTA CUPIDO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 14 Junio 2010 18:06

 

 

En el crítico instante en el que Fulgencio miró en los ojos de Francine, supo que había encontrado el amor. Aquella entelequia puesta en duda tantas veces se había convertido, al fin, en realidad. El prodigio del que solo algunos hablaban, se produjo en la vida de, Fulgencio García de la Reguerilla.

 

- ¿Fue un flechazo, claro?

 

Y el hombre feliz sonrió y negando la pregunta pues no sabia como contestarla, dijo que había sido al tiempo, los ojos que a él le miraban y la sonrisa con la que era recibido.

 

- Si eso es amor, si eso se corresponde con un flechazo –respondió el hombre feliz sin dejar de sonreír - he sido el blanco perfecto de las flechas disparadas por el dios Cupido.

 

Fulgencio y Francine, desde aquel momento, no se separaron nunca más. Cumplidas los deberes a los que estaban obligados se buscaban y se recibían con la misma alegría del primer encuentro.

 

- ¿Eres un hombre feliz? – le preguntó ella.

 

Y Fulgencio respondió:

 

- Como nunca lo he sido en la vida.

- Quería saber –insistió Francine- si constantemente como ahora te sonrió la felicidad. Verte tan contento me hace pensar que fue siempre así.

- Te equivocas, nunca hasta el momento que tus labios y tus ojos me sonrieron había conocido la felicidad.

- Me compunges, pues te miro y te veo con el ánimo de un chiquillo sosteniendo en sus manos el más apreciado de sus juguetes.

 

Aquella noche, saltándose todas las normas habidas en aquella residencia de ancianos, Fulgencio durmió feliz al lado de Francine. Acaso por eso, cuando en la mañana les encontraron juntos, unidos por el vínculo imperfecto de la muerte, sus caras sonreían como si sus ojos abiertos, divisaran lo que había más allá, como si en verdad cada uno de ellos hubieran encontrado su alma gemela camino de la eternidad.

Al doctor que separó sus manos, mientras fuertemente guiñaba los ojos a fin de quitarse las lágrimas que pugnaban por seguir brotando, como si en verdad se estuviera quitando tímido una imperceptible mota, se le oyó decir algo parecido a esto:

 

- Al fin acertó Cupido, sólo se equivocó el tiempo.

 

                                            

¿LOS PELOTAS MUEREN PREMATURAMENTE?

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 2 Junio 2010 18:08

 

                           

                  Un filósofo, estudioso de los hábitos insanos de la Humanidad, llegó a la siguiente conclusión: “Todos los pelotas mueren prematuramente”. Después explicaría el proceso diciendo que enfermaban de súbito, al mirarse en el espejo de sus conciencias y que, al verse de aquella forma tan vergonzosa reflejados, de humillación se hincaban de rodillas en el suelo y allí morían asqueados.

 

- Los deseos no siempre coinciden con las realidades – le rebatió otro filósofo. Si me apura le diré que los unos y los otros, deseos y realidades, tienen pocas ocasiones de coincidir en la misma persona.

 

          Un tercer filósofo dijo que la teoría del primero de ellos se cumplía siempre y cuando el adulador tuviera conciencia de sus aptitudes. “Si pasar la lengua por los lugares insólitos y reservados del jefe producen satisfacción, - junto a pingües beneficios- y después, cuando se mire al espejo uno no se rechaza por guarro, el negocio resulta redondo. Las opiniones de los que critican al empalagoso pelota –seguía- nunca matan, a lo sumo y de forma  moderada, entorpecen la fecunda labor de este”.

          La conclusión a la que llegaron los tres filósofos fue que, sólo la

teoría del segundo de ellos se cumplía y que, quienes se dejaban la

existencia delante del espejo eran, adviértase la ironía, aquellos que en

demasía se fijaban en tales minucias.

 

 

                                                                          

VIRTUDES Y MERCEDES

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 25 Mayo 2010 17:43

Desamparada por el vino, que hasta entonces nunca había probado, María de las Virtudes, junto con los amigos que la acompañaron, se corrió una juerga tan monumental que, cuantos a distancia contemplaron el espectáculo dijeron que “tras el desmadre, muñecos rotos, quedaron todos ellos exhaustos y deshilvanados”.

Sin embargo, una vez recuperada la sobriedad, María de las Mercedes, (no hay confusión en el nombre, pues así la denominaron en adelante cuantos acudieron a aquella bacanal) lloró, hasta el último día de su existencia, los pormenores de tan imponente francachela.

La culpa de no haber podido recuperar su estabilidad emocional la tuvo, según el psiquiatra que la trató, (una eminencia sin duda en el campo del recóndito saber del lado oscuro del cerebro humano) la estricta educación moral recibida de sus espartanos educadores, frente a la educación liberal que de golpe recibió en la calle.

De aquí que, ahora sepa que las buenas costumbres en la educación espartana y la moral en la educación liberal, aunque parezcan iguales, Virtudes y Mercedes son cosas distintas y bien diferentes, sin que quepa la posibilidad de mezclarlas, so pena de sacar de ellas el ungüento mágico o el bálsamo de Fierabrás.

ESCUDRIÑAR DENTRO PARA VERSE FUERA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 12 Mayo 2010 17:55

 

 

 

 

 

Entró Al Spa con siete ideas, siete pecados capitales, decía, traduciendo así la importancia que daba a los temas que le rondaban por la cabeza.

 

Cuando salió, una hora después, lo hizo limpio de toda mácula. El agua, el suave masaje le borró todo vestigio de preocupación. Y ahora, con las ideas limpias, escudriña dentro de si para encontrar, lo que recibió gratuitamente en el confesionario, la felicidad que sin resultados buscaba fuera.

 

A Teodoro Cantalapiedra, desde que la venda que le impedía ver el mundo y sus sencillas complacencias, se le cayó al suelo, es otro hombre. Ha perdido por entero la vanidad en beneficio de admirar el contorno que le circunda y solo espera, porque lo ha aprendido, a vivir las próximas horas plácidamente.

 

Aquel retiro, aquel volverse como si un guante fuera, le afirmó en su firme voluntad de administrar la memoria con arreglo a sus conveniencias.

 

 

                            

                                        

LA SOMBRA DEL AHORCADO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 30 Abril 2010 18:34

                                                             

 

          La suavidad con la que le izaron le engañó el trance. Esperaba brusquedades sin cuento, violentos y desagradables empujones y se encontró volando como decapitada ala de gorrión.

          Olvidó los miedos, los pensamientos sombríos, el recrearse sobre los hechos que iban a sucederle y puso toda la atención en la sombra que su cuerpo, en el aire, proyectaba en la pared. Sombra risible, se dijo, que bailaba la dulce danza de un nuevo ritmo. Guiñol pataleante movido por una sola cuerda.

          Un segundo después, ya sin tiempo para arrepentirse, notó como el esparto de la soga le atenazaba cruel la garganta hasta asfixiarle. Sólo entonces se le atragantó la sonrisa, mientras una mueca incrédula le creció en la cara viendo las patéticas contorsiones de su propia sombra.  

 

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