Fábulas | Poemas y fábulas

Viagra

IRONÍAS, TROPELIAS Y OTRAS CASUALIDADES

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 12 Septiembre 2011 9:46

El matrimonio de Artemiso y Davidiana tiene dos hijos idénticos a ellos, hasta los nombres son iguales. La diferencia, es obvio, está en la edad y que estos, los jóvenes, no paran en casa quietos. Es virtud de juventud y castigo del que a su cargo se queda.
En el verano último del siglo pasado, tal como lo venían haciendo, volvieron a disfrutar las vacaciones donde solían. Al norte, entre los países de Cantabria y Vasco, en un pequeño pueblo retirado del bullicio de la ciudad y también del mundo. Todo, porque un día se les ocurrió comprar un pequeño chalet a trescientos metros de la playa.

- Y así –dijo Artemiso – no tenemos otro sitio donde ir, sino éste, del que nos hemos enamorado como colegiales en el recreo más divertido.

Aquí mismo, hace once años, engendraron a los mellizos. Fue un acto impremeditado, una falla en el camino de una vida planificada, un error de tomo y lomo, un lapsus sin explicación razonada, si no se aferra uno a que fueron al tiempo absorbidos por momento tan principal como excelso, que al fin ninguno de los dos estaba por la labor de engendrar y procrearse, de cara al menos al inmediato futuro.

- Eso, la sucesión en familia, -dijo Artemiso- es una añagaza de la naturaleza para perpetuarse en la vida sobre la Tierra y ya, en los momentos actuales, la saturación de seres humanos es evidente y en ocasiones fatigosa, al menos así se demuestra cuando en masa huimos de la ciudad, el lugar de mayor concentración, en busca de la tranquilidad que regalan sitios como éste, en el que nos solazamos y retornamos, como un milagro, a nuestros mejores días de la juventud.

Otro tanto dijo su mujer, más hoy es el día que, mirando para atrás, apenas si logran imaginarse que hubieran sido sus vidas sin la presencia de sus hijos tan queridos.

- La naturaleza, además de añagazas, trampas imperceptibles que pone a los seres humanos cuando éstos corren hacia sus idénticos fines, sin apenas percatarse de lo que dejan a un lado y a otro de sus ojos, perdidos en el infinito y suponemos que ocurre cosa igual a todo bicho viviente sobre la faz de la Tierra, también le gusta ironizar, cuando no reírse abiertamente de quienes tan superficialmente la define – añadió Davidiana, a fin de completar lo afirmado por su marido,

La otra Davidiana, la joven muchacha, mientras, jugaba con su hermano muy cerca de la playa. Esa misma mañana, cuando del agua salieron los hermanos, corriendo ella delante de él, gritando su miedo inventado, su auxilio miedoso de juego infantil, trotando como iba, despavorida de espanto fingido, entró en aquel caserón, en la misma raya de un altozano, en aquel castillo que así parecía a la distancia, por su desmochada torre y sus sombras en la noche de luna sembrando fantasmas, allí donde un pintor recreaba en sus cuadros su pasión, un pintor en edad provecta que daba rienda suelta a su entusiasmo por los colores y las imaginaciones, irrumpió como lava de volcán hirviente, arrasando todo cuanto a su paso se oponía.
Sorprendido el pintor con los trebejos de su oficio en la mano, con la espátula recién cargada de colores y el pincel enhiesto entre sus dedos, alcanzó a gritar:

- ¡Fuera!, críos del demonio, a jugar a otra parte.

Más el daño ya estaba hecho. El ímpetu de la niña atravesó, con su puño en lanza, el lienzo que estaba pintando.
No, el pintor era viejo, si, pero en modo alguno tenía mal viento de levante. Era su temperamento tranquilo, aquel que no se exalta por la más nimia cosa para prorrumpir en exclamaciones y reniegos. Si de esa manera se pronunció fue porque primero Davidiana la joven y después el joven Artemiso que la seguía profanaron su templo, el del recogimiento infinito y con ellos se llevaron, caído sobre el suelo y perforado, el cuadro que estaba pintando. Davidina tiró el caballete y Artemiso lo piso saltando inconsciente sobre él como caballo desbocado.
Don Tiranito de la Estampa, que así de chusco se llamaba el pintor, mal comparó las arremetidas con las de un miura bravo o las de un ciego cíclope, sino por la fuerza de la embestida, que también, fue por el destrozo llevado a mal puerto.
Sobre las losas del suelo del almacén estudio quedó una sirena bebiendo agua del chorro de un grifo con una concha de nácar. Por la cara de la sirena entró el puño de la niña. Sobre aquella faz derramada puso su pie descalzo el muchacho. En un solo segundo se había consumado la tragedia-catástrofe, era el primer segundo el que seguía a tres meses de atento como duro trabajo.
Ninguno de los niños, igualmente asustados por cuanto acababan de producir, despegaron los labios para pronunciar una sola palabra de disculpa, el menor sonido para romper un silencio espeso de acero bruñido. Era la constatación de su desafuero.
Cuando algunos, pocos minutos después de consumada la tragedia, ya en su casa, la madre les inquirió por su silencio, tan desacostumbrado, los dos, Artemiso y Davidiana, los jóvenes, se miraron y guardaron igualmente recogido mutismo, aquel que se deriva de la vergüenza que produce una mala acción cuando tanto la cabeza como el corazón nos dictan lo contrario.
Fue el padre quien logró romper la mudez con circunloquios primeros, no venidos enteramente al caso, a base de justificaciones no siempre con sentido, resolver el enigma. Así vino en afirmar, que el mundo se puebla de quienes hacen el bien y reciben rábanos y quienes haciendo lo contrario llegan a jerifaltes. Pero que los unos y los otros, por estar confundidos, no deben compararse con quienes por negligencia breve llegan a arrepentirse del mal causado porque dentro albergan sus corazones limpios y puros. También, de forma directa, les amenazó con no salir de la casa el resto de las vacaciones, de aquí que Artemiso hablara en catarata desplomada, dijo:

- Esta mañana, de forma fortuita, pues todo lo ocurrido se llevó a cabo sin premeditación alguna –comenzó diciendo el muchacho, con gran énfasis, que así era de rimbombante y redicho- pues llevados por el momento, corriendo yo detrás de mi hermana, ésta, sin duda y sin pensarlo mucho, entró por el portalón abierto de ese gran almacén que se divisa desde nuestra terraza. Resultó el portalón ser estudio de pintor, que en aquel instante dibujaba-pintaba algo parecido a una sirena haciendo brotar de la montaña una fuente de agua clara. Este hombre, pintor, con el pincel en la mano derecha y en la izquierda la paleta, nos amonestó la entrada y nos hizo culpables del cuadro que yo pisé en el suelo, una vez que el caballete lo hubiera derribado Dividiana. Pueden creernos, fue del todo casual la entrada, de forma fortuita, inconsciente y nunca. de ninguna de las maneras, premeditada ni con mala intención.

Artemiso y Dividiana padres, esa misma tarde bajaron a restañar entuertos. Llamaron a la puerta, ahora cerrada con grandes golpes a los que nadie respondía. Cuando cansados desistieron, la voz del pintor les preguntó desde dentro, asomaba su cabeza nimbada de calva floreciente por la ventana truncada de un torreón derruido.

- ¿Quiénes son ustedes y que es lo que desean?

Respondió Davidiana, conocedora que la voz de la mujer aplaca situaciones embarazosas, muy por encima del hombre que es quien normalmente las provoca.

- Señor, somos los padres de los niños que esta mañana le han interrumpido en su trabajo. Queremos compensarle por el estropicio causado y pedirle en su nombre primero las disculpas y después el perdón que no se atrevieron a mentar delante de usted.

Abrió entonces el portón don Tirantio de la Estampa. Dijo Artemiso viéndole:

- Venimos a reparar los daños causados por nuestros hijos y a prometerle que nunca más va a suceder tal cosa.

Respondió el pintor, conocida ya la pretensión del padre, a la que no dio mayor importancia cuanto más consideración alguna, que todo había sucedido y todo estaba ya olvidado y que si mucho le apuraban, más, mucho más se perdió en la guerra, en la última y en la de Cuba.
No obstante y siguiendo las instrucciones habladas con su mujer, sobre la mesa del pintor depositó un cheque con 300 euros al portador, al tiempo que tomaba uno de los cuadros que el artista tenía apilados contra la pared del estudio y tomaba campanudo y despreocupado rumbo a la puerta.
Quiso entonces el desaliñado pintor de bata blanca manchada cortarle el paso, oponerse con el cheque en la mano queriéndosele devolver, mientras intentaba con la otra hacerse con el cuadro que se llevaba aquel desconocido. Al fin pudo más la habilidad de este último y salió de allí, con su señora al lado, como si hubiera robado el cuadro, que así lo parecía denunciar la manera tan precipitada de abandonar el estudio.
En el camino de vuelta, comentando con su mujer el pudor del pintor, que de ningún modo quería quedarse con la dádiva que representaba los 300 euros plasmados en el cheque, ésta se encogió de hombros, dudando de lo que su marido llamó honradez y poniendo, por el contrario, la poca voluntad demostrada por el artista a vender uno de sus cuadros, por más que arrumbados estuvieran contra la pared del estudio.

- Es posible –le contestó éste- más creo probable que le venciera la timidez. No, no sé el porqué no quería aceptar el dinero, a la postre no se le ve precisamente boyante. Todo lo contrario, un caserón en ruinas, por mucho que lo llame estudio y su pobre persona, raída en su vestimenta y esquelética en su desgarbada figura.
- Pienso yo –le respondió su mujer- que hemos cumplido con nuestro propósito, que era el de restablecer el desequilibrio producido por nuestros hijos al invadir inopinadamente la propiedad privada y romper parte de ésta. Quiero pensar que hemos contribuido a que no pase calamidad alguna en los días que quedan de este mes nuestro de vacaciones.
- Hicimos lo debido.
- Esperemos que haya sido lo justo.

Durante el resto del tiempo que estuvieron allí, muchas fueron las veces que el matrimonio, ya en la playa o desde la terraza de su casa, miraban a los niños jugar sin perderlos un instante de vista, atentos siempre para que no volvieran a cometer una barrabasada igual.
Allí, comentaban también, lo impropio de la postura tomada por el pintor, que lejos de demostrar el menor agradecimiento por el detalle que tuvieron con él, replica digna al desastre causado por su vástagos, que al fin y a la postre había sido una obra de caridad, como era socorrer al necesitado, vista su situación y observada su figura ya descrita, lejos de un agradecimiento patente, mostró falso orgullo sin duda, pues así lo demostraba su intención de devolver el dinero en cheque, importe que ellos para que no se pudiera sentir despreciado, tomaron en compensación uno de los cuadros allí arrinconados, sin siquiera mirar su contenido.

- En definitiva, tampoco a conciencia sabemos si no todo se debió a una farsa, una comedia por él representada, como parece ser en realidad, justificando así su orgullo, para no recibir una limosna, por más que ésta fuera de una cuantía muy superior al valor del intercambio realizado.

Y fue entonces, después de estas palabras del marido cuando Davidiana propuso que, si bien el socorro le había llegado como salida lógica de la mala acción de sus hijos, sería hora de extender la ayuda antes de regresar de las vacaciones.

- Al fin, así, vendríamos a demostrar que habíamos tomado conciencia de sus necesidades y que éstas, a la postre, también como humanos que somos, formaban parte de las nuestras.

Volvió el pintor, aún más extrañado si cabe, cuando de nuevo les abrió el portón de su estudio, también se suponían que morada, cuando como en la vez anterior ya se marchaban cansados de golpear el picaporte de la puerta, a preguntarle que es lo que querían con tales prisas. A l unísono le alabaron su labor como artista y el trabajo en el que dijeron haber reparado con suma complacencia y ésa era la causa de venir a comprarle un segundo cuadro con que decorar su casa de Madrid.
Tomó displicente Tirantio de la Estampa el nuevo cheque y lo puso sin mirarle en la misma mesa donde aún reposaban los cubiertos que le habían servido para desayunar, que se veían las pobres sobras sobre un mantel, mil veces roto, de papel, igualmente manchado de pintura, con ostensibles restos de pan, migajas untadas de mermelada de frambuesa.
En esta ocasión, el talón era nominativo por valor de 500 euros. Toda una demostración de desprendimiento terrenal. Artemiso, como la vez anterior, sin mucho fijarse y menos saber lo que compraba, tomó el primero y más próximo de los cuadros apoyados en la pared y ante la cara estupefacta del pintor –que aquel tradujo por admiración y respeto por su demostrada esplendidez- se llevó la pintura.

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Así, de tales formas y hechos fueron pasando los años, en los cuales, al menos dos veces por veraneo, socorrieron al necesitado artista -así al menos estaban de ello convencidos, sin género de duda alguno- y del cochambroso estudio de él pasaron las pinturas al garaje de ellos. Exactamente en la misma posición que los encontraron, de cara a la pared, como infantes revoltosos castigados en la escuela de párvulos.
En total, 27 cuadros de Tirantino de la Estampa, con diversos y variados motivos, desde una Familia Real, de tres al cuarto, por lo que costó, hasta la furia de un Senador, igualmente real, o a media manta, que airado y grotesco expulsaba de sus dominios a los parias que habían venido a usurpar su sillón, cuando por imperativo de su cargo se había ausentado breves horas del lugar donde había plantado sus reales. Había igualmente bodegones con múltiples y variadas viandas en cestos y cazuelas o suntuoso monasterio con el abad bajo hermosas arcadas en su camino a la gloria y hasta un santo con aureola que le nimbaba la cabeza con los colores del arco iris, mientras pisaba la cola del maligno en su afán por preservar el paraíso de todo mal. Por su parte, Artemiso, el único de los cuadros apañados que expuso a su contemplación, sin salir del lugar, el garaje, fue una marina con bañistas y ballena al fondo, en la que destacaba una niña que decía, éste que la colgó, que se parecería a su hija, cuando su hija cumpliera unos años más.
Sí, 27 cuadros en un garaje. ¿Y porqué se acabaron las compras? ¿El derroche de atenciones, dádivas y presentes? Porque se murió el pintor. Como les cuento. Al pie del caballete, a la sombra del cuadro que estaba pintando. Le cogió la satisfacción de su postrera voluntad, como al abad descrito, en su mejor momento, en el sublime instante de asentarse en la estela que lleva directamente a la gloria.
De tan luctuoso suceso, todos los periódicos sin excepción se hicieron eco: “Se ha marchado el mejor del momento” dijo uno, o “Se lleva el privilegio de los mejores colores”, dijo otro y “Hasta su tumba peregrinaran en adelante los futuros pintores” aseguró el más rompedor y el último leído “Se nos ha ido detrás de un virtuoso pincel”. Tan preciada pérdida, decían también, no es para la pintura del país, todos sentirán en sus gustos, cuando no en sus carnes, tan indeseada como cruel y repentina defunción. El mundo entero le echará de menos.
Leyendo tales ditirambos, elogios por doquier, panegíricos y apologías, el matrimonio estupefacto, sin salir de su sorpresa, se miraron el uno al otro sin mucho saber que decirse pues tal era el pasmo, pasmo cubierto, sí, de ignorancia supina, que vergüenza les daba mirarse el otro al uno, tan lerdos, tan lejos de la realidad y tan cerca de la ignorancia. Él levantó los hombros, ella asintió con los ojos. Tirantino de la Estepa, el pintor del socorro en nada necesitaba limosna alguna, se vinieron a decir sin palabras, él les había despreciado con su silencio dejándoles hacer sin respuesta a sus interpretaciones equivocadas. Ella, doña Davidiana, al fin alcanzó a pronunciar las palabras que siguen, dirigidas a su marido arrellanado en el tresillo del comedor:

- Cómo pudimos estar tan ciegos,

Artemiso, por su parte, dijo, con un hilo de voz donde vibraba una contenida alegría, incapaz de encubrirla para ocasión tan lamentable, pensando sin duda en los cientos de millones que valían sus cuadros arrumbados en aquel garaje de la playa:

- Si, pero al cabo, somos ricos. Puercamente ricos.

EL HOMBRE QUE CREÍA EN LAS MUJERES

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 5 Agosto 2011 9:52

Así era Tarsicio Temprano, crédulo, sin mal ninguno en el corazón. Durante la vida entera, pues fueron tantos los años que no parece exageración decirlo así, pasó todos y cada uno de sus días - a las 11,25 de la mañana, por la Gran Vía madrileña, a la altura del imponente edificio de la Telefónica- esperando a su amada del alma.

Tantos fueron los años que por allí rondó Tarsicio que, de haber pisado siempre en las mismas baldosas hoy sería el día que podrían reconocerse sus pasos en ellas, al igual que se conocen por sus huellas las enormes pisadas de los dinosaurios del pleistoceno.
Y solo, porque creyó en una promesa sin palabras, echa a volapié, como se matan los toros en las plazas, al paso y sin dejar de andar, después que un soplo de aire, una ráfaga de viento, aquella inesperada que hizo volar lasciva la minifalda de una joven en su camino para ser mujer, aquel encuentro fortuito, el que le vino a prometer, al menos así lo intuyó él, el mismo deseado por rezado séptimo cielo.
De no haber contado su recóndito secreto a su amigo Resquicio de los Mil Amores, -como éste decía llamarse para dar cumplida cuenta de sus infinitos devaneos, que fue inveterado “don Juan de las verdes calzas”, sin otro mayor compromiso que aderezar mentiras para salir al paso de momentos delicados- hoy sería el día que, como en todos los anteriores, desde hace cuarenta años, a las 11,25, ni minuto más ni minuto menos, Tarsicio hubiera estado en la acera de enfrente de las mismas puertas de la institución telefónica.
Enterado al fin Resquicio del mayor enigma guardado, aquel que le contara su amigo con voz grave, de secreto escondido, aquel inveterado conquistador se rió a mandíbula batiente. Nada le importaron las lágrimas del hombre compungido.
Este Resquicio libre, cuando no libertino, no entendía, sino mediante la hilaridad demostrada que alguien, su amigo, aquel hombre que llorando derramaba una desilusión, pudiera, a pies juntillas creer, durante los años reseñados, 40 y 5 días, las palabras que, a vuela pluma, nunca mejor dicho y de forma informal, le dijera aquella joven mujer mientras pasando, le miraba de soslayo.
Los acontecimientos sucedieron de la forma siguiente:
Venía Tarsicio, años ha, como se ha remarcado, de su primera entrevista de trabajo, enfrente de la entidad nombrada, cuando caminando, en dirección a la Plaza del Callao, de frente vio venir a una hermosa princesa de vaporoso vestido mínimo, azul como el cielo y como en el cielo, todo él con estrellas blancas. Un instante antes de cruzarse, el viento dicharachero y voluptuoso levantó la tela por el lado de la luna llena. La niña mujer, que instintivamente percibió su cortedad, le sonrió, frunciendo sus labios en un rictus irónico, socarrón y malicioso.
Ella, la mujer sin nombre, que nadie la pudo bautizar, mordaz y picante, ante la cara que vio de Tarsicio Temprano, rostro de sorpresa, cándida beatitud, ante aquellas concavidades que le habían permitido ver interioridades prohibidas, le dijo ya a su altura:

- ¿Te ha gustado?

Y Tarsicio respondió:

- Sí, mucho. ¿Podríamos repetirlo?
- Mañana, a la misma hora –dijo la muchacha.

Eran las 11 y 25 minutos de la mañana de un agosto caluroso que fraguaba un arcano, una rara avis, un misterio para toda una vida, hoy al fin revelado cuarenta años después que tuviera lugar tal acontecimiento.

LA SOLEDAD DEL BRUTO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Jueves 2 Junio 2011 17:59

LA SOLEDAD DEL BRUTO

Bienvenido Pérez Frondoso, alias Su Bajeza –por lo escaso sin duda, relamido y pejiguera- tiene una leche que para él. Un día, por quítame de ahí esas pajas, descalabró a su perro “Jeromín” de un papirotazo dado con el libro “La soledad del justo”. De este hecho y a bote pronto, uno infiere las consecuencias siguientes:

Primera consecuencia: no siempre el lector entiende el mensaje encerrado dentro de las páginas de un libro. Por muy meridiana que parezca su lectura, a ciertos individuos les deja al pairo y sin gobernalle. De aquí se deriva la siguiente consecuencia.

Segunda consecuencia: la soberbia cuasi natural del escritor de libros con fines pedagógicos-terapéuticas debe quedar minimizada a los casos donde la lectura ha sido provechosa. Como escrupulosamente nos indican las estadísticas, estos casos son siempre milagrosos, por lo que hay que alegrarse con la individualidad, para no morir atropellados por el mare mágnum de la multitud.

Pero sigamos: el volumen, cosido a diente de perro por cierto, conectado violentamente contra la cabeza del chucho, estuvo a punto de dejar al inocente en el sitio. Los motivos que tuvo Su Bajeza para dar lugar al hecho reseñado parece ser que fueron la intromisión del can entre sus piernas –desechar toda imaginación peliculera que nos traiga a las mientes el recuerdo de Javier Bardem en su envidiable situación con Victoria Abril - cuando buscaba un sitio en la balda media de su abarrotada biblioteca donde depositar “La soledad del justo”, recién leído y nada aprovechada enseñanza. Amén.

Honorino Deus Amor, que precisamente no se distinguía por ser amigo de Bienvenido, creyó que los motivos reales que dieron lugar al hecho lamentable fueron que ( todo cuanto a continuación se afirma se deduce de la observancia atenta de la suave pelambrera-plumón del chucho, nube del cielo, y que por su delicada suavidad no debe de ser reo de barrabasada de humano, ni siquiera pillería de astuto ), en llegando a la cruz del libro, de él, tan sólo se quedó con una soledad, con minúsculas, estrecha y lúgubre, como el pasillo de la vida del desamparado, áspera y oscura, negra como dicen que es la boca de lobo, que habla de desconciertos, de fracasos, crisis de identidad, pobreza de espíritu y un etcétera largo como el estéril camino recorrido.

- El apellido “del justo” que redondeaba feliz, la ilusión que vendía –añadió Honorino- se le escabulló dentro de un hondo remordimiento, puesto que todas aquellas páginas de “La soledad…” le habían descubierto su crueldad gratuita, su torcido carácter, sus orgullosas, pueriles e injustificadas formas de bruto irredento.
- A más de misógino –añadió don Ramiro, que le escuchaba pegadito a su oreja, ya que era sordo como enlosada tapia- Yo creo que en realidad era un vulgar subterfugio para esconder la afición principal, que era maricón.
- ¡Qué cosas se le ocurren a usted, buen hombre!
- La verdad de la que no me apeo. Nacida sin duda - y dejando claro que a mi los homo como los heterosexuales me importan un pito, con sus panes se lo coman, los unos y los otros- por su fealdad rayana en la tristeza, que tenía una cara aberrante y repulsiva que daba miedo al mismo miedo. ¡Vamos, que era feo de cojones!
- Una joya Su Bajeza en su consideración, sin duda.
- Que no respeta ni a perros ni a personas, y menos hace caso de lo que exhalan los libros pedagógicos y de los que, puedo dar fe, tiene su biblioteca llena.

Un día, cuando el can “Jeromín” cumplió siete años y Bienvenido acababa de inaugurar la década de los setenta, un terremoto movió la inestable base de su tan abarrotada biblioteca y todos los volúmenes, sin excepción, de todos aquellos anaqueles, como si fueran agua de una catarata recién inaugurada, se precipitaron sobre el sillón de orejas donde se estaba recuperando el dueño misógino y confundido. En aquel lugar se dio el caso más lastimoso en la vida de Su Bajeza. Asfixiado estaba por el torrente de libros, dolorido en sus carnes cuando, una postrera balda, la más alta del entramado arquitectónico de la librería se precipitó sobre la cabeza que trataba de escabullirse de la marea de páginas que le ahogaban.
Fue el final de una vida falsa, la justicia divina que daba fin a la soledad de un hombre injusto y misógino que pasó por esta vida odiando por igual a los hombres y a los perros.
Así, de cuanto antecede se desprenden las dos últimas consecuencias a modo de conclusiones:

Tercera consecuencia: el perro “Jeromín”, con la paciencia del hortelano mirando a las nubes del cielo, limó con sus dientes la madera hasta que produjo el desastre. Una termita sin tiempo que horadó los cimientos del pino derribando lo construido sobre un amo injusto.

Cuarta y última consecuencia: de todo lo dicho se desprende que no siempre tener una biblioteca abarrotada presupone que su dueño haya leído con aprovechamiento los libros que en ella se asientan. Sin duda es más provechoso tener las baldas medio llenas y la cabeza ahíta, que ésta vacía y aquella a rebosar- También tener un perro fiel y confiado que sepa aguantar estoicamente el mal corazón que suelen tener los hombres abollados por una vida ruin.

LLEGÓ A TANTO PARA QUEDARSE EN TAN POCO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 26 Abril 2011 9:46

Isidora Carrasclas, cuando anda, lo hace de lujo. Ella no concibe unos zapatos que no destaquen por su altura, por eso es una delicia verla volar, de tan etérea, al tiempo que canta cuando desfila al son de sus admiradores que la ven y la escuchan. Porque hace resonar sus tacones sobre el cemento de la calle como el tambor percutido de un malabarista de la música sacada de una zambomba.

Y si eso sabe hacer con los tacones de sus zapatos, no digamos lo que consigue desde su 1,80 de estatura. Sus ojos de grana y oro se desparraman, junto a su sonrisa partida, para hacer las complacencias de cuantos en su figura tienen la suerte de reparar.

Quienes a ella llegan, los menos por no atrevidos, dicen y no paran. Los más suspiran en la distancia, cual si hubieran visto en su camino, pasar un ángel que les dijo adiós con la mano.

Obdulico que se atrevió irrespetuoso, recibió de Isidora el desprecio de una bofetada dada con el rictus de su boca. A Andresito Poco, con iguales maneras e idénticos propósitos, el apellido se lo dejó en menos y así hasta cien, ¡qué digo cien!, mil acaso. Todos y cada uno que la miraban de sus maneras y belleza extasiados.

Pero Isidora tenía una falla casi imperceptible, un perno mal ajustado en su estructura perfecta. Era zamba, de aquí, gran parte del ritmo exotérico y abstracto que improvisaba, cuando andando, brotaban de sus tacones la música que enamoraba.

No obstante, vista sin pasión alguna, como si ello fuera posible, aquella anomalía mínima, como inclinación real, más parecía gracia que defecto que la afeara. Andolfo Sinergia, que apenas si llegó a percibir la cojera, describiéndola se olvidó de la falla y la atinó en el cerebro. Así dijo:

- Si, señor, tonta del culo.

Y no era verdad, que este, el antifonario, lo tenía conforme a los cánones más exigentes del siglo.
- Querrás decir, Andolfo, poco aplicada –añadió un tercer condiscípulo.
- Erráis –se aplicó en decir un cuarto – ella está muy por encima de nosotros y aún me atrevería a decir de la materia que no escucha en clase. Mas solo el tiempo vendrá para demostrar la veracidad de las palabras que ahora pronuncio.

De Isidora la coja se hacían lenguas a favor y en contra, que así había dividido su mundo, los que estaban a favor y la otra mitad en contra. Los más por verla tan alta y que tan poco se la notara la desigualdad, los otros tratando de ponerse a su altura, que tanta envidia suscitaba que el mundo entero la quería a sus pies.

Así, fueron pasando los años y aquel núcleo de seres humanos se desperdigó por la geografía terráquea y los menos se vieron de cuando en vez y los más no se tenían ni en la memoria, cuanto más presentes.
Isidora Rosalinda, como pasó a llamarse, después de su primer descubrimiento científico, concatenó sus pasos folclóricos, a los que tan aficionada era en llevar su practica a las calles por donde transitaba, con sus saberes, dentro de la más exigente de las ciencias por ella escogida para su posterior desarrollo, la genética humana.

Y, en tan intrincado campo llegó a destacar en revolucionarios escritos cuando aseguró que la ciencia en general, aquella que daba lugar a los grandes descubrimientos, pese a todo cuanto se había dicho que prácticamente y tan solo quedaban por descubrir rudimentos sin mayor trascendencia, ella aseguraba que estábamos de verdad en el principio de todas las cosas.

Razón tenía, que el tiempo vino a demostrar su teoría cierta y cuan cerca se encontraba ella de tocar con la palma de sus manos aquellos intríngulis que con tanta capacidad imaginaba su cerebro. Pronto hizo patente cuanto anunciaba, pues vino en descubrir el lugar donde se alojaba la envidia humana, en el parietal derecho del cerebro, por encima mismo de la oreja, dicho así, grosso modo, para trazar un mapa del lugar que todo el mundo pueda localizar. Demostró que el ser humano no nacía con ella, con la envidia, que ésta se venía a desarrollar con los años en los que se expandía como ser que se integraba en una sociedad regida por el socorrido dicho del “quítate tú que me pongo yo”.

Determinó con escrupulosidad la parte del cerebro que acogía tan lamentable pecado y aún especificó más, pues si bien en el hombre la envidia, revestida de rivalidad, estaba situada por encima de la oreja derecha, en la mujer, tal hecho se producía en la izquierda y por debajo. De aquí que en ellas la desazón, el prurito ciego, se tardaba más en ser reconocido, pues era siempre algo más sutil cuando no inteligente.
Añadió, para rizar el rizo, que el hombre público, el político por excelencia, el ser por antonomasia, pues supo dominar a sus semejantes dándose la irónica paradoja de presentarse como su servidor, que en éste, la envidia, era la mejor de sus virtudes. No estando aposentada ni arriba ni abajo de la oreja izquierda o derecha, sino en la lengua, de ahí que, algunos de los nombrados, no duchos en la materia, se trabuquen y confundan y lleguen a decir hoy lo que negaron ayer o viceversa.

No fue este el logro más conseguido, por más que sí, el más vitoreado. Hizo también hincapié en la intolerancia, como un pendiente que se ajustara al extremo inferior de la envidia y con las mismas características de izquierda o derecha en hombre que en mujer dicho. En aquellos momentos estudió también la posibilidad de que todos los niños que accedieran a este mundo, a él lo hicieran con el consabido pan debajo del brazo, así como una plaza asegurada en la contemplación del horizonte de la vida, cuando el sol se escapa por el cielo infinito y relajados pueden contemplarlo.

Y hubiera seguido aportando su innegable materia gris en la consecución de tan positivos logros, resolviendo los enigmas que se plantean en el vivir diario, si no se hubiera cruzado, delante de ella, cuando ya el canto de sus zapatos era una entelequia guardada en el recuerdo, aquel Andolfo Sinergia, que de nada pasó a relumbrón, llevado por la autoridad que le confería, haberle nombrado sus convecinos, el primero de sus presentes.

Aquella unión que se supuso perfecta frustró empero lo que pudo ser una vida plena, dedicada por entero a la investigación.

TRAS EL OCASO SE FUE …

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 21 Marzo 2011 13:43

 

QUIEN NO SUPO REPARAR EN EL PRESENTE. Así lo hizo Potorrín Zancajo, se fue con viento fresco y tardó en regresar la friolera de 37 años. Durante ellos, contaría de vuelta en el tugurio Flor de las Acacias, un montón de historias inverosímiles, tanto de dichas como de desgracias que le habían acaecido por esos mundos de Dios, que Pitorrín, nunca, al menos hasta el presente, había sabido distinguir las unas de las otras.

Tantos años no pasan en un sueño, por más que mirándoles desde una cierta altura y distancia, apenas si llegan a extenderse más allá de cerrar y abrir los ojos un puñado de veces. Al menos así lo asegura Pascualón, el hombre más viejo del lugar, que va ha cumplir 105 años el próximo febrero.

De lo que se extrañaba el bueno de Zancajo era que, ni un solo día, de los pasados allende de Coscojal de los Desamparados, había dejado de pensar en su pueblo y en sus gentes.

La distancia, contra lo que pensara, clarificaba los recuerdos y los hacia gratos, cuando in situ, no los había conceptuado de tal manera. La añoranza era un sentimiento ignorado, nuevo hasta ahora, que le convulsionaba el alma y le hacia aflorar a los ojos lágrimas como puños de grandes.

Se preguntaba el porqué de haber salido por la puerta trasera de Coscojal, cuando era un hecho que, con su dictante conducta, él, y nadie más que él, había sido el directo responsable de la indiferencia que le guardaba su pueblo.

Por todo lo cual se apresuró a regresar, más no queriendo que la vuelta significara, lo poco que fue la ida, sin nada dentro de los bolsillos, que los tenía pelados, esperó tantos años para así volver hecho un nabab.
Lo hizo, sí, ufano de cara al respetable, que en verdad la tristeza le invadía por igual el cuerpo y el alma, pues le inquietaba la forma que pudieran tener sus paisanos al recibirle.

La indiferencia fue primero, por más que simpático y dicharachero se mostrara en La Flor de las Acacias florecidas, preguntando por todos y cada uno de los recordados y aún de los ausentes definitivos, con los que se mostró apesadumbrado, alegrándose con la fortuna de aquellos que todavía seguían en el reino de los vivos.

Así siguió la ristra de nombres nombrados hasta que por ella preguntó, por quien fue la causa definitiva e inmediata de su marcha. Por aquella Clavellina en flor, bella como el amanecer de la esperanza, que tan solo hizo mirarle de reojo, cuando todo, todo, lo hubiera dado por ella.

Clavellina no supo esperar y dejó éste mundo con siete hijos en su faz y un marido nunca deseado y siempre ausente, pues fue hombre de quincalla y desaforadas costumbres de titiritero.

Zancajo y Clavellina, Potorrín y Bienpon, nombres y apellidos mezclados, distantes, como indiferentes, cuando a este mundo habían venido juntos, predestinados, él arriba de la calle, ella debajo de la era, que no supieron encontrarse, invadidos por la misma timidez que les separó para siempre, de la poquedad pusilánime de dos almas gemelas volando entre las ramas del mismo árbol, sin nunca divisar el nido que para ellos les había construido la naturaleza caprichosa.

Cuando Zancajo, ahora, 37 años después, supo de los nombres que Clavellina puso a sus hijos, se recluyó en la casa que acababa de comprar, aledaña a la de ella, y allí, entre suspiros y lágrimas se arrepintió de su marcha y de cuan equivocado estuvo al no ser capaz de preguntar a tiempo, por los verdaderos sentimientos que albergaron el corazón de Clavellina Bienpon, la bella enamorada.

Los nombres que recitó, mientras arrodillado pensaba en su amor, en aquel bello sentimiento que por desidia y cortedad no supo exponer, respondían en su primera letra, al apellido de Potorrín. Eran estos: “Zacarías, Antonino, Narciso, Carlos, Andrés, Juan y Onésimo”.

EL SECRETO DEL SEGUNDO PATIO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 14 Febrero 2011 9:44

Debo de empezar diciendo que yo juré, ante la cadena que imaginariamente forman los dedos índices cuanto se juntas por sus extremos, no revelar nunca el secreto a nadie, más tampoco a nadie juré que no lo pudiera escribir. Por ello, helo aquí:

Todo comenzó cuando Ronzalito Pin de la Pon, en el primer patio del colegio dijo a Laurita Pon de la Pin, que en el segundo patio, en los columpios amarillos y verdes, cuando los dos estuvieran sentados en ellos y el uno al lado del otro, revelaría su secreto.

Laurita, que hasta éste momento, por más que todos los días lectivos viera a Ronzalito, apenas si le había tenido en cuenta, aún sentándose en la misma mesa que ella, más picada ahora por la curiosidad dejó el primero de los patios donde jugaba con su amiga Anita de los Rublos y traspasó el umbral del segundo para montar en el columpio verde y amarillo.

Subida pues estaba en el columpio cuando llegó Ronzalito. Se acercó circunspecto a ella, se subió en el otro libre y tomándola de la mano, en el más puro ejercicio del más riguroso secreto, aproximó los artilugios, se aproximó a su oído y despacio, desgranando las palabras, la dijo:

- Laurita, ¿quieres ser mi novia?

Yo, su abuelo, un tanto asustado, todo hay que decirlo, pregunté entonces a mi nieta:

- ¡Y que le respondiste tú, mi niña!
- Qué le iba a decir, que bueno, que porqué no.

Entonces, yo, reflexivo, sin mucho darme cuenta de la situación en la que me encontraba, insistí en preguntarla:

- ¿Puedes decirme qué es lo que viste en él que tanto te ha llamado la atención?
- Guapo no es, lo que se dice guapo, -me contestó- pero sin embargo es buena persona.
Sin duda, pensé, no está mal el comienzo. Parece cuanto menos la cosa muy meditada. Como veníamos del colegio a casa, andando, que es corto el trayecto, insistí en preguntarla si nada más le había atraído de Ronzalito. Laurita me dijo, siempre bajo el estricto secreto que había jurado mantener y nunca quebrantar.

- Si, claro. Mirándole el corazón en él descubrí que le alumbra una linterna roja, lo que me dice muy a las claras que será un hombre con grandes luces.
- Y él, ¿qué ha visto en ti?
- Posiblemente el amor le surgió de repente, cuando en un recreo se enteró por mi amiga Anita que yo ejerzo de bruja. Pero abuelo, todo esto no tiene importancia, lo importante es que nunca, ya en la vida que nos queda, podremos romper.

Y cortándome cuando iba a seguir preguntándola sobre el futuro casamiento que me anunciaba y de la imposibilidad de ser amantes si antes no estaban casados, de nuevo me reconvino diciéndome:

- Quiero abuelo que me jures una vez más que nunca a nadie revelarás mi secreto. Para ello debes cortar la unión que forman la cadena de mis dos dedos índices unidos por las uñas. También debes trazarte una cruz sobre el pecho, al lado del corazón, al tiempo que vuelves a jurar lo que hemos hablado. ¡Hazlo!

Y yo rompí entonces la unión de los dedos índices que ella exponía a mi consideración y trace sobre mi pecho la cruz, todo ello mientras Laurita exuberante me seguía contando lo bien que se lo había pasado en el colegio, en la clase superior a la de párvulos, con los niños y niñas de poco más de seis años que juegan alegres, divertidos, a ser los hombres y mujeres del futuro cercano.

TITULO IMPOSIBLE O EL IRACUNDO LIBRERO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 24 Enero 2011 17:38

A don Bienvenido Trijueque le ha venido el júbilo a ver. Hasta ayer, -¡lo que puede cambiar la vida de un día para otro!- tenía las horas, todas, ocupadas.

A esta primera de la mañana, tales cosas, a estas últimas de la tarde, tales otras. Con la alegría de la jubilación le han desordenado el tiempo…y las entrañas. ¡Oiga, como suena! Desde hoy lo mismo le da comer a las dos que a las tres, levantarse a las seis, según costumbre, que a las doce, la hora mágica donde dicen que se levantan los padres de la patria y donde se cierran los grandes negocios y el I+D+i.

Con todos estos cambios, los intestinos, los menudillos de dentro de la panza, no le rulan. Antes era un reloj, hoy la maquinaria la tiene descompuesta, no le funciona con la precisión de ayer. Claro que lo mismo no se acuerda que hacia visitas sin cuento al excusado. ¡Vaya lo uno por lo otro!

Doña Virtudes, su mujer, le ha dicho que hay que llenar el tiempo, que haraganear está muy bien para los sandios, los memos o para aquellos que sólo tienen pájaros en la mollera.

- Tú, Bienve, mira de ocupar las horas o te volverás majareta. El ocio, siempre se ha dicho, es muy mal consejero.

El señor Trijueque la escucha pero no la hace caso, que la cosa no es tan fácil.

- ¡Coño!, Bienvenido, ¿quieres marcharte de casa y darte una vuelta? No ves que todo el día en la cocina estás estorbando. Yo creo que, o te buscas ocupación válida o te mueres de aburrimiento y de inanición.

Lo de la guadaña a don Bienvenido no le movió un pelo, don Bienvenido se había tirado, durante cuarenta años de su vida, día por día, que se cuentan pronto en su montante, no en su transcurrir horario, maquillando cadáveres. No, no era sepulturero, pero casi, era estilista del más allá o para el más allá, que son matices y ganas de complicar el asunto. Lo que verdaderamente le llegó al alma fue aquello de ser un estorbo, en cero o dos, a la izquierda. Fue como si, en lo más recóndito de su existencia, le asentaran de repente una puñalada trapera, con cuchillo mangorrero para más INRI.

Desde entonces, el ex estilista se ha afanado, en todo su tiempo libre, es decir, de la mañana a la noche, en coleccionar sellos, vitolas de puros, postales, cajas de cerillas, sogas de ahorcado –de estas sólo tiene una que compró a un chamarilero en el Rastro y que le juro por todos sus muertos, que con ella ahorcaron a su tatarabuelo y que ahora, le ha entrado la duda razonable de que no sea verdadera y sí falsa, como Judas Iscariote- separadores de páginas de libros, billetes de la República, monedas de la dictadura de Franco, el de por la gracia de Dios etc. El bueno de don Bienve, se ha metido en tal berenjenal que no sabe como salir de él. Un buen día le ayudó su mujer, doña Virtudes, cuando le dijo:

- Por qué no coges tanta mierda y la pones en el cubo de la basura. No crees, Bienvenido, mi amor, que mejor harías matando el tiempo leyendo, que dando el coñazo a cuantas visitas vienen a casa, enseñándoles tan variados como inútiles pasatiempos. Cuando te digo que hay que ocupar las horas, hay que traducirlo por, le recalcó muy lentamente: “hay que llenar la cabeza”. En una palabra, leer, leer en definitiva, ¡alma de cántaro! leer. Vete a la feria del Libro Antiguo, a Recoletos, a la Cuesta Moyano y verás como llenas la cosecha, tu cabeza y tu alma, todo al mismo tiempo.

En la Feria de Viejo y en la de Nuevo, que también la hay, lo primero que le hizo aquel librero de bien, es venderle una enciclopedia sobre literatura y sus alrededores, la que tenía olvidada. Allí aprendió el maquillador de tránsitos lo que está en los libros, lo mucho que está por entrar en la historia. A doña Virtudes, el hombre eufórico la dijo:

- En verdad que, de no haberme abierto los ojos, bien me hubiera perdido, en esta última curva, la más peligrosa, lo más grande que tiene la vida, el placer de la lectura, la imaginación y los sueños del futuro a punto de cerrarse para toda la eternidad.

La buena mujer ni le contestó. A doña Virtudes, entre otras muchas cosas, le gustaban las novelas donde el protagonista era el demonio o se asemejaba, también las de aparecidos, muertos andantes o vivientes y todo aquello que la hiciera zozobrar el alma, tan apegada siempre a lo cotidiano. Se conoce que todo se pega. Le gustaba Lovecraft, Henry James, Edgar Allan Poe y August Derleth, por ese orden. Nunca aparecían autores de la tierra, a estos decía, sabía siempre del pie que cojeaban. Del Necronomicon, su obsesión más frecuentada, le hablaba a don Bienvenido un día si y otro también.

- Tú ya sabes que yo no soy muy crédula, que si peco en esta vida es en lo contrario –le dijo una tarde a su marido, cuando este comenzaba a afanarse por aquella literatura fantástica recién descubierta. Pero créeme, cuanto más leo estos libros más me entra en la cabeza que deberíamos encontrar nosotros el Necronomicon.
- ¿Quién es el autor? –la preguntó.
- Un árabe, pero eso no importa, lo que importa es encontrar el libro, al que, según he podido leer, le faltan la primera de las páginas y algunas del final.
- ¿Y cómo lo he de reconocer si lo encuentro?
- Porque está escrito sobre la piel de un cabrito.

Desde aquel mismo instante lo pasó don Bienvenido lo mismo que aquel otro que se le secó el cerebro de tanto leer libros de caballería. Don Bienve, cuando no anda tras la pista de este incunable, está recogido en casa, inflamándose de ciencia con la última adquisición. Una mañana, cuando ya la afición le recorría el alma, fue a dar, en una calle estrecha del viejo Madrid, contra el cristal, sucio cristal de una librería apenas si abierta al público. A través de él, del cristal, más que ver adivinó grandes rimeros de libros. Y allí, coronando tan ilustrado carromato, quiso ver las páginas de Necronomicon en piel de cabrito.

- ¡Oiga! –dice don Bienvenido que le dijo, una vez dentro de la lóbrega librería- ¿no es ese el libro donde están resumidas todas las soluciones a los infinitos problemas que afligen el alma y donde se encuentran las distintas panaceas para curar todas ellas?
Canijo era el librero y aunque verano, se tapaba el enjuto cuerpo con albornoz de paño y gorra de fieltro, para advertírsele apenas los ojos. Le respondió iracundo el interpelado:

- ¡Qué tonterías está usted diciendo! ¿Qué libro? ¿A qué libro se refiere?
- Ese de piel de cabrito, el que corona el rimero –le dijo don Bienvenido, sin querer advertir los malos modos, sin escuchar la perorata del bilioso, indicándosele con el dedo índice.

                                                *                                *                               *

Algunos días tardó don Bienvenido en contar a su mujer, como aquel hombre, mezquino sin duda, aquel energúmeno sin fundamento, le expulsó, entre apocalípticos insultos y soeces improperios, de su tienducha maloliente y como, casi en el mismo momento donde se daba en él, la misma cúspide del Everet, la de su nacida afición por la letra impresa, un malhadado librero le arrancaba de cuajo su recién estrenada vocación.
¡Dios no se lo tenga en cuenta!

ESCUCHANDO AL AIRE

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 10 Enero 2011 10:00

Una mañana de domingo, Rogelio Andolfo, en la edad límite de sólo joven para empezar a ser señor, se refugió en el jardín de su casa, debajo de un nogal centenario cuyas ramas le tapaban de toda curiosidad ajena.

Allí fue, dolido por la vida, en busca de una soledad real, auténtica, esa que sabe apartarte de los sinsabores inexplicables del espíritu, esa que sabe tranquilizar el alma de los hombres.

No, no era la primera vez que venía hasta este banco de piedra y cemento sin obtener resultado alguno. Al menos el milagro soñado, aquel que, había leído, se producía en algunas personas, aquellas que sabían de las bienaventuranzas de los retiros matutinos.

Iba Andolfo con sus complejos ahítos, sus tristezas sin sentido, todo él lleno de pesares producidos por la existencia. Problemas sin fin a los que no encontraba fácil solución.

Ya sentado, el silencio le recogió el alma como nunca hasta entonces había sentido. La trascendencia de sus pensamientos, la paz interior advertida, vasta como bálsamo que se extendiera hasta el infinito, allí, sí, donde sólo él habitaba.

De esta manera pasó, acaso algo más de un segundo, nunca más de tres, cuando dos impertinentes como indiscretos pajarillos, dos ínfimos gorriones, se pusieron a parlotear en la rama más flaca del nogal, la que estaba justo encima de su cabeza, frustrando así el momento mágico que estaba viviendo. La primera reacción de Rogelio Andolfo fue la de levantarse airado y con grandes aspavientos espantarles de su proximidad hasta que se perdieran a lo lejos, donde no pudieran disturbarle de sus pensamientos.

Esto fue lo que quiso hacer cuando el pío-pío, incomprensiblemente, fue traducido en palabras coherentes, tan audibles como entendibles, palabras al cabo a sus oídos confusos. Decía el uno al otro, posiblemente su último descendiente, dando lecciones al hijo con las que enfrentarse al mundo:

- Ves –dijo el gorrión – ese hombre que asienta sus posaderas sobre el duro cemento es el rey de la creación. Eso cree al menos, cuando la verdad no es sino, uno más de cuantos animales y plantas formamos el Universo. Las cuitas que aquí viene a redimir, son faltas creadas sólo por él, defectos que no sabe suplir por situaciones tangibles al alcance de sus manos. En realidad, es el ser menos afortunados de cuantos poblamos este mundo. Ha creado una falsa circunstancias donde no encaja, un devenir incierto, una incomprensión absoluta con el resto de lo creado. Desconoce por igual la libertad, desconoce el amor, ignora el perdón, la amistad, todas aquellas cosas necesarias para atravesar el necesario transito impuesto y que nos conduce a la gloria de los cielos. Ten cuidado con él, hijo. Sus reacciones son impredecibles, pueden costarte la vida. Quien ignora lo próximo, lo fundamental, recuérdalo, anda errado, queriendo abarcar iluso el mundo. ¡Así le va!

Rogelio Andolfo escuchaba con suma atención, sin que una sola de las palabras salidas de aquellos pequeños y amarillos picos se le escapara, más incrédulo por la imposibilidad, pensaba, que fuera verdad cuanto estaba escuchando, miraba una y otra vez de reojo para cerciorarse que ninguno de sus sentidos le estaba traicionando. Quieto, no queriendo espantar a los gorriones allí posados, guardaba un riguroso silencio. En él, comprensiblemente, en ese mismo instante, se fraguaron las recomendaciones proclamadas por los pequeños pájaros.

Cuando volvió a mirar a la rama donde estaban posados les vio partir volando. Andolfo, igualmente se levantó de su asiento e imitando a los gorriones, sintió por primera vez que volaba, que era liviano y sutil a la medida de sus deseos, que todos aquellos irresolubles problemas con los que había venido hasta aquí, habían quedado marchitos, como sombras alumbradas por el sol.
Quienes le habían conocido apenas si podían explicarse el cambio, Andolfo contemplaba ahora la vida desde el milagro de mirar las cosas en toda su alegría.

Sin duda, este Rogelio Andolfo había aprendido a volar, después de un prolongado sueño en el jardín de su casa, a la vera de un nogal centenario.

EL PERRO ANALFABETO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 30 Noviembre 2010 18:42

 

¡ Se acuerdan ustedes de la fobia de don Castor Trijuénico de la Molienda a la letra impresa! Si, hombre, ¡por los clavos de Cristo! ¿Cómo que no? Aquel bamboche que confundía las letras de los libros con las patas apestosas de las moscas y mosquitos. Vamos, con diferencias sutiles cuando no mínimas sobre los actuales reales académicos de la lengua, RAE, que no sabiendo en que entretener sus ocios, se sacan de la manga futilidades y extrapecios. (Esta palabra no existe, pecios sin valor, pero por no desentonar la creo) Bueno, pues, si el problema era arduo, (para él claro está) no es menos éste que se me ha presentado a mi en los últimos tiempos.

He sacado a colación a don Castor, por no despedirme de repente de él, pues también a los personajes se les toma cariño y porque, el problema que les voy a relatar se parece al que tenía el ínclito, como un huevo a una castaña. ¡Qué digo! Total y absolutamente diametrales. El uno está bajo nuestros pies y el otro bajo los pies de los neozelandeses, es decir, en las antípodas.

Es el caso que, los vecinos de arriba se han comprado un perro con la estatura de un gato, blanco, con los ojos llorosos y tiernos que se te mete, sin querer, por entre las entretelas del alma. Dicen que es un caniche sin malicia y así debe de ser por su bondad y porque, la primera vez que lo conocí se puso, candoroso, a mearme la pernera del pantalón. Yo, lejos de enfadarme, por no conocer la lógica perruna, no solo le perdoné, también le di ligeros y cariñosos toques sobre la pelambre del cráneo.

¡Hasta aquí, todo bien, el matrimonio tiene sus cosas, quien esté libre de ellas que tire la primera piedra, lo malo son sus tres hijos en edad de merecer. El uno ronda, sin mayor sentido, la treintena; el tercero divide la razón por la mitad y el del medio está, como parece lógico suponer, en edad equidistante de sus hermanos, por mas que en el reparto del seso, tampoco éste se ha llevado mejor parte, sino con mucho la peor.

Los tres, al unísono y de aquí mi sentido recuerdo por don Castor, se han empeñado, los muy brutos, en enseñar al caniche el alfabeto. Con la de disgustos que les había supuesto a ellos sin mayor aprovechamiento. Y, así, muy de mañana, de tarde o de mediodía, que las horas eran lo de menos, cuando no era uno era otro, comenzaban con las lecciones del catón. O eso era lo que yo suponía.

Al principio, aquellos ladridos, sin los decibelios suficientes, pues aun no eran histéricos, ni coléricos, ni angustiosos, podría decirse que se encontraban dentro de la norma o al límite de lo tolerable. Los ruidos venían difuminados, por el espacio de casa a casa, y por la separación de los techos, sin duda a prueba de aquellos patanes de ciudad, que se las ingeniaban para producir más alboroto que el propio perro.
En las primeras lecciones, los oyentes, al menos yo, creíamos que el caniche solo aprendía la u, por ser ésta letra la que con mayor nitidez se distinguía: “uuuuu”. Poco a poco encontrábamos, por la variedad de sonidos, los indudables adelantos que iba haciendo el pobre chucho.

Como venía junio, mes de los exámenes, aunque estábamos en diciembre, las clases se intensificaban y ya los ladridos se escuchaban en medio de la noche, que el caniche, sin duda desvelado por la responsabilidad en la hora del conticinio, el tiempo donde la memoria graba mejor lo aprendido durante el día, hacía prácticas de las lecciones estudiadas. A estas alturas del curso, ya no eran sólo las vocales, bien podría decirse, mas por la intensidad del ladrido y por su duración, que se sabía el alfabeto entero.

Así fuimos aprendiendo, los vecinos, que tener un perro en casa próxima es disfrutar de insomnio y recordar todas aquellas sutiles palabrotas que aprendimos cuando arreglamos la puerta del armario, con el mismo martillo que sirvió para meter un clavo y para amolarnos el dedo gordo, este mismo que cada tiempo, sin saber muy bien porqué, cambia la uña negra por otra que comienza nítida y termina en turbia.

Cuando vinieron las quejas de los vecinos incordiados, éstos que no aguantan nada y mucho menos que les despierten en la noche, se descubrió que el caniche estaba sobrado de letras y falta de psicólogo. Vamos, que estaba el pobre para la silla del siquiatra. Porque los ladridos extemporáneos se producían por la angustia que sentía el chucho ante la responsabilidad de aprender y sus miedos, pánicos mejor, aquellos que despertaban a la Humanidad durante horas, eran producto de una reflexión madura nunca esperada en la especie canina.

Y pasó que, el tierno caniche, en manos de aquellos docentes, se convirtió en un monstruo al que los ojos, ante la sola presencia de uno de sus torturadores, se le inyectaban en sangre. También, una mañana, cuando el ladrido que había empezado a media noche se convirtió en un farfullo sin sentido, porque nadie podría adivinar la letra que ladraba, se lo llevaron al siquiatra. Y allí sigue, bendito él, fuera de las ocurrencias de sus educadores, a las que, para nuestra desgracia, sus convecinos no nos podemos sustraer.

El facultativo consultado pronto advirtió lo que arcano era para la comunidad de vecinos. El perro, alma cándida, si es que la tienen, era sometido a practicas aberrantes, de aquí que, el ulular fuera de desesperación antinatural, cuando el sexo se ponía en manos de desgalichados mentales.

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EL CONFUSO AMANTE DE LOS LIBROS

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 10 Noviembre 2010 18:49

 

Cibeles arriba, en Madrid, es decir, Recoletos adelante, hasta casi llegar a la estatua del esperpéntico don Ramón María del Valle Inclán, al que Dios no le haya tenido en cuenta alguna de sus extravagancias cometidas en vida, los libreros, como todos los años, han expuesto su mercancía de viejo. Los libros, en pos del comprador, buscan cobijo en los ojos de los lectores, como hubiera dicho cualquiera de los escritores allí expuestos, si a tiempo se le hubiera ocurrido la frase.

- ¡Los libros de viejo, dice usted!

Como si los libros pudieran envejecer y llegar a la ancianidad aún no remediada, como si los libros pudieran ser, como el hombre, limitados, finitos, No.

- Los libros, para que lo sepa usted, tienen, como el alma, principio, pero nunca fin. El alma, como los libros, es eviterna en consecuencia, por más que en los últimos tiempos se hable de su agonía.

El librero les cuida como a la niña de sus ojos, ¡ay de él si no lo hiciera así! como el cojo su pata de palo, como la soberbia al rico envanecido y así un largo etc. que no continuo por no aburrir.

- Cuantas cosas le cuenten en su nombre, créaselas. La vida y el libro van de la mano, igual que los niños a la salida del colegio.

Una de las cosas inverosímiles que me contaron y que si bien creí, no sin cierta incredulidad, lo confieso, pude observarlo en la última Feria del Libro Antiguo. Esto es lo que vi y ahí están tantos libreros conocedores del tema para no dejarme por mentiroso.
Don Honorato Marcuende es ya hombre mayor y como tal, se supone por sus haceres, un tanto ido, por lo que poco extraña que no se separe, ni en verano ni en invierno, de su chaquetón de pana y de su paraguas telescópico. Don Honorato, se supone a priori, es hombre precavido y sabe, seguramente amparado en sus años, por donde va a soplar el cierzo.

- ¿Conoce usted a don Honorato?
- No señor, no tengo el gusto.
- Es ese señor, el que destaca por su vestimenta de invierno en estos claros días del preludio del verano.
- Vamos, el que va a contracorriente. Clientes para arriba, él para abajo. El caso es estorbar. Si, es una forma de ser peculiar.
- Tiene cosas peores.
- Usted me dirá.
- Observe, observe y después me cuenta.

El tal don Honorato es hombre de posible, aunque ya digo que dado a la rareza y a la extravagancia. Produce curiosidad y casi nadie se explica su vestimenta. Uno, a fuerza de mirar, encontró la explicación que, aún leyéndola en los libros, me costaría creer.
Cuando termina el día, el asueto de Recoletos arriba y abajo, este hombre, por arte de birlibirloque, nunca mejor dicho, se ha metido, entre tanto refajo como le calienta la tripa, más de treinta libros. Vamos, que los ha sustraído empleando malas mañas. Para ello tiende el paraguas de plumón de cuervo –ya digo, su “modus vivendi”- y bajo de él, la mano arrambla con un libro o con un lote, que tanto le da. La manía, las neuronas desvencijadas, como le ha dicho eufemísticamente su psiquiatra al tratar el tema, son las responsables de tales vicisitudes, lapsus sin duda.

- ¿Y nadie se da cuenta de la sustracción?
- Claro que sí, pero nadie quiere meterse en líos y prefieren callar.
- Hemos perdido el civismo del que tanto presumían las generaciones pasadas. - Serían las suyas, que las mías se quedaron tan ricamente en casa.

P.D.- La historia de don Honorato el rico no se acaba sin decir que, tras de él, como el ángel de la guardia intentando redimir al Ángel Caído, el criado Bonerico pagaba religiosamente lo robado y así, los libreros, conociendo tales rarezas, le soportaban gustosamente las manías y le dejaban hacer. Amén.

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