Fábulas | Poemas y fábulas - Part 2

payday loans car Insurance

LA MOSCA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 5 Noviembre 2010 18:45

Va Bienvenido por la acera solo, cuando una mosca, no más grande que… que una mosca, le revolotea delante de la cara. El mozo, con las manos y con los brazos, como aspas de molino, trata en vano de quitársela de delante, de espantarla en suma. Por unos instantes lo ha conseguido.

Más no ha andado tres pasos adelante cuando de nuevo le revolotea delante de los ojos. Vuelve a quitársela de encima a zarpazo limpio, con ira contenida o no tan contenida. Al cabo de diez manotazos y dos mandobles lo logra. La maldita mosca se ha marchado, no más de veinte segundos, porque después vuelve a la carga y Bienvenido, algo más calmado, la escucha, primero cerca de la oreja izquierda, no, de la derecha. Va y viene y le roza levemente el cogote cuando no le pasa por debajo de la barbilla. Le vuelve la irritación como si el sonido que produce el aleteo de la mosca fuera en realidad la erupción de un volcán.

Pierde la calma tratando de ahuyentarla. La ira, renace como nunca la había sentido hasta ahora, con tal intensidad le invade, que le hace revolverse sobre si mismo buscando el sujeto que causa su desesperación. Vuela una mancha mínima y oscura alrededor de su cabeza. Por un instante la ha visto pasar delante de sus ojos. La ha visto y espera, como si agazapado aguardara el paso de la presa. De repente se ha hecho el silencio. Es la calma que precede a la tormenta. Y al fin la siente, le ha rozado con sus alas el hueco de la nariz. Como el cazador que aprieta justo el gatillo cuando pasa la liebre, Bienvenido ha palmeado sus manos sobre la nariz. El aplauso ha resonado con la violencia de un escopetazo, algunos de los transeúntes que en aquel momento pasaban por la otra acera se han vuelto extrañados, cuando no temerosos.

Ahora se ríe Bienvenido. Separa las palmas de las manos para ver la muerte en directo, solo que allí no hay nada. En el último momento fue más rápida que la misma ira.

Reanuda el paso, con ligereza, para al menos, si no la puede matar dejarla atrás. Pasa un minuto, dos, no llegan a tres cuando el imperceptible zumbido llega. No, no es la mosca, son las alas de un gorrión que se ha posado en la acera, cerca de un pequeño charco de agua delante de él. Respira aliviado. Sigue andando y se olvida, lo intenta al menos. Se sienta en el velador del bar donde ha quedado con un amigo. Cuando éste llega, Braulio se llama, hablan de negocios, de la infancia apenas traspasada.

Bienvenido, ni siquiera le escucha, no deja de pensar en la mosca, apenas una mancha en la uña del dedo meñique le ha podido de tal modo sacar de sus casillas. Se arrepiente. No se da golpes en el pecho por no asustar a su amigo Braulio, allí delante, no quiere hacerle pensar que ha perdido las entendederas o se ha vuelto completamente loco.

¿Loco?, se pregunta. Acaso no lo estuve cuando disparé toda la artillería contra el díptero. Se arrepiente tanto que, por un momento, piensa encontrarla de nuevo y disculparse. Tan enajenado está, que apenas si advierte la presencia de su amigo.

Con un imaginario pisotón en el suelo se dice para sí:

- Malditos demonios alados, queréis de una vez dejarme en paz. Nadie y menos una mosca, por mucho que haya perseguido al hombre desde el principio de los tiempos, no puede tener poder suficiente para sacarme los nervios de quicio. Si por unos momentos en esta ocasión lo ha conseguido, tan solo ha sido mi culpa, una enajenación transitoria. Nunca más pensaré en tal suceso.

Braulio, sin duda extrañado por la confusión de su amigo alega prisa para levantar el campo. No sin antes, del hombro de su amigo Bienvenido quitar una mota, posiblemente el cadáver de una mosca destripada, incomprensiblemente hallada en tan insólito cementerio.

- Debes cuidar los lugares por donde transitas, no parece, a la vista de tales desperdicios como portas, pasear por donde tú caminas -le dijo Braulio a modo de despedida al confundido Bienvenido.

.

“QUE SEA PARA BIEN”

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 1 Noviembre 2010 18:56

En el pueblo de Coscojal de los Desamparados crecen juntas las ortigas y las amapolas, por lo que no es de extrañar que, por coger las segundas, te ortigen las primeras. De este hecho y otros similares, han inventado-inferido la socorrida frase: “que sea para bien”. Y así, cuando alguien en el lugar tiene un hijo, le toca la lotería o escribe un libro –aún no se ha dado el caso- le dicen pomposos: “que sea para bien”.
Romualdo el literato escribió unas coplas al estilo, decía con suficiencia de perito, de don Jorge Manrique, dedicadas a su primo Restituto y éste, no muy de acuerdo, le puso un ojo morado. Restituto se sintió aludido de malas maneras en su paternidad difusa por todo lo cual le propinó un tortazo, poniéndole el ojo reseñado a la virulé. A Romualdo, cuando se estrujaba el magín para parir las coplas, su madre, que era analfabeta inestable – tenía cataratas en los ojos y había días, a capricho, que la dejaban ver y había días que no- le dijo con todo el cariño que sabemos da una madre: “que te sea para bien, hijo”. Es comprobable, por el color del ojo, que le salió mal.

De los vástagos que vienen a este mundo y que son para bien o para mal, -que de todo debe haber en la viña del Señor - en Coscojal hay ejemplos sin cuento. Eufrasio, por no ir más lejos, sin otros medios que el día y la noche, que en casa de sus padres no había ni para mandar cantar a un ciego, con sólo su esfuerzo llegó a chofer de presidente de Banco con mayúsculas. ¡ Quién lo iba a decir¡

Por el contrario, el primo segundo del boticario, que era listo como él solo y vago como nadie, en el día de hoy, más grande y alto que una horca, anda por la vida dando tumbos y enfrentándosela, sin ningún bagaje ni otro cualquier miramiento.

Cosas como las relatadas, en Coscojal de los Desamparados, (villa que fue con castillo y tuvo castellano de prosapia, después cenobio y es hoy apenas una aldea perdida en el calvero que delimitan el río Tietar y los cada vez más pelados montes de Gredos) un ciento; que para eso su historia es añeja y se entierra con profundas raíces en el suelo árido de Castilla. Por no alargarme más y porque el sucedido fue del conocimiento nacional, contaré la historia de Prosulpiano y sus tres hijos.

Encarnación Taboada, la mujer de Prosulpiano, por salir de la penuria que aquí se caía y allí se levantaba, siempre en pos de un mendrugo de pan, logró ahorrar, no sin esfuerzos ímprobos, para un décimo de lotería de Navidad. El lotero o lo que fuera que le vendió la ilusión le dijo: “que sea para bien “. ¡Oiga, y fue! Nada menos que se vio agraciada con la décima parte del gordo. ¡Fuera penurias, coscorrones y hambrunas! La abundancia se enseñoreó en aquella casa, el cuerno de la exageración vertía sus dones sin tasa ni medida derramándoles sin miramientos a troche y moche.

Prosulpiano con sus tres hijos, dejaron de ir al río a mojarse el culo y coger peces y durante meses, acaso años, se dedicaron a la gran vida y en ocasiones, contadas, al desenfreno. Doña Encarnación – nótese la sutilidad en el cambio drástico experimentado en el nombre- que era práctica y miraba el futuro aún con miedo, se la llevaban los demonios al ver tanta vaguería.

- ¡Venga, levantaos del sillón, que hay que empezar a buscarse algo, que esto no dura toda la vida - les decía recriminándoselo.

Los dineros sobrantes se los gastaron en un barco, porque decían, tanto el padre como los chicos, que era pescar lo único que sabían hacer. Así los cuatro se compraron el barco, desoyendo las enseñanzas de don Gumer, el maestro, quien les quiso iniciar en los rudimentos precisos de la meteorología, ciencia esta sin la cual, salir al mar se convierte en una aventura peligrosa cuando no deviene en mortal. Quiso, sí, el buen maestro familiarizarles con aquellas erudiciones necesarias y básicas para ennoblecer su nueva ocupación y fue todo inútil, huyeron del conocimiento que se sacan de las páginas de los libros, sin el cual nadie puede enfrentarse al mar, cuando el mar, a expensas de ignoradas fuerzas, pierde su calma y se rebela entre olas gigantes y bramidos ensordecedores.

Desnudos por tanto de todo bagaje, conocimiento o pericia sobre tan complicados asuntos, emprendieron la primera y última singladura. Al segundo envite del mar se fueron por la borda y se perdieron entre las procelosas aguas, devoradoras de hombres, restauradoras de niveles, igualadoras de soberbias y tantas otras muchas cosas que pueden decirse de la mar, como la llaman los que la quieren.

En Coscojal se quedó su viuda, sola, pobre, desesperada y repitiéndose, como una cantinela sin fin y sin sentido: ”que sea para bien”.

ANDAMIAJE EN TIERRA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 22 Octubre 2010 18:42

Cuando ocurren las cosas y éstas no han sido en profundidad pensadas, dejan un regusto salobre, como el que experimentó Evaristo Encisto cuando descubrió, a tan temprana edad, que aquello más sagrado, como es el amor, ya experimentado y fracasado, no se correspondía con lo escuchado, que todo, se decía serio el muchacho, quedaba reducido a una bonita metáfora que, si bien facilitaban mejor la comprensión, en realidad, como las burbujas de jabón, se deshacían prestas en el aire.

Visto el tema con despegue, a cierta distancia en el tiempo de los hechos acaecidos, parecía lógico y natural que así hubieran ocurrido. Desentrañado desde dentro de su corazón, componía el descubrimiento una feroz desilusión. Cierto se le hacía que lo fundamental existía, que destruido el andamiaje, como había ocurrido, sin embargo había quedado el palacio en pie, una construcción bellísima donde los ojos quedaban prendidos y admirados. Su queja era otra, culpaba a quienes jugaban, posiblemente sin proponérselo, con la imaginación de un niño, es decir, sembraban sin límites ni fronteras en campos sin labrar. A través de ella, aquella queja, sin par y sin fin, se había venido abajo dentro de su corazón.

El hombre, lo sabia ahora, no era tampoco como le habían explicado, la feliz réplica de su Creador, era si acaso la turbia sombra en la que se amparaban todos aquellos que por soberbia aspiraban a ser Dios.

Toda su juventud, aún no abandonada, había estado llena de mentiras, de aquí la frustración que sentía, la de creer en milagros, cuando los milagros nunca llegan a plasmarse, sino en la mente de un soñador.
Así vivía Evaristo, con la esperanza recóndita y no expresada de encontrar aquello que tanto sus padres como sus maestros le habían asegurado que existía, pero hasta el momento, sólo había encontrado mentiras y falsedad, también en los seres próximos, igualmente en aquellos que por su posición social tenían la obligación de dar ejemplo.

Desengañado pues de cuanto en la Tierra le ofrecían se consagró, en la inocencia, en el candor de su amigo Timbre, un espécimen tan opuesto a él que, cuando hablaba, a media voz, pues no sabía articular ninguna palabra, mirándole de frente a los ojos, el muchacho reconocía en ellos su amor.

Toda su vida, la de Timbre, la pasó Evaristo a su lado, sin despegarse apenas, porque nunca, nunca, Timbre le falló. De haber sabido hablar, de haber sabido comprender a la especie humana representada en su amigo, aquel perro llamado Timbre, sin duda le hubiera declarado su amor.

LA ESPATULOMAGA O LOS LIBROS DE DOÑA LEOPOLDA

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 20 Octubre 2010 18:59

.

Leopolda Soledad o doña Leopol, que de las dos maneras se la conoce en el vasto mundo de los Grandes Poderes, es mujer muy versada en espatulomancia y otras zarandajas de igual jaez, ciencias todas ellas dadas a la adivinación y a la magia, en cuanto estudian y hacen observancia de los huesos y su estricta lectura, sujeto activo, o pasivo, según se mire, del exacto vaticinio.

A doña Leopol, desde tiempo inmemorial, aunque aun se conserva joven y de muy buen ver y pasar, la enseñó su marido, don Teodorito Rito To - en los carteles - un fenómeno en la materia, (que en paz descanse con las malas pulgas que se gastaba en vida ) y a este su padre, y a su padre su abuelo, y así hasta llegar a la Prehistoria, o antes, que era larga la saga. Tan sólo, aseguraba la mujer en “petite comité”, se dejaron de usar, artes tan sutiles durante el período infertil y oscurantista de la Edad Media, y ello para no poner en peligro la continuidad y la tradición, pues por aquellos remotos tiempos, ya es algo requetesabido, te ponían una tea al pie por mucho menos de quítame de ahí esas pajas y póngamelas allá, que están mejor y mas aparentes.

La espatulomaga - nombre este inventado por su Teodorito Rito To, a punto de entrar en el DRAE - día si, y noche también, ! qué mas tiene !, tendía su parva de huesos y ! hala !, a dejarse el párpado en ellos. Doña Leopol sabia del sacrificio que cuestan las cosas.

Los tenía de gallina, gallo y pollo, previa degustación de sus carnes adquiridas honradamente con lo que había ganado interpretando otro tuétanos. Los tenía de liebres finas, conejos gordos y gazapos recientes. Los tenía de recentales de oveja y cabra, aunque menos, debido a su volúmenes en los dos casos. Y en fin, de gato y de perro, aunque a estos los habían desollado otros, limpiado otros, y puestos al oreo otros, que a doña Leopol no le gustaba lo que no se iba a comer.

Una vez secos y amarillos - los huesos tienden en un primer momento a ajarse con un color pajizo, para luego devenir en blanco que es como decir a ningún color - la espatulomaga los pintaba con los colores del abejaruco y de las oropéndolas, que son estos pájaros ricos en tonos y de grande atracción para doña Leopolda Soledad. Una vez coloreados, en ranchos, trazos desiguales o iguales, manchones abstractos etc., ya se encontraban dispuestos para ser echados. Y aquí viene el intríngulis y del por qué, unas personas son clarividentes y otras no. Del por qué tantos son los que lo intentan y tan pocos son los que se licencian en la materia. No hay duda de que todo se debe al desconocimiento de las dificultades ocultas y que son desconocidas, aunque obvias, para la mayor parte del género humano. Estas son:

1º.- Hay que esparcir los huesos sobre una superficie accidentada y de un solo color, sin que ninguna de las piezas que forman el esqueleto se haya perdido, porque todas deben formar parte del dibujo esotérico final.

2º.- Los huesos, todos, deben de estar ordenados desde la cabeza al calcáneo, siguiendo la cadencia de los números, su orden. Así, respetándose el lugar donde hayan caído, se unen por un trazo sutil, tan sólo percibido por el iniciado, dando lugar cada vez a un dibujo diferente y complejo que desentrañará el futuro.

Alterar cualquiera de estos ordenes supondría desvirtuar de forma grave el mensaje dado al interpretador o clarividente y por tanto al sujeto que podría pasar de agraciado a desgraciado o viceversa. ” Son cuestiones estas - decía la espatulomaga - resueltas de antemano, que no admiten controversia alguna. Así han sido siempre y así lo seguirán siendo ”

Los mismos huesos, a más del dibujo que forman en sus diferentes uniones, indican, tanto por la posición y el lugar que han caído, circunstancias precisas tales como el Poder: los huesos donde residen estas facultades son las falanges, los falangines y las falangetas o el cubito y el radio, de acuerdo con el esqueleto estudiado; la Sexualidad: los huesos pélvicos primordialmente, y algunas costillas las más cercanas a las mamas; los Accidentes: rotulas, tibias y peronés; o la Muerte o la Sabiduría: los propios de la calavera.

- Pero, doña Leopolda Soledad, todas estas especulaciones, ¿de donde las saca?, porque tengo entendido que es usted analfabeta - le objetó don Rufiniano, su vecino, pasante de abogado y muy metido en la ciencia experimental.

- Ay, Señor - exclamó la espatulomaga - la ignorancia de la gente traspasa los confines de lo irracional.

E indicando con el dedo índice de su mano siniestra el acervo de huesos que tenía recogidos en el guruño de su falda dijo:

- Estos son mis poderes, estos las páginas de mis libros que me apresto a escribir, quien quiera entenderlo que lo entienda y el que no, que le den morcilla.

Y aún añadió.

- Yo escribo los libros así, con letras distintas en un alfabeto por escribir; en el abecedario de los sueños, donde todos cuantos componemos la Humanidad estamos abocados.

MALSANA CURIOSIDAD

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 6 Octubre 2010 18:12

 

 

 

          Cuando leyeron la carta que Angustio Biendicho, investigador de la física trascendente, había escrito, carta que dejó sobre la mesa de su despacho, terminada de redactar, parece ser, pocos minutos antes de descerrajarse un tiro en la sien, nadie podía pensar que en ella, en unos pocos renglones, poco más de un folio, a modo de testamento, excusara su ausencia de este mundo, así como la rapidez de la despedida, alegando que, abstraído en el más allá, más que pensando en él, fue tanta la curiosidad que le invadió por conocerlo que no pudo esperar un minuto más, los pocos que le llevaron a cargar el revolver con el que se suicidó.

          En la carta manuscrita explicaba someramente que aquel hecho que iba a llevar a cabo, era consecuencia directa de la ansiedad que le asaltaba, del firme propósito de conocer lo que había más allá. La angustia, explicaba, le venía dada hacia algunos meses atrás, desde el mismo momento que descubrió que tenía una facultad llamada percepción ultra sensorial, responsable en definitiva de las prisas que le habían entrado para conocer el lugar de donde el hombre procedía y su Dios le había creado.

          Dijo el juez que levantaba el cadáver de Angustio, que de no haber leído la carta, en la que Biendicho daba cuenta de sus propósitos y aún así le quedaba la duda de que el muerto estuviera en su sano juicio cuando se atrevió a tan bárbara locura, que sugirió a la policía que le acompañaba, investigara el caso.

 

- No fuera a ser un asesinato, ese del que hablan y que aún no se ha llegado a producir y que llaman perfecto.

 

Sentenció también que:

 

- La curiosidad, en definitiva, mató al imprudente investigador.

 

Desde entonces, desde aquel hecho extraño e increíble, este juez, somos testigos directos de ello, reza todas las noches al Creador para alejar de sí toda malsana curiosidad.

 

                                                 

LOS VIENTOS EMBARAZOSOS

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Viernes 1 Octubre 2010 18:26

                                                                                                             Don Pristiliano Rua de la Reguera es un todavía joven científico obsesionado con su trabajo.

Desde su infancia, que no es la inquietud reciente, está resueltamente empeñado en resolver el intríngulis de la vida.

Se cree que esta manía, en la que se enfanga de la mañana a la noche, le sobrevino, aún con más virulencia si cabe, en el último tercio de su carrera científica, cuando por casualidad cayó en sus manos una revista sesuda en la que pudo leer el viejo mito de como las yeguas lusas eran preñadas por los impúdicos vientos que vienen del mar.

Desde este instante buscó incansable el milagro en la probeta –don Pristiliano lo llamaba corolario mutable- el cómo y el por qué de tales fecundaciones y el cómo y el por qué de llevarse a efecto en los seres humanos. Con tanto ahínco lo tomó que llegó a formular versiones distintas de las archiconocidas concepción natural y de la misma partenogénesis, sin resultados apreciables que no fueran ya conocidos.

Sin embargo, el mundo entero, sin excepción, autorizada o al menos conocida, estaba pendiente de la investigación de tan reputado científico y al tanto de tan esperado descubrimiento.

          En sus averiguaciones, exhaustivos escudriñamientos, de tanto como rizó el rizo, logró lo que parecía imposible, su mujer, doña Romualdiña de Todos Los Santos, estéril aunque esperanzada,  llegó a concebir, al igual que las yeguas lusas, por intervención del rijoso viento que don Pristiliano tan sólo puso la ciencia infusa, incapaz, por el momento de cualquier otra heroicidad. ¡Fue un verdadero prodigio!.

Al milagro de su hija, -pues milagro supuso creer las explicaciones dadas y la palabra empeñada por su mujer y los vientos que denominó “saudades”- le llamó Adivina y fue la niña rubia y bella y como era de esperar siempre supo  sonreír a todos los vientos.

Sus labios, abiertos por una sonrisa, fueron una onza de oro recién acuñada.

EL ROBOT DEL SABIO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Martes 28 Septiembre 2010 17:20

           

El sabio Predrusquiño de los Peñascales, desde su más lejana juventud, estuvo imbuido por el saber y la ciencia. Tuvo tiempo para hacer descubrimientos tan solemnes y beneficiosos para la Humanidad, con mayúsculas, que cualquier hombre o mujer se hubiera podido envanecer. Sin embargo, esta dedicación exclusivista no le permitió saber que en el mundo existían otras muchas cosas capaces de hacerle feliz.

Una tarde, de las contadas que el docto lumbrera se distraía en los jardines de Sabatini, se topó con la jovencísima Eduvigis de los Ganzules. Era la mujer bella y espigada como rubia espiga de trigo, adornada con las virtudes del descaro y las resoluciones directas, de aquí que, admirada sin duda del saber infinito de Pedrusquito, de su mansedumbre y modestia infinita, acaso por otras cualidades aquí ignoradas, encontrándole asequible a sus deseos, presto le llevó al altar.

Para el sabio, el hecho no solo fue un alto en el camino de la ciencia, un descubrimiento tal que, Eduvigis, cada vez con mayor ímpetu, le mandaba cerrar la boca cuando el maxilar inferior se le caía, que mirándola de placer se quedaba arrebolado.

Fue para el genio una parada en el rellano de la sutil escalera que le conducía a la gloria. Aparcados quedaron los más queridos de sus inventos, para descubrir de Eduvigis de los Ganzules sus ojos, su enigmático contoneo, su espléndido cabello rubio y aquella su voz que felizmente venía a disturbarle todo pensamiento creador.

Quedaron para mejor ocasión demostrar al orbe que el valor de los ángulos del triángulo equilátero cambiaban cuando la figura se dibujaba en la redondez del cielo; la comenzada investigación encaminada a la destrucción de los plásticos para que no llegando al mar salvaran de la muerte a las tortugas que las comían… y así mil ideas más, fruto de su feraz imaginación, aquella virtud que le resolvía de forma inmediata cualquier problema que se le presentara en sus prolíferas investigaciones científicas.

Más si el sabio creyó que el resto de su existencia transcurriría por los mismos cauces estaba equivocado. Pues de extraviado tachaba Eduvigis cualquier decisión que no era comprendida por ella. Y fue tanta la discordia y el desacuerdo, que seis meses después, sin haberse apagado la llama que consume a los enamorados, se separaron.

En esta triste circunstancia, sabiendo ya Pedrusquito que la felicidad, apenas advertida debía pasar inexorablemente por la presencia de una mujer en su vida, el sabio toma la decisión de construirla a su medida.

Edificó un monumento, con cara de Eduvigis, con espuma conformó la forma de una mujer con cara de Eduvigis. Cuantas mujeres oso construir le significaron un fracaso, con cara de Eduvigis. Así hasta llegar al robot como reflejo de la mujer ideal, pues consiguió que hablara con voz de Eduvigis, y fue toda ella bosquejada con materiales flexibles y dúctiles, relleno de la estructura de hierro.

Por unos instantes se sintió satisfecho. Hasta que se cansó de oírla decir siempre lo mismo, con la palabra mansa e imperfecta que en modo alguno se parecía a la de su mujer perdida. Por eso, cada mañana, cada tarde, a todas las horas del día, el sabio inventor, el de la imaginación desaprovechada, comenzó a echar de menos la verdadera voz de su querida mujer, aquella Eduvigis de los Ganzules, la de los ojos azules, la misma que escondida le seguía viendo cuando el pobre Pedrusquito de los Peñascales, ignorándolo, paseaba ahora con mayor frecuencia por los jardines de Sabatini.

 

                                                       

EL COCODRILO JIBOSO Y EL ÁRBOL CONTRAHECHO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Lunes 19 Julio 2010 17:50

Anais Cerezo estuvo llorando toda la noche. Las horas que pasaban no mitigaban el inmenso dolor que sentía. Por el contrario, la insufrible sensación de culpa se le extendía en el alma como mancha de aceite en el lago sereno que hasta entonces había sido su vida.

-¿Por qué lloras Anais, si puede saberse? – le preguntó el recuerdo de su pasada felicidad.
-Porque he dejado crecer al cocodrilo en una pecera y porque otro tanto he hecho con la semilla de un castaño de Indias cuando lo he plantado en una vil maceta – respondió Anais.

Y las gentes, de las lágrimas de la muchacha se reían a mandíbula batiente y los niños hacían burla. Sólo los sabios lloraban con ella al tiempo que, mirando el futuro, se alegraban de que en esta vida hubiera, por si sola, comprendido su frívolo error.
Así, Anais, amargamente se arrepintió de haber encerrado al cocodrilo en la pecera que no le dejó crecer, si exceptuamos una joroba infamante que le creció en el lomo. Otro tanto le ocurrió al pobre castaño de Indias que, constreñidas sus raíces al reducto mínimo de una maceta, tuvo que conformarse con crecer apenas unos pocos palmos, cuando la falta de tierra donde desarrollarse y de espacio donde expandirse, le conformó contrahecho.

CONSTANTÍN DE LA BARBERÍ

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Miércoles 7 Julio 2010 18:05

 

En 1878, el sabio Constantín de la Barberí, formuló una teoría que el mismo vino a calificar de trascendente. Esta, la teoría, venía a decir, tras enredar números y letras, un galimatías imposible para los iniciados, que si todos los humanos, ayudados por los animales de cuatro patas –hacía la distinción mencionando leones, leopardos, rinocerontes, tigres y elefantes-  al tiempo desahogaran sus vejigas, es decir, miccionaran con ganas, se podría poner en grave peligros la supervivencia de un pueblo tan querido como el pigmeo.

Cien años después, la teoría, hasta entonces vigente, fue rebatida. Aún desde el supuesto que la población mundial se había, al menos triplicado, mientras los pigmeos, habían menguado, lo que hacía más factible la hipótesis, ni remotamente, tal disminución podría achacarse a una toma de decisión mundial consensuada del tema referido.

Desde aquel momento, es decir, casi en los albores del presente siglo, el pueblo africano, aunque capitidisminuido, y posiblemente lejos de conocer tal hipótesis, vive al fin en paz y sin temor.

La contra teoría, sarcasmos de la vida, fue formulada por el cuarto descendiente de aquel Constantín de la Barberí, desde su puesto de vendedor de verduras muy cerca de la prisión de La Santé.

 

                                        

UN PUEBLO SIN PECADO

Posteado por José Luis Martín | Fábulas | Jueves 24 Junio 2010 18:46

 

 

 

Cuando el padre Fulgencio Prebostio, inopinadamente descubrió la existencia de Peralitos de Arriba, quedó enteramente satisfecho, cuando más entusiasmado. Era este pueblo único, nunca imaginado, pues se salía de la realidad cotidiana, rayando sus hechos, procederes y hábitos con el milagro más extraño o surrealista.

Tanto fue la admiración del sacerdote que, habiendo parado su coche por descanso, camino de la capital, recaló allí por un tiempo al saber que, el titular de la parroquia muerto, no había encontrado hasta el momento sustituto. La admiración surgió cuando el primero de sus feligreses, tan súbitamente favorecido, descubrió su ministerio y le rogó que, allí mismo, sin dilación alguna, le confesase.

Tras de él, todos los habitantes del lugar hicieron cola delante de su confesionario y aquí, en tan pesaroso lugar, donde le brotó, con el asombro, el pasmo más inexplicable e increíble. Allí, en la fila de hombres y mujeres esperando, no existían jóvenes. El más joven de los confesados se iba por encima de los cuarenta años y aún si cabe más peculiar, extraño y milagroso, a ninguno de cuantos a él se acercaron pudo ponerle penitencia alguna, todos ellos estaban exentos del menor de los pecados.

Al padre Fulgencio, así admirado, le faltó tiempo para informar del descubrimiento a las jerarquías superiores y cuando creyó que la revelación sorprendería gratamente y raudos los informados vendrían a contemplar el prodigio, se vio igualmente sorprendido por una carta que, en principio creyó confundida, hasta que, llegado al final de ella se percató de la sabiduría de aquellos que miraban las cosas y la vida humana desde el pedestal donde sus importantes poderes les había elevado.

Así pudo enterarse que su misiva había sido tachada de entelequia, producto de paranoia pasajera cuando no risible, siempre llena de incredulidad, ahíta de ensueños, irrealidades de imposible que causaban gracejos cuando no irónicas jocosidades. Los jerarcas capitalinos terminaban afirmando que, ante tanto misterio, ese el que el sacerdote descubría temiendo por la extinción de aquella comunidad recién descubierta, la respuesta que debía de dar, le contestaron, era la frase manida de que siendo todo cuanto ocurre voluntad del Creador, nada podíamos hacer ante lo que creemos esotéricos designios y que en realidad vienen a demostrar nuestra pequeñez ante las cosas grandes.

Desde entonces, el pobre cura se pregunta como era posible que un pueblo exento de todo mal, sin que nadie circulara en sentido contrario frente a la autoridad terrenal y no digamos, frente a su moral y envidiables costumbres, estuviera en trance de desaparecer, sin que nadie pusiera un adarme de voluntad en corregir su deriva.

Se dijo también, entonces elevando los ojos al cielo, en busca de una respuesta que, si todos somos castos y puros, si todos nos conformamos con lo que Dios nos da y pasa lo que ocurre aquí, la progresiva desaparición de unos seres humanos y con ellos la vida, algo sí, misterioso, existía en los designios de del Creador que no estaba a nuestro alcance comprender.

Esta y no otra fue la razón para que el padre Fulgencio Prebostio abandonase Peralitos de Arriba para nunca más volver, al pueblo que llevaba en el interior de las  vidas intachable de sus habitantes, el germen maligno que les condenaba a su desaparición.

 

                                                 

Related Posts with Thumbnails
« Página anteriorSiguiente página »
soccerine Wordpress Theme