Prendido de dos estrellas,

un nacimiento del cielo,

iluminado de noche,

por el fuego de luceros.

Este es mi pueblo,

en la ladera de un monte,

bañado al sur por un río,

entre pinos y matojos,

al socaire y su albedrio.

Unos le llaman despacio,

los más a gritos,

como si despertarle temprano,

cuando la siesta se echa,

para que se levante ufano.

A mi pueblo voy,

para saludar a sus gentes,

aquellos que en el recuerdo,

siempre tengo en la mente.

Pues con ellos crecí,

con los más jugué,

y con todos, tengo que decir,

siempre lo pasé muy bien.

Yo le llamo Coscojal,

cuando no se llama así,

por tímido le busqué pseudónimo,

todo por no descubrir donde nací.

Desde la cresta del monte,

en los días que sale el sol,

mi pueblo chico se ilumina,

como metal fundido en el crisol.

Es Coscojal un deseo,

mi fuente de inspiración,

donde nacieron mis sueños,

con ellos crecí yo.

Allí conduzco mis huesos,

ahora que ya soy mayor,

que hasta allí me llevan,

ya cansinos aunque llenos de amor,

pues nunca olvido,

ahora que soy mayor,

las vicisitudes que hasta aquí me traen,

ahora que me llaman señor.

Coscojal de los Desamparados,

te escribo desde este rincón,

desde donde se guarda el alma,

el niño que no perdió el candor,

ese que me regalaste,

paseando por tus calles,

que nada me diste mejor.

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