Para aliviar a sus hijos del dolor  terebrante por la muerte de su progenitor, doña Melisandra Rancajo, mujer de variadas virtudes y acendradas costumbres, les reveló que, el hombre por el que tantas lágrimas vertían, no era su padre.

 

          Los compungidos muchachos, sin duda por mitigarla de tan severo trance, la exoneraron de las exequias de su marido y nunca más  volvieron a verla. Ninguno de los nueve. 

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