Aquella iglesia estaba oscura, Dios qué oscura tu iglesia,

parecía el recinto sagrado del miedo,

cuando encoge el alma por debajo de la lengua

y pone la piel húmeda de frío y de agua.

Dios, qué oscura la iglesia aquella,

con sus paños negros coronando las cabezas,

aquellos bancos que crujían temerosos

y aquel estar y no estar de tu presencia.

Caminé por el suelo de losas y rayas,

los ojos clavados y la pupila ancha,

la mortecina luz del fondo me atraía,

igual que imagino atrae la tierra al náufrago.

¡Ay, Señor!, que temor ante tanta tristeza,

como duele la soledad de la sombra,

como se queda la sonrisa cortada,

de este ponerme ante tu existencia.

Fuera, el aire vence grano a grano tus muros,

fuera, la vida derrota paso a paso,

hay una tremenda fuerza que nos desintegra,

sin siquiera saber lo que queremos.

Sentado, con las manos prietas entre las piernas,

voy desgranando, en esta madera que estoy,

(la misma que un día lastimó tu espalda),

ese caminar cansado de tus últimas horas,

esa nube de sudor que empaña hasta Ti la mirada,

ese trueno de romperte como humano

y esa angustia apenas esclarecida del Gólgota.

Dios, qué oscura tu iglesia,

Dios, qué olvidadizos los hombres,

los hombres que entierran los recuerdos,

la Humanidad que tiene los ojos bajos

y Tú, que en lo más alto, estás desvencijado.

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