Ya en primaria, el profesor, don Primitivo, hombre recto donde los haya, le castigó sin postre al haber traducido, cuando había levantado la mano para formular una pregunta, un dedo, el corazón enhiesto, es decir, despreciativo hacia su persona, al menos eso es lo que entendió el severo enseñante y lo que aún era peor, su indiscutible menosprecio de su autoridad. Eran, sin duda, otros tiempos.

– Eduvigio, -le dijo- su falta de consideración, tanto a mi persona como a la de sus compañeros, le va a costar el postre de hoy

Don Primitivo nunca supo que aquel acto, llevado a cabo por el entonces niño Eduvigio de los Gandules era reflejo, sin voluntad del sujeto que pudiera entenderse como irrespetuosa. De ahí que, interpretara como parecida o igual irreverencia cuando el dedo erecto correspondía al índice, al meñique o a cualquiera de ellos, que los cinco se sublevaban de la frágil voluntad del infante hasta hacerle recaer en tan grave pecado como el achacado y descrito.
El hecho en sí no tuvo otra consecuencia relevante que birlarle el postre, día si y día también, Claro es que, Eduvigio, más pensaba entonces en llegar a ser figura del toreo o del fútbol, que tanto montaba, que aprenderse de memoria la retahíla de los Reyes Godos.
En esta última actividad nombrada y cuando el chavea pasó a ser chaval. En uno de los partidos más trascendente, pues nada menos que se jugaba la honrilla de Coscojal de los Desamparados contra los de Pino Hermoso, el pueblo más próximo y por tanto el más encarnizado rival, en la misma cumbre del fútbol en aquellos pagos, Eduvigio, en la hora de marcar un gol a puerta vacía, un balón sobre el punto de penalti, sin portero, que se había ido a por uvas al corner, falló de forma clamorosa cuando rematando de zurda, la pierna siniestra, esta le hizo un extraño y si bien solo se le quedó tiesa, agarrotada durante el fatídico segundo correspondiente al fallo flagrante, inmediatamente cobró vida y sin poderla detener, que se pronunciaba como loca, lo mismo iba de un lado a otro que se quebraba, la pierna, que lo mismo se disparaba la puntera al cielo que embarrancaba el pie sobre el césped del cuidado campo de fútbol.
La pita del respetable ante tamaño desafuero fue de las que hacen época. Silbidos por doquier, abucheos sin cuento y recuerdos a la familia más próxima y querida se escucharon a lo largo y ancho de las gradas. Nadie, ni entonces ni aún hoy, le perdonaron el grave pecado cometido, el fallo clamoroso. Sin excepción de cuantos se habían reunido allí, sus mismos allegados le desaprobaron o a lo sumo callaron avergonzados, pensaron que no lo había hecho a propósito, pues ninguna duda les embargaba, y a pies juntillas creían saber que se había vendido a los de Pino Hermoso, no marcando aquel balón a puerta vacía.
Para su vergüenza, escarnio, mofa y ludibrio, rotularon en su ventana donde dormía el futbolista, a puro brochazo de inepto, el texto siguiente: “Por un mísero plato de lentejas serranas se vendió la esperanza de Coscojal”.
Comprensible es que éste fuera su último partido, que fue expulsado del equipo sin contemplación alguna y sin darle tiempo, y lugar, para expresar su visión de la pifia, por encima de su voluntad, que su pierna había procedido libremente sin someterse a los acordes y ordenes que emanaban y transmitía su cabeza.
Nada cuento, por presumible, de situación análoga ocurrida en una plaza de toros, precisamente en la del pueblo que se alzó con la copa de fútbol, el de Pino Hermoso, que agradecidos por la dadiva le pagan así su falta de dedicación a los colores por él representados. Ello fue el real motivo para que le recibieran como figura del toreo y le echaran del redondel entre vituperios, agravios y escarnios, pues le apostrofaron de “maleta” rompiendo así con toda aspiración de ser elevado a los altares de los ruedos, cuando ante una revolera, lanzó la capa al cielo, al tiempo que patizambo y estrambótico, corría el redondel mientras encontraba un burladero.
En los siguientes años, lejos de disminuirle la falla, el inconveniente se le hizo general para todo el cuerpo, que no hubo en su esqueleto hueso que no se rebelara, solo actuando por su cuenta y riesgo o en compañía o competencia con otros.
Se produjeron situaciones, empero, también graciosas, como aquella ocurrida frente al espejo donde se acababa de cortar el pelo, que cuando se retocaba el entramado del cabello se le cayó la cabeza de golpe, como si el externocleidomastoideo hubiera dejado de ser o se hubiera distendido hasta permitir que el hueso temporal de la cabeza se juntara con el hombro, que giraba sin voluntad y sin hacer alto alguno hasta hacer reír al peluquero que bien pensó que era una gracia que le regalaba el cliente antes de echar mano a la cartera. Admirado por el circo del parroquiano el fígaro le felicito de corazón, al tiempo de alabarle la maestría y la habilidad.
No fue así días después en la calle, una mañana de lluvia cuando corriendo, para no mojarse, el tabanillo, como él llamaba a su inconveniente le resucitó de golpe, justo cuando iba detrás de un hombre anciano e impedido, ayudado de muletas, tal como si a su sombra se cobijara de la lluvia que caía y quebradas sus dos piernas mal parecía imitarle, que cuando una le fallaba la otra le sostenía y viceversa.
El hecho, espectáculo al fin, a algunos de los espectadores que lo contemplaran causo hilaridad, pues miraban el pasatiempo como una astracanada de un pisaverde, de un petimetre burlándose de un viejo impedido, sin otra maldad que aquella derivada de las risas que producía. La autoridad presente, sin embargo, no lo vio así, pues tradujo como buirla hiriente y falta de respeto a quien todo lo merecía, el lamentable suceso, por lo que fue detenido y conducido hasta la comisaría más próxima.
En aquellas dependencia, nervioso como estaba, todos los huesos a la vez, una vez más, rebeldes ante el policía de turno que le tomaba los datos, hicieron de las suyas con tal propiedad y diversidad, que este desistió del trámite para con urgencia llamar al médico de guardia.
El doctor, ante tamaño entretenimiento, calificó la enfermedad como “baile de San Vito” sin pareja, por lo que aconsejó ponerle en libertad antes de la siguiente demostración.
No hubo tiempo, antes de alcanzar la calle tres veces le repitió el mal por lo que el doctor, insistió para que fuera mirado por un especialista pues, en “petit comité” vino a decir que, el tal Eduvigio bien podría estar poseído por el mismo demonio o uno de sus discípulos, lo que hacía más viable si cabe, su puesta en libertad, por ser esa causa no corporal y si achacable tan solo a un espíritu canijo.
La misma situación o parecidas se fueron sucediendo a lo largo y ancho de los meses siguiente por lo que, en esta misma comisaría, cuando era la quinta vez que ingresaba, al ser puesto en libertad pidió, sin duda con buen sentido que, para que tales hechos no le volvieran a ocurrir, le dotaran de un salvoconducto en el que se especificara la anomalía contraída y de esta forma, no ser reiteradamente detenido.
Desde entonces, cuando la soberbia de alguno de sus huesos se le rebelaban o todos a la vez confluían en el baile mencionado, mancillando o vejando a propios y a extraños y la autoridad competente le quería poner a buen recaudo, el muchacho les enseñaba el pecho indicándoles donde, plastificada, llevaba la licencia expedida y su falta de culpa en tales hechos, del todo inconsecuentes con su voluntad contraria.
De esta forma tan sencilla, exhibir el salvoconducto, Eduvigio de los Gandules tuvo la libertad suficiente para llevar a buen puerto su vida, sin por ello martirizarse y ser esclavo de un esqueleto insumiso y rebelde.

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