Cansado me senté en la piedra,

aquella al borde del camino,

con el hierro que llevaba,

sobre la tierra tracé,

líneas para configurar tu sino.

 

Margaritas puse en tú pelo,

amapolas distribuí por tú falda,

y los lirios y las rosas,

al socaire repartidos,

todo tú cuerpo tapaban.

 

Bella quedaste, doncella,

sobre la grupa alazana,

que ibas montada a caballo,

que daba mil filigranas.

 

Rojos los labios de tierra besé,

sin miedo y sin seguro saber,

que la belleza de los ojos mata,

y en ellos sonora caricia estampé,

como resuenan trompetas de plata.

 

Cuantas líneas tuvo el dibujo,

cuantas idas y venidas,

de mi corazón salieron,

que aún siendo yo el creador,

el cuadro lo pintó un hierro.

 

Cuando al fin me levanté,

un niño que jugaba cerca,

acercándose me dijo:

¡Señor!, ¿no se le olvida nada?

 

El niño me sonreía,

indicándome el pincel,

por eso le regalé,

el color de tu dibujo

que yo sólo lo pinté.

 

Esta es la historia de un hierro,

una piedra y una rosa,

sobre las que sueño yo,

mientras elucubro la glosa.

 

Cuando de noche volví,

pensando que me esperabas,

toda la ilusión se fue,

tras el muchacho que la esperaba.

 

Pese a todo soy feliz,

que los cuentos,

cuando acaban,

se borran los argumentos

y se queda la realidad en nada.

 

 

                                                     

 

 

 

 

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