Entró Al Spa con siete ideas, siete pecados capitales, decía, traduciendo así la importancia que daba a los temas que le rondaban por la cabeza.

 

Cuando salió, una hora después, lo hizo limpio de toda mácula. El agua, el suave masaje le borró todo vestigio de preocupación. Y ahora, con las ideas limpias, escudriña dentro de si para encontrar, lo que recibió gratuitamente en el confesionario, la felicidad que sin resultados buscaba fuera.

 

A Teodoro Cantalapiedra, desde que la venda que le impedía ver el mundo y sus sencillas complacencias, se le cayó al suelo, es otro hombre. Ha perdido por entero la vanidad en beneficio de admirar el contorno que le circunda y solo espera, porque lo ha aprendido, a vivir las próximas horas plácidamente.

 

Aquel retiro, aquel volverse como si un guante fuera, le afirmó en su firme voluntad de administrar la memoria con arreglo a sus conveniencias.

 

 

                            

                                        

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