Guachamino, cuando se proclamaba luchador por la libertad lo hacía con tal énfasis que el pecho se le hinchaba, movía como aspas de molino los brazos y empastaba la voz de por sí ronca sin dejar de gritar. Explicaba sus claros ideales de forma turbia y enrevesada y sus deseos más oscuros de forma clara y meridiana. Guachamino, antiguo seminarista, era en realidad un terrorista de tres al cuarto, sin Dios, sin Patria y sin Rey, temeroso sin embargo y sin explicación, de la sangre que tan impunemente derramaba.

Para no sentir el miedo cerca, ni la sangre derramada alrededor, mataba a distancia, haciendo bombones de dinamita, trenes y coches de trilita y en Navidad, espléndidos belenes de clorita. Allí, sobre su mesa de trabajo impecable creaba sus ideales para destruir las esperanzas del mundo. El antiguo seminarista manejaba los explosivos con extrema facilidad, con avezada maestría, sus manos expertas conjugaban los artilugios del demonio y los convertía en atrayentes golosinas, mil juguetes y un Belén con el Niño Jesús en el regazo de su Madre.
Aquella tarde, cuando tenía el honor de ser visitado por la plana mayor de los idealistas de su banda, les enseñó orgulloso uno de los “Niños Jesús” recién terminado, desnudo y en su cuna, todo él de trinotolueno sonrojado.
La desnudez de la figura sirvió de chanza y sus pobres atributos de “niño” nacido en un portal helado de escarnio, que las risotadas volaban como palomas atrapadas en un tugurio lóbrego lleno de borrachos hediondos.

– ¿ Adónde pusiste la mecha al “niño” que le quiero ver explotar? – preguntó entre risas a Guachamino su jefe natural.
– ¡Adónde puede estar – contesto éste – allí donde se lo imagina, mi querido amigo!
– Pues no por ello deja de ser usted un guarro, pero dígame, ¿cuál es el tiempo que ha dado al temporizador para que explote?
– Aún no está programado.
– ¿ Quiere decir que en este momento es imposible que explote la carga?
– Imposible no, pero tan difícil como que se junte el báculo de San José con los atributos de su hijo. – explicaba Guachamino a los reunidos, al tiempo que su jefe, peligrosamente inclinado sobre el Belén, con el codo desprendiera del barón justo su bastón y al pobre Gauchamino, cogido de espanto, imposible de procesar la hecatombe que se le venía encima, no le diera tiempo a terminar la explicación y mucho menos a impedir que el circulo que produce la deflagración se cierre y con él, el horrísono estallido retumbe como solitario trueno en el silencio de la noche.

El Belén entero, como encendida antorcha, subía por los aires al tiempo de desplomarse el infesto habitáculo y con él, los hombres allí reunidos, pasaron a la triste, negra historia de los terroristas necios. A la historia de la estupidez humana.

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