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	<title>Poemas y fábulas</title>
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	<description>por José Luis Martín. Una web de poesía, cuentos y narraciones</description>
	<pubDate>Mon, 14 May 2012 11:26:47 +0000</pubDate>
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	<language>en</language>
			<item>
		<title>UN EXTRAÑO EN TU MESA CAMILLA</title>
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		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/05/extrano-en-tu-mesa-camilla/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 14 May 2012 11:26:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Disquisiciones]]></category>

		<category><![CDATA[Contrasentidos de la vida]]></category>

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		<description><![CDATA[La tarde declinaba y el frío, aquel de marzo agradable, comenzaba sigiloso y ladino a entrar por todos y cada uno de los intersticios de la casa, de aquí que, Diomedas Cascallana, la señora de la casa, se apresurara a remover con la badila el brasero que había hecho por la mañana.
Cuando Diomedas salió de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La tarde declinaba y el frío, aquel de marzo agradable, comenzaba sigiloso y ladino a entrar por todos y cada uno de los intersticios de la casa, de aquí que, Diomedas Cascallana, la señora de la casa, se apresurara a remover con la badila el brasero que había hecho por la mañana.<br />
Cuando Diomedas salió de debajo de la mesa camilla, una vez removidas a conciencia hasta las últimas ascuas, levantó la mirada a la persona que a su vez la miraba y que se sentaba enfrente. Diomedas sabía, tenía la seguridad plena que, el que allí ahora la sonreía, Torbisquelo Moimoino, era en verdad su marido.<br />
No en vano, murmuró en un susurro inaudible, llevaba casada con él algo más de cuarenta años. Lo que le resultó insólito, extraño, casi sobrenatural, fue la confusión que de repente le había invadido el pensamiento hasta extraviarle éste para, por un instante, por unos segundos terribles, poner en duda lo que acababa de afirmar. Nunca, hasta el presente momento, le había ocurrido cosa igual, nunca le había resultado su proximidad extraña, su mirada lejana, su cara ajena, su voz nueva.<br />
Sin embargo, tuvo que reconocer, volviéndole a mirar, que a Torbisquelo no le había cambiado la cara, si excepción hacemos de las arrugas cosechadas por la edad; si acaso la voz, algo más ronca que la sonoridad que recordaba, la mirada algo cansada, pero todo aquello no dejaba de ser la lógica de la naturaleza que pasa sobre la humanidad de los hombres y mujeres que envejecen en el tiempo.<br />
Torbisquelo era el mismo hombre que enamorado se había casado con Diomedas, joven hermosa y reluciente, aquejada del mal llamado Trastorno Dismórfico Corporal, ese infundio que engaña al cerebro y nos hace pensar, las más de las veces erróneamente, que tal o cual parte de nuestro cuerpo ha sido mal diseñado. Diomedas, sabiendo su estigma, pensó que le había llegado la hora de encontrar la lacra en su compañero, que todo se debía a un enredo de su mente para sustraerse a la deficiencia y endosársela a quien más cerca tenía, que se había casado con él enamorada un domingo de sol en noviembre, donde dos almas gemelas habían juntas aventado a los nubarrones que se cernían para, maliciosamente, interceptar el placentero día -había dicho convencida Diomedes- pues daban el primer paso del largo camino de una vida que habían escogido para vivir juntos.<br />
Luego entonces, se preguntó, ¿por qué tantas dudas?, ¿por qué tales nubes a deshora?, que había ocurrido en estos años para que de repente, el silencio y la oscuridad, ocuparan por entero sus pensamientos referidos a su marido, allí arrellanado, con la cabeza sobre los brazos cruzados que apoyaba en la escueta mesa de la sala de estar, absorto en sus pensamientos que no compartía con nadie, elevado a una estratosfera imposible de alcanzar para cualquier mortal que no hubiera previamente pasado por su situación.<br />
Sentada igualmente la mujer, con la badila aún en la mano, le miró de reojo. Quería ocultarle su pensamiento, como si él pudiera adivinarlo, como si mago fuera para introducirse en sus cuentos fantásticos de Dismórfica Corporal.<br />
Más se dijo, una vez más, que no era él, que se movía al menos distinto, las manos, la cabeza, la risa con la que la miraba, los ojos con los que la adoraba. Le atusó el pelo, los cuatro que le quedaban y que descubrían su calva en toda su extensión. Era, se dijo, la diferencia física más notable desde el día que se casaron, desde el día que se conocieron.<br />
Torbisquelo, mientras, jugaba con las llaves que metía y sacaba de un cenicero inútil desde que, ambos, de mutuo acuerdo, habían dejado de fumar. Les gustaba referirse a este hecho como un logro, pues habían vencido al vicio con la simple ayuda de la sanción verbal que uno al otro se dispensaban si volvían a delinquir, como llamaban al hecho de ser pillados in fraganti, fumando siempre el último pitillo.<br />
Aquel hombre grande llevaba sentado en la mesa camilla, apenas sin moverse, algo más de diez años, sin levantarse desde aquella remota fecha en la que le tiró el caballo que montaba al suelo, ladera abajo, para quedar tendido en el barranco, paralizado todo él, sin habla, boca abajo.<br />
Era Diomedas, de aquí en adelante, superados traumas, operaciones y rehabilitaciones sin cuento, la encargada de llevar a cabo por él cuantos movimientos le impedían su impotencia. Aquellos todos de cintura para abajo que no podía hace, aquellos casi todos, que tampoco alcanzaba de cintura para arriba.<br />
La carga que habían arrojado los infortunios sobre los ya cansados hombros de su mujer era por día más pesada. La dedicación demandada, le era retornada con miradas que le agradecían los esfuerzos, con silencios donde los ojos hablaban para transmitir benditas palabras que no llegaban a ser pronunciadas, que apenas le llegaban las fuerzas para mal respirar.<br />
Diez años habían pasado, diez largos años de penitencia. Así hasta la hora que las faldas de la mesa camilla, mientras la mujer había salido de la casa, ardieron y con ellas la madera vieja. Las ascuas del brasero, más vivas que otros días chisporrotearon hasta que, una chispa perdida incendió el paño hecho de lana virgen, reduciendo a cenizas todo cuanto en aquella habitación existía.<br />
Diomedas Cascallana quedó sola. Respiró al fin sin la carga pesada de todos los días, de todas las noches. Desde aquel momento salía sin tiempo y regresaba sin prisas, a voluntad, a expensas de sus entretenimientos, no había que correr, nadie la esperaba, el mundo, de súbito, había cambiado. Podía respirar tranquila, podía…<br />
No, no podía ser, no podía respirar tranquila, ¿dónde estaba su marido?, ¿dónde se había perdido?, porque ahora, en la distancia infinita, cuando tan solo habían pasado unos días, que a la quincena no llegaba, le echaba de menos. Echarle de menos cuando… las ascuas del brasero brasas de pino resinero y alcornoque, trepidantes, poco hechas, como suspiros de la madera que late de dolor porque su alma de fibra se quema, la madera que siente el fuego que la abrasa, allí dentro, en sus entrañas, cuando supo antes del incendio su propia llama interior.<br />
Apenas tres meses después, cuando ya Diomedas era echada en falta por sus vecinas, cuando ya el habla se había mudado en un lóbrego silencio, que a la explosión de vitalidad había sucedido una pausa infinita, la encontraron tumbada en el escaño de la cocina. Aún las lágrimas de sus ojos no se habían secado, pues la empeñaban los pómulos hasta las mismas comisuras de la boca fría, cuando la encontraron muerta, dormida, soñando acaso con la eternidad.<br />
Cuantos allí acudieron, los mismos que pocas semanas antes habían asistido al sepelio de Torbisquelo Moimoino, aquellos que no habían reparado en cuchichear la falta cometida por aquella mujer que ahora espera sin prisa alguna en el escaño de la cocina, cuando abandono por unos pocos minutos a su marido inválido, aquellos que echaron su lengua a paseo, acusándola de falta de sentido común, alabaron ahora, contritos y arrepentidos, la fuerza que infunde el amor, el amor que cubre la sombra, el amor que tan bruscamente salta de los brazos con los que apretujaba el color, el calor que infundían los recuerdos, aquellos que la impedían vivir.</p>
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Cuando Diomedas salió de debajo de la mesa camilla, una vez removidas a conciencia hasta las últimas ascuas, levantó la mirada a la persona que a su vez la miraba y que se sentaba enfrente. Diomedas sabía, tenía la seguridad plena que, el que allí ahora la sonreía, Torbisquelo Moimoino, era en verdad su marido.
No en vano, murmuró en un susurro inaudible, llevaba casada con él algo más de cuarenta años. Lo que le resultó insólito, extraño, casi sobrenatural, fue la confusión que de repente le había invadido el pensamiento hasta extraviarle éste para, por un instante, por unos segundos terribles, poner en duda lo que acababa de afirmar. Nunca, hasta el presente momento, le había ocurrido cosa igual, nunca le había resultado su proximidad extraña, su mirada lejana, su cara ajena, su voz nueva.
Sin embargo, tuvo que reconocer, volviéndole a mirar, que a Torbisquelo no le había cambiado la cara, si excepción hacemos de las arrugas cosechadas por la edad; si acaso la voz, algo más ronca que la sonoridad que recordaba, la mirada algo cansada, pero todo aquello no dejaba de ser la lógica de la naturaleza que pasa sobre la humanidad de los hombres y mujeres que envejecen en el tiempo.
Torbisquelo era el mismo hombre que enamorado se había casado con Diomedas, joven hermosa y reluciente, aquejada del mal llamado Trastorno Dismórfico Corporal, ese infundio que engaña al cerebro y nos hace pensar, las más de las veces erróneamente, que tal o cual parte de nuestro cuerpo ha sido mal diseñado. Diomedas, sabiendo su estigma, pensó que le había llegado la hora de encontrar la lacra en su compañero, que todo se debía a un enredo de su mente para sustraerse a la deficiencia y endosársela a quien más cerca tenía, que se había casado con él enamorada un domingo de sol en noviembre, donde dos almas gemelas habían juntas aventado a los nubarrones que se cernían para, maliciosamente, interceptar el placentero día -había dicho convencida Diomedes- pues daban el primer paso del largo camino de una vida que habían escogido para vivir juntos.
Luego entonces, se preguntó, ¿por qué tantas dudas?, ¿por qué tales nubes a deshora?, que había ocurrido en estos años para que de repente, el silencio y la oscuridad, ocuparan por entero sus pensamientos referidos a su marido, allí arrellanado, con la cabeza sobre los brazos cruzados que apoyaba en la escueta mesa de la sala de estar, absorto en sus pensamientos que no compartía con nadie, elevado a una estratosfera imposible de alcanzar para cualquier mortal que no hubiera previamente pasado por su situación.
Sentada igualmente la mujer, con la badila aún en la mano, le miró de reojo. Quería ocultarle su pensamiento, como si él pudiera adivinarlo, como si mago fuera para introducirse en sus cuentos fantásticos de Dismórfica Corporal.
Más se dijo, una vez más, que no era él, que se movía al menos distinto, las manos, la cabeza, la risa con la que la miraba, los ojos con los que la adoraba. Le atusó el pelo, los cuatro que le quedaban y que descubrían su calva en toda su extensión. Era, se dijo, la diferencia física más notable desde el día que se casaron, desde el día que se conocieron.
Torbisquelo, mientras, jugaba con las llaves que metía y sacaba de un cenicero inútil desde que, ambos, de mutuo acuerdo, habían dejado de fumar. Les gustaba referirse a este hecho como un logro, pues habían vencido al vicio con la simple ayuda de la sanción verbal que uno al otro se dispensaban si volvían a delinquir, como llamaban al hecho de ser pillados in fraganti, fumando siempre el último pitillo.
Aquel hombre grande llevaba sentado en la mesa camilla, apenas sin moverse, algo más de diez años, sin levantarse desde aquella remota fecha en la que le tiró el caballo que montaba al suelo, ladera abajo, para quedar tendido en el barranco, paralizado todo él, sin habla, boca abajo.
Era Diomedas, de aquí en adelante, superados traumas, operaciones y rehabilitaciones sin cuento, la encargada de llevar a cabo por él cuantos movimientos le impedían su impotencia. Aquellos todos de cintura para abajo que no podía hace, aquellos casi todos, que tampoco alcanzaba de cintura para arriba.
La carga que habían arrojado los infortunios sobre los ya cansados hombros de su mujer era por día más pesada. La dedicación demandada, le era retornada con miradas que le agradecían los esfuerzos, con silencios donde los ojos hablaban para transmitir benditas palabras que no llegaban a ser pronunciadas, que apenas le llegaban las fuerzas para mal respirar.
Diez años habían pasado, diez largos años de penitencia. Así hasta la hora que las faldas de la mesa camilla, mientras la mujer había salido de la casa, ardieron y con ellas la madera vieja. Las ascuas del brasero, más vivas que otros días chisporrotearon hasta que, una chispa perdida incendió el paño hecho de lana virgen, reduciendo a cenizas todo cuanto en aquella habitación existía.
Diomedas Cascallana quedó sola. Respiró al fin sin la carga pesada de todos los días, de todas las noches. Desde aquel momento salía sin tiempo y regresaba sin prisas, a voluntad, a expensas de sus entretenimientos, no había que correr, nadie la esperaba, el mundo, de súbito, había cambiado. Podía respirar tranquila, podía…
No, no podía ser, no podía respirar tranquila, ¿dónde estaba su marido?, ¿dónde se había perdido?, porque ahora, en la distancia infinita, cuando tan solo habían pasado unos días, que a la quincena no llegaba, le echaba de menos. Echarle de menos cuando… las ascuas del brasero brasas de pino resinero y alcornoque, trepidantes, poco hechas, como suspiros de la madera que late de dolor porque su alma de fibra se quema, la madera que siente el fuego que la abrasa, allí dentro, en sus entrañas, cuando supo antes del incendio su propia llama interior.
Apenas tres meses después, cuando ya Diomedas era echada en falta por sus vecinas, cuando ya el habla se había mudado en un lóbrego silencio, que a la explosión de vitalidad había sucedido una pausa infinita, la encontraron tumbada en el escaño de la cocina. Aún las lágrimas de sus ojos no se habían secado, pues la empeñaban los pómulos hasta las mismas comisuras de la boca fría, cuando la encontraron muerta, dormida, soñando acaso con la eternidad.
Cuantos allí acudieron, los mismos que pocas semanas antes habían asistido al sepelio de Torbisquelo Moimoino, aquellos que no habían reparado en cuchichear la falta cometida por aquella mujer que ahora espera sin prisa alguna en el escaño de la cocina, cuando abandono por unos pocos minutos a su marido inválido, aquellos que echaron su lengua a paseo, acusándola de falta de sentido común, alabaron ahora, contritos y arrepentidos, la fuerza que infunde el amor, el amor que cubre la sombra, el amor que tan bruscamente salta de los brazos con los que apretujaba el color, el calor que infundían los recuerdos, aquellos que la impedían vivir.
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		<title>DICEN QUE ERA UNA CUBA</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/05/era-una-cuba/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/05/era-una-cuba/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 07 May 2012 08:14:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Poesías]]></category>

		<category><![CDATA[Las gentes se burlan de él]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.poemasyfabulas.com/?p=829</guid>
		<description><![CDATA[Vino primero el agua,
con ella se refrescó,
después vino el vino,
con él se emborrachó.
Si Fracuelo hubiera tenido,
un helicóptero, por suponer,
de él hubiera hecho,
el arma con la que fenecer.
Que así de mostrenco era Fracuelo,
porque libaba tan bien,
que al alcohol no hacía ascos,
cualquier bebida también.
Dicen que era una cuba,
pues en ella almacenaba,
tantos litros como caben,
bebiendo en la noche [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Vino primero el agua,<br />
con ella se refrescó,<br />
después vino el vino,<br />
con él se emborrachó.</p>
<p>Si Fracuelo hubiera tenido,<br />
un helicóptero, por suponer,<br />
de él hubiera hecho,<br />
el arma con la que fenecer.</p>
<p>Que así de mostrenco era Fracuelo,<br />
porque libaba tan bien,<br />
que al alcohol no hacía ascos,<br />
cualquier bebida también.</p>
<p>Dicen que era una cuba,<br />
pues en ella almacenaba,<br />
tantos litros como caben,<br />
bebiendo en la noche clara.</p>
<p>Que achispado canta el hombre,<br />
por las calles y en las plazas,<br />
las gentes se burlan de él,<br />
sin conmiseración que mayor les plazca.</p>
<p>Ya su nombre fue preludio,<br />
de lo que podría ser,<br />
en la vida y en la muerte,<br />
si no cumplía con el deber.</p>
<p>Otra historia aquí termina,<br />
como tenía que ser,<br />
cuando la cabeza se pierde,<br />
y ya se arrastran los pies.</p>
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con ella se refrescó,
después vino el vino,
con él se emborrachó.
Si Fracuelo hubiera tenido,
un helicóptero, por suponer,
de él hubiera hecho,
el arma con la que fenecer.
Que así de mostrenco era Fracuelo,
porque libaba tan bien,
que al alcohol no hacía ascos,
cualquier bebida también.
Dicen que era una cuba,
pues en ella almacenaba,
tantos litros como caben,
bebiendo en la noche clara.
Que achispado canta el hombre,
por las calles y en las plazas,
las gentes se burlan de él,
sin conmiseración que mayor les plazca.
Ya su nombre fue preludio,
de lo que podría ser,
en la vida y en la muerte,
si no cumplía con el deber.
Otra historia aquí termina,
como tenía que ser,
cuando la cabeza se pierde,
y ya se arrastran los pies.
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		</item>
		<item>
		<title>II.- UNA LINEA PARA UN CUENTO</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/ii-una-linea-para-un-cuento/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/ii-una-linea-para-un-cuento/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 30 Apr 2012 11:49:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Ensayos]]></category>

		<category><![CDATA[dos veces...]]></category>

		<category><![CDATA[Lo breve]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.poemasyfabulas.com/?p=827</guid>
		<description><![CDATA[
 
 
Se fugó de la cárcel para hundirse en el mundo.
 
La soberbia del tonto está amparada por su ineptitud.
 
El miedo y el fracaso no van juntos; al primero le sucede el otro.
 
Estamos errados. La muerte no es la liberación de la vida, es su continuación.
 
Negar la evidencia con propiedad, es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Se fugó de la cárcel para hundirse en el mundo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La soberbia del tonto está amparada por su ineptitud.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>El miedo y el fracaso no van juntos; al primero le sucede el otro.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Estamos errados. La muerte no es la liberación de la vida, es su continuación.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Negar la evidencia con propiedad, es un paso decisivo para aprobar la </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>asignatura política.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Miró tan alto que su alma paso por encima del horizonte.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La esperanza es el resquicio que queda después del ultimátum.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>No son los ciegos quienes confunden las noches y los días, son los recuerdos </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>que se amontonan.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>El silencio sin alma conduce al hombre a aberraciones sin cuento.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>De haber sabido la hora de su muerte, aquel atleta hubiera saltado sobre ella.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La risa confiera al hombre carta de naturaleza, mientras ridiculiza al tigre.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>El hombre busca ser un tigre, el tigre no desea ser un hombre.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>El placer honra a quien lo regala, no a quien lo compra.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>El placer comprobado es la felicidad en tiempo de rebajas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>El subterfugio de la felicidad ha permitido que el hombre se perpetúe.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Mirando la profundidad de una tumba llegamos a pensar en la entelequia del </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>cielo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>De ser fluido eléctrico la energía que transmite la mano de un niño, el adulto </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>que lo recibe podría convertirse en lucero.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Tanto da andar en esta o en aquella otra dirección, todos los caminos termina </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>en el mismo lugar.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La óptica del optimista ha partido del mismo lugar de donde surge el </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>pesimismo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Un dictador que muere en su cama habla del desprecio de sus subordinados.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La pudibundez, disfrazada de mojigatería, expresada con radicalismo, habla de </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>experiencias que no quieren repetirse. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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Se fugó de la cárcel para hundirse en el mundo.
 
La soberbia del tonto está amparada por su ineptitud.
 
El miedo y el fracaso no van juntos; al primero le sucede el otro.
 
Estamos errados. La muerte no es la liberación de la vida, es su continuación.
 
Negar la evidencia con propiedad, es un paso decisivo para aprobar la 
 
asignatura política.
 
Miró tan alto que su alma paso por encima del horizonte.
 
La esperanza es el resquicio que queda después del ultimátum.
 
No son los ciegos quienes confunden las noches y los días, son los recuerdos 
 
que se amontonan.
 
El silencio sin alma conduce al hombre a aberraciones sin cuento.
 
De haber sabido la hora de su muerte, aquel atleta hubiera saltado sobre ella.
 
La risa confiera al hombre carta de naturaleza, mientras ridiculiza al tigre.
 
El hombre busca ser un tigre, el tigre no desea ser un hombre.
 
El placer honra a quien lo regala, no a quien lo compra.
 
El placer comprobado es la felicidad en tiempo de rebajas.
 
El subterfugio de la felicidad ha permitido que el hombre se perpetúe.
 
Mirando la profundidad de una tumba llegamos a pensar en la entelequia del 
 
cielo.
 
De ser fluido eléctrico la energía que transmite la mano de un niño, el adulto 
 
que lo recibe podría convertirse en lucero.
 
Tanto da andar en esta o en aquella otra dirección, todos los caminos termina 
 
en el mismo lugar.
 
La óptica del optimista ha partido del mismo lugar de donde surge el 
pesimismo.
 
Un dictador que muere en su cama habla del desprecio de sus subordinados.
 
La pudibundez, disfrazada de mojigatería, expresada con radicalismo, habla de 
 
experiencias que no quieren repetirse. 
 
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		<title>DILEMA MORTAL</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/dilema-mortal/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/dilema-mortal/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 23 Apr 2012 08:23:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Poesías]]></category>

		<category><![CDATA[Disfunción sexual]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.poemasyfabulas.com/?p=825</guid>
		<description><![CDATA[ 
 
 
 
 
 Camisa azul se viste,
bajo chaqueta de encaje,
falda de muselina,
cuando no se pone traje.
 
Es el padre y él lo niega, 
como repudió a su madre,
que Onorino nunca sabe, 
a la carta que apuntarse.
 
Nació hombre, ya es sabido, 
mudó en mujer, aunque escondido,
y hoy es el día llegado,
que no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span>Camisa azul se viste,</p>
<p class="MsoNormal"><span>bajo chaqueta de encaje,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>falda de muselina,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>cuando no se pone traje.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Es el padre y él lo niega, </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>como repudió a su madre,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>que Onorino nunca sabe, </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>a la carta que apuntarse.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Nació hombre, ya es sabido, </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>mudó en mujer, aunque escondido,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>y hoy es el día llegado,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>que no sabe lo que hacer.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Reacciones tiene de macho, </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>cuando damisela es,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>que las trifulcas de dentro,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>confunden todo su ser.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>En su regazo guardaba, </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>el hombre cuando mujer,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>al muchacho que acunaba, </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>mientras mil besos le daba,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>testigos de su querer.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Al cielo perdón implora, </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>mientras la dualidad expone,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>que de una vez Onorina quiere,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>ser dama, mujer o señora.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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 Camisa azul se viste,
bajo chaqueta de encaje,
falda de muselina,
cuando no se pone traje.
 
Es el padre y él lo niega, 
como repudió a su madre,
que Onorino nunca sabe, 
a la carta que apuntarse.
 
Nació hombre, ya es sabido, 
mudó en mujer, aunque escondido,
y hoy es el día llegado,
que no sabe lo que hacer.
 
Reacciones tiene de macho, 
cuando damisela es,
que las trifulcas de dentro,
confunden todo su ser.
 
En su regazo guardaba, 
el hombre cuando mujer,
al muchacho que acunaba, 
mientras mil besos le daba,
testigos de su querer.
 
Al cielo perdón implora, 
mientras la dualidad expone,
que de una vez Onorina quiere,
ser dama, mujer o señora.
 
 
 
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		<title>UNA LINEA PARA UN CUENTO</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/una-linea-para-un-cuento/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/una-linea-para-un-cuento/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 16 Apr 2012 08:46:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Ensayos]]></category>

		<category><![CDATA[Imaginación y pensamiento]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.poemasyfabulas.com/?p=821</guid>
		<description><![CDATA[* Ayer enterraron a Bartolo, llevaba tres años muerto.
* Quiso Quinto proyectarse en el papel y al ser analfabeto, hizo un avión.
•	Los símbolos, son la abstracción de una idea.
* El hambre que se cuenta por horas, no es tal.
•	Una lágrima, es la diezmillonésima parte de un dolor.
* Las huelgas sin mesura, miden la ira del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>* Ayer enterraron a Bartolo, llevaba tres años muerto.</p>
<p>* Quiso Quinto proyectarse en el papel y al ser analfabeto, hizo un avión.</p>
<p>•	Los símbolos, son la abstracción de una idea.</p>
<p>* El hambre que se cuenta por horas, no es tal.</p>
<p>•	Una lágrima, es la diezmillonésima parte de un dolor.</p>
<p>* Las huelgas sin mesura, miden la ira del afectado.</p>
<p>* Al mediodía de ayer, el sol desapareció para Tiburcio.</p>
<p>•	Inventó un reloj que restaba las horas.<br />
•	El futuro y el pasado se condensan en el cementerio.</p>
<p>* De poder, algunas inteligencias rechazarían sus asientos.</p>
<p>•	Si después de hoy viene el ayer, el presente no existe.</p>
<p>* Comió tanto con los ojos, que después del atracón tuvieron que reanimarlo.</p>
<p>•	El odio es una bola de nieve caliente en la mitad del cerebro.</p>
<p>•	Limitar la imaginación es encerrar a un hombre en el corralito del niño.</p>
<p>•	Las ideas no se extinguen, se apaga la imaginación.</p>
<p>•	Una sola idea puede tener mil interpretaciones, todas falsas.</p>
<p>•	La rosa muerta de un ramo, degrada a éste.</p>
<p>•	Los niños son los únicos seres que saben reírse de la gracia de la vida.</p>
<p>•	La mala conciencia tiene un pronto despertar.</p>
<p>•	La perfección, emanada del orgullo, es un vicio del alma.</p>
<p>•	Le quitaron las gafas cuando ya nada tenía que ver.</p>
<p>•	Alcanzar la verdad con la mano no está a la altura de los humanos.</p>
<p>•	Retroceder en el pensamiento nos lleva a la nada absoluta.</p>
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* Quiso Quinto proyectarse en el papel y al ser analfabeto, hizo un avión.
•	Los símbolos, son la abstracción de una idea.
* El hambre que se cuenta por horas, no es tal.
•	Una lágrima, es la diezmillonésima parte de un dolor.
* Las huelgas sin mesura, miden la ira del afectado.
* Al mediodía de ayer, el sol desapareció para Tiburcio.
•	Inventó un reloj que restaba las horas.
•	El futuro y el pasado se condensan en el cementerio.
* De poder, algunas inteligencias rechazarían sus asientos.
•	Si después de hoy viene el ayer, el presente no existe.
* Comió tanto con los ojos, que después del atracón tuvieron que reanimarlo.
•	El odio es una bola de nieve caliente en la mitad del cerebro.
•	Limitar la imaginación es encerrar a un hombre en el corralito del niño.
•	Las ideas no se extinguen, se apaga la imaginación.
•	Una sola idea puede tener mil interpretaciones, todas falsas.
•	La rosa muerta de un ramo, degrada a éste.
•	Los niños son los únicos seres que saben reírse de la gracia de la vida.
•	La mala conciencia tiene un pronto despertar.
•	La perfección, emanada del orgullo, es un vicio del alma.
•	Le quitaron las gafas cuando ya nada tenía que ver.
•	Alcanzar la verdad con la mano no está a la altura de los humanos.
•	Retroceder en el pensamiento nos lleva a la nada absoluta.
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		</item>
		<item>
		<title>MI PRINCESA CHICA</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/princesa-chica/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/04/princesa-chica/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 08 Apr 2012 10:32:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Poesías]]></category>

		<category><![CDATA[Un ángel en el camino]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.poemasyfabulas.com/?p=818</guid>
		<description><![CDATA[¡Ay! Lucía del alma,
hecha de rosas y clavel de ánima,
por lo que yo te quiero,
se inundan los cielos,
de miel sin lágrimas.
Voy raudo al colegio,
a recogerte,
y tu mano me guía,
para traerte.
Pues eres un ángel,
de la guarda mío,
que si hoy no te viera,
apenas si río.
Aprendo los nombres,
todos los de tus muñecas,
de los juegos que tienes,
en mi biblioteca.
¡Ay! [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¡Ay! Lucía del alma,<br />
hecha de rosas y clavel de ánima,<br />
por lo que yo te quiero,<br />
se inundan los cielos,<br />
de miel sin lágrimas.</p>
<p>Voy raudo al colegio,<br />
a recogerte,<br />
y tu mano me guía,<br />
para traerte.</p>
<p>Pues eres un ángel,<br />
de la guarda mío,<br />
que si hoy no te viera,<br />
apenas si río.</p>
<p>Aprendo los nombres,<br />
todos los de tus muñecas,<br />
de los juegos que tienes,<br />
en mi biblioteca.</p>
<p>¡Ay! Lucía del alma,<br />
cuanto te quiero,<br />
eres el milagro,<br />
la luz con la que me despierto.</p>
<p>Yo te canto bajito,<br />
para que nadie me oiga,<br />
que estoy llorando,<br />
cuando de mi lado,<br />
por jugar me faltas,<br />
tan solo un rato.<br />
Princesa del alma,<br />
corazón mío,<br />
parece mentira,<br />
vivir tan cerca,<br />
y perder el sentido.</p>
<p>Luna eres de  mis noches,<br />
sol de mis días,<br />
si tú me faltaras,<br />
como el alma mía,<br />
qué podría hacer yo,<br />
si no buscarte,<br />
a la luz de una vela,<br />
a la sombra del árbol,<br />
en el ruido del río,<br />
en el canto del pájaro,<br />
así toda la vida,<br />
hasta encontrarte.</p>
<p>¡Ay princesa Lucía!,<br />
cuando yo te falte,<br />
no me eches de menos,<br />
llorarás en balde.</p>
<p class="akst_link"><a href="http://www.poemasyfabulas.com/?p=818&amp;akst_action=share-this"  title="E-mail this, post to del.icio.us, etc." id="akst_link_818" class="akst_share_link">Compartelo</a>
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hecha de rosas y clavel de ánima,
por lo que yo te quiero,
se inundan los cielos,
de miel sin lágrimas.
Voy raudo al colegio,
a recogerte,
y tu mano me guía,
para traerte.
Pues eres un ángel,
de la guarda mío,
que si hoy no te viera,
apenas si río.
Aprendo los nombres,
todos los de tus muñecas,
de los juegos que tienes,
en mi biblioteca.
¡Ay! Lucía del alma,
cuanto te quiero,
eres el milagro,
la luz con la que me despierto.
Yo te canto bajito,
para que nadie me oiga,
que estoy llorando,
cuando de mi lado,
por jugar me faltas,
tan solo un rato.
Princesa del alma,
corazón mío,
parece mentira,
vivir tan cerca,
y perder el sentido.
Luna eres de  mis noches,
sol de mis días,
si tú me faltaras,
como el alma mía,
qué podría hacer yo,
si no buscarte,
a la luz de una vela,
a la sombra del árbol,
en el ruido del río,
en el canto del pájaro,
así toda la vida,
hasta encontrarte.
¡Ay princesa Lucía!,
cuando yo te falte,
no me eches de menos,
llorarás en balde.
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		</item>
		<item>
		<title>POR DONDE SE OCULTA EL SOL</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/03/donde-se-oculta-sol/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/03/donde-se-oculta-sol/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 26 Mar 2012 07:24:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Ensayos]]></category>

		<category><![CDATA[Entre bromas y veras]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.poemasyfabulas.com/?p=816</guid>
		<description><![CDATA[
 
 
 La mujer de Porfirio Firme y Tieso, le pone firmes cada vez que le habla. Porfirio se deja hacer, o deshacer, según, cuando le mandan y ordenan.
Doña Perfecta Casado de las Umbrías, tiene el genio en la punta de la lengua, porque no admite, en su marido, desganas en el quehacer diario. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> La mujer de Porfirio Firme y Tieso, le pone firmes cada vez que le habla. Porfirio se deja hacer, o deshacer, según, cuando le mandan y ordenan.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Doña Perfecta Casado de las Umbrías, tiene el genio en la punta de la lengua, porque no admite, en su marido, desganas en el quehacer diario. Firme y Tieso no la replica, conoce el pronto de su señora, que es capaz, en un arranque, de suprimirle de un plumazo el desayuno que le lleva por las mañanas a la cama.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Tú, calladito, Porfirio, que estás más guapo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Y Porfirio se achanta y cierra la boca, si es que tiempo le había dado para abrirla. Recoge pues la palabra no pronunciada y archiva el pensamiento para mejor ocasión.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Tú, Tieso, vago de la mierda –le dice la doña a su esposo con una sonrisa irónica cuando le ve repantigado en el butacón del salón de su casa mirando la tele las horas muertas- acércate a casa de tu hijo y pregúntales si vienen mañana a comer.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Y no sería mejor que les llames por teléfono y se lo preguntes tú. ¡Vamos, digo yo!</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Si, pero si así lo hago, tú continuas ahí, aplanado, sin hacer caso a la doctora que te ha recomendado andar todos los días media hora a buen paso. Es la forma para recuperar tus delicadas como doloridas piernas. Y es que, ¡hijo!, ni te mueves, no sé que va a ser de ti.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Porfirio Firme y Tieso se queda ídem una hora después de despertarse y esta, la pasa medio amodorrado. Eso al menos es lo que le echa en cara su mujer. Después de comer se dispone para la siesta con bacín y ya no es hombre a las siete de la tarde, que se le escapa el mando de la tele cuando se queda transpuesto. De aquí que la doña haya tomado el mando, el bueno y así Firme y Tieso se ha librado de todos los quehaceres por ensalmo. No se sabe las muchas gracias que da cada día a la divina providencia por haberle concedido tan sustancial regalo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Tieso, levántate y ve a la tienda del zoco y compra espaguetis, que no hay para el primer plato de la comida.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Pon fideos, Perfecta, que a la postre pasta son.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Tú si que ere pasta, digo plasta y medio. Todo el santo día mirando a las musarañas, sin que por eso se te ocurra perder la cara de vergüenza.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Vergüenza de qué, Perfecta. Acaso no me lo he ganado.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Si tú lo dices. Pero mira, dime qué de provecho has realizado en la vida, hasta este mismo instante. Funcionario de tres al cuarto y mitad.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Nunca tuve una queja emanada de mis superiores. Por algo sería, ¿o no?</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Pues mira por donde, yo si las tengo y muchas de ti. Y no entro en profundidades, que al fin y a la postre se que esas cosas humillan.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Porfirio lleva algunos años que duerme mal. No se acostumbra a hacerlo solo, después de cincuenta años aguantando las patadas de su señora en los tobillos, que ésta, aquejada del mal conocido por el nombre de “Baile de San Vito”, con mayor frecuencia de la deseada y casi siempre cuando la etapa REM del sueño. Ahora se le ha juntado el hambre con las ganas de comer y se despierta con ligeros apremios que le hacen tirarse escopetado de la cama. Es por eso que la dice:</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- A partir de media tarde no quiero beber, ni agua, ni los brebajes que me preparas, esas mixturas milagrosas que dices que mantiene la inteligencia a flote, como si la inteligencia fuera un barco en medio del océano</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Y eso por qué, ¡si se puede saber!</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Me obligan cada noche a levantarme, acuciado por las imperiosas necesidades de un cuerpo decrépito que ya no domino, como sería mí y deseo y mi conveniencia.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Pues tú sabrás lo que haces. Si dejas los brebajes que llamas, eres capaz de no despertarte en todo el día.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Bueno, vale. Pero quiero una cena sin líquido alguno y misérrima.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Qué sabrás tú lo que es misérrima.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Mañana, para tu conocimiento y para que te enteres y me eches en falta, me toca médico, la tensión.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Y pasado ¡qué?</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Revisión del coche.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- De eso se encarga el seguro y así quedas libre. Con estar con las llaves dispuestas para dárselas al que venga con tal embajada, tienes bastante.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Y así pasan, entre bromas y veras, entre dimes y diretes, las horas, los días y los años. Los dos, mirando el horizonte, por donde se oculta el sol, hablando del pasado, riéndose del presente, ese ayer que no hace daño, todo lo contrario, porque los recuerdos embargan y hacen feliz al corazón cada vez más niño.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Doña Perfecta y Porfirio, pasan los días juntos, que solo, como hemos dicho, les separa la noche, esa que alumbra el cielo por el sitio contrario por donde se oculta el sol.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="akst_link"><a href="http://www.poemasyfabulas.com/?p=816&amp;akst_action=share-this"  title="E-mail this, post to del.icio.us, etc." id="akst_link_816" class="akst_share_link">Compartelo</a>
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 La mujer de Porfirio Firme y Tieso, le pone firmes cada vez que le habla. Porfirio se deja hacer, o deshacer, según, cuando le mandan y ordenan.
Doña Perfecta Casado de las Umbrías, tiene el genio en la punta de la lengua, porque no admite, en su marido, desganas en el quehacer diario. Firme y Tieso no la replica, conoce el pronto de su señora, que es capaz, en un arranque, de suprimirle de un plumazo el desayuno que le lleva por las mañanas a la cama.
 
- Tú, calladito, Porfirio, que estás más guapo.
 
Y Porfirio se achanta y cierra la boca, si es que tiempo le había dado para abrirla. Recoge pues la palabra no pronunciada y archiva el pensamiento para mejor ocasión.
 
- Tú, Tieso, vago de la mierda –le dice la doña a su esposo con una sonrisa irónica cuando le ve repantigado en el butacón del salón de su casa mirando la tele las horas muertas- acércate a casa de tu hijo y pregúntales si vienen mañana a comer.
- Y no sería mejor que les llames por teléfono y se lo preguntes tú. ¡Vamos, digo yo!
- Si, pero si así lo hago, tú continuas ahí, aplanado, sin hacer caso a la doctora que te ha recomendado andar todos los días media hora a buen paso. Es la forma para recuperar tus delicadas como doloridas piernas. Y es que, ¡hijo!, ni te mueves, no sé que va a ser de ti.
 
Porfirio Firme y Tieso se queda ídem una hora después de despertarse y esta, la pasa medio amodorrado. Eso al menos es lo que le echa en cara su mujer. Después de comer se dispone para la siesta con bacín y ya no es hombre a las siete de la tarde, que se le escapa el mando de la tele cuando se queda transpuesto. De aquí que la doña haya tomado el mando, el bueno y así Firme y Tieso se ha librado de todos los quehaceres por ensalmo. No se sabe las muchas gracias que da cada día a la divina providencia por haberle concedido tan sustancial regalo.
 
- Tieso, levántate y ve a la tienda del zoco y compra espaguetis, que no hay para el primer plato de la comida.
- Pon fideos, Perfecta, que a la postre pasta son.
- Tú si que ere pasta, digo plasta y medio. Todo el santo día mirando a las musarañas, sin que por eso se te ocurra perder la cara de vergüenza.
- Vergüenza de qué, Perfecta. Acaso no me lo he ganado.
- Si tú lo dices. Pero mira, dime qué de provecho has realizado en la vida, hasta este mismo instante. Funcionario de tres al cuarto y mitad.
- Nunca tuve una queja emanada de mis superiores. Por algo sería, ¿o no?
- Pues mira por donde, yo si las tengo y muchas de ti. Y no entro en profundidades, que al fin y a la postre se que esas cosas humillan.
 
Porfirio lleva algunos años que duerme mal. No se acostumbra a hacerlo solo, después de cincuenta años aguantando las patadas de su señora en los tobillos, que ésta, aquejada del mal conocido por el nombre de “Baile de San Vito”, con mayor frecuencia de la deseada y casi siempre cuando la etapa REM del sueño. Ahora se le ha juntado el hambre con las ganas de comer y se despierta con ligeros apremios que le hacen tirarse escopetado de la cama. Es por eso que la dice:
 
- A partir de media tarde no quiero beber, ni agua, ni los brebajes que me preparas, esas mixturas milagrosas que dices que mantiene la inteligencia a flote, como si la inteligencia fuera un barco en medio del océano
- Y eso por qué, ¡si se puede saber!
- Me obligan cada noche a levantarme, acuciado por las imperiosas necesidades de un cuerpo decrépito que ya no domino, como sería mí y deseo y mi conveniencia.
- Pues tú sabrás lo que haces. Si dejas los brebajes que llamas, eres capaz de no despertarte en todo el día.
- Bueno, vale. Pero quiero una cena sin líquido alguno y misérrima.
- Qué sabrás tú lo que es misérrima.
- Mañana, para tu conocimiento y para que te enteres y me eches en falta, me toca médico, la tensión.
- Y pasado ¡qué?
- Revisión del coche.
- De eso se encarga el seguro y así quedas libre. Con estar con las llaves dispuestas para dárselas al que venga con tal embajada, tienes bastante.
 
Y así pasan, entre bromas y veras, entre dimes y diretes, las horas, los días y los años. Los dos, mirando el horizonte, por donde se oculta el sol, hablando del pasado, riéndose del presente, ese ayer que no hace daño, todo lo contrario, porque los recuerdos embargan y hacen feliz al corazón cada vez más niño.
Doña Perfecta y Porfirio, pasan los días juntos, que solo, como hemos dicho, les separa la noche, esa que alumbra el cielo por el sitio contrario por donde se oculta el sol.
 
 
 
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		<item>
		<title>CONFUSIONES Y COMPLICIDADES</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/03/confusiones-complicidades/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/03/confusiones-complicidades/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 19 Mar 2012 17:27:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Poesías]]></category>

		<category><![CDATA[Y como final canta]]></category>

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		<description><![CDATA[La vida la pasé buscado,
ahora no recuerdo el qué,
es por eso que gritando,
me pregunto yo: ¿a quién?
Acaso una estrella del cielo,
es posible a la aurora rosicler,
aunque me sigo olvidando,
el lugar donde te dejé.
Es por ello que pregunto,
a cuantos interesados estén,
cuan limitada es la vida,
cuando se vive tan bien.
Allí donde me esperan,
sentados los he de ver,
que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La vida la pasé buscado,<br />
ahora no recuerdo el qué,<br />
es por eso que gritando,<br />
me pregunto yo: ¿a quién?</p>
<p>Acaso una estrella del cielo,<br />
es posible a la aurora rosicler,<br />
aunque me sigo olvidando,<br />
el lugar donde te dejé.</p>
<p>Es por ello que pregunto,<br />
a cuantos interesados estén,<br />
cuan limitada es la vida,<br />
cuando se vive tan bien.</p>
<p>Allí donde me esperan,<br />
sentados los he de ver,<br />
que prisa alguna no tengo,<br />
si es que lo pretendes saber.</p>
<p>Pues nunca una cosa distinta,<br />
si también lo quieres aprender,<br />
es la memoria que engora,<br />
y otra lo que recuerda el ayer.</p>
<p>Que todos los días que pasan,<br />
raudos si feliz ambicionas ser,<br />
más no hagas cuanto te plazca,<br />
y ríe y solfea y como final, canta.</p>
<p>De otra manera te vas,<br />
por otro lado perdido,<br />
pues todos los sinsabores,<br />
serán en ti reconocidos.</p>
<p>Si al aire de estos versos,<br />
sabes ya donde el zapato te aprieta,<br />
no dudes que la estancia es buena<br />
y desafía a todo lo que te inquieta.</p>
<p>Se feliz sin ataduras,<br />
no temas nunca a la muerte,<br />
que la felicidad siempre estalla,<br />
allí donde menos se advierte.</p>
<p>Honorino, mi vecino, se mudo,<br />
por ver a la Magdalena,<br />
y hete aquí que engañado se perdió,<br />
en los brazos de la bella Selena.</p>
<p>Pragmático era al fin,<br />
el desamor del muchacho,<br />
que raudo optó por lo obtenido,<br />
alegando que era muy macho.</p>
<p>Magdalena se casó,<br />
con el tío de Mercedita,<br />
y dice nunca acodarse,<br />
de quien le dejó encinta.</p>
<p>Selenita por su parte se cansó<br />
y presto hizo las maletas,<br />
pues juró por Belcebú,<br />
el infierno y sus recetas,<br />
mandar al bolo de Honorino,<br />
a la cocina a freír croquetas.</p>
<p>Fueron tales los conflictos,<br />
los líos y desavenencias,<br />
las confusiones e hitos.<br />
que es la hora de ajustar,<br />
los recuerdos y las impertinencias.</p>
<p>Más siendo esta tan cruda,<br />
descarada e informal,<br />
prefiero engañarme yo,<br />
y no contar la verdad.</p>
<p>Que de esta manera sutil,<br />
así se escriben los chismes,<br />
las batallas en los campos,<br />
los buenos y sus victorias,<br />
los retazos de existencia,<br />
para no amargarnos la historia.</p>
<p>Si mal habéis comprendido,<br />
un lapsus hago en el mito,<br />
para aclarar cuatro cosas,<br />
cuatro cosas de lo escrito.</p>
<p>Más antes quisiera salir,<br />
que buscándome perdido estoy,<br />
pues no encuentro el final,<br />
por muchas vueltas que lo doy.</p>
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ahora no recuerdo el qué,
es por eso que gritando,
me pregunto yo: ¿a quién?
Acaso una estrella del cielo,
es posible a la aurora rosicler,
aunque me sigo olvidando,
el lugar donde te dejé.
Es por ello que pregunto,
a cuantos interesados estén,
cuan limitada es la vida,
cuando se vive tan bien.
Allí donde me esperan,
sentados los he de ver,
que prisa alguna no tengo,
si es que lo pretendes saber.
Pues nunca una cosa distinta,
si también lo quieres aprender,
es la memoria que engora,
y otra lo que recuerda el ayer.
Que todos los días que pasan,
raudos si feliz ambicionas ser,
más no hagas cuanto te plazca,
y ríe y solfea y como final, canta.
De otra manera te vas,
por otro lado perdido,
pues todos los sinsabores,
serán en ti reconocidos.
Si al aire de estos versos,
sabes ya donde el zapato te aprieta,
no dudes que la estancia es buena
y desafía a todo lo que te inquieta.
Se feliz sin ataduras,
no temas nunca a la muerte,
que la felicidad siempre estalla,
allí donde menos se advierte.
Honorino, mi vecino, se mudo,
por ver a la Magdalena,
y hete aquí que engañado se perdió,
en los brazos de la bella Selena.
Pragmático era al fin,
el desamor del muchacho,
que raudo optó por lo obtenido,
alegando que era muy macho.
Magdalena se casó,
con el tío de Mercedita,
y dice nunca acodarse,
de quien le dejó encinta.
Selenita por su parte se cansó
y presto hizo las maletas,
pues juró por Belcebú,
el infierno y sus recetas,
mandar al bolo de Honorino,
a la cocina a freír croquetas.
Fueron tales los conflictos,
los líos y desavenencias,
las confusiones e hitos.
que es la hora de ajustar,
los recuerdos y las impertinencias.
Más siendo esta tan cruda,
descarada e informal,
prefiero engañarme yo,
y no contar la verdad.
Que de esta manera sutil,
así se escriben los chismes,
las batallas en los campos,
los buenos y sus victorias,
los retazos de existencia,
para no amargarnos la historia.
Si mal habéis comprendido,
un lapsus hago en el mito,
para aclarar cuatro cosas,
cuatro cosas de lo escrito.
Más antes quisiera salir,
que buscándome perdido estoy,
pues no encuentro el final,
por muchas vueltas que lo doy.
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		<item>
		<title>LA NIÑA, LA FIERA, ARNALDO Y AMBROSIO</title>
		<link>http://www.poemasyfabulas.com/2012/03/nina-fiera-arnaldo-ambrosio/</link>
		<comments>http://www.poemasyfabulas.com/2012/03/nina-fiera-arnaldo-ambrosio/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 12 Mar 2012 11:22:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<category><![CDATA[Vivir complacidos]]></category>

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		<description><![CDATA[
 
 
Mirando a la copa de aquel árbol, solo y perdido en la inmensidad del Parque del Retiro madrileño, mal supuso Arnaldo Baldeón de Otranto y Otamendi, joven abogado, que a punto estaba de perder el juicio, si ya éste no le había abandonado.
No sin sentir el escozor que producen las lágrimas que pugnaban [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Mirando a la copa de aquel árbol, solo y perdido en la inmensidad del Parque del Retiro madrileño, mal supuso Arnaldo Baldeón de Otranto y Otamendi, joven abogado, que a punto estaba de perder el juicio, si ya éste no le había abandonado.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>No sin sentir el escozor que producen las lágrimas que pugnaban ternes por brotarle de sus ojos, a punto de saltarse renuentes de las órbitas, razona el hombre de la forma siguiente:</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Si alguien mira a lo más alto de un árbol y en la misma copa divisa una niña jugando con una pantera, una de dos, o es que está soñando y aún no se ha despertado o por el contrario, las neuronas le fallan y ve o percibe fantasías imposibles.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Arnoldo, cuando tiene prisa y va al trabajo, rodea el parque para llegar rapìdo. Cuando como hoy va con tiempo, se solaza en el vericueto de sus calles y setos y admira y contempla con delectación cuantas sorpresas le regala el recinto. Todo aquello, hasta hoy, fue cuanto a él le atraía, a partir de hoy, tras divisar entre las ramas de aquel frondoso ciprés a la niña sentada en una rama mientras acaricia la cabeza de una pantera negra que descansa su fiera cabeza sobre las piernas estiradas de la muchacha.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Miró y remiró sorprendido, cerró los ojos una y otra vez, volvió al lugar tras haberlo abandonado, incrédulo de cuanto veía y al fin, sin saber muy bien que pensar y a que carta quedarse, si locura transitoria o perenne desvarío, se dijo que nada podía ser, sino un sueño mientras vagaba confundido por lugar tan maravilloso.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Después de tan inexplicable experiencia, llegó al trabajo así de desconcertado,  que nada en su interior le casaba, como si ante un enmarañado puzzle se encontrara y al que le faltaran algunas de las piezas que componían el corazón del panel, mientras le sobraban otras que se repetían de forma interminable en adornos inverosímiles y filigranas impresionantes. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Ambrosio Estoico de la Paramera, su compañero y vecino de mesa del despacho de abogados donde ambos trabajaban, cuando aún extraviado, ido y compungido le contó Arnoldo su experiencia, extraña siempre, no sabia muy bien si grata también, como en segundos pensaba cambiando raudo de parecer, lejos de echar más leña al fuego, que ya ardía por los cuatro costados, le vino a tranquilizar diciendo:</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Si tú así lo crees, cuanto has visto y acabas de contarme, así será. Si cuantos se acercan a contemplar lo que tu ves y ellos no llegan a divisarlo, será siempre su problema, nunca el tuyo. Tú, amigo Arnoldo, no lo tienes, lo que si posees es una envidiable capacidad  para ver el mundo a la medida que te exigen tus deseos y hace realidad tu imaginación. Todo lo demás, créeme, huelga.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Las palabras de Ambrosio fueron un lenitivo, un alivio para su ser alterado, fueron sedante y secante para sus nervios extrañamente perturbados. También el compañero, porque así se lo vino a manifestar, le recalcó que era una facultad que él solo poseía sobre el resto de los humanos y eso era tema privado y motivo de una inmensa felicidad que iría comprendiendo a medida que los años se sucedieran.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Gracias Ambrosio -le dijo- me has venido a quitar un gran peso de encima y aún me has regalado un sueño que se hace realidad, ahora mismo, cuando aún tengo los ojos abiertos y llorosos, pues apenas si se, si alegrarme o no, que a tanto llega la bulla dentro de mi.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Aquella misma tarde, al salir del trabajo, los dos hombres, muchachos al cabo, juntos, Arnoldo y Ambrosio, se fueron a pasear al parque del Buen Retiro. Aquel enseñó a éste el ciprés donde en su copa vio en la mañana a la niña y a la pantera negra.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- Allí –dijo Arnoldo estirando el brazo y apuntando con su dedo índice a la última rama del ciprés frondoso – allí estaban los dos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Entonces, cuando estas palabras pronunciara, tanto la niña como la fiera habían desaparecido, posiblemente tragados por la tarde que declinaba, acaso por la noche que se echaba encima. Reemprendieron la marcha pocos minutos después, hacia la glorieta del Ángel Caído, la única estatua que al parecer, glorifica al demonio entre parterres, plantas y flores. En el agua de la fuente metieron sus manos, con el agua jugaron a mojar a las golondrinas que inadvertidas, volando, venían ávidas a beber. Con el agua ellos mismos se mojaron, en la continuación de un pasatiempo que ya nunca tendría fin en sus existencias.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Pronto reanudaron el camino, de nuevo iban los dos juntos cuando, ¡ay admiración!, ¡ay sueño repetido!, sentada en aquel banco de madera, a la altura de sus manos extendidas, la niña y la pantera negra les miraban, mientras ellos, distraídos, miraban a las nubes que entonces poblaban el cielo, o se miraban ellos como si fuera la primera vez.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Arnoldo la vio primero, Ambrosio la admiró segundo. Niña Tecla la llamaron y Negro León pusieron por nombre a la pantera. Uno y otro, con la niña y la fiera se sentaron. El uno y el otro acariciaron el negro pelaje del animal y saludaron a Tecla. Esta abrió los ojos que parecía tener entornados y les saludo igualmente con una sonrisa, la mueca divina que solo un niño regala a sus mayores. Tecla les dijo sin palabras, pues apenas si levantó la voz, que era ciega, que cuantos componían su familia eran ciegos, ninguno había alcanzado la dicha de ver, pero que ello no era impedimento alguno para hablar con cuantas personas o animales se acercaran hasta allí, hasta ella.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>- El leopardo me guía, es mi socorro –les dijo a modo de explicación, para que entendieran el porqué aquel animal apoyaba su negra cabezota sobre sus piernas estiradas y ella le acariciara posesiva y dichosa.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Inmediatamente después, casi a continuación, las manos de la niña buscaron sus caras, pues quería –dijo- reconocerles al igual que ellos con sus ojos lo habían hecho con ella. Así, mientras la luz de la tarde declinaba y apenas los objetos más próximos se distinguían, el uno y el otro, sin haberlo premeditado y posiblemente tampoco querido, se encontraron con sus manos respectivas en sus distintas caras y éstas, lejos de confundirse, de enmarañarse en explicaciones incoherentes, descubrieron el significado de encontrar la sensación querida lejos de la vista, dejando actuar tan solo a los sentidos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Desde estos acontecimientos descritos, se prodigaron en visitas, en volver al parque una y otra vez, todos los días, todas las tardes y en todas ellas la niña y su guía fiero, les esperaban allí, en la copa del ciprés del Paseo del Duque Fernán González, en la cúspide de la acacia, en lo más alto del tejo, del olmo o del castaño de Indias, en el asiento de un banco, siempre, en el lugar o sitio más inesperado, que aún les divisaron navegando por las aguas procelosas del estanque, como si en un bote fueran por alta mar.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Se sucedieron, si, los días y pasaron las noches y aquellos dos muchachos, en todo momento, ya hombres, tímidos ambos, parcos los dos, retraídos siempre y serios, tanto en sus trabajos, como en el resto del tiempo, mudaron de golpe, cambiaron de súbito, se trocaron en dos seres tocados por la misma felicidad, aquella que emana de vivir complacidos,</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Los otros compañeros del despacho, igualmente se complacieron en su alegría, pues al fin, decían, el uno en el otro habían encontrado su alma gemela. Todo, con levantar la vista a la esperanza, allí donde se escriben los sentimientos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Y tanto fue así que Arnoldo y Ambrosio se fueron a vivir juntos, para no estar nunca separados, nunca, dijeron, ni un solo día, y tampoco un solo día faltaron a su cita con Tecla y Negro León. Hasta aquel día que, ya mayores, que habían pasado muchos años en menos tiempo que se tarda en contarlo,  igualmente juntos, decidieron llevárselos a casa.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Y allí están, junto a la chimenea, cuando no subidos en ella, en el sillón y los dos sonríen, y los dos recuerdan el Retiro, el parque madrileño, sus calles, sus setos pintados, sus árboles multicolores, su encanto y misterio, allí donde crecieron, y solo dos personas, dos muchachos, Arnoldo y Ambrosio, les vieron igualmente crecer o desvanecerse, según la hora, que no el día, según la luz, que no la oscuridad.</span></p>
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Mirando a la copa de aquel árbol, solo y perdido en la inmensidad del Parque del Retiro madrileño, mal supuso Arnaldo Baldeón de Otranto y Otamendi, joven abogado, que a punto estaba de perder el juicio, si ya éste no le había abandonado.
No sin sentir el escozor que producen las lágrimas que pugnaban ternes por brotarle de sus ojos, a punto de saltarse renuentes de las órbitas, razona el hombre de la forma siguiente:
 
- Si alguien mira a lo más alto de un árbol y en la misma copa divisa una niña jugando con una pantera, una de dos, o es que está soñando y aún no se ha despertado o por el contrario, las neuronas le fallan y ve o percibe fantasías imposibles.
 
Arnoldo, cuando tiene prisa y va al trabajo, rodea el parque para llegar rapìdo. Cuando como hoy va con tiempo, se solaza en el vericueto de sus calles y setos y admira y contempla con delectación cuantas sorpresas le regala el recinto. Todo aquello, hasta hoy, fue cuanto a él le atraía, a partir de hoy, tras divisar entre las ramas de aquel frondoso ciprés a la niña sentada en una rama mientras acaricia la cabeza de una pantera negra que descansa su fiera cabeza sobre las piernas estiradas de la muchacha.
Miró y remiró sorprendido, cerró los ojos una y otra vez, volvió al lugar tras haberlo abandonado, incrédulo de cuanto veía y al fin, sin saber muy bien que pensar y a que carta quedarse, si locura transitoria o perenne desvarío, se dijo que nada podía ser, sino un sueño mientras vagaba confundido por lugar tan maravilloso.
Después de tan inexplicable experiencia, llegó al trabajo así de desconcertado,  que nada en su interior le casaba, como si ante un enmarañado puzzle se encontrara y al que le faltaran algunas de las piezas que componían el corazón del panel, mientras le sobraban otras que se repetían de forma interminable en adornos inverosímiles y filigranas impresionantes. 
Ambrosio Estoico de la Paramera, su compañero y vecino de mesa del despacho de abogados donde ambos trabajaban, cuando aún extraviado, ido y compungido le contó Arnoldo su experiencia, extraña siempre, no sabia muy bien si grata también, como en segundos pensaba cambiando raudo de parecer, lejos de echar más leña al fuego, que ya ardía por los cuatro costados, le vino a tranquilizar diciendo:
 
- Si tú así lo crees, cuanto has visto y acabas de contarme, así será. Si cuantos se acercan a contemplar lo que tu ves y ellos no llegan a divisarlo, será siempre su problema, nunca el tuyo. Tú, amigo Arnoldo, no lo tienes, lo que si posees es una envidiable capacidad  para ver el mundo a la medida que te exigen tus deseos y hace realidad tu imaginación. Todo lo demás, créeme, huelga.
 
Las palabras de Ambrosio fueron un lenitivo, un alivio para su ser alterado, fueron sedante y secante para sus nervios extrañamente perturbados. También el compañero, porque así se lo vino a manifestar, le recalcó que era una facultad que él solo poseía sobre el resto de los humanos y eso era tema privado y motivo de una inmensa felicidad que iría comprendiendo a medida que los años se sucedieran.
 
- Gracias Ambrosio -le dijo- me has venido a quitar un gran peso de encima y aún me has regalado un sueño que se hace realidad, ahora mismo, cuando aún tengo los ojos abiertos y llorosos, pues apenas si se, si alegrarme o no, que a tanto llega la bulla dentro de mi.
 
Aquella misma tarde, al salir del trabajo, los dos hombres, muchachos al cabo, juntos, Arnoldo y Ambrosio, se fueron a pasear al parque del Buen Retiro. Aquel enseñó a éste el ciprés donde en su copa vio en la mañana a la niña y a la pantera negra.
 
- Allí –dijo Arnoldo estirando el brazo y apuntando con su dedo índice a la última rama del ciprés frondoso – allí estaban los dos.
 
Entonces, cuando estas palabras pronunciara, tanto la niña como la fiera habían desaparecido, posiblemente tragados por la tarde que declinaba, acaso por la noche que se echaba encima. Reemprendieron la marcha pocos minutos después, hacia la glorieta del Ángel Caído, la única estatua que al parecer, glorifica al demonio entre parterres, plantas y flores. En el agua de la fuente metieron sus manos, con el agua jugaron a mojar a las golondrinas que inadvertidas, volando, venían ávidas a beber. Con el agua ellos mismos se mojaron, en la continuación de un pasatiempo que ya nunca tendría fin en sus existencias.
Pronto reanudaron el camino, de nuevo iban los dos juntos cuando, ¡ay admiración!, ¡ay sueño repetido!, sentada en aquel banco de madera, a la altura de sus manos extendidas, la niña y la pantera negra les miraban, mientras ellos, distraídos, miraban a las nubes que entonces poblaban el cielo, o se miraban ellos como si fuera la primera vez.
Arnoldo la vio primero, Ambrosio la admiró segundo. Niña Tecla la llamaron y Negro León pusieron por nombre a la pantera. Uno y otro, con la niña y la fiera se sentaron. El uno y el otro acariciaron el negro pelaje del animal y saludaron a Tecla. Esta abrió los ojos que parecía tener entornados y les saludo igualmente con una sonrisa, la mueca divina que solo un niño regala a sus mayores. Tecla les dijo sin palabras, pues apenas si levantó la voz, que era ciega, que cuantos componían su familia eran ciegos, ninguno había alcanzado la dicha de ver, pero que ello no era impedimento alguno para hablar con cuantas personas o animales se acercaran hasta allí, hasta ella.
 
- El leopardo me guía, es mi socorro –les dijo a modo de explicación, para que entendieran el porqué aquel animal apoyaba su negra cabezota sobre sus piernas estiradas y ella le acariciara posesiva y dichosa.
 
Inmediatamente después, casi a continuación, las manos de la niña buscaron sus caras, pues quería –dijo- reconocerles al igual que ellos con sus ojos lo habían hecho con ella. Así, mientras la luz de la tarde declinaba y apenas los objetos más próximos se distinguían, el uno y el otro, sin haberlo premeditado y posiblemente tampoco querido, se encontraron con sus manos respectivas en sus distintas caras y éstas, lejos de confundirse, de enmarañarse en explicaciones incoherentes, descubrieron el significado de encontrar la sensación querida lejos de la vista, dejando actuar tan solo a los sentidos.
Desde estos acontecimientos descritos, se prodigaron en visitas, en volver al parque una y otra vez, todos los días, todas las tardes y en todas ellas la niña y su guía fiero, les esperaban allí, en la copa del ciprés del Paseo del Duque Fernán González, en la cúspide de la acacia, en lo más alto del tejo, del olmo o del castaño de Indias, en el asiento de un banco, siempre, en el lugar o sitio más inesperado, que aún les divisaron navegando por las aguas procelosas del estanque, como si en un bote fueran por alta mar.
Se sucedieron, si, los días y pasaron las noches y aquellos dos muchachos, en todo momento, ya hombres, tímidos ambos, parcos los dos, retraídos siempre y serios, tanto en sus trabajos, como en el resto del tiempo, mudaron de golpe, cambiaron de súbito, se trocaron en dos seres tocados por la misma felicidad, aquella que emana de vivir complacidos,
Los otros compañeros del despacho, igualmente se complacieron en su alegría, pues al fin, decían, el uno en el otro habían encontrado su alma gemela. Todo, con levantar la vista a la esperanza, allí donde se escriben los sentimientos.
Y tanto fue así que Arnoldo y Ambrosio se fueron a vivir juntos, para no estar nunca separados, nunca, dijeron, ni un solo día, y tampoco un solo día faltaron a su cita con Tecla y Negro León. Hasta aquel día que, ya mayores, que habían pasado muchos años en menos tiempo que se tarda en contarlo,  igualmente juntos, decidieron llevárselos a casa.
Y allí están, junto a la chimenea, cuando no subidos en ella, en el sillón y los dos sonríen, y los dos recuerdan el Retiro, el parque madrileño, sus calles, sus setos pintados, sus árboles multicolores, su encanto y misterio, allí donde crecieron, y solo dos personas, dos muchachos, Arnoldo y Ambrosio, les vieron igualmente crecer o desvanecerse, según la hora, que no el día, según la luz, que no la oscuridad.
 
 
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		<title>SI REVIVE A LA ROSA, ES CAPAZ DE CUALQUIER COSA</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Mar 2012 09:06:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Luis Martín</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Poesías]]></category>

		<category><![CDATA[Milagros que pasan]]></category>

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		<description><![CDATA[Estando yo en la mía casa,
contemplando el amanecer,
pasó una niña bonita,
hablando a un triste clavel.
Vi yo su cara radiante,
contemplé su buen hacer,
eso que los mayores olvidan,
cuando párvulos se pliegan al placer.
Llamase Lucía López,
de los lópeces de ayer,
aquellos que por la vida,
ejemplarizan el quehacer.
Lucía revive a la rosa,
ungida por su palabra,
basta que la niña quiera,
para que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estando yo en la mía casa,<br />
contemplando el amanecer,<br />
pasó una niña bonita,<br />
hablando a un triste clavel.</p>
<p>Vi yo su cara radiante,<br />
contemplé su buen hacer,<br />
eso que los mayores olvidan,<br />
cuando párvulos se pliegan al placer.</p>
<p>Llamase Lucía López,<br />
de los lópeces de ayer,<br />
aquellos que por la vida,<br />
ejemplarizan el quehacer.</p>
<p>Lucía revive a la rosa,<br />
ungida por su palabra,<br />
basta que la niña quiera,<br />
para que la flor renazca.</p>
<p>Si tiempo me diera Dios,<br />
para mirar el futuro,<br />
así no me confundiría,<br />
cuando predigo,<br />
que solo la vida pasa,<br />
y la ley de la existencia es,<br />
que solo los milagros ocurren,<br />
cuando nos llega la vejez.</p>
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contemplando el amanecer,
pasó una niña bonita,
hablando a un triste clavel.
Vi yo su cara radiante,
contemplé su buen hacer,
eso que los mayores olvidan,
cuando párvulos se pliegan al placer.
Llamase Lucía López,
de los lópeces de ayer,
aquellos que por la vida,
ejemplarizan el quehacer.
Lucía revive a la rosa,
ungida por su palabra,
basta que la niña quiera,
para que la flor renazca.
Si tiempo me diera Dios,
para mirar el futuro,
así no me confundiría,
cuando predigo,
que solo la vida pasa,
y la ley de la existencia es,
que solo los milagros ocurren,
cuando nos llega la vejez.
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