Siendo Desiderio del Amor Ingrato, joven aún, en vísperas de excelso como esclarecido poeta, salió un día de su casa y se encontró de repente con el árido desierto de la vida.

En medio de tanta soledad, por milagro seguro de la naturaleza voluble y tornadiza, en el mismo centro de la arena inmensa, Desiderio del Amor Caprichoso, -que se mudó el apellido para no aparentar, cuanto más, ser ingrato- encontró una bella flor.

Despacio se acercó a ella. Admirado por tanta belleza se postró delante de ella, adorando la suma perfección, sus pétalos color de cielo y rayos de sol. De súbito, como descontrolado impulso, sin apenas darse cuenta de lo que iba a hacer, su mano arrancaba la flor con la fuerza de quien roba la sin par belleza. Esta, la flor del desierto sin embargo, alcanzó a decirle en un susurro apenas audible:

 

- Si como piensas me arrancas obtendrás de mi tan sólo el suspiro del perfume que exhala la muerte. Si por el contrario me dejas vivir, alegraré cuantos días, como hoy, vuelvas a visitarme.

 

          Desiderio del Amor, ya adulto, ya poeta, recuerda las palabras pronunciadas por la linda flor y de cómo aquella decisión precipitada le marcó triste, sus versos para siempre.

 

                                        

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