No, que no se marche, la necesito,

es mi sed y es mi agua.

Apaguen las luces,

el sol me molesta,

que termine todo,

calle de una vez la orquesta.

 

¡Gritar!, ¡gritar!, cuando el mundo desaparece,

tragado por la sombra,

tengo el ansia metida en el vacío,

devorada por la soledad sin tiempo.

 

Despacio, amigo, todo se quema y se deshace,

también tú, el ser, la existencia, las cosas,

arde el fuego y la llama encuentra pasto,

desde el mismo tronco de la zarza.

 

¡Oyes!, el cielo se desdobla sin ruido,

la gente se ha marchado cuando el portón se abre,

¿será bueno que entren,

o es mejor que salgan?.

 

Es, si, mejor quedarse de espaldas,

con las palmas de las manos frías,

los dedos agarrotados en los clavos,

mirando hacia arriba, mientras la luz,

forma el cono del miedo en la distancia.

 

Está la noche como muerta, quiero hablar,

pasa el tren imaginario del vacío absoluto,

no me atrevo, si acaso me viera pensaría,

es posible, que me encontrara poco cuerdo.

Al menos desvarío, ¡tengo tanto dentro!,

cargado por las horas y los días,

pasa como los momentos de la nada,

cuando se hace larga la existencia.

 

La necesito, ¡vuelve!, te necesito.

Desclava el espolón satánico de tú olvido,

quiero la herida abierta por tus manos,

en estas mías siempre yertas y extendidas,

mas quiero la sangre que sorbida,

deje el ocre sabor en la garganta,

en el suspiro infinito del viaje.

 

                                                      

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